Durante siglos, los hombres védicos buscaban el favor de los dioses a través de la acción ritual externa.
La especialización en el arte ritual y la memorización de textos sagrados requería una dedicación a tiempo completo, lo que dio lugar al estamento sacerdotal, también conocido como la casta de los brahmanes. De esta forma, el brahmán (brāhmaṇa en sánscrito) es la persona encargada de conectar lo terrenal con lo celestial a través del ritual y, especialmente, de la palabra sagrada que, en los antiguos textos védicos, también se denomina bráhman.
Con el tiempo, el término bráhman adquirirá otro sentido metafísico: el de principio supremo y trascendente del universo.
En un momento de la historia – que los académicos actuales sitúan por el 700 a.e.c.-, algunas personas, entre ellas bráhmanas, sintieron que la liturgia sacrificial, junto a la búsqueda de dones divinos, no era lo suficientemente satisfactoria para lograr una vida plena.
Estos revolucionarios –sabios y sabias- se dieron cuenta de que salud, dinero y amor no podían acabar con la insatisfacción intrínseca de una existencia sin conocimiento trascendental. Fue así como, en la pesquisa de aquello que es esencial, estas personas renunciaron a la vida civil, a los usos mundanos, y a los beneficios de la liturgia para retirarse al bosque a indagar en su interior.
De esta forma, la adoración externa a lo Divino se complementaría y alcanzaría su maduración con el ritual interno, que no requiere más utensilios que mantener el cuerpo en quietud, profundizando en el átman, la palabra sánscrita que significa «el sí mismo» y refiere al núcleo espiritual de cada persona.
Este ātman sería la manifestación inmanente e «individualizada» del bráhman trascendente y universal, diferente del cuerpo físico, la mente, los sentidos o las funciones vitales y, por tanto, no afectado por las consecuencias de nuestras acciones ni por los altibajos de nuestra personalidad.
Se podría decir que el objetivo de aquellos renunciantes índicos no era tanto conseguir -el cielo, prosperidad, longevidad…- sino más bien conocer.
En este contexto, el único conocimiento válido sería acerca de aquello que es siempre existente y nunca cambiante. Es un tema peliagudo porque el mundo que percibimos y cualquiera de sus manifestaciones son justamente cambiantes: nuestros cuerpos crecen y envejecen, nuestras opiniones se modifican, nuestras emociones sufren altibajos, las estaciones del año pasan, el universo se expande o se contrae, el propio núcleo del átomo está en movimiento…
La experiencia empírica nos dice que todo cambia y, sin embargo, aquellos buscadores de la verdad sostuvieron que sí existe un principio inmutable y permanente que, si bien está en todos partes -a la vez que lo trasciende todo-, se puede encontrar principalmente mirando dentro de uno mismo.
Las reflexiones y enseñanzas metafísicas de esos sabios y sabias respecto a la esencia cósmica (bráhman) e individual (átman) llegan hasta nuestros días, especialmente en forma de diálogos, en los textos conocidos de forma colectiva como Upanishads, un término que se puede traducir como «doctrina esotérica» o, siguiendo al filósofo español Juan Arnau, como «correspondencias ocultas», ya que nos hablan de la sutil, por no decir invisible, relación de unidad entre lo que está fuera (bráhman) y lo que está dentro (átman).
Al mismo tiempo, la etimología de la palabra upanishad nos lleva al sentido más difundido del vocablo que sería «sentarse cerca de…», en referencia a que la enseñanza secreta de estos habitantes del bosque se recibía, de forma presencial e iniciática, sentándose a los pies del gurú, lo cual implicaba guía directa, compromiso y humildad, características fundamentales del Yoga a lo largo de su historia.
En el plano cronológico, la mayoría de los académicos actuales coinciden en que las Upanishads fueron compuestas a partir del año 800 a.e.c., incluyendo más de doscientos tratados bajo esa categoría, cada uno con un nombre diferente, algunos escritos en fechas tardías como el siglo 17. De todas formas, los textos más relevantes, tanto para la tradición hindú como para el estudio del yoga, son los más antiguos, llamados «principales», cuyo número canónico es diez o trece y, cuya fecha de composición se extendería hasta los dos o tres primeros siglos de la Era Común.
En el plano filosófico, las Upanishads sintetizan y refinan las especulaciones litúrgicas, teológicas y cosmogónicas de los textos védicos precedentes, desde diferentes ángulos. Entre la variedad de temas que abordan estos textos encontramos reglas de comportamiento para el discípulo que ha acabado su instrucción o una cartografía de las diferentes capas y funciones del ser humano -desde lo físico a lo espiritual- que todavía se estudia en las formaciones de instructores de Yoga, por ejemplo la teoría de los cinco koshas.
Además de explicar la correspondencia entre la realidad metafísica última (bràhman) y su manifestación como alimento (anna) y respiración (prana) en la vida cotidiana, dos conceptos de los que, de forma modificada y ya sin los simbolismos trascendentales, podemos encontrar trazas en la práctica yóguica moderna, por ejemplo, en las tendencias de alimentación saludable (sobre todo vegetariana) y en los aceptados beneficios fisiológicos de respirar bien, respectivamente.
Al mismo tiempo, en estos milenarios intentos de comprender cómo funciona la realidad, las Upanishads presentan las primeras referencias claras sobre la rueda del samsara, es decir el incesante ciclo de muerte y renacimiento que atraviesan todos los seres, incluyendo ideas de reencarnación y de la ley del karma.
Hace casi tres mil años, en cualquier caso, la preocupación central de los buscadores de la verdad era romper con las ataduras del mundo material que se concretizaban en el indeseado ciclo de las transmigraciones. La única forma (o, al menos, la mejor) de lograr este corte sería conociendo al bráhman, o sea el «principio que lo anima todo»; de ahí la preferencia por la vía de la renuncia y la introspección.
No sería errado decir, entonces, que el objetivo final de toda la enseñanza upanishádica antigua es descubrir, experimentar y conocer qué es bráhman y qué relación tenemos con eso, que no es más que otra de forma de preguntarse ¿quién soy yo?.
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