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El delfín mágico y cómo controlar la ira

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A nuestra hija mayor le regalaron un delfín “mágico” para la bañera, que cambia de color cuando toca el agua. Se llama Micky. Hasta aquí todo muy bien, si no fuera porque el delfín no flota (no me pregunten por qué…) y eso trajo una primera decepción para nuestra pequeña. Entonces decidimos enfocarnos en el cambio de color, pero resulta que el delfín solo cambia de azul a violeta con agua muy fría, que no suele ser la temperatura con que uno baña a los niños. Por tanto, para hacerlo cambiar de color tengo que montarme un sofisticado sistema de trasvases térmicos que me inunda todo el baño y casi me sería más práctico comprar un delfín de verdad.

No quiero criticar al inventor del juguete, pero sí que es entendible que nuestra hija, que tiene tres años, se haya enfadado mucho con el delfín y lo haya tirado al suelo llorando. Yo también lo hubiera hecho con gusto, pero como ahora debo asumir el rol de padre ejemplar le dije palabras muy sabias: “Te entiendo, pero enfadarse es inútil, no cambia nada y te hace perder la calma…”

Como es de esperar, mis exhortaciones no fueron exitosas hasta que puse a Micky debajo de un gélido chorro de agua del grifo, hasta convertirlo en violeta. Pero eso no quita que yo tuviera razón en mi argumento, totalmente basado en las enseñanzas espirituales y también un poco en la propia experiencia. Veamos…

El enojo, enfado o ira tiene dos momentos: antes y después, es decir, su causa y sus consecuencias. Quizás la forma más difundida de controlar la ira es centrarse en la consecuencia, casi siempre negativa. Tal como lo explica la filosofía hindú, cuando una persona está encolerizada se obnubila, pierde la capacidad de discernir, y realiza acciones de las que se arrepiente. Al saber esto, quizás por experiencia, uno muchas veces refrena un poco su furia, sabiendo que el resultado sería desastroso. Yo, por ejemplo, una vez estando enfadado pateé una pelota con rabia y rompí un paragüero de vidrio. Ahora, cuando me enfado, trato de no patear nada (al menos si hay algo de vidrio cerca).

El Dalai Lama cuenta una anécdota divertida en que un antiguo conductor a su servicio estaba debajo de su viejo coche arreglando una avería y, haciendo esto, se golpeó accidentalmente la cabeza contra la base del automóvil, lo cual le dio tanta rabia que, ofuscado, empezó a golpearse él solito una y otra vez la cabeza contra el coche. Todos hacemos esto, de una u otra forma, pero en cuanto vislumbramos lo negativo de las consecuencias, sobre todo para nosotros mismos, buscamos maneras más suaves de descargar el enojo, aunque solo sea por instinto de supervivencia.

Ahora, si uno quiere de verdad cortar de cuajo la ira tiene que mirar, como explican los maestros, el otro extremo: la raíz del enfado.

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Swami Premananda lo explica muy claro:

“La ira viene cuando eres un prisionero de los deseos… Cuando la ira surja, pregúntate: ‘¿Por qué  me estoy enfadando? ¿Cuál es la razón de mi enfado?’ Quizás es porque lo que querías que sucediera no sucedió. O quizás no te gustó lo que sucedió. Quizás te sentiste decepcionado y molesto porque lo que esperabas y querías no tuvo lugar. Entonces, por ende, te enfadaste porque tus expectativas y deseos no fueron cumplidos. O quizás no estás feliz con la situación en que te encuentras y esa es la razón por la que te sientes enfadado. Cuando sea que te sientas enfadado, hazte la pregunta: ‘¿Por qué estoy tan enfadado?’. Trata de encontrar la respuesta a esa pregunta.

Ya en la Bhagavad Gītā (3.37), cuando Arjuna le pregunta a Kṛṣṇa (Krishna) cuál es la fuerza que impele al hombre a cometer el mal incluso contra su voluntad, Kṛṣṇa va al grano: el deseo.

Swamiji ahonda en el tema:

“Te molestas y perturbas porque alguien o alguna situación te impide conseguir lo que quieres o alguna persona no hace las cosas de acuerdo con tu forma de pensar… La razón por la que te enojas tanto es porque deseas y esperas que la vida sea de acuerdo con tu manera de pensar. En lugar de tratar coléricamente de cambiar al mundo, un aspirante espiritual tiene que cambiarse a sí mismo”.

