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La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

El significado de Namaste

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Hace unas semanas empecé a colaborar con el sitio web Inspirulina.com, que es una página que trata cuestiones ‘inspiradoras’, con una variedad de temáticas que incluyen dieta, bienestar interior, ecología, yoga, espiritualidad, relaciones sociales, salud, entrevistas y actualidad.

Mi incipiente rol como colaborador de Inspirulina es el de escribir artículos relacionados con la India y sus enseñanzas espirituales; es decir, lo mismo que hago en este blog, aunque con un toque menos personal y más informativo. Como sé que muchos lectores de Hijo de Vecino (todavía) no conocen Inspirulina, he pensado en publicar aquí uno de los artículos que escribí especialmente para aquella página, ya que trata sobre un tema del que nunca he hablado en esta bitácora.

Con las variaciones del caso, esta es la historia…

Gramática

Quienes alguna vez hayan practicado yoga, es probable que hayan notado que al final de la clase es muy frecuente que el instructor diga la palabra namaste. De la misma forma, si han estado en contacto con personas que tienen, digamos así, intereses ‘espirituales’, puede que se hayan percatado de que, una vez más, el término namaste es de uso muy frecuente.

Puede parecer una obviedad, pero ¿qué significa esta palabra tan utilizada en el ámbito yóguico-espiritual? Para comenzar, estamos hablando de una palabra que pertenece a la lengua sánscrita, la sagrada y antigua lengua de la India, siendo namaste (नमस्ते) el saludo tradicional que utilizan los indios, tanto al encontrarse como al despedirse, y que va acompañado del gesto de juntar las palmas de las manos frente al pecho. De hecho, en algunas ocasiones es suficiente saludar utilizando este gesto, llamado añjali mudrā, sin necesidad de decir palabra alguna.

Desde el punto de vista del análisis lingüístico, el vocablo namaste está compuesto por dos términos. El primero es namas, un sustantivo neutro que puede significar ‘reverencia’ o ‘salutación’ y que deriva de la raíz nam, que significa ‘inclinarse’ o ‘postrarse’.

La segunda sección de la palabra la compone el pronombre te, que es la segunda persona singular del caso dativo, es decir ‘a ti’. Por tanto, la traducción literal de la palabra namaste sería ‘salutaciones a ti’ o ‘reverencias a ti’.

Hay otra versión de la palabra namaste, que es namaskār o namaskāram, y que se podría considerar como un saludo más formal. En este caso el término namas es el mismo, pero cambia la segunda parte de la palabra que deriva del verbo kṛ, que es ‘hacer’. De esta forma, kāra es un sustantivo neutro que significa ‘realización’ y por tanto la expresión namaskāram podría traducirse literalmente como ‘realización de reverencias’ o ‘el acto de hacer reverencias’ (agradezco a la Dra Mª Elena Sierra, mi profesora de sánscrito, por sus detalladas explicaciones).

Semántica

Si el sentido de la famosa palabra es tan simple, ¿por qué se utiliza tanto en el mundo del yoga y afines?

Por un lado, hay que tener en cuenta que, tradicionalmente, el saludo con contacto físico no es típico de la India, más allá de que cada vez más se vea a indios darse la mano, como un signo de occidentalización. Por tanto, el saludar con el gesto de llevar las manos al pecho, sin la necesidad de tocar al prójimo, ofreciéndole reverencias, implica que no se trata únicamente de una salutación externa.

Si tenemos en cuenta que la cultura védica da por sentado que el cuerpo físico no es otra cosa que “vestiduras gastadas” y que el atma (o alma) cambia de envoltorio en cada nuevo nacimiento…

Así como el ser humano, tras haber abandonado vestiduras gastadas, toma otras nuevas, del mismo modo el alma, habiendo abandonado cuerpos envejecidos, acepta otros nuevos. (Bhagavad Gītā, 2.22)

…entonces entenderemos que el saludo entre las personas tiene, necesariamente, que ser de carácter interno.

Es decir, la base idiosincrática de las ‘reverencias a ti’ va más allá del obvio concepto material, pues implica una perspectiva filosófica que tiene que ver con la creencia en la reencarnación y un Ser esencial que trasciende lo meramente material.

De todas maneras, esto no quiere decir que cada persona que dice la palabra ‘namaste’ esté necesariamente sopesando (de forma consciente o inconsciente) esta cuestión, y que se postre ante el ‘ser interior’ del prójimo cada vez que le saluda. Claramente, tratándose de un saludo tan extendido, es normal que su profundo significado espiritual pueda perderse, al menos de manera consciente, para muchos de sus usuarios.

Interpretaciones

Por otro lado, en el ámbito ‘espiritual’, incluyendo muchas clases de yoga, el término namaste se sigue utilizando en su sentido original o, al menos, esa es la idea.

Hablando del sentido original, es un hecho que dependiendo de la persona o la escuela, uno puede encontrar una gran variedad de traducciones libres y profundas de namaste, aunque la versión esencial se podría sintetizar en “me inclino ante tu alma”, e hilando más fino “mi alma se inclina ante su alma”.

