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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

Los Yogasūtra en traducción de Òscar Pujol

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“Si hay un texto de la literatura universal que ha sido tergiversado son los Yogasūtra” dijo el indólogo y sanscritista Òscar Pujol en la presentación en Barcelona de su traducción al español de la fundamental obra de Patañjali, que publica Editorial Kairós con el título Yogasūtra: los aforismos del Yoga.

Cualquier yogui medianamente serio sabe, aunque no lo haya leído, que los Yogasūtra son un texto ineludible para tratar de conocer el yoga clásico. De hecho, en toda formación moderna de profesores de yoga se recomienda y se estudia (de una u otra forma) este texto fundacional, aunque es curioso que en la realidad, dice Òscar, el entendimiento actual del yoga de Patañjali sea muchas veces diferente del sistema original, “más basado en la meditación y en la recitación de textos (svādhyāya) que en la ejecución de posturas”. El yoga actual, un fenómeno “transnacional”, explica el traductor, “es más bien un encuentro entre Occidente y Oriente que surge en el siglo XIX”, mientras que el yoga de Patañjali es básicamente “una forma de meditación”.

Esto no quiere decir que Òscar critique el yoga moderno, sino que considera un “gran milagro” que en el yoga de hoy en día se siga hablando de Patañjali como fundador cuando la práctica actual más difundida es muy diferente. Yo estoy bastante de acuerdo con esta visión porque muchas veces me he preguntado por qué en clase de yoga uno habla de “los ocho pasos” o “de que el yoga es mucho más que āsana” pero al final se la pasa haciendo posturas. Sin entrar a analizar las razones de esta aparente contradicción, sino que focalizándose en ofrecer una solución, Òscar nos ofrece una “traducción transparente”, basada en los principios de “fidelidad y simplicidad”.

Yogasutra

Explica Òscar que al preparar el texto abandonó la idea, muy de su gusto, de poner muchas notas y bibliografía justamente para favorecer la lectura incluso para un público no especializado. Al tratarse de un texto aforístico, muchas veces ambiguo y críptico, el hecho de reducir la información periférica es un gran desafío que requiere mucha claridad de ideas y precisión lingüística por parte del traductor/comentarista. Estas dos virtudes las hace evidentes Òscar en su brillante Introducción al libro, que resume su método de trabajo, el contexto histórico de la obra original, el contexto filosófico del sāṃkhya y la compleja psicología expuesta por Patañjali. Se agradece enormemente tener ese mapa tan claro al iniciar la lectura.

A la hora de presentar cada sūtra, Òscar optó por hacer una traducción lo más literal posible sin perder la coherencia. Eso a mí me gusta mucho porque, en lugar de aceptar ciegamente una versión, permite que también sea uno quien haga su parte de interpretación. Justamente para que el lector, si lo desea, pueda entender la lógica de la lengua sánscrita y el uso de cada palabra original, el traductor agrega (además del texto sánscrito en devanāgarī y en transliteración técnica) un trabajado desglose palabra por palabra de cada aforismo.

Como con toda traducción, hay elecciones del traductor con las que uno, como lector, puede estar más de acuerdo o menos, pero el intento de rigurosidad y fidelidad al espíritu original de Patañjali es muy loable. Cuando se entra en la parte más famosa de los Yogasūtra, en que Patañjali describe el aṣṭāṅga yoga, “los ocho elementos” de su método (a partir de 2.35), muchos yoguis encontrarán detalles interesantes como la definición menos convencional de satya, cuyo afianzamiento otorga “la fructificación de las acciones” (y no “el cumplimiento de todo lo que se dice”); la traducción de asteya como “honestidad” y de aparigraha como “no aceptación” en lugar de “abstención de riquezas” o “no codiciar”. También es interesante el análisis que hace Òscar, en distintas partes del libro, del concepto de īśvarapraṇidhāna y sus posibles significados.

