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Luz y oscuridad, por Swami Premananda

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Cuando tengo poco tiempo para escribir este blog recurro a algún discurso inspirador de Swami Premananda, lo cual más que un recurso fácil ha demostrado siempre ser una muy buena forma de difundir mensajes espirituales útiles para varias personas, empezando por mí.

Esta vez, el tema se titula Luz y oscuridad y fue publicado en la revista del Sri Premananda Ashram de octubre 2017. Lo comparto a continuación:

“A pesar de que sabemos cómo quitar la oscuridad de nuestro interior e iluminar nuestras vidas, seguimos involucrándonos en las oscuras sombras de la ilusoria vida mundana, tapando nuestras mentes de forma que no podamos contemplar la luz. Cuando cerramos los ojos la mente vacila y pensamientos de hechos pasados desfilan frente a nosotros como en un sueño. A menudo pensamos en disipar esa oscuridad interior para iluminar nuestras vidas, sin embargo la vida mundana continúa arrastrándonos de regreso hacia la oscuridad, dejándonos en lo que parece ser una oscuridad permanente. Le hablamos a la mente acerca de nuestras expectativas y deseos, e incluso si la mente prefiere buscar la luz, el cuerpo continúa morando en la falsedad, disfrutando sus frutos.

Con oscuridad y engaño por doquier no podemos ya distinguir lo verdadero de lo falso. Sin importar cuántas veces hayamos tratado de disipar la oscuridad de nuestras vidas, y sin importar cuánto deseemos y esperemos vivir de forma iluminada por tener fe en la dicha de la luz, nuestros hábitos y deseos nos mantienen atrapados en la ilusión. ¿Cómo podemos liberarnos de una vez por todas de esta ilusión?

A pesar de que en un tiempo estuve prisionero del deseo, yo creía que un día sería liberado. Yo dije: “¡Suficiente, suficiente!” y con determinación y a través de la renuncia, elegí un sitio para permanecer en silencio. Mis esfuerzos dieron resultado. Fui liberado de la prisión del deseo, pero a pesar de mi liberación el deseo siguió llamándome. Cuando estaba en la prisión de la ilusión me di cuenta de que allí nada es permanente. Fue el silencio lo que me ayudó a disipar la oscuridad del mundo ilusorio en el cual vivía.

Les tomó algún tiempo a mis oídos darse cuenta de que la conversación innecesaria no tiene valor. Cerré mis ojos para evitar ver esas cosas que no eran relevantes para una vida elevada. En este estado escuché en mi interior el melodioso sonido Om. Como me mantuve en silencio, la saliva de mi lengua tenía el sabor del néctar de ambrosía. Cuando me quedé por largo tiempo en ese estado comencé a sentir una fragancia agradable al inhalar.

El sonido de OM, el sabor del néctar, la fragancia agradable, todo esto va al torrente sanguíneo, circula a través del cuerpo y despierta la kundalini en el muladhara chakra. La energía kundalini entonces sube gradualmente hasta llegar a la coronilla de la cabeza. Durante su movimiento ascendente la gloriosa luz de sabiduría comienza a brillar en el interior y uno entra en un estado gozoso. Existen varias formas y métodos de alcanzar este estado gozoso, muchas técnicas de meditación que uno puede practicar y, sin embargo, aunque tenemos el deseo de experimentar este estado de gozo no hacemos ningún esfuerzo serio para lograrlo.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

De la misma forma que podemos descubrir un perla en una caracola llena de barro, podemos encontrar luz en nuestro cuerpo manchado e impuro. Ahora esa luz yace latente en tu interior, pero cuando llegue el tiempo de madurez serás capaz de llegar a ella. En lugar de buscar esta luz dichosa las personas buscan tener relaciones íntimas, pensando que eso es la felicidad definitiva. A lo largo de la historia billones de personas han vivido y muerto así, sin haber comprendido nada.

Es muy excepcional el conocer al Uno sin nombre ni forma en nuestro interior. Es muy excepcional el ser capaz de tener consciencia de su omnipresencia, disipar la oscuridad y vivir en la brillante luz de la verdad.

Un nacimiento humano es excepcional; el alcanzar este estado de dicha es aún más excepcional. Entre los millones de personas de este mundo, si solo una o dos lograran alcanzar este elevado estado sería bueno para el mundo. Entonces las personas tendrían un recordatorio de que es posible vivir como un alma iluminada. Por tanto, nunca olvidemos que un estado más elevado nos llevará a la dicha”.

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La música o el silencio en la práctica de yoga

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Durante los dos últimos fines/comienzos de años publiqué posts con una selección de canciones espirituales del año (aquí 2014 y aquí 2015) y este curso planeaba hacer lo mismo. De hecho, llevo días intentando elegir canciones idóneas, espirituales e inspiradoras para un post titulado tentativamente 5 canciones para practicar yoga en 2016 o algo así pero no logro llegar a nada. Quizás mi falta de musa se deba a que este año no he dedicado mucho tiempo a escuchar música o quizás al erróneo enfoque del post que nunca escribiré, pues para mí la práctica de yoga, en el sentido de haṭha-raja, rara vez implica música.