A esta altura, creo, ya todos sabemos que el secreto consiste en cambiarse a uno mismo antes que a los demás. La pregunta es ¿cómo? Swami nos da consejos prácticos:

“Cuando sientas que surge la ira, sugiero que vayas a un sitio tranquilo a solas, te aísles de los demás y te sientes en silencio. No hables. Respira profundamente y rastrea la causa de tu enojo”.

Continúa:

“Sé amo de la ira, no dejes que te domine. Oponte a ella y combátela en lugar de pelearte con los que te rodean. Destrúyela con la serenidad. Conquístala con opuestos pero nunca des lugar a la ira… Borra la ira abrumándola con tus otras cualidades innatas que parece que estuvieras resuelto a minimizar: saca a la luz tu verdadero amor, tu compasión y tu afecto en lugar de ocultarlos. Alentando estas cualidades y desarrollándolas a un nivel elevado, no encontrarás sitio en tu mente para la ira porque estará colmada de pensamientos amorosos”.

Más consejos:

“Como siempre, las prácticas devocionales y recurrir a la ayuda divina te darán la fe y la valentía necesarias para ser exitoso. El controlar la ira es otra gran sādhana (sádhana). El primer paso es controlar tus palabras. Detén las formas incorrectas de hablar. Cuando abras la boca, asegúrate de que de ella solo salgan palabras amables. Piensa cuidadosamente antes de responder a los demás”.

Swami Premananda

Para acabar, un punto interesante. Como quizás todos hemos experimentado, uno es capaz de enfadarse más (y de maltratar más) a un miembro de su propia familia antes que a un extraño. Esta extraña paradoja en que a mayor afecto (y confianza, claro) mayor enfado y palabras duras. El yogui Andrei Ram dijo una vez que para saber si una persona está iluminada de verdad, hay que preguntarle a su pareja. Todo lo demás es fachada.

Sobre este tema concluye Swami Premananda:

“Para las personas de familia aconsejo pensar en vuestros cónyuges e hijos como hijos de Dios… Espiritualmente la vida de familia es de gran importancia y significación. Es solo a través de vuestros seres queridos que realmente aprendéis a mostrar amor, compasión, afecto e interés. Es a través del sagrado sistema de familia que el hombre aprende y entiende los sentimientos de los demás. Los niños seguirán vuestro ejemplo. No os enojéis y les enseñéis vuestras malas cualidades. Mostradles vuestra bondad, amabilidad e inteligencia. Entonces ellos también pueden aprender estas cualidades útiles de vosotros”.

Mientras tanto, el delfín Micky sigue sin flotar. Ahora, durante el baño, jugamos a que le enseñamos a nadar y parece que progresa.

Lo que me pide el cuerpo…

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Cada vez que como patatas fritas me vienen fuertes deseos de beber Coca-Cola. No es un acto reflexivo, sino que es algo que, dicho en lenguaje popular, “me pide el cuerpo”. Aunque hace tiempo que dejé la famosa bebida cola, años de fiel consumo crearon en mi cuerpo esa “necesidad” que todavía repica en mi interior, tanto física como mentalmente. Si bien la sabiduría popular tiene buena prensa, en este caso la mayoría estará de acuerdo en que darle Coca-Cola al cuerpo no es, en general, el consejo ideal, ya que más que un pedido fisiológico natural es un reflejo condicionado por hábitos del pasado.

Un ejemplo menos extremo y muy común es el de las mujeres embarazadas que sienten antojo de chocolate y, según explican los médicos, se trata en realidad de necesidad de magnesio, un mineral presente en el cacao. Por tanto, en este caso el cuerpo sí pide algo que le haría bien pero los condicionantes hacen que ese pedido se exprese en la forma de un deseo sensorial que no es tan “sano”.

¿Cómo saber entonces cuándo “lo que pide el cuerpo” es realmente bueno para uno y cuándo es el reflejo de un hábito condicionado? Y yendo más allá del cuerpo, ¿cuándo saber si un pensamiento, una idea, una decisión, son puras y beneficiosas para uno o más bien el resultado de preconceptos, costumbres o, como dicen los yoguis, surcos mentales que solo refuerzan el ego individual?