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El otro gran aporte de Òscar Pujol está en los comentarios, concisos y otra vez muy clarificadores. Para hacer una traducción puede bastar con conocimientos filológicos, pero para hacer un buen comentario a un texto como los Yogasūtra se necesita también mucho bagaje cultural, filosófico y espiritual (no en vano Òscar lleva rumiando el texto desde hace más de 30 años). Con muy buen tino, Óscar basa su propio comentario en el análisis de siete comentarios antiguos y clásicos que han definido a lo largo de los siglos el entendimiento de los sūtra. Esta es una contribución importante para los estudiantes de yoga en lengua española, pues esos comentarios clásicos no están fácilmente disponibles en español (el libro de José Antonio Offroy Arranz con el comentario de Vyāsa es una destacada excepción).

Otro factor muy interesante de esta versión que nos ofrece Pujol es el análisis de las fuentes budistas tradicionales en pali (especialmente el abhidhamma piṭaka) para interpretar los sūtras. Según explica Òscar, “gran parte de su terminología procede directamente de esas fuentes”, como así también muchas de las categorías y explicaciones del funcionamiento de la mente. Estas fuentes budistas serían anteriores a Patañjali y aunque hay divergencias en cómo él aplica estas ideas en el sistema del yoga, es cierto que “estas fuentes pueden aclarar considerablemente el significado de ciertos aforismos” y ofrecer nuevos puntos de vista.

Asimismo, Òscar tiene en cuenta la supuestamente obsoleta filosofía sāṃkhya como contexto filosófico, lo cual sirve para explicar mejor muchas de las características del yoga como sistema filosófico. En ese sentido la definición de yoga de Patañjali cobra un renovado sentido, ya que no sería “unión”, como siempre decimos, sino más bien una “técnica” para el aislamiento (kaivalya) o la separación de la conciencia y la materia.

En este sentido, son muy bien recibidas las explicaciones que hay en el texto sobre la diferencia crucial entre mente y conciencia. Como explica Òscar: “para Occidente la conciencia es una propiedad de la mente, mientras que para Oriente la mente es un instrumento (material y transparente) de la conciencia, que es en realidad la luz interior que siempre está encendida”.

Para cerrar el círculo, al final del libro hay un glosario muy completo y útil con todos los términos sánscritos relevantes definidos de forma detallada, al estilo de un diccionario (no olvidemos que Òscar es el autor del primer y único diccionario sànscrit-català, y a la espera de la necesaria versión en español).

Concluyendo, el libro es una gran aportación al yoga y a la lengua española porque no existen casi traducciones directas del sánscrito al español de los Yogasūtra (en este sentido un gran acierto de Ed. Kairós). Al mismo tiempo, los comentarios son muy clarificadores y, a diferencia de la famosa versión de B.K.S. Iyengar por ejemplo, el texto es muy ameno de leer.

Personalmente, me ha gustado mucho y lo recomiendo vivamente a cualquier interesado en el yoga y también como manual de trabajo para las formaciones de profesores en español, ya que me consta que es un texto que pocas personas se leen con profundidad.

Luego que cada uno lo aplique según sus posibilidades que, al final, de eso se trata.

Mantra para repetir por la mañana

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En el taller de mitología hindú que di la semana pasada vimos un mantra muy apropiado para una reunión en que se hablaba de diversas deidades. El mantra en cuestión es usado en la India como plegaria matinal y llegó sincronizadamente a mis oídos gracias a Gloria de Mandiram Yoga y a un texto del sanscritista Òscar Pujol, que aparece en el excelente libro Benarés, la ciudad imaginaria.

Como explica Pujol, este mantra son las primeras palabras que recita un pandit, un erudito sánscrito y de las Escrituras, cuando se despierta. Obviamente no lo hacen sólo los pandits y es un mantra conocido popularmente como oración para comenzar el día. El mantra se repite contemplando las propias manos y dice:

karāgre vasate Lakshmī
karamadhye Sarasvatī
karamūle tu Govindah
prabhāte karadarshanam

La traducción (casi) literal sería:

“En la punta de los dedos vive Lakshmī (la diosa de la Riqueza);
En la palma de la mano, Sarasvatī (la diosa del Conocimiento);
En la raíz de la mano (la muñeca), Govinda (el Amor);
En la mañana miro mis manos”.