Como a todo el mundo, a mí me gusta la música y creo tener buen gusto (la refutación aquí), pero con el paso de los años cada vez escucho menos música en general y me centro más en la música devocional, especialmente la relacionada con la India y el yoga, como kīrtans y bhajans. Incluso esa música devocional, de la que escucho artistas más occidentales que indios, tiene una vertiente pop y una búsqueda de “innovación” que me termina por cansar, con escasas excepciones.

Como consecuencia, en casa suena muy poca música (excepto, por exigencias de nuestra hija, canciones infantiles como La masovera o La reina batata), sumado a que para escribir en general es mejor el silencio e incluso para limpiar los baños a veces prefiero repetir un mantra que poner la radio (que esto nos los engañe: ni limpio mucho los baños ni repito tantos mantras).

Esta austeridad sonora tiene su correlación en mi práctica personal de haṭha yoga, pues para hacer prāṇāyāma o āsana no siento generalmente la necesidad de una banda sonora que vaya más allá de mi propia respiración.

headphones

En los linajes tradicionales del yoga indio no hay más música que la repetición de mantras introductorios, ni más esterilla que un pareo, ni más vestimenta que un taparrabo o unos pantalones blancos y sueltos, aunque con la difusión del yoga en Occidente esto haya cambiado y sea rara la clase de yoga en que no haya música (y esterillas de foam y camisetas apretadas). De hecho es tan normal, que si no hay banda sonora uno se puede poner incómodo como cuando comparte el ascensor con un extraño (esta incomodidad la trataré algún día en otro post).

Quizás por este hábito generalizado que comento y por la acrecentada tendencia moderna de buscar estímulos externos, es muy normal que la parte de aquietamiento y respiración inicial de una clase de yoga estén “perturbadas” por alguna música que, en lugar de ayudar a retraer los sentidos, nos lleve hacia afuera, e incluso “moleste” en el momento de cantar el mantra Om.

Todos los verbos que estoy eligiendo son solo mi opinión y no estoy criticando a nadie en particular, pues también soy consciente de que para muchas personas la música correcta es una buena forma de entrar en su práctica. De hecho, hace pocos meses le pregunté al maestro Sri Andrei Ram-Om al respecto y él dijo que, especialmente en entornos urbanos, donde hay muchos sonidos exteriores que pueden distraer, es preferible poner una música conducente a la introspección que dejar que el ruido de los coches de la calle o las obras en la fachada del edificio de enfrente nos disturben.

En el estilo Jivamukti Yoga, por ejemplo, que respeto mucho, la utilización del nāda yoga o “yoga del sonido” es vital y además de los mantras y la respiración, ese principio incluye la música inspiradora que, por supuesto, es una cuestión subjetiva y que, según el profesor (reconvertido en DJ), puede ser una canción de The Beatles, ritmos hip-hop o la meliflua voz de Deva Premal.

Es con todo esto en mente que como profesor de yoga, y con la intención de inspirar o, al menos, crear una atmósfera para la práctica grupal, yo también preparo algunas playlists para mis clases. La verdad es que no me renuevo mucho y la música que uso se repite bastante y, en realidad, más de una vez he dejado a mis alumnos en silencio toda la clase porque, ocupado en instrucciones o secuencias, me olvido de ir a darle al play.

Siendo sincero, la única música que me inspira plenamente para una práctica está siempre relacionada con Sri Dharma Mittra, mi maestro de haṭha-raja, y gran leyenda viva del yoga. De hecho, quienes hayan venido alguna vez a mis clases seguramente reconocerán las únicas dos canciones del álbum que se titula, como las mismas canciones, Om Namah Shivaya / Hum Sa, en que canta Sri Dharma Mittra y su esposa Ismritte Devi Om.

Se trata de grabaciones muy simples, con mantras simples y poderosos (y también alguna frase en inglés) cantados por Dharmaji y Ismritte Devi y que tienen la ventaja de durar un buen rato (32’ y 46’) y por tanto con eso basta para llenar la banda sonora de casi cualquier clase de yoga.

La canción Hum Sa es especialmente hermosa porque tiene a Dharmaji recitando el “mantra de unificación”, tal como él lo enseña, que es una variante del místico mantra hum sa, so’ham y que se llama de unificación porque su sentido es “eso soy yo, yo soy eso” o como le gusta decir a Dharmaji: “yo soy tú, tú eres yo”. En ambos casos, “eso” o “tú” son sinónimos de Dios (cada uno puede usar otro sinónimo de Dios que le guste, si corresponde).

En más de una ocasión me han preguntado las referencias sobre esta música, que más allá de los gustos personales, tiene una innegable vibración espiritual porque está hecha por un maestro auto-realizado y, además, porque está hecha como una ofrenda a Dios y nada más (y nada menos), sin pensar en el marketing ni en el tour europeo ni en que guste a las masas de yoguis.

Por ello, este año comparto esta música que, para mí, ha sido más que suficiente para practicar durante este último año y medio por lo menos (si no lo puedes escuchar abajo, prueba clicando aquí):

spotify:album:7rijlQDkNowX4bm2zbFAmf

Espero que les guste y, en todo caso, espero que cualquiera sea la música que cada uno escuche, nos sirva para encontrar, finalmente, el silencio interior.

