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La SGAE y su destino en Kali Yuga

En todos los países hay asociaciones que se encargan de velar por los derechos de autor de los artistas, en sus diferentes modalidades. En Argentina existe SADAIC y Argentores, por ejemplo, en Estados Unidos ASCAP y en España la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Por lo que recuerdo, siempre ha habido pequeños conflictos con estas entidades, pues su función es cobrar por la utilización del contenido creado por sus afiliados. De esta forma, si uno organiza una boda y pone música para bailar es casi seguro que estará utilizando el contenido de algún miembro de la asociación pertinente y, por tanto, deberá pagar.

Con la masificación de internet, las posibilidades de descargar y copiar contenidos artísticos se ha incrementado y el antiguo sistema basado en el copyright y su cobro, se tambalea. Cada país y cada entidad idean las soluciones que les parecen más convenientes ante este cambio de paradigma y, a este respecto, en los últimos años la SGAE es noticia en España por su defensa a ultranza de los derechos de autor. Una defensa que muchos juzgan excesiva, sobre todo teniendo en cuenta hechos, no aislados, como la intención de cobrar derechos a peluquerías por tener la radio encendida y, por tanto, utilizarla con fines de lucro para mejorar el nivel de su negocio.

La impopularidad de la SGAE en España ha crecido al mismo ritmo vertiginoso de la tecnología digital y de las redes sociales, sumado a las declaraciones poco felices que hacen con frecuencia sus directivos y también a acciones discutibles como, por ejemplo, pretender cobrar el 10% de la recaudación de un concierto a beneficio de las víctimas del terremoto de la localidad murciana de Lorca.

Dada la complejidad del tema y en busca de alguna pista, yo me pregunto, ¿cómo se han de juzgar los derechos de autor y la SGAE bajo la lupa de las enseñanzas espirituales?

Dinamismo

Hay variadas posturas sobre el tema de la propiedad intelectual, y entre los que abogan por la ‘libre circulación de contenidos’ hay un cierto consenso en que los autores de dicho material deben ser remunerados de alguna forma. No se discute tanto el derecho de autor sino la forma en que este se aplica, a través de unas leyes que están quedando anacrónicas con las nuevas tecnologías y cuya aplicación busca más el beneficio de las compañías intermediarias (discográficas, editoriales, distribuidores de cine…) que de los artistas en sí.

Parece innegable que, al igual que siempre ha sucedido, los tiempos están cambiando y, como es natural, muchos nos negamos a aceptarlo. Cuando los telares mecánicos reemplazaron los telares manuales, los antiguos operarios se quejaron por miedo al futuro, cuando apareció la televisión, la radio creyó que moriría; cuando apareció el VHS, los cinematógrafos auto-declararon su apocalipsis; cuando apareció internet, el papel vio su inminente final… En algunos casos las reacciones fueron exageradas, en otros, efectivamente, un elemento nuevo reemplazo al antiguo, una forma nueva reemplazo a otra que quedó obsoleta.

Al parecer esta es la ley del universo y de la naturaleza, que son dinámicos y están en continuo movimiento. ¿Por qué, entonces, no pasaría lo mismo con los hábitos sociales y culturales? ¿Qué sentido tiene negarse a lo inevitable? Al respecto, conocemos ejemplos llenos de clichés, como que el idioma español (y otras lenguas románicas) era considerado en su momento una deformación del latín, algo ante lo que se retorcían los puristas, y sin embargo ahora es considerada una lengua en toda ley ante la que, por supuesto, los puristas de hoy se retuercen al sopesar las posibles modificaciones del lenguaje canónico.

Según se desprende de la historia y de los hechos, el mundo es cambiante y por tanto es inútil intentar aferrarse a una imposible permanencia de las ‘cosas’. De todos modos, como es sabido, todos lo intentamos, yendo en contra del cauce natural de la vida. Sin adentrarme más en cuestiones existenciales, ¿podría ser este un argumento suficiente para que la SGAE cambie su punto de vista?

Modelo de negocio

Evidentemente, los ‘autores de contenidos’ deben ser remunerados si uno pretende seguir disfrutando de arte profesional (sobre todo música y películas, los ámbitos más ‘amenazados’), pues me parece justo que cada uno cobre por lo que sabe hacer, incluso si se trata de un bien inmaterial y colectivo como la ‘cultura’. De todos modos, lo que está cambiando es la forma en que se sostiene económicamente ese negocio de la cultura y el arte.

En el pasado muchos artistas eran mantenidos por un mecenas; con la masificación de la cultura en el siglo XX entraron en escena los intermediarios entre el artista y el público y así aparecieron compañías discográficas, estudios de cine, empresas editoriales; con la aparición y difusión de internet los intermediarios empiezan a perder peso y se impone la necesidad de cambiar el modelo de negocio.

Muchos artistas, sobre todo músicos, optan por poner su material en la web, al alcance de todos, facilitando un proceso que, en todo caso, es inevitable. Sobre todo los artistas emergentes aprovechan internet para darse a conocer, confiando en la ley física que dice que toda acción tiene una reacción equivalente y, por ende, si uno da, recibe.

Esta ley newtoniana no es más que un reflejo de una verdad espiritual que tiene muchas variantes (‘se recoge lo que se siembra’; ‘todo lo que va, vuelve; ‘ley kármica’), pero que de todos modos no siempre es tenida en cuenta. La espiritualidad hace hincapié en que para obtener más, hay que dar más. Y esta idea no se basa únicamente en el aspecto de la ‘satisfacción espiritual’, es decir, en que uno se siente más lleno cuando da o cuando ayuda.

No es sólo eso. La ley espiritual también repercute en cuestiones prácticas, y no es difícil buscar ejemplos en la vida propia que demuestren que cuando uno da, recibe. Y con más razón, cuando no da, pierde.

Yugas

En la cosmología hindú se habla de cuatro yugas, es decir de las diferentes ‘eras’ que estructuran el universo. Se trata de un proceso cíclico que tiene diferente duración según cual sea la fuente consultada. Algunos textos hablan de 12.000 años de duración ascendente y otros 12.000 años descendentes, entendiéndose por esto que las cualidades y virtudes de los seres que habitan el mundo pasan del estado más inferior al superior y viceversa. Según otras fuentes, quizás las más aceptadas a día de hoy, la duración de todo un ciclo ascendente o descendente es de 4.320.000 de años, o sea, un número que es más difícil de asimilar.

Dejando de lado la duración, es importante entender que hay cuatro yugas, a saber: Satya yuga (también llamada Krita yuga), que es la más elevada, equiparable a la ‘edad de oro’, donde los seres viven por cientos de años y donde la virtud es absoluta. Le sigue, en orden descendente, Treta yuga, donde la virtud decae en parte y comienzan a surgir pecados como la falsedad y el fraude. Equivaldría a una ‘edad de plata’. Luego llega Dvapara yuga, donde la virtud ocupa sólo la mitad del panorama, compartiendo lugar con las malas cualidades. La vida de los seres es cada vez menor. Equivale a la ‘edad de bronce’.

Finalmente, tenemos Kali yuga, donde la virtud ocupa apenas una cuarta parte del total. Los seres humanos viven menos, su altura es menor y sus opciones de salvarse de la eterna rueda de reencarnación (samsara) son bajas. Sería el equivalente a la ‘edad de hierro. ¿Alguien se atreve a adivinar en qué era nos encontramos actualmente?

Acertaron, estamos en Kali yuga, que literalmente quiere decir la ‘edad oscura’. Pero no desesperen, pues incluso en el peor de los tiempos hay prácticas que sirven para elevar espiritualmente al ser humano y recordarle su naturaleza esencial.

Código de Manu

El Manavadharmasastra, también conocido como Código de Manu o Leyes de Manu, es un antiguo texto sánscrito de la India que explica las reglas a seguir para la sociedad y sus diferentes clases de individuos. A Manu se le considera, además de un sabio, como el progenitor de la humanidad (una especie de Adán). Gran parte de lo que se explica en el texto sigue teniendo vigencia en la India actual, ya que el punto central de la enseñanza es el dharma, o la ley universal.

De esta forma, en un pasaje del código, Manu habla de las cuatro yugas y enumera cuáles prácticas son las adecuadas para cada yuga en particular:

tapah param krtayuge tretāyām jñānam ucyate                                                                                                                                        dvāpare yajñaevāhurdānamekam kalau yuge (1.86)

Haciendo traducción muy libre se podría decir que en Krita yuga la principal virtud a realizar es tapas, es decir la realización de austeridades, de prácticas ascéticas.

En Treta yuga se dice que es jñanam (o guianam), el sendero del conocimiento.

En Dvapara yuga, por su parte, se dice que es la realización de sacrificios, en el sentido de oblaciones y rituales.

Finalmente, en Kali yuga, la virtud a llevar a cabo es únicamente la liberalidad.

A primer golpe, esta palabra ‘liberalidad’ no me deja un significado tan claro, aunque buscando en la RAE, la definición es contundente: “Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensa”. Asimismo, entre los sinónimos de la palabra se encuentran ‘generosidad’ y ‘desprendimiento’.

Liberalidad

Se dice que cuando el Señor Krishna abandonó esta Tierra luego de la batalla que se cuenta en el poema épico del Mahābhārata, ese fue el final de Dvapara y el inicio de Kali yuga. Coincidentemente, la gran enseñanza de Krishna, expresada en la Bhagavad Gita, y destinada a ser útil durante Kali yuga, trata de cómo actuar sin esperar los frutos, de cómo cumplir el propio deber sin importar la recompensa.

Es verdad que en la ‘era oscura’ en la que al parecer nos encontramos, muchos maestros espirituales han dado recetas para elevar al ser humano. La devoción a lo Divino es una de las fórmulas más difundidas, por considerarse más plausible para una sociedad que está muy identificada con su cuerpo y sus emociones.