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Para intentar resolver el dilema me gustan las palabras del yogui Sri Andrei Ram-Om, que explica que hay una gran diferencia entre la “intuición” y la “intención” que, como indica la palabra, no surge naturalmente sino que tiene una motivación subyacente. La intención, que también se podría equivaler al instinto, viene siempre de la mente, del cuerpo o de los sentidos y está “polucionada” por la información previa, la fuerza del hábito y la satisfacción del interés personal. De hecho, toda idea o acción que surge de la intención lleva al ego.

La intuición, en cambio, no tiene relación con mente, cuerpo o sentidos y proviene de la comprensión y experiencia interna directa (“realización” en la jerga espiritual moderna). Su gran ventaja es que una idea/acción que surge de la intuición lleva a la “alineación con el universo”, es decir que respeta el orden cósmico y el bienestar colectivo (o sea, propio y ajeno). Entonces, dice Andrei Ram, está bien analizar, en el momento que tomamos una decisión, si se trata de una intuición real o de un reflejo que viene de la mente.

Yogui Sri Andrei Ram-Om

Obviamente, la mayoría de decisiones que cualquier hijo de vecino toma cada día están guiadas por la mente y su fuerte identificación con el cuerpo y los sentidos. Modificar esa tendencia lleva mucha práctica y mucho esfuerzo, pero como comienzo está bien ser conscientes de que ese desesperado deseo por un helado no es, necesariamente, una condición vital para la trascendencia espiritual.

A la vez, me parece pertinente decir que todas las personas podemos tener deseos, impresiones subconscientes o impulsos que, por banales que parezcan, pueden considerarse “necesidades verdaderas”, en el sentido de que es mejor cumplirlas para no tener la mente perpetuamente pensando en eso.

Siguiendo con los helados, si uno decide no comerlos porque es un pedido meramente corporal pero a nivel mental los está degustando en cada meditación, cada āsana y cada vez que se cepilla los dientes, entonces quizás es mejor pedir un cucurucho de tres bolas y satisfacer esa “intención” para bien. Obviamente, y como siempre dicen los maestros, hay que usar el discernimiento para saber identificar qué deseo es necesario y cuál no; cuándo es intuición y cuándo es instinto.

O como dice un popular dicho indio:

“El cuerpo es como un niño: hay que darle todo lo que necesita, pero no todo lo que pide”.

A este punto surge, con probabilidad, la pregunta de cómo hacer para diferenciar, sin error, entre intuición e intención. Para empezar, con un poco de sincero auto-análisis es fácil agudizar ese discernimiento porque todos tenemos dentro la llamada “voz de la conciencia” que nos guía de alguna forma. De la misma forma, la meditación y el silencio son grandes ayudas para aquietar y observar los reflejos condicionados y, como a muchos nos ha pasado, en meditación llegan, sin esfuerzo consciente alguno, ideas o soluciones que se podrían calificar de “intuitivas”.

De todos modos, las conductas y tendencias del cuerpo y la mente, alimentadas durante años, son fuertes y con frecuencia estamos tan identificados con ellas que las consideramos, erróneamente, necesidades reales o hasta intuiciones en toda regla. Por tanto, una gran ayuda y guía externa son las enseñanzas de los textos sagrados. La Bhagavad Gītā (XVI.23) dice:

yaḥ śāstra-vidhim utsṛjya
vartate kāma-kārataḥ
na sa siddhim avāpnoti
na sukhaṁ na parāṁ gatim

Es decir:

“Aquel que hace a un lado los preceptos de las Escrituras
y permanece actuando según sus deseos
no alcanza la perfección
ni la felicidad ni la meta suprema”.

Por tanto, en la tradición hindú es importante seguir las Escrituras, que son una autoridad fiable para todos los buscadores.