Sri Shiva Shakti Ammaiyar, la santa silenciosa

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Básicamente, la India es considerada una tierra sagrada porque en ella han vivido, desde tiempos inmemoriales, personas santas. De hecho, se considera que, también a día de hoy, hay personas santas que pisan el suelo de la India.

A este respecto, en esta bitácora digital se han relatado diversos encuentros con personas santas y, a fin de cuentas, esa es la razón principal de mis viajes a la India: el encuentro personal con seres humanos que han experimentado y experimentan directamente a Dios.

Santo

Una vez más, me veo inclinado a explicar la interpretación que, basado en la filosofía espiritual de la India, doy a estas personas santas. Cuando digo “santo” lo que quiero decir es, efectivamente, “santo”. Es decir, no me refiero meramente a sabios o eruditos; no me refiero a curanderos; ni entiendo simplemente monjes o renunciantes. En realidad, lo que quiero decir es “santos “ en el mismo sentido, o aún mayor, que se le da a esa palabra en Occidente.

Para la filosofía espiritual de la India un santo es la persona que ha conocido su verdadero Ser, o su verdadera esencia. También se puede explicar como alguien que ha conocido a la Divinidad y que está en armonía permanente con ella. Hay muchas formas de decirlo, según las preferencias. Un santo es más que una persona buena y noble; es alguien que ha entendido el propósito de la vida y que puede, por ende, enseñarlo a otros.

A este respecto, hay muchas variedades de santos. Es decir, no son todos idénticos en sus caminos ni en sus métodos. Ni siquiera poseen la misma religión, y mucho menos la misma raza, casta o status mundano. Cada santo ha hecho un camino diferente, que a fin de cuentas lleva a todos a la misma meta, el conocimiento absoluto de sí mismos, lo cual trasciende todas las separaciones.

En la India, está lleno de personas que entablan esta búsqueda espiritual y esencial. Asimismo, en la India hay muchas personas que han logrado el objetivo y pueden ser denominadas como santas.

Algunos de estos santos son solitarios y desconocidos; otros tienen apenas un puñado de afortunados seguidores; otros son realmente populares entre los habitantes de todo el país, e incluso el mundo. Algunos de estos santos han alcanzado la iluminación en esta misma vida; otros han nacido siendo, directamente, una encarnación Divina en la tierra, con todas las deudas cumplidas y con el sólo propósito de guiar a la humanidad.

Relación

A pesar de que todos los maestros espirituales son una expresión de la misma energía Divina (o cualquiera sea el nombre que se le prefiera dar), cada uno tiene su particularidad y su método de enseñanza, lo cual determinará quienes se interesarán en él o ella.

Es decir, los maestros que viven en una cueva en los Himalayas, quizás tengan alguna persona que los alimente o cuide, pero es difícil que reciban centenares de devotos. Los maestros con actitudes poco convencionales también tienden a tener pocos seguidores. En cambio, los maestros que dan discursos públicos sobre espiritualidad reciben naturalmente más adhesión.

Sobre esto hay que aclarar que, para nada, un tipo de maestro es, necesariamente, mejor que otro. Cada tipo de maestro, junto a su método y enseñanzas, es correcto y necesario para cierta clase de personas.

Si se quiere, en todo caso, se puede hacer una diferenciación entre los maestros espirituales que se han iluminado en esta vida, y los avatares; es decir quienes han nacido como encarnaciones de la Divinidad. De todos modos, no es tan sencillo para una persona sin gran desarrollo espiritual notar las diferencias. Y aún así, no le quita mérito a una persona santa que se haya iluminado “recién” en esta vida.

Hay que tener en cuenta que, en la India, la relación Gurú-Discípulo es entendida como algo natural, y además como una buena fortuna para quien tiene la chance de aprender de un maestro espiritual calificado. A diferencia de la concepción occidental más individualista, la filosofía espiritual de la India confía en ser guiados por un maestro que nos ayude a cruzar más rápido de la orilla de la ignorancia a la de la sabiduría absoluta. Obviamente, esto no significa que el estudiante no deba, de manera permanente, poner gran empeño y determinación para lograr su meta. Según esto, la ayuda del Gurú es esencial, pero hace falta también el anhelo del discípulo.

Darshan

La forma clásica de tener contacto con una persona santa es a través de un darshan. La palabra sánscrita darshan significa “visión”, y se refiere justamente a “ver una persona santa”. Tener un darshan, entonces, es tener la visión de la Divinidad en alguna de sus formas.

Desde mi opinión, esta visión no es solamente la del devoto hacia el santo, sino que también es la del santo hacia el devoto. O sea, no es únicamente la posibilidad de “ver la Divinidad”, sino de ser “mirados por la Divinidad”; lo cual también es una gran bendición, ya que “donde va atención va energía”, y si una persona santa pone su atención, aunque sea por un momento, en alguien, entonces está poniendo también su energía, siempre beneficiosa, en ese alguien.

Asimismo, un darshan, manteniendo la esencia de la “visión”, puede tener variantes. En algunos casos, el santo sólo se deja ver; aunque en otros, el santo también da un discurso, canta, o realiza un ritual. Como siempre, depende del estilo de enseñanza de cada maestro espiritual. Lo importante es recordar que, sea del tipo que sea, un darshan verdadero es siempre una bendición.