Por otra parte, el cumplimiento del propio rol, por el deber en sí mismo, sin esperar el fruto, es también otro camino. El dar de manera desprendida, de acuerdo a la ley natural, aceptando que intentar aferrarse a lo impermanente es de necios, es otra forma de explicar lo mismo.

Dicho todo esto, si hemos de juzgar a la SGAE según el antiguo Código de Manu, podemos intuir, sin ser grandes filósofos, que en esta Kali yuga lo tienen bastante complicado para salvarse. Aunque siempre están a tiempo, claro.

La práctica espiritual de Omkār

En un post de hace dos años expliqué, con mi finito entendimiento y de manera poco académica, algunas aspectos de la vibración de la sílaba sagrada OM, también conocida como Aum. Por otro lado, hace poco, en clase de sánscrito, supe de un verso del Chandogya Upanishad (uno de los más antiguos Upanishad, que son textos sagrados que explican la filosofía espiritual contenida en los Veda) que habla de Om:

“omkāra evedam sarvamomkāra evedam sarvam” (2.23.3)

El verso, uno entre muchos que define el Om en las antiguas escrituras hindúes, repite la misma simple sentencia: ‘Om ciertamente (es) este todo’.

Por ‘este todo’ se entiende el mundo entero, o más bien el universo. El término omkār, por su parte, se utiliza como sinónimo de Om, pues etimológicamente significa ‘la realización de Om’.

La explicación filosófica de cómo el universo surge de un sonido primordial (Divino dirán algunos) no es única del hinduismo, como lo muestra el clásico ejemplo del Evangelio de San Juan en el cristianismo:

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (…) Todo llegó a ser por medio de ella; y sin ella nada se hizo de cuanto fue hecho”. (1:1-3)

Más allá de estas cosmogonías sonoras, lo que me interesa resaltar en esta crónica es la posible utilización práctica de Omkār, es decir, su uso cotidiano, una idea que me vino a la cabeza después de leer un antiguo discurso de Swami Premananda.

Shakti

Decir que se me ocurrió una idea es pecar de exagerado, ya que simplemente leí el discurso de Swami y decidí ponerlo en el blog para que todos puedan leerlo, aunque, eso sí, con un mínimo de contextualización de mi parte. En el libro Premananda satsangs Vol. I, encontramos este fragmento de un discurso titulado ‘Shakti’, dado por Swami en 1995:

“En la antigüedad se meditaba repitiendo OM, la sílaba sagrada que representa el sonido primordial de la creación. Así como esta fuerza es llamada Adi Para Shakti (la energía suprema original), también es llamada Om Shakti“.

En la filosofía espiritual de la India, por shakti se entiende la energía dinámica que se encarga de dar forma a todo lo que percibimos en este mundo; o sea, es el aspecto femenino de la energía que pone en acción el poder latente y absoluto de la energía masculina. Es en este sentido que Swami relaciona el Om con la shakti suprema original.

A un nivel más físico, Swami continúa:

“Cuando uno repite OM para sus adentros, o bien externamente, despierta la shakti conocida como kundalini en nuestros cuerpos. Esta energía duerme en la base de la espina dorsal. Repitiendo OM con sentimiento verdadero y profunda concentración podemos despertar las fuerzas divinas en nuestros cuerpos y traerlas hacia arriba hasta la cima de la cabeza. Este proceso debe llevarse a cabo con sumo cuidado y sólo bajo la guía de un Maestro genuino”.

Aquí, Swami hace referencia al despertar de la energía Divina que hay dentro de cada ser humano, una energía (llamada kundalini) que se dice yace en el mūlādhāra chakra, el punto energético en la base de la columna y que, con la práctica espiritual, asciende gradualmente hasta el sahasrāra chakra, en la cima de la coronilla. Swami agrega:

“Con la continua práctica espiritual sincera de esta manera, el sonido de OM y su extraordinaria vibración se mezclarán con la sangre de nuestros cuerpos. A través de la respiración lenta que se requiere para realizar Omkār, la divinidad circula con la sangre por el cuerpo. Llega al corazón y lo hace palpitar con una vibración divina. OM debe circular dentro de ti. Es por ello que no debes repetir OM deprisa. La profunda y prolongada respiración entre cada repetición de OM es sumamente importante sin duda”.

Esto me recuerda al encuentro que tuvimos mis padres y yo con Swami, en que hablando del Gayatri mantra nos dijo que “el mantra debe tener OM”, refiriéndose no sólo a la sílaba sagrada, sino a la vibración de su correcta repetición.

De la misma, en los cursos de meditación Prema Dhyanam, es decir la meditación basada en las enseñanzas de Swami, también se hace hincapié en ese breve lapso que separa cada Om, donde se puede sentir toda la energía despertada por la repetición previa.

9 veces

En el Sri Premananda Ashram de la India cada mañana, a las 5am, se realiza un abishekam al Señor Ganesha. Una vez finalizado el ritual, la persona a cargo se dirige afuera del templo para lanzar contra el suelo uno de los cocos ofrecidos a la deidad. Se trata de una tradición antigua, que se aplica al dios con cabeza de elefante, y que se resume en que en cuantos más trozos sea partido el coco, más auspicio será considerado el ritual (o lo que se haya pedido en él).

Durante el tiempo que lleva a la persona correspondiente salir del templo, partir el coco y regresar, los asistentes hacen una práctica de Omkār, repitiendo en voz alta y conjuntamente la sílaba Aum nueve veces. De todos modos, sin necesidad de hacerlo a las 5am o de romper cocos, cualquier persona puede probar esta práctica espiritual en su casa y ver si algunas de las palabras citadas de Swami se aplican a su caso personal.

En lo relativo a cuantas veces se ha de repetir el Om, según el hinduismo hay varios números propicios, pero algunas de las opciones clásicas son 3, 9, 21 o 108. Yo diría que es mejor empezar por un número bajo y hacer la prueba.

Está claro que no hay nada que perder (más allá de algún retazo de pudor), aunque sí varias opciones por ganar, entre ellas, aclarar la garganta, vibración Divina, mejor circulación sanguínea y paz interior. Nada mal.

Los vericuetos del apellido Gandhi

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En este blog he hablado repetidas veces de Mahatma Gandhi, la última de ellas en relación a las manifestaciones ‘indignadas’ de España. Todas las veces que he citado a Gandhi, a lo largo de los 3 años que lleva esta bitácora digital, ha sido con un objetivo espiritual más bien que enciclopédico; es decir, resaltando sus enseñanzas espirituales y su ejemplo de vida para argumentar alguno de mis relatos.

La validez del pensamiento gandhiano (como la de cualquier otro pensamiento) no reside en dónde nació, qué estudió o cuándo murió, sino en la visión actualizada y empírica que presentó al mundo sobre el triunfo del amor sobre el odio. Siempre se debate si la vida y la obra de cualquier gran personalidad deben juzgarse de forma separada o no. En el caso de Gandhi, no hay polémica: su vida y su obra van de la mano, en armonía, haciendo en ocasiones difícil diferenciarlas.

De todos modos, como es normal, todas las personas nos interesamos, en cierta manera, por los detalles más ‘superficiales’ de los demás, sobre todo si son personalidades. Es por ello que, acicateado en mis propias dudas, e intentado desmontar algunas creencias generalizadas, he pensado en hacer unas simples y resumidas aclaraciones sobre Gandhiji, su nombre y su linaje.

Cuatro varones

Mohandas Karamchand Gandhi nació en 1869 y, junto a su esposa Kasturbai, tuvo cuatro hijos, todos ellos varones. Por ende, no tuvo ninguna hija. Ya sé que lo que estoy diciendo es una conclusión obvia, pero hago la aclaración porque probablemente a muchos les suena el nombre de Indira Gandhi.

Indira Nehru, tal era su nombre original, nació en 1917 y era hija de Jawaharlal Nehru, una de las figuras políticas principales del movimiento independentista indio, líder del Partido del Congreso y amigo cercano del Mahatma. Por su parte, en 1947, Nehru padre se convirtió en el primer primer ministro (perdón por la cacofonía) de la India independiente hasta su fallecimiento en 1964.

Para entonces, su hija Indira ya había entrado en el mundo de la política y su apellido había cambiado. Debo decir que, hasta hace poco, yo creía que ese cambio se debía a una especie de homenaje que había hecho Nehru padre al Mahatma. Pues nada de eso. Los hechos son mucho más prosaicos. Resulta que la joven Indira Nehru se casó con un político y periodista indio llamado – nada más ni nada menos – Feroze Gandhi. Feroze era de ascendencia parsi y su familia no tenía (ni tiene) ningún vínculo sanguíneo con la familia del Mahatma.

Ante esta precisa conjunción del destino uno se pregunta, ¿no es demasiada casualidad?

Fragante

Siempre gracias a mis clases de sánscrito me enteré de que la raíz gandh significa ‘perfumar’, y por tanto la palabra gandhi es un adjetivo que se puede traducir como ‘perfumado’ o mejor aún, ‘fragante’.

Como es sabido, en todas las lenguas encontramos el fenómeno de que el significado original y literal que podían tener ciertos apellidos se pierda en detrimento de su nueva función ‘etiquetadora’. De todos modos, es verdad que apellidarse ‘fragante’ no está nada mal, sobre todo en el caso del Mahatma, que quedaría como ‘gran alma fragante’.

Más allá de esta feliz coincidencia en la traducción, al parecer, en la India, el apellido Gandhi es mucho más normal de lo que me imaginaba. Puede que no sea el más común, pero tampoco se trata de un apellido raro y, por tanto, es normal que existan varias personas con este ilustre nombre de familia, sin tener relación sanguínea con los linajes Nehru o Gandhi, en las dos vertientes ya vistas.

