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La recitación en la práctica de svādhyāya

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La búsqueda espiritual no es otra cosa que un camino de auto-conocimiento. Para saber y experimentar de forma directa quienes somos en realidad – más allá del personaje, los conceptos y las limitaciones de tiempo, espacio y circunstancias – hace falta auto-indagarse, pero también hacen falta muchas prácticas “purificatorias” que nos vayan quitando de encima patrones y tendencias muy arraigadas. Una de esas prácticas se denomina svādhyāya y refiere al “estudio de los textos sagrados”, pues en ellos es posible encontrar enseñanzas y directrices para llevar una vida más armónica que nos ayude a tener calma y claridad interior.

En el famoso aṣṭāṅga yoga presentado por Patañjali en sus Yogasūtras, svādhyāya aparece como uno de los niyamas (“observancias”), aunque la práctica ya figura en el Mahābhārata como parte del “óctuple sendero del dharma” (mārga dharmasyāṣṭa en 3.2.75) con el nombre de adhyayana. Ambas palabras tienen su origen en la palabra adhyāya que técnicamente designa un capítulo o sección de los textos sagrados hindúes y cuya raíz verbal significa “estudiar” pero también “repetir” o “recitar”, pues el estudio tradicional de dichos textos se hacía (todavía se hace en mucha menor medida) de manera oral, memorizándolos de boca de un maestro capacitado.

Siguiendo esta idea, la palabra svādhyāya significa “recitación” (adhyāya) para “uno mismo” (sva), ya que se trata de un acto de aprendizaje que, aunque pueda ser hecho en grupo, está dedicado al crecimiento personal. Cuando la recitación es para otros, entonces el nombre cambia y se habla de, por ejemplo, pravacana, que tiene que ver con la enseñanza formal o con otras ceremonias de carácter público.

Sobre esto, la Taittirīya Upaniṣad (I.9) afirma que, de todos los deberes que tiene un estudiante espiritual, el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana) de los mantras sagrados es el más importante. Lo dice así:

“Lo correcto (ṛtam), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La verdad (satyam), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La austeridad (tapas), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
El auto-control (dama), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana).
La calma (śama), sí; pero también el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana)…

Solo el estudio (svādhyāya) y la enseñanza (pravacana)… Eso es austeridad; eso, en verdad, es austeridad”.

En la actualidad, cuando se habla de svādhyāya se hace hincapié en el “estudio” de los textos pero no tanto en su recitación o repetición verbal y, al faltar ese componente, entonces uno se pierde los beneficios que poseen los sonidos y vibraciones de los antiguos mantras sánscritos, capaces de efectuar cambios a diferentes niveles (físico, cerebral, energético, mental, emocional…).

La tradición hindú considera que el universo fue manifestado a través de una vibración sonora extremadamente sutil, que es eterna y omnipresente, y que tiene su epítome en la sagrada sílaba aum/om. Una de las formas más directas en que esa reverberación sutil se manifiesta es a través de la lengua sánscrita, “cuyo potencial creativo es la fuente del misterioso poder de los mantras”, como dice Sri Shyamji Bhatnagar.

Este fin de semana estuve en la presentación del libro en español de Krishna Das, y aproveché para preguntarle si los mantras o “nombres divinos”, como él dice, tienen el mismo efecto si no son recitados/cantados en sánscrito. Krishna Das dijo que cada quien puede hacer lo que sienta, pero que la lengua sánscrita tiene una sacralidad y una energía que la distinguen y que los “nombres” que aparecen en esos mantras pueden afectarnos en el plano de la emoción pero, en realidad, están más allá de todo concepto y por eso son trascendentes.

Dijo, además, que los mantras sánscritos – a diferencia de otras lenguas – “siembran una semilla” en nuestro interior; una semilla que, en la medida en que uno practique regularmente, va purificándonos.

En este sentido, se suele decir que la sacralidad y la efectividad de la recitación sánscrita están más allá de entender o no el contenido de los mantras que se repiten. Algunos maestros opinan que es incluso mejor no entender nada de lo que se dice para así estar más allá del plano intelectual, que siempre quiere aprehender la información, categorizarla y reforzar los patrones mentales…

La recitación de textos sagrados (sean largos o cortos de una línea) produce, sin dudas, un estado mental de quietud e introspección que nos predispone para estudiar intelectualmente las enseñanzas que contienen y, por ende, a estudiarnos a nosotros mismos de forma consciente en referencia a esas directrices.

Por otro lado, al recitar esos mantras, su vibración antigua y sagrada empieza también a hacer efecto, generalmente de forma inconsciente, en nuestro cuerpo sutil y mental y, como resultado, puede que tengamos vislumbres de quienes somos en esencia, sin necesidad de usar un diccionario de sánscrito. Este es el camino directo. Solo requiere (mucha) práctica.

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El otro instrumento musical del sabio Nārada

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El hinduismo o sanātana dharma no tiene un ‘fundador’ como pasa con otras religiones, aunque lo más parecido a ese rol del profeta primigenio lo desempeñan los antiguos rishis. Se trata de “sabios videntes” que en estados de consciencia trascendental percibieron la Verdad (por ponerle un nombre) y la transmitieron oralmente. Esta sabiduría revelada es la base de las Escrituras sagradas del hinduismo, conocidas como los Veda.

Si bien la Verdad Eterna existe independientemente de la percepción de los rishis, su rol como receptores y transmisores de esa información los convierte en personajes muy respetados e importantes de la tradición hindú. De hecho, la tradición habla de los saptarishis, es decir los “siete sabios” principales, protectores del dharma y pilares del conocimiento.

