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Mis encuentros con Swami (1º parte)

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Me llega un e-mail de un buen amigo que por ahora está en Córdoba y, entre otras cosas, dice: “Últimamente sé más de Swami que de vos”. No es que mi amigo me escriba demasiado, pero su comentario me hace pensar, no tanto en la comunicación sino, una vez más, en Swami.

 

Es verdad, lo habrán notado, que en muchas de las crónicas de este diario aparece el nombre de Swami Premananda. Un detalle que no me sorprende ya que, de hecho, había sido anticipado desde el inicio de estas crónicas.

Y si bien he contado la historia de Swami, su infancia, su entrada en la vida espiritual, sus milagros, sus iniciativas y su caso legal, nunca he entrado en profundidad en cómo es Swami Premananda, sobre todo personalmente.

 

Sonrisa

 

Probablemente lo primero que hay que resaltar es que Swami sonríe prácticamente todo el tiempo. Es decir, hace honor a su nombre (Prema – Amor Divino -; Ananda – Bienaventuranza). O sea, su sonrisa es el ejemplo empírico de su constante felicidad en unión con lo Divino.

Obviamente, para muchos una sonrisa no alcanza como muestra de beatífica felicidad. Ni siquiera cuando esa sonrisa es perfectamente radiante.

Es por eso que la sonrisa está escoltada por unos ojos escudriñadores, llenos de vida; que a su vez van acompañados de todo un cuerpo, cuyos gestos y movimientos son armónicos, pero no por ello lentos, los cuales se perciben nacidos de una profunda paz interior.

 

Me detengo en estos pormenores, a pesar de que Swami repita con frecuencia que su cuerpo físico no importa, que lo importante es la enseñanza espiritual que tiene para ofrecer. Me detengo en estos pormenores, porque puedo ser trivial a mi pesar pero sobre todo porque cualquiera que conozca personalmente a Swami se detiene a observar, al menos al inicio, su lado más tangible.

De hecho, incluso quienes no lo conocen personalmente también se preguntan “¿es alto?”; “¿es gordo?”; “¿habla inglés?”.

 

Si uno está acostumbrado a vivir en un mundo material, donde todo gira entorno a lo material, es normal que se interese por conocer ese lado de Swami. No es un pecado ni una debilidad. Y esto Swami lo sabe, simplemente recuerda constantemente que eso no es lo más importante, que él es sólo un instrumento. Gradualmente, los interesados se centrarán en la enseñanza espiritual.

 

swami2008

Swami Premananda en el Ashram en 2008

 

Datos y señales

 

Ya ha sido dicho que la filosofía espiritual de la India considera que todos los seres de este universo llegarán, eventualmente, al final de la rueda de muerte y reencarnación, para así cumplir su meta única, el regreso a la fuente primera o Divina.

De forma que este recorrido sea más rápido y directo, la presencia de un maestro espiritual es altamente beneficiosa y recomendada. Las enseñanzas y, sobre todo, la energía de dicho maestro ayudarán al buscador espiritual a sobrellevar las diversas pruebas y obstáculos que le esperan en su no siempre llano sendero.

Si dicho maestro está vivo, su energía es todavía más aprovechable. Sin contar con el hecho de poder contar con sus consejos o ayudas de manera inmediata. A este respecto, si dos mil años después, las enseñanzas de Jesucristo siguen siendo tan importantes, ¡imaginemos lo que sería estar en su presencia!

 

Esto también lo tiene en cuenta Swami, y por eso insta a sacar provecho de su presencia, ya sea con preguntas, consejos o su energía. Y a sabiendas del inevitable magnetismo que emana su presencia física, él nunca reprueba tajantemente el interés por su persona, en este sentido más superficial.

De todos modos, sí se permite hacer bromas al respecto, y siempre reprocha juguetonamente a aquellos que llegan a él cuestionando los colores de sus túnicas, su estilo de peinado o mirando a todos lados, con la pregunta “¿Dónde está el poder, dónde está el poder?”.

 

Pero, ¿qué puedo decir? No puedo evitar caer en la descripción física, que más bien comenta lo que se ve en imágenes: Como toda persona de raza tamil, Swami es de tez oscura. No es muy alto (alrededor de 1.60 mts.) y tiene la barba y el cabello largos. La barba se la dejado crecer desde que está en prisión.

En cuanto al cabello, en las fotos de juventud se puede ver a Swami con un abundante peinado afro, que sería la envidia de más de un afilado rapero del Bronx. Ahora, la mayoría del tiempo lo lleva atado con un rodete arriba de la cabeza. En otras ocasiones, lleva el cabello suelto, dejando ver una melena leonina.