Teniendo en cuenta que Indira fue la única hija de Jawaharlal Nehru, el apellido del patriarca quedó fuera de los focos gubernamentales de la India, aunque no su sangre. Indira (cuyo esposo ya había fallecido en 1960) fue la primera y única mujer elegida como primer ministro de la India, cargo que ostentó entre 1966 y 1977, para luego regresar, después de una serie de altibajos político-judiciales, al mismo puesto entre 1980 y 1984, año en que murió asesinada por dos miembros de su guardia personal.

Al morir, Indira ya había dejado como heredero en la arena política a uno de sus dos hijos, de nombre Sanjay Gandhi.

Indira Gandhi con su hijo menor, Sanjay

Saga

Sanjay, el menor de los dos hijos, empezó a participar activamente en política a mediados de los ’70, coincidiendo con la crisis que enfrentaba el gobierno presidido por su madre. En 1980, ya miembro del Parlamento, Sanjay murió en un accidente aéreo, cuando el avión que él mismo tripulaba se estrelló durante una sesión de prueba, en Nueva Delhi.

Fue entonces cuando el primogénito, Rajiv Gandhi, que había decidido hacer una vida alejada de la política y era, irónicamente, piloto profesional de Indian Airlines, se convirtió en el reemplazante de su hermano en el entramado del Partido del Congreso. Eventualmente, cuando Indira fue asesinada en 1984, Rajiv se erigió como el candidato natural para reemplazarla al frente del Gobierno. De esta forma, ganó las elecciones y con 40 años se convirtió en el más joven primer ministro de la India post-colonial, ejerciendo entre 1984 y 1989.

Fiel a la aciaga suerte de la familia, Rajiv Gandhi murió en 1991 asesinado por una extremista suicida de los Tigres de la Liberación Tamil, una organización que reclamaba un estado tamil independiente en Sri Lanka, como reacción a la mayoría cingalesa. Por otra parte, esta especie de guerra civil que se inició a fines de los ’70 en Sri Lanka, llena de disturbios étnicos, fue el motivo principal de que Swami Premananda se trasladara a la India en 1983, como alguna vez relaté aquí.

Rajiv Gandhi

Cuando Rajiv Gandhi murió, el Partido del Congreso invitó a su esposa, Sonia Gandhi, a liderar el partido.

La historia peculiar de Sonia Gandhi reside en que su nombre de nacimiento es Edvige Antonia Albina Maino, y sobre todo, en que es italiana. Ella conoció a Rajiv en Inglaterra en los años ’60 mientras ambos eran estudiantes (y ella, además, camarera). Se casaron en 1968 y Sonia siempre mantuvo un perfil bajo alejado de la política, incluso cuando su esposo era primer ministro.

Sólo en 1997, ante el repetido pedido del partido, decidió dedicarse por completo a la política como líder del Partido del Congreso, puesto que todavía ocupa.

Al mismo tiempo, el primer hijo que tuvieron con Rajiv, llamado Rahul Gandhi, de 40 años, también está involucrado en política, continuado así con una saga de gobernantes que comparten la misma sangre y la militancia en el Partido del Congreso, la facción política que ha gobernado la India de forma casi permanente desde la independencia, con sólo tres intervalos (1977-80 / 1989-1991 / 1996-2004).

Sonia Gandhi

Caprichos

El Partido del Congreso, dirigido por Mahatma Gandhi a inicios de los años ’20, símbolo fundamental de la independencia de la India, también ha sufrido el paso de los años y su prestigio ya no es el de antaño. El hecho de que la dirección del partido haya estado, durante estos 65 años de la era post-independencia, siempre bajo un miembro de la familia Nehru-Gandhi es uno de los motivos.

Más allá de si uno está de acuerdo o no con las iniciativas políticas de Sonia Gandhi y su partido, lo seguro es que poco queda, más allá de lo simbólico, de aquella relación estrecha con el Mahatma Gandhi, inspirada en la no-violencia, la renuncia y la Verdad.

Qué caprichoso es el destino, pienso nuevamente, que eligió darle a esta dinastía gubernativa el apellido del hombre más reconocido de la India. ¿O es que quizás habrá algo más? ¿Alguna razón kármica?

No tengo la respuesta. Insondables son los vericuetos del destino, supongo.

Violencia es mentir

Esta mañana encendí mi ordenador y vi la noticia de que la policía catalana (los Mossos d’esquadra) estaba desalojando la Plaça Catalunya de Barcelona, centro de operaciones de la acampada de los ‘indignados’, con la excusa de ‘motivos de salubridad’. Lo que más me impactó del evento fue la violencia con que la policía se dirigía a los manifestantes (vídeo aquí), incluso cuando estos últimos se resistían a abandonar la plaza de forma pacífica.

Si bien es verdad que estas imágenes de choques entre manifestantes y policías las había visto cientos de veces en los medios, la cercanía geográfica y emotiva de las protestas barcelonesas me afectó con mayor fuerza. Una vez más, lo que sobre todo me impactó es el hecho de que la policía golpeara a manifestantes que no hacían nada, más que estar con los brazos en alto o simplemente gritar consignas contra la acción policial.

Más allá de que uno pueda estar a favor o en contra de esta manifestación y sus razones, más allá de que (según dicen algunos, lo cual es muy debatible) todas esas personas sean hippies, holgazanes, okupas o anti-sistemas, no entra en mi cabeza que la policía, que se supone debería proteger a los ciudadanos, golpee sin vergüenza con sus porras a personas que están en el suelo indefensas, o que simplemente hacen ‘resistencia pasiva’.

Nuestro amo juega al esclavo

Cuando era adolescente me hice fanático de la popular banda argentina de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que amén de su peculiar nombre, fue el grupo de rock más masivo de los años ’90, convirtiéndose en un mito después de la separación de sus miembros. Los Redondos se caracterizaban, entre otras cosas, por sus letras crípticas y bastante profundas (en la medida en que uno pudiera descifrarlas, claro), y hubo muchas frases que hicieron mella en mi mente juvenil.

De todos esos mensajes, hay uno que me gusta mucho y que me vino a la cabeza, una vez más, al ver los eventos tristes de la acampada en Barcelona: ‘Violencia es mentir’.

Este aforismo se encuentra en la canción Nuestro amo juega al esclavo, del disco Bang! ¡Bang!! .. Estás liquidado, y no soy yo el primero en utilizarlo para explicar la dinámica de ‘patas cortas’ que tiene la violencia en todos los ámbitos.

Si bien el debate sobre las enigmáticas letras ‘ricoteras’ está todavía vigente en Argentina, la trasparencia de la idea ‘violencia es mentir’ es, para mí, absoluta. Y no sólo eso, sino que se trata de un pensamiento muy profundo, al menos desde el punto de vista védico.

As / Sat

Es bueno recordar que los Veda, las escrituras sagradas del hinduismo, fueron compuestos en lengua sánscrita y todas las palabras ‘técnicas’ que se utilizan a día de hoy para explicar la filosofía espiritual y la religión de la India mantienen ese origen.

A este respecto, el vocablo sánscrito sat es traducido, de manera generalizada, como ‘verdadero’. En lengua sánscrita, la raíz verbal as significa ‘ser, existir’. De esta forma, asmi, por ejemplo, es ‘yo soy’.

Yo, que gracias a María Elena Sierra, mi profesora de sánscrito, he aprendido muchas nuevas cosas, puedo ahora decir que sat es el participio presente de as, y por tanto significa, literalmente, ‘existente’.

¿Por qué, entonces, se traduce como verdadero? Pues, desde el punto de vista de la filosofía espiritual védica se considera existente únicamente a aquello que no es perecedero, ergo eterno. Todo aquello que muere, que perece, que tiene un final, es considerado falso, ya que forma parte del llamado velo de maya, de la ilusión cósmica, del mundo fenoménico que se pone frente a nuestros ojos espirituales para hacernos creer que la materia es más que el espíritu.

Por tanto, sólo aquello que es eterno, duradero, que no tiene nacimiento ni muerte (como el alma o, para los que quieran decirle así, la Divinidad), puede considerarse verdadero.

Si desde esta perspectiva la mayoría de lo que experimentamos superficialmente en el Universo es falso, entonces, con más razón, la violencia es claramente falsa. La violencia es impermanente y, por ende, una mentira, porque sólo puede considerarse verdadero aquello que nos da felicidad permanente e incondicionada.

Puede haber discusiones y debates filosóficos sobre qué es lo que otorga esta felicidad permanente (algunos lo llaman Dios, otros ‘encontrarse con uno mismo’, otros Amor universal…), pero lo seguro es que la violencia, de cualquier índole, no entra en esta categoría.

Resistencia pasiva

En su lucha por la independencia de la India, y salvando las distancias, Mahatma Gandhi utilizó tácticas similares a las utilizadas por los manifestantes indignados de Barcelona, es decir, desobediencia civil y resistencia pasiva y pacífica. A Gandhi y a sus seguidores también les pegaron y les encarcelaron, ya que parece que no siempre alcanza con ser pacífico para evitar la violencia.

Sobre esto, Gandhi siempre sostuvo que la fuerza del amor puede vencer a la del odio, y llevando su tesis de amor a la humanidad al extremo dijo: “Si la pérdida de la vida se hace necesaria en una batalla justa, uno debe estar preparado para derramar su propia sangre, y no la de otros. De ese modo, finalmente habría menos derramamiento de sangre en el mundo”.

Con esto no quiero insinuar que haya que perder la vida por la acampada de Barcelona, sino que la historia demuestra que no siempre es tan sencillo como levantar los brazos en son de paz para así tranquilizar a las fieras.

Pero eso no significa, nunca olvidarlo, que la violencia sea verdadera.

La ‘indignación’ espiritual

Probablemente han leído que en la última semana, en España, se puso en marcha un movimiento social denominado como 15-M (en referencia al día de la primera manifestación) o de los ‘indignados’. Se trata de personas que reclaman y protestan ante el status quo político, económico y social en todas sus facetas, con el entramado político y bancario como las cabezas más visibles de un sistema que beneficia a muy pocos en perjuicio de la mayoría.

