Hijo de Vecino

El sabio Nārada y cómo recordar lo Supremo en las actividades diarias

En Yoga siempre se dice que lo que pasa en el salón de práctica – ya sea āsana, prāṇāyāma, meditación, mantra, etc. – es un campo de entrenamiento que nos prepara para la vida cotidiana. También se usa la analogía del “laboratorio”, porque en nuestro espacio privado de práctica los ejercicios/experimentos que hacemos están “controlados”, es decir están realizados bajo condiciones óptimas, que generalmente implican una atmósfera propicia, quietud, silencio, en soledad o con la compañía idónea, un guía fiable, receptividad, ausencia de juicio, tiempo suficiente para obtener y asimilar resultados y más. Todos estos experimentos, todo este entrenamiento, tienen como gran objetivo poder salir “allá afuera” y ayudarnos a gestionar mejor los inevitables vaivenes de la vida.

 

Adentro de tu casa, del salón de clases, de la sala de meditación, no siempre es fácil, pero sin dudas siempre es más fácil que en el “mundo real”, en las ocupaciones cotidianas y en la interacción directa con la vida, que está llena de dicha pero también de mucho sufrimiento. Me gusta mucho el enfoque del maestro budista Jack Kornfield en su libro Después del éxtasis, la colada, en que entrevista a grandes maestros para que cuenten que detrás de todas esas experiencias elevadoras que promete la espiritualidad también hay que volver a poner los pies en la tierra para lavar la ropa, cambiar un pañal, ir a trabajar o enfrentar una enfermedad.

 

Como profesor de yoga y escritor de temas espirituales fácilmente puedo crear una imagen de idealismo a mi alrededor e incluso puedo dar consejos sobre cómo vivir, pero como esposo y padre de dos niñas, como hijo y hermano, como miembro de una sociedad en confusión, como ser humano en general, la vida me está dando sopapos todo el tiempo. Y por eso hago Yoga, por eso me sigo entrenando, para poder recibir mejor esos golpes y para intentar ayudar a mi entorno, de alguna forma, a que suframos menos. Pero esta apreciación que comparto hoy no siempre ha sido así, pues las historias de iluminación total y salvación individual me han acompañado desde la infancia y siempre he apuntado hacia ellas.

 

Sin dejar de tener en mente el paramārtha, “el gran propósito de la vida”, que es el autoconocimiento y el regreso a la esencia espiritual, ahora creo que, como persona involucrada en el mundo que soy, debo aceptar la necesidad de tener los pies bien hundidos en el barro de la cotidianeidad. No solo aceptar la necesidad, sino también el beneficio de estar metido hasta las rodillas, o mejor hasta la cintura, o mejor hasta el cuello, en las arenas movedizas de la vida. No hablamos de un beneficio económico ni siquiera kármico, sino del beneficio de saber que estás siendo fiel a la vida. O sea, el beneficio de estar viviendo y no querer estar en otra situación, en otra parte: una cueva, un monasterio, el estado de ecuanimidad perenne, brahmaloka o samādhi.

 

Y, como es natural, a pesar de enterrarme hasta el cuello en la vida también quiero recordar lo Supremo. Por supuesto, muchos argumentarán que la Vida ya es lo Supremo y esa es una buena posibilidad, pero aquí estamos usando palabras limitadas y quizás nos confunden más de lo que nos ayudan. Por lo Supremo entendemos aquello que es origen, aquello que está siempre ahí, que no cambia, aquello que queda cuando morimos, que sigue cuando volvemos a nacer, aquello inexpresable que, como dice la Kena Upaniṣad, “no se puede pensar con la mente, pero con lo cual la mente es pensada”.

 

Antes de que me ponga más poético o místico, quiero compartir la historia tradicional hindú que me ha inspirado, junto a otras enseñanzas, a escribir este texto.

 

El sabio Nārada es hijo de Brahmā, el creador, y tiene la facultad de viajar por los tres mundos y aparecer donde quiera, cuando quiera. Es un gran devoto de lo Supremo, especialmente en la forma de Viṣṇu (Vishnu), con quien tiene una relación muy estrecha, como la que, en realidad, tiene todo devoto con su deidad favorita. En cierta ocasión Nārada, que había cantado las glorias de Dios día y noche durante toda su vida, se vio asaltado por un pensamiento con un atisbo de soberbia:

 

“¿Puede haber un devoto más grande que yo?”.

Para resolver su duda, fue directamente a visitar al Señor Viṣṇu en Vaikuṇṭha, su morada celestial. Al escuchar la pregunta, el Señor insinuó que en la Tierra había un simple campesino que era todavía un mayor devoto, así que Nārada, receloso, descendió a verlo con sus propios ojos. Al llegar, Nārada encontró al campesino labrando los campos y cuidando de las vacas y al acercarse a él, y simulando ser un peregrino de paso, le dijo:

 

– “Se nota que eres un hombre muy pío, ¿cuántas veces al día recuerdas el nombre de Dios?”.

