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Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

y

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El yogui y la copa de vino

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Yo hace muchos años que no bebo alcohol y no es ningún esfuerzo porque en general no me gusta su sabor, ya sea vino, cerveza, champagne u otras bebidas espiritosas. De hecho, el único interés que alguna vez – especialmente en la adolescencia – tuve en el alcohol era por su capacidad de alterar (alegrar, liberar) la mente y fue justamente ese factor alterador lo que me hizo dejarlo por completo: no quería condicionantes externos para encontrar mi felicidad interna.

En esta decisión seguramente influyó que mis padres no tomaran bebidas alcohólicas y quizás también el hecho de que para la tradición de la India la droga peor considerada sea el alcohol, pues se le supone una cualidad netamente tamásica, es decir de “inercia, torpeza, confusión”. De hecho, es conocido que muchos sādhus indios fuman cannabis y, aunque sea con fines espirituales un tanto debatidos, se lo acepta como una ayuda para liberar la mente. El alcohol como herramienta espiritual, en cambio, está reservado únicamente a algunos ascetas radicales que rompen todas los tabúes sociales como una forma de destruir y trascender el ego individual. De allí que para su whisky utilicen como copa, por ejemplo, un cráneo humano salvado del crematorio. En este contexto beber alcohol sería lo de menos, claro…

Volviendo a Occidente y a nuestras vidas encuadradas en reglas sociales y culturales, he notado que muchos yoguis beben alcohol, especialmente vino, y en copas de cristal. Este hábito que, según mi tradicional escala de valores, es impropio de un yogui, me generó sensaciones encontradas a medida que fui conociendo a personas que considero genuinos buscadores espirituales y que, con mayor o menor frecuencia, bebían su copita de vino. Cuando digo vino también podría decir cerveza o mojito, aunque supongo que por influencia cultural beber vino tiene un mayor pedigrí que otras bebidas y por ello es lo más difundido.

Entre los nuevos yogas (eso que Ramiro Calle gusta en llamar “pseudo-yogas”) hace tiempo que existe, especialmente en USA, un popular “estilo” llamado yoga & wine que conjuga los beneficios del yoga con el disfrute sensual de beber vino (en general después de la clase de yoga). El vino tiene buena prensa, es antiquísimo, es bastante natural (uva fermentada) y, en teoría, requiere cierto paladar para ser degustado. Quizás por ello son pocos los yoguis que se jactan por ahí de beber cerveza, que para muchos da la idea de estar tirado en el sofá mirando TV, aunque en Alemania ya hayan inventado el infame Bier Yoga.

wine

Para mí sería fácil ridiculizar o enjuiciar la ingesta de alcohol, así que después de investigar y conversar con diversas fuentes, he decidido ampliar un poco mi perspectiva en busca de respuestas para un fenómeno muy actual. En general todos los yoguis parecen estar de acuerdo en que el alcohol (o mejor dicho, el etanol) es una neurotoxina, es decir una sustancia que afecta adversamente al tejido nervioso, pero que bebido con moderación no es grave. Evidentemente, uno estaría mejor sin él porque “impiden el trabajo de purificación que se hace con la práctica de yoga” y también porque el alcohol “no te permite focalizarte bien en las sensaciones/emociones que en ese momento estás viviendo”, o sea es una “distracción”.

Si el yogui busca tener una mente y un cuerpo sanos el vino no ayuda, de acuerdo, pero claramente beber una copa a la semana no debería ser tan terrible para el sistema nervioso o, en realidad, es similarmente terrible que beber Coca-Cola o café. Incluso el té negro es considerado un estimulante no siempre bien visto por los yoguis, ni qué decir de los meditadores. De hecho, si el vino me relaja y aliviana la mente, el café/té me estimula, me despierta o me activa. ¿No es esa también una “distracción”? ¿Una forma de alterar la propia conciencia?

