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Viajar con Karma

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Desde que The Beatles visitaron Rishikesh en 1968, el Yoga y la filosofía india se popularizaron a pasos agigantados en el mundo occidental, introduciendo en él, entre otras muchas cosas, una nueva terminología hecha de palabras sánscritas que, actualmente, son chapati de cada día, especialmente en los medios de comunicación y, por tanto, en el habla cotidiana. Como es natural, cuando un término cambia de contexto socio-geográfico-cultural pierde parte de su sentido original o incluso gana nuevos y diferentes matices, y con más razón si se trata de conceptos filosóficos, como es el caso.

Una de esas palabras es karma, que aparece tanto en la sección deportiva de los periódicos, como en famosas canciones de rock & pop o en los nombres de discotecas. La palabra sánscrita karma significa literalmente “acción” y puede significar diversas cosas: cualquier acto que uno realiza en su vida; un acto específicamente ritual; la ley de causa y efecto; la acumulación de las acciones pasadas…

En Occidente predomina la acepción de karma como “destino” (muchas veces un tanto ciego), en el sentido de que es algo que toca vivir y aceptar, en general como una carga. Por ello se escucha, “esta enfermedad es un karma que tengo que limpiar” o “yo nunca gano nada, es mi karma” o “¡qué karma tiene el Aleti con las finales!”. De hecho, si uno agrega el adjetivo “mal” antes de karma, en general siempre cuadra.

Un derivado de esta idea es la que hace que muchos visitantes a la India (y también personas que no la han visitado) digan que una de las razones de que el pueblo indio sea pobre es su “pasiva aceptación” de la ley del karma, o sea su resignación a aceptar ese destino ya escrito, aunque haya sido escrito por ellos mismos.

Lo que falta generalmente en las interpretaciones occidentales es el componente “activo” del karma, pues si bien uno debe recibir los efectos de sus actos previos, tiene al mismo tiempo la capacidad de crear su propio destino mediante cada acción que está realizando. Sumando el hecho de que para la filosofía yóguica el karma puede ser malo, bueno, mezclado o incluso neutro.

karma

Esta resumida explicación sirve para presentar una nueva variación del concepto indio de karma en el contexto occidental, especialmente el catalán, donde la empresa Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) lanzó una novedosa campaña de comunicación titulada Viatjar amb Karma (“Viajar con Karma”). La campaña pretende fomentar “el respeto y la convivencia entre los usuarios del transporte público barcelonés” y para ello han creado un personaje femenino llamado “la Karma”, que cumple el rol de “prescriptora del comportamiento en el transporte público señalando las infracciones y las actitudes incorrectas”, a la vez que también destaca los comportamientos cívicos (como escuchar música con auriculares sin molestar a los demás pasajeros).

El recordatorio en la máquina de validar billetes del autobús

TMB explica que “el nombre del personaje juega con el concepto filosófico de karma, entendido como el conjunto de acciones que realiza cada individuo y que marcan su conciencia y condicionan su futuro”. Dentro de la peculiaridad de la campaña, la definición que han elegido me gusta porque se focaliza en la importancia de los propios actos como creadores del destino individual.

En el contexto del transporte público de Barcelona, la Karma se encarga, más que de castigar, de dar mensajes de advertencia sobre el fraude de viajar sin pagar; usar sin criterio los asientos reservados para personas ancianas/embarazadas/con muletas, etc.; mal usar el mobiliario (como poner los pies en los asientos o tirar basura); o acercarse demasiado al borde de los andenes del metro.

La forma en que se espera que estas advertencias hagan mella en el público es con un axioma bien indio: Tot torna (“Todo vuelve”). Yo soy un total suscriptor de este axioma, pero no sé cuántos occidentales están igual de convencidos de su verdad. Cierto es que, en Occidente, tenemos el bíblico dicho de “se cosecha lo que se siembra” y, en ese sentido, puede que el inconsciente colectivo esté inclinado a aceptar la ley energética de causa-efecto.

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Una mujer ocupa el asiento reservado para embarazadas y la Karma se lo recuerda con una especie de corneta

Evidentemente, si uno entra al metro sin pagar se arriesga a una multa y, si ésta le cae, entonces verá las consecuencias de sus actos de forma muy nítida y lineal. Ahora, no cederle el asiento a una señora mayor o abandonar una lata de refresco por el suelo puede pasar desapercibido (sobre todo si nadie lo ve o lo juzga directamente) y, por tanto, no hay castigo aparente, con lo cual la Karma lo tiene más difícil a la hora de disuadir a estos “incívicos” con la abstracta teoría del “todo vuelve”.

Los recursos que utiliza la Karma son ingeniosos: por ejemplo, carteles cerca de los asientos reservados que dicen Ei, et veig (“Ey, te veo”) o Ei, seient reservat (“Ey, asiento reservado”). En estos casos me parece que se apela más al “control social” que a una aceptación de la ley kármica. De todos modos, en la mayoría de casos presentados no hay una consecuencia muy tangible más allá de “mejorar la convivencia”, que me parece obvio y no requiere de profundos conceptos filosóficos para ser justificada.

“Ey, asiento reservado”

Como no todos somos incívicos, la Karma también da mensajes positivos para “reforzar las conductas cívicas, las cuales proporcionan más karma a sus autores”. Aquí ha fallado TMB, al menos en la teoría, pues como bien deberían saber, tener más karma no es algo especialmente positivo para la visión yóguica, en que la idea es ir reduciendo el karma, ¡incluso el buen karma!

Para que cada uno saque sus conclusiones dejo unas imágenes y vídeos de la campaña publicitaria, que no deja de ser ingeniosa (aunque no sé si efectiva), y que nos muestra hasta donde la filosofía india se está metiendo en nuestras vidas:

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“Todo vuelve. Evita una multa de hasta 600€”

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Si pones los pies en el asiento como si fuera el sofá de tu casa, todo vuelve. No se sabe cómo, pero vuelve…

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No todo es negativo. Si te portas bien y escuchas música con auriculares, lo que vuelve es “más karma”, pero bueno.

