Canal RSS

Archivo de la etiqueta: Verdad

Luz y oscuridad, por Swami Premananda

Publicado en

Cuando tengo poco tiempo para escribir este blog recurro a algún discurso inspirador de Swami Premananda, lo cual más que un recurso fácil ha demostrado siempre ser una muy buena forma de difundir mensajes espirituales útiles para varias personas, empezando por mí.

Esta vez, el tema se titula Luz y oscuridad y fue publicado en la revista del Sri Premananda Ashram de octubre 2017. Lo comparto a continuación:

“A pesar de que sabemos cómo quitar la oscuridad de nuestro interior e iluminar nuestras vidas, seguimos involucrándonos en las oscuras sombras de la ilusoria vida mundana, tapando nuestras mentes de forma que no podamos contemplar la luz. Cuando cerramos los ojos la mente vacila y pensamientos de hechos pasados desfilan frente a nosotros como en un sueño. A menudo pensamos en disipar esa oscuridad interior para iluminar nuestras vidas, sin embargo la vida mundana continúa arrastrándonos de regreso hacia la oscuridad, dejándonos en lo que parece ser una oscuridad permanente. Le hablamos a la mente acerca de nuestras expectativas y deseos, e incluso si la mente prefiere buscar la luz, el cuerpo continúa morando en la falsedad, disfrutando sus frutos.

Con oscuridad y engaño por doquier no podemos ya distinguir lo verdadero de lo falso. Sin importar cuántas veces hayamos tratado de disipar la oscuridad de nuestras vidas, y sin importar cuánto deseemos y esperemos vivir de forma iluminada por tener fe en la dicha de la luz, nuestros hábitos y deseos nos mantienen atrapados en la ilusión. ¿Cómo podemos liberarnos de una vez por todas de esta ilusión?

A pesar de que en un tiempo estuve prisionero del deseo, yo creía que un día sería liberado. Yo dije: “¡Suficiente, suficiente!” y con determinación y a través de la renuncia, elegí un sitio para permanecer en silencio. Mis esfuerzos dieron resultado. Fui liberado de la prisión del deseo, pero a pesar de mi liberación el deseo siguió llamándome. Cuando estaba en la prisión de la ilusión me di cuenta de que allí nada es permanente. Fue el silencio lo que me ayudó a disipar la oscuridad del mundo ilusorio en el cual vivía.

Les tomó algún tiempo a mis oídos darse cuenta de que la conversación innecesaria no tiene valor. Cerré mis ojos para evitar ver esas cosas que no eran relevantes para una vida elevada. En este estado escuché en mi interior el melodioso sonido Om. Como me mantuve en silencio, la saliva de mi lengua tenía el sabor del néctar de ambrosía. Cuando me quedé por largo tiempo en ese estado comencé a sentir una fragancia agradable al inhalar.

El sonido de OM, el sabor del néctar, la fragancia agradable, todo esto va al torrente sanguíneo, circula a través del cuerpo y despierta la kundalini en el muladhara chakra. La energía kundalini entonces sube gradualmente hasta llegar a la coronilla de la cabeza. Durante su movimiento ascendente la gloriosa luz de sabiduría comienza a brillar en el interior y uno entra en un estado gozoso. Existen varias formas y métodos de alcanzar este estado gozoso, muchas técnicas de meditación que uno puede practicar y, sin embargo, aunque tenemos el deseo de experimentar este estado de gozo no hacemos ningún esfuerzo serio para lograrlo.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

De la misma forma que podemos descubrir un perla en una caracola llena de barro, podemos encontrar luz en nuestro cuerpo manchado e impuro. Ahora esa luz yace latente en tu interior, pero cuando llegue el tiempo de madurez serás capaz de llegar a ella. En lugar de buscar esta luz dichosa las personas buscan tener relaciones íntimas, pensando que eso es la felicidad definitiva. A lo largo de la historia billones de personas han vivido y muerto así, sin haber comprendido nada.

Es muy excepcional el conocer al Uno sin nombre ni forma en nuestro interior. Es muy excepcional el ser capaz de tener consciencia de su omnipresencia, disipar la oscuridad y vivir en la brillante luz de la verdad.

Un nacimiento humano es excepcional; el alcanzar este estado de dicha es aún más excepcional. Entre los millones de personas de este mundo, si solo una o dos lograran alcanzar este elevado estado sería bueno para el mundo. Entonces las personas tendrían un recordatorio de que es posible vivir como un alma iluminada. Por tanto, nunca olvidemos que un estado más elevado nos llevará a la dicha”.