Obviamente hay yoguis estrictos que prescinden del café, alcohol y en general cualquier placer sensorial, fieles a la tradición más ascética del yoga. Si la idea es controlar los sentidos, mejor no darles cuerda con chocolate y otros manjares. En este punto entra el azúcar, el gran infiltrado de todas nuestras comidas (incluso las “saladas”), y al que muchos recurrimos periódicamente para “alterar” nuestras emociones, es decir, para sentirnos más satisfechos, más alegres y completos. Chocolate, galletas, helado, dátiles, yogures… cada uno sabe de lo que hablo. Si para sentirme bien cada noche yo tengo que comer “algo dulce” antes de ir a la cama, ¿qué diferencia esencial hay con beber una copa de vino?

Puede que el vino y hasta el café afecten más la mente, mientras el azúcar vaya más al cuerpo, pero al final sus razones de consumo son las mismas: placer del paladar; hábito psicofísico; intolerancia de las propias sensaciones…

coffe

Si empezamos a hilar fino en lo que uno ingiere, cada alimento tiene sus cualidades y ayuda a generar ciertos tipos de pensamientos. Cualquiera que haya hecho algún tipo de ayuno o dieta desintoxicante habrá notado que la parte psicológica y emocional es mucho más difícil que la parte física, pues el solo pensamiento de que uno no va a comer nada (o “eso” que le gusta) ponen a la mente en un estado de ansiedad desconocido. Solo haciendo ayuno uno se da cuenta de cuánto rato nos pasamos pensando en lo que comemos y bebemos.

Pero yendo más allá, la necesidad de mirar los mensajes del móvil cada diez minutos o una serie televisiva de moda por la noche, ¿no son también formas de escapar a nuestras sensaciones? ¿No son también parte de lo que los yoguis llaman “apegos”?

Ya ven que esto se está complicando, así que vuelvo al inicio, a la vida de los yoguis que beben vino sin cráneos y comen azúcar cada tanto. Si una posible definición de yoga es “aquietar la mente”, reprimirse de forma muy forzada va a llevarme, en general, a producir más actividad mental (vṛtti en la jerga yóguica). Es decir, si me niego a comerme el helado de chocolate porque tiene azúcar, pero toda mi meditación gira en torno a ese sabroso cacao tropical, su frescura y su crujiente cucurucho, quizás es mejor comerse el helado y meditar en paz. De la misma forma, con el vino.

A este respecto (no del vino, sino de los deseos reprimidos), habla la Bhagavad Gītā (3.6):

karmendriyāṇi saṁyamya ya āste manasā smaran /
indriyārthān vimūḍhātmā mithyācāraḥ sa ucyate //

O sea (en traducción de Fernando Tola):

“Aquel que permanece sentado controlando sus órganos de la acción, pero recordando con su mente los objetos de los sentidos /
con su ser sumido en el error, aquél es llamado un hipócrita”.

No hay que olvidar que el ser humano, por más yogui que sea, necesita disfrutar. Eso no es malo. El objeto de disfrute de un yogui puede ser, en algún momento, una copa de vino, aunque quizás con la práctica y los años ese mismo disfrute lo pueda encontrar en algo más sáttvico, es decir un objeto cuya cualidad principal sea la luminosidad, el balance y la pureza.

Con su particular humor, el gran maestro Sri Dharma Mittra dice que si uno toma heroína debe pasarse a la cocaína, si toma cocaína a la marihuana, si fuma marihuana al tabaco… gradualmente con la práctica los hábitos cambian. Asimismo, Dharmaji dice que practicar la respiración alternada (nadī śodhana) – un tipo de ejercicio respiratorio (prāṇāyāma) – durante media hora es como un “porro espiritual”. Y lo mejor, agrega, “es que estás a salvo de la policía”.

nadi

Buscando alguna conclusión, me gustaría agregar algo clave que, como explican algunos yoguis, tiene que ver con la actitud a la hora de reprimir o permitir esos deseos. Hace poco vi en Facebook a alguien que pensaba asistir a un curso de la Bhagavad Gita “aplicada a la vida” y que para hacérselo saber a sus contactos decía:

“¿Algún plan mejor para desconectar de toda la semana trabajando?
Luego, unas cañas (cervezas) juntos!”