Fue justamente para tener un darshan completo que hace tres meses (febrero 2010) nos dirigimos (junto a Nuria y un grupo de argentinos) otra vez a la ciudad de Tiruvannamalai, en el Sur de la India. Como relaté hace muchos posts (Tiruvannamalai, para todos los detalles), Tiruvannamalai es una de las cinco ciudades sagradas para el Shivaísmo en el sur del país.

Esto se debe, por un lado, al templo de Annamalaiyar, uno de los más grandes de la India que está dedicado, por supuesto, al Señor Shiva. Por otro lado, y fundamentalmente, a la presencia de la sagrada montaña de Arunachala, considerada una de las moradas del Señor Shiva.

A lo largo de los años, a los pies de la montaña, miles de personas han indagado por la respuesta a su búsqueda espiritual. Asimismo, innumerables son las personas santas que en todas las épocas allí han impartido las enseñanzas para conocer la Realidad Última. A este respecto, el gran santo Ramana Maharishi es el paradigma de alguien que ha conocido la energía sagrada de Arunachala.

Ammaiyar

En nuestro caso, la razón de la visita de una sola noche a Tiruvannamalai era asistir al darshan de la santa Sri Shiva Shakti Ammaiyar, de quien habíamos oído hablar varias veces.

A decir verdad, no teníamos mucha información al respecto más que lo que nos habían contado amigos y conocidos. Ahora, al buscar en Internet, veo que su sitio oficial – http://www.sivasakthiammaiyar.com/ – es muy sencillo y tampoco tiene demasiada información. Según leí en la red, aunque no en su sitio oficial, la santa podría ser nacida en el año 1943/44, si bien parece más joven que los sesenta y seis años con que debería contar ahora, según ese dato.

Lo que sí es seguro es que la santa fue una ardiente devota del Señor Shiva, y su deseo por descubrir su verdadero Ser fue siempre en aumento. Una vez que logró su anhelado objetivo espiritual, se retiró a una zona montañosa del sur del país donde pasó muchos años en silencio. En el año 2003 se radicó en Tiruvannamalai, donde a día de hoy funciona su sencillo ashram.

Ammaiyar es un nombre de respeto para “madre” (amma), mientras que Shiva Shakti son las dos caras indivisibles de la creación Divina según el Hinduismo. Shiva, la energía masculina Absoluta e Inmanifestada; Shakti, la energía femenina que es dinámica y pone en movimiento la creación. Para muchos devotos, ella es simplemente llamada amma, madre.

Actualmente, Sri Shiva Shakti Ammaiyar da darshan a todos los que la visitan, cada día a las 10am. Y como detalle importante, la santa pasa la mayor parte de su tiempo en silencio. De hecho, su página web informa que después de muchos años ella rompió su silencio en octubre de 2008 para dar un mensaje espiritual. Desde entonces, puede que ella hable ocasionalmente, siempre en su idioma natal y a través de un intérprete.

De todos modos, eso no es lo usual y sus darshans se realizan en inmaculado silencio.

Silencio

Ya en un antiguo post sobre la ciudad de Haridwar (La puerta a Dios, para detalles) escribí sobre Sarveshwari Ma, una santa silenciosa que con los gestos lo decía todo. También, en un post algo más reciente escribí sobre la práctica del silencio espiritual y sus beneficios (La práctica del silencio espiritual). Ahora, con Nuria, íbamos a asistir a un darshan totalmente silencioso, sólo ver y ser vistos, sin ningún otro sonido.

El salón donde Sri Shiva Shakti Ammaiyar da su darshan no es excesivamente grande. Calculando a ojo, es una habitación de 15 x 7 metros. Como anticipé, cada día a las 10am aproximadamente, hace su aparición la santa. Sin embargo, conviene llegar con algo de anticipación para conseguir un buen lugar (ya que cada día se reúnen unos sesenta visitantes), y sobre todo, estar en estado receptivo.

En nuestra primera visita, llegamos con una hora de anticipación y nos ubicamos cómodamente a meditar mientras esperábamos. En un momento de dicha meditación me pareció sentir una energía especial, que se podría explicar como ver una especie de luz anaranjada en el entrecejo.

Después de un rato sin novedades, me decidí a abrir los ojos, y me sorprendí al ver que la santa ya estaba en el salón, al parecer hacía ya un tiempo. Según entiendo, la luz naranja, que yo había interpretado como un signo de la buena energía del lugar, había sido en realidad mi particular señal de entrada de la santa.

Al abrir los ojos vi a la santa caminando al otro lado de la sala (yo estaba en un extremo) entre algunas personas. Como mucho la vi cinco minutos, y entonces se marchó. Por lo general, el darshan de Sri Shiva Shakti Ammaiyar tiene una duración de quince minutos. En este caso, no sé si fue más corto, pero por seguro yo me perdí gran parte con los ojos cerrados.

En todo caso, peor fue lo de Nuria, que estaba meditando a mi lado y nunca abrió los ojos, hasta que la santa se hubo marchado. Yo no caí en la cuenta de avisarle, primero porque no me di cuenta que ella estaba con ojos cerrados, y segundo porque pensé que yo había sido el único en darse cuenta tarde de la aparición de la santa.

