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Dar nombres no es explicar

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El gran Swami Vivekananda, de quien tantas veces he hablado en este diario, dice que “dar nombres no es explicar”. Con esto se refiere a dos cuestiones fundamentales e interrelacionadas: por un lado, que el conocimiento libresco no es sinónimo de conocimiento práctico, y por el otro, que es únicamente el conocimiento práctico el que vale desde el punto de vista espiritual.

Son innumerables las ocasiones en que, en sus enseñanzas, Vivekananda se refiere a la inutilidad del mero conocimiento intelectual, haciendo hincapié en su contraparte, la realización; es decir, el entendimiento profundo, la experiencia en carne propia, la puesta en práctica real. A este respecto, no es Vivekananda el único santo o maestro espiritual que ha hablado sobre los riesgos de confundir lo que se aprende en los libros con la propia realidad personal. Es por ello que el Swami, basado en la vida de su maestro Sri Ramakrishna Paramahansa, censuraba los vacuos discursos filosóficos que pretenden elucidar la espiritualidad.

Lo importante, nos dice, es realizar de manera personal las enseñanzas espirituales; incluso sin haber leído nunca un libro, incluso sin saber el nombre técnico de cada estadio espiritual. Saber, por ejemplo, el término sánscrito para iluminación, no nos asegura ningún éxito. Para conocerse a uno mismo y para conocer a Dios, la erudición es lo último que necesitamos.

Signo

Ferdinand de Saussure fue un lingüista suizo (1857 – 1913) que es considerado el padre de la lingüística moderna. Supe de él en mi época de universitario, y ahora he vuelto a escuchar su nombre también por cuestión de estudios, aunque ya de otro tipo. Para los que no somos doctos en lingüística, seguramente lo que más recordamos de la teoría de Saussure es su principio respecto a la “arbitrariedad del signo”. Es decir, para Saussure el signo se compone dos entidades llamadas “significante” (el que designa) y “significado” (lo designado). Estas dos entidades son inseparables, en tanto que la primera (“significante”) hace referencia a la imagen acústica, y la segunda (“significado”) al concepto mental que corresponde a la imagen acústica.

Puede que suene técnico, pero es simple: si decimos “árbol”, la imagen acústica o la cadena de fonemas es la formada por las letras a-r-b-o-l, y se trata del “significante”. El “significado” que le corresponde a “árbol”, es básicamente una planta con tronco, raíz, ramas y hojas. El árbol que cada uno se imagine es una cuestión personal, pero lo cierto es que todas las palabras (y otros signos que van más allá de las palabras) tienen estos dos componentes lingüísticos. Y he aquí el principio saussureano que dice que la relación entre “significante” y “significado” es arbitraria, es decir que no está basada en una razón natural. O sea, la combinación de las letras a-r-b-o-l no está naturalmente relacionada con el referente real, hecho de tronco, ramas, etc. Una vez más, la razón por la que un signo particular está unido a un concepto particular es arbitraria.

Sin embargo, como es lógico, el “significado” que a cada persona le viene a la mente al escuchar el “significante a-r-b-o-l” es diferente. Depende, de otros posibles “significantes” que acompañen a a-r-b-o-l (por ejemplo, a-l-t-o; f-r-o-n-d-o-s-o), y quizás más importante, de los componentes socio-culturales propios de cada personalidad. Es más que probable que un niño criado en el África negra no piense en el mismo referente de a-r-b-o-l que un niño criado en New York City.

Entrega

Cuando el Swami Vivekananda dice que “dar nombres no es explicar” también, a su manera, hace lingüística.

Siguiendo los principios de Saussure, si decimos i-l-u-m-i-n-a-c-i-ó-n, la palabra por excelencia del camino espiritual, a cada uno nos vendrá a la cabeza un “significado” diferente. Pero, si a esto le sumamos que se trata de palabras (“significantes”) que remiten a conceptos (“significados”) que no tienen un referente tangible y material, entonces la posibilidad de significados es infinita.

Probablemente por ello, Vivekananda dice “…os llamaré adoradores de Dios en cuanto lleguéis a comprender esa idea (de realización). Lo que hagáis antes será, simplemente, deletrear la palabra y nada más“.

Siguiendo la misma línea, Sri Ramakrishna dice, “La palabra no es suficiente. Debe haber algo indicado por la palabra ¿Puede tu sólo nombre hacerme feliz? La felicidad completa no es posible para mí, a menos que te vea“.

Todas estas ideas ya estaban dando vueltas por mi cabeza pero, en realidad, el empujón para este post me llegó por leer un discurso de Swami Premananda en el que él responde a una pregunta sobre “¿Qué es la entrega?”.

En un momento de su respuesta, Swami dice: “Entrega es sólo una palabra que es usada en numerosos libros que tratan sobre espiritualidad. Todos los maestros espirituales han hablado de la entrega. Vosotros habéis oído acerca de esta palabra entrega y ahora preguntáis qué es entregarse ¿Qué es lo que queréis entregar? Si miráis la foto de un árbol de yaca, y decís que es un árbol de yaca y que tiene sabor dulce, ¿seréis capaces de saber sobre el sabor con mirar la foto? Habéis aprendido sobre esta palabra ‘entrega’ únicamente en un libro y entonces habéis hecho esta pregunta… No toméis esta palabra entrega y penséis en ella como una palabra. Entregarse de verdad es una cosa muy, muy dura de hacer. Entrega es un estado en el cual os entregáis completamente y nunca regresaréis a vuestra posición original. Lo que hacemos es entregarnos por una semana y luego, la siguiente, regresar a nuestro estado original. Eso no es entrega”.

Realización

Se da por sentado que la entrega a la que la persona se refiere en la pregunta es a Dios. Sin embargo, en su respuesta (que es más larga) Swami habla de diferentes tipos de entrega y toca la cuestión que hoy me interesa: una palabra no es más que una palabra, a menos que hayamos realizado su significado, que hayamos comprendido de manera cabal su sentido. El ejemplo de la foto y la fruta es simple y perfecto. Swami lo usa seguido. Yo puedo explicarles el sabor de la fruta y mostrarles la foto, pero hasta que no la prueben no conocerán en realidad el sabor.

Es por ello que dar nombres no es sinónimo de explicar; exponer definiciones eruditas no es sinónimo de haber realizado; leer muchos libros de filosofía no es sinónimo de comprensión real… Sobre todo en términos de espiritualidad donde, más que en ninguna otra parte, la experiencia práctica es la única que vale.

Imágenes:

poemas-del-alma.com

albigen.net

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