Para algunos esta frase representa irreverencia, para otros ignorancia, para otros naturalidad. En general, después de escuchar la enseñanza espiritual de Kṛṣṇa, la sed que se despierta no se calma con cervezas. Quizás después de hacer el curso esa persona escriba cosas diferentes. Pero eso es algo que cada uno debe experimentar por sí solo.

Lo importante, parece ser, es que si al consumir ese producto (alcohol, café, azúcar, TV), sea el que sea, uno está establecido en o conectado con su “centro”, su conciencia plena o su “corazón espiritual”, entonces podrá saber por qué lo hace, para qué le sirve y, además, cuándo parar.

Para acabar, el ocurrente y difundido vídeo de Yoga para amantes del vino, que es una simple parodia y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Sri Dharma Mittra habla sobre yoga y meditación

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Tengo un amigo que, por sugerencia de un gran discípulo de Sri Dharma Mittra, empezó a practicar haṭha yoga sin esterilla (llámese también mat, tapete o colchoneta…), con la intención de estar más en contacto con los elementos. Y todos sabemos que los yoguis antiguos iban con apenas un taparrabos y no necesitaban ni guantes antideslizantes, ni botellas de agua, ni aires acondicionados…

Hoy al subir un nuevo clip de la serie “Sri Dharma Mittra explica…” compruebo una vez más que Dharma tiene todavía ese espíritu de concentrarse en lo esencial.

Recapitulando por un momento, cuento que estos breves vídeos de Dharmaji son parte de una improvisada entrevista con el maestro, que tuvimos el placer de hacer con Hansika en 2011. Los detalles de esa entrevista poco profesional se pueden leer aquí, como así también otros clips antes publicados con enseñanzas de Dharmaji.

En el caso de hoy, el clip se titula “Cómo practicar yoga y meditación en tu vida diaria” y en él, Sri Dharma habla, por un lado, de que para hacer yoga, en el sentido de posturas físicas (āsana), no hacen falta tantos requisitos externos, sino que se puede practicar en cualquier lado, “si la policía no te molesta”… Un buen consejo, de hecho, para estas épocas de vacaciones boreales en que muchas personas dejan de practicar por sus viajes y sus cambios de rutina. Ahora ya no hay excusas.

Por otro lado, Dharma habla de la meditación más allá de estar sentado y hace hincapié en la “meditación caminando” que, en este caso, consiste en hacerse las preguntas correctas, entre ellas la indispensable “¿quién soy yo?”.

El clip dura menos de 2’ y, para nosotros, que también estamos de vacaciones y con las rutinas trastocadas, es una forma de seguir honrando a Dharma y sus enseñanzas. Ahí va:

La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

El pensamiento positivo como primer paso

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A veces pasa que uno escucha un concepto que le causa una huella y luego lee una idea similar en un libro y justamente alguien viene y nos habla de lo mismo y entonces uno concluye que, casualidad o no, el universo se conjura para darte un mensaje. Como suele pasar, el mensaje siempre estuvo ahí pero uno solo le presta atención cuando las condiciones están dadas.

Una vez me hice una pequeña lesión en la rodilla y tuve que usar una muleta y al salir de la farmacia ¡vi a tres personas más con muletas cruzando la calle! ¿Estaba yo atrayendo a los lesionados o siempre habían estado ahí pero ahora mi foco los detectaba? Entiendo que se trata más bien de lo segundo.

De la misma forma, hace unos días estuve en presencia de Swami Satyānanda Saraswatī escuchando la enseñanza sobre el conocimiento de uno mismo y, entre otras frases, me quedó grabado un consejo:

“Hay que hacer un esfuerzo constante para mantenerse elevado. No dejar que la mente se enganche en pensamientos negativos o bajos”.