Asimismo, como explicaba Swami Satyānanda Saraswatī en un reciente seminario sobre la sabiduría de la Gītā, la primera fuente de consulta debe ser, si es posible, el guru, ya que la Escritura también necesita capacidad de interpretación y uno no siempre es capaz de interpretar como corresponde, un poco por ignorancia y otro poco porque las circunstancias de cada persona son diferentes. El ejemplo clásico es la enseñanza de ahiṁsā o no-violencia, que si bien es correcta y universal, probablemente no sería bien interpretada por un soldado en medio de la batalla.

En cualquier caso, el maestro genuino siempre se basa en la Escritura y si uno no tiene la suerte de tener un maestro personal, también puede pensar en los grandes sabios y plantear la pregunta: “¿Qué haría esa gran alma (rellenar con el sabio a elección) en esta situación?”. Después del guru y de la Escritura llega lo que Satyānanda llamó la pregunta del “último recurso”, es decir: “¿Qué dice mi mente?”. De la respuesta, dijo el Swami, no hay que fiarse mucho…

altar

Recapitulando, los caminos y ayudas para fomentar la intuición son, por ejemplo, el auto-análisis, la meditación, el silencio, la enseñanza del maestro y los textos sagrados.

A esto, Sri Andrei Ram agrega un detalle importante: “La práctica de la compasión es la que hace desarrollar la intuición, porque es ponerse en el lugar del otro” y así empezar a estar en armonía con el orden cósmico. Por tanto, con el surgimiento de la compasión hay desarrollo de la propia conciencia y, a partir de ahí, se desarrolla la intuición.

Dicho todo esto, y con el calor que hace en Barcelona, me voy a buscar mi helado de rigor, aunque “intuyo” que es más bien un arraigado hábito veraniego que una necesidad profunda de mi ser.

La crucial diferencia entre contentamiento y felicidad

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Hay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.

Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.

Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.

En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:

“¿Cuál es la máxima felicidad?”.

A lo que Yudhiṣṭhira responde:

“La máxima felicidad es el contentamiento”.

Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:

La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.

En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:

“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”

En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.

Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.

Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.

De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.

Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.

Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.

Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.

La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.

Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).

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Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.

Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.

O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.

El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.

Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.

Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.

La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.

En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):

Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.

La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.

Los seis enemigos de la evolución espiritual

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El practicante espiritual debe enfrentarse a muchos retos en el apasionante viaje hacia el auto-conocimiento y uno de esos grandes desafíos es la lucha cotidiana con los llamados ariṣaḍvarga (arishadvarga), el “grupo de los seis enemigos”. Se dice que estos duros oponentes para la evolución espiritual se encuentran escondidos en nuestra propia mente, aunque también es cierto que salen a la luz con bastante frecuencia, a veces de forma muy patente y otras de manera más sutil.

Sin más vueltas, enumero estos seis enemigos de la mente:

  • Deseo o lujuria (kāma)
  • Ira (krodha)
  • Codicia (lobha)
  • Confusión o error (moha)
  • Soberbia (mada)
  • Envidia (mātsarya)

Es verdad que a primera vista uno podría encontrar similitudes con los famosos siete pecados capitales del cristianismo, aunque en realidad hay diferencias filosóficas importantes. Por ejemplo, en el cristianismo la soberbia es el principal pecado del que derivan los demás, mientras que en esta visión hindú la fuente de todo pecado es kāma, el deseo, que según el contexto también se puede traducir como lujuria.

El hinduismo sostiene que la naturaleza del deseo es inagotable y por más que uno satisfaga uno de sus tantos deseos siempre habrá nuevos deseos surgiendo (el desasosiego de muchas personas ricas o famosas es un claro ejemplo). Se dice que el deseo es como el fuego y que su satisfacción es como madera o mantequilla clarificada (ghī) que se echa a las llamas y no hace más que alimentar esa hoguera de deseos. La solución, entonces, es reducir los deseos a través del control de los sentidos y de la mente.

En la Bhagavad Gītā (3.37) el Señor Kṛṣṇa explica que del deseo no satisfecho – lo cual, como sabemos, es algo muy frecuente – surge la ira (krodha). Es decir, cuando no sucede lo que esperamos o sucede de forma diferente, generalmente nos enfadamos, nos molestamos y hasta nos encolerizamos.