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La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

La crucial diferencia entre contentamiento y felicidad

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Hay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.

Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.

Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.

En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:

“¿Cuál es la máxima felicidad?”.

A lo que Yudhiṣṭhira responde:

“La máxima felicidad es el contentamiento”.

Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:

La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.

En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:

“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”

En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.

Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.

Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.

De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.

Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.

Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.

Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.

La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.

Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).

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Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.

Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.

O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.

El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.

Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.

Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.

La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.

En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):

Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.

La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.

Pepe y el karma

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Desde hace más de dos semanas, en España sólo se habla de los clásicos entre el Barça y el Real Madrid (y todavía falta uno). Ante esta abundancia futbolística, totalmente mediatizada, incluso yo, muy aficionado al balompié, me siento abrumado, saturado. Esto se debe, un poco, a que la calidad estrictamente futbolística de los partidos no haya sido destacada, y en gran medida a que lo que más atención haya generado sean cuestiones ajenas al deporte en sí mismo, es decir los consabidos veintidós tipos corriendo detrás de un balón.

Este blog no trata sobre fútbol, y sólo una vez toqué directamente el popular tema en relación a la espiritualidad. Me valió alguna crítica, por poner al mismo nivel algo tan sagrado con algo tan profano (la espiritualidad sería lo sagrado y el fútbol lo profano, aclaro por si acaso).

Hoy, en un post que quizás disfrutarán más aquellos conocedores del juego, me atrevo a tocar otra vez la cuestión, en parte porque no me lo puedo sacar de la cabeza, en parte para sacármelo, merced al proceso de catarsis personal que siempre ha caracterizado a esta bitácora.

Teatro

Probablemente a la mayoría le suene el nombre de Jose Mourinho, el entrenador del Real Madrid, que desde hace años pasa demasiado tiempo haciendo declaraciones incendiarias, victimistas y/o soberbias ante la prensa mundial. Como decía el inefable ex-árbitro argentino Guillermo Nimo con su crítica semanal al peor desempeño de la jornada futbolística (llamada, en anticipo a Los Piratas del Caribe, la ‘Perla Negra’): “Usted puede ser un excelente padre de familia, una gran marido, una buena persona, pero como árbitro es…”. Y así empezaba una retahíla de críticas para defenestrar al desafortunado de la fecha.

Con Mourinho pasa lo mismo. Aunque no lo conozco personalmente, no dudo de sus cualidades en la intimidad, pero muy pocas de las veces en que abre la boca en público le hace un favor al fútbol, entendido como un juego bonito y disfrutable.

Pero no es únicamente Mourinho. Tanta parafernalia mediática, tantas declaraciones intencionadas, tanta tensión y emoción en el ambiente, han hecho de estas dos semanas de clásicos un terreno ideal para que cada uno de los implicados muestre (dentro y fuera del campo) su lado menos ‘espiritual’.

No voy a ahondar en detalles ni en análisis tácticos, simplemente decir que lo que más me saca de quicio es la poca predisposición de ambos equipos a jugar a la pelota. O sea, en lugar de intentar jugar al fútbol lo mejor que cada uno pueda, la idea parece ser la de molestar al contrario y engañar al árbitro fingiendo faltas, dolores, agresiones y demases.

Ya sé que exceptuando la liga inglesa en la que los aficionados rechazan de lleno a los jugadores ‘piscineros’ (o ‘pileteros’), es decir aquellos que se dejan caer y simulan faltas, en el resto del mundo está instaurada la doctrina del teatro del futbolista, basada básicamente en caer al suelo y girar convulsivamente tomándose la cabeza, sin importar si el golpe fue recibido (de haberlo recibido) en el dedo meñique del pie.

Cualquiera que haya jugado al fútbol, y no tiene que ser a nivel profesional, sabe que hay contacto físico permanente, golpes involuntarios y caídas. También sabe que cuando uno juega de manera inocente lo que quiere es seguir jugando, y no tirarse al suelo para inspirar la compasión de ajenos.

Ilustración de Guy Billout - http://www.guybillout.com

Wilmar Everton Cardaña

Al parecer, hace no demasiados años los jugadores de fútbol eran menos teatreros. La llegada de las ubicuas cámaras de televisión los ha hecho conscientes de sí mismos, adoptando a su manera una de las tesis fundamentales de la psicología social: ‘Uno es lo que cree que es, lo que el árbitro cree que uno es y lo que uno cree que los espectadores creen que es’.

Paradójicamente, cuando las cámaras pueden demostrar mejor que nunca la simulación de un jugador, ellos recurren a esa estrategia con mayor asiduidad, confiando en que dar vueltas por el suelo convencerá no sólo a los colegiados sino también al público.

Cuentan que antaño, sin tantos artilugios televisivos, los jugadores se pegaban que daba gusto, y que en lugar de montar un melodrama en la pantalla, se cobraban revancha, al estilo western. Eran tiempos en que sacar una tarjeta roja a un futbolista sólo se justificaba después de un hueso roto, un charco de sangre o un buen soborno. Con los años llegó el ‘fair play’ y el endurecimiento de las reglas para los que pegaban.

Extrañamente, y esto es una estadística personal y sin datos numéricos, los jugadores más hoscos, aquellos que en general pegan más (por su posición en el campo y/o su temperamento) suelen ser los más teatreros. Como dije, la televisión y su ‘vigilancia panóptica’, citando a Foucault (perdón, pero quería darle un toque intelectual a este discurso), lleva a los más ‘verdugos’ a situarse como ‘víctimas’, siempre con aspavientos.

Me da risa. Un tipo que juega de defensor central o de mediocentro, entrenado en el roce físico y el cuerpo a cuerpo, se queja cada vez que le pasan cerca. Más de uno tendría que leer a Roberto Fontanarrosa y aprender de la historia de Wilmar Everton Cardaña, un duro ‘centrojás’ de los de antes (especialmente Sergio Busquets, que ubicando esa posición y a pesar de ser un jugadorazo, pasa demasiado tiempo llorisqueando en el suelo).