Ante esta situación, y para evitar problemas conyugales, tendríamos que regresar una vez más.

Segunda

Sin embargo, esta segunda oportunidad no fue inmediata, ya que en el medio hubo dos semanas en el Sri Premananda Ashram y una viaje al extremo sur de la India. Solamente un día antes de regresar a Chennai para tomar nuestro avión pudimos visitar Tiruvannamalai nuevamente. Al día siguiente, nuestro último en la India, nos acercamos con anticipación al ashram de la santa.

En el salón de darshan hay algunas esterillas en el suelo para los visitantes y en el centro, contra una de las paredes, hay una silla de mimbre donde, ocasionalmente, se sienta la santa. Una vez más nos sentamos a meditar, esta vez en el centro y no en un extremo. Mientras yo estaba con los ojos cerrados volví a sentir una especie de llamado interno para abrirlos, aunque esta vez menos “colorido” que la primera vez. En realidad, yo no tenía muchas ganas de abrir los ojos, ya que estaba disfrutando de la meditación. Pero por si acaso, los abrí… Y allí estaba ya la santa, sentada en su silla, sin un ruido que me lo hubiera anticipado. Nuria también tenía los ojos abiertos, como me aseguré.

De todos modos, poco tiempo estuvo sentada, ya que empezó a pasearse cerca de los visitantes, mirando a cada uno. Basándome en mis dos visitas, puedo decir que sus movimientos son muy pausados, aunque a la vez veloces. Sin nada de ruido se mueve de un lado a otro de la sala con mucha fluidez, aunque con toda serenidad. Con las manos parece estar permanentemente haciendo mudras, es decir gestos rituales y espirituales, muchas veces con las palmas hacia arriba.

Y sobre todo, mira a todos y cada uno.

Mirada

Me da la sensación de que la santa nos mira a cada uno un ratito (o rato, depende), para luego seguir con el próximo. Creo que cada uno siente que fue mirado personalmente. En mi caso su mirada pasó bastante rápido y después, cuando ella estaba un poco más alejada mirando a otra persona, me vinieron deseos de que la santa me mirara mejor, y lo pedí internamente. De manera inmediata ella puso sus ojos sobre mí, para satisfacerme.

Es increíble y vergonzoso como uno necesita de esos gestos externos, para sentirse querido o especial, cuando en realidad lo que está buscando es interno y quizás intangible. Los santos lo saben, lo entienden, y por ello, muchas veces, también satisfacen estos deseos banales.

Además de la paz permanente que emana de la santa, cada una de sus miradas está llena de amor. Después de una de sus miradas, muchas veces la santa pestañea muy lentamente, como si decodificara a esa persona (a esa alma), o en realidad, como si la bendijera.

Luego de mirar a todos los presentes, la santa se sentó en su silla por cinco segundos, para después ponerse de pie y hacer un escaneo final por toda la sala. Esta vez en sus ojos oscuros vi el brillo de la Divinidad, de la Madre Divina.

En este caso, el concepto de darshan tuvo su total confirmación, ya que la santa nos miró a todos dando su bendición, a la vez que yo pude vislumbrar en sus ojos la Divinidad que había ido a buscar.

Con este bendito regalo podíamos, ahora sí, partir de la India en paz.

Imágenes:

blogsetta.blogspot.com

bhagavan-ramana.org

sivasakthiammaiyar.com

La práctica del silencio espiritual

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Una de las tantas prácticas posibles que se alientan en la filosofía espiritual de la India es la que, en lengua tamil, se denomina mounam (‘mauna’ en sánscrito).

Mounam es ‘silencio’, aunque con un propósito espiritual. Muni es el nombre de aquél que practica dicha forma de silencio.

 

Entre las razones que justifican esta práctica, se encuentran el auto-control, la introspección, la búsqueda de quietud mental, y el aumento de la energía vital.

 

Salud

 

Sobre este último punto, que quizás es el menos obvio, me parece pertinente hacer un análisis más detenido. Con mucha probabilidad, muchos hemos notado que cuando hablamos por un largo periodo nos cansamos. Quienes trabajen, o hayan trabajado, en un callcenter lo habrán notado sin dudas.

De todos modos, aunque el hablar no sea así de extremo como un trabajo, sino parte de una actividad de ocio (reuniones sociales, llamar por teléfono a la familia), quizás hayan notado que después de un cierto tiempo puede provocar cierto agotamiento. Físico, y también mental.

 

Ante la pregunta de un devoto sobre el silencio, Swami Premananda respondió que usamos mucha energía hablando. El hablar excesiva e innecesariamente reduce nuestra energía y nuestro tiempo de vida, dijo.

 

En su discurso llamado ‘La práctica espiritual de estar en silencio’, Swami profundiza:

Es una pérdida de tiempo seguir hablando de todo lo que pasa en el mundo. Cuando se hace eso, la energía vital se reduce. Cuando se habla continuamente, la energía interior se reduce.

Si hablas todo el tiempo, no podrás comprender lo que es correcto y lo que no lo es. Cuando estás en mounam, puedes reconocer y entender los pensamientos divinos.

Cuando estamos sumergidos en pensamientos divinos y hemos dejado de hablar, entonces nos damos cuenta que hablando y hablando nos cansamos’.

