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Mis encuentros con Swami (2º parte)

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Las enseñanzas de todos los maestros espirituales son, en esencia, siempre las mismas. Luego, cada maestro espiritual hace especial hincapié en uno o más aspectos de esa enseñanza universal; aspectos que se convierten en ejes de su filosofía personal.

Esta elección no es un capricho sino una manera de acotar la de por sí vasta enseñanza universal. Tendiendo en cuenta que cada persona es diferente y, por ende, tiene diferentes inclinaciones, cada maestro toma los aspectos que considera más fundamentales para el grupo de personas que lo siguen y seguirán.

 

De esta forma, ningún maestro espiritual genuino pondrá en duda que la meditación es la práctica más elevada para evolucionar espiritualmente. Sin embargo, es muy posible que un maestro particular no haga constante alusión a esa práctica, y se centre en el servicio social o en la acción, pues a sus devotos les costaría mucho sentarse, de la noche a la mañana, a meditar con éxito por horas. 

 

Asimismo, ya una vez dentro de este aspecto particular de la enseñanza espiritual en el que cada maestro pone el acento, hay además un “tuning” individual. Es decir, una adaptación de la enseñanza espiritual para cada devoto en particular.

Por ejemplo, si la enseñanza general dice que la meditación es beneficiosa, el maestro puede tranquilamente recomendar dos horas de meditación diarias a un devoto, y quince minutos de meditación por la mañana, a otro.

No hay contradicción alguna en ello. Más allá de que la enseñanza universal, insisto, sea sólo una y la misma, cada persona necesita aplicar dicha enseñanza según su propia forma de ser.

 

En este sentido, mis encuentros con Swami (como los encuentros de cualquier otro hijo de vecino), tanto como sus palabras y sus respuestas para conmigo, tienen un sello personal. Es decir, que lo que Swami me ha dicho y dice se refiere básicamente a mí. Esto no quita que, con frecuencia, muchos de los consejos o ideas que Swami me plantea (tanto a mí como a cualquier persona), sean también aplicables a la mayoría de las personas.

De todos modos, las preguntas privadas de cada persona y la respuesta correspondiente, no son nunca publicadas como discursos en libros y revistas.

Solamente las preguntas hechas a Swami en público son luego utilizadas con fines divulgativos.

 

swamisatsang

Swami dando un discurso espiritual en el Ashram, en 2007

 

Gayatri

 

 

En la época en que yo entré en contacto con Swami por primera vez, todavía la usanza era la de hacer preguntas espirituales generales, preguntas cuya respuesta era totalmente publicable para el interés de cualquier devoto.

Fue de este modo que se fueron gestando los libros oficiales de satsangs (discursos) de Swami Premananda. Se trataba de las respuestas que daba Swami a preguntas genéricas que hacían diversos devotos sobre espiritualidad.

 

Evidentemente, a lo largo de los años, en más de una ocasión las mismas preguntas han sido hechas por diversas personas. Con sentido común, los editores del Ashram intentan no repetir los tópicos ya tratados en anteriores ediciones de los libros.

Otras veces, las preguntas con tinte demasiado personal son mantenidas al margen de los libros, o en algunas ocasiones, simplemente se evitan los nombres propios para que la respuesta dada sirva de muestra colectiva.

 

Asimismo, hay ocasiones en que la materia tratada no es estrictamente privada ni un potencial tema de interés general. Se trata más bien de conversaciones informales o comentarios sueltos, que implican, sobre todo, a los presentes, y que no tienen, necesariamente, un desarrollo posterior.

 

A este respecto, recuerdo un caso en que Swami estaba hablando acerca de un mantra tradicional hindú llamado Gayatri, un himno al aspecto femenino del Absoluto. Entonces, Swami le pidió a mi padre que cantara el Gayatri mantra. Mi padre, que puede parecer muy serio para muchas cosas, no dudo ni un instante, y se puso a cantarlo:

OM

Bhur Bhuva Svaha

Tat Savitur Varenyam

Bhargo Devasya Dhimahi

Dhiyo Yonah Prachodayat

 

Entonces, Swami le pidió a mi papá que lo volviera a cantar. Le hizo repetir el mantra un par de veces, hasta que lo aprobó y dijo que esa era la cadencia justa.

Más tarde, orgulloso de eso, mi papá dijo que nunca había cantado el Gayatri mantra tan bien como ese día.

 

gayatri

 

¿Civilización o Barbarie?

 

Sobre todo en mi primer visita a la India, yo me vi abrumado por la idiosincrasia india. No tanto por los exóticos paisajes o las extrañas costumbres, pues ya sabía acerca de esto y estaba preparado para vivirlo. En cambio, no estaba preparado para la forma de actuar de los indios en las situaciones mas ordinarias y cotidianas.

 

Debido a venir de Occidente, no estaba del todo listo para subirme a los empujones a un autobús sin que eso me parezca “incivilizado”.

A pesar de venir un país considerado del tercer mundo y lleno de burocracia como Argentina, no estaba del todo preparado para pasarme una hora de reloj en el correo para poder enviar un paquete, no por exceso de clientes, q no había, sino por ineptitud de los funcionarios que desconocían el procedimiento justo.

Y más que nada, no estaba preparado para hacer la cola para, por ejemplo, sacar unos billetes de tren y ver que todo el mundo pasaba delante de mí, como si la cola fuera un holograma.

 

Dicha difundida característica del ser nacional indio me llevó muchas veces a sopesar estos comportamientos, para luego calificarlos de “civilizados” o “incivilizados”, para no decir directamente “primitivos”.

