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La práctica del silencio espiritual

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Una de las tantas prácticas posibles que se alientan en la filosofía espiritual de la India es la que, en lengua tamil, se denomina mounam (‘mauna’ en sánscrito).

Mounam es ‘silencio’, aunque con un propósito espiritual. Muni es el nombre de aquél que practica dicha forma de silencio.

 

Entre las razones que justifican esta práctica, se encuentran el auto-control, la introspección, la búsqueda de quietud mental, y el aumento de la energía vital.

 

Salud

 

Sobre este último punto, que quizás es el menos obvio, me parece pertinente hacer un análisis más detenido. Con mucha probabilidad, muchos hemos notado que cuando hablamos por un largo periodo nos cansamos. Quienes trabajen, o hayan trabajado, en un callcenter lo habrán notado sin dudas.

De todos modos, aunque el hablar no sea así de extremo como un trabajo, sino parte de una actividad de ocio (reuniones sociales, llamar por teléfono a la familia), quizás hayan notado que después de un cierto tiempo puede provocar cierto agotamiento. Físico, y también mental.

 

Ante la pregunta de un devoto sobre el silencio, Swami Premananda respondió que usamos mucha energía hablando. El hablar excesiva e innecesariamente reduce nuestra energía y nuestro tiempo de vida, dijo.

 

En su discurso llamado ‘La práctica espiritual de estar en silencio’, Swami profundiza:

Es una pérdida de tiempo seguir hablando de todo lo que pasa en el mundo. Cuando se hace eso, la energía vital se reduce. Cuando se habla continuamente, la energía interior se reduce.

Si hablas todo el tiempo, no podrás comprender lo que es correcto y lo que no lo es. Cuando estás en mounam, puedes reconocer y entender los pensamientos divinos.

Cuando estamos sumergidos en pensamientos divinos y hemos dejado de hablar, entonces nos damos cuenta que hablando y hablando nos cansamos’.

 

A este respecto, en el Mahabharata, la gran epopeya hindú, hay una historia concerniente al valor del silencio. Después de que el sabio Vyasa hubo dictado el último verso del poema al Señor Ganesha, quien lo había anotado todo con uno de sus colmillos, le dijo:

‘¡Ganesha! ¡Bendita es tu escritura! El Espíritu Supremo ha creado el Mahabharata y tú lo has escrito. Lo que es más asombroso es tu silencio. Durante el dictado yo debo haber dicho casi dos millones de palabras, pero durante todo el tiempo no oí ni una sola palabra de ti’.

 

El Señor Ganesha respondió reflexivamente: ‘¡Vyasa! Algunas lámparas tienen mucho aceite; otras tienen sólo un poco. Ninguna lámpara tiene un suministro continuo de aceite. De igual modo, dioses, hombres y demonios tienen una vida limitada. Sólo aquellos que tienen auto-control y usan sus poderes con paciencia y entendimiento pueden beneficiarse plenamente de su vida. El primer paso para el auto-control es controlar el habla. Aquél que no puede controlar su habla pierde energía innecesariamente. Por medio del control del habla uno evita esa pérdida. Siempre he creído en el poder del silencio’. 

 

De este modo, la frase usada en Argentina, ‘el silencio es salud’, adquiere aquí un sentido diferente, que es prácticamente literal.

 

Vyasa-Ganesh

 

Introspección

 

Por otra parte, uno de los beneficios evidentes del silencio es la posibilidad de estar en mayor contacto con uno mismo. En el sentido de llevar la atención hacia el interior y no hacia el exterior.

 

Como no podía ser de otra manera, Mahatma Gandhi hizo del mounam una práctica regular en su ejemplar vida. Tal es su propia explicación, como aparece en el libro de Yogananda, ‘Autobiografía de un yogui’:

‘Hace algunos años comencé la observación de un día de silencio a la semana, con el objeto de tener tiempo para ocuparme de mi correspondencia. Pero ahora esas veinticuatro horas se han convertido en una vital necesidad espiritual. Un mandato periódico de silencio no es una tortura, sino una bendición’.

 

Aconsejando al respecto, Swami Premananda dice:

‘Trata de no hablar innecesariamente. Durante algún tiempo en el día, permanece un poco silencioso. En los momentos de silencio se puede entrar muy profundo en el interior’.

 

Justamente, una renunciante y antigua discípula directa de Swami, Nitya Devi Mataji, me contó su primera experiencia de mounam, fomentada por la compañía de Premananda.

Argumentando malos augurios astrológicos, Swami aconsejó a Mataji que estuviera en silencio absoluto por una semana completa, de manera de neutralizar esas malas influencias planetarias. Ahora, Mataji se ríe de lo que ella considera la excusa utilizada por Swami para hacerla experimentar el silencio, pero en aquel entonces fue una dura prueba.