Como pasa con algunos mantras y textos sagrados, hay más de una versión, con ligeras modificaciones. Asimismo, hay varias traducciones posibles y diferentes niveles de interpretación, que no son necesariamente excluyentes.

Por un lado, al mirar las propias manos y reconocer que en ellas residen las ‘deidades’, estamos aceptando que todas esas cualidades (prosperidad, sabiduría, amor…) también están latentes en nosotros. Por otra parte, esta oración es una forma de espiritualizar todas las actividades que vamos a llevar a cabo durante la jornada, con las manos como símbolo principal de la acción.

Además, es significativo que en la raíz o base de la mano esté Govinda, que es un nombre de Krishna en su aspecto de ‘amante universal’. Por tanto, se podría decir que todas las acciones que realizamos están (o deberían estar) asentadas en ese amor hacia lo Divino, que es lo mismo que el amor hacia todos los seres.

Siendo riguroso también tengo que decir que hay otra versión de este mantra, en que se intercambia la ubicación de las deidades del segundo y el tercer verso, y entonces queda Sarasvatī como “raíz” (karamūle Sarasvatī) y Govinda como “palma” (karamadhye tu Govindah); lo cual se interpreta como que el Conocimiento (no meramente intelectual sino espiritual) es la base donde se apoya el resto, mientras que el Amor es el centro.

Aquí la primera versión cantada:

Mantra del perdón

Justo después del mantra anterior, es tradición recitar otra oración “un momento antes de poner el pie en el suelo”, como dice Òscar Pujol, “a modo de disculpa por el pisotón que se le va a dar a la Madre Tierra”. El mantra es:

samudra vasane Devi
parvata stana mandale
Vishnupatni namastubhyam
pādasparsham kshamasva me

La traducción (casi) literal sería:

“Oh Diosa, vestida de mares,
Adornada con los senos de las montañas,
Esposa de Vishnu, reverencias a Ti.
Por el contacto de mi pie, perdóname”.

Al parecer, existen diversas versiones del mantra, siempre con pequeños cambios que no modifican la idea esencial de la oración. Por ejemplo, la palabra mandale del segundo verso es reemplazada por mandite, pero eso no cambia el sentido, ya que ambos términos refieren a la idea de ‘adorno’. Comparto una versión cantada:

La Diosa a la que se refiere la oración es obviamente la Tierra, que nos da sustento y nos da vida. Asimismo, y aunque parezca obvio, nos da un suelo sobre el cual pisar. Lo que pisamos cada día, todo el tiempo, es la Madre Tierra y ni siquiera cuestionamos esa presencia, que damos por descontada.

Últimamente pienso mucho en eso y en el rol vital de la Madre Tierra. Este mantra me gusta mucho porque implica que, incluso antes de poner el pie en el suelo (ya sea el derecho o el izquierdo…), uno toma una mínima consciencia de que su vida depende y se sustenta en la Naturaleza. No me voy a poner a dar un sermón ecológico aquí, porque creo que, en estos tiempos, todos sabemos cuán importante es cuidar los recursos naturales.

Lo que sí quería hacer es publicar estos dos mantras, que me parece son de gran ayuda para tener un comienzo de día muy consciente y conectado con nuestra propia naturaleza espiritual y con la Naturaleza Universal que, en realidad, son lo mismo.

Benarés, la ciudad imaginaria

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Este blog nunca busca incitar al consumismo. La política de austeridad es ley espiritual. De todos modos, hay ocasiones en que sí recomiendo textos, películas o músicas relacionadas con la India y la espiritualidad. Por un lado, porque se supone que los lectores de este blog están interesados en esos productos y, por otro lado, porque puestos a comprar algo, ya que se acerca la época navideña, mejor que sea un artículo con cierta intención espiritual.