Se dio la coyuntura de que hubiera elecciones autonómicas y municipales el 22-M, motivo por el cual la ‘indignación’ popular tomó mayor protagonismo en los medios masivos de comunicación, que por cierto son otros de los grandes cuestionados por los manifestantes. Las elecciones en España pasaron y no hubo grandes cambios en los resultados que ya se preveían desde hace semanas, pero las voces de protesta no tenían una intención directa y particular sobre las votaciones, sino que buscan despertar algún tipo de consciencia en el ‘pueblo’.

El ‘pueblo’ (esa palabra tan amada por lo revolucionarios, que ahora casi carece de sentido) es heterogéneo y por tanto tiene muchas demandas, muchas preocupaciones, con frecuencia difíciles de congeniar entre sí, pero en esta Spanish revolution se ha logrado una unidad esencial con el objetivo de expresar una idea popular fundamental: Basta.

Plaça

Entre los asistentes que vi personalmente en la Plaça Catalunya de Barcelona este fin de semana, había de todo, incluyendo diferentes edades, colores y motivaciones. Más allá de cada interés personal, la consigna popular es la de reclamar a quienes gobiernan y deciden (es decir, el poder político y económico) que cumplan su rol de forma ética, correcta y digna.

Salvo un periodo de mi época universitaria, yo nunca he tenido interés en la cuestión política, basado, más que nada, en la idea que sostiene que la propia felicidad no depende de otros, y mucho menos de quien gobierna o no, mi país o ciudad. La extendida práctica de culpar a los gobernantes de todos los males, siempre me ha parecido un simplismo, y en muchos casos una forma generalizada de dar la culpa ‘a los demás’, sin utilizar la autocrítica o la voluntad de cambio personal.

Todo lo anterior lo sigo pensando, y no creo que un gobierno u otro puedan cambiar esencialmente mi vida, sobre todo a nivel interno, que es lo que realmente me interesa. De todas formas, sí me parece que los límites aceptables de desvergüenza, impunidad y manipulación fueron cruzados hace bastante por la clase de política en general (en todas partes) y me parece justo reclamar porque las “cosas sean como deberían ser”.

A su vez, creo que cada persona tiene un rol y que aquellas que son líderes (en este caso políticos) tienen que reunir, a priori, ciertas características que no poseen todas las personas, y por tanto es erróneo el difundido pensamiento de “cualquiera podría hacerlo mejor”. No cualquiera puede ser líder, porque ser un buen líder implica muchas obligaciones y responsabilidades.

Rey

Hasta su independencia en 1947, en la India siempre había existido la figura de los reyes (también llamados rajas o maharajas). En una sociedad articulada alrededor de una fuerte segmentación social, en la que cada individuo cumple un rol muy específico, la figura del rey no se cuestionaba. De la misma forma, en una sociedad basada en el cumplimiento del dharma, del ‘deber universal’, cada persona intenta cumplir su rol de la mejor manera posible.

En la tradición india (que tranquilamente podría extrapolarse a otros sitios), el mayor dharma de un rey es, claramente, el bienestar y el desarrollo de su pueblo. A medida que uno asciende en el sistema de castas es verdad que goza de más privilegios, pero también tiene muchas más obligaciones. El sacerdote brahmán es, en ocasiones, considerado sagrado, pero en contrapartida él no puede aceptar comida de cualquiera, no puede cobrar dinero por sus servicios y debe realizar rituales diarios de forma estricta.

De manera similar, el rey goza de las riquezas y, si lo desea, de la opulencia, pero su deber más sagrado es su pueblo. Si alguien de la casta más baja deja de cumplir alguna de sus pocas obligaciones no es tan grave como si un rey, con todas sus responsabilidades, va en contra de su dharma.

Basado en razonamientos afines, Mahatma Gandhi convirtió la lucha política en su propia práctica espiritual, como una defensa del dharma, como una forma de buscar la Verdad.

Pancarta

Sopesando todos estos motivos, viendo cuan populosas se tornaban las plazas, y sintiendo que es mejor salir a alzar la voz que quedarse en casa quejándose, fuimos con Nuria (también conocida como Hansika) a pasar algunas horas en la acampada de Barcelona. No fuimos solos, sino con amigos y con una pancarta que rezaba un mensaje extraído de la Autobiografía de un Yogui, de Paramahansa Yogananda:

“Un buen líder tiene que tener el deseo de servir, no de dominar”

Seguramente nuestro mensaje no ganó el concurso de los más ingeniosos, pero cada pancarta carga con la visión de mundo de su dueño, y nuestra intención era la de ‘indignarnos’, pero siempre desde la perspectiva espiritual.

La noche del sábado 21 hubo una cacerolada masiva, y durante 1h 30hs estuvimos, junto a unos cuantos miles, haciendo mucho ruido; Nuria con sus improvisados platillos de tapa de olla y yo con mi silbato de entrenador de fútbol.

Revolución

En Argentina, hace casi diez años, también hubo una manifestación social espontánea al grito de ‘Que se vayan todos’. Una década más tarde no parece que aquello haya traído un cambio radical en la forma de hacer política y de cumplir el dharma por parte de los gobernantes argentinos.

De la misma forma, descreo que esta actual e incipiente revolución española pueda modificar ostensiblemente los malos hábitos de la clase política. Sin embargo, eso no implica que deje de reclamar un cambio.

Esta ‘indignación’ masiva, de todos modos, es para mí un complemento revolucionario. De diferentes maestros espirituales, incluyendo Swami Premananda, he aprendido que la única forma de cambiar el mundo es cambiándose a uno mismo. Ya sé que suena a poco y algunos dirán que así nunca habrá cambios a gran escala, pero es la única revolución que considero duradera y cien por ciento efectiva.

En cierta forma, la presencia de tantas personas durante la última semana, en diferentes plazas de España y el mundo, es la suma de personas que quieren aportar al cambio desde sus pequeñas revoluciones individuales. En ese sentido, sí que me pongo político y grito ¡Viva la revolución!

Todas las fotos son de Nuria Parera (menos la que aparece tocando los platillos, claro), y se pueden ver más en: http://on.fb.me/ingDg6

El Maestro Bob

En Mandiram, la escuela de yoga a la que asisto regularmente, tienen un ‘muro de la inspiración’ en el que cuelgan imágenes de personas que, justamente, consideran inspiradoras, sobre todo desde el punto de vista espiritual. Debo admitir que desde el primer día me provocó gran sorpresa que entre las imágenes de reconocidas ‘personalidades’ espirituales como Amma, el Dalai Lama, Swami Sivananda y la Madre Teresa, se encontrara una fotografía de Bob Marley.

Quizás no se trataba de uno de los grandes misterios de mi vida, pero sí es verdad que me intrigaba sobremanera porqué un cantante de reggae jamaiquino compartía muro junto a la diosa Saraswati, la Virgen de Guadalupe y el sabio Patañjali.

Pasaron más de dos años desde aquella sorpresa inicial, y sólo de forma reciente conocí de primera mano los motivos de las directoras de Mandiram para poner la imagen de Marley entre sus referentes.

30

Esta semana se cumplen 30 años de la muerte de Bob Marley y sin rendir especial culto a los números redondos, más bien utilizándolos como buena excusa, pensé en escribir sobre el tema. De hecho, hace ya algunos meses que empecé a interesarme en profundidad en la vida del cantante y hasta me compré un libro en Amazon (Catch a fire: The life of Bob Marley de Timothy White) que demoró más de la cuenta en llegar y ahora estoy leyendo.

De todos modos, antes de leer cualquier libro ya había algo que intuía: si uno escucha únicamente los grandes éxitos de Marley y se deja llevar por las imágenes del jamaiquino que pululan masivamente en camisetas y pósters, más como un símbolo estético (o de moda) que artístico, sin duda se queda con una parte pequeña de todo el cuadro. De la misma forma que la imagen del Che, paradigma revolucionario del siglo XX, ha sido readaptada y asimilada por el sistema consumista y la estética pop, perdiendo así todo su carácter socialista original, la imagen actual y popularizada de Bob Marley tiene apenas un dejo de rebeldía, nada de espiritualidad, y mucho humo de cannabis a su alrededor.

Como con muchos otros personajes de la historia (incluso actuales), la ‘cultura de masas’ tiende a simplificar los hechos y a focalizar la atención en una o dos cualidades puntuales que sirven para etiquetar fácilmente a esa persona, dejando de lado sus posibles matices, complejidades y motivaciones. Hitler quiso conquistar el mundo porque era un pintor fracasado; Yoko Ono causó la separación de The Beatles; Freud era cocainómano o Woody Allen se casó con su propia hija, son algunos ejemplos que me vienen a la mente (haciendo abuso de la simplificación, claro).

En este imaginario popular simplificado, Bob Marley, por su parte, se la pasaba fumando marihuana y cantando ‘everything will gonna be alright’ en la playa.

Rasta

Antes que nada Bob Marley era un rastaman, un practicante del rastafarismo, y toda su vida (incluida su muerte) estuvo determinada por esa creencia religiosa. Por lo tanto, su música y sus letras, también.

El rastafarismo es, ni más ni menos, una religión. Una religión muy joven, nacida a principios del siglo XX entre la población negra de Jamaica, descendiente de esclavos africanos en su mayoría. Su lema original era el de ‘regresar a África’, especialmente a Etiopía, tierra sagrada fundada por el emperador Melenik I, hijo de la reina de Saba, que era negra, y del famoso rey israelita Salomón.

Melenik I se llevó consigo a Etiopía la doctrina abrahámica (tanto judaica como cristiana) y también, según algunas versiones, la desaparecida Arca de la Alianza de los textos bíblicos. De esta forma, la población negra de Etiopía se consideraba, en parte, descendiente del pueblo de Israel. Si bien las prácticas religiosas eran más cercanas al judaísmo, la religión etíope derivó en una forma de cristianismo, y en un libro sagrado – Kebra Nagast – que narra la gloria de los reyes de la dinastía salomónica en Etiopía.