Que Leonel Messi sea el mejor jugador del mundo no se debe únicamente a su técnica inigualable, su velocidad galopante o su visión periférica, sino a que cada vez que le pegan no se deja caer, y si se cae, lo primero que hace es levantarse y buscar el balón para sacar rápido el tiro de falta. Él quiere jugar de manera perpetua, quiere seguir jugando siempre y por eso (aunque muestre que también puede tener los pies de barro con un pelotazo a la tribuna) por justamente representar el espíritu amateur y de disfrute del fútbol, es el mejor.

Disonancia cognitiva

El jugador del Real Madrid Pepe (Képler Laveran Lima Ferreira en su partida de nacimiento) se hizo tristemente célebre por darle un par de patadas a Javier Casquero, un jugador del Getafe CF, que yacía en el suelo. Si bien esa fue su obra maestra, Pepe ha hecho muchos otros méritos en los campos de juego para que se lo considere un jugador algo más que rudo. Lo extraño es que, por lo general, los árbitros no lo consideran así, y más allá de acciones muy flagrantes no recibe grandes sanciones, a pesar de que se ve (al menos en televisión) que tiene una actitud que, siendo condescendientes, podemos llamar ‘poco deportiva’.

Por si todavía no se han dado cuenta, en esta contienda futbolística española yo hincho por el FC Barcelona (algo que va más allá de Mourinho y Pepe), y eso puede que sesgue mi discurso. Según parece, en psicología existe el término disonancia cognitiva para explicar la tensión interna que se produce en una persona cuando hay una situación que entra en conflicto con su sistema de creencias.

Es decir, si yo soy hincha del Barça (mi sistema de creencias) y durante un partido Messi cae en el área, veo de forma instantánea un penal, y cuando la repetición televisiva me muestra que no hubo falta (situación en tensión con mi sistema de creencias), sigo diciendo que hubo falta, o en todo caso digo ‘Mmm, es dudoso’.

Si la misma situación se da en forma inversa, es decir cae Cristiano Ronaldo en el área del Barcelona, diré que no fue penal antes de ver la repetición; e incluso cuando la repetición demuestre una falta, me costará aceptarlo. Lo que estoy explicando no es novedoso y le pasa a todos los hinchas de fútbol, y según se rumorea, a todas las personas del mundo.

De la misma forma, hay jugadores que tienen un comportamiento que sólo estamos dispuestos a tolerar si juegan en nuestro equipo. Por ejemplo, si Dani Alves, gran jugador pero maestro de la queja y el llanto, incordio constante para los árbitros, jugara en el Real Madrid y no en el Barça, los aficionados culés lo odiarían. A la inversa, si Marcelo jugara en el Barça, se lo querría con locura. Y así con muchos otros casos.

Causa-efecto

Con Pepe no lo tengo tan claro, pero puede que si jugara en el Barça también sería defendido por la afición. Todo hincha de fútbol ha defendido alguna vez a esos jugadores que odiaría en el equipo rival (por ejemplo, los hinchas de Boca Jrs. al ‘Patrón’ Bermúdez, los de River Plate al ‘Ratón’ Ayala).

Volviendo a Pepe, nuestro tema del día, creo (por si a alguien le interesa) que su patada a Alves en el último Madrid-Barça fue merecedora de tarjeta amarilla. Si bien la falta puede entrar en la inexistente categoría de ‘tarjeta naranja’, creo que el árbitro se excedió con la roja.

Los seguidores de este blog saben de mi afición al tema del karma, la implacable ley universal de causa-efecto, y comprenderán que fue inevitable que esa palabra llegara a mi mente y a mi boca (no necesariamente en ese orden) en cuanto vi la expulsión del jugador portugués. Todas las faltas, todas las patadas, todas las exageraciones y las poses de víctima falsa que ha hecho Pepe, no digo en su vida futbolística pero al menos en los últimos tres partidos, merecían algún tipo de castigo.

Puede sonar osado decir que esta semana el árbitro alemán Wolfang Stark encarnó, sin saberlo, el karma futbolístico universal, pero las leyes karmáticas son tan inescrutables como eficaces, y aunque no puedo comprobarlo al cien por ciento, mi percepción no es tan alocada.

Es verdad que, con este criterio, los ‘teatrillos’ de Alves, Busquets y Villa también deberían recibir algún tipo de efecto punitivo.

¿Quién sabe?, quizás lo paguen en su próxima encarnación, siendo bailarines de danza contemporánea y por tanto obligados a dar giros eternos por los suelos (semidesnudos, claro).

O aún peor, naciendo como amados jugadores del Real Madrid.

Karma en el Rock & Pop

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Como seguidor de la filosofía espiritual de la India es inevitable que yo crea en la ley del karma, tema que ha surgido en variadas ocasiones dentro de esta bitácora, y entre las que principalmente recuerdo el post sobre la dicotomía muerte o reencarnación, y también la crónica acerca de la influencia familiar de este ley universal.

No estoy seguro, pero puede que sean algunos de esos hechos los que expliquen de manera completa el porqué de mi atracción hacia el concepto de karma. Específicamente, mi atracción hacia la relación entre karma y música.

Vamos, tampoco quiero ser tan exagerado, pues no se trata de una relación tan sistemática ni estrecha, sino más bien de un natural interés hacia las canciones que utilizan la palabra karma.

En realidad, si bien se trata de un interés general, hilando más fino se podría decir que mi atracción se limita a canciones que me gustan, y particularmente pertenecientes, de manera amplia, a los géneros rock & pop.

Con estas bases, es que me adentro en el análisis.

Idioma

Tratándose de un término tan particular, karma, por su posibles connotaciones espirituales, filosóficas y religiosas; sumado a que se trata de una palabra originariamente ajena a Occidente, y por lo tanto exótica, es normal que aparezca en nombres y letras de canciones.