No es la primera vez que escucho esta enseñanza pero, por alguna razón, ahora me afectó especialmente. De vuelta en casa decidí leer un ejemplar de Prema Ananda Vahini, la revista del Sri Premananda Ashram, y en la primera página me encontré con un mensaje espiritual de Swami Premananda titulado Comprended y eliminad los pensamientos negativos. Comienza así:

“Para alcanzar una etapa superior de entendimiento espiritual es absolutamente esencial purificar a la mente de las perspectivas negativas. Piensa siempre positivamente y sigue adelante, luchando por la meta superior (libertad absoluta e infinito gozo). Si tienes la tendencia de mirar el lado negativo de la vida, no puedes avanzar en el sendero”.

Así de simple. O elimino los pensamientos negativos o todo sigue igual… o peor. Porque como explica Premananda, permitir que crezcan los pensamientos negativos no es solo malo para la propia evolución espiritual sino para el mundo en general. Veamos:

“Cuando un niño nace en este mundo, tiene una naturaleza pura. Cuando crece, experimenta la vida de acuerdo al momento y al lugar. Desarrolla ciertas tendencias y ciertos patrones de pensamiento. Si éstos no son puros, cuando uno entra en el sendero espiritual primero necesita cambiar tales patrones de pensamiento.

¿Cómo se establecen las tendencias negativas y cómo podemos cambiarlas? Un problema importante es que siempre te comparas con otros. Por supuesto, siempre encontrarás diferencias entre tú y los demás. Uno puede tener riquezas, propiedades, posición, educación, una personalidad vivaz, distintos talentos, etc. Aquellos que son menos afortunados, no tan talentosos o menos privilegiados se sentirán deprimidos al compararse con otros. A veces se sentirán heridos y celosos o envidiosos.

En este estado, la mente crea pensamientos negativos y el individuo se siente más deprimido y empieza a desarrollar un complejo de inferioridad. Esto sucede debido a la ignorancia, la inmadurez y la falta de auto-confianza. Si se permite que tales sentimientos aumenten en la mente, ésta se torna desasosegada y competitiva.

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Es muy probable que temprano en la vida no puedas entender el modo en que funciona tu mente. Uno tiene que aprender a comprender la naturaleza de la mente-ego. Si tratas de entender cómo está funcionando la mente e identificas estas tendencias negativas en una etapa primaria, es mucho más fácil controlar los sentimientos e impedir que crezcan.

Si no se les presta debida atención a tales sentimientos, si se los fomenta, y si se permite que aumenten sin tu conocimiento y sin una verdadera comprensión, los celos y la envidia invadirán silenciosamente tu mente y se establecerán allí. Estos sentimientos entonces crecen gradualmente. Pueden crecer en tan gran medida que llegues a sentir una enorme pesadumbre dentro de ti. Este pesar se transforma más tarde en ira y odio que, a su vez, se reflejan en forma de palabras y actos.

Cuando expresas odio o ira a otros, pronto la idea de venganza entra en la mente. Entonces tal vez consideres a los demás como enemigos. Al crecer esta represalia entre dos personas, tratarán de destruirse mutuamente. Si la represalia prevalece entre dos grupos o incluso entre naciones, la destrucción es grande y devastadora. Puede haber guerras para destruirse entre sí. Toda esta destrucción ocurre debido a ideas y pensamientos negativos en las personas”.

Es decir que la guerra, por ejemplo, nace de un pensamiento negativo que no fue cortado de raíz. Por eso, Swami agrega:

“Muchos de vosotros me preguntáis cómo detener el hambre, la pobreza y la guerra. Esencialmente, necesitamos entrenar a nuestros jóvenes a pensar de forma pura y positiva. Entonces podremos criar una generación de seres humanos con mentes limpias y corazones bondadosos. Si las personas se percatan y comprenden qué es la negatividad y cómo pueden superarla, nunca pensarán en represalias, en violencia ni en guerras. Debemos cortar los problemas de raíz”.