En 1931 el ras (príncipe) Tafari Makonnen subió al trono como emperador de Etiopía (luego conocido como Haile Selassie I), considerado descendiente directo de Salomón y, además, el Mesías negro que venía a liberar a África y la población negra mundial (mucha en el éxodo) de la opresión de ‘Babilonia’. Para todo el rastafarismo, Haile Selassie era considerado Dios en la tierra.

Robert Nesta Marley nació el 6 de febrero de 1945, hijo de una joven jamaiquina negra de 18 años – Cedella Booker – y de un oficial jamaiquino blanco (de ascendencia inglesa) de la marina – Norval Sinclair Marley -, de 50 años. Si bien era un ‘mestizo’, lo cual le trajo burlas y comentarios en la Kingston de los ’50, él siempre se consideró un negro y, por supuesto, un rasta, con todos los derechos y obligaciones que eso implicaba.

Haile Selassie I

Jah

Las reivindicaciones religiosas rastafaris nacieron muy ligadas a los reclamos políticos y sociales de la población negra, que también abogaba por retornar a África y por liberarse de la opresión. De esta forma, para el movimiento rastafari, la opresión social sobre el negro, su éxodo y su lucha por regresar a África es la versión tangible y material del camino espiritual en el que “todo hombre sufre y se esfuerza por la liberación”, ya que “ese viaje refleja la migración mística del alma hacia la tierra y luego de regreso a Jah” (el nombre que dan a Dios los rastafaris, una abreviación del bíblico Yahvé).

Por lo tanto, siendo un rastafari, el aspecto religioso y el político-social están, en origen, estrechamente ligados. Una ideología que Bob Marley difundió a nivel mundial, llevando su música a los cinco continentes y no únicamente a l mundo occidental o ‘civilizado’.

Evidentemente, el paso de los años modifica las tradiciones y las nuevas generaciones adaptan a su manera el legado cultural que les toca. De todos modos, es bueno saber que si uno se llama sí mismo rastafari, en principio, está declarando su adhesión a una religión. De hecho, es difícil leer la biografía de Bob Marley, e incluso entender algunas de sus letras, sin tener una Biblia a mano.

Sin ir más lejos, la norma en la cual se basan los rastafaris para no peinar ni cortar sus cabellos se encuentra en Levítico 21:5:

“No se raparán la cabeza, ni se cortarán el borde la barba, ni se harán incisiones en el cuerpo”.

En cuanto a la ganja, el nombre rastafari que recibe la marihuana, se la considera una hierba sagrada porque se dice que creció en la tumba del rey Salomón. Aunque esto último parece no estar comprobado, sí hay algunos pasajes bíblicos que los rastafaris utilizan como argumento, entre ellos Salmos 104:14:

“Tú haces germinar la hierba para el ganado y las plantas usadas por los hombres, de forma que del suelo saquen pan”.

A este respecto, Bob Marley explica que fumar ganja (como cigarrillos o en pipas de agua, estilo narguile) sirve para “ayudar a las personas en sus meditaciones en la verdad”. Al leer estas palabras, inevitablemente me vienen a la cabeza los sadhus de la India, esas personas que han dejado todo para peregrinar por el país o habitar en los lugares sagrados, relacionados con Shiva, el señor de los yoguis, y que tienen el cabello largo, con grandes ‘rastas’ (a veces al punto de arrastrarlas al caminar). Entre muchos de ellos, el consumo de ganja es una práctica habitual, siempre con fines ‘místicos’.

Más allá de si uno está a favor o no de esta práctica, y teniendo en cuenta que la filosofía espiritual tradicional de la India no fomenta el consumo de drogas, lo que está claro es que el uso que dan los sadhus a la marihuana y el que, en la teoría, explica Marley, no tienen mucho que ver con el uso ‘recreacional’ que le da la mayoría de las personas en la actualidad.

Cáncer

En 1977, durante su gira europea, en Inglaterra, Bob Marley se hizo una herida en el dedo gordo del pie derecho jugando al fútbol. Al poco tiempo, esa herida derivó en una forma maligna de melanoma, pero el cantante no quiso cancelar sus actuaciones ni someterse a tratamiento. Durante cuatro años la herida fue empeorando claramente, y a cierto punto la única solución era amputar el dedo.

Marley, siempre fiel a su religión, declaró: “El rasta no acepta la amputación. Yo y mis hermanos no aceptamos que un hombre sea desmantelado. Jah me curará con las meditaciones de mi cáliz de ganja (…) o Él me llevará como un hijo a Su Reino. Ningún bisturí rayará my carne”.

De la misma forma, tampoco aceptó tratamiento médico, excepto en la recta final de su enfermedad, pero ya era demasiado tarde y con su salud deteriorándose y el cáncer difundiéndose por su cuerpo de 36 años, Marley murió el 11 de mayo de 1981.

Paradoja

Probablemente muchos lo desconocen, pero no hay disco de Bob Marley que no contenga, al menos, un par de canciones sobre Jah, o sea, sobre Dios. Asimismo, y esto es un poco más conocido, no hay discos suyos sin canciones reivindicativas por los oprimidos del mundo, sobre todo los negros. De hecho, Marley tiene algunos discos que son casi totalmente ‘políticos’ como Catch the fire (1973) y Survival (1979), este último cantándole a la independencia de Zimbawe y a un África unida, por ejemplo.

Volviendo a mi idea inicial de que la imagen masiva y de consumo de Bob Marley está simplificada y ‘vaciada’ de su sentido original, hay sin embargo algo paradójico. A pesar de esta ‘ignorancia’ sobre la vida y obra de Marley, su música parece poder llegar a casi todo el mundo, y no sólo de forma superficial, sino tocando algunas capas más profundas.

White lo explica en su libro: “Quizás lo más increíble sobre el ascenso de Marley a la fama es cuan poco sus fans alrededor del mundo necesitaron saber acerca del trasfondo temático de su música, de los diferentes niveles en que su mensaje era emitido, y de los roles que el rastafarismo y la cultura tradicional jamaiquina jugaron en todo esto”.

Efectivamente, sin saber nada de todo esto, incluso sin hablar inglés y sin entender sus letras (y aún sabiéndolo no garantiza nada, pues muchas letras tienen partes en lengua patois, es decir inglés con palabras africanas o inglés jamaiquino), personas de los cinco continentes encuentran un tipo de satisfacción en la música de Marley. Y por más que en la historia haya habido grandes estrellas de la música, no estoy seguro de cuantos otros hayan llegado a tantos lugares y personas. ¿Cuán famosos eran The Beatles en Eritrea en los ’70, por ejemplo?

¿Qué tiene, entonces, la música de Bob Marley que, en general, le guste a todos y además trasmita una sensación de tranquilidad, de calma, de alegría, de ensoñación, y otros adjetivos positivos según a quien se consulte?

Rollo

En Mandiram me lo resumieron con una expresión: “Buen rollo”.

El motivo para que Bob Marley comparta muro inspiracional con Pattabhi Jois y Jesucristo es así de simple. Cada vez que uno escucha una canción de Marley, o ve una fotografía suya, sostienen en Mandiram, le genera energía positiva, ‘buena onda’ y otras cualidades positivas, que a fin de cuentas son esencialmente espirituales.

Si bien, en un nivel estricto, colocar a Bob Marley a la altura de maestros espirituales, encarnaciones de Dios en la tierra y deidades, puede sonar algo herético (en mi caso así fue), creo entender el razonamiento que me explicaron, que no tiene que ver con jerarquías o etiquetas, sino con la difusión de las cualidades positivas que, considero, sin duda tiene Bob Marley (más allá de que pueda tener otras negativas).

Antes de bucear en la vida de Marley ya intuía (y obviamente no sólo yo) su sustrato espiritual, después de leer sobre su historia las piezas encajan mejor, y todavía me parece muy fuerte que vayamos cantando sus canciones sin saber que, en muchos casos, son loas a Dios.

Además, cuando no le canta directamente a Jah, sus letras contienen, por lo general, un mensaje espiritual universal. En Redemption song, una de sus canciones más conocidas y quizás la más emblemática, Marley dice, por ejemplo: “Emancipaos de la esclavitud mental, nadie más que nosotros puede liberar nuestras mentes”. Visto desde la perspectiva espiritual de la India, no puede estar más acertado.

Ahora, habiendo investigado un poco en la vida de Marley, habiendo analizado sus letras, habiendo confirmado con argumentos ‘tangibles’ mi intuición sobre la vibración espiritual de su música, no me extraña que en la escuela lo llamen el Maestro Bob.

Bin Laden y el dharma

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El tema de la semana (y del mes, y probablemente del año hasta ahora) es la muerte de Osama Bin Laden a manos de un comando especial estadounidense en una casa amurallada en Pakistán. La mayoría de los lectores conocerán a esta altura los detalles del caso, y si no los conocen es mejor que los busquen en un diario digital, pues yo no ahondaré en los recovecos de la ‘operación Gerónimo’. Lo que me interesa analizar, en realidad, es cuán dharmico es, desde el punto de vista espiritual, el asesinato de Bin Laden.

Dharma, una palabra sánscrita, suele traducirse como ‘ley’, ‘deber’, o incluso ‘religión’. Como pasa con muchas palabras del sánscrito, se necesitan varios vocablos en español (y otras lenguas occidentales) para definirla. Utilizando ese recurso necesario, se podría decir que el dharma es el conjunto de leyes universales que rigen lo que es correcto. Ya sabemos que ‘correcto’ es un concepto muy relativo, aunque aquí refiere a aquello que es correcto para alcanzar la felicidad (individual o colectiva, según el caso), algo así como el orden natural de las cosas.