Anuncios

Swamini Pramananda y el satsang

Publicado en

Una de mis profesoras de yoga fue a la India con la intención de visitar Gangotri, el pueblo donde nace el río Ganges, en los Himalayas. En el camino se detuvo en Uttarkashi, un pequeño pueblo de montaña, en donde conoció a una maestra espiritual india que la cautivó. En lugar de seguir el itinerario trazado, mi profesora se quedó el resto de sus días de viaje en el ashram de la maestra, sintiendo que había encontrado algo importante.

Unos pocos meses después, y de forma sorprendentemente aceitada, mi profe pudo organizar la visita de dicha maestra a Barcelona. Para organizar tan velozmente y con éxito un evento así, la disposición del maestro es fundamental, claro, aunque también es necesaria la dedicación completa del discípulo.

Ambas condiciones se conjuntaron y Swamini Pramananda dio su primera charla en tierras catalanas este viernes 21 de octubre (2011).

Pramā

Swamini es un título monástico (el femenino de Swami) que, a veces, se traduce como ‘monja’, aunque una interpretación más acertada tiene que ver con el concepto sánscrito de sannyas, que refiere a la ‘renunciación de la vida mundana’. Por tanto, se trata de una persona que ha renunciado a los asuntos mundanos para dedicarse a la búsqueda espiritual, es decir un/una sannyasin.

A su vez, un swami o swamini es aquel que tiene capacidad de enseñar a los demás porque ya ha recorrido y, por tanto conoce, el camino que lleva al conocimiento interior. La palabra pramā, de hecho, que viene de la raíz sánscrita (‘medir’) significa ‘medida correcta’, lo cual aplicado a filosofía védica se traduce como ‘conocimiento verdadero’, ya que refiere a que la sabiduría espiritual se hace ‘mensurable’, es decir ‘cognoscible’.

A este respecto, Swamini Pramananda es una maestra de Vedānta, la antigua filosofía que explica los Veda, las Escrituras sagradas y originales de lo que hoy conocemos como hinduismo. Si bien su enseñanza, e incluso su ‘look’ (vestida con ropas anaranjadas), son fieles a la tradición y el linaje hindú, la maestra tiene también una licenciatura superior en microbiología conseguida en los Estados Unidos, donde trabajó por diez años como investigadora.

Es verdad que la espiritualidad trasciende lo material, pero para algunos oídos occidentales da mayor tranquilidad recibir las enseñanzas espirituales a través de una maestra que sabe conjugar el conocimiento científico con la sabiduría mística.

Reunión con la verdad

La charla o el discurso de un maestro espiritual se denomina, en sánscrito, satsang. La palabra Sat se suele traducir como ‘verdad’, mientras que Sang hace referencia a ‘reunión, compañía’ (de hecho en budismo sangha es ‘la comunidad de monjes’). De esta forma, satsang se traduce como ‘estar en compañía de la Verdad’, lo que puede implicar estar físicamente cerca de un maestro espiritual o también de las enseñanzas espirituales, a través de su escucha o debate.

En el caso de Swamini Pramananda, todos quienes asistimos a su satsang del viernes en Yoga Dinámico Mandiram queríamos estar en ‘compañía de la Verdad’, que en mi caso se traducía, en gran parte, en estar en su compañía física. Las enseñanzas filosófico-espirituales me interesan mucho, aunque a veces siento que tanta teoría me sobrepasa y el solo (pero no trivial) hecho de ver a un maestro espiritual me parece lo único que necesito.

En todo caso, vestida de color azafranado, con un pie en el suelo y otro sobre su sillón, como las diosas hindúes, con su sonrisa contagiosa y sus ojos bondadosos, Ammaji también había traído sabiduría espiritual para compartir y yo estuve contento de que así fuera.

De hecho, lo primero que nos dijo fue que, en realidad, nosotros no habíamos asistido a la charla para encontrarnos con ella, sino para “encontrarnos a nosotros mismos”. Lo único que ella hace, dijo, es sostener un espejito frente a nosotros para que podamos reflejarnos y así encontrarnos.

¿Y eso para qué sirve?, podría preguntar alguien. Pues para ser felices, contestaría otro. Aah, la Felicidad, el tema de siempre…

Felicidad

Al parecer todos estamos de acuerdo en que todas las acciones que realizamos en esta vida son para ser (más) felices. Sobre este punto, Swamini Pramananda nos recordó, acorde con la filosofía védica, que esa felicidad que todos buscamos no está en las cosas materiales, en las relaciones, en el progreso ni en los avances tecnológicos, es decir no está en el exterior. ¿Por qué? Porque inevitablemente esa es una felicidad con fecha de caducidad y la felicidad que deseamos es, por el contrario, una que sea permanente.

