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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

La carne, el cáncer y el vegetarianismo en el hinduismo

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Hace varias semanas hubo revuelo mediático por el informe divulgado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los riesgos de cáncer asociados con el consumo de carne roja y de carne procesada. Las respuestas fueron variopintas: desde vegetarianos satisfechos de confirmar sus sospechas hasta carnívoros cínicos afirmando que “de todos modos, de algo hay que morir”.  A pesar de que la inmediatez es la clave del éxito digital, yo decidí esperar unos días antes de hablar sobre el tema, a ver si se calmaban los ánimos y podía juntar datos útiles.

Lo que dice el informe en cuestión es básicamente que el consumo excesivo de carne roja y muy especialmente de carne procesada (salchichas, jamón, embutidos, carne en lata) ha sido asociado con una mayor incidencia de varios tipos de cáncer, sobre todo el colorrectal y, en menor medida, el cáncer de páncreas y de próstata y quizás de estómago (sumado a los ya conocidos riesgos de enfermedades del corazón o diabetes). De todos modos, la OMS no recomienda dejar de comer carne (pues considera que “tiene beneficios para la salud”) sino más bien moderar su consumo, un hecho que no parece estar en la intención de los habitantes de este planeta.

En un artículo que me pareció muy lúcido (y admito que, en general, la forma de ver el mundo de este autor no me “resuena”), el escritor argentino Martín Caparrós ofrece datos muy claros: “En las últimas décadas el consumo de carne aumentó el doble que la población del mundo. Mientras tanto, un buen tercio de la población mundial sigue comiendo como siempre: miles de millones no prueban la carne casi nunca, la mitad de la comida que la humanidad consume cada día es arroz, y un cuarto más, trigo y maíz”.

Por tanto, resume Caparrós, “consumir animales es un lujo: una forma tan clara de concentración de la riqueza. La carne acapara recursos que se podrían repartir: se necesitan diez calorías vegetales para producir una caloría de vaca o de cordero (‘para producir un filete de unos 200 gramos se precisan unos 45 cuencos de cereales’). Lo mismo pasa con el agua: se necesitan 1.500 litros para producir un kilo de maíz, 15.000 para un kilo de vaca. O sea: cuando alguien come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco, ocho, diez personas”.

Hace un par de años yo mismo escribí un artículo sobre cómo la alimentación vegetariana (o vegana) podría “salvar al mundo” en el sentido bien literal de la expresión y ponía datos tan llamativos (o poco conocidos) como que “la ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la responsable número uno del cambio climático”. O sea, que hay personas que dejan de viajar en avión como forma de activismo ecológico y sería más efectivo dejar de comer carne.

Como dice Caparrós, “comer carne es establecer una desigualdad bien bruta: yo soy el que puede tragarse los recursos que ustedes necesitan. La carne es estandarte y es proclama: que este planeta sólo se puede usar así si miles de millones se resignan a usarlo mucho menos. Si todos quieren usarlo igual no puede funcionar: la exclusión es condición necesaria —y nunca suficiente—.”

Curiosamente, esta tendencia mundial del comer carne como signo de mejorar el estatus socio-económico ha sido objetada durante siglos por la sociedad india, fundamentalmente por el hinduismo (y en menor escala por el jainismo), donde, por el contrario, ser vegetariano es un símbolo de “pureza ritual” al decir de Agustín Pániker, o sea que da mayor “prestigio” social y religioso. Aunque hay diferentes versiones, se sabe que desde hace unos 20 siglos, al menos, el hinduismo ha adoptado el vegetarianismo como el ideal dietético, en consonancia con el tradicional valor de ahiṁsā (no-violencia) y reflejando los hábitos ascéticos de las respetadas órdenes monásticas hindúes.

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Obra de Hari Dasa (www.narayana-hare.blogspot.com.es)

Poner cifras exactas es difícil pero, por ejemplo, el editor Álvaro Enterría calcula que actualmente “el 30% de los indios son vegetarianos”, lo cual es bastante para un país “emergente” y, por consiguiente, para una sociedad con creciente poder adquisitivo. Los vegetarianos indios (que en su mayoría son de religión hindú) tampoco comen huevo. Después hay otro grupo que engloba a las personas que en lenguaje moderno se denominan “flexitarianas”, y son aquellas con una dieta vegetariana en general y que no comen carne en casa pero que, en situaciones especiales (fiestas, invitaciones, bodas), sí comen carne o pollo o simplemente huevo.

Asimismo, en las zonas costeras de la India hay mucha tradición de comer pescado y a pesar de eso muchas personas siguen llamándose vegetarianos a sí mismos, quizás porque no comen carnes rojas. De hecho, para este tipo de dieta, muy de moda en Occidente, existe el término “pescetarianismo” (o “pesco-vegetarianismo”). Otros hindúes comen pollo, que es quizás la carne más difundida, cordero y quizás cerdo, pero por supuesto casi nadie come carne de vaca, porque como todos saben son consideradas sagradas, ya que según la tradición, y como explica el sacerdote hindú Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), “se la considera nuestra segunda madre, pues después de que tomamos leche del pecho de nuestra madre, continuamos tomando leche de la vaca”.

Todos estos datos son indicativos pero no definitivos, ya que los números varían según la región, la casta y hasta la familia. En cualquier caso, son las personas de casta brāhmaṇa (o brahmán, es decir la casta “sacerdotal”) las que más practican el vegetarianismo, aunque esta regla tenga muchas excepciones (por ejemplo Bengala). A nivel de regiones, justamente Bengala y Kérala, al sur, son los dos estados donde se permite el sacrificio de vacas para consumo humano. Y este es un punto al que quería llegar.

Sorprendentemente, en estos tiempos India encabeza la exportación mundial de carne de vacuno (delante de Brasil), aunque esos datos se refieren a “carne de búfalo”, que es legal, y no de vaca, ya que la exportación de ternera está prohibida. Sin embargo, explica el periodista Jordi Joan Baños, “dicha prohibición es burlada a diario en la frontera entre India y Bangladesh, por la que son transportadas de contrabando, para ser sacrificadas, cientos de miles de reses indias cada año”, para consumo musulmán. En cualquier caso, en el periodo 2010-2014 “las exportaciones legales de vacuno han aumentado en un 44%”.

