En la entrega anterior decíamos que, en el Mahabhárata, dharma se define “aquello beneficioso para todos los seres”.
A la vez, no hay un único dharma y la tradición nos habla de diferentes tipos de dharma, no solo para cada individuo, sino para cada circunstancia de una misma persona. Veamos ejemplos:
- Parama dharma: En el plano absoluto, conocerse a uno mismo (o liberarse del sufrimiento o unirse a Dios o alcanzar el samadhi, etc.) se considera el “deber supremo” que, sin distinciones, tenemos todos los seres, ya que esa es la razón última del nacimiento. Cualquier actividad o papel que llevemos adelante es circunstancial y solo un medio para el fin espiritual que todos compartimos.
- Sadhárana dharma: Sin contravenir el “deber supremo”, en el plano relativo existe un “deber general” que refiere a una conducta universal para todos los seres. Por ejemplo, todos los habitantes del planeta tenemos el dharma colectivo de cuidar la Tierra.
- Vishesha dharma: A lo anterior se contrapone el “deber especial”, que es la manera distintiva en que cada persona aplicará el dharma colectivo según sus circunstancias. Un piloto de avión no cuidará la Tierra del mismo modo que un campesino o que un profesor de escuela.
- Svadharma: Literalmente, el “deber propio”, que significa el dharma personal de cada individuo según su historia y sus tendencias. Este es el dharma que se suele traducir como “misión en la vida” pues remite a las condiciones ideales que, de llevarlas a cabo, nos conducirán más cerca de nuestra naturaleza suprema. En el Mahabhárata, el svadharma de los guerreros es luchar para proteger la justicia.
- Kula dharma: Este es el “deber familiar” que remite a nuestras obligaciones de cuidado y respeto como miembros de un linaje particular, tanto con nuestros ancestros como con nuestros descendientes. En la guerra del Mahabhárata, donde se enfrentan dos facciones consanguíneas, el cumplimiento del “deber propio” como guerreros entra en conflicto con el deber de cuidar a los parientes.
Y así como existe un deber familiar, también se habla de un deber con la sociedad en la que vivimos, con el país donde nacimos o con el ámbito de trabajo donde nos movemos. La dificultad yace, entonces, en conciliar nuestros valores personales y nuestros propósitos en la vida con lo que es correcto a nivel familiar, social o laboral, solo por citar algunas posibilidades.
No hace falta estudiar el Mahabhárata para darse cuenta de que el conflicto está servido, pues gran parte de lo que se denomina “madurez” tiene que ver con reposicionar de manera constante la propia persona en un mundo -poblado de “otros”- que difícilmente se ajusta a nuestros intereses.
La práctica del aspirante espiritual o yogui empieza en hacer lo mejor que puede para ajustarse a las responsabilidades que le tocan, siempre dentro del marco de una conducta recta, que es otra forma de traducir dharma.