En la noche del último día de silencio, Mataji tuvo un intenso sueño y se despertó gritando en la cama. Sin quererlo, había roto su voto justo antes de cumplir el plazo fijado, y por ende tuvo que recomenzar.

En la noche del último día de silencio, esta vez de la segunda semana, Mataji salió de su habitación para tirar la basura que se había acumulado en tantos días de aislamiento. Al llegar al basurero exterior, se encontró con un vaca que rumiaba un pedazo de cartón y con un gesto de compasión se acercó a ella diciendo, ‘Pobre vaquita, no comas eso…’ Una vez más, sin darse cuenta, había incumplido el voto.

La tercer semana de silencio se completó sin sorpresas de último momento, y fue así como la primer experiencia de mounam de Mataji, fue mucho más larga de lo que ella misma hubiera jamás esperado.

 

planetas

 

Auto-control

El hecho de que hablar sea tan fácil y tan natural, hace que uno diga cosas aún cuando sean innecesarias u obvias. Es más, quien habla poco es generalmente considerado un poco ‘raro’, como si tuviera algún problema.

Es posible que en algunos casos el silencio de una persona se deba a timidez, indiferencia o mal humor, y en eso se distingue de la práctica espiritual del silencio, que es siempre consciente y una forma de auto-control.

En relación a esto, Swami dice: ‘Casi todos chismorrean en algún momento u otro. Puede que no pienses en ello, pero el chismorreo es como una droga. Es adictivo y lleva tu conciencia hacia abajo. Influye sobre otros para que tengan malos sentimientos por tus semejantes y trae mal karma al que chismorrea y también al que escucha’.

 

Además de lo negativo de herir con la palabra, ya sea directa o indirectamente, Swami siempre hace hincapié en el hecho de que hablar de más crea, tarde o temprano, malentendidos. Esta idea no está, por fuerza, en contradicción con la máxima que dice que ‘hablando la gente se entiende’.

Swami no reniega de la comunicación, pero su postura es que hablando lo necesario es más que suficiente.

 

Ante la pregunta de ‘¿Por qué no es bueno hablar demasiado?’, Swami, con su particular estilo, dice:

‘¿Tengo que hablar mucho acerca de no hablar? Es mejor si os aconsejo alguna manera práctica para ayudaros a estar en silencio interior… Os daré una práctica sencilla. Fijad una cierto tiempo – digamos una hora cada día – en el que tan sólo hablaréis lo que es absolutamente necesario. Durante este tiempo, observaos muy cuidadosamente. Poned atención en cada sílaba que sale de vuestra boca. Puede que al principio no sepáis qué decir y qué no decir, pero a medida que pase el tiempo mejoraréis.

Tal vez preguntéis, ¿por qué no simplemente permanecer en silencio? Eso es fácil, ¿no es verdad? Podéis decir que no hablaréis en absoluto durante una hora, pero para ello no se necesita mucho auto-control. Cuando abrís la boca causáis problemas a vosotros mismos y a otros. Que esta práctica se convierta en un hábito. Encontraréis que podéis controlar más fácilmente vuestra mente y vuestras palabras. Este ‘semi-silencio’ os permitirá controlar las tendencias dañinas de vuestra personalidad y evitar malentendidos con los demás’.

 

silencio hospital

 

Semi-silencio

 

Esta novedosa idea de ‘semi-silencio’, me trae a la mente una graciosa historia que también me contó Nitya Mataji:

Un muchacho decide hacerse monje y entra en un monasterio donde se practica el silencio de manera permanente. Sólo una vez cada cinco años, los monjes tienen la posibilidad de hablar con el director de la orden monástica y decir apenas dos palabras.

 

Luego de los primeros cinco años, el joven pupilo es llamado a la oficina del anciano monje superior, y ante la pregunta, ‘¿Algo para decir?’, da como respuesta, ‘Cama dura’.

Cinco años más tarde, el joven monje es otra vez llamado a la oficina, y consultado por el anciano responde, ‘Mala comida’.

Pasados otros cinco años, el ahora más maduro monje es convocado nuevamente a la oficina y ante la tradicional pregunta, dice ‘Baño apesta’.

 

Finalmente, después de otros cinco años, el ya no joven monje se dirige cansinamente a la oficina del superior y cuando se le consulta si tiene algo para decir, responde secamente ‘¡Me voy!’.

A lo que el anciano monje retruca, ‘Menos mal, ya que lo único que has hecho durante los últimos veinte años es quejarte’.

