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Mahashivaratri 2008

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Ya he regresado de la India. Corta estancia la de esta vez. Sin embargo, bastantes experiencias, banales y profundas, que se podrían relatar.

De todos modos, para respetar el hilo cronológico y el orden de acontecimientos, hoy me gustaría contar mi experiencia de hace un año en el Ashram, cuando también viajé para asistir a Shivaratri, pero aquella vez con Swami Premananda presente físicamente en el Ashram.

 

Llegada

 

Cuando decidí viajar a la India el año pasado, elegí la fecha del vuelo un poco por comodidad personal y otro poco por azar. No imaginaba que mi llegada al Ashram sería justo un par de días antes de la visita de Swami al Ashram, una visita que para nada estaba confirmada del todo.

Nunca antes había estado yo presente en el Ashram durante uno de estos permisos, que cada vez con más frecuencia, le otorgan a Swami desde la prisión.

 

Como en cada ocasión, para recibirlo, los niños de la escuela se dispusieron en hileras, a cada lado de la calle principal del Ashram, y cuando el coche que traía a Swami entraba, le lanzaron pétalos de rosas al grito de “Yei Prema Shanti”, el lema del Ashram, que se resume en “Victoria al amor y a la paz divinas”.

 

Swami bajó del coche directamente delante del Puja Hall (el templo) e ingresó a él para dar su primer charla espiritual. Esta fue la primera actividad de una serie de incansables eventos que Swami realizó en su estadía de ocho días.

Cada vez que Swami visita el Ashram, se dedica a revisar cada rincón de las aproximadamente 40 hectáreas que ahora componen el recinto, para ver los cambios y los progresos, para verificar los proyectos en marcha, para probar la comida, para saludar a los obreros y maestros, y también para conversar con los animales y los árboles que él mismo ha plantado. A este respecto, Swami constantemente hace referencia a sus charlas con los árboles de mango, que de hecho son una de sus imágenes predilectas para ejemplificar las parábolas y enseñanzas espirituales de cada día.

 

Estandarte

 

Entre la serie de actividades espirituales que se llevaron a cabo en esa intensa semana, muchas fueron dirigidas por los sacerdotes brahmines que, siguiendo la tradición, Swami había invitado al Ashram.

De esta forma, el día mismo de Shivaratri, se realizó un yagam (ritual de fuego) y para que éste sea auspicioso los sacerdotes invitaron a Swami para que asista. Para esto, todos nos dirigimos a su casa en alegre procesión, encabezados por los músicos que tocaban los típicos tambores y cornetas.

A este respecto, los tocadores de tambores se colocan unas especies de dedales de caña en cada dedo, de manera de poder tocar con más fuerza y sin parar. Las cornetas, por su parte, son largas y finas, con un sonido agudo, que a nuestro oído occidental se parece más a un chirrido que a música. Asimismo, el ritmo que llevan no es siempre lo que nosotros llamaríamos, justamente, ritmo.

 

A esta música, que al principio es casi molesta, uno se comienza a habituar y con el paso del tiempo tiene algo de hipnótica, que parece adecuada para estos rituales y ceremonias antiquísimas, en esta tierra santa.

 

Así guiados, por sacerdotes y músicos, nos dirigimos todos a invitar a Swami; y entonces a mí y otro chico nos dieron la tarea de llevar una especie de estandarte que encabezaba la procesión. Era una especie de bandera que se sostenía de cada lado por un palo, formando algo así como un arco de fútbol, si quiero apelar a figuras reconocibles. Los dos estábamos muy contentos de llevar este honor, a pesar de que a nadie le interesara demasiado, pues todas las miradas estaban con Swami, lo cual era justo. El único problema es que para mantener el estandarte en alto y desplegado, debíamos sortear diversos obstáculos en el camino, incluyendo las personas que se acercaban a Swami.

Después de algunos tropezones llegamos al escenario principal donde se llevaría a cabo el ritual.