¿Dónde está esa felicidad, entonces? “Dentro, no fuera”, dijo Ammaji, ya que “nosotros somos la misma fuente de la felicidad, nosotros somos lo que buscamos, nosotros somos la respuesta a lo que preguntamos”.

Y en un giro más filosófico agregó: “¿Por qué, entonces, si la felicidad está en mí estoy buscando?”. “Porque somos ignorantes de nuestro verdadero ser, de nuestra verdadera naturaleza”, respondió. Esta respuesta no es casual, ya que la palabra sánscrita avidya significa ‘ignorancia’ y es citada en la tradición de la India como el principal obstáculo para el progreso espiritual.

Siempre me maravilla comprobar que miles de años después de que los rishis (sabios) de la India recibieran el conocimiento revelado compilado en los Veda, dichas enseñanzas esenciales sigan siendo válidas y tan actuales.

Será por eso que cuando Swamini Pramananda, como muchos otros maestros espirituales, hacen referencia a dichas enseñanzas, con unas palabras u otras, me da una gran alegría, una confianza profunda que va más allá de lo intelectual, en que todo el entramado de la sabiduría espiritual védica tiene absoluta coherencia y utilidad para el ser humano.

A este respecto, Ammaji explicó que la Verdad no tiene una base mental y subjetiva; es decir que aquello que es cierto no depende de si uno está de acuerdo o no. “Si decimos que esto es una flor”, dijo agarrando una flor, “se trata de un hecho empírico y seguirá siendo una flor aunque digas que no”. De la misma forma, la Verdad “se sostiene por su propia fuerza, quieras aceptarlo o no, aunque”, agregó la maestra, “es conveniente aceptarlo para el propio crecimiento”.

Ser

Hubo momento de preguntas y, después de la timidez inicial, como es normal, muchas personas quisieron aclarar dudas. Un asistente preguntó, por ejemplo, si “buscar la felicidad es la meta”; es decir, si el propósito de la vida es simplemente ir hacia la felicidad y ya está. Me pareció entender que la pregunta también se refería a que la ‘infelicidad’ es la que, muchas veces, nos lleva a actuar y si, en cambio, estamos felices podría haber algún tipo de estancamiento.

Lo primero que respondió Swamini Premananda fue “¿Es acaso la infelicidad la meta?”. Luego, haciendo foco en la cuestión de la acción y la felicidad, ella dijo “yo describo lo que veo que está sucediendo en el ser humano, que es que todos buscan felicidad en el exterior. No digo que haya que caminar hacia la felicidad, que haya que esforzarse por alcanzar la felicidad. Si puedes no hacer esfuerzo y ser feliz, entonces perfecto”.

“No se trata de ‘hacer’ sino de ‘ser’;”, continuó la maestra, “hacer cosas no es incorrecto, la pregunta es ¿para qué las haces? Si tu satisfacción y paz no varían dependiendo de si haces o no cierta acción, entonces está bien, pero si realizas acciones porque estás desasosegado y si no las haces no tienes paz, entonces no estás ‘siendo'”.

La enseñanza filosófica espiritual puede ser compleja, aunque adquiere mucha luz cuando es dictada por un maestro genuino, como el caso de Swamini Pramananda. Mis transcripciones (bastante de memoria) del satsang y mis interpretaciones son limitadas y, por tanto, es lógico que no logre transmitir de forma completa las enseñanzas de la maestra.

Para aquellos que están cerca geográficamente y quieren aprovechar la inusual oportunidad de ver, escuchar y hablar con una maestra espiritual de la India, y recibir de su mano “la llave para encontrarse a uno mismo”, les cuento que Swamini Pramananda se quedará en Barcelona y alrededores hasta el 30 de octubre. Durante esa semana tiene varios programas de actividades públicas que pueden consultarse aquí.

Para los que están lejos geográficamente ya llegará (si es que aún no ha llegado) el momento de entrar en contacto directo con esta sabiduría universal, pues como la maestra misma dijo, “cuando uno está preparado para estas enseñanzas, éstas aparecen”. E inmediatamente aclaró, “Ni un día antes”.

