El blog de Naren Herrero sobre Yoga, la India y su filosofía

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¿Cuál es el camino?, según Yudhisthira

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Entre las 124 cuestiones que le formula «el espíritu del lago» al rey Yudhishthira en el episodio del Yaksha Prashna que se narra en el Mahabhárata, y del que ya escribí aquí, encontramos una pregunta destacada:

kaḥ panthāḥ

Es decir:

«¿Cuál es el camino?»

La pregunta tiene una simplicidad aplastante que es proporcional a la profundidad que exige la respuesta.

¿Acaso no nos hacemos esta pregunta de forma recurrente? Esta es la pregunta que el propio Arjuna, el discípulo que aspiramos a ser, hace a Sri Krishna al comienzo de Bhagavad Gita(2.7):

«Mi mente no sabe qué debe hacer. Te ruego, dime claramente qué es lo mejor para mí.»

Efectivamente, «el camino» que nos interesa es aquel que sea «mejor para nosotros». Estamos hablando del camino con mayúsculas, ese que nos lleva a la Plenitud, o a la Libertad, o a la Verdad, o a la Sabiduría (siéntase libre el lector de colocar su propia Meta)…

Para nuestra fortuna, a diferencia de otras perlas de sabiduría que Yudhishthira nos deja en el diálogo con el Yaksha, aquí se explaya un poco más y nos da valiosa información para nuestra vida.

Dice Yudhishthira (Vana Parva, 313.117 numeración tradicional):

tarko‘pratiṣṭhaḥ śrutayo vibhinnā
naiko ṛṣir yasya mataṃ pramāṇam |
dharmasya tattvaṃ nihitaṃ guhāyāṃ
mahājano yena gataḥ sa panthāḥ ||

Lo que se puede traducir como:

«El razonamiento (tarka) no es concluyente; los textos revelados (śruti) son muy variados; no hay un solo sabio (rishi) cuya opinión sea autoridad definitiva. La esencia del dharma es muy sutil. El camino es aquel por el que han ido los grandes seres (mahājana).»

Vamos a analizar cada frase para tratar de entender este mensaje.

Tarka significa «reflexión o razonamiento» y también es el nombre de la ciencia de la Lógica de la India clásica que es elemento indispensable en todas las escuelas filosóficas védicas. A la vez, como enseñan los maestros y ya todos sabemos, el análisis lógico-racional no es suficiente para conocer todas las respuestas.

El verso nos dice que la «especulación» es apratiṣṭha, es decir «sin base estable», ya que es «fluctuante» debido a que depende de la mente, «movediza» por naturaleza.

Refiriéndose al sustrato trascendente (brahman) del universo, la Kena Upanishad (1.6) nos dice:

«Brahman es aquello que no puede pensarse con la mente, pero gracias a lo cual la mente piensa».

O sea, en la analogía del maestro Sri Satpal Maharaj, «un alfarero puede hacer muchas vasijas, pero muchas vasijas no pueden hacer un alfarero».

Es decir, el análisis mental tiene su lugar en la vida del aspirante, pero no puede ser su camino prioritario ya que deriva de una fuente superior que no puede comprenderse cabalmente.

Como sabemos, el aparato intelectivo (buddhi) siempre puede argumentar e incluso aparentar tener razón, cuando en realidad está equivocado. Asimismo, las razones argumentativas nunca tienen fin y siempre aparece una nueva premisa para generar un siguiente nivel de discusión. De allí que se hable de «la parálisis por análisis».

Por tanto, decidir cuál es el camino basándonos únicamente en el debate y la discusión intelectual puede tener sentido en aspectos materiales de la vida, pero ni siquiera allí podemos decir que las conclusiones sean inamovibles.

En la siguiente línea, la estrofa de hoy nos dice que las Escrituras sagradas son numerosas y diversas. Incluso si tomamos solamente los textos revelados (es decir, saṁhitā, brāhmaṇa, āraṇyaka y upaniṣad) como fuente fiable superior, encontraremos que las enseñanzas no siempre coinciden y que nuestra mente se confunde ante la marea de información.

Es un hecho probado que diferentes textos tradicionales enseñan metodologías diferentes y, además, sostienen ideas filosóficas que no siempre son fáciles de conciliar entre sí. Para intentarlo utilizamos la reflexión lógica que, como hemos visto, tampoco resuelve el entuerto. Esto es una prueba de que el estudio de las Escrituras por sí solo no es suficiente.

Entonces recurrimos a las enseñanzas de un sabio o rishi, pero la respuesta de Yudhishthira nos dice que no existe «un solo sabio» cuya opinión (mata) se pueda considerar un medio válido de conocimiento (pramāṇa) definitivo.

Ante esto, automáticamente mi mente racional se rebela y argumenta: «¡Cómo es esto posible! La palabra de los sabios es la máxima autoridad».

Y entonces escuchamos las razones que sostienen esta afirmación de Yudhishthira, empezando por el simple hecho, como explica Sri Satpal Maharaj, de que los sabios de todos los tiempos «han dicho muchas cosas», y al igual que pasa con los textos, no siempre es posible reconciliar las diversas opiniones y métodos.

Por otro lado, en su traducción de la estrofa, Srila Prabhupada, el fundador del movimiento ISKCON, explica que:

«A una gran personalidad no se la considera un gran sabio si su opinión no difiere de la de los demás.»