Por otro lado, la difusión de las filosofías orientales en Occidente, hace que dicho uso generalizado no se deba siempre a una mera atracción por lo raro, sino a un entendimiento más profundo del sentido. Como siempre, hay para todos los gustos.

En mi caso, durante años apunté canciones que incluían la idea de karma, sobre todo en su título. Como quizás es natural, las canciones recogidas son generalmente de mi agrado, por lo que mi análisis es sesgado por este gusto musical. Lo curioso es que la mayoría de estas canciones son en inglés, cuando también escuché (y escucho) música en castellano.

De hecho, me cuesta encontrar en mi mente canciones en castellano con la palabra karma. La única excepción es, con la ayuda de Google, una canción del mito argentino Charly García, llamada “El karma de vivir al sur”, publicada casualmente en el álbum “Parte de la religión”, de 1987 (donde también estaba la famosa “No voy en tren”).

Mis conocimientos de la música de los ’80 no son profundos, y no es debido a un tema de edad, pues de la música de los ’60 y ’70 sí que conozco algo más. Es más bien una cuestión estilística, en una época rayana con la manía, que hizo que me alejara un poco de esa etapa de la historia musical. Puede que sea por ello que la canción de Charly no me suena conocida. Aunque, de todos modos, con escucharla o leer la letra (el estribillo dice “Sentir hasta resistir /el karma de vivir al sur / sentir hasta resistir / el karma de vivir sin luz”) se puede ver que el significado de karma al que apela García, está relacionado con el aspecto negativo.

Es decir, con el concepto más difundido, al menos de manera popular, de que karma es algo parecido a una carga. Por eso se dice, “Fulano es mi karma, o matemáticas es mi karma”. En este caso, el karma de ser un país, Argentina, del tercer mundo.

Policía

Sin embargo, viendo los diferentes ejemplos, hay muchas otras concepciones para el karma. Una muy famosa es la del grupo inglés Radiohead, con su canción Karma Police, en la que, como el nombre indica, se habla de una “Policía del karma”.

Consultado al respecto, el cantante de la banda dijo, “El karma es importante. La idea de que algo como el karma existe me hace feliz. Me hace sonreír. Karma Police está dedicada a todos los que trabajan para una gran empresa. Es una canción contra los jefes”.

Más allá de esta variante laboral, la idea principal es que el karma ejerce una especie de función policíaca, castigando a quienes se desvían de la norma (sea cual sea la norma) En este sentido, hay cierta aproximación al concepto original de que “toda acción tiene una reacción equivalente”. Aunque, una vez más, se hace hincapié en el aspecto negativo del karma, en este caso, la punición a las malas acciones.

Volviendo al tema de los idiomas, encontré una versión de Karma Police del músico argentino Palo Pandolfo, con traducción libre al castellano. Cuando puse la canción por los parlantes, Nuria me preguntó si era una grabación mía cantando, lo cual es muy grave para el mítico Palo Pandolfo, un gran artista under. Ustedes mismos pueden juzgarlo aquí.

Acertijos

Continuando con los significados que cada artista da a la palabra karma, me interesa la canción “Karma Chameleon” (Karma Camaleón) de la ya desaparecida banda inglesa Culture Club, liderada por el trasgresor cantante Boy George, icono de la androginia y el movimientos gay de los ’80. De hecho, la canción data del año 1983, y al parecer relata la relación homosexual entre Boy George y el baterista del grupo, que no tenía muy definida su identidad sexual.

A esto se debe que George lo tilde de “camaleón”, pues como dice la canción en su estribillo, “tú vas y vienes / vas y vienes”. De todos modos, lo que me intriga es el porqué del uso de la palabra karma. Según el autor, “La canción es sobre el terrible miedo que tienen las personas, el miedo a plantarse por una cosa… Básicamente si no eres verdadero, si no actúas como sientes, entonces recibes justicia kármica, que es la manera que la naturaleza tiene para cobrarte”.

Con esta explicación queda bastante claro lo que Boy George entendía por karma, más allá de la extraña mezcla con el camaleón. No quiero ser pesado, pero una vez más el foco se pone en el castigo que produce el karma al no actuar de manera correcta.

Siguiendo con las bandas inglesas, siempre tengo en mente la canción “Karmacoma”, de Massive Attack, porque además de pegadiza, me intriga el uso del neologismo que da título a la canción. La verdad, me cuesta encontrarle sentido en la letra y después de investigar en algunos foros relativamente especializados, me encontré con la versión creíble que sostiene que karmacoma es justamente que lo que se entiende por karma está en coma. Es decir, que queda anulada la ley de causa/efecto.

La clave, en realidad, estaría en la frase “¿Estás segura de que querés estar conmigo? / No tengo nada para dar”. Se entiende que la del karma es una ley de ida y vuelta (como el “vas y vienes” de Karma Chameleon), pero en este caso, al no tener nada para ofrecer, dicha ley queda paralizada, en coma. Al menos esta es la interpretación que más me convence.

Instantáneo

Mi ya conocido amor por The Beatles hace natural que en la lista esté una canción de John Lennon. En este caso, “Instant Karma”, de su época solista.

Más allá de todas las contradicciones de la vida y la carrera de Lennon, entre las cuales quizás la máxima sería ser un referente del pacifismo y morir asesinado, me da la sensación de que en la letra de esta canción hay un entendimiento más profundo del concepto de karma. Lo cual sería lógico teniendo en cuenta su atracción, aunque no duradera, por la filosofía espiritual de la India, a fines de los ’60. Una atracción que, de hecho, llegó a toda la banda pero que sólo George Harrison mantuvo toda la vida.

En las letras, John advierte, “El Karma Instantáneo va a atraparte / va a golpearte directo en la cabeza” (con las variantes “Te va a mirar directo a la cara” o  “Te va a tirar al suelo”) Para evitar estos ataques, su consejo es “Únete a la raza humana” y “Reconoce a tus hermanos”.