 

A este respecto, en el Mahabharata, la gran epopeya hindú, hay una historia concerniente al valor del silencio. Después de que el sabio Vyasa hubo dictado el último verso del poema al Señor Ganesha, quien lo había anotado todo con uno de sus colmillos, le dijo:

‘¡Ganesha! ¡Bendita es tu escritura! El Espíritu Supremo ha creado el Mahabharata y tú lo has escrito. Lo que es más asombroso es tu silencio. Durante el dictado yo debo haber dicho casi dos millones de palabras, pero durante todo el tiempo no oí ni una sola palabra de ti’.

 

El Señor Ganesha respondió reflexivamente: ‘¡Vyasa! Algunas lámparas tienen mucho aceite; otras tienen sólo un poco. Ninguna lámpara tiene un suministro continuo de aceite. De igual modo, dioses, hombres y demonios tienen una vida limitada. Sólo aquellos que tienen auto-control y usan sus poderes con paciencia y entendimiento pueden beneficiarse plenamente de su vida. El primer paso para el auto-control es controlar el habla. Aquél que no puede controlar su habla pierde energía innecesariamente. Por medio del control del habla uno evita esa pérdida. Siempre he creído en el poder del silencio’. 

 

De este modo, la frase usada en Argentina, ‘el silencio es salud’, adquiere aquí un sentido diferente, que es prácticamente literal.

 

Vyasa-Ganesh

 

Introspección

 

Por otra parte, uno de los beneficios evidentes del silencio es la posibilidad de estar en mayor contacto con uno mismo. En el sentido de llevar la atención hacia el interior y no hacia el exterior.

 

Como no podía ser de otra manera, Mahatma Gandhi hizo del mounam una práctica regular en su ejemplar vida. Tal es su propia explicación, como aparece en el libro de Yogananda, ‘Autobiografía de un yogui’:

‘Hace algunos años comencé la observación de un día de silencio a la semana, con el objeto de tener tiempo para ocuparme de mi correspondencia. Pero ahora esas veinticuatro horas se han convertido en una vital necesidad espiritual. Un mandato periódico de silencio no es una tortura, sino una bendición’.

 

Aconsejando al respecto, Swami Premananda dice:

‘Trata de no hablar innecesariamente. Durante algún tiempo en el día, permanece un poco silencioso. En los momentos de silencio se puede entrar muy profundo en el interior’.

 

Justamente, una renunciante y antigua discípula directa de Swami, Nitya Devi Mataji, me contó su primera experiencia de mounam, fomentada por la compañía de Premananda.

Argumentando malos augurios astrológicos, Swami aconsejó a Mataji que estuviera en silencio absoluto por una semana completa, de manera de neutralizar esas malas influencias planetarias. Ahora, Mataji se ríe de lo que ella considera la excusa utilizada por Swami para hacerla experimentar el silencio, pero en aquel entonces fue una dura prueba.

En la noche del último día de silencio, Mataji tuvo un intenso sueño y se despertó gritando en la cama. Sin quererlo, había roto su voto justo antes de cumplir el plazo fijado, y por ende tuvo que recomenzar.

En la noche del último día de silencio, esta vez de la segunda semana, Mataji salió de su habitación para tirar la basura que se había acumulado en tantos días de aislamiento. Al llegar al basurero exterior, se encontró con un vaca que rumiaba un pedazo de cartón y con un gesto de compasión se acercó a ella diciendo, ‘Pobre vaquita, no comas eso…’ Una vez más, sin darse cuenta, había incumplido el voto.

La tercer semana de silencio se completó sin sorpresas de último momento, y fue así como la primer experiencia de mounam de Mataji, fue mucho más larga de lo que ella misma hubiera jamás esperado.

 

planetas

 

Auto-control

El hecho de que hablar sea tan fácil y tan natural, hace que uno diga cosas aún cuando sean innecesarias u obvias. Es más, quien habla poco es generalmente considerado un poco ‘raro’, como si tuviera algún problema.

Es posible que en algunos casos el silencio de una persona se deba a timidez, indiferencia o mal humor, y en eso se distingue de la práctica espiritual del silencio, que es siempre consciente y una forma de auto-control.

En relación a esto, Swami dice: ‘Casi todos chismorrean en algún momento u otro. Puede que no pienses en ello, pero el chismorreo es como una droga. Es adictivo y lleva tu conciencia hacia abajo. Influye sobre otros para que tengan malos sentimientos por tus semejantes y trae mal karma al que chismorrea y también al que escucha’.

 

Además de lo negativo de herir con la palabra, ya sea directa o indirectamente, Swami siempre hace hincapié en el hecho de que hablar de más crea, tarde o temprano, malentendidos. Esta idea no está, por fuerza, en contradicción con la máxima que dice que ‘hablando la gente se entiende’.

Swami no reniega de la comunicación, pero su postura es que hablando lo necesario es más que suficiente.