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Sri Swami Premananda

Como vamos viendo, los sabios consideran el pensamiento positivo como muy importante, ya sea para profundizar en la práctica espiritual, para encontrar contentamiento, para educar mejor a los niños y hasta para evitar guerras. Entonces surge la pregunta, ¿cómo puedo pensar en positivo en este mundo que, al menos en apariencia, está hecho un desastre?

El gran yogui Sri Dharma Mittra dice:

“Desde el punto de vista de Dios todo es perfecto y nada puede ser movido, cambiado o alterado. Tenemos la impresión de que estamos cambiando cosas todo el tiempo, ‘modificando nuestro destino’, como si dijéramos. Pero las condiciones son las que son como resultado de la interacción con todas las demás condiciones, a las que reaccionan… Todo se está moviendo de forma perfecta; todo está buscando dicha y felicidad. Con este conocimiento y esta convicción, uno actúa siempre bien y está siempre feliz”.

Chandra Om, una experimentada discípula de Dharmaji lo expresa así:

“Están aquellas personas que simplemente aceptan que la vida es cambio y que la sociedad evolucionará y parte de ello será aparentemente para mejor y otra parte aparentemente para peor, pero al final va a cambiar de todas formas así que ¿por qué no tomarlo con alegría? ¿Por qué no encontrar lo positivo en ello? ¿Por qué no ser optimistas al respecto? Ese es el enfoque que uno debería tener para todas las cosas”.

Y volviendo a Dharmaji y las catástrofes que se ciernen sobre la humanidad, él agrega:

“Los yoguis verdaderos están listos para enfrentarse a cualquier cosa que suceda porque ellos ven la Divinidad en todo”.

Sri Dharma Mittra

Evidentemente es más fácil pensar en positivo si uno ve la Divinidad en todo o, al menos, en el interior de uno mismo. Y aquí es cuando viene la pregunta importante: ¿cómo veo o experimento la Divinidad en mi interior?

Hay muchos métodos, según nos explican los sabios, pero el procedimiento básico tiene una curiosa dinámica de doble dirección: descartar cualquier pensamiento negativo y focalizar la mente solo en el Ser, a la vez que poniendo la atención en el Ser los pensamientos negativos desaparecen.

Como dice Swami Premananda:

“Cuanto más contacto hay con la verdadera naturaleza, menos se siente la negatividad”.

Sobre el Ser, la verdadera naturaleza, la fuente o la esencia escribiré más la semana que viene, porque todo esta enseñanza la voy asimilando de a poco. Mientras tanto, prestar atención al tipo de pensamientos que surgen en la mente es el primer paso.

De ladrón a santo pasando por 8.400.000 āsanas

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En La lotería de Babilonia, un famoso cuento de Jorge Luis Borges, el autor presenta una sociedad en que el azar (y otros tejemanejes misteriosos) determinan el destino de cada individuo, haciendo que cada tres meses una misma persona cambie su rol y pueda pasar de “esclavo a procónsul o de condenado a muerte a miembro del concilio de magos”. De esta forma, una persona pasaría por casi todos los escalafones sociales, oficios y estados psicológicos disponibles, viviendo cientos de vidas en una sola.

En la Gheranda Saṁhitā, un manual de haṭha yoga de alrededor del 1700 d.C., se dice que hay tantos āsanas (posturas) “como especies de seres vivientes”. Y se especifica que Śiva enseñó ni más ni menos que 8.400.000 āsanas, dando a entender que cada manifestación de este universo es, en cierta forma, una postura, una posición que adopta lo divino para expresarse.

Trazando una relación con la teoría de la reencarnación, se suele explicar que un alma, antes de nacer como ser humano, debe pasar por millones de “encarnaciones” que incluyen el reino animal (con insectos incluidos), el vegetal y hasta el mineral. Al parecer, tal como recoge el Maha-sihanada Sutta, el Buddha dijo al respecto: “Es imposible encontrar un reino en la rueda [de reencarnaciones] por el que yo no haya pasado en este largo viaje”.