Estos datos me parecen muy relevantes porque significa que la tendencia mundial a comer carne como forma de legitimar el estatus socio-económico y forma de dar placer al paladar también está afectando a la sociedad india, otrora defensora de valores muy tradicionales. Como acota Ramchandani, hace varias décadas que, imitando a los invasores británicos, algunos hindúes empezaron a comer carne “como símbolo de modernidad y elitismo”. Ahora, ya independientes y emergentes, los indios, especialmente de clase media, ven en la carne otro estandarte de éxito, tal como bien lo define Caparrós.

A nivel espiritual y según la tradición hindú, no hay dudas de la importancia de una dieta vegetariana y como dice Enterría, “las personas que reciben iniciación de un guru normalmente se hacen vegetarianas” pues se considera un acto meritorio y purificador. Swami Premananda lo dice muy claro en uno de sus discursos: “Dices que sientes amor en tu corazón y que quieres amar a Dios. ¿Cómo puedes pensar en el amor si, porque te agrada el sabor, puedes comer otra criatura?”.

De todos modos, mi intención principal con este post no es hacer especial hincapié en los méritos religiosos/espirituales de la dieta vegetariana ni tampoco defender al hinduismo como religión.

Mi objetivo es poner a la vista, una vez más, los beneficios colectivos de la dieta vegetariana (o vegana):

  1. Evitar sufrimiento a otros seres, que son matados para que los comamos (o que son hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

  2. Salvar al planeta de ir a la ruina por falta de recursos naturales (“1.500 litros de agua para producir un kilo de maíz vs. 15.000 para un kilo de vaca”).

Pero claro, el planeta no le importa a nadie, así que le agregamos un nuevo factor:

  1. El consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer (amén de otras enfermedades).

Ya que el bienestar común y terrenal (que también es el propio) no parece ser motivo suficiente, la noticia de que la carne da cáncer quizás influya en alguien para que reduzca (¡o frene!) su consumo, aunque solo sea por puro beneficio personal. El mundo también estará agradecido.

Ahiṁsā es el deber supremo

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La palabra sánscrita ahiṁsā ha sido popularmente traducida como “no violencia”, en especial con relación al Mahatma Gandhi y sus métodos político-espirituales en favor de la independencia de la India. De todos modos, creo que dicha traducción, aunque no incorrecta, no expresa de forma completa el significado de un concepto muy importante en el hinduismo, como así también en el budismo y el jainismo. Si vamos a la etimología,a-hiṁsā viene de la raíz verbal hiṁs (y ésta a su vez deriva de han), que significa “lastimar, dañar, herir, golpear, matar, destruir”.

Si le preguntáramos de forma aleatoria a cualquier persona en la calle, la mayoría diría que está en contra de la violencia, por supuesto, pero siempre tomando “violencia” como una agresión física o algún tipo de pelea. Cuando uno dice “no violencia” generalmente no piensa en formas de violencia menos visibles, ni en violencia verbal o, más sutil aún, violencia de pensamiento. Esa es la razón por la que encuentro que la traducción “no dañar” es más apropiada para expresar la idea completa y espiritual incluida en ahiṁsā.

Para la mayoría de yoguis, el concepto de ahiṁsā es muy conocido porque es el principal yama (regla ética) en el camino de los ocho pasos del Rāja Yoga, tal como los plantea el sabio Patañjali en los Yoga Sūtras, para llevar a una persona al estado de “interiorización completa” (samādhi). De hecho, todas estas reglas se basan y fundamentan en la práctica de “no dañar” y, como dice Sri Dharma Mittra, “sin Yamas no hay Yoga”.

En este sentido, en la tradición hindú existe una máxima sánscrita:

ahiṁsā paramo dharmah

Cuya traducción posible sería:

“no dañar es el deber supremo”

El término dharma tiene varios sentidos y es imposible de traducir en una sola palabra pero “deber” o “ley” son aproximadas en este caso. Swami Sivananda, por ejemplo, se pone menos literal – pero no por ello menos certero – y en su libro La Ciencia del Pranayama (p. 144) traduce: “ahiṁsā es la primera virtud que debe tener un aspirante espiritual”.

Si bien está máxima (ahiṁsā paramo dharmah) fue muy difundida por Gandhi, al parecer su origen textual se remonta al poema épico del Mahābhārata (Mahabhárata), cuya composición tiene unos 2.500 años de antigüedad (o quizás más). En dicha obra la frase aparece en diversas ocasiones y sobre distintos temas, como cuál debe ser el comportamiento de un brahmán; qué es la conducta virtuosa; o la no necesidad de utilizar animales para sacrificios rituales.

En el contexto de abstenerse de ofrecer o comer carne aparece el consejo del gran patriarca y sabio Bhīṣma (Bhishma) que, en su lecho de muerte y justo en medio de una guerra, dice (Mahābhārata, 13.117.38):

“No dañar es la ley (dharma) más elevada. No dañar es el auto-control (dama) supremo. No dañar es la caridad (dāna) suprema. No dañar es la auto-disciplina (tapas) suprema. No dañar es el ritual de sacrificio (yajña) supremo. No dañar es la fuerza (bala) suprema. No dañar es el amigo (mitra) supremo. No dañar es la felicidad (sukha) suprema. No dañar es la verdad (satya) suprema. No dañar es la enseñanza revelada (śruta) más elevada”.

Bhīṣma en su lecho de muerte compartiendo su conocimiento.

Obviamente, el primer paso para poner en práctica ahiṁsā es evitar la violencia física, lo cual incluye la abstención de comerse otros seres. Por tanto, el vegetarianismo es considerado un requisito ineludible para todo aspirante espiritual serio. Teniendo en cuenta el estado actual de la industria láctica, incluso ser vegetariano puede ser insuficiente, ya que el daño que se causa a otros animales consumiendo leche y sus derivados es muy grande (inyectado de hormonas a la vaca; separación del ternero recién nacido de su madre; extracción continua y antinatural de leche; encierro y mínimo espacio para vivir, etc.), sin hablar de las consecuencias ecológicas para el planeta.

Por ello, se dice que la dieta vegana (es decir, nada de producción animal) es la que, en estos tiempos, mejor respeta la enseñanza de ahiṁsā. En caso de consumir lácteos, se recomienda entonces que sean de la industria orgánica o “bio”, para reducir el impacto.