Dependiendo del día y las circunstancias mis valoraciones eran más, o menos, taxativas. Por una parte, desde un punto de vista no-etnocéntrico y no-sociocéntrico, uno tendría que aceptar cualquier comportamiento que difiere del propio como otra forma, igual de correcta, de ver la realidad. Además, esto va de acuerdo a la enseñanza espiritual que dice que hay que tener en cuenta todos los puntos de vista y respetarlos.

En constantes ocasiones intenté adoptar esta visión antropológica, y debo admitir que, sobre todo al principio, me costó mucho adecuar mi visión occidentalizada y “civilizada”, a lo que yo veía chocante y errado. Sobre todo en lo referente al no respeto de las colas y filas, cosa que como ven me traumó.

 

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La otra mejilla

 

Cuando tuve la oportunidad de hacerle una pregunta general a Swami, en uno de mis encuentros con él, no dude en sacarme la duda. Ese día éramos más de treinta personas y las preguntas se apuntaban anónimamente en un papel. De todas las preguntas, que eran leídas por un devoto, Swami sólo seleccionaba algunas.

Mi pregunta era básicamente,  “¿Cuál es el límite entre ser ecuánime y no dejarse pasar por arriba?”

 

En el momento que mi pregunta fue leída en voz alta, Swami dijo algo que hizo hinchar mi ego: “Esa es una pregunta inteligente”.

Inmediatamente después dijo ,”la siguiente”, indicando al  devoto de seguir con la lista. Entonces, mi ego se deshinchó y se hizo trizas, de la cúspide a la catacumba en un segundo.

Yo creo que esa fue una forma muy directa de mostrarme en primera mano, la enseñanza que dice que ni los elogios ni las críticas nos deberían afectar, ya que uno debería permanecer siempre en el equilibrio, sin importar lo que digan los otros de uno.

 

De todos modos, una vez que la lista se hubo leída por completo, Swami volvió a las cuatro o cinco preguntas que había elegido, entre ellas la mía. Sin embargo, ya escarmentado había aprendido a quedarme humilde, por ese día al menos.

Entonces, Swami preguntó quién había hecho la pregunta y tuve que levantar la mano. Swami me pidió que le explique mejor la pregunta y yo usé el ejemplo de los que se adelantan en la cola para ilustrar mi idea. Una vez que estuvo claro, Swami empezó una respuesta que fue más larga de lo que yo preveía.

 

Swami dijo, “Solamente aquellas personas que están totalmente entregadas a la voluntad de Dios (y por ende, consideran todo lo que sucede como voluntad de Dios) pueden soportar todo y ser ecuánimes. Sin embargo, las personas que no están así entregadas a la voluntad de Dios y sufren ante estos hechos, es mejor que reaccionen”.

Swami agregó, “En la vida familiar y privada está bien ser paciente y amable, pero en la vida pública no se puede permitir el abuso, porque si uno pone la otra mejilla automáticamente te cortan el cuello”.

Mientras decía esta polémica frase, Swami hacía un gesto muy gracioso de cortarse el cuello y sacaba la lengua.

 

Justamente, el maestro que enseñó la técnica de la “otra mejilla” era alguien entregado a la voluntad de Dios por completo, al punto de morir por eso. Obviamente, no es fácil para alguien normal poner siempre en práctica esa enseñanza.

En su respuesta, Swami dio más detalles y dejó claro que no renegaba de la enseñanza de Jesucristo; sino que en ciertos casos, es mejor sentirse bien con la situación y con uno mismo, antes que ser un falso mártir.

 

De hecho, debido a la ambigüedad de mis sentimientos yo no me atrevía a quejarme cuando alguien me pasaba delante en una cola, aunque luego no me quedaba tranquilo, sino rumiando y refunfuñando por dentro, al punto de perder mi paz mental. En esos casos hubiera sido mejor decir lo que sentía y luego quedarme tranquilo, y ¡con una persona menos delante en la fila!

 

Siguiendo con los gestos divertidos, Swami comenzó a moverse como un boxeador mientras decía, “Tienes que estar listo para luchar, sino…” y una vez más, el gesto de cortarse el cuello.

 

swami-boxeo

 

Publicable

 

Como ya dije antes, cada respuesta depende de la pregunta y de las necesidades de la persona que la hace. En muchas ocasiones esa respuesta se hace pública para todos los devotos, aunque siempre quedan los matices que corresponden a la persona especifica a la que iba dirigida la respuesta.

En este sentido, Swami no va por la vida profesando “no poner la otra mejilla”. Sin embargo, Swami es un maestro espiritual muy práctico, y en aquel caso, vista mi pasividad y mi insatisfacción por aquella situación (la cual era sólo un ejemplo de una forma de ser mía en la vida en general), decidió darme una enseñanza bastante radical para ayudarme a cambiar.

 

Como es normal, hay ocasiones en que estoy más dispuesto “a la lucha” y otras en que estoy más dispuesto a “poner la otra mejilla”. Sin duda, lo que Swami me dio con aquellas palabras fue la herramienta para poder sopesar mis necesidades y posibilidades en situaciones símiles (que se presentan cada día).

Es decir, si veo que el “dejarme pasar por arriba” me va a dejar intranquilo, entonces trato de sobreponerme a mi pasividad y luchar por lo que necesito.

Si, en cambio, ese día estoy particularmente ecuánime, y veo que no me afectará, dejo que los hechos sucedan, observándolos plácidamente desde mi lugar de actor secundario.

 

Como es normal, aquél encuentro con Swami sigue en mi memoria, no tanto por haber sido el centro de atención por un momento, sino más bien por haber recibido enseñanzas claras y útiles de la boca de mi maestro espiritual.

No sería ésta la primera vez. Ya habrá tiempo de contar algunas otras.

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