 

Las moralejas que se pueden sacar de esta parábola-chiste son diversas, pero la que me interesa aquí es la referida a elegir las palabras. Si uno práctica este ‘semi-silencio’ que aconseja Swami, debe tener mucha atención para elegir sus palabras, y desechar todo lo que es innecesario. En cinco años, el monje tuvo tiempo de pensar muy bien lo que iba a decir, y de hecho con tan sólo dos palabras pudo expresar muy bien lo que sentía.

 

Más allá de si estaba equivocado o no (o de si espero demasiado para tomar la decisión final), es evidente que con muy pocas palabras alcanzaba para comunicarse.

 

monje

 

Camino 

 

A decir verdad, personalmente no practico tanto el silencio como debiera. En el pasado, he tenido la oportunidad de hacer mounam, en diferentes ocasiones.

En el Sri Premananda Ashram, en ciertos periodos, incluso aunque uno no lo busque expresamente, no hay otra opción que estar en silencio, ya sea porque hay muy pocas personas con quien hablar o porque la actividad que uno realiza se hace de manera individual, sobre todo en épocas de pocas visitas.

Por otro lado, hacer silencio en un retiro espiritual, de meditación, o de yoga, es algo bastante normal y la atmósfera ayuda a que se convierta en una práctica llevadera, ya que todos están en la misma situación.

Por el contrario, hacer silencio en la vida cotidiana es a veces imposible, sobre todo si uno tiene que trabajar. De allí que el ‘semi-silencio’ sea una idea tan buena.

 

En mi caso, siempre me quedarán en la memoria mis primeras veinticuatro horas de mounam, realizadas en, lo que podría definir, como la línea entre la vida cotidiana y el retiro espiritual.

No fue en la India, sino en pleno Camino de Santiago, ya bastante cerca de la meta, en Galicia.

 

El Camino se trata, en gran medida, de un retiro espiritual, y ser un peregrino implica adoptar, a veces, actitudes ‘exóticas’; de manera que estar en silencio es bien comprendido en ese contexto. A la vez, el Camino transcurre por el mundo normal, donde hay personas y situaciones que hacen una vida cotidiana y uno debe interactuar con ellas. En este último punto, estar en silencio es ‘anti-natural’.

 

Para evitar preguntas, y sobre todo explicaciones que no podía dar, me colgué un cartelito que decía, en español e inglés, ‘Estoy en silencio’. Entonces partí.

 

camino de santiago

 

Practicidad

 

El primer detalle es que hay que estar muy atento para no hablar. Aunque uno esté sólo, caminando en medio del bosque, le quieren salir canciones, exclamaciones o los típicos diálogos con uno mismo.

Si uno está acompañado, entonces ya es más difícil, claro. Hay detalles prácticos ha tener en cuenta. Ante cada saludo que recibía (y en el Camino uno recibe muchos, ya sea de otros peregrinos o de las gentiles personas del lugar), tenía que responder con la mano o la cabeza.

Probablemente en más de un caso habré pasado por antipático o maleducado; aunque muchas veces mostrar el cartelito me simplificaba las cosas.

 

Algo difícil, y también cómico, fue conseguir mi comida de ese día. Entré a una despensa del Camino, y tuve que ir señalando distintos productos (pan, queso, fruta) al señor de la tienda, que gentilmente me siguió el juego y me ayudó bastante.

Si yo señalaba una barra de pan, él decía ‘¿Cuántas?’, y yo levantaba un dedo de la mano.

Si yo señalaba el queso, él decía ‘¿Cuántas lonchas?’, y yo abría toda la mano, y así con todo…

 

No todos eran tan comprensivos, o al menos no a todos les quedaba tan claro lo que yo estaba haciendo. Recuerdo un bonachón peregrino italiano de Bolzano, con quien me encontré recargando agua en una fontana, y con su marcado acento alemán me empezó a hacer preguntas. Yo me limitaba a mirarlo con cara de circunstancia. Luego le mostré el cartel, y entonces me empezó a hablar más alto, casi gritando. Más tarde, en otra parada, nos volvimos a encontrar y ¡una vez más me hizo las preguntas de antes! Me parece que el cartel en este caso no fue efectivo.

 

Al llegar al pequeño pueblo gallego de O Cebreiro me dirigí al albergue de peregrinos, allí la hospitalera me recibió muy bien y también con algunas  preguntas; enseguida le mostré el cartel y para mí sorpresa ella dejó de hablarme instantáneamente. De ahí en más, me guió a mi cama sólo con señas y gestos, como si mi silencio fuera contagioso.

 

Ya instalado, me dirigí a la despensa del pueblo y después de mostrar el incansable cartelito al tendero, le escribí en un papel, ‘IINTERnet?’, tratando de averiguar si podría comunicarme al menos de manera digital. El hombre me miró y con cara de confusión dijo, ‘INTERrumpo?’.