 

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Respecto a la vestimenta, en la prisión Swami lleva el uniforme de los presos, que consiste básicamente en una camisa blanca de manga corta y en unos pantalones cortos blancos.

Solamente cuando sale de prisión y visita el Ashram, Swami lleva su túnica, que puede variar en colores, pero tiende a ser amarilla, dorada o azafranada.

 

Sobre los idiomas, Swami habla inglés correctamente, aunque prefiere dar sus discursos en tamil, su lengua materna. Asimismo, las entrevistas personales pueden ser en inglés o en tamil, dependiendo del caso. En el último caso, siempre habrá una persona tamil que haga la traducción simultáneamente al inglés.

Más allá de todo el entorno filosófico o religioso, Swami es en sí mismo una persona muy atrapante, que mantiene la atención de quien le observa aunque esté hablando en una lengua desconocida o a una distancia de cien metros, revisando los árboles de mango y su sistema de riego.

 

Y toda esta atracción y esta expectación se convierten en una cascada de energía cuando uno recibe una simple mirada de Swami.

 

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Swami Premananda en el Ashram en el año 2000

 

Primer encuentro

 

Tengo que confesar que la primera vez que vi a Swami Premananda en persona fue como ver a un famoso. ¿Tienen presente la sensación? No es que yo sea un tipo que ve muchos famosos por la vida, pero me refiero a esa sensación de ver en persona, en carne y hueso, a alguien que uno generalmente ve en la tele, en las revistas, en fotos.

 

No pretendo hacer un análisis sobre la imagen, los iconos y los símbolos, pero me limito a teorizar que el hecho de ver una imagen (la imagen de una persona, en este caso) que está siempre mediada por un soporte artificial (una pantalla, un trozo de papel, una gigantografía en un edifico) la convierte, justamente, en algo ajeno, cercano a lo abstracto o la fantasía. Esto hace que en el momento en que uno, con estos propios ojos, ve esa persona sin mediación (ya no una imagen), le cueste reaccionar, le cueste creerlo, y en muchas ocasiones, las diferencias entre lo mediado y lo no-mediado, sean chocantes y, a veces, decepcionantes. 

Típico es el caso del veraneante que se cruza con un futbolista en pretemporada y se sorprende de cuán alto y fornido es. Típico es el caso del lector de revistas del corazón que al enfrentarse a una famosa modelo se sorprende lo exageradamente flaca que es. Típico es el caso del transeúnte que se encuentra en el mismo semáforo con el presentador del noticiero y sopesa las maravillas del maquillaje.

 

En mi caso particular, lo primero que sufrí al ver a Swami fue el “síndrome del congelamiento”. Estábamos mis padres y yo, y yo no podía reaccionar; no creo haber pensado mucho en nada, aunque por mi cabeza recuerdo que pasó el, ahora avergonzante, pensamiento de “es bajito”.

En ese primer encuentro Swami habló en inglés, y fiel a la imagen que yo tenía en la mente, nunca dejó de sonreír. En ese ratito de intimidad Swami habló de lo bueno de venir a una tierra espiritual como la India y de que debíamos aprovecharlo. Ya cuando se habían sumado diecisiete devotos franceses, Swami repitió el concepto con el argumento de “hacer turismo es caro, en cambio, la espiritualidad es gratis”.

 

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Swami en el Ashram, año 2000

 

Por otro lado, vagamente recuerdo que antes de marcharnos, Swami nos puso ceniza sagrada (vibhuti) en la frente y nos repitió un mantra diferente a cada uno de los tres. Un mantra que estaba demasiado emocionado para recordar, ni tan sólo cinco minutos después.

 

Ni en mis recuerdos ni en mis apuntes, tengo muchos datos específicos de ese primer encuentro. Fue más bien una impresión general que me quedó para siempre y que en mi diario de notas se resume en la sencilla frase “Me gustó mucho”.

 

Sin embargo, lo que sí tengo muy presente es que al despedirnos, le tomé la mano a Swami y la sostuve un momento con devoción y respeto. Entonces, Swami Premananda me tocó la cara con su mano áspera, y nunca antes una caricia fue, para mí, tan suave y llena de amor.

 

En el futuro, habiendo pasado esta primer experiencia de shock, cada nuevo encuentro sería aún más fructuoso para mí. Este era sólo el comienzo.

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