 

Ante la pregunta de ‘¿Por qué no es bueno hablar demasiado?’, Swami, con su particular estilo, dice:

‘¿Tengo que hablar mucho acerca de no hablar? Es mejor si os aconsejo alguna manera práctica para ayudaros a estar en silencio interior… Os daré una práctica sencilla. Fijad una cierto tiempo – digamos una hora cada día – en el que tan sólo hablaréis lo que es absolutamente necesario. Durante este tiempo, observaos muy cuidadosamente. Poned atención en cada sílaba que sale de vuestra boca. Puede que al principio no sepáis qué decir y qué no decir, pero a medida que pase el tiempo mejoraréis.

Tal vez preguntéis, ¿por qué no simplemente permanecer en silencio? Eso es fácil, ¿no es verdad? Podéis decir que no hablaréis en absoluto durante una hora, pero para ello no se necesita mucho auto-control. Cuando abrís la boca causáis problemas a vosotros mismos y a otros. Que esta práctica se convierta en un hábito. Encontraréis que podéis controlar más fácilmente vuestra mente y vuestras palabras. Este ‘semi-silencio’ os permitirá controlar las tendencias dañinas de vuestra personalidad y evitar malentendidos con los demás’.

 

silencio hospital

 

Semi-silencio

 

Esta novedosa idea de ‘semi-silencio’, me trae a la mente una graciosa historia que también me contó Nitya Mataji:

Un muchacho decide hacerse monje y entra en un monasterio donde se practica el silencio de manera permanente. Sólo una vez cada cinco años, los monjes tienen la posibilidad de hablar con el director de la orden monástica y decir apenas dos palabras.

 

Luego de los primeros cinco años, el joven pupilo es llamado a la oficina del anciano monje superior, y ante la pregunta, ‘¿Algo para decir?’, da como respuesta, ‘Cama dura’.

Cinco años más tarde, el joven monje es otra vez llamado a la oficina, y consultado por el anciano responde, ‘Mala comida’.

Pasados otros cinco años, el ahora más maduro monje es convocado nuevamente a la oficina y ante la tradicional pregunta, dice ‘Baño apesta’.

 

Finalmente, después de otros cinco años, el ya no joven monje se dirige cansinamente a la oficina del superior y cuando se le consulta si tiene algo para decir, responde secamente ‘¡Me voy!’.

A lo que el anciano monje retruca, ‘Menos mal, ya que lo único que has hecho durante los últimos veinte años es quejarte’.

 

Las moralejas que se pueden sacar de esta parábola-chiste son diversas, pero la que me interesa aquí es la referida a elegir las palabras. Si uno práctica este ‘semi-silencio’ que aconseja Swami, debe tener mucha atención para elegir sus palabras, y desechar todo lo que es innecesario. En cinco años, el monje tuvo tiempo de pensar muy bien lo que iba a decir, y de hecho con tan sólo dos palabras pudo expresar muy bien lo que sentía.

 

Más allá de si estaba equivocado o no (o de si espero demasiado para tomar la decisión final), es evidente que con muy pocas palabras alcanzaba para comunicarse.

 

monje

 

Camino 

 

A decir verdad, personalmente no practico tanto el silencio como debiera. En el pasado, he tenido la oportunidad de hacer mounam, en diferentes ocasiones.

En el Sri Premananda Ashram, en ciertos periodos, incluso aunque uno no lo busque expresamente, no hay otra opción que estar en silencio, ya sea porque hay muy pocas personas con quien hablar o porque la actividad que uno realiza se hace de manera individual, sobre todo en épocas de pocas visitas.

Por otro lado, hacer silencio en un retiro espiritual, de meditación, o de yoga, es algo bastante normal y la atmósfera ayuda a que se convierta en una práctica llevadera, ya que todos están en la misma situación.

Por el contrario, hacer silencio en la vida cotidiana es a veces imposible, sobre todo si uno tiene que trabajar. De allí que el ‘semi-silencio’ sea una idea tan buena.

 

En mi caso, siempre me quedarán en la memoria mis primeras veinticuatro horas de mounam, realizadas en, lo que podría definir, como la línea entre la vida cotidiana y el retiro espiritual.

No fue en la India, sino en pleno Camino de Santiago, ya bastante cerca de la meta, en Galicia.

 

El Camino se trata, en gran medida, de un retiro espiritual, y ser un peregrino implica adoptar, a veces, actitudes ‘exóticas’; de manera que estar en silencio es bien comprendido en ese contexto. A la vez, el Camino transcurre por el mundo normal, donde hay personas y situaciones que hacen una vida cotidiana y uno debe interactuar con ellas. En este último punto, estar en silencio es ‘anti-natural’.

 

Para evitar preguntas, y sobre todo explicaciones que no podía dar, me colgué un cartelito que decía, en español e inglés, ‘Estoy en silencio’. Entonces partí.

 

camino de santiago

 

Practicidad

 

El primer detalle es que hay que estar muy atento para no hablar. Aunque uno esté sólo, caminando en medio del bosque, le quieren salir canciones, exclamaciones o los típicos diálogos con uno mismo.

Si uno está acompañado, entonces ya es más difícil, claro. Hay detalles prácticos ha tener en cuenta. Ante cada saludo que recibía (y en el Camino uno recibe muchos, ya sea de otros peregrinos o de las gentiles personas del lugar), tenía que responder con la mano o la cabeza.

Probablemente en más de un caso habré pasado por antipático o maleducado; aunque muchas veces mostrar el cartelito me simplificaba las cosas.