La lengua sánscrita, además de ser considerada por los lingüistas como un idioma gramaticalmente completo y perfecto, tiene siempre la posibilidad de la doble o tercera lectura de sentido, debido a su fuerte basamento filosófico-espiritual.

Por ello no es sorprendente que una palabra en apariencia tan común como namaste tenga tantas interpretaciones posibles, siendo una de mis favoritas, “Que lo bueno en mí, vea lo bueno en todos los demás”.

Dicho lo cual, no me queda más que decir ¡Namaste!

Esta hermosa prisión…

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Mi interés por la moda es reducido. A excepción, eso sí, de un período en que me obsesioné con crear diseños personales para remeras y camisetas; lo cual, en realidad, era más bien una vertiente alternativa de mis deseos literarios-poéticos, pues se trataba, más que de diseños, de frases supuestamente originales, en lugar de los trillados e impersonales enunciados de la vestimenta actual.

Hace algunos posts ya conté otra versión de mis veleidades de diseñador a través de “La máquina de pines”, que a la sazón no es otra cosa, junto a las frases de remeras, que una alternativa menos clásica de canalizar mis ganas de escribir. El ingrediente extra, en estos casos, sería la posibilidad de elegir completamente (incluyendo la creación) lo que uno lleva escrito en el pecho; y más allá del justo debate sobre si lo puesto sería más o menos bello que lo canónico, sin duda sería algo con lo que me identificara plenamente.

En fin, todas aquellas intenciones no llegaron a ver la luz pública, aunque sí que hubo algunos encuentros con Ramiro Clemente, artista plástico y amigo, que intentó ponerle algo de profesional diseño a todas esas palabras mías, algo sueltas y sin una idea bien definida.

De todos modos, lo que me quedó de esa experiencia fue el interés por lo que dicen las camisetas en general, y será por eso que, por la calle, miro a los transeúntes en busca de una frase redentora entre tantas expresiones previsibles.

Beautiful

Fue en uno de estos paseos callejeros, en la ciudad de Córdoba y, creo recordar, yendo en busca de un helado, que me crucé con una chica que llevaba una larga camiseta – nada muy llamativo – cuyo diseño consistía en un remedo de esas cartas que envían los delincuentes, cada letra hecha con un recorte de diferentes periódicos y revistas.

La frase en cuestión, más que el diseño, fue lo que atrajo mi atención: “This body is a beautiful prison”.

No tengo idea de si la chica sabía lo que decía su remera (muy probablemente sí, aunque está claro que por ser el inglés un idioma cool, se usa más, en países hispanohablantes, que el castellano, incluso aunque uno no sepa lo que dice).

Tampoco tengo idea de si la chica suscribía al axioma que ella misma portaba, aunque quizás esto sea irrelevante, ya que en el mundo de la moda, al parecer, es mucho más importante la forma que el contenido.

De todos modos, y trascendiendo el mundo de la moda, la frase de esa camiseta me hizo reflexionar.

Decir, de manera concienzuda, “Este cuerpo es una hermosa prisión”, tiene muchas implicancias. Por un lado, mirado desde la perspectiva estética y superficial, implica sostener que tu propio cuerpo es hermoso. No tengo mucho que agregar a esta visión narcisista, pues por una parte no recuerdo cuán bonita era la chica, y por otra parte, no me animo a decir que sea incorrecto expresar que el propio cuerpo es hermoso (más allá de lo que piensen los demás).

De todas formas, hacer esa afirmación (repito, de manera concienzuda) implica mucha auto-estima, ya sea desde el punto de vista meramente estético externo, ya sea desde la visión más saint-exuperiana de “lo esencial es invisible a los ojos”.

Implicancia

Obviando la connotación puramente estética de la frase, mi interés se centró en una implicancia más sutil, más relacionada con el concepto de “prisión”. Ya que, ¿qué supone decir que este cuerpo es una “prisión”?

Imagino que supone que dentro de él hay un “prisionero”.

Entonces, a la cabeza me viene la evidente idea de que dicho prisionero sería el “alma”. A menos que la frase haga referencia a un concepto menos universal y se refiera a “uno mismo”, o a un concepto menos espiritual y se trate de “las ideas” (por aquello de “podrán encerrar mi cuerpo pero no mis ideas”).

Basado en el rápido análisis mental que hice en aquel momento, y sobre todo empujado por mi predisposición general a buscar el lado espiritual de los eventos, mi interpretación fue (y sigue siendo) que el “prisionero” en cuestión sería el “alma”, o al menos, un componente interior que no está necesariamente unido al cuerpo y que es, de hecho, independiente a él.

Con estos presupuestos en mente, y quitando el aspecto estético superficial, la frase quedaría, más bien, como: “Este cuerpo es una prisión”.

¿Por qué?, entonces, ¿es una prisión “hermosa”?

Exégesis

Puede que para algunos la exégesis de una simple remera sea algo tirado de los pelos, un poco forzado. Me gustaría saber qué piensa al respecto Santiago, mi antiguo profesor de Semiótica en la Universidad. En todo caso, creo que la interpretación se pone más jugosa cuando llegamos al porqué de esta “hermosura” de la prisión.