Como tantas veces sucede en el hinduismo, en que las aparentes ‘contradicciones’ no son debilidades sino diferentes puntos de vista posibles y válidos, los nombres de los saptarishis varían según el texto que se consulte. De hecho, en algunos casos, los siete rishis son equiparados a los “hijos de la mente de Brahmā” (llamados mānasa putra) que son, en realidad, diez.

La cuestión es que, para muchas escuelas, el sabio Nārada (Nārada muni) es considerado uno de los saptarishis, a la vez que también se lo tiene como un mānasa putra.

Un sabio viajero y cantor

Lo que destaca a Nārada muni (muni quiere decir ‘silente‘ y es otra forma de llamar a los sabios, haciendo hincapié en la cualidad de hablar únicamente para el bien universal y cuando es necesario) es que posee la capacidad de viajar por los tres mundos (triloka); es decir, “los planetas celestiales, la Tierra y los planetas inferiores” o más simbólicamente los planos “físico, sutil y causal“.

Quizás sea esta capacidad de tele-transportación, más rápida que la velocidad de la mente, la razón de que Nārada aparezca en diferentes textos y momentos importantes de la tradición hindú. Al menos, ese poder facilita el argumento y no hay que explicar de dónde aparece el sabio.

Y entre algunas de sus grandes apariciones se cuenta la visita que le hizo al poeta Valmiki para inspirarlo a escribir el Rāmāyana; sus consejos en la corte de los Pāndavas en la épica historia del Mahābhārata; o su enseñanza sobre la devoción (bhakti) al sabio Vyāsa en el inicio del Śrīmad Bhāgavatam.

Sobre esto último, el sabio Nārada es un gran divulgador de la bhakti; de hecho, un texto atribuido a su nombre se conoce como Nārada Bhakti Sūtra y versa sobre la eficacia del camino de la devoción para alcanzar la perfección espiritual. En este sentido y siendo la tradición vaishnava de claro enfoque devocional, es normal que Nārada sea especialmente estimado en el vaishnavismo, el cual considera al sabio como un avatāra (encarnación) del mismo dios Vishnu.

La forma en que Nārada difunde el camino del bhakti yoga es, básicamente, cantando las glorias de Dios por los tres mundos. Y para ello hace uso de una vīnā, un instrumento de siete cuerdas (cuatro principales, tres subsidiarias) de la familia del laúd, que es especialmente conocido por estar siempre en las manos de Sarasvatī, la diosa del conocimiento, las artes y la palabra.

Por tanto, si ven (en foto o, Vishnu quiera, en vivo y directo) a un sabio con una vīnā, no cabe duda de que es Nārada.

Karatāla y éxtasis

Si, por exceso de inseguridad, nos entraran dudas de la identidad de ese sabio con una vīnā, entonces hay más indicios que nos confirmarán lo evidente: Nārada lleva en su otra mano un instrumento para llevar el ritmo. ¿Qué instrumento es ese?

Pues el otro día en clase de sánscrito salió el tema y no sabíamos el nombre. Después de investigar descubrí que el nombre sánscrito es karatāla (en hindi khartal) y es un instrumento hecho con estructura de madera y platillos de metal que se toca con una sola mano (“una mezcla de pandereta y castañuelas” dijo alguien en clase…).

La palabra karatāla se compone de kara = ‘mano’ y tāla = ‘ritmo’ y puede traducirse como “el ritmo al dar palmas”, por lo que es una denominación bastante genérica y, prueba de ello, es que hay más de un instrumento con el mismo nombre.

Puede referir a los pequeños “címbalos” o “platillos” que se tocan con ambas manos; puede referir a láminas de madera muy finas (típicas de la zona de Rajasthan) o, como en el caso de Nārada, a bloques de madera con platillos o cascabeles de metal insertados, siendo un bloque para ser agarrado con el dedo pulgar y otro con el resto de los dedos.

Karatāla en su versión de bloque.

Una vez resuelto el misterio del segundo instrumento musical, si a alguien le quedan dudas sobre la identidad del sabio, basta con mirar su comportamiento. Si está bailando y cantando en éxtasis los nombres de Dios y, además, a su alrededor se congregan devotos embelesados por el “néctar del Divino nombre”, entonces uno puede estar seguro de que se ha topado con Nārada muni.

Justamente de esto habla la canción bengalí compuesta por el maestro vaishnava Bhaktivinoda Thakur, titulada Nāradamuni bājāya vīna (“el sabio Nārada canta y toca su vīnā“) y muy difundida entre los devotos vaishnavas. En la que es quizás la estrofa más emotiva de las seis que componen la obra, la canción dice:

mādhurī-pūra āsaba pashi’mātāya jagata-jane /                                                                                                                          keha vā kānde keha vā nāce keha māte mane mane //

O sea (en la traducción inédita de Fernando Giménez Castellà y María Elena Sierra):

“Como si hubieran ingerido pura melosidad embriagadora, (…) todas las personas del Universo, cautivadas, sobrecogidas de éxtasis,   /                                                                                                                                                                unas lloran de contento, algunas bailan y otras se vuelven completamente locas de alegría en sus mentes //”.

Para que el interés que esta canción devocional haya despertado no se quede en el plano intelectual, comparto a continuación una versión al estilo tradicional cantada por Agnidev Prabhu, un señor al que se le siente mucha devoción:

Si esto no es suficiente, hay más versiones de la canción en este enlace.

¡Y que las bendiciones de Nārada muni se hagan presentes en nuestras vidas dándonos mucha devoción por lo Divino!

Iconografía tradicional de Nārada muni.

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