Es verdad, una vez más se habla de un tal karma que va a venir a cobrarse revancha de nuestros errores o faltas. Sobre todo, de aquellos en contra de nuestro verdadero propósito en la vida (“¿Para qué estamos aquí? / Seguro que no para vivir con dolor y miedo”)

Lennon, fiel al discurso hermanador de sus últimos años, hace hincapié en que para escaparle al karma hace falta pensar en términos universales, no individuales. En este punto, es bueno repetir que, según la filosofía espiritual, la ley del karma es aplicable tanto para las acciones correctas como para las incorrectas. Por ende su visión como carga, vigilante, o vengador está parcializada. El karma, siendo una ley de causa/efecto, también recompensa las buenas acciones, libera obstáculos o abre puertas inesperadas.

A este respecto, no se trata de una ley “instantánea”, como canta Lennon, sino que puede ser aplicada en retrospectiva, e incluso por adelantado. De ahí que la teoría de la reencarnación y la del karma vayan de la mano.

Universal

De todos modos, por más equitativa y justa que sea la ley del karma, el objetivo que propone la filosofía espiritual es el de salir de esa rueda, dejando en blanco las columnas del “debe” y el “haber”. Lo que sería sinónimo de liberación o iluminación.

Al parecer, es a esto lo que apunta la canción de Lennon cuando, en el estribillo, dice, “Todos nosotros brillamos / como la luna, las estrellas y el sol”. Dando así a entender que todos somos parte de una misma fuente, aunque en el caso del ex-Beatle esto no tenga implicancias religiosas.

Justamente, lo fundamental para entender la ley kármica es aceptar que todos los seres del universo estamos unidos por la misma energía esencial, poniéndole a ésta el nombre que cada uno prefiera. Siendo esto así, el provocar daño (de manera conciente o no) a un tercero es también provocarnos daño a nosotros mismos. Y como, en general, uno no quiere hacerse daño a sí mismo, lo correcto para la propia felicidad, y la ajena claro, es hacer el bien a terceros, y también a uno mismo. A todos, bah!

De ahí que la canción de John Lennon me parezca la más cercana y acertada en lo referente a la idea original del karma. Evidentemente, en cuestiones artísticas, a las que se suma mi personal interpretación, hay lugar para la polémica y el debate. Lo acepto y no lo discuto.

En realidad, con esta breve crónica no pretendía dictar cátedra, sino compartir estas elucubraciones músico-espirituales que me acosan desde hace muchos años, por el imán de la palabra karma y sus implicancias.

Aunque es verdad que éste no es un post de tema estrictamente “espiritual”, no dudo que los lectores sabrán entender mis razones y, hasta en algunos casos espero, también disfrutarlas.

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Karma existe

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Hace algo así como un mes, en mi visita a la ciudad de Santa Fe con motivo de una de las presentaciones del libro de “Hijo de Vecino”, mi prima Virginia trajo a colación una frase mítica del pasado familiar. En realidad, se trata de una frase que utilizaban mucho mis padres, sobre la cual yo desconocía cuán profunda mella había hecho en otros miembros de la familia, no tan directos.

Como digo, hace un mes descubrí que tanto mi prima como mi tía Ana María (madre de mi prima, claro) habían quedado marcadas, al menos en el recuerdo, con aquella expresión. Por lo tanto, deduzco que muchos otros miembros de nuestra familia, tanto materna como paterna, conocerán la expresión y quizás también han sentido su impronta.

Ante esta potencial situación, el objetivo de este post no es sólo exorcizar cualquier manía familiar que pueda haber causado la excesiva escucha de la frase, sino también darle un marco más amplio a una idea que es esencial en la filosofía espiritual de la India.

Aah, la frase en cuestión es “karma existe”.

Funcionamiento

Por supuesto, en estos tiempos ya todos hemos escuchado la palabra karma, aunque quizás en diferentes contextos. El concepto original de karma, tal como lo utiliza la filosofía de la India y de varias religiones orientales, refiere a la “ley cósmica de causa y efecto”.

Según esta ley, cada acción realizada por un ser, ya sea ésta correcta o incorrecta, genera una consecuencia correspondiente (“igual y opuesta”) para sí mismo. En este caso, la diferencia con la teoría newtoniana de “cada acción genera una reacción”, es que dicha reacción no es necesariamente inmediata.

Esta cualidad de dilación explica que cada acción, a la vez que causa presente, sea el efecto de una acción previa, que muchas veces no es fácil de identificar.

Es decir, si uno lanza una pelota con determinada fuerza contra una pared, esa pelota se alejará instantáneamente del punto inicial hacia la dirección opuesta, y una vez que haya rebotado en el destino final (la pared), regresará al punto inicial con la misma fuerza con que fue lanzada.

En este caso, la diferencia de la ley física con la ley espiritual del karma es que el “rebote de la pelota” no es siempre inmediato. Por ende, una acción correcta/incorrecta puede tener su consecuencia visible mucho tiempo después (meses, años, vidas…) de su realización.

Estas ideas van unidas indisolublemente a otro concepto esencial de la filosofía espiritual de la India: la reencarnación.

Reencarnación

Tal como expliqué en detalle en un antiguo post llamado Reencarnación o muerte, la filosofía espiritual de la India no contempla los conceptos de cielo e infierno, tal como los conocemos en Occidente. Por ende, tanto los actos buenos y malos de cada ser, se ven reflejados en sus propias vidas, según corresponda. Dicha vida, en la cual se recibe la consecuencia, no es necesariamente la misma vida en que se ha producido la acción causante.

De este modo, el actuar de manera incorrecta siempre, a la larga o la corta, acarrea castigo para uno mismo, quizás no en esta vida, pero sin duda en el futuro. De la misma manera, el actuar de manera correcta en esta vida, tendrá su recompensa, ya sea en ésta o en una existencia futura.