Como vegetariano que soy (y casi 100% vegano) más de una vez me han hecho la clásica pregunta: “¿Y acaso las plantas no sufren cuando las comen?”. Pues claro que pueden sufrir.

De hecho, el mismísimo Gandhi dijo que “el hombre no puede vivir ni un minuto sin cometer, consciente o inconscientemente, daño (hiṁsā). El sólo hecho de vivir (comer, beber, moverse) necesariamente implica algo de hiṁsā, destrucción de vida, aunque sea ínfima. Por lo tanto, quien ha hecho el voto de ahiṁsā permanece fiel a su voto si la fuente de donde nacen todas sus acciones es la compasión, si evita lo mejor que puede la destrucción de la criatura más minúscula, trata de salvarla y así incesantemente se esfuerza por liberarse de la espiral de hiṁsā” (en La historia de mis experimentos con la verdad, Parte IV, texto 39).

Por supuesto, la comida y la violencia física son sólo la “punta del loto” y practicar el no-dañar en palabra y pensamiento es seguramente más difícil. Lo que pasa es que uno, en general, empieza desde lo más burdo a lo más sutil, aunque los dos niveles puedan entrelazarse en el camino.

En cualquier caso, para mí la palabra clave es compasión y, basado en las enseñanzas de mis maestros, creo fundamental desarrollar esa cualidad tanto para poder desarrollarme espiritualmente, como para que los demás seres sean más felices y para que yo mismo sea más feliz.

Actuar siempre desde el amor y la compasión, sin guardar rencor, envidia ni otros malos sentimientos, debe ser hermoso y liberador. A por ello.

El vegetarianismo como solución global

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Hace cerca de tres años escribí un post explicando por qué yo era vegetariano o, en realidad, ovo-lacto-vegetariano. Por otro lado, hace un año que con Hansika hemos cambiado a una dieta vegana, que implica no comer nada que provenga de los animales, lo cual incluye huevos, leche y sus derivados, e incluso miel. Del estilo de vida vegano hablaré otro día, pues ahora quiero centrarme en el vegetarianismo más difundido que sí incluye lácteos y, en algunos casos, huevos (aunque en la India los vegetarianos no comen huevos).

Desde el punto de vista dietario es un tema muy polémico y como yo no soy nutricionista ni científico no puedo abordarlo de forma certera. Sólo cuento con mi propia experiencia de crianza y alimentación vegetariana sin problemas de salud. Un punto que sí me interesa tocar es el del terrible efecto que el consumo de carne provoca en los recursos del planeta. En el libro Comer animales del escritor norteamericano Jonathan Safran Foer se dan, entre otros, estos datos estadísticos:

“La ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la responsable número uno del cambio climático” (pág. 57).

“Casi un tercio de la superficie terrestre del planeta se dedica al ganado” (p. 187).

“Actualmente, los productos animales siguen siendo sólo el 16% de la dieta china, pero los animales de granja suponen más del 50% del consumo chino de agua…” (p. 323).

Al parecer todos decimos tener consciencia ecológica y llegamos a convertimos en extremistas del reciclaje, sin embargo no sé hasta qué punto sabemos que el consumo de carne es el mayor factor contaminante del mundo, a la vez que es el principal destino de los cada vez más escasos recursos terrestres.

El escritor Álvaro Enterría tocó este tema la semana pasada, pasó los datos que antes cito, y compartió el vídeo de un discurso muy elocuente. En él, Philip Wollen, un filántropo australiano ofrece las innegables razones para ser vegetariano, y no habla de tanto de la salud propia como del bien de la humanidad.

En un momento ofrece un dato básico: “Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res“. También dice: “Los países pobres venden su grano a Occidente, mientras sus propios hijos mueren de hambre en sus brazos. Y Occidente se lo da de comer al ganado, para poder comer un filete”.

El vídeo dura sólo 10′ y tiene buenos datos económicos y sociales:

Para algunos puede sonar utópico, pero los activistas vegetarianos sostienen que detener (o incluso reducir) el consumo de carne, eliminaría el hambre del mundo y daría esperanzas al planeta de no quedarse sin recursos ante el imparable crecimiento demográfico. De hecho, la iniciativa ecologista y global llamada Lunes sin carne es un gran ejemplo de cómo una mínima reducción del consumo de carne podría beneficiar al mundo. El esfuerzo es pequeño: que nadie coma carne los lunes.

Ahora, imaginemos por un momento que el tan terrible cambio climático, la contaminación global y la agonía de la Madre Tierra no dependieran más de las osadas intervenciones de Greenpeace o de las dudosas decisiones de nuestros gobernantes cegados por la codicia, sino que cada uno de nosotros pudiera hacer algo tan simple como cambiar su alimentación para salvar al mundo.

No estamos hablando de hacerse célibe, tejer en una rueca y caminar descalzo como Gandhi; no estamos hablando de salir a la calle a protestar o ser golpeado por policías; no estamos hablando de donar todas tus pertenencias, de cambiar de religión o de marcharte al exilio. Simplemente sentado en el sofá de tu casa, mirando la TV si quieres, cambias tu dieta y cambias el mundo, para mejor. Oh Yeah! puedes alegrarte, la revolución que tanto anhelabas está aquí y en tus manos.

Mosquitos, filetes y contradicciones

Como si esto fuera poco, reducir o eliminar el consumo de carne no sólo beneficiará a la humanidad de la que somos parte, sino que te causará beneficios personales, desde el punto de vista dietario y, muy importante, desde lo espiritual. En un discurso sobre el vegetarianismo (Premananda Satsang Vol. III, # 31), Swami Premananda se pone especialmente enfático y dice:

“Sé que las personas que se hospedan en el Ashram en la India se quejan de los mosquitos que hay allí. Si les pica un mosquito y les bebe una gota de su sangre arman un gran alboroto y se lamentan sin parar. Entonces, ¿cómo es para las ovejas, las vacas y los pollos que se sacrifican horriblemente para satisfacer la avidez del hombre? Les cortan el cuello; les golpean hasta la muerte o les matan de otras formas inhumanas. ¿Crees por lo tanto que un aspirante espiritual debe luego comer estas cosas? Los animales no pueden contar sus sentimientos, pero nosotros gritamos y lloramos si el simple mosquito disfruta nuestra sangre unos segundos.

