El blog de Naren Herrero sobre Yoga, la India y su filosofía

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El principio de incertidumbre

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El principio de incertidumbre

La tradición del yoga acepta que lo que sabemos del mundo es siempre menos de lo que no sabemos.

La duda es un pariente indeseable. A nadie le gusta titubear. A falta de mayor claridad interior buscamos asertividad por doquier, en todos los casos hacia fuera: avances tecnológicos, gráficos estadísticos, métodos infalibles de 21 días, líderes personalistas, marcas alemanas, superalimentos para una salud perfecta o, por qué no decirlo, disciplinas milenarias que prometen la iluminación

En nuestro mundo contemporáneo, la sociedad nos incita a sacudirnos de encima, como si fuera una mosca molesta, todo rastro de incertidumbre. En dirección opuesta, y esta es la contraparte que nos interesa destacar aquí, la antigua civilización índica abrazaba con naturalidad la incerteza. En algunas de las upanishads se afirma:

“Los dioses son amigos del misterio y huyen de lo evidente”[i]

Por supuesto, hablar de dioses (devas) suena desactualizado en este mundo moderno, mucho más si esas fuerzas cósmicas promueven el misterio.

Curiosamente, estamos hablando de una cultura que, hace más de dos mil años, supo captar con increíble precisión el movimiento de los astros sin contar con telescopios; que postuló el número cero por primera vez en la historia en base a su idiosincrasia matemática; y que, sin equipamiento de última generación, practicó con éxito cirugías en pacientes humanos. Además de exponer y desarrollar el germen de lo que hoy llamamos yoga.

Por tanto, más que atrasados, sus conocimientos de astronomía, aritmética, medicina, entre otras muchas ciencias, eran sofisticados. Incluyendo el mundo interior de las personas y su relación con el misterio que nos une al cosmos, una temática que por no ser susceptible de medición no parece digna de atención para nuestras sociedades.

En otras palabras, la cultura contemporánea cree haber descubierto todos los misterios o, al menos, estar en camino de hacerlo (más temprano que tarde erradicaremos las enfermedades o enviaremos al ser humano a Marte). La tradición yóguica, en cambio, acepta humildemente que lo que sí sabemos de la vida es siempre menos de lo que no sabemos.

Así como para mantener la tensión dramática en las películas de terror, el secreto está en no mostrar al monstruo, sino apenas sugerirlo; acceder al gran misterio a través de la mente racional solo puede arruinar la trama. En palabras del filósofo (¡y astrofísico!) valenciano Juan Arnau, un salmón en el río del pensamiento contemporáneo:

“Participar del misterio siempre es más divertido que encontrárselo resuelto»[ii]

O sea, el enamoramiento puede exponerse desde una perspectiva psicológica o biológica o simplemente como un proceso de sinapsis electroquímica en el cerebro, pero las explicaciones materialistas de ninguna manera alcanzan a comunicar nuestro estado interior cuando estamos enamorados. Un estado que, por otra parte, es más importante vivenciar que explicar.

A este respecto, el ejemplo índico más flagrante y antiguo de aceptación de las limitaciones del intelecto humano para desvelar el enigma trascendental lo encontramos en el llamado «Himno de la creación» del Rig Veda, que tiene más de tres mil años y acaba así:

“¿Quién sabe la verdad?

¿Quién puede decirnos de dónde nació,

de dónde vino esta creación?

Los propios dioses nacieron después

¿Quién puede, pues, saber de dónde surgió?

Aquel que vela en el cielo supremo,

la hiciera o no,

sólo aquel sabe de dónde surgió esta creación…

o tal vez ni él lo sabe”.[iii]

Si el propio dios guardián que mora en las esferas celestes podría no saber de dónde surge este universo, ¿qué queda para nosotros?

Esta sensación de caer al vacío sin red puede generar una especie de vértigo. Si es así, nos ayudará aplicar la simple técnica de relajación que sigue: suspirar de forma corta por la boca, y al final murmurar «está todo bien»

A fin de cuentas, esta incertidumbre no es una mala noticia sino más bien lo contrario. Es la oportunidad de sacarnos de encima la pesada mochila de tener que saberlo todo, entenderlo todo, controlarlo todo.

El océano del conocimiento es infinito, así que zambullámonos en él con alegría, sin la vana obsesión de abarcarlo y embotellarlo.

 

 


 

[i] Bṛhadāraṇyaka Upaniṣad, 4.2.2

[ii] https://www.elmundo.es/cultura/2018/02/28/5a967a1f46163ff8688b459d.html

[iii] Ṛg Veda, 10.129.6-7 

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2 comentarios

  1. No podría estar más de acuerdo contigo,nuestras ansias de querer demostrar todo corrompen mucho todo el legado que nos regalaron,y sinceramente también creo que es muy de creernos nosotros Dioses el negar todo lo que no podemos medir o demostrar,mil gracias siempre por toda la luz que aportas!!!

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