Siguiendo esta línea, la ley del karma y de la reencarnación explican muchos cabos sueltos de la vida, sobre todo las situaciones más “injustas”, como las enfermedades o desigualdades al nacer, ya que las condiciones y circunstancias en que cada ser nace en cada vida dependen directamente de sus acciones pasadas. Las cuales, según las enseñanzas espirituales, no son sólo físicas, sino también a nivel de pensamiento.

A este respecto, la aceptación de la teoría del karma tiene una consecuencia directa, que es la de asumir todo lo que le sucede a uno mismo como resultado de sus acciones pasadas, sin culpar a entes externos. Si uno acepta esta idea, entonces debe sopesar con cuidado cada acción que realiza, por pequeña que sea.

Asimismo, la aceptación de la teoría del karma y la reencarnación pone en jaque los conceptos de cielo e infierno del Catolicismo. Según diversas fuentes, la creencia de la reencarnación estaba incluida entre las enseñanzas cristianas hasta el Concilio de Constantinopla II, año 553 DC, en que fue retirada del dogma cristiano. En aquel Concilio se condenaron como anatema los “errores de Orígenes” (teólogo y sacerdote del Siglo III DC, considerado uno de los Padres de la Iglesia junto a Santo Tomás y San Agustín). Entre dichos “errores”, al parecer se encontraba la doctrina de la reencarnación (a sabiendas de que éste es un tema polémico, en este caso mi fuente fiable es Swami Kriyananda, y su libro “El Sendero”, Cap. 28).

Asimismo, según una creencia generalizada, la Iglesia Católica prefirió quitar la idea de reencarnación del dogma porque esto generaba una pérdida de control sobre los creyentes, ya que al haber muchas vidas futuras, o sea “próximas oportunidades”, donde corregir errores presentes, la mayoría dejaría para más adelante la parte laboriosa y se dedicaría a derrochar la vida actual.

Según creo, esta visión es discutible, pues quienes creen firmemente en karma y reencarnación son muy puntillosos en sus acciones, a sabiendas justamente de cuáles serían las consecuencias de actuar de manera incorrecta.

Variantes

Desde otro punto de vista, más bien ateísta, y que se podría definir como un pensamiento de izquierda en el plano político, tanto el concepto de karma como el de cielo/infierno son, en realidad, un método para someter al pueblo. Es decir, una forma de quienes están en el poder (político, económico y religioso) de mantener el status quo, y de justificar las asimetrías socio-económicas que sólo benefician a pocas personas.

Todos conocemos esta versión, y no me propongo refutarla. Sólo decir que la teoría del karma no implica que uno no tenga derecho a intentar cambiar la situación presente. Un ejemplo de esto es Mahatma Gandhi, que ferviente creyente del Hinduismo, fue el reformador socialista más grande de la India, luchando por la igualdad de todas las castas, entre otras iniciativas.

Esta actitud reformista no quita que cualquier situación presente sea el resultado de las acciones anteriores de cada ser, tanto de manera individual como grupal.

Otra variante de la ley kármica es la del saber popular, al menos occidental, que se ejemplifica con la frase “Dios te/me castigó”. O sea, cuando alguien realiza una “mala acción” y recibe un escarmiento tangible y, digamos, relativamente inmediato, se dice sin dudas que fue un castigo Divino. Esto se da más en cuestiones pequeñas, como cuando alguien está hablando mal de otra persona y, por ejemplo, pisa una baldosa rota de la acera y se salpica con agua sucia… Son hechos sencillos en que, al parecer, es fácil admitir que hay una ley de retribución por parte de lo Divino. Sobre todo, supongo, porque ocurren en la misma vida, y cuya causa y efecto son fáciles de relacionar entre sí.

A este respecto, parece que la teoría del karma dice que cuanto más rápido se recibe el efecto, bueno o malo, de una acción pasada, mejor es nuestro karma (la suma de todas nuestras acciones pasadas), pues no nos lo estamos llevando para una vida futura y lo estamos “quemando” en esta misma encarnación.

Por otra parte, más allá de estos casos más inmediatos, la creencia de la teoría del karma sin la reencarnación no me parece plausible, al menos no en los términos de una ley cósmica como lo plantea la filosofía espiritual. Si se considerara que existe una única vida para cada ser, habría miles de ejemplos, incluido el nuestro propio, en que la ley del karma dejaría inconclusos el cobro/pago de acciones pasadas.

A menos que se entienda que dicha retribución se consigue en la vida después de la única muerte (con el juicio final, quizás con un cielo o infierno), y por ende, el karma tendría tanto una jurisdicción terrenal como celestial. El concepto cristiano equivalente al karma sería, entonces, “cada uno cosecha lo que siembra”.

Finalmente, y según mi criterio, la teoría de la reencarnación sin el karma sería poco creíble como plan Divino. Sería, más bien, algo parecido al cuento “La lotería de Babilonia” de J.L.  Borges, que además de ser una creación humana era, sobre todo, regida por el azar.

Pesadores

Totalmente alejada del azar es la idea, elucubrada hace años por mi amigo Juan Manuel, de los Pesadores de karma. Se trata, en realidad, de los funcionarios públicos encargados de sopesar cada acción en el Universo y de determinar sus consecuencias. Para ello, evidentemente, estos empleados públicos se basan en la Ley del Karma.

Basado en la idea de Juan intenté, en su momento, escribir un cuento alusivo que nunca llegué a terminar, sobre todo porque no lograba compatibilizar mis reales creencias espirituales con estos personajes que había definido como “agrios y meticulosos”.

El porqué del carácter meticuloso de estos trabajadores es obvio: “Un mínimo error en sus cálculos podría desfasar de forma terrible el normal desenvolvimiento del Universo. Esto se debe a que la ley de causa-efecto está tan perfecta y justamente aplicada por Dios, que cada ínfimo resorte tiene resonancia en todo el sistema… Así como un hombre cualquiera puede cambiar su destino, por más que éste marcado de antemano, los Pesadores de Karma son capaces, con una distracción, de desmantelar la armonía”.