Esta introducción auto-justificadora es para recomendar un libro en particular, cuyo título ya nos da pistas atractivas: Benarés, la ciudad imaginaria.

Se trata del último proyecto literario de Álvaro Enterría, un autor al que gustosamente sigo desde este blog por sus iluminadores trabajos sobre la India y la espiritualidad, especialmente para la lengua hispana. Su guía cultural para el viajero, La India por dentro, es una obra indispensable para quienes quieran entender ese contradictorio país, ya sea habiendo viajado a él o planeando hacerlo en el futuro. El libro ya va por su exitosa sexta edición, con la séptima en camino.

Asimismo, Enterría es el promotor del monumental trabajo de llevar la epopeya clásica del Mahābhārata a su versión de cómic en español. Una labor compleja que es puesta en imágenes de forma sensacional por el dibujante Miguel Gómez Andrea, alias GOL, especialista del cómic histórico.

En un post dedicado a recomendar libros, no dudo un instante en decir que estas dos obras citadas son una inversión muy segura.

Ahora vamos a Benarés…

Más que una suma de opiniones

Todos hemos escuchado o visto algo sobre Benarés (oficialmente Varanasi, tradicionalmente Kashi) y, para bien o para mal, nos ha llamado la atención. Evidentemente, lecturas o documentales de TV no alcanzan para experimentar la ciudad sagrada. De hecho, estar allí en persona, por poco tiempo, como fue mi caso, tampoco es suficiente para entender un sitio tan especial.

Sin duda necesito regresar allí si quiero ahondar en mi experiencia, aunque debo decir que la lectura del libro Benarés, la ciudad imaginaria, además de ser un placer literario, me ha dado mucha información útil para entender una ciudad que, de otro modo, es un jeroglífico arquitectónico, cultural, sensorial y espiritual. Como dice Álvaro Enterría, “el libro intenta presentar varias visiones de esta asombrosa ciudad. Una ciudad que he llamado ‘imaginaria’, pues más parece pertenecer al mundo onírico que al de vigilia”.

Cuestiones que vi y viví en Varanasi y no entendía se me hacen claras con la lectura del libro y me preparan mejor para mi regreso. Confío que esta sensación será compartida por aquellos lectores que han pisado alguna vez suelo benaresí, como así también por aquellos que lo harán por primera vez.

Para editar el libro Benarés, la ciudad imaginaria, Álvaro Enterría ha tomado textos de diferentes autores, todos ellos grandes conocedores de la ciudad. Hay autores occidentales e indios, la mayoría de ellos contemporáneos, lo cual permite al lector tener una idea ‘actualizada’ de la ciudad sagrada más antigua de la India (y, quizás, del mundo). El mérito de la edición de Enterría es reunir estos textos de diferentes orígenes y estilos para darles un nuevo orden que no se hace nada forzado; de manera que uno se lee el libro, no como una suma de opiniones diversas, sino como una reflexión continuada, ora académica ora poética, que podría haber sido escrita por un único autor omnisapiente.

La tradición literaria india de desvanecer al autor individual en una figura colectiva (cuyo paradigma podría ser el sabio compilador Vyāsa), privilegiando el contenido y la enseñanza perenne sobre la fama personal, tiene en este libro y su fluidez de lectura, un eco sutil pero perceptible.

Varios autores

Más allá de esta coherente composición coral que logra el libro, depende de los gustos de cada lector el elegir su texto favorito, ya sea por el tema tratado o por la voz literaria del autor.

Opciones no faltan: la historiadora Nita Kumar nos explica la intrincada disposición de los barrios de la ciudad; Suresh Bhatia habla de la historia del budismo en Benarés; el sanscritista francés Pierre-Sylvain Filliozat expone con claridad el rol del pandit tradicional, guardián del saber ancestral; mientras que la filósofa y poetisa Chantal Maillard nos embelesa desde una habitación frente al Ganges.