Por un lado, existe la expresión Sanatana dharma que significa ‘el dharma eterno’ y es aquel que trasciende las eras, los protagonistas y las situaciones. Es la profunda y antiquísima filosofía védica que, en términos generales y mirada con atención, es común a todas las religiones verdaderas.

Por otro lado, cada ser (o alma) debe ser fiel a ese dharma eterno, a la vez que debe respetar su propio dharma individual. Es decir, lo que le toca hacer por su situación presente y particular (cosa, esta última, que viene determinada por el karma, es decir la cadena de causa-efecto generada por nuestras acciones pasadas).

Soldados

Vamos a los ejemplos. Una de las bases del óctuple sendero del yoga, tal como lo presenta el sabio Patañjali en sus Yoga sutras, es ahimsa, no dañar (o no-violencia). Evidentemente, el matar a otro ser sería romper este precepto que forma parte del dharma, digamos más bien universal.

Por su parte, en el dharma específico de un soldado está contemplada la opción de matar al enemigo. Es más, lo contrario podría considerarse ir en contra de su dharma como soldado.

En la Bhagavad Gita, la escritura sagrada por excelencia del Hinduismo, Arjuna, el más valeroso de los príncipes kshatriya (es decir, de la casta guerrera), situado en el campo de batalla de Kurukshetra, se niega a luchar contra el ejército enemigo, en el que militan sus primos, tíos, abuelos y maestros, porque no ve sentido en conquistar el reino a costa de matar a sus seres queridos.

En una escena conocida y dramática que ha trascendido el ámbito religioso, Sri Krishna, primo, amigo y auriga de Arjuna en esa encarnación, a la vez que infinito y eterno Señor del Universo, insta al desconcertado guerrero a luchar:

“Debes respetar tu deber y no vacilar, porque no hay nada más elevado para un kshatriya que una guerra justa” (Bg.G. 2.31)

“Pero si no luchas en esta guerra justa, habrás incurrido en pecado al renunciar a tu deber y a tu prestigio” (Bg.G. 2.33)

En ambos casos, las citas son según la traducción y comentarios de Swami Sivananda.

No voy a entrar en el análisis de la Bhagavad Gita porque no me da el cuero, pero es bueno aclarar que detrás de estas palabras, además de una explicación del dharma, hay una profunda filosofía espiritual sobre la inmortalidad del alma.

De todos modos, lo que quiero mostrar con este caso paradigmático es que, desde el punto de vista de un guerrero, luchar (y por consiguiente matar) es parte de su dharma, incluso cuando es contra sus propios parientes, y también, aparentemente, en contra del dharma universal.

Código

Sin embargo, este dharma del kshatriya, tal como era en los tiempos védicos, tiene sus códigos. Entre ellos, únicamente se lucha contra otro guerrero (ni otras castas, ni niños, ni mujeres); la lucha se realiza en el campo de batalla (no se saquean ciudades); no se ataca a alguien desarmado o a traición.

Digo esto porque la polémica ahora se instaló en si Bin Laden estaba efectivamente luchando, en batalla, o simplemente los soldados cayeron a su casa y le dispararon. Para muchos, la diferencia es sustancial. Estados Unidos admite que Bin Laden estaba desarmado, aunque sostiene que “no se rindió”, y por tanto fue asesinado, en una acción de “autodefensa nacional”.

Con los pocos datos ciertos que circulan (y que los días se supone irán ampliando), desde el punto de vista kshatriya, parece que Estados Unidos hubiera incumplido parte del código. A pesar de ello, muchos piensan que matar a Bin Laden fue lo correcto, en represalia a su planificación del atentado de las Torres Gemelas del 11-S, principalmente. Aunque pocos lo analicen conscientemente desde el punto de vista del dharma, el argumento básico es que Bin Laden tampoco cumplió el código kshatriya, y por tanto se le paga con la misma moneda.

Y entonces aquí entra otra cuestión, que tiene que ver con ¿Cuándo es correcto matar a un hombre? (o a un ser viviente, si queremos ser ‘védicos’).

Ilustración de Nate Beeler (The Washington Examiner)

Celebración

Cuando cayeron las Torres Gemelas en 2001 yo estudiaba en la Escuela de Ciencias de la Información de la Universidad Nacional de Córdoba, y dado lo extraordinario de los acontecimientos habían instalado una televisión vetusta en el pasillo principal de la ‘escuelita’, que tenía una clara tendencia de izquierdas (con sus vertientes de anti-capitalismo y anti-imperialismo). Varios estudiantes de la ECI (y de otras facultades similares, en otras partes de Argentina) celebraron activamente la caída de las Torres, como un ‘merecido castigo’ hacia la política exterior norteamericana.

Más allá de las ideologías personales, el celebrar la muerte de seres humanos es imposible de congeniar con la filosofía espiritual. Arjuna puede que cumpla con su dharma, pero no lo celebrará. En la tradición espiritual de la India, los grandes guerreros incluso realizan una puja (o ritual) purificadora después de matar a un enemigo piadoso (o con cierta evolución espiritual).

En el ejemplo de las Torres Gemelas es fácil denostar a aquellos que se alegraban por la ‘derrota’ estadounidense, por insensibles o parciales. ¿Y en el caso de Bin Laden? Desde el lunes ha habido muestras de alegría, euforia y celebración en varias partes del mundo (con especial énfasis en EE.UU. por supuesto) por la muerte de un ser humano. ¿Está eso de acuerdo con el dharma? El Vaticano, por ejemplo, tantas veces criticado, emitió un comunicado que decía ‘ningún cristiano se alegra por la muerte de un ser humano’.

En España (y no sólo) hay polémica porque algunos reclaman un juicio justo incluso para los peores criminales, mientras otros felicitan a Estados Unidos y celebran ‘un mundo más seguro’. Es paradójico que se hable de derechos humanos y democracia, pero se celebre y justifique la ley del Talión.

Con esto no quiero decir que Bin Laden no se lo mereciera o no se lo buscara, sino que me sorprende cómo gran parte del mundo se alegra de que alguien muera. He leído a alguien con repercusión pública que dijo, ‘Ojalá el próximo sea Gaddafi’.

Por su lado, el reconocido periodista español, Iñaki Gabilondo, definió muy bien la paradójica situación como un ‘jeroglífico moral‘.

Paz

Yo no tengo nada a favor de Bin Laden, ni tampoco de la violencia en ninguna forma. En esto soy muy gandhiano, y no creo que la violencia pueda traer paz.

De todos modos, quería poner en el tapete la cuestión del dharma y de que desde el ángulo espiritual siempre puede haber más de una visión ‘correcta’. El soldado armado para conseguir la paz es un oxímoron, pero a la vez matar puede ser su dharma. El Gobierno estadounidense informó que el soldado que disparó a Bin Laden será condecorado; como militar (o sea, un kshatriya moderno) se puede decir que cumplió con su dharma, pero desde una visión más universal, ¿es correcto premiar un asesinato?

Como se desprende de esto, el dharma puede variar según las circunstancias e incluso un país puede decidir matar a un hombre en nombre de sus víctimas y quizás sería correcto (esto es muy discutible). Lo que me cuesta asimilar es la celebración masiva por el asesinato de una persona, aunque ya sé que alguien argumentará que si hubieran matado a Hitler ‘a tiempo’ se habrían salvado muchas vidas. Salvando las distancias entre los dos personajes, efectivamente es difícil encontrar a alguien que se entristezca ante la idea de un Hitler asesinado, yo incluido.

Como dato extra: en el caso del alemán, Gandhi decía que el poder del amor y la no-violencia podían vencerle (fueron contemporáneos aunque a veces no parece).

De todas las paradojas y ‘jeroglíficos’ que genera este tema, para mí la principal es cómo un Nobel de la Paz puede autorizar y celebrar la muerte de alguien.

Imagen de www.artofobama.com

Entiendo que el presidente de los Estados Unidos no pueda escapar a su dharma de ordenar asesinar, pero no puedo entender que un Nobel de la Paz diga que se ‘ha hecho justicia’ cuando se asesinó a una persona. Es una gran paradoja, sobre todo porque se trata, casualmente, de la misma persona. Aunque, todo hay que decirlo, la culpa no es en realidad de Obama, sino de quienes le dieron ese premio, anticipado e injustificado.

No deja de ser una contradicción (al menos aparente) que el manido discurso de los derechos humanos y la paz en el mundo, tenga sus excepciones, según qué circunstancias.

Como se ve, la antigua disquisición sobre el dharma que tuvo lugar en el campo de Kurukshetra hace miles de años, está más vigente que nunca.

Pepe y el karma

Desde hace más de dos semanas, en España sólo se habla de los clásicos entre el Barça y el Real Madrid (y todavía falta uno). Ante esta abundancia futbolística, totalmente mediatizada, incluso yo, muy aficionado al balompié, me siento abrumado, saturado. Esto se debe, un poco, a que la calidad estrictamente futbolística de los partidos no haya sido destacada, y en gran medida a que lo que más atención haya generado sean cuestiones ajenas al deporte en sí mismo, es decir los consabidos veintidós tipos corriendo detrás de un balón.

Este blog no trata sobre fútbol, y sólo una vez toqué directamente el popular tema en relación a la espiritualidad. Me valió alguna crítica, por poner al mismo nivel algo tan sagrado con algo tan profano (la espiritualidad sería lo sagrado y el fútbol lo profano, aclaro por si acaso).

Hoy, en un post que quizás disfrutarán más aquellos conocedores del juego, me atrevo a tocar otra vez la cuestión, en parte porque no me lo puedo sacar de la cabeza, en parte para sacármelo, merced al proceso de catarsis personal que siempre ha caracterizado a esta bitácora.