 

El campesino respondió:

 

– “Bueno, pienso en Dios cuando me levanto y cuando me voy a dormir, y entremedio lo recuerdo tantas veces como me lo permitan mis ocupaciones”.

 

Después de escuchar la respuesta, Nārada regresó indignado a Vaikuṇṭha y le dijo a Viṣṇu:

 

– “Oh Señor, ¡cómo puedes decir que ese simple campesino es un devoto más grande que yo si apenas piensa en ti por la mañana, por la noche y unas pocas veces durante el día, mientras yo canto tus glorias eternamente!”.

 

El Señor Viṣṇu se limitó a sonreír y simplemente le dio a Nārada una vasija llena de aceite diciéndole:

 

– “Lleva esta vasija sobre tu cabeza, camina alrededor de esa colina y regresa aquí, sin derramar ni una sola gota”.

 

Nārada obedeció sin dudar y se lanzó a la tarea con todo su ser, combinando equilibrio, fuerza y concentración. Después de unas horas Nārada había circunvalado la colina y, satisfecho, estaba de regreso sin haber derramado ni una sola gota de aceite. Al llegar, lo primero que hizo el Señor Viṣṇu fue preguntar:

 

– “Oh Nārada, ¿cuántas veces repetiste mi nombre durante la caminata?”

 

El sabio quedó sorprendido y respondió:

 

– “Ni una Señor, ¿cómo esperabas que pusiera mi mente en Ti en medio de la tarea tan complicada que me diste?”

 

Entonces Viṣṇu dijo:

 

– “El campesino que visitaste también tiene un arduo trabajo que hacer cada jornada y, sin embargo, al menos me recuerda unas pocas veces al día”.

 

Ciertamente, el campesino tenía que trabajar duramente de sol a sol, con la carga de tener que alimentar y proteger a su familia y, de todos modos, encontraba algún momento para pensar en lo Supremo. Al escuchar la explicación de Viṣṇu, Nārada lo vio claro y con humildad dijo:

 

“Oh Señor, tienes razón, aquellos que te recuerdan en medio de las actividades cotidianas son, sin duda, tus más grandes devotos”.

 

La oportunidad del autoconocimiento espiritual es, nadie lo discute, la razón de nuestra existencia y las penas y alegrías de la vida son mojones para replantearnos nuestro camino y recordar nuestro gran objetivo. Al mismo tiempo, ese ideal que nos han descrito los grandes santos no debería empañar la importancia de vivir cada normal día como un regalo, como una ofrenda o incluso como una responsabilidad.

 

La lejanía o la dificultad de ese estado iluminativo que todos hemos idealizado me hacen pensar que, para encontrar mayor sentido, hay que poner más atención a la simple, monótona y, a veces dolorosa, vida diaria. El nombre de Dios en mis labios es muy importante, pero mirar los ojos negros de mis hijas es otra forma de conectar con lo Supremo. Y no me limito a los ojos de los niños, que a todos nos inspiran, sino al árbol marchito, al caos vehicular, a la tormenta eléctrica, al presidente de los Estados Unidos y a la vecina que se baña de perfume y siempre me encuentro en el ascensor.

 

De los siete días de la semana, cinco o seis son laborales y solo hay un día de descanso (o ni eso). Lo Supremo está en todas partes y yo no quiero esperar al domingo para verlo. Quiero también verlo un lunes o un martes. Y por eso la parábola de Nārada y el campesino me gusta y me reconforta. No se trata de resignación, ni de tirar la toalla, sino de vivir. Y entonces sí, creo, la Vida sería sinónimo de lo Supremo.

4 comentarios en “El sabio Nārada y cómo recordar lo Supremo en las actividades diarias

  1. Todos tus escritos son inspiradores, pero éste me ha llegado al centro de mi ser ya que este es ” mi trabajo” de todo momento: recordar al creador de la mañana, en un trozo de pan, café, el agua de la ducha y la que bebo. En cada cosa que veo, siento, digo gracias. Esa pequeña palabra repetida al cabo del día al gurú como forma personal del Todo, expande mi ser y siento no alegría sino contentamiento, una palabra que una vez tu expresaste muy bien en uno de tus escritos. Gracias Naren y felices diez años y espero que muchos más.

  2. A partir de tus videoconferencias en el Sadhaka trainning me he dedicado a leerte, este texto me ha inspirado a ver la cotiadineidad como un regalo, no solamente como el espacio de transición entre el placer y el sufrimiento, donde se desdeña y hasta se reduce. Gracias por compartir luz en el camino.

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