Cuando uno nace como humano, y más teniendo en cuenta que hay otros miles de millones de humanos, el hecho no le parece nada especial y mucho menos lo ve como una gran fortuna. Lo ve, más bien, como un derecho natural, incluso fruto del azar, pero no como el resultado de cientos, miles o millones de vidas previas de aprendizaje y quizás sufrimiento. De la misma forma, si uno es una persona relativamente “buena”, que cumple de forma aceptable con los códigos morales de la sociedad, no se le ocurre pensar que en otra vida (incluso en otro momento de esta vida) uno no cumplía esos estándares.

Así como los ancianos se molestan por la algarabía de los jóvenes, los abstemios revolean los ojos ante los bebedores y los ciclistas desprecian a los motoristas, todos observamos y juzgamos el mundo desde nuestro estado actual, como si fuera inmodificable y el único correcto. Por el contrario, la filosofía espiritual de la India explica que para ser un santo primero hay que haber sido, entre otras cosas, un asesino, un ladrón y también el vecino que pone la lavadora a las once de la noche.

Si bien el alma o la chispa interna de cada ser es siempre divina, el nivel de conciencia puede ser muy bajo y debe ser pulido y mejorado con el paso de la(s) vida(s). Es en este sentido que Sri Dharma Mittra habla de “almas viejas” para referirse a las personas que, después de muchas encarnaciones, empiezan a tener interés por temas espirituales y por el bienestar del mundo en general.

Sri Dharma Mittra

Incluso suponiendo que uno mismo fuera un “alma vieja”, uno en realidad solo puede imaginar lo que ha hecho en vidas previas (y dicen que es mejor ni saberlo) y, especialmente, no sabe qué le falta por pasar para evolucionar, por tanto es un tanto osado colocarse en una posición de “superioridad” por la situación actual. De hecho, es muy posible que a uno le queden varios estadios para llegar a la meta.

Volviendo a los 8.400.000 āsanas “enseñados” por Śiva, y retomando el concepto de la infinitud de roles que adopta un alma, si aceptamos la idea de que cada āsana tiene un estado de conciencia, uno puede comprender que, en el ámbito del haṭha yoga, una postura física bien hecha, durante el tiempo suficiente, puede comunicarnos y darnos la experiencia de, por ejemplo, “el arado” o “la cobra” a nivel universal.

Esto viene a cuento porque el gran maestro Sri Dharma Mittra creó, en 1984, un famoso póster con 908 posturas de yoga como ofrenda a su guru. Esta “obra de arte” fue montada a partir de 1350 fotografías que Dharmaji se tomó a sí  mismo haciendo variaciones de posturas, de las cuales más de 300 fueron creadas directamente por él, aunque él siempre dice que las variaciones simplemente llegaron por “intuición divina”.

En el linaje de Dharma Mittra se dice que si uno pudiera hacer algunas de estas posturas (muchas de ellas tan complejas que Dharmaji tuvo que ayunar 30 días para lograrlas) de forma plena, entonces se ahorraría vidas (o al menos periodos de vidas) porque ya estaría pasando por esas experiencias y estados ahora mismo.

Es decir, si uno pudiera entrar plenamente en la conciencia de coraje, determinación y fuerza de una postura de guerrero (vīrabhadrāsana), quizás se ahorraría una encarnación como soldado.

Asimismo, y de forma menos lineal, si uno puede experimentar de forma real la conciencia del árbol (vṛkṣāsana) o del lagarto (pṛṣṭhāsana), no necesariamente se ahorraría esas encarnaciones (por las que quizás ya pasó) pero quizás si lograría conectar con el reino vegetal o el de los reptiles de forma no-mediada, como si fueran verdaderamente parte de uno mismo o, al menos, manifestaciones igual de importantes de ese gran todo del que uno se considera parte (al menos en la teoría).