Cuando uno está iracundo surge, entonces, la confusión mental (moha), es decir la falta de discernimiento que nos impide ver qué está mal o bien y nos lleva a actuar irracionalmente impulsados por las emociones del momento. Este error o engaño en que cae la mente se debe a que la ira nos obnubila, y puede ser tan fuerte que uno llega a olvidar sus valores morales, sus principios o sus modales para hacer o decir cosas de las que luego, en muchos casos, se arrepentirá.

La soberbia, orgullo o arrogancia (mada) es un resultado natural del error mental que nos infunde la creencia de que uno es superior o mejor que los demás. Si, como explica el hinduismo, nuestro verdadero ser es idéntico en potencial divino a los demás seres, ¿cómo puedo yo, en esencia, ser mejor o peor? Para avanzar espiritualmente la humildad es fundamental y, por ello, este enemigo también hay que vencerlo.

Por su parte, la codicia (lobha) o también avaricia, que puede incluir el pecado de gula, es un deseo exacerbado de riquezas o bienes materiales que, como dice Swami Sivananda, “nos vuelve ciegos a los intereses y los sentimientos de los demás”. Es la naturaleza del deseo en estado puro, que además nos quita cualquier atisbo de compasión por los demás.

En este punto, la envidia (mātsarya) tiene un efecto similar, ya que nuestros deseos insatisfechos e inacabables provocan sentimientos negativos hacia los demás y nos nublan el entendimiento de que cada uno tiene lo que le corresponde y de que el bienestar ajeno no es sinónimo de mi desdicha.

Si hay algún lector que ya ha vencido totalmente a alguno de estos seis enemigos, lo felicito. Si, en cambio, todavía está en la lucha lo mejor parece ser enfocarse en kāma, el deseo, que es el origen de los demás. Si esto les parece poco, entonces podemos seguir el consejo del Señor Kṛṣṇa que destaca tres enemigos como “las tres puertas del infierno”: lujuria, ira y codicia (Bhagavad Gītā 16.21). En todos los casos es una batalla dura. Y si no, que lo diga Viśvāmitra (Vishuamitra).

Viśvāmitra era un rey que un día llegó, junto a su ingente ejército, a la ermita del gran sabio Vasiṣṭha (Vasishtha). El sabio le recibió con hospitalidad y palabras auspiciosas y quiso ofrecerle un banquete real acorde con el estatus del monarca. El rey al principio se negó pues en la ermita no había más que frutas y raíces, pero Vasiṣṭha insistió y llamó a Kāmadhenu, “la vaca de la abundancia”, que era de su propiedad, ordenándole que creara un banquete para satisfacer el paladar de Viśvāmitra y de todos los miembros de su ejército. La vaca lo hizo sin esfuerzo.

Al ver esto, en Viśvāmitra se despertó el fuerte deseo de poseer la vaca, que le sería muy útil en los asuntos del reino, y le exigió al sabio que se la diera. Vasiṣṭha se negó y entonces Viśvāmitra ordenó a sus soldados que capturaran la vaca por la fuerza. Ante su indefensión, el sabio mandó a la vaca a que creara un poder para contraatacar y entonces, con su mugido, Kāmadhenu creó miles de guerreros que destruyeron los poderosos ejércitos reales. Encolerizado, el rey en persona comenzó una pelea directa con el sabio, utilizando todas sus fuerzas, sus armas y su conocimiento del arte de la guerra, pero Vasiṣṭha fue capaz de derrotarlo con la simple ayuda de su bastón de renunciante.

En ese momento, Viśvāmitra se dio cuenta de que el poder que daba la ascesis era mayor que cualquier otro y decidió retirarse a las montañas para convertirse él también en un brahmaṛṣi (brahmarishi), un sabio establecido en Brahman, el Absoluto, y así poder vengarse de Vasiṣṭha. O sea, incluso en el momento de decidirse por abandonarlo todo para conocer la Verdad última el rey lo hace con la idea de venganza. Así de fuerte es la obnubilación que produce la ira.

Abandonando sus riquezas, su reino y su familia, el hasta entonces rey Viśvāmitra se recluye en un alto pico de los Himalayas para realizar prácticas ascéticas (tapas) y ganar poderes yóguicos. Tan intensas fueron las austeridades de Viśvāmitra que Indra, el señor del Cielo, comenzó a preocuparse por perder su puesto ante tanto poder interior y, como estrategia, envía una apsara, una hermosa ninfa celestial, de nombre Menakā, para tentarlo. Vencido por el deseo sensual (kāma), Viśvāmitra olvida su vida de austeridad y vive felizmente con la ninfa por diez años, perdiendo así parte de sus méritos ascéticos.