 

Algo difícil, y también cómico, fue conseguir mi comida de ese día. Entré a una despensa del Camino, y tuve que ir señalando distintos productos (pan, queso, fruta) al señor de la tienda, que gentilmente me siguió el juego y me ayudó bastante.

Si yo señalaba una barra de pan, él decía ‘¿Cuántas?’, y yo levantaba un dedo de la mano.

Si yo señalaba el queso, él decía ‘¿Cuántas lonchas?’, y yo abría toda la mano, y así con todo…

 

No todos eran tan comprensivos, o al menos no a todos les quedaba tan claro lo que yo estaba haciendo. Recuerdo un bonachón peregrino italiano de Bolzano, con quien me encontré recargando agua en una fontana, y con su marcado acento alemán me empezó a hacer preguntas. Yo me limitaba a mirarlo con cara de circunstancia. Luego le mostré el cartel, y entonces me empezó a hablar más alto, casi gritando. Más tarde, en otra parada, nos volvimos a encontrar y ¡una vez más me hizo las preguntas de antes! Me parece que el cartel en este caso no fue efectivo.

 

Al llegar al pequeño pueblo gallego de O Cebreiro me dirigí al albergue de peregrinos, allí la hospitalera me recibió muy bien y también con algunas  preguntas; enseguida le mostré el cartel y para mí sorpresa ella dejó de hablarme instantáneamente. De ahí en más, me guió a mi cama sólo con señas y gestos, como si mi silencio fuera contagioso.

 

Ya instalado, me dirigí a la despensa del pueblo y después de mostrar el incansable cartelito al tendero, le escribí en un papel, ‘IINTERnet?’, tratando de averiguar si podría comunicarme al menos de manera digital. El hombre me miró y con cara de confusión dijo, ‘INTERrumpo?’.

Que mi caligrafía no es buena, es vox populi, pero nunca creí que fuera para tanto.

 

O cebreiro

 

Inerme

 

Todas estas anécdotas, no son más que eso. Sin embargo, las enseñanzas importantes y profundas que me quedaron de aquellas experiencias de silencio fueron otras:

Por un lado, lo ya dicho, la gran atención que requiere el no emitir palabra alguna.

Por otro lado, al no poder hablar me sentía inseguro, me sentía inerme. Sentía que me faltaba algo y al ver que se acercaba alguna persona me daba una mezcla de angustia y temor, ya que no podría responder con las mismas armas.

Era como si estuviera en una batalla y fuera el único que no tiene armadura.

 

Esta sensación de vulnerabilidad creo que estaba relacionada con el hecho de quedar mal, o quedar como ‘raro’, al no responder. Es decir, me hacía poner en el tapete el aspecto del ‘qué dirán’ los demás.

O sea, el no hablar en sí mismo no era un problema, pues podía continuar con normalidad la vida (comer, alojarme, caminar), pero me influía el aspecto de la ‘imagen’. Yo, interiormente, consideraba que mi práctica de ese día era correcta y la hacía con devoción; sin embargo, me inquietaba lo que pensarían los demás ante esa actitud extraña para ellos.

 

Por ende, la práctica del silencio no sólo fue un ensayo de auto-control, sino también de entrega a la situación y de auto-confianza.

 

armadura1

 

Salir

 

Gandhi decía que ‘más difícil que ayunar es salir del ayuno’. Siguiendo la idea, se podría hacer una analogía con el silencio.

Se trata siempre de pasar de un estado a su contraparte, y si uno no mantiene el espíritu observador puede saltarse al otro extremo.

Después de pasar todo un día en silencio, uno acumula tantas cosas no dichas en la cabeza que quiere pasarse el día siguiente hablando. Así como le dan ganas de atracarse de comida después de un día de ayuno.

Evidentemente, esa no es la actitud justa.

 

Después de las tres largas semanas de silencio ya relatadas, Nitya Mataji tuvo dificultades para volver a hablar, ya que se había acostumbrado a estar en silencio.

Yo mismo, después de ese día callado, tuve que hacer un pequeño esfuerzo para decir ‘Buenos días’ por la mañana siguiente.

 

Swami dice, ‘Finalmente comprendemos que hablando meramente nada va a suceder. Es por esta razón que los sabios espirituales, los santos, y las personas divinas decían que estar en mounam es el camino más elevado. Ellos alcanzaron la liberación practicando mounam. Entonces se olvidaron de cómo hablar. Estaban tan inmersos en la experiencia que sentían practicando mounam que no hablaban para ayudar a que otros entiendan. Dejaron de hablar e incluso se olvidaron de cómo hacerlo…. Hubo muchos sabios que vivieron así’.

 

En antiguos posts de este diario se pueden encontrar breves relatos de algunos ejemplos de santos silenciosos: el gran Ramana Maharishi en ‘Tiruvannamalai’ y la santa de Haridwar, Sarveshwari Maa, en ‘La puerta a Dios’.

 

siddha

 

No obstante yo todavía no me olvidé de cómo hablar, creo que la práctica espiritual de estar en silencio es de gran ayuda.

De seguro es una experiencia para probar, que sin dudas nos muestra puntos de nuestra personalidad que quizás no teníamos tan identificados.

 

Muy bien, ahora me callo.

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