Todos habláis de ‘Amor’ y ‘Compasión’ o decís ‘el plan de Dios para el mundo es defectuoso y hay demasiado sufrimiento’. ¿Quién causa el sufrimiento? El hombre causa el sufrimiento. Y él lo comenzó matando a sus semejantes para comerles. Decís que sentís amor en vuestro corazón y que queréis amar a Dios. ¿Cómo podéis pensar en el amor si, porque os agrada el sabor, podéis comer otra criatura? ¿Dónde está el amor? ¿Puede haber amor en vuestro corazón si queréis ser la causa de asesinato todos los días? ¿No tenéis sentimientos por el sufrimiento de estos pobres animales? Esperáis amor de los demás todo el tiempo, pero no queréis mostrarlo a las criaturas de Dios. Sólo deseáis matarlas y comerlas…

Cuando se mata a cualquier criatura, su cuerpo se llena de miedo y terror. Se liberan entonces ciertas sustancias químicas, tal como la adrenalina. Más tarde, si coméis esa criatura, también estáis comiendo la misma energía de miedo y las mismas sustancias. Así que, ahora habéis puesto trozos de cadáver en vuestro estómago. Habéis convertido vuestro estómago en un cementerio. Dios os dio este cuerpo. Es el regalo Divino para ayudaros a conocerle a Él. Él no quiere que lo convirtáis en un campo santo para vuestros semejantes. ¿Pensáis que es bueno enterrar animales, pescados y aves muertos en vuestro cuerpo? ¿Cómo podéis tornaros puros en cuerpo y mente si llenáis a ambos de carne muerta que se descompone? Es sin duda muy difícil”.

Sri Swami Premananda

Yoga y vegetarianismo

El discurso de Swami Premananda es fuerte y lo he elegido a propósito porque creo que este es un tema que necesita claridad. En la espiritualidad siempre se habla de flexibilidad y de adaptar las enseñanzas espirituales a la propia personalidad y necesidad. Es por ello que existen tantos caminos diferentes y tantos maestros distintos. Sin embargo, todos los textos yóguicos y los maestros espirituales de la tradición de la India son bastante unánimes en este punto: comer carne es romper con el precepto básico de ahimsā, de no-dañar.

En este sentido, y hablando de forma general (sin tener en cuenta cada caso particular que puede ser debatible), cualquier persona que se considere a sí misma yogui o yoguini debe ser vegetariana. Y esto no lo digo yo, sino la tradición del Yoga.

Asimismo, yo agrego que, para mí, un aspirante espiritual debe ser vegetariano por coherencia con su búsqueda; es decir, como dice Swami, no podemos esperar encontrar el Amor universal si matamos otros seres para comerlos; y tampoco podemos esperar encontrar la pureza interior si llenamos nuestro cuerpo de ‘cadáveres’.

La mítica viñeta de Quino. Clicando en ella se agranda.

Los asiduos lectores de este blog saben que soy relativamente flexible en la aplicación de las enseñanzas espirituales y nunca me pongo radical ni extremista. Asimismo, no me interesa meterme en el estilo de vida de cada persona, pues creo que uno debe concentrarse en cambiarse a uno mismo, antes que al resto. Sin embargo, hoy decidí hablar de este tema porque, más allá del ámbito espiritual, creo que es fundamental para el bien común.

Tanto nos quejamos de que el mundo va mal y, además, a algunos eso nos genera tanta angustia que pensé que está bien ser un activista del vegetarianismo. Los animales lo agradecerán, la Madre Tierra lo agradecerá, nuestros cuerpos y almas lo agradecerán, y quienes ignoraban esta información y la posibilidad tan cercana de cambiar el mundo, también lo agradecerán. Luego, que cada uno haga lo que pueda o quiera.

Curso de meditación Prema Dhyanam en Barcelona

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Sri Swami Premananda abandonó su cuerpo físico y alcanzó lo que se conoce como Mahasamadhi el 21 de febrero de 2011. Además de las experiencias individuales que cada persona tuvo la fortuna de vivir con él y de sus enseñanzas espirituales que son atemporales, uno de los grandes legados que Swami ha dejado para sus seguidores y amigos espirituales es la meditación Prema Dhyanam.

Prema Dhyanam es el nombre de la técnica de meditación que Swami Premananda diseñó y enseñó durante su vida. La palabra sánscrita dhyānam se traduce generalmente como ‘meditación’, mientras que la palabra prema significa ‘amor’ y hace referencia a Swami Premananda, sus enseñanzas y su personalidad grandemente amorosa con todo tipo de personas.

Esta meditación no se trata, según el mismo Swami explicó en uno de sus últimos discursos en febrero 2011 antes de dejar su cuerpo, de una técnica ‘inventada’ por él, sino que “es la meditación que se practicaba en la espiritualidad hace miles de años. La primera lección de meditación que el Señor Shiva enseñó al mundo fue Prema Dhyanam… El Señor Shiva, sabiendo y conociendo la naturaleza humana, sus sufrimientos, esperanzas y miedos, enseñó la primera meditación hace mucho tiempo. Con la práctica de esta meditación, muchos aspirantes de ashrams a través de los tiempos alcanzaron mukti (liberación). Buda alcanzó la iluminación con esta misma meditación”.

Al leer las líneas anteriores, uno podría pensar que Swami Premananda está pecando de soberbia al decir que ‘su’ meditación es la misma que usó el Buda o enseñó el mismo Shiva. Sin embargo, las palabras de Swami son, como siempre, humildes, pues lo que nos está informando es que él no está enseñando nada nuevo, ninguna técnica mágica nacida de la modernidad que compra libros sanadores en los supermercados, sino que, por el contrario, nos pone a la mano, actualizadas, una tradición y enseñanza esenciales que son tan efectivas hoy como hace milenios.

Existen diferentes escuelas y técnicas de meditación pero, a fin de cuentas, el objetivo es siempre el mismo: aquietar la mente, vaciarla de pensamientos inútiles y artificiales, para percibir y experimentar nuestro verdadero Ser (o nuestro verdadero no-Ser si nos ponemos budistas).