Teniendo en cuenta la relevancia de su trabajo, cada uno de estos empleados “posee, por supuesto, una balanza propia, usualmente de color dorado. Se trata de balanzas de brazos iguales, como las usadas por los antiguos egipcios”. De todos modos, “los sutiles mecanismos que rigen esta legislación Divina son complejos y misteriosos… Para los Pesadores de Karma sólo está reservado el papel de aplicar dicha ley, ya que en general ellos ignoran las motivaciones y los secretos de su funcionamiento”.

En cuanto a la acritud de los pesadores, uno de los motivos esgrimidos son las condiciones de la oficina de tasación donde llevan a cabo su tarea, pues “se trata de un gran salón, con un techo no muy alto, adornado con lámparas blancas y fluorescentes que dañan la vista. El mobiliario principal consiste en largas mesas de madera, donde se sopesan los karmas, algunas sillas para descansar en la breve pausa del almuerzo y estratégicos biombos que separan las diferentes secciones administrativas”.

Ya sé que auto-citarme es mostrar falta de tacto; mi frágil excusa es tratar de exponer cómo, ante la incapacidad de mi mente racional de entender de manera integral el funcionamiento de la ley kármica, dejé a mi pluma crear un mundo ficcional.

De todos modos, yo no era el único…

Murphy

En nuestras épocas universitarias, junto a mi hermano Rakhal y mi primo Patricio, habíamos investigado vagamente sobre las Leyes de Murphy, resumidas en el axioma de “Si algo puede salir mal, saldrá mal”.

De esta forma, cuando algo salía mal le echábamos automáticamente la culpa a Murphy, de quien habíamos leído que había sido un soldado estadounidense (si bien ahora veo que, según wikipedia, la verdadera historia era algo diferente).

Siguiendo este criterio, mi hermano empezó a buscar a un tal Karma, sobre todo cuando le sucedía algo que él juzgaba una consecuencia directa de una acción anterior. Evidentemente, no estaba loco, simplemente estudiaba Teatro… No, bromas aparte, era, como en mi caso, su simplificación ficcional de una ley cósmica, supongo que para entenderla mejor.

Por un lado, la originaria frase “karma existe”, que nuestros padres tanto nos repitieron en la infancia y adolescencia, dejó una fuerte impresión en nosotros, sobre todo en la idea de que cada acción trae una consecuencia.

Por otro lado, veo que la idea de “existencia” fue tan fuerte que, cada uno a su modo, la trasladó de forma “artística” a la vida cotidiana.

Por su parte, no estoy seguro hasta qué punto este concepto puede haber afectado a la parentela en general (más allá de la reciente mención hecha por mi prima), pero lo cierto es que, pasados los años, veo que aquella simple expresión, que ya prácticamente no usamos, fue muy importante en la formación de nuestro carácter (el de mi hermano y el mío), y nos sirvió como síntesis de una ley que, conscientemente, ha regido y rige nuestras vidas.

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Reencarnación o muerte

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Al inicio de estas crónicas, hace unos seis meses, contaba como algunos hechos y creencias relacionados con la India y su cultura, se habían convertido en totalmente naturales para mí, desde la misma niñez. La reencarnación es una de esas cosas.

 

En el Hinduismo, como en otras tantas religiones, la creencia en la reencarnación es algo que se da por sentado, fuera de discusión. De hecho, gran parte de la estructura filosófica del Hinduismo tiene su asidero en esta creencia.

 

Intentaré, quizás en vano, ser claro y conciso: Cada ser individual posee un alma (permítaseme utilizar este término), que no es otra cosa que parte de una gran alma, un alma universal o divina, de la cual se origina todo (Paramatma, en sánscrito). El único interés, entonces, que tiene cada alma individual es regresar a su origen, el alma universal, para poder fundirse nuevamente con ella.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, estas almas individuales no son conscientes plenamente de su objetivo final. O mejor dicho, el alma individual ha sido cubierta por las condiciones y la situación particular de cada ser, de manera que el objetivo final queda olvidado de manera temporal. De todos modos, cada acción y cada gesto que realiza un ser es impulsado por esta necesidad profunda de regresar a la fuente, y con otras palabras lo llamamos  la “búsqueda de la felicidad”.

 

Al parecer, en esta búsqueda, no es el alma la que evoluciona, ya que siempre es perfecta y pura, sino que es la conciencia, el nivel de conciencia de cada ser el que se puede ir elevando y aumentando.

 

Samsara

 

La forma en que la conciencia evoluciona es pasando a través de distintas vidas. Esto es lo que se conoce como “la rueda del samsara”. Es decir, el círculo de renacimiento y muerte por el que debe pasar, inexorablemente, toda alma.

Las condiciones y circunstancias en que esa alma nace en cada vida dependen directamente de su karma. ¡Y por fin aparece esta palabra tan de moda!

El karma, entonces, es el resultado de las acciones pasadas, tanto positivas como negativas, el cual determina el siguiente estadio del alma. Y en un nivel menos macro, es el karma (o sea, este cúmulo de acciones pasadas) el que determina los acontecimientos cotidianos de cada existencia. A su vez, cada acción presente que se realiza está generando nuevo karma (bueno o malo) para el futuro.

 

Seguramente para todos es normal, en estos días, oír (o decir) frases del tipo “Uy, tengo un karma con este coche/casa/materia escolar” o “Fulanito es mi karma”. En estos casos, el concepto no es totalmente fiel a la idea original del karma, aunque tiene un alto grado de cercanía. Con este tipo de expresiones, se hace generalmente hincapié en los aspectos negativos. Es decir, se hace referencia a un estigma o una carga a la que uno está ligado de manera, digamos, inevitable y un tanto ilógica.

 

En cuanto al concepto de karma original, también se refiere a lo bueno y, sobre todo, tiene una perfecta lógica. Una lógica que se podría decir simétrica, y que en la cultura occidental se traduce en el proverbio “cosecharás tu siembra”.