Esto es efectivamente así. Los grandes sabios del Vedānta como Śaṅkara, Rāmānuja y Madhva construyeron su prestigio en base a presentar una visión filosófica diferente o contraria a las de otras escuelas.

De forma similar, Siddharta Gautama se convierte en el Buddha por rechazar el statu quo de su tiempo. Y si queremos un ejemplo todavía más clásico, en la antigüedad upanishádica los grandes rishis como Yājñavalkya forjaron su fama gracias a debates en que vencían dialécticamente a otros sabios.

Por ende, la palabra de un rishi es válida, por supuesto, pero es fácil confundirse al encontrar que otro rishi postula cuestiones divergentes. ¿Cómo saber, entonces, cuál es el camino?

En la gran obra del Mahabhárata encontramos una idea que permea todos los acontecimientos:

«Sutil es el curso del dharma.»

La «sutileza» del dharma significa que, como norma general, es difícil saber cuál es la acción correcta para el beneficio tanto personal, común y cósmico.

A nivel macro realmente desconocemos el diseño cósmico, a nivel colectivo las reglas sociales no siempre son el parámetro que seguir y a nivel personal es complejo discernir entre lo que Dios quiere para mí y lo que mi mente me dice que haga.

El ejemplo paradigmático de esta sutileza dhármica difícil de entender es Arjuna luchando contra su propia familia. O Sri Rama matando a traición al rey mono Valin. O Siddharta Gautama abandonando a escondidas su casa, su esposa y su bebé recién nacido.

Por ello, en la respuesta de Yudhishthira escuchamos literalmente:

«La esencia (tattva) del dharma yace (nihita) en una cueva (guhā)».

Esta «cueva» no refiere a una caverna en las montañas, sino que es una metáfora antigua y muy recurrente en las Upanishads, para referirse al «espacio dentro del corazón» o simplemente «la cueva del corazón».

De hecho, la expresión que utiliza Yudhishthira –nihitaṃ guhāyāṃ– es exactamente la misma que aparece en Katha, Mundaka o Taittiriya Upanishad, textos en los que refiere al núcleo espiritual de todo ser humano, donde técnicamente reside el ātman o brahman.

Por ende, uno de los significados reales de la frase es que la esencia del dharma se puede encontrar en lo profundo del propio corazón. Sin embargo, esto solo nos ocurre muy de vez en cuando, si tenemos la fortuna de que la intuición esté despierta.

Por ello, en su traducción, Srila Prabhupada dice:

«La verdad inmutable del dharma está oculta en el corazón de las personas puras y autorrealizadas.»

Hablamos de aquellas personas cuyo autoconocimiento es tan completo que siempre pueden reconocer en su interior la voluntad cósmica.

Después de prepararnos con información útil, Yudhishthira finalmente nos habla de lo que estábamos esperando:

«El camino es aquel por el que han ido los grandes seres (mahājana)»

O sea, lo que realmente cuenta es el ejemplo de vida y el mensaje de los «grandes».

¿Y quiénes son esos «grandes seres»?

La palabra mahājana puede referir a cualquier persona eminente, aunque si nos ponemos literales podemos encontrar en el Bhagavata Purana (6.3.20-21) una famosa enumeración de doce mahājanas o «grandes devotos» del dios Vishnu que incluye devas (Brahma, Shiva, Yama), asuras (Prahlada, Bali), rishis (Narada, Kapila, Shuka, los Kumaras) y reyes (Janaka, Bhishma).

De todos modos, como la historia de la humanidad ha demostrado, obsesionarnos con la literalidad de las enseñanzas NO es recomendable. Sin duda estas doce personalidades pueden servirnos de guía, pero es necesario ampliar la perspectiva para comprender mejor la respuesta de Yudhishthira.

En ella, Yudhishthira diferencia a los «grandes seres» de los rishis de variada opinión, quizá porque lo que distingue a los primeros no es tanto su conocimiento escritural ni su ortodoxia, sino la universalidad de su mensaje.   

Si seguimos las palabras de Sri Satpal ji Maharaj en su libro The true path («El verdadero camino»), allí nombra como ejemplo de estos «grandes seres» a Krishna, Rama, Buddha, Mahavira, Guru Nanak, Jesucristo…

Y la verdad es que, detrás de estos nombres tan reconocibles, los «grandes seres» remiten a cualquier maestro espiritual genuino cuyas enseñanzas puedan transformar nuestra vida.

Entonces, si el camino es el mensaje que enseñan los grandes maestros, ¿cuál es ese mensaje?

Dice Satpal Maharaj:

«Todo estos maestros espirituales tenían un mensaje y era que los seres humanos deben evolucionar y alcanzar satisfacción espiritual en sus vidas».

Y utilizando la analogía del pescador de perlas, agrega:

«Para encontrar las perlas de dicha y de tranquilidad, para obtener paz, uno debe sumergirse en su interior, y esta es la esencia de todas las enseñanzas».

Haciéndonos eco de toda la sabiduría escuchada, podemos concluir que el camino definitivo no está en el análisis lógico-argumentativo, ni en las Escrituras sagradas ni en la escuela filosófica de un sabio u otro, sino en el mensaje universal de los grandes maestros que se resume en buscar nuestra propia esencia interior.

Eso sí, para recorrer el camino con éxito, es indispensable tener un maestro o «gran ser» que nos guíe y comprometernos con él o ella.

 

 

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