Samnyāsin

Desde el año 2000, por indicación de Swami Premananda, el curso de meditación Prema Dhyanam ha sido impartido en Europa cada verano (además de otros lugares del mundo en otras épocas). La persona que lo imparte es una samnyāsin del Sri Premananda Ashram del sur de la India. Samnyāsin (también sannyāsin) es la palabra sánscrita con la que se define a la persona que ha renunciando al mundo material. Si bien esta renuncia puede ser sólo interna, en la mayoría de casos se trata de personas que abandonan también de forma externa la vida mundana y convencional para dedicarse a la búsqueda y servicio de lo Divino. Se podría decir que se trata de monjes o monjas, en el sentido occidental.

Es justamente una renunciante, discípula directa y cercana de Swami Premananda, quien ha estado a cargo de impartir estos cursos en Europa desde hace más de diez años. Su nombre monástico es Nitya Devi Mataji y, aunque venga de la India, no es india. Es decir, si bien ha vivido en la India y junto a Swami desde los años ’80, ella es oriunda del Reino Unido. Este origen europeo mezclado con sus años de servicio y experiencia en la India, la hacen una persona idónea para dictar un curso de meditación a personas nacidas y criadas en Occidente, pues ella entiende perfectamente los obstáculos e inquietudes que dicha práctica nos acarrea a los occidentales.

Yo, junto a Hansika, tuve la suerte de realizar el curso en Francia en el año 2009. Ahora, año 2012, organizado por Hansika y yo (representantes de la Misión Premananda en España), por primera vez el curso Prema Dhyanam será ofrecido en España, específicamente en una locación cercana a la localidad de Maçanet (a unos 75km de Barcelona). Para ello, Nitya Devi Mataji y su asistente llegarán especialmente desde Polonia, donde habrán dado otro curso.

Universalidad de la meditación

Teniendo en cuenta que se trata de la técnica de meditación enseñada por Swami Premananda es normal que al curso asistan algunas personas que son devotas o sienten especial atracción hacia este maestro espiritual o sus enseñanzas. De todos modos, es importante aclarar que no es necesario ser devoto o seguidor de Swami Premananda para asistir al curso, ya que está abierto a cualquier persona interesada en aprender o profundizar en meditación.

En realidad, no hace falta siquiera conocer a Swami para participar en el curso de meditación y recibir sus beneficios. De hecho, en aquel curso que tomamos en Francia hace tres años, de los veinte participantes éramos sólo tres los devotos de Swami. Si bien el curso hace constante referencia a Premananda, ya que es él quien lo delineó, las lecciones y actividades desarrolladas no hacen hincapié en diferencias religiosas, sino que por el contrario, tratan cuestiones relativas a todas las personas y filosofías espirituales.

De esta manera, el curso explica los beneficios de la meditación para la vida diaria de cualquier persona, a la vez que ofrece herramientas para elegir la opción meditativa que más se adapte a cada personalidad, incluyendo en este kit detalles personales como religión y estilo de vida. De hecho, ni siquiera es un requerimiento el creer en Dios para poder meditar y beneficiarse.

Por otra parte, las técnicas que se impartirán en el curso incluyen una ‘iniciación’ que consiste en un mantra personal para la práctica de la meditación. En la ininterrumpida tradición india de Gurú-discípulo, esta transmisión de energía espiritual es considerada de suma importancia, pues se entiende que la energía transformadora del maestro comienza a afectar, a partir de ese momento, un cambio positivo y sutil en la práctica espiritual del ‘iniciado’.

En un antiguo post relato con más detalle el tema de la iniciación (para leerlo clicar aquí), pero lo que quiero destacar ahora es la importancia de contar con esa opción, ya que iniciarse en la meditación con la energía de un maestro espiritual genuino de por medio no puede compararse en sus beneficios con aprender a meditar de un libro, por ejemplo, o con cualquier otro método en que no esté involucrado un maestro espiritual genuino.

Swami Premananda

Metodología

En el caso particular de España, el curso constará de tres días y tres noches, comenzando la estadía con la tarde-noche del jueves 30 de agosto 2012 y finalizando la tarde (después de comer) del domingo 2 de septiembre 2012. La fecha de inicio ‘real’ del curso de meditación es el viernes 31 de agosto a las 9am. Sin embargo, se considera ideal llegar la noche anterior para que todos los asistentes ya estén en el sitio para cenar y puedan comenzar con tranquilidad el curso al día siguiente.

En cuanto a la hora de finalización del curso (16h) el día 2 de septiembre, es una estimación, pero lo cierto es que el curso estrictamente hablando finalizará justo antes de la comida del domingo, por lo que después de comer los asistentes podrán marcharse según sus cronogramas y planes individuales.

El curso tendrá carácter residencial, en una casa rural a las afueras del pueblo catalán de Maçanet, a la cual se puede llegar fácilmente en coche o en tren. El entorno natural es ideal para disfrutar de la meditación y, además, para aprovechar al máximo la calma interior que esperamos obtener del curso.

La casa rural en cuestión pertenece a una asociación vegetariana que hace un tratamiento ecológico del entorno, intentando minimizar el impacto negativo del ser humano en los recursos naturales. Por tanto, todas las comidas serán vegetarianas, caseras y biológicas.

En cuanto al alojamiento, las habitaciones son compartidas y cuentan con literas. El número de participantes del curso no está concretado aún, pero creemos que no seremos más de quince personas y se tratará de un evento bastante íntimo.

El curso es impartido en inglés, la lengua materna de Nitya Mataji, pero por supuesto tendrá traducción simultánea al español.

La casa rural cerca de Maçanet

Precio

La pregunta que todos nos hacemos ante un curso es ¿cuánto cuesta? Pues bien, el precio del curso es de 270 € e incluye el alojamiento de las tres noches con pensión completa, más el curso de meditación. El precio del curso es únicamente para cubrir los gastos del mismo. Hemos intentado reducir al máximo los costes y nadie se lleva ganancias de ese dinero. En el inesperado caso de que hubiera ganancias, ese dinero sería donado al orfanato-escuela del Sri Premananda Ashram.

La única intención del curso es cumplir con el deseo de Swami Premananda de divulgar los beneficios de la meditación, tanto entre sus devotos como entre las personas interesadas en el tema. Como el mismo Swami dijo en el discurso citado más arriba: “Las clases se llevan a cabo en países extranjeros cobrando sólo los gastos de viaje de los maestros, y la comida y el hospedaje de los participantes. El propósito de esto no es recaudar dinero. Se hace para que todos alcancen paz mental permanente, la mayor alegría y para que puedan vivir una vida feliz”.