Viśvāmitra con Menakā.

Cuando Viśvāmitra se da cuenta de que ha sido vencido por la lujuria emprende un nuevo ciclo de austeridades, esta vez más duro, que dura por mil años y que consiste en ayunar completamente y estar con los brazos en alto. El fuego interno que genera es tan ardiente que todos los devas temen por su estatus y deciden enviar a otra ninfa seductora, de nombre Rambhā. Pero Viśvāmitra ya ha vencido el primer enemigo y rechaza a Rambhā, aunque se encoleriza tanto por este intento de distracción que le lanza una maldición y la convierte en piedra. Apenas hecho esto, Viśvāmitra se da cuenta de que había vencido a la lujuria pero se había dejado vencer por la ira (krodha). Una vez más, los méritos adquiridos se perdían.

Entonces, ahora sí, Viśvāmitra decide ponerse en serio practicando tapas y se va a un pico bien alto y solitario donde toma también el voto de silencio. Y así pasa mil años, ayunando y callado, hasta que llega el día en que le toca romper el ayuno. Entonces llegó Indra, disfrazado de brahmán, y le pidió su comida como típico acto de hospitalidad. Viśvāmitra no tuvo problemas en ceder su alimento y seguir en ayunas, lo cual demostró que había dominado la codicia y la avaricia (lobha).

En este punto, el dios creador Brahmā hizo su aparición para decirle a Viśvāmitra que era un mahāṛṣi (maharishi), un “gran sabio”, y que para ser un brahmaṛṣi, el máximo nivel de sabiduría, debía pedir la bendición de, ni más ni menos, Vasiṣṭha en persona. Viśvāmitra se sintió frustrado ante esta propuesta y, aún cegado por la ilusión (moha), decidió matar al sabio Vasiṣṭha para así, quizás, convertirse en un brahmaṛṣi. Para eso se dirigió a la ermita del santo con una gran piedra sobre los hombros y se colocó en la entrada a esperar que éste pasara de camino a sus rituales matutinos.

Entonces, Viśvāmitra escuchó al sabio Vasiṣṭha que se acercaba mientras hablaba con su mujer y decía: “Viśvāmitra es un hombre tan grandioso que está a punto de lograr el máximo logro de brahmaṛṣi pero aún tiene vestigios de soberbia y envidia”. A lo que la mujer replica: “Pero si él lo merece, ¿entonces no me digas que no vas a bendecirle con ese estatus elevado?”. Y Vasiṣṭha dice: “Claro que le daré mis bendiciones. Siempre y cuando él venga a verme”.

Escuchando estas palabras, Viśvāmitra se sintió avergonzado por su soberbia (mada), odio y envidia (mātsarya) hacia un santo así de compasivo y humilde y dejando la roca a un lado se lanzó a los pies de Vasiṣṭha, que le dijo: “Ahora te has convertido en un brahmaṛṣi, ya que al vencer a los seis enemigos has demostrado al mundo que el espíritu humano es invencible”.

De hecho, Viśvāmitra es conocido por ser uno de los más venerados sabios de la cultura védica, encargado de componer una parte del Rg Veda (Rig Veda), incluyendo el famoso Gāyatrī mantra.

Perdonen la simplificación, pero esta historia y la lucha contra los seis enemigos me hacen acordar, y con esto acabo, a un viejo chiste popular, que dice así o similar:

El hombre más anciano de la provincia, con 108 años, se encuentra en una radio local para una entrevista.

El periodista le pregunta lo obvio: – “¿Cuál es su secreto para vivir tantos años?”.

El anciano responde: – “Nunca llevarle la contraria a nadie”.

El periodista, que quizás esperaba una compleja fórmula dietética o una revelación mística, replica algo ofuscado: – “¡Hombre, no me dirá que sólo con eso ha llegado Usted a esta edad!”.

Y el anciano responde, calmo: – “Pues tiene Usted razón, no debe ser por eso”.