Desde el punto de vista de los recursos estilísticos del lenguaje, la expresión “hermosa prisión” es un oxímoron, un tipo de paradoja que, según la RAE, “combina palabras de significado opuesto para originar un nuevo sentido”.

Desde el sentido común, una prisión nunca puede ser hermosa; sin embargo, la figura retórica del oxímoron sumada a las complejas sensaciones del ser humano, hacen posible esta contradicción, a la que tan apegados son los textos poéticos. Como paradigma, se me ocurre la despedida, “ese dolor dulce”, según escribió William Shakespeare.

¿Puede un dolor ser dulce? Quizás sí, desde cierta óptica de la poesía.

¿Puede una prisión ser hermosa? No, al menos mirada con la lente de la espiritualidad.

De todos modos, creo, el oxímoron del cuerpo como hermosa prisión es común a todos nosotros.

Apego

Me explico: Según la filosofía espiritual de la India (y no sólo ella) no somos en realidad el cuerpo, sino que somos algo más sutil y más perfecto, que llamaré, con perdón, alma. El cuerpo cumple un rol de contenedor, de herramienta, de templo… Es un medio para lograr un fin más elevado, que implica, entre otras cosas, la trascendencia de todo lo material y físico, con el propio cuerpo al tope de esa lista.

Incluso aceptando, en el plano teórico, esta postura filosófica, el camino por recorrer es muy largo, pues uno no se desapega y se diferencia de su cuerpo de la noche a la mañana.

No es tan simple explicarle a la mente que, por ejemplo, el dolor en la pierna sólo pertenece al cuerpo, mientras nuestra alma (o verdadero Ser) permanece inmutable y siempre gozosa.

Tampoco es sencillo explicarle a la mente que la sensación de hambre atañe únicamente al cuerpo, ya que el alma está siempre satisfecha en sí misma, gracias a su inagotable flujo de energía universal.

Ante el concepto de “desapego”, tan frecuente en las enseñanzas espirituales, he escuchado a muchas personas sostener que “si para gozar hay que sufrir, entonces me gustan los problemas de la vida”. Es decir, ante la ineludible dualidad de este mundo (placer/dolor; alegría/tristeza; vida/muerte…), la mayoría aceptamos la parte negativa con tal de disfrutar de la parte positiva.

La filosofía espiritual de la India, en cambio, dice que se puede vivir siempre feliz, escapando a la dualidad, y para ello es necesario buscar exclusivamente en nuestro interior.

Esta visión implica desapego por las acciones exteriores, e incluso, desapego por nuestros seres queridos. Una vez más, he escuchado a muchas personas decir que si esa felicidad implica alejarse de sus afectos, ¿de qué sirve? Yo mismo he adoptado en la práctica, y de manera inevitable, esa tesitura, incluso cuando en la teoría pensara exactamente lo contrario.

Ejemplos

En su libro, The elephant paradigm (Cap. 4), el intelectual y autor indio, Gurcharan Das, de ideas liberales y laicas, cuenta una pequeña historia que retrata mi tesis. En su visita a un ashram en el Punjab, el escritor tiene la chance hablar privadamente con el gurú de dicho retiro, que le dice que la forma de vivir en este mundo es “como un pasajero en un tren”.

Es decir, “no debes apegarte demasiado al mundo. Un pasajero conoce muchos otros viajeros. Algunos se bajan en la siguiente parada, otros más adelante… No imagines por un momento que tus hijos, tus padres tiene la misma parada. Somos todos pasajeros. El tren no es tu verdadero hogar”.

El autor confiesa haberse sentido disturbado por la analogía de las relaciones con los pasajeros. Su natural respuesta es, “Sin dudas este mundo, con todas su fallas y dolores, es mejor por los sentimientos que invertimos en él, especialmente en las relaciones humanas. Me gusta el viaje en tren”.

En mis años de adolescencia recuerdo una conversación con unos amigos sobre la paz absoluta que traería la unión con Dios o con la energía universal. En realidad, era yo quien sostenía esto, a lo que ellos arguyeron, “Si hubiera tanta paz, entonces el mundo sería aburrido”.

Más allá de la discutible lucidez del pensamiento adolescente, esta idea de que los problemas le dan su parte de picante a la vida, no es monopolio de unos pocos. Es, de hecho, un concepto extendido. Incluso sin que sea formulado de manera explicita, todos, de una u otra forma, elegimos con frecuencia la paradójica “hermosa prisión”, antes que, para seguir con la metáfora, un “pacifico campo al abierto”.

Asociando estas ideas con el recuerdo adolescente, me llega a la mente el estribillo de una clásica canción de Los Redonditos de Ricota, desaparecida banda argentina de culto, que dice:

“Ahora ya no llora, preso en mi ciudad / Casi ya no llora, atrapado en libertad”.

Libertad

Es inevitable que hablando tanto de prisiones el discurso me lleve hacia Swami Premananda. Quienes siguen de manera regular estas crónicas, saben que Swami Premananda está en prisión desde el año 1994. Ya he dicho que para todos sus devotos y amigos espirituales, entre los que me cuento, Swami es totalmente inocente y mi versión completa de su falso caso legal se puede leer en el antiguo post “¿Por qué Swami?”.