Las plazas son limitadas y, por tanto, para hacer la reserva y asegurarse un sitio hay que ingresar 80 € en la siguiente cuenta de ‘La Caixa’: 2100-0806-22-0111138877

Algunos de los participantes han optado por pagar la totalidad desde el primer momento. En caso de hacer la reserva de 80€, entonces se deberá pagar el resto antes del inicio del curso.

Una vez hecha la reserva, los participantes reciben un correo con información práctica sobre los horarios de tren para llegar a la casa rural; los elementos necesarios que se deben y no deben llevar al curso; la preparación ideal para asistir al curso y otros detalles.

Folleto oficial del curso de meditación

Consejo personal

En aquel discurso de febrero 2011 sobre Prema Dhyanam, Swami Premananda también dijo:

“Prema Dhyanam es muy importante para las personas que siguieron las clases y también para las que aún no las tomaron. Les ayuda a alcanzar un estado de paz mental permanente en el que se sienten aliviados de todas sus dificultades, tristezas, sufrimientos y disturbios mentales. Recomiendo a todas las personas que participen y aprendan de las clases de Prema Dhyanam para que puedan experimentar felicidad perdurable. Destinad al menos un poco de tiempo en vuestras vidas diarias para practicar. Muchas personas se han beneficiado de haber participado de las clases de Prema Dhyanam y están muy felices…

Muchas personas sufren de depresión. Se van dando cuenta de que la mente está llena de pensamientos innecesarios y expectativas. Observan que la mente está saltando de aquí para allá y que está llena de inútiles deseos mundanos. Ven que el cuerpo es pasajero y desaparecerá por enfermedad o decadencia. Las personas ahora están empezando a madurar y observan y comprenden la naturaleza de la vida… Siguiendo y practicando de manera sincera Prema Dhyanam, muchas personas han alcanzado un estado de consciencia más elevado… Del mismo modo, tratad de comprender el estado de vuestras propias mentes. Luego, sin expectativas, pero con la gracia del Gurú y de Dios, empezad Prema Dhyanam. Empezad, continuad y esforzaos por hacerlo”.

Con Hansika tenemos mucho entusiasmo al organizar este retiro porque, por un lado, es una forma personal de estar en renovado contacto con las enseñanzas de nuestro maestro y, por otro lado, es una forma de compartir con otras personas la inmensa y valiosa oportunidad de profundizar en la milenaria práctica de la meditación que, como muchas de las grandes tradiciones espirituales sostienen, es clave para alcanzar la felicidad.

Para cualquier pregunta o comentario sobre el tema también se puede escribir aquí.

Elucidación sobre el vegetarianismo

Publicado en

Cada vez que voy a una comida en donde hay personas nuevas o que no me conocen, el tema sale inevitablemente. Incluso en comidas donde las personas ya me conocen, y saben de mi régimen alimentario, el tema del vegetarianismo sale a la luz, ya sea esto por interés real, ignorancia, curiosidad o por simples ganas de discutir.

En el mundo moderno occidental el vegetarianismo tiene cada vez más aceptación, por diversos motivos; sin embargo, para muchas personas no son claras las razones de una postura así, a veces considerada drástica, para la alimentación. Yo mismo, en mi caso particular, puedo encontrar puntos en que el malentendido y la confusión se entremezclan con los argumentos sólidos y los decálogos filosóficos.

Con esta explanación no puedo prometer zanjar la polémica o aclarar todas las dudas; mi intento más bien, es el de fundamentar de manera espiritual mis razones, con la esperanza de que, sobre todo, dejen de preguntarme en cada comida la famosa frase de “¿Por qué eres vegetariano?”.

Iguana

Cuando nací, mis padres eran vegetarianos por elección debido a su involucramiento con el yoga y la filosofía espiritual de la India. Por lo tanto, yo (y también mi hermano) fui criado como vegetariano, al menos en mi tierna infancia. Pero no se trataba de simplemente no comer carne, sino que la alimentación que recibí estaba basada en una dieta naturista, también relacionada con la medicina naturista.

Por lo que veo, este concepto de “naturista” no es uniforme, y según la época y la corriente tiene variaciones, no siempre pequeñas. De hecho, en España, he notado que el concepto naturismo va directamente asociado al de nudismo, tema que da para un nuevo blog entero y del que mejor voy a prescindir por ahora.

En el caso de mis padres, y en rasgos generales, la dieta naturista tenía que ver con la eliminación de la carne, pero también de productos industrializados, de azúcar y harinas refinadas; a su vez, se incluían muchas frutas y legumbres y la cocción de las verduras era generalmente al vapor, cuando no crudas (en muchos puntos sería lo que hoy se llama comida “biológica” u “orgánica”)

Es verdad que en mi inconsciente infantil pueden haber dejado alguna mella de trauma aquellos batidos de remolacha cruda con zanahoria (y más aún en mi hermano, que en su momento pronunció la famosa frase familiar de “cuando sea grande comeré hasta iguana”); pero a la vez, se podría decir que soy un ejemplo de que un niño criado de una manera estrictamente vegetariana puede crecer sano físicamente, y que para ello, la necesidad de la carne no es fundamental como sostienen muchas personas, especialmente en el ámbito de la medicina.

Más allá de la anécdota de la iguana y los jugos de remolacha, también recibimos las típicas indulgencias pueriles de golosinas y helados, y para nada creo tener alguna represión de aquellos tiempos.

Restaurante

Pasaron los años y yo ya tenía unos ocho cuando mis padres pusieron un nuevo negocio: un restaurante. El detalle es que no se trataba de un restaurante vegetariano, pues en aquél entonces (año 1987) y en una zona poco poblada, no tenía posibilidades de triunfar. De a poco el restaurante empezó a trabajar y, también de a poco, me fui relacionando con la comida no-vegetariana.

Si bien la dieta familiar se mantuvo siempre más cerca del vegetarianismo que de otra cosa, nuestros hábitos alimenticios cambiaron gradualmente y comencé a comer carne (también mi hermano, que de todos modos nunca llegó a probar iguana).