Teorías de la Verdad

Publicado en

El número de lectores, o al menos de visitantes, de este blog ha ido en aumento con el paso de los meses. Sin embargo, hay algunos lectores, muy fieles, que han estado presentes desde el inicio de estas crónicas, algunos más a la vista (con sus comentarios o mis referencias), otros detrás de bambalinas.

Entre estos últimos se encuentra el caso de Paulita, que no sólo es lectora de este diario, sino analista y crítica filosófica del mismo, al punto de, quizás sin saberlo, ser impulsora de algunos de los temas que a lo largo de tantos kilobytes se tratan en estas líneas.

La semana pasada, sorbiendo un té en nuestra cocina (de Nuria y mía), fue ella la que puso en mi mente, quizás sin querer, la materia de esta semana.

 

Espero, entonces, poder responder de manera honrosa, como un agradecimiento a todos estos lectores discretos, que sin embargo se oyen, cada tanto.

 

Epistemología

 

Cuando estudiaba Comunicación Social, en la Escuelita de Ciencias de la Información de la UNC, en el último año de carrera había una materia que a nadie pasaba desapercibida, sobre todo por su solemne nombre: “Epistemología de las Ciencias Sociales”.

A pesar del miedo generalizado, personalmente la materia me pareció llevadera y parte de ello puede deberse a que tenía a mi lado a Juan Manuel, un amigo y compañero de clase experto en filosofía, y además, en nuestro horario, la asignatura contaba con un profesor que era muy bueno (su nombre era Horacio Etchichurry).

 

Si mi recuerdo no me engaña, el eje de aquella misteriosa materia eran las llamadas “Teorías de la verdad”. El objetivo de estas teorías no es definir la verdad en sí misma, sino la forma en que se determina que algo es o no verdad.

Las “teorías de la verdad” son variadas y son motivo de estudio filosófico desde hace tiempo. Del espectro de opciones que nos fueron mostradas en aquel entonces, recuerdo algunos nombres e ideas sueltas que sólo valdría la pena nombrar si quisiera hacer gala de vanos conocimientos.

Reprimiendo esa tendencia, me limito a enumerar unas pocas opciones que sirven para ilustrar estas teorías: 

Por ejemplo, hay teorías que afirman que una proposición es verdadera si es evidente, es decir, si se presenta con tanta claridad y distinción a nuestras mentes que éstas no pueden por menos que aceptarla (el criterio de evidencia).

Por otra parte, la teoría del consenso sostiene que la verdad es cualquier cosa que es acordada por algún grupo específico.

El criterio de utilidad, en cambio, establece que una proposición es verdadera si resulta útil o funciona en la práctica

También, hay verdades subjetivas y objetivas; verdades relativas y absolutas, y cada una de éstas tiene una doctrina que las soporta argumentativamente.

Agradezco a wikipedia por la resumida información, y quien quiera más ejemplos, puede verlos aquí.

 

No hay dudas de que cada nueva teoría de la verdad es motivo de discusión y debate. De hecho, yo no tenía intención de meterme en este lío. Al menos, no hasta que Paulita sacó el tema, tan tranquila con su tibia taza entre las manos.

 

 

Mentiras Piadosas

 

Todo empezó con un debate sobre la validez de las así llamadas “mentiras piadosas”, aquellas mentiras que se pronuncian teniendo una supuesta buena intención como fondo.

Inevitablemente apareció en escena una “teoría de la verdad” que entraría en la categoría de absolutista, y es la que dice que hay ciertas afirmaciones que son completamente falsas o verdaderas siempre y para todos, por ejemplo “Mentir está mal” o “Siempre hay que decir la verdad”.

 

Yo, que si no creyera en Dios y en la filosofía espiritual, creo que sería discípulo del filósofo Kant (con sus imperativos categóricos y su deber moral universal), tengo tendencia a estas afirmaciones absolutas, sobre todo porque tengo en gran estima a la Verdad.

De todos modos, debido a lecturas y explicaciones recibidas a través de los años, siempre desde el punto de vista espiritual, esta vez me puse del otro lado.

 

Trataré de explicar mi visión: La verdad es una cualidad positiva, y desde el punto de vista espiritual, es también un atributo Divino (como el amor, la armonía, la paz, la sabiduría).

Siendo la verdad un atributo Divino no debería por ende causar daño. Incluso quitándole el ribete teísta, si aceptamos que la verdad es meramente una cualidad positiva, entonces no tendría que generar efectos negativos, por una simple cuestión de oposición.