 

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Palanquín

 

Hubo todavía una ceremonia más compleja en la que tomé parte. Después de otro yagam, había que devolver del escenario principal al templo una pesada figura de la Madre Divina adorando al Lingam. La figura debía ser llevada sobre dos palos, al puro estilo palanquín. Seis personas fueron elegidas, un poco al azar, un poco por estar cerca. Yo estaba encantado de poder cargar esta imagen, otra vez en una larga procesión, que iba encabezada por Swami, los sacerdotes y los músicos.

 

Con tantas personas y debido a la tradición hindú, la procesión se hacía evidentemente lenta. Los músicos llevaban el ritmo a su máximo frenesí, e incluso había bailarines espontáneos que rendían honor a Swami con sus contorsiones. A todo esto, el peso del palanquín era soportable repartido entre los seis o siete que éramos.

 

Felices de la vida, íbamos todos rumbo al templo, a veces instados por los sacerdotes a movernos como péndulo, de un lado a otro, al ritmo de la música, con nuestro palanquín a cuestas. Pero el momento sublime fue cuando descubrimos que ¡teníamos que correr!.

Es decir, los sacerdotes nos hacían girar sobre nuestro eje y correr en sentido contrario a la procesión, una forma de tomar impulso y distancia, para luego correr lo más rápido posible, de manera desenfrenada, hacia Swami Premananda, y detenernos muy cerca de él.

 

Se trata de una forma, que yo desconocía, de rendir honor al santo. Lo hicimos una vez y nos pareció divertido. Entonces, los sacerdotes nos instaron a hacerlo una segunda vez; recuerdo que en ese instante, el mismo amigo con quien habíamos llevado el estandarte y ahora también cargaba el palanquín, me miró con cierta mueca de angustia, previendo lo que se avecinaba.

Efectivamente, las carreras arriba y abajo fueron mucho más que dos; y mientras más rápido mejor. Yo lo disfruté bastante, a pesar del peso, de ir descalzo y de que mi dothi (vestimenta típica que es como una tela de algodón enrollada en la cintura) se me cayera en cada corrida.

 

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Moksha

 

 

Sumado a todos estos contornos que tanto me gustaron e hicieron sentir bendito, había un hecho que era la atracción principal: Swami Premananda estaba en el Ashram para Mahashivaratri después de 14 años. Esto significaba que el milagroso fenómeno del Lingodbhava iba a tener lugar fuera de la prisión e iba a poder ser visto por todos los presentes.

 

Más allá del mero hecho de ver este milagro en vivo y en directo hay un detalle importante que lo hace tan trascendente: Se dice que a todos los que tienen la buena fortuna de ver la manifestación de la divinidad en el acto del Lingodbhava se les concede completa salvación en esta vida y que no tendrán más nacimientos.

Este hecho es conocido en sánscrito como “moksha” y significa “liberación”. Vale recordar una vez más que, en la filosofía espiritual del Hinduismo, el objetivo final de la vida es liberarse de la interminable rueda de nacimiento y muerte por la que debe pasar toda alma.

 

Se dice además, que el beneficio que se adquiere con muchos años de austeridades o dedicación a la meditación no puede siquiera compararse con el bien que se adquiere al presenciar el Lingodbhava. Cuando tiene lugar la manifestación de un Lingam a través del cuerpo de un gran ser espiritual, toda la creación es testigo del evento en un nivel espiritual. Sin embargo, muy pocas personas pueden presenciar este acontecimiento con sus ojos físicos.

Al parecer, se ha escrito en los libros védicos que cada siete u ocho mil años nace un gran ser espiritual con la bendición y la capacidad de manifestar un Shivalingam.

 

Manifestación

 

La noche del 6 al 7 de marzo, ya pasada la medianoche, Swami llegó al Puja Hall. Hacía algunas horas que lo esperábamos cantando canciones devocionales.