A su vez, Swami tiene su propia visión espiritual de los hechos, la cual utiliza con frecuencia para sus enseñanzas. Por ejemplo, después de sus primeros doce meses en prisión, Swami dio un mensaje (Premananda Satsang Vol. I – Satsang Nº 52), en el que decía:

Lo primero, quiero deciros a todos que estoy muy bien. Mi experiencia dentro de la prisión es de gran beneficio para muchas personas desafortunadas. Donde quiera que estoy, estoy inmerso en lo Divino… A un nivel más mundano, tengo la esperanza que por poder yo arreglármelas sin luz, sin cama, ni mesa, ni silla, y también porque he sobrevivido muy bien con una dieta simple, os anime a todos para que reduzcáis vuestros deseos personales”.

Más adelante, con los años, he leído y también escuchado directamente de su boca, la versión pertinente para este post. En respuesta a la pregunta “¿Por qué Swami está en prisión?” (Premananda Satsang Vol. V – Satsang Nº 56), él responde simplemente:

Pensáis que estoy en prisión pero yo no estoy en prisión. Estoy siempre libre. Vosotros pensáis que estáis atrapados en el cuerpo. ¿Sois el cuerpo? Pensad en ello y decidid”.

Swami, que objetivamente está detrás de barrotes, dice, sin embargo, ser libre. Y a su vez, hace referencia a la posible prisión que encarnan nuestros cuerpos. Entonces, ¿somos el cuerpo, o somos algo más?

Swami Premananda en el Ashram - 2009

Pirandello

Luigi Pirandello, el dramaturgo y escritor italiano ganador del Nobel de literatura, tiene un libro titulado “Uno, ninguno y cien mil“. En él se cuenta la historia de Vitangelo Moscarda, un hombre que ya adulto descubre, al mirarse al espejo, que tiene la nariz torcida. Este hallazgo desencadena en él una profunda búsqueda de su verdadera identidad, pues se da cuenta de que lo que los demás piensan de él está basado en apreciaciones sesgadas, nacidas de su exterioridad (una resumida pero completa explicación de la obra se puede encontrar aquí).

Esta obra, para algunos pilar de la moderna psicología social, aborda de manera literaria y humorística, cuestiones que ahora nos suenan familiares, aunque no por ello tienen una respuesta fácil: uno es lo que cree ser; lo que le gustaría ser; lo que los demás creen que uno es; y lo que uno cree que los demás creen que es.

Sin embargo, todas estas visiones tienen al cuerpo como protagonista fundamental. Es decir, lo que somos está, en gran parte, determinado por nuestro cuerpo físico.

Como fue dicho, la perspectiva espiritual es diferente. En un discurso reciente (Revista Prema Ananda Vahini Vol. 9, Octubre 2009), Swami Premananda dice respecto a su estadía en prisión:

Deberíais entender algo. Es como si vosotros también estuvierais en prisión. Mantenéis vuestras cargas dentro de vuestro corazón; las habéis encerrado en vuestro interior. Entonces, es como si estuvierais dentro de una prisión. Todos han dejado su cuerpo y su corazón encerrado de alguna forma”.

Según creo, esta idea del cuerpo como una prisión es una analogía que sirve, en el caso de la filosofía espiritual, para recordarnos del objetivo último de la vida, que sería liberar el alma de cualquier atadura material o física para unirse con la energía universal (o el nombre que se prefiera).

De todos modos, no veo saludable tomarse siempre de manera literal la comparación, pues dicha “prisión” también sirve como herramienta para lograr el citado objetivo final.

Lo que sí veo que puede considerarse más problemático es el enamoramiento de esa prisión, viéndola por ende “hermosa”, y perdiendo de foco que, a fin de cuentas, y con todas las relatividades del caso, es una cárcel.

Y ser realmente libres en una cárcel no es factible. Aquí no hay oxímoron que valga.

A menos, claro, que uno sea como Swami Premananda, es decir, una persona que ya ha roto todas sus ataduras, y cuya unidad esencial con la Divinidad trasciende cualquier barrote de hierro o de huesos.

Imágenes:

forocoches.com

ciao.es

blinn.edu

terapiasholisticas-peru.blogspot.com

taringa.net

sripremananda.org

vilanova.cat

Gimnasia espiritual

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Poco tiempo después de publicar el libro “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino” en diciembre 2009, noté que el trabajo como escritor no implicaba solamente escribir. También incluye las no siempre gratas tareas de distribución, difusión, presentación, publicidad y venta.

Como dije en un post de hace pocas semanas (El blog en los medios), la publicación del libro y el proceso subsiguiente se han convertido, para mí, en un ejercicio espiritual.

Viéndolo justamente desde la óptica espiritual, todo lo que acarrea la creación del libro me sirve para desarrollar aptitudes que a fin de cuentas son necesarias para ser más feliz, como por ejemplo, paciencia, tolerancia, auto-confianza, aceptación de las críticas y libertad interior, entre otras.