El inesperado simbolismo del loro en el hinduismo

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No sé si es porque en el balcón del frente de nuestra casa hay un ave que chilla de sol a sol o porque nuestra pequeña hija está empezando a repetir sonidos, pero hace un tiempo que estoy interesado en el simbolismo del loro en la cultura védica. Comparado con vacas, tigres o elefantes, es verdad que el loro ostenta un escalón menor en el ranking de animales sagrados del hinduismo, pero yo mismo me sorprendí del profundo significado que se le atribuye a este pájaro que, en sánscrito, se dice śuka (shuka).

La primera referencia que me viene a la cabeza es Kāmadeva, el dios hindú del amor sensual que, para entendernos, se equipara generalmente al Cupido romano, tanto en su rol como en sus atributos principales. Es decir, arco y flechas que inspiran el deseo amoroso, aunque en el caso de Kāmadeva las puntas de las flechas están hechas de flores. A diferencia de Cupido, Kāmadeva no tiene alas y, para trasladarse, tiene un vehículo o montura (vāhana en sánscrito) que es, y esto es lo que más nos interesa, un loro verde.

En occidente el loro no tiene un estatus especialmente alto, pues es la arquetípica mascota de los piratas y, en todo caso, su capacidad de reproducir la voz humana es vista más bien como una particularidad para generar chistes que como una virtud. Por tanto, la pregunta surge naturalmente: ¿qué tiene que ver el loro con el amor?

Al parecer, una de las relaciones básicas está en el color verde que tiene variados simbolismos, siendo uno de los principales “la juventud” y “la primavera”, ya que como todos sabemos, las más fuertes flechas del deseo y el amor son recibidas en la mocedad (uno de cuyos sinónimos es “verdor”) y también, según dicen los poetas, en la estación de las flores. Asimismo, el color verde está relacionado con la fertilidad pues el florecimiento de la Naturaleza es siempre símbolo de vida y prosperidad.

Esta relación con la fertilidad se hace evidente en algunas representaciones iconográficas de las Śaktis (Shaktis) tántricas que son de color verde; estas diosas, además, en algunos casos tienen un loro en sus manos. El paradigma de diosa verde que lleva un loro en una de sus manos es Mīnākṣī Devi (Minakshi Devi), un aspecto de la diosa Pārvatī (Párvati) nacida como princesa en el entonces reino de Madurai, al sur de la India. En efecto, el templo de Mīnākṣī en Madurai es muy popular y uno de los más hermosos de Tamil Nadu.

Y hablando de iconografía, no es casual que se explique que el mismo Kāmadeva también tiene la piel de color verde.

Mīnākṣī Devi

Más allá del color, otro punto de relación entre los loros y el amor es que, al parecer, los loros son muy cariñosos con su pareja (se alimentan y se arreglan las plumas mutuamente, por ejemplo) y, aún más importante, son animales monógamos, al punto de que si su pareja desaparece, muchos loros mueren de soledad. Esta cualidad de fidelidad es, desde mi punto de vista, uno de los grandes puntos fuertes en convertir al loro en un animal sabio en cuestiones del corazón.

De hecho, al Señor Rāma, príncipe protagonista del poema épico Rāmāyaṇa, encarnación de la moralidad y esposo ideal y fiel, se le representa con la tez de coloración verdosa o aceitunada. Hasta ahora no le había encontrado una posible explicación a ese color.

Como si eso fuera poco, el hecho de que los loros puedan reproducir el sonido humano se relaciona con la capacidad oratoria y, como muchos saben, un gran amante debe, entre otras cosas, tener buena labia para saber expresar las virtudes de su amado/a y expresar sus sentimientos de buena forma.

Además, he encontrado en Wikipedia que los loros son animales nectarívoros, es decir que beben el néctar producido por las flores. No sé si esto es una causa védica de la sacralidad del loro pero me pareció relevante para una cultura en que el amṛta (amrita), el néctar de la inmortalidad, y su obtención es un tema tan frecuente en textos espirituales, llegando a explicarse técnicas para beber ese néctar en nuestro propio cuerpo. Y, en cualquier caso, beber ambrosía es una actividad muy dulce que puede estar relacionada con el amor.