Basándose en sus lecturas (especialmente “La Ciencia sagrada” de Swami Sri Yukteswar) mis padres estaban convencidos de que el ser humano, por razones fisiológicas, no nació para ser carnívoro, sino más bien frugívoro, justamente por sus diferencias con el resto de los animales que sí son patentemente comedores de carne. Entre estas diferencias se enumeran la forma de la dentadura, el tamaño de los intestinos, la carencia de garras, y también la natural repulsión a la carne cruda, tanto al gusto como al vista.

Estos hechos innatos, que yo considero verdaderos, más la crianza vegetariana de mis primeros y fundamentales años, se vieron reflejadas con el tiempo en mi relación con la carne. Si bien ahora comía carne de manera esporádica, tenía muchos pruritos. La carne tenía que estar muy cocida, casi quemada; prefería la carne blanca que la roja, y además era muy conservador, sin llegar a probar las partes del animal que me daban cierta impresión, por más deliciosas que me dijeran que eran.

Para cualquier persona nacida y criada en Argentina, donde se come (o comía, dirán algunos por el tema de los precios) carne cada día; o donde, al menos, hay un asado por semana; ser vegetariano es visto como algo raro. De hecho, durante mi adolescencia fue la época en que más carne debo haber comido, quizás un poco por rebeldía pero, sobretodo, como forma de sentirme parte de un grupo, que es lo que todos los adolescentes necesitan sentir.

Cuando empecé la universidad seguí comiendo carne, sobre todo comida chatarra como hamburguesas y los famosos choripanes cordobeses, parte fundamental de la dieta de cualquier estudiante.

Fue sólo después de mi primer viaje a la India que definitivamente abandoné la carne.

Tipos

Al parecer, según entiendo, hay una aceptación relativamente general en que ser vegetariano es ser más sano, aunque no está muy claro porqué, como sí lo está el caso del tabaco y el alcohol, por ejemplo. Quiero decir, si alguien dice que no bebe o fuma, todos acordamos que es una persona sana, pero si alguien no come carne, por un lado, se considera que es sano por las toxinas y el colesterol que evita, mientras, por otro lado, se habla de falta de proteínas, de anemia y de radicalidad alimenticia.

Supongo que aquí me dirán aquello de la maldad de los extremos, y que si uno come carne de manera moderada no debería tener grandes problemas de salud. Es probable.

Desde el punto de vista de la salud, el no comer carne repercute en una mejor digestión, un buen funcionamiento intestinal y una sensación de mayor ligereza que, en teoría, lleva a un mejor rendimiento físico y mental. Estoy de acuerdo con todo esto, aunque es apenas uno de los posibles motivos de vegetarianismo.

Otra opción es ser vegetariano por herencia de crianza, como fue mi caso al principio, y otros casos que conozco. Quizás no hay una razón filosófica detrás de tal decisión, sino que es un (buen) hábito que simplemente no se quiere o puede cambiar (como también pasa con aquellos criados en base al carnivorismo).

A su vez, uno de los grandes motivos de vegetarianismo es el respeto por las vidas de los animales (me veo tentado a decir que se basa en una ideología humanitaria, pero quizás es más apropiado decir “animalaria”). No se trata sólo de protestar contra los abrigos de visón, sino de adoptar un estilo de vida que, por más personal y minúsculo que sea, contribuye de manera consecuente con una idea de mundo (Gandhi dijo, “Sé el cambio que quieres ver en el mundo”).  En esta línea, hay personas que van más allá de la comida y, por ejemplo, no utilizan artículos que provengan de animales, tales como vestimenta o utensilios.

Aquellos que siguen la filosofía del veganismo van todavía más allá, y en su intención de no explotar a los animales no consumen nada que tenga componente animal (ya sea total o parcial), incluso cuando no implique la muerte del animal, por ejemplo miel, leche o huevos.

Justamente los huevos son un tema de debate, pues los vegetarianos estrictos (ya no hablamos de veganos), por ejemplo los de la India, no ingieren huevos. Se supone que si el huevo no ha sido fertilizado, entonces no tendría chances de contener una futura vida, aunque, claro, ¿cómo saber si fue fertilizado? (en el caso del típico huevo de supermercado es difícil creer que sean fertilizados por las condiciones intensivas de las gallinas ponedoras)

Aquellos que consumen huevos y lácteos son los llamados ovolactovegetarianos, que sería mi caso particular.

Después, dependiendo del país, la preferencia personal o la necesidad, hay también llamados vegetarianos que únicamente comen carnes blancas (pescado, pollo…), desistiendo sólo de las carnes rojas. Y yendo a otro extremo está el llamado frugivorismo, una forma de veganismo, que excluye a las plantas, y se basa sólo en fruta (aunque la definición de fruta puede variar, según leo).

Religión

Evidentemente, otra de las grandes razones para el vegetarianismo es la religión. Ya he dicho que en la India, sobre todo al sur, los hindúes son vegetarianos, como parece marcar la tradición.

En el Islamismo y el Judaísmo es conocida la prohibición de comer cerdo (y algunos otros animales menores), aunque no parece tener una relación directa con el vegetarianismo, sino con motivos culturales y litúrgicos.

En el Cristianismo había una costumbre de no comer carnes rojas los viernes; una costumbre que ahora ha sido más bien delimitada al Viernes santo.

El Budismo moderno, una de las religiones que más pregona el respeto a los animales, al parecer no tiene entre sus preceptos absolutos el ser estrictamente vegetariano. El Jainismo, por su parte, sí que es estrictamente vegetariano.

Más allá de este abanico de posibilidades, mi caso particular de vegetarianismo, el único del que puedo hablar con total conocimiento, tiene su asidero en razones espirituales. Por supuesto, la influencia de la crianza paterna, como ya narré, fue fundamental, pero cuando finalmente decidí volver al vegetarianismo lo hice por propia voluntad y habiendo sopesado los argumentos pertinentes.

Seguramente mi viaje a la India influyó, y también el hecho de involucrarme con rituales tradicionales de la india, como el abishekam, que consiste en bañar una deidad con agua y otros elementos. Para realizar un abishekam se aconseja, entre otras cosas, no haber comido carne los tres días previos al ritual. Por razones prácticas, en lugar de estar contando los días que faltan o pasaron, uno deja de comer carne y es más simple.

Pero claro, ese es apenas un motivo práctico, que se suma a mi desinterés por la comida animal y a mi cuerpo criado sin la necesidad de la carne. Mi verdadero argumento, repito, es espiritual.