Auto-ayuda

En una de mis visitas a librerías, con la intención de dejar algunos ejemplares del libro para la venta, la chica que me atendió me preguntó “de qué se trataba el libro”. Brevemente expliqué que se trataba de mis experiencias de viaje por la India, haciendo hincapié en la filosofía espiritual de aquel país, aunque siempre con la perspectiva de una persona común, de cualquier hijo de vecino.

Sin dudarlo, la chica entonces concluyó: “Aah, o sea, una mezcla de novela histórica con libro de auto-ayuda…”.

Entiendo sin reproches la necesidad que todos tenemos de categorizar lo que vemos o nos pasa. Tratándose del ámbito literario supongo que es todavía más normal, ya que los libros deber ser encuadrados en categorías, aunque sólo sea por cuestiones comerciales.

Sin embargo, la interpretación de la chica sobre el libro no me pareció atinada, al menos en primera instancia.

Desde mi punto de vista, de “novela histórica” el libro tiene poco, ya que este género se basa en tomar hechos reales (históricos) para novelarlos, es decir, adornarlos con detalles literarios y hasta ficcionales, aunque manteniendo la base histórica como argumento principal.

En el caso de mi libro, es verdad que se basa en hechos reales, aunque no estrictamente históricos ya que son contemporáneos, además de auto-biográficos. Asimismo, más allá de los adornos literarios ineludibles, no hay una intención de “novelar” la historia, sino de mantenerla bastante fiel a los originales cuadernos de viaje que le dieron vida. En todo caso, y al menos en este sentido, yo lo consideraría más bien un libro de viajes.

En cuanto a la categoría de “auto-ayuda”, debo decir que al principio me ofendí un poco, ya que este género no está muy bien visto por algunos ambientes literarios (yo incluido, en muchos casos). Por otro lado, un libro de auto-ayuda se supone que es un texto que enseña algo, y en mi caso no tenía la intención de enseñar, sino sólo de contar mi historia.

Sin embargo, después de analizar con detenimiento la cuestión, me di cuenta que la chica de la librería tenía razón: es totalmente un libro de auto-ayuda, porque a la única persona que ayuda es a mí mismo.

Con esto no quiero demostrar cuan ocurrente soy jugando con las palabras, sino que hago referencia a lo que decía más arriba de considerar el libro como un ejercicio espiritual.

Es decir, no sólo me dio la posibilidad de hacer algo que me gusta, escribir, y además sobre la India; sino que ahora publicado, el libro me sigue dando opciones de ejercitar y experimentar las enseñanzas espirituales. Auto-ayuda total.

Equipamiento

Uno de estos recientes eventos de gimnasia espiritual tuvo lugar el viernes pasado, en la cuarta presentación pública del libro, llevada a cabo en un pueblo del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba, y auspiciada por la Municipalidad de esa misma localidad.

En este caso, el lugar indicado era la plaza del pueblo, hogar adoptivo de feriantes y paseo natural para muchas personas, tanto turistas como locales, ya que en el verano (austral) hay una grilla regular de actividades, sobre todo por las noches.

Allí llegamos, junto a Nuria, con una hora y media de anticipación (el evento estaba fijada a las 22hs), con la intención de iniciar los preparativos correspondientes.

Por charlas telefónicas que yo había mantenido durante la semana con la persona responsable, sabía que había programados un espectáculo anterior a mi presentación, y dos espectáculos más tarde, completando así la grilla de 21hs a 24hs.

Fue por ello que me sorprendió encontrar el centro de la plaza totalmente vacío, sin ningún indicio de espectáculos de cualquier índole.

Al encontrar a la persona responsable, ella me confirmó que la actuación temprana se había cancelado. Por ende, todas las preparaciones técnicas debían ser hechas por nosotros.

Ningún problema. Con el coche de mis padres nos dirigimos a un edificio adyacente, en la búsqueda de los equipos técnicos designados para la presentación: parlantes, micrófono, consola de sonido, cables varios…

De regreso a la plaza, descargamos el equipamiento en el medio de la misma, a lo que le sumamos el cañón proyector y la pantalla que trajimos desde la oficina de la Secretaría de Cultura, que estaba ubicada justo enfrente.

Allí estábamos, Nuria y yo, en medio de la plaza, rodeados de equipamiento técnico, abandonados a nuestra suerte. Aquí es bueno aclarar que mis aptitudes como ingeniero de sonido y/o ingeniero audiovisual no han sido nunca destacadas. También es bueno aclarar que yo esperaba una persona que se hiciera cargo de la parte técnica, como había sucedido en otras presentaciones anteriores.

Al acordar telefónicamente los detalles de la presentación, la persona responsable me había preguntado que necesitaría, y yo había enumerado los elementos técnicos principales, aunque jamás pedí “un ingeniero de sonido”, o algo así.  Asimismo, tampoco enumeré detalles en apariencia menores como “alargues” o “enchufes adaptadores”.

La cuestión es que una vez que el equipamiento principal estuvo colocado en medio de la plaza, recién entonces empezó el trabajo duro. Para comenzar, necesitábamos energía eléctrica, y el enchufe más cercano estaba a unos quince metros, en el lateral de la plaza. Cuando le pedimos un “cable alargador” a la persona responsable, fue como pedir agua en el desierto.