Asimismo, el fotógrafo y escritor Richard Lannoy nos sumerge en la ciudad que se ha hecho famosa por la muerte. “¿Hay alguna otra ciudad en el mundo cuyas costumbres funerarias constituyan la fuente principal de su interés?”, pregunta el autor, para luego explicarnos las consecuencias existenciales de este hecho único.

El ingeniero K. Chandramouli, por su parte, hace un lúcido análisis de cómo la Kashi milenaria está siendo afectada por la imparable posmodernidad; un cambio que en Benarés parece haber estado anestesiado durante milenios y que, en pocas décadas, ha tomado un giro del que somos observadores privilegiados (o no tanto…).

Personalmente, los textos del poeta Jesús Aguado me han parecido de gran calidad y hermosura, generándome deseos de reír y llorar, o sea, el efecto que produce eso que llaman arte. Muy buena impresión, también, me dejó el hasta ahora inédito escrito de Oscar Pujol (Benarés: Divina Algazara), director del Instituto Cervantes de New Delhi y reconocido sanscritista.

Finalmente, me alegró descubrir que el libro incluye cuatro textos de Álvaro Enterría, dos de los cuáles eran inéditos. Esta colaboración cuaternaria incluye un esclarecimiento de porqué Kashi es el lugar de peregrinación por excelencia y una comprometida mirada sobre la importancia del río-diosa Ganga en la sacralidad de Benarés. Además, de sus dos textos inéditos, ¿Está esta ciudad en este mundo? es un deleite para el lector, transportado al instante a la cotidianeidad de una ciudad que es irrepetible.

El cuarto texto (Personajes memorables), escrito en colaboración con su esposa Árati Náyak, es un retrato muy vivo de diferentes personas de Kashi, dejándonos entrever una parte de esas existencias no siempre fáciles que no salen en las guías de viajes. A mi entender, se trata de una gran contribución, pues equilibra los textos más académicos del libro para mostrarnos un panorama completo de la ciudad, sin buscar idealizarla.

Imagen de las guardas interiores del libro (imagen Saul Tiff)

Más detalles editoriales

El libro también incluye valiosos textos de Jagmohan Mahajan, Baidyanath Saraswati y Rana P. B. Singh, así como un poema del gran santo-poeta Shankaracharya. Asimismo, contiene una selección de breves textos (Miscelánea literaria) con párrafos de Ramiro Calle, Fernando Díez, Fernando Sánchez-Dragó, etc.

También contiene fotografías e ilustraciones (en tamaño pequeño, blanco y negro, ya que el presupuesto, como explica Enterría, “no daba para más”) del mismo Álvaro Enterría, Vincenzo Floramo, Gol, Richard Lannoy, José Antonio Morcillo y Saul Tiff.

El 22/11 en Librería Altaïr (Barcelona) y el 28/11 en Librería DeViaje (Madrid), Álvaro Enterría presentó Benarés, la ciudad imaginaria en España. El libro está editado por J. J. de Olañeta, Palma de Mallorca, en la colección Terra Incognita. Espero que tenga buena acogida y se venda.

Para darle más valor al libro, es bueno saber que los derechos que se obtengan de él serán dedicados a trabajos de restauración en la ciudad de Benarés.

Si mis argumentos no los han convencido de leer este libro, ojo con esta frase del escritor indio Raja Rao en la Miscelánea literaria de la obra: “Recuerda, lo que no descubras de bueno y malo en Benarés, no lo encontrarás en ninguna otra parte de la tierra”.

Como siempre, la confirmación de esto sólo puede lograrse con la propia experiencia. A mí, la lectura del libro me ha producido unas irrefrenables ganas de visitar Kashi. Pienso hacerlo pronto y Benarés, la ciudad imaginaria será mi guía personal.

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Si te gusta este blog, es muy probable que estés interesado en apoyarme en mi nuevo proyecto de crowdfunding para ir a la India en Febrero 2013 a investigar la gran festividad espiritual de la Kumbha Melā y escribir un libro sobre el tema. Para más detalles, clicar aquí. Para apoyar el proyecto en Lánzanos, clicar aquí.

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