Teatro

Probablemente a la mayoría le suene el nombre de Jose Mourinho, el entrenador del Real Madrid, que desde hace años pasa demasiado tiempo haciendo declaraciones incendiarias, victimistas y/o soberbias ante la prensa mundial. Como decía el inefable ex-árbitro argentino Guillermo Nimo con su crítica semanal al peor desempeño de la jornada futbolística (llamada, en anticipo a Los Piratas del Caribe, la ‘Perla Negra’): “Usted puede ser un excelente padre de familia, una gran marido, una buena persona, pero como árbitro es…”. Y así empezaba una retahíla de críticas para defenestrar al desafortunado de la fecha.

Con Mourinho pasa lo mismo. Aunque no lo conozco personalmente, no dudo de sus cualidades en la intimidad, pero muy pocas de las veces en que abre la boca en público le hace un favor al fútbol, entendido como un juego bonito y disfrutable.

Pero no es únicamente Mourinho. Tanta parafernalia mediática, tantas declaraciones intencionadas, tanta tensión y emoción en el ambiente, han hecho de estas dos semanas de clásicos un terreno ideal para que cada uno de los implicados muestre (dentro y fuera del campo) su lado menos ‘espiritual’.

No voy a ahondar en detalles ni en análisis tácticos, simplemente decir que lo que más me saca de quicio es la poca predisposición de ambos equipos a jugar a la pelota. O sea, en lugar de intentar jugar al fútbol lo mejor que cada uno pueda, la idea parece ser la de molestar al contrario y engañar al árbitro fingiendo faltas, dolores, agresiones y demases.

Ya sé que exceptuando la liga inglesa en la que los aficionados rechazan de lleno a los jugadores ‘piscineros’ (o ‘pileteros’), es decir aquellos que se dejan caer y simulan faltas, en el resto del mundo está instaurada la doctrina del teatro del futbolista, basada básicamente en caer al suelo y girar convulsivamente tomándose la cabeza, sin importar si el golpe fue recibido (de haberlo recibido) en el dedo meñique del pie.

Cualquiera que haya jugado al fútbol, y no tiene que ser a nivel profesional, sabe que hay contacto físico permanente, golpes involuntarios y caídas. También sabe que cuando uno juega de manera inocente lo que quiere es seguir jugando, y no tirarse al suelo para inspirar la compasión de ajenos.

Ilustración de Guy Billout - www.guybillout.com

Wilmar Everton Cardaña

Al parecer, hace no demasiados años los jugadores de fútbol eran menos teatreros. La llegada de las ubicuas cámaras de televisión los ha hecho conscientes de sí mismos, adoptando a su manera una de las tesis fundamentales de la psicología social: ‘Uno es lo que cree que es, lo que el árbitro cree que uno es y lo que uno cree que los espectadores creen que es’.

Paradójicamente, cuando las cámaras pueden demostrar mejor que nunca la simulación de un jugador, ellos recurren a esa estrategia con mayor asiduidad, confiando en que dar vueltas por el suelo convencerá no sólo a los colegiados sino también al público.

Cuentan que antaño, sin tantos artilugios televisivos, los jugadores se pegaban que daba gusto, y que en lugar de montar un melodrama en la pantalla, se cobraban revancha, al estilo western. Eran tiempos en que sacar una tarjeta roja a un futbolista sólo se justificaba después de un hueso roto, un charco de sangre o un buen soborno. Con los años llegó el ‘fair play’ y el endurecimiento de las reglas para los que pegaban.

Extrañamente, y esto es una estadística personal y sin datos numéricos, los jugadores más hoscos, aquellos que en general pegan más (por su posición en el campo y/o su temperamento) suelen ser los más teatreros. Como dije, la televisión y su ‘vigilancia panóptica’, citando a Foucault (perdón, pero quería darle un toque intelectual a este discurso), lleva a los más ‘verdugos’ a situarse como ‘víctimas’, siempre con aspavientos.

Me da risa. Un tipo que juega de defensor central o de mediocentro, entrenado en el roce físico y el cuerpo a cuerpo, se queja cada vez que le pasan cerca. Más de uno tendría que leer a Roberto Fontanarrosa y aprender de la historia de Wilmar Everton Cardaña, un duro ‘centrojás’ de los de antes (especialmente Sergio Busquets, que ubicando esa posición y a pesar de ser un jugadorazo, pasa demasiado tiempo llorisqueando en el suelo).

Que Leonel Messi sea el mejor jugador del mundo no se debe únicamente a su técnica inigualable, su velocidad galopante o su visión periférica, sino a que cada vez que le pegan no se deja caer, y si se cae, lo primero que hace es levantarse y buscar el balón para sacar rápido el tiro de falta. Él quiere jugar de manera perpetua, quiere seguir jugando siempre y por eso (aunque muestre que también puede tener los pies de barro con un pelotazo a la tribuna) por justamente representar el espíritu amateur y de disfrute del fútbol, es el mejor.

Disonancia cognitiva

El jugador del Real Madrid Pepe (Képler Laveran Lima Ferreira en su partida de nacimiento) se hizo tristemente célebre por darle un par de patadas a Javier Casquero, un jugador del Getafe CF, que yacía en el suelo. Si bien esa fue su obra maestra, Pepe ha hecho muchos otros méritos en los campos de juego para que se lo considere un jugador algo más que rudo. Lo extraño es que, por lo general, los árbitros no lo consideran así, y más allá de acciones muy flagrantes no recibe grandes sanciones, a pesar de que se ve (al menos en televisión) que tiene una actitud que, siendo condescendientes, podemos llamar ‘poco deportiva’.

Por si todavía no se han dado cuenta, en esta contienda futbolística española yo hincho por el FC Barcelona (algo que va más allá de Mourinho y Pepe), y eso puede que sesgue mi discurso. Según parece, en psicología existe el término disonancia cognitiva para explicar la tensión interna que se produce en una persona cuando hay una situación que entra en conflicto con su sistema de creencias.

Es decir, si yo soy hincha del Barça (mi sistema de creencias) y durante un partido Messi cae en el área, veo de forma instantánea un penal, y cuando la repetición televisiva me muestra que no hubo falta (situación en tensión con mi sistema de creencias), sigo diciendo que hubo falta, o en todo caso digo ‘Mmm, es dudoso’.

Si la misma situación se da en forma inversa, es decir cae Cristiano Ronaldo en el área del Barcelona, diré que no fue penal antes de ver la repetición; e incluso cuando la repetición demuestre una falta, me costará aceptarlo. Lo que estoy explicando no es novedoso y le pasa a todos los hinchas de fútbol, y según se rumorea, a todas las personas del mundo.

De la misma forma, hay jugadores que tienen un comportamiento que sólo estamos dispuestos a tolerar si juegan en nuestro equipo. Por ejemplo, si Dani Alves, gran jugador pero maestro de la queja y el llanto, incordio constante para los árbitros, jugara en el Real Madrid y no en el Barça, los aficionados culés lo odiarían. A la inversa, si Marcelo jugara en el Barça, se lo querría con locura. Y así con muchos otros casos.

Causa-efecto

Con Pepe no lo tengo tan claro, pero puede que si jugara en el Barça también sería defendido por la afición. Todo hincha de fútbol ha defendido alguna vez a esos jugadores que odiaría en el equipo rival (por ejemplo, los hinchas de Boca Jrs. al ‘Patrón’ Bermúdez, los de River Plate al ‘Ratón’ Ayala).

Volviendo a Pepe, nuestro tema del día, creo (por si a alguien le interesa) que su patada a Alves en el último Madrid-Barça fue merecedora de tarjeta amarilla. Si bien la falta puede entrar en la inexistente categoría de ‘tarjeta naranja’, creo que el árbitro se excedió con la roja.

Los seguidores de este blog saben de mi afición al tema del karma, la implacable ley universal de causa-efecto, y comprenderán que fue inevitable que esa palabra llegara a mi mente y a mi boca (no necesariamente en ese orden) en cuanto vi la expulsión del jugador portugués. Todas las faltas, todas las patadas, todas las exageraciones y las poses de víctima falsa que ha hecho Pepe, no digo en su vida futbolística pero al menos en los últimos tres partidos, merecían algún tipo de castigo.

Puede sonar osado decir que esta semana el árbitro alemán Wolfang Stark encarnó, sin saberlo, el karma futbolístico universal, pero las leyes karmáticas son tan inescrutables como eficaces, y aunque no puedo comprobarlo al cien por ciento, mi percepción no es tan alocada.

Es verdad que, con este criterio, los ‘teatrillos’ de Alves, Busquets y Villa también deberían recibir algún tipo de efecto punitivo.

¿Quién sabe?, quizás lo paguen en su próxima encarnación, siendo bailarines de danza contemporánea y por tanto obligados a dar giros eternos por los suelos (semidesnudos, claro).

O aún peor, naciendo como amados jugadores del Real Madrid.

Sathya Sai Baba abandonó su cuerpo físico

Hace apenas dos meses este blog tuvo un titular muy similar al de hoy, con la diferencia del sujeto. Hace algo más de dos meses, el 21 de febrero de 2011, Swami Premananda entró en Samadhi y dejó su cuerpo terrenal. Hoy, domingo 24 de abril de 2011, también Sathya Sai Baba abandonó su cuerpo físico.

Sai Baba es probablemente el maestro espiritual vivo (o mejor dicho, encarnado) más conocido del mundo. Nació en 1926 y tenía 84 años. Desde niño tuvo inclinaciones espirituales y ya en los años ’60 y ’70 era popular en Occidente.

Nació en el pequeño pueblo de Puttaparthi, en el estado de Andra Pradesh en el sur de la India, y allí vivió toda su vida, donde creó un gran ashram y numerosas acciones caritativas y sociales. Yo estuve de visita en su ashram, llamado Prashanti Nilayam (‘Morada de la Paz’), en el año 2003, durante diez días y lo cuento en un antiguo post.