Que mi caligrafía no es buena, es vox populi, pero nunca creí que fuera para tanto.

 

O cebreiro

 

Inerme

 

Todas estas anécdotas, no son más que eso. Sin embargo, las enseñanzas importantes y profundas que me quedaron de aquellas experiencias de silencio fueron otras:

Por un lado, lo ya dicho, la gran atención que requiere el no emitir palabra alguna.

Por otro lado, al no poder hablar me sentía inseguro, me sentía inerme. Sentía que me faltaba algo y al ver que se acercaba alguna persona me daba una mezcla de angustia y temor, ya que no podría responder con las mismas armas.

Era como si estuviera en una batalla y fuera el único que no tiene armadura.

 

Esta sensación de vulnerabilidad creo que estaba relacionada con el hecho de quedar mal, o quedar como ‘raro’, al no responder. Es decir, me hacía poner en el tapete el aspecto del ‘qué dirán’ los demás.

O sea, el no hablar en sí mismo no era un problema, pues podía continuar con normalidad la vida (comer, alojarme, caminar), pero me influía el aspecto de la ‘imagen’. Yo, interiormente, consideraba que mi práctica de ese día era correcta y la hacía con devoción; sin embargo, me inquietaba lo que pensarían los demás ante esa actitud extraña para ellos.

 

Por ende, la práctica del silencio no sólo fue un ensayo de auto-control, sino también de entrega a la situación y de auto-confianza.

 

armadura1

 

Salir

 

Gandhi decía que ‘más difícil que ayunar es salir del ayuno’. Siguiendo la idea, se podría hacer una analogía con el silencio.

Se trata siempre de pasar de un estado a su contraparte, y si uno no mantiene el espíritu observador puede saltarse al otro extremo.

Después de pasar todo un día en silencio, uno acumula tantas cosas no dichas en la cabeza que quiere pasarse el día siguiente hablando. Así como le dan ganas de atracarse de comida después de un día de ayuno.

Evidentemente, esa no es la actitud justa.

 

Después de las tres largas semanas de silencio ya relatadas, Nitya Mataji tuvo dificultades para volver a hablar, ya que se había acostumbrado a estar en silencio.

Yo mismo, después de ese día callado, tuve que hacer un pequeño esfuerzo para decir ‘Buenos días’ por la mañana siguiente.

 

Swami dice, ‘Finalmente comprendemos que hablando meramente nada va a suceder. Es por esta razón que los sabios espirituales, los santos, y las personas divinas decían que estar en mounam es el camino más elevado. Ellos alcanzaron la liberación practicando mounam. Entonces se olvidaron de cómo hablar. Estaban tan inmersos en la experiencia que sentían practicando mounam que no hablaban para ayudar a que otros entiendan. Dejaron de hablar e incluso se olvidaron de cómo hacerlo…. Hubo muchos sabios que vivieron así’.

 

En antiguos posts de este diario se pueden encontrar breves relatos de algunos ejemplos de santos silenciosos: el gran Ramana Maharishi en ‘Tiruvannamalai’ y la santa de Haridwar, Sarveshwari Maa, en ‘La puerta a Dios’.

 

siddha

 

No obstante yo todavía no me olvidé de cómo hablar, creo que la práctica espiritual de estar en silencio es de gran ayuda.

De seguro es una experiencia para probar, que sin dudas nos muestra puntos de nuestra personalidad que quizás no teníamos tan identificados.

 

Muy bien, ahora me callo.

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  1. Acabo de leer esta última entrega, Nitya Mataji leyó la anécdota que ella te contó sobre su silencio y dijo que es la pura verdad. Aqui hubo reuniones con gente joven y Mataji recomendó que todos lean tu blog. Que es muy inspirador, también algunos tuvieron la oportunidad de ver tu libro en papel y se pelearon por tenerlo y leerlo fuera del monitor.
    Jai Prema Shanti
    Kanagavalli

    Responder
  2. mmmmm…qué lindo!!!! Me encantó!!! Voy a ver a quien le puedo proponer la lectura de estas líneas…. alguna sugerencia???

    Responder
  3. gracias por compartir tu historia, mañana empiezo un ayuno de silencio y comida …..el de silencio es la primera vez que lo hago a consciencia….espero que no me dificulte el ayuno de comida…un saludo.

    Responder
  4. Hola Naren! Me encantó leer este post y tu experiencia personal con el silencio, muchas gracias por compartirla! Que gran verdad! Recuerdo un libro, las 9 revelaciones que mencionaba el robo energético a partir de roles establecidos, y todos o casi todos usaban el habla y recomienda también el silencio. Que bonito es cuando ves que todos los caminos llevan a Roma!
    Jai shree Ganesha!

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