Caído

Evidentemente, sin electricidad era imposible hacer funcionar los equipos, y para hacer la presentación en medio de la plaza, con el permanente rumor de fondo, era necesario al menos un micrófono. Amén de la música y la proyección de imágenes que siempre acompañaban el evento.

Finalmente, en lugar de un “alargue”, nos dieron un foco proyector que tenía un cable muy largo. A nuestro pedido, alguien de la Municipalidad se encargó, a regañadientes, de quitar el foco y poner un enchufe en el extremo del cable; sin embargo, el otro extremo seguía sin funcionar.

Para ser sincero, a este punto yo estaba bastante desahuciado porque veía que todo se hacía cuesta arriba, y ya demasiados nervios tenía con la presentación pública en sí, para además encargarme de todo el aspecto técnico. En otras ocasiones me había ayudado mi hermano, que maneja bien los temas de sonido e imagen. Esta vez, estábamos solos con Nuria, y mi ánimo se iba para abajo.

Entonces, como una señal de la providencia, llegó mi amigo Adrián. Él sabía de la presentación y con interés se había acercado a verme, por suerte con algo de anticipación (eran las 21:30hs aproximadamente). Con Adrián hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y entonces él, entendiblemente, me saludó con efusividad. Mis primeras palabras, en cambio, fueron: “¿Sabés algo de sonido?”.

Expectativa

Por fortuna, Adrián es un apasionado de las nuevas tecnologías, y su ayuda fue fundamental para, al menos, sacar del primitivismo nuestra situación técnica. Con sus dotes, y no sin dificultades, pudo arreglar el “alargue” maldito, de manera que a las 22hs por fin teníamos electricidad.

Es decir, era la hora de empezar la presentación y apenas podíamos comenzar la instalación técnica.

Mientras tanto, Nuria había traído algunas mesas de plástico y alguien de la Municipalidad fue trayendo las sillas para los potenciales espectadores. Durante todo el proceso de preparación, se acercaban personas a preguntar “qué show iba a haber”. Como es normal en una plaza, la mayoría esperaba un concierto musical o un espectáculo de entretenimientos.

Al ver la pantalla para la proyección, eran sobre todo los niños quienes se acercaban preguntado “¿qué película van a dar?”. Según el estado de ánimo y la persona que respondiera, las respuestas podían variar desde “una película para grandes” o “imágenes de la India”, hasta “La Era de Hielo IV”.

A las 22:15hs las sillas estaban todas ocupadas por niños, paseantes, turistas, interesados y algún amigo. Ahora el problema era configurar la notebook (que yo había traído) con el cañón proyector, lo cual por lo general lleva varios minutos. A este tiempo normal de configuración se le sumó una inesperada falla en la notebook y la imposibilidad de proyectar las imágenes.

A este punto, las personas responsables de la Municipalidad comenzaron a tomar más interés en la presentación, ya que no empezaba a la hora programada. Hubo un reclamo de que al menos pusiéramos música, pero claro, el cable para la música que iría de la notebook a la consola de sonido, tampoco había sido provisto. Era otro de los detalles menores que yo no había enumerado en mi lista de pedidos.

Lista

Una vez, en la antigüedad, un maestro salió de viaje con sus discípulos. Viajaban en una especie de carreta y debían llegar hasta un pueblo lejano para celebrar una festividad importante. Ya iniciado el periplo, el maestro dijo: “Pasadme el agua”. Los discípulos se miraron desconcertados y respondieron: “No la hemos traído maestro”. “¿Por qué?”, dijo el maestro. “Porque Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Más adelante, en una escarpada colina, donde los animales sufrían para tirar del carruaje, el maestro dijo: “¿Por qué mantenéis todos estos troncos secos sobre el carro?”. “Por si los necesitamos para hacer fuego”, respondieron los discípulos. “Pero ante esta dura colina, ¿por qué no los tiráis?”, dijo el maestro. “Por que Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Ya promediando el viaje, en otra difícil cuesta, los discípulos empezaron a lanzar las provisiones. El maestro dijo, “¿Por qué estáis tirando la comida?”. “Para aligerar el lastre, como Usted nos indicó la última vez”, respondieron los discípulos. “Pero esta vez es distinto, ¿qué comeremos luego?”, dijo el maestro. Los discípulos se mostraron confusos.

Entonces, el maestro explicó sobre la necesidad de discernir, de ser capaces de discriminar entre lo útil y lo inútil; de tener sentido común, en resumen.

Los discípulos, aún confusos, y aduciendo cuán difícil es saber discernir, le pidieron al maestro que les hiciera una lista completa de todo aquello que debía permanecer en el carruaje, de manera de evitar problemas.

Ya con la lista armada, reanudaron la marcha. Muy cerca del destino final, al cruzar un río que venía muy crecido, el carruaje se bamboleó fuertemente y el maestro cayó al agua, siendo arrastrado por la corriente. Los discípulos observaban descorazonados, aunque sin mover un pelo por salvar a su guía, que finalmente se ahogó.