 

Con este criterio, y postulando una “teoría de la verdad” basada en la filosofía espiritual, sólo se puede considerar como Verdad a aquello que genere consecuencias positivas, es decir que ayude a las personas a ser más felices; que en el sentido espiritual del término sería conocer la propia esencia, realizar ser parte de la energía universal, alcanzar la iluminación…

 

 

No Duele

 

Tal como experimentamos la idea de verdad en el día a día, es evidente que la verdad para unos (ya sean muchos o pocos), puede traer el perjuicio para otros (ya sean muchos o pocos). Esto no se pone en discusión porque, en general, consideramos verdad lo que nos parece objetivamente demostrable, un hecho en que la mayoría estamos de acuerdo.

De allí nace la frase popular que dice “La verdad no duele (o no ofende)”.

 

No hace falta analizar demasiado para darse cuenta que esta sentencia popular, al menos en la forma en que está usada, es errada. Digo que no hace falta analizar mucho, porque basta que uno piense cuánto le duele o le ofende que le digan una “verdad” negativa para darse cuenta.

¿Cómo es posible, entonces, que una cualidad positiva como la verdad me hiera así?

 

Quiero ser claro para no crear malentendidos: Hay situaciones que son dolorosas y no es culpa de nadie; decirlas no nos hace verdugos, y no decirlas es grave. Se me ocurre: “Se nos acabaron los ahorros” o “Hubo un terremoto en tal ciudad”.

No estoy hablando de estos casos. En realidad, me refiero siempre a cuestiones que están muy relacionadas con lo que entendemos como el compromiso moral, que es el terreno en donde la línea de la verdad se puede volver más ambigua.

 

Es justamente en el ámbito moral en donde la verdad, considerada como hecho objetivo, muchas veces sí duele. Por ejemplo, si hay una persona que es objetivamente fea, basándonos en los estándares de belleza de nuestra sociedad de hoy, ¿tiene uno derecho a decirle a esa persona que es fea, sencillamente porque es verdad? Alguien puede argumentar que ir a decirle a alguien que es feo por motu proprio no es verdad, es maldad.

Supongamos entonces que esa persona nos pregunta si es o no fea. Uno está obligado a contestar, ¿qué hace? ¿Se escuda en la bandera de la verdad objetiva o dice una “mentira piadosa”?.

 

No creo que haga falta hacer una encuesta para saber que en la mayoría de los casos, todos, instintivamente, optamos por deformar la verdad objetiva para así no herir al otro, aunque sea sólo para sentirnos mejor nosotros mismos.

Sin embargo, esta actitud no es cobarde ni, creo yo, equivocada.

La enseñanza espiritual dice que hacer hincapié o destacar las cualidades negativas de una persona no es correcto (al menos como regla general). Esto no se justifica, ni me absuelve, por el solo hecho de ser verdad. En un caso como el anterior, decir algo que no es “objetivamente verdad”, puede ayudar al otro a ser más feliz o mejorar (por ejemplo, tener más autoestima).

 

 

Parábola

 

En la ladera de una montaña de los Himalayas vivía sentado en postura de meditación un sabio asceta hindú. Después de muchas vidas de renuncia y penitencias, el hombre había llegado a la que sería su última encarnación en la tierra, ya en los umbrales de la iluminación.

Un buen día llegó corriendo un desesperado hombre, que dijo ser perseguido por una banda de enemigos, luego de lo cual se subió al árbol que servía de cobijo al asceta, pidiéndole por favor que no delatara su escondite.

 

A los pocos minutos llegaron los perseguidores, armados de machetes, y le preguntaron al asceta si había visto pasar al fugitivo. El asceta, ajeno a todo, prefirió no responder, evitando así entrometerse en un tema que no le concernía.

Sin embargo, los perseguidores no eran tipos blandos y amenazaron con cortarle un dedo de la mano si no hablaba. El asceta, siempre teniendo en mente que somos alma y no cuerpo, se mantuvo callado.

Los perseguidores le cortaron el dedo meñique de un machetazo.

 

Nuevamente, le inquirieron sobre el paradero del fugitivo. Ahora, el asceta empezó a pensar en responder. Sopesando el dilema de decir la verdad, lo cual implicaba la segura muerte del hombre trepado al árbol, o estar callado, lo cual implicaba perder más dedos, el asceta tomó una decisión que creyó neutral: Sin decir una palabra, sin casi moverse, hizo un gesto claro con los ojos y las cejas, indicando hacia arriba, en dirección a las ramas del árbol.

Los perseguidores lo captaron enseguida e hicieron bajar al pobre prófugo, que inevitablemente