Desde esta perspectiva, en que uno entiende, experimenta o al menos cree que cada ser (móvil o inmóvil) de este universo es una expresión divina – una postura de Śiva – nada ni nadie puede ser subvalorado. Si además uno acepta que hay un proceso general de evolución de conciencia, no puede considerar su estado actual como superior a otros, pues en esencia todos somos iguales y uno mismo ha estado entre los anónimos granos de arena del desierto, durante eones.

Como dice la Bhagavad Gītā (V.18):

 “Los sabios miran con iguales ojos al brāhmaṇa dotado de saber y virtudes, a la vaca, al elefante, al perro o al hombre que se alimenta de perros”

Sabiendo que todas las manifestaciones son divinas y que Dios está de igual forma en todas ellas, las diferencias que puedan existir entre los seres solo son el resultado de factores relativos, contingentes. Por eso el sabio no es capaz de menospreciar a nadie.

Y toda esta reflexión de hoy viene porque cuanto más “espiritual” se considera uno, más con derecho se cree a juzgar lo que es correcto e incorrecto, lo que está bien y lo que está mal, como si por hacer yoga o ser vegetariano uno hubiera alcanzado el pináculo evolutivo.

Y en realidad, nos dicen los maestros, la única cúspide y la gran prueba de santidad es ver al Uno en todos y, además, aceptarlo, mirarlo y tratarlo con verdadero amor, más allá de cualquier apariencia externa.

Hoy vi un vídeo de cómo reciben a palazos a los refugiados sirios, familias con niños incluidas, en las fronteras de Europa, bajo la lluvia y el frío, y se me caían las lágrimas. Si como seres humanos no podemos identificarnos con el hambre y el frío y el miedo del prójimo solo porque ahora no tenemos (o tenemos otro tipo de) hambre frío o miedo, entonces tenemos que hacer un esfuerzo mayor por cultivar la compasión, ponerse en el lugar del otro.

Entender que uno ya estuvo y quizás estará en ese mismo lugar, millones de veces, es una forma de empezar a ablandar el corazón.

La música o el silencio en la práctica de yoga

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Durante los dos últimos fines/comienzos de años publiqué posts con una selección de canciones espirituales del año (aquí 2014 y aquí 2015) y este curso planeaba hacer lo mismo. De hecho, llevo días intentando elegir canciones idóneas, espirituales e inspiradoras para un post titulado tentativamente 5 canciones para practicar yoga en 2016 o algo así pero no logro llegar a nada. Quizás mi falta de musa se deba a que este año no he dedicado mucho tiempo a escuchar música o quizás al erróneo enfoque del post que nunca escribiré, pues para mí la práctica de yoga, en el sentido de haṭha-raja, rara vez implica música.

Como a todo el mundo, a mí me gusta la música y creo tener buen gusto (la refutación aquí), pero con el paso de los años cada vez escucho menos música en general y me centro más en la música devocional, especialmente la relacionada con la India y el yoga, como kīrtans y bhajans. Incluso esa música devocional, de la que escucho artistas más occidentales que indios, tiene una vertiente pop y una búsqueda de “innovación” que me termina por cansar, con escasas excepciones.

Como consecuencia, en casa suena muy poca música (excepto, por exigencias de nuestra hija, canciones infantiles como La masovera o La reina batata), sumado a que para escribir en general es mejor el silencio e incluso para limpiar los baños a veces prefiero repetir un mantra que poner la radio (que esto nos los engañe: ni limpio mucho los baños ni repito tantos mantras).

Esta austeridad sonora tiene su correlación en mi práctica personal de haṭha yoga, pues para hacer prāṇāyāma o āsana no siento generalmente la necesidad de una banda sonora que vaya más allá de mi propia respiración.

headphones

En los linajes tradicionales del yoga indio no hay más música que la repetición de mantras introductorios, ni más esterilla que un pareo, ni más vestimenta que un taparrabo o unos pantalones blancos y sueltos, aunque con la difusión del yoga en Occidente esto haya cambiado y sea rara la clase de yoga en que no haya música (y esterillas de foam y camisetas apretadas). De hecho es tan normal, que si no hay banda sonora uno se puede poner incómodo como cuando comparte el ascensor con un extraño (esta incomodidad la trataré algún día en otro post).