Cuando a las pocas horas, con su cuerpo etéreo, el maestro se apareció frente a sus discípulos, les recriminó, “¿Por qué no me habéis salvado? ¿Por qué me habéis dejado en el agua abandonado?”.  Los discípulos se miraron desorientados y explicaron, “Maestro, cuando Usted cayó al agua miramos de arriba a abajo la lista que Usted mismo nos había dado, pero no encontramos su nombre entre las cosas que debían permanecer en el carruaje”.

Imágenes

De manera similar a la parábola, aunque salvando las distancias, todo lo que yo le había pedido a la Municipalidad me había sido proporcionado. Por ende, todo lo que no había pedido no estaba disponible. De esta forma, me faltaba el “ingeniero de sonido”, la energía eléctrica,  los cables, los adaptadores…

Ya eran las 22:40hs y los asistentes estaban comprensiblemente impacientes. Asimismo, los trapecistas que actuaban más tarde (en teoría a las 23hs) ya estaban preocupados por su retraso y nos ponían presión.

Sin muchas opciones, y deseando estar en mi casita desde hacía rato, decidí empezar la presentación con lo que teníamos. Así, agarré el micrófono y rodeado de cables y personas tratando de arreglar los desperfectos, me dispuse a hacer frente a la situación.

En presentaciones anteriores, sobre todo apoyadas por organismos oficiales, siempre había habido alguien que me introdujera al público. Esta vez no fue así. Esta vez, mi orfandad organizativa fue siempre coherente.

Sin muchos ánimos, pero tratando de focalizarme en mi tarea, empecé la charla: “Hola, mi nombre es Naren Herrero, soy el autor de este libro titulado…”. Mi nuevo estilo de vendedor callejero no era muy convincente, así que con los minutos fui regresando a mi estilo de siempre, más espontáneo. De todos modos, la charla fue más breve de lo normal y seguramente fue la peor que haya hecho. A mi falta de naturalidad, se le sumaba la falta de imágenes que ilustraran la charla.

A este respecto, después de algunas artimañas, Adrián pudo hacer funcionar el proyector y entonces pudimos ver el video con imágenes de la India. Sólo ver, pues el sonido nunca estuvo por falta de cables. Así, yo iba relatando las imágenes, tratando de ponerle un mínimo de gracia que ni se compara con el clima que da la música.

Para colmo, el viento empezó a soplar y la pantalla no dejaba de oscilar de un lado a otro. Una vez más, Adrián estuvo en los detalles y durante los ocho minutos que dura la proyección se dedicó a sostener la pantalla de arriba y de abajo, como si fuera el campeón olímpico de windsurf.

Chiste

De antemano, yo sabía que hacer la presentación en una plaza no es lo ideal. Es mejor hacerla en un lugar cerrado, donde los asistentes sepan qué van a ver y estén interesados a priori.

La plaza tiene la ventaja de atraer muchas personas, aunque tiene las contras de tener mala iluminación, un sonido que se dispersa y se pierde, un ruido constante de todas partes, y lo peor, un público pasajero (“placero”), que viene a la plaza a “ver qué hay” o “dar una vuelta”, pero sin un interés suficiente como para permanecer con mucha atención por un largo período.

A pesar de todo esto, yo venía mentalizado para ponerle el pecho a la situación y luchar contra esas desventajas. Sin embargo, habiendo llegado una hora y media antes de la hora de inicio estipulada, y luego de dos horas de obstáculos, seguir sin todo resuelto, me habían disminuido la moral.

Entonces, cuando en medio de la charla yo veía algunas personas que se levantaban de la silla me decaía, y pensaba que lo estaba haciendo todo mal. O cuando los niños correteaban y hablaban en la primera fila, yo me desconcentraba y dudaba entre pedir silencio o seguir.

Por suerte, también había algunos amigos y familiares que habían venido a verme y eso me apoyaba anímicamente, además de que ¡se quedaran toda la charla!

Ya al final, habiendo hecho lo mejor que pude, seguía notando esa atmósfera desinteresada y alicaída. Fue así, que para levantar el ánimo, más el mío que el ajeno, conté un chiste corto del humorista cordobés “Negro Álvarez”. El chiste es más bien malo, pero al parecer, el cambio de registro de un discurso más serio a uno absurdo, surtió efecto y por primera vez todos los presentes se rieron.

Quienes estén interesados en el humor cordobés, pueden escuchar el chiste aquí mismo:

Circo

Después del exitoso chiste, como cierre de la charla, expliqué que el libro estaba a la venta y dije que cualquiera que estuviera interesado en comprarlo o en hacer alguna pregunta se podía acercar personalmente. Di las gracias y ese fue el final.

Entonces, sin darme siquiera un segundo, los trapecistas que esperaban impacientemente y que estaban situados frente a mí, o sea a espaldas de los asistentes de la charla, encendieron sus poderosas luces, y al ritmo de una música circense imposible de ignorar vocearon “Bienvenidos Señoras y Señores…”, para luego exhortar, “Traigan sus sillas, den vuelta sus sillas…”.