Felipe

A lo largo de mi contacto con las enseñanzas espirituales de Swami Premananda he escuchado y leído varios discursos sobre el vegetarianismo y la espiritualidad. Fiel a su método de no obligar a nadie, sino más bien de mostrar lo que él considera el camino correcto para ser más feliz y más espiritual, Swami defiende el vegetarianismo pero, en general, no condena terminantemente el comer carne.

Sin embargo, hay un discurso de Swami Premananda (en Premananda Satsang Vol. III, # 31) que para mí es el más radical sobre el tema y en que explica de forma clara el porqué del vegetarianismo en el camino espiritual.

Con su clásica sencillez Swami dice, “Cuando se mata a cualquier criatura, su cuerpo se llena de miedo y terror. Se liberan entonces ciertas sustancias químicas, tal como la adrenalina.  Más tarde, si coméis esa criatura, también estáis comiendo la misma energía de miedo y las mismas sustancias”.  Hasta aquí es algo que ya hemos escuchado en otras partes.

Luego, con su también clásica franqueza Swami agrega: “Así que ahora habéis puesto trozos de cadáver en vuestro estómago… ¿Pensáis que es bueno enterrar en vuestro cuerpo animales, pescados y aves muertos? ¿Cómo podéis tornaros puros en cuerpo y mente si llenáis a ambos de carne muerta que se descompone? Es sin duda muy difícil”.

Puede que esta idea no sea nueva, ya Quino en una de sus geniales viñetas, mostraba a un Miguelito horrorizado al encontrar “un cadáver de pollo en la heladera” de Felipe. Así como Felipe esa noche se limitó a la verdura sin querer probar un bocado de carne, en mi caso, estas enseñanzas espirituales me han marcado.

No se trata de que me dé impresión o asco comerme un cadáver (que también podría ser el caso), sino que al ser plenamente consciente de ello, y entenderlo como una contradicción en mi camino en la búsqueda de la pureza interior, no me parece sensato comer carne. No me da ni ganas, en realidad (admitiendo el hecho de que haber sido criado como vegetariano haga más fácil para mí que para otros la deserción carnívora).

Ahimsa

Para mí tiene sentido que si uno está buscando su verdadera esencia; el auto-conocimiento; estar en contacto con su propia alma, no meta cadáveres a su cuerpo. También porque una búsqueda espiritual implica estar en armonía con el mundo, con la creación, con los otros seres, y según explican las enseñanzas espirituales de la India no es correcto matar a otros seres para alimentarse con ellos.

Swami dice, “Todos habláis de ‘amor’ y ‘compasión’ o decís, ‘el plan de Dios es defectuoso y hay demasiado sufrimiento’. ¿Quién causa el sufrimiento? El hombre causa el sufrimiento. Y él lo comenzó matando a sus semejantes para comerlos”.

A su vez, el Mahatma Gandhi dijo, “Yo no considero los alimentos cárnicos necesarios para nosotros. Opino que los alimentos cárnicos no son apropiados para nuestra especie. Erramos en imitar al mundo animal inferior si somos superiores a él. La única forma de vivir es dejar vivir”.

O sea que no se trata sólo de mantener puro el cuerpo donde reside nuestro espíritu (el llamado “templo del alma”); sino que además es una actitud de respeto (una actitud dharmica se diría en la India) que está en consonancia con los valores universales y eternos en que se basan las enseñanzas espirituales, en este caso en el precepto de ahimsa.

Ahimsa, como alguna vez expliqué, es un término sánscrito que se traduce generalmente como “no violencia”, pero cuyo sentido total se asemeja más a la traducción “no dañar”. Pues se trata de una regla de conducta que implica no herir ni matar a ningún ser vivo, de manera física, por supuesto, pero incluso se puede trasladar a planos más simbólicos. En ese punto, el ahimsa perfecto es también no dañar de palabra y de pensamiento, además de acción.

Ahimsa, además, es el primer yama (control) que se explica, por el sabio Patanjali, en los antiguos Yoga Sutras de la India, como método para lograr la iluminación.

Flexibilidad

De todos modos, no quiero que mi caso particular y esta visión de “tener cadáveres dentro del cuerpo” suene muy fuerte. A mí, mi postura elegida me parece lógica y correcta, pero como ya he mostrado, hay muchas formas de interpretar el vegetarianismo.

Asimismo, el discurso de Swami, del cual he citado unos extractos, se generó con una pregunta simple que le hizo una persona: “Para desarrollarme espiritualmente, ¿debo hacerme vegetariano?”.

La respuesta inicial de Swami fue: “No necesariamente. Algunos líderes espirituales y santos no fueron vegetarianos pero realizaron a Dios. Sin embargo, ellos tenían la capacidad de unirse a Dios”.

Mi interpretación es que no hay un solo camino correcto, y que no se pueden poner las mismas reglas estrictas para todos los buscadores espirituales. Si una persona ya está muy evolucionada espiritualmente, entonces sin duda puede comer lo que quiera, eso no tendría que afectarle. Pero, si un hijo de vecino como yo quiere avanzar en el camino espiritual, es mejor que siga en la práctica la mayoría de los preceptos espirituales universales.

Confirmando su flexibilidad, al final del discurso Swami dice, “Mi amor y mis bendiciones están con todos vosotros, tanto seáis o no vegetarianos”.

Y luego da un consejo para aquellos que tengan un interés en volverse vegetarianos: “Si queréis cambiar vuestro estilo de vida y haceros vegetarianos, podéis hacerlo de forma gradual. Convertid ciertos días de la semana en días de vegetales. Lentamente aumentad esos días…Observaos interiormente. Notareis la diferencia en vuestro cuerpo y vuestra mente. Os aconsejo comer miel pura todos los días, durante veintiún días en la mañana, cuando estéis intentando dejar de comer carne. Esto ayudará a purificar vuestro cuerpo y a limpiar los efectos negativos de la carne en vuestro cuerpo”.

Estas son las razones, heredadas y elegidas, que me llevaron a ser vegetariano (u ovolactovegetariano, si se prefiere). No tengo dudas de que para mí es un buen camino y, por supuesto, respeto el que cada uno elija.

Ya está. Ahora ya saben con detalle la respuesta por si alguna vez me invitan a cenar y se les cruza por la mente la famosa pregunta sobre mi dieta alimenticia.

Imágenes:

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