Quizás por este hábito generalizado que comento y por la acrecentada tendencia moderna de buscar estímulos externos, es muy normal que la parte de aquietamiento y respiración inicial de una clase de yoga estén “perturbadas” por alguna música que, en lugar de ayudar a retraer los sentidos, nos lleve hacia afuera, e incluso “moleste” en el momento de cantar el mantra Om.

Todos los verbos que estoy eligiendo son solo mi opinión y no estoy criticando a nadie en particular, pues también soy consciente de que para muchas personas la música correcta es una buena forma de entrar en su práctica. De hecho, hace pocos meses le pregunté al maestro Sri Andrei Ram-Om al respecto y él dijo que, especialmente en entornos urbanos, donde hay muchos sonidos exteriores que pueden distraer, es preferible poner una música conducente a la introspección que dejar que el ruido de los coches de la calle o las obras en la fachada del edificio de enfrente nos disturben.

En el estilo Jivamukti Yoga, por ejemplo, que respeto mucho, la utilización del nāda yoga o “yoga del sonido” es vital y además de los mantras y la respiración, ese principio incluye la música inspiradora que, por supuesto, es una cuestión subjetiva y que, según el profesor (reconvertido en DJ), puede ser una canción de The Beatles, ritmos hip-hop o la meliflua voz de Deva Premal.

Es con todo esto en mente que como profesor de yoga, y con la intención de inspirar o, al menos, crear una atmósfera para la práctica grupal, yo también preparo algunas playlists para mis clases. La verdad es que no me renuevo mucho y la música que uso se repite bastante y, en realidad, más de una vez he dejado a mis alumnos en silencio toda la clase porque, ocupado en instrucciones o secuencias, me olvido de ir a darle al play.

Siendo sincero, la única música que me inspira plenamente para una práctica está siempre relacionada con Sri Dharma Mittra, mi maestro de haṭha-raja, y gran leyenda viva del yoga. De hecho, quienes hayan venido alguna vez a mis clases seguramente reconocerán las únicas dos canciones del álbum que se titula, como las mismas canciones, Om Namah Shivaya / Hum Sa, en que canta Sri Dharma Mittra y su esposa Ismritte Devi Om.

Se trata de grabaciones muy simples, con mantras simples y poderosos (y también alguna frase en inglés) cantados por Dharmaji y Ismritte Devi y que tienen la ventaja de durar un buen rato (32’ y 46’) y por tanto con eso basta para llenar la banda sonora de casi cualquier clase de yoga.

La canción Hum Sa es especialmente hermosa porque tiene a Dharmaji recitando el “mantra de unificación”, tal como él lo enseña, que es una variante del místico mantra hum sa, so’ham y que se llama de unificación porque su sentido es “eso soy yo, yo soy eso” o como le gusta decir a Dharmaji: “yo soy tú, tú eres yo”. En ambos casos, “eso” o “tú” son sinónimos de Dios (cada uno puede usar otro sinónimo de Dios que le guste, si corresponde).

En más de una ocasión me han preguntado las referencias sobre esta música, que más allá de los gustos personales, tiene una innegable vibración espiritual porque está hecha por un maestro auto-realizado y, además, porque está hecha como una ofrenda a Dios y nada más (y nada menos), sin pensar en el marketing ni en el tour europeo ni en que guste a las masas de yoguis.

Por ello, este año comparto esta música que, para mí, ha sido más que suficiente para practicar durante este último año y medio por lo menos (si no lo puedes escuchar abajo, prueba clicando aquí):

spotify:album:7rijlQDkNowX4bm2zbFAmf

Espero que les guste y, en todo caso, espero que cualquiera sea la música que cada uno escuche, nos sirva para encontrar, finalmente, el silencio interior.

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