 

En el Hinduismo no hay cielo e infierno, tal como lo conocemos en Occidente. Los actos buenos y malos de cada ser, en cada existencia, se ven reflejados en las vidas posteriores, para bien o para mal. De este modo, el actuar de manera incorrecta siempre, a la larga o la corta, acarrea castigo para uno mismo, quizás no en esta vida, pero sin duda en el futuro.

De la misma manera, el actuar de manera correcta en esta vida, tendrá su recompensa en una existencia futura.

 

Sin embargo, el propósito fundamental  de esta rueda no es el de acumular buen karma, sino el de salir de ella. Incluso el buen karma genera nuevos nacimientos para esa alma, y a fin de cuentas, el anhelo principal es el de volver al alma universal.

Para salir de la rueda de reencarnaciones, entonces, hace falta iluminarse; o dicho de otro modo, hace falta llegar a conocerse a uno mismo de tal forma, que uno pueda darse de cuenta que es una parte indivisible del todo universal. De esta forma, uno ya no actuaría ni bien ni mal, simplemente actuaría siguiendo el fluir de la energía universal que es quien lo guía todo, siempre para beneficio del mundo.

 

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Lógica

 

Más allá de que la creencia en la reencarnación me fue inculcada de pequeño y siempre me pareció natural, con los años le he encontrado cada vez más lógica.

Para mí, las teorías del karma y de la reencarnación explican muchos cabos sueltos de la vida.

 

Explican, por ejemplo, el porqué algunas personas nacen ricas y otras pobres; explican porqué algunas personas tienen ciertas enfermedades y otras personas no. Quiero decir, explican muchas de las cuestiones que, por lo general, son las consideradas “injustas” de este mundo.

Siguiendo estos preceptos, los hindúes son personas que, se podría decir, “aceptan su destino” como su propia obra y no como si fuera fruto de la ceguera de un voluble Dios.

Esto no quita que a la hora de vivir uno haga todo lo posible por mejorar su situación presente y luche contra las injusticias mundanas, si cabe.

Quiero decir, para usar un ejemplo, que las formas de producción de la clase obrera y la clase empresaria pueden ser la base de la lucha de clases, pero la posición de cada individuo en ese proceso depende de su karma, de lo hecho en sus vidas anteriores y no sólo de la suerte.

 

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Entonces, volviendo al viaje particular que hace cada alma, se dice que ha de pasar por  millones de vidas antes de convertirse en un ser humano. ¡Millones de vidas!

No es que estos detalles sean trascendentes, pero sé que a todos les gusta ahondar en este tema. Al parecer, antes de ser un humano, uno debe pasar por estadios inferiores, entre ellos, el reino animal, vegetal y mineral.

Esta ilustración podría servir de argumento para los que dicen que si la reencarnación fuera verdad, entonces no podría haber cada vez más personas en el mundo, sino que seríamos siempre los mismos cambiando de cuerpo. La respuesta, entonces, sería que esas almas que evolucionan de planos menos elevados  se van convirtiendo en seres humanos.

 

De todos modos, una vez que un alma se ha encarnado en un cuerpo humano, todavía tiene mucho camino por recorrer. Es recién como ser humano que el alma tiene la posibilidad de desarrollar la conciencia al máximo como para iluminarse y dejar la rueda del samsara.

Hay diferentes versiones sobre este punto, pero al parecer, una vez que uno encarna como ser humano es muy difícil que involucione de estadio. Es decir, es muy difícil que de ser humano uno retroceda a animal o a insecto, por ejemplo. Según parece, los actos para merecer tal mal karma tendrían que ser muy, pues bueno, “animales”.

 

karma

 

Muerte

 

En cierta ocasión, regresando en autobús de una visita a Pondicherry, nos cruzamos en el camino y en pueblos distintos, con dos marchas fúnebres al mejor estilo hindú.

En ambos casos, los dolientes llevaban al muerto sobre los hombros, en una especie de palanquín, siempre lleno de flores y guirnaldas a su alrededor. Seguramente se dirigían a la tradicional ceremonia de cremación.

 

Más allá del hecho “pintoresco” de presenciar un evento típico y exótico para mis ojos, lo que me sorprendió fue la actitud que tenían los cortejos de ambas marchas.

En la primera, algunos deudos iban tirando petardos por doquier, como si fuera una fiesta de año nuevo.

En la segunda marcha, encabezaba el séquito un bailarín que al compás de la sonora música hacía todo tipo de contorsiones. A su vez, todos iban sonriendo, como si la muerte no importara.

 

Supongo que es aquí, donde toda la explicación previa sobre la reencarnación, puede ayudar a entender un comportamiento tan opuesto al que estamos acostumbrados, al menos, en Occidente. Incluso a mí, que tomo la reencarnación como un hecho, me costó, en cierta forma, ver ese despliegue sin inmutarme.  

 

Vienen como anillo al dedo, entonces, estas palabras de Swami Premananda: “A mucha gente no le gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. ¡Mi primer consejo sobre la muerte es que dejéis de preocuparos acerca de la muerte!… Cuando llegue el momento de dejar esta Tierra, no habrá miedo ni sufrimiento en vuestra mente si siempre habéis estado en sintonía con lo Divino. Es por ello que debéis hacer lo mejor de vuestra parte durante esta vida para descubrir el significado de vuestra vida. Para los que entienden la verdad y el sentido de la vida, la muerte no será un problema”,

 

Swami agrega: “Para un devoto o discípulo verdadero y genuino, definitivamente la energía divina llegará después de la muerte de una forma u otra y os conducirá a salvo a la siguiente etapa de vuestro viaje espiritual”.

 

Personalmente pienso más en la reencarnación que en la muerte; aunque lo ideal sería salir de la rueda de renacimientos para siempre. En todo caso, esta visión no dramática de la muerte me gusta mucho, y aparte de ser conveniente, me parece convincente.

 

Es fácil decirlo, claro; espero, un día lejano, poder comporbarlo.

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