De esta forma, quince segundos después de mis palabras finales, todas las personas habían tomado sus respectivas sillas y se habían girado ciento ochenta grados para disfrutar del espectáculo de funambulismo. Por mi parte, me quedé con el libro en la mano, como esperando que alguien se me acercara (así sucedía en otras ocasiones), pero sobre todo me quedé atónito al ver como el entorno cambiaba tan velozmente, no sólo la escenografía, sino también la disposición anímica.

Obviamente, los asistentes a la charla esperaban el fin de la misma con tantas ganas como yo.

No quiero ser dramático, para ser justo hubo algunas personas que sí se me acercaron para saludarme al final de la presentación: cuatro amigos, dos tías y dos primos.

Como si mi abatimiento no hubiera sido suficiente, llegaron inmediatamente unos payasos, que tenían su espectáculo programado para las 24hs. y silenciosamente empezaron a ocupar nuestro lugar. Por suerte, Adrián todavía estaba lúcido y fue retirando nuestros equipos. Recién entonces, yo saludé a Adrián como corresponde.

Moraleja

Como corresponde en estos casos, uno trata de sacar alguna enseñanza. Por un lado, hacer una presentación abierta en una plaza no es una buena idea, y quizás sea mejor no repetirlo.

Por otro lado, la próxima vez, sea donde sea, es mejor dejar bien claro de antemano todo lo que uno necesita, aunque a mí me parezca descontado y obvio.

Por supuesto, no reniego de la Municipalidad que me prestó los equipos técnicos, ni puso problemas para darme un lugar en la grilla de actividades. Faltaría más.

Sí me quejo bastante del nivel de compromiso del organismo oficial con las actividades que ellos mismos apoyan. Digo esto no sólo por mí, sino porque luego supe que tanto los trapecistas como los payasos se auto-gestionaban totalmente, trayendo sus propios equipos, pues no podían confiar en la infraestructura que les proveía la Municipalidad. Ellos ya habían escarmentado, ahora me tocaba a mí.

Dualidad

La filosofía espiritual de la India, y no sólo ésta, dice que el universo es dual; que todo lo que percibimos es impermanente y tiene dos caras: vida/muerte; día/noche; felicidad/tristeza; riqueza/pobreza… Lo único que permanece inmutable detrás de la dualidad del mundo es el alma, que es absoluta y no se rige por las relatividades fenoménicas.

Basándonos en esto, y según la filosofía espiritual, la mejor forma de estar en contacto con nuestra propia alma, es a través del equilibrio. El mundo siempre será dual, siempre nos presentará las dos caras de la moneda; lo que nos da hoy nos lo quitará mañana.

“Detrás de cada rosal de placer se esconde una serpiente de dolor”, dice el gran santo Paramahansa Yogananda.

“La vida es sólo un simple juego de altibajos”, canta la No Smoking Orchestra de Emir Kusturica.

A esta altura del partido, todos sabemos que la búsqueda de la felicidad constante en el mundo externo es una utopía. Los famosos “momentos de felicidad” con los que nos contentamos, siempre se ven contrastados por iguales momentos de sinsabor.

Por ende, el desarrollo de la ecuanimidad es un remedio para la permanente dualidad del mundo. Esta virtud es necesaria para no dejarse arrastrar por las cambiantes corrientes de la vida. Es por ello que los maestros espirituales siempre recomiendan mantenerse impasible, tanto ante el elogio como ante la crítica.

En mi caso, en cada presentación del libro me había acostumbrado a recibir sólo elogios, muy probablemente porque los asistentes siempre eran, en su mayoría, parientes y amigos. Contrariamente a mis expectativas, esta última presentación fue un fracaso total. Más allá de los interminables problemas técnicos y de la falta de contención oficial, los asistentes no parecían interesados en el tema y la venta de libros fue nula.

Según mi análisis, esta parecía una buena forma de recordarme la naturaleza dual de la vida.

Catarsis

Justamente esa dualidad implica también que haya habido puntos positivos, como la tempestiva llegada de Adrián para rescatarme del naufragio técnico, y la asistencia de queridos amigos y familiares para darme ánimos.

Al día siguiente del fracaso expositivo, yo mismo me sorprendía de tenerlo bastante digerido y de haber, al menos en teoría, aprendido algunas lecciones prácticas.

Como tantas otras veces, el escribir es mi terapia para hacer catarsis. Así como otrora escribí poemas a cucarachas y mosquitos para exorcizar mi rabia; así como escribo cartas a Swami para poner las ideas claras; de la misma forma decidí poner en papel (o kilobytes) esta experiencia fallida, para evitar cualquier posible trauma interno antes de que crezca.

De todos modos, más allá del aspecto psicológico, mi principal interés con esta crónica banal es recordarme las dos caras de la moneda, la eterna dualidad del mundo y la necesidad de mantenerse ecuánime ante la crítica y el elogio.

El libro, como viene haciendo últimamente, me dio una nueva chance de ejercitar las enseñanzas espirituales. Muchos músculos no tendré, pero sí temas para el blog, y sobre todo vivencias que, bien utilizadas, me tendrían que ayudar a ser más feliz.

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