Por tanto, y resumiendo, el loro representa la juventud, la fertilidad, la elocuencia, la lealtad y la dulzura.

Una representación de Kāmadeva

Estas virtudes, simbolizadas por el loro y claves en el amor y el deseo sensual, se conjugan con el plano espiritual en los pasatiempos (līlās) de Radhā y Kṛṣṇa (Krishna) que tienen lugar en los bosques de Vṛndāvan (Vrindavan). Allí, el joven pastor de vacas Kṛṣṇa, Dios mismo encarnado en la Tierra para cumplir una misión, tiene una relación de amor con la pastorcita de nombre Radhā, que nos es otra que la diosa Lakṣmī encarnada.

Esta situación, que a ojos mundanos puede parecer una mera relación sensual, es considerada una alegoría y un ejemplo del máximo amor entre Dios y sus devotos. Es decir, así como una persona no come ni duerme pensando en su amado, ya que es el único motivo de su vida, de la misma forma el buscador espiritual puede llegar a poner toda su atención en lo Divino y amarlo como la propia vida. Se trata del amor místico.

De esta forma, mientras Kṛṣṇa toca su flauta de bambú y Radhā, al oírle, escapa de su casa por las noches para poder verle, o mientras juntos corretean por el bosque o se columpian bajo un árbol, siempre hay uno o más loros observando los hechos; en muchos casos, se trata de una pareja de loritos disfrutando también del amor mutuo.

Asimismo, se explica que uno de estos loros, testigo permanente de las līlās de Radhā y Kṛṣṇa, luego se encarna en el sabio Sukadeva Goswami, hijo del sabio Vyāsa, para narrar los acontecimientos de la vida de Kṛṣṇa en el Śrīmad Bhāgavatam, uno de los principales Purāṇas y texto fundamental de la tradición vaishnava.

Radhā y Kṛṣṇa, con la pareja de loritos en el ángulo superior derecho de la imagen.

No es casualidad que, también en esta tradición, exista el culto a Vṛndā Devi que es una expansión de la diosa Tulasī (la personificación de la planta llamada “albahaca sagrada“, tan querida por Kṛṣṇa), y cuya representación iconográfica incluye, cómo no, un loro.

Vṛndā Devi.

Finalmente, hay un aspecto menos emotivo y más intelectual por el cual el loro también es bien considerado en la cultura védica. El loro representa la “fidelidad”, no sólo por ser monógamo, sino también porque lo que escucha (o se le enseña) lo repite tal cual sin cambios.

En ese sentido, el loro es un símbolo del mantenimiento de la tradición y de la transmisión del conocimiento espiritual a través de la sucesión discipular (paramparā), especialmente en lo referente a su carácter oral en que el discípulo repite literalmente lo que le enseña su guru, incluso sin saber qué significa.

Mientras que la expresión “repetir como un loro” es, actualmente y para nuestra sociedad, un símbolo negativo, en la cultura védica sería una cualidad positiva, ya que se dice que una vez aprendidas las Escrituras de memoria, su sabiduría se nos podría manifestar, y no al revés. En nuestro sistema educativo actual el aprender de memoria está menospreciado debido a que, al parecer, se hizo abuso de ese método en el pasado, sobre todo sin agregarle “pensamiento crítico”. Sin embargo, aprender algo de memoria nos asegura que ese conocimiento sea nuestro por siempre, y si además lo entendemos, ya podemos decir que es verdadero conocimiento.

Obviamente que teniendo a Google como el nuevo Dios nadie se molesta en memorizar datos, pero es muy importante recordar que gracias al método védico de memorización y repetición literal del conocimiento se pudo asegurar el mantenimiento de la tradición, por lo que a día de hoy podemos escuchar (o leer, claro) los textos antiguos hindúes casi tal cual fueron compuestos hace 3000 años o más.

Después de esta investigación, es posible que, de ahora en más, cada vez que yo escuche el agudo chillido del loro del vecino no quiera cerrar las ventanas y, en cambio, reflexione sobre sus cualidades espirituales y que, al enseñarle nuevas palabras a mi hija, recuerde la importancia de la memoria y de la transmisión oral que, en este caso Dios quiera, tenga algo de conocimiento.

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