El aspecto de Swami era similar al normal, pero con algunos síntomas que se parecían a los de alguien que tiene una molestia física. Al estar a punto de manifestarse los Lingams a través de su boca, es decir subiendo por su garganta, es normal que Swami se esté tocando el pecho o haciendo gestos como si estuviera a punto de escupir algo.

 

Esta descripción, que suena mal, contrastada con la energía que irradia Swami en ese momento. Es como si esos malestares físicos no lo perturbarán de verdad, su sonrisa se mantiene y su vibración es aún más poderosa que lo usual.

Al mismo tiempo, de la boca le sale un líquido rojo, que no es sangre, sino kumkum, el polvo ritual que se usa en las ceremonias hindúes y que se genera de manera artificial, pero en el caso de Swami sale de manera natural.

 

Fue así, que el primer Lingam salió a la luz. Un Lingam grande que Swami se sacó de la boca con la mano. El segundo Lingam, en cambio, salió expulsado en una de las arcadas y cayó sobre uno de los pañuelos que Swami usa para limpiarse el kumkum que le cae.

 

La visión de este fenómeno es muy fuerte. Es algo que va más allá del gesto de sacarse el Lingam de la boca, y que se percibe en la atmósfera. Dan ganas de llorar, sin una razón aparente.

 

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Swami Premananda en el Ashram en Mahashivaratri 2008

 

Idea

 

Esa noche, Swami manifestó 29 Lingams, según los números oficiales (cuatro grandes, un mediano, veinticuatro pequeños).

Al día siguiente, habiendo pasado la noche sin dormir, charlábamos con otros jóvenes visitantes y alguien dijo que para que se haga efectiva la bendición de moksha, es necesario pensar justamente en eso en el momento en que uno ve el Lingodbhava. Otros, en cambio, argumentaban que no hacía falta; que con verlo bastaba.

 

Entonces, me preguntaron que estaba yo pensando en el momento en que Swami sacaba los Lingams. Y, la verdad, es que yo había tenido una marea de sensaciones e ideas diversas, pero la idea principal se podría resumir en “Estoy aquí, lo estoy viendo”.

Otros de los presentes dijo que había pensado en algo así como el “universo”; y en todo caso él estaba más cerca que yo de pensar lo justo, si es que la libración dependía del pensamiento en ese preciso momento.

 

Treinta

 

La mañana en que Swami se iba del Ashram para regresar a la prisión, cuatro días después de Shivaratri,  nos llamó a todos al Puja Hall para dar sus últimas bendiciones antes de partir.

Yo, sin premeditación, había quedado sentado en la segunda fila, muy cerca de la silla de Swami. Entonces, Swami entró al templo con los mismos síntomas de la noche de Shivaratri: su boca estaba roja de kumkum y tenía esas arcadas como si algo estuviera por salir. Pronto nos dimos cuenta de que había un tardío Lingam a punto de nacer.

La noche de Shivaratri yo había estado ubicado en la mitad del templo, más o menos, y si bien la visión era buena no se podía comparar con la actual.

 

Cuando Swami finalmente metió la mano en su boca y sacó el Lingam, la sensación que experimenté es fuera de lo común. No era el asombro de alguien que ve un acto prodigioso, como cuando uno ve magia, no era tampoco de regocijo “paparazzi” por estar presente y poder contarlo.

 

Fue, más bien, como ver nacer un universo. Bueno, no puedo asegurar como nace un universo o una galaxia o un planeta, pero la sensación fue como si de esa boca, que era más que una boca, saliera algo que era más que una piedra.

En resumen y tratando de explicarlo, fue como ver el nacimiento de algo Divino.

 

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Swami Premananda en el Ashram durante el Lingodbhava

 

El Lingam número 30 había nacido y yo había tenido la bendición de verlo tan profundamente.

 

Aah, y a pesar de la abrumadora sensación tuve la lucidez de pensar en “moksha”.

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Un comentario »

  1. Asi que tienes la salvacion garantizada…?

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