Al igual que Swami Premananda, durante cada Mahashivaratri, Sai Baba realizaba el milagro del Lingodbhava, dando nacimiento a los sagrados lingams.

Diagnóstico

Como siempre, lo primero que se pregunta cuando alguien deja este mundo es ‘de qué’ y ‘cómo’. Sai Baba, al igual que Swami Premananda, son considerados avatares, personas santas, y todos sus devotos confían en que cuando abandonan su cuerpo físico lo hacen de manera consciente y voluntaria, siguiendo el plan marcado por lo Divino.

De todos modos, esta partida tiende a ser muy ‘humana’. El parte médico del director del Instituto Sai Baba de Ciencias Médicas informa: “Bhagavan Sri Sathya Sai Baba dejó su cuerpo terrenal a las 7.40am (hora india) debido a una falla cardio-respiratoria”.

En el caso de Swami Premananda, su problema principal estaba relacionado con el hígado que no funcionaba. Todos los grandes santos de la historia, al abandonar su cuerpo físico, lo han hecho de forma ‘ordinaria’, como cualquier hijo de vecino, al menos en apariencia (incluyendo al mismísimo Jesucristo).

En un discurso de 2003, hablando de su salud física que ya era precaria por ese entonces, Sai Baba dice: “Yo experimento todo este sufrimiento sólo para demostrar que uno no debe estar apegado al cuerpo. Por el contrario, uno debe desarrollar conciencia divina. No soy este cuerpo. La conciencia del cuerpo lleva al sufrimiento. Para disfrutar de la felicidad y la paz uno debe deshacerse del apego al cuerpo”.

Pascua

Si uno cree que nada sucede por casualidad, entonces mucho menos tratándose de una persona santa. Que Sathya Sai Baba, considerado para muchos un mahavatar (es decir, Dios encarnado en la Tierra en su máxima expresión), promotor de la unidad de todas las religiones (el emblema de su organización incluye los de las principales religiones del mundo) y de valores humanos universales y a la vez tan cristianos (paz, amor, verdad, rectitud, no violencia), entre en samadhi el día mismo de Pascua, no me parece casual.

Evidentemente, yo no puedo saber (ni entender) los entretelones de las acciones divinas. De todos modos, mi sensación es que la fecha del samadhi de Baba no es caprichosa. Él, que pregona el Amor como el camino principal hacia la felicidad y la paz, deja su cuerpo el día que se conmemora el triunfo de Jesucristo (otro gran – quizás el más grande – militante del Amor) sobre la muerte.

Al igual que pasó con Swami Premananda, el samadhi de un santo no me alegra, lo siento como una pérdida, pero a la vez, me gusta encontrar conexiones espirituales, que si bien pueden ser incompletas me ayudan a entender algunos aspectos y a sentir que hay una razón para todo.

Samadhi

Según la información oficial de la organización Sai, el cuerpo del santo será velado durante dos días (lunes 25 y martes 26 de abril 2011) en el Sai Kulwant Hall, también conocido como el mandir, lugar central del ashram de Baba en Puttaparthi, donde él realizaba sus discursos y sus darshan.

El miércoles 27 de abril están previstas las ceremonias funerarias, con la llegada de miles de devotos.

Cuando muere alguien, famoso o no, cercano o lejano, el mundo invariablemente sigue girando. Cuando muere una persona santa, también. La diferencia, sin embargo, es que la gran labor de beneficio espiritual masivo – paradójicamente invisible para la mayoría – que hace esa persona, pasa a un nivel más sutil (donde ya no podemos verlo con estos ojos físicos, ni oírlo con estos oídos físicos…) y en cierta forma eso es un déficit.

Seguramente desde ese nivel más sutil Sai Baba seguirá guiando a sus devotos y ojalá, desde allí, también siga guiando, con su energía, a muchas otras personas en su crecimiento espiritual, incluso sin conocerle.

Satyameva jayate

El escudo de la India contiene cuatro leones y está basado en un pilar que el emperador Ashoka colocó hace un par de miles de años para marcar el sitio donde el Buda enseñó por primera vez su doctrina. En el escudo hay muchos simbolismos, varios desconocidos para mí.

De todos modos, lo que me interesa es la inscripción que aparece debajo del escudo y que, según he venido a saber recientemente, es el lema de la India. Escrito en alfabeto devanagari dice: “satyameva jayate”.

Su traducción literal sería: “La verdad ciertamente vence”.

Lemas

Hasta este descubrimiento no me había puesto a pensar en que la mayoría de países tienen lemas. A la cabeza me vinieron algunos clásicos como el positivista Ordem e progresso de Brasil y el humanista Liberté, Égalitè, Fraternité de Francia.

Picado por la curiosidad supe (o quizás recordé) que el lema de Argentina es el independentista En unión y libertad, mientras que el de España es Plus ultra (‘más allá’), una reminiscencia colonialista. Para los interesados hay un artículo (no exento de ambigüedades) en, cómo no, la Wikipedia.

Con la excepción del lema de la República Checa (La verdad prevalece), no he encontrado otro que se parezca al indio, y no tanto porque contenga la palabra ‘verdad’, sino porque su sustrato sea estrictamente espiritual. Se podría argüir, por ejemplo, que el lema (¿eslogan?) In God we trust de los Estados Unidos tiene una base espiritual, pero me parece que esa idea no es necesariamente compartida por todos sus ciudadanos, pues es obvio que no todos creen en Dios.

En cambio, en el caso de la India, el lema nace de una antigua escritura védica (Mundaka Upanishad) con claro componente espiritual, y sin embargo es declarado lema nacional por una república que se proclama laica y contiene diversas religiones. Quiero decir, sin importar la creencia religiosa, la mayoría de indios parecen estar de acuerdo en su lema, sobre todo porque es parte fundamental de su tradición filosófico-espiritual.

Eterno

Cuando se habla del triunfo de la Verdad, el lema no se refiere simplemente a ‘no mentir’ en el sentido más prosaico, sino a algo superior. Por un lado, en los Yoga Sutras, el sabio Patañjali expone a Satya (verdad) como una de las cinco restricciones de Yama, la primera etapa en su óctuple camino del yoga. Además de ser veraces en pensamiento y obra, hay detalles más sutiles como entender que la verdad es siempre buena y por ende, no debería dañar. Un antiguo post habla en profundidad sobre ello.

De todos modos, la Verdad (la ‘que triunfa’) es una forma de denominar a aquello que no es Falso. Según la filosofía espiritual de la India, todo aquello que es perecedero, que muere, que tiene un fin, es Falso. Sólo lo eterno es considerado real o verdadero. ¿Qué es lo eterno, entonces?

Por un lado, lo que llamamos Dios (y cada uno puede darle el nombre que desee) sería eterno, pues se entiende que es infinito y no nace ni muere. Por otro lado, sin entrar en cuestiones “divinas” que no a todos caen bien y a las cuales ni siquiera los textos védicos siempre hacen referencia, se toma como eterno al Sanatana Dharma, es decir las leyes universales y espirituales para vivir de forma correcta y feliz.

Esta forma ‘correcta y feliz’, por supuesto, se basa en que el ser humano es algo más que su cuerpo y su mente, es algo más que la parte ‘perecedera’.

En el Hinduismo existe el concepto de maya, que generalmente se traduce como ‘ilusión’, y remite al mundo fenoménico que todos experimentamos y que, como un velo, nos cubre de lo real y permanente, que no es otra cosa que nuestra verdadera esencia (y aquí se podría agregar, divina).

Neutralidad

En morfología sánscrita, la palabra satya es un sustantivo neutro y seguramente no es casual. La Verdad, con mayúsculas, según la explicaron los sabios de la antigüedad, no es masculina ni femenina y se mantiene incólume ante las fluctuaciones del mundo, aunque no siempre sea fácil de explicar.

Por su parte, Gandhi mismo tituló, a la que se conoce como su ‘autobiografía’, como La historia de mis experimentos con la verdad. El Mahatma, enraizado profundamente en la tradición, eligió esa palabra, pilar fundamental de la filosofía védica, para describir el objetivo de su ejemplar camino espiritual.

Asociación

Una vez que supe el lema de la India me acordé de cuántas veces había leído u oído una frase muy similar de parte de Swami Premananda y empecé a asociar. Swami siempre decía La verdad triunfará (‘Truth will win’) y, en general yo lo tomaba como una referencia a su caso legal, y a cómo su inocencia, tarde o temprano, se iba a dar a conocer.

Sin embargo, ahora creo que su mensaje tenía un carácter más universal y era apto para una doble (o triple) lectura.

Sí creo que, en un punto, Swami se refería estrictamente a su caso legal, y de hecho éste sigue, pues aunque Swami haya abandonado su cuerpo, hay otras tres personas inocentes (una de ellas un monje) que fueron acusadas junto a él, y que todavía están en prisión.

Swami Premananda en el Ashram - www.sripremananda.org

Por otro lado, Swami nació en Sri Lanka (un país justamente sin lema) y siempre fue considerado por la ley india como un ‘extranjero’. A pesar de sus obras caritativas y su servicio social desinteresado, las leyes lo tenían como ‘extranjero’ y ese status le trajo problemas prácticos en cuanto a su caso legal, al tratamiento de sus enfermedades y, una vez en samadhi, a la entrega por parte de las autoridades de su cuerpo físico al Ashram.

Que Swami declamara permanentemente que ‘la verdad triunfará’ lo veo como un guiño que simboliza su adherencia al concepto védico (Swami con frecuencia enseñaba acerca de discernir entre lo Verdadero y lo Falso), a la vez que como una seña de ‘fidelidad’ a la India, más allá de que, en apariencia, sus leyes, su burocracia y su corrupción le dieran problemas.

A fin de cuentas, como es norma, las palabras de Swami eran más profundas de lo que uno creía, trayendo siempre más reflexiones y enseñanzas espirituales.

Es que es así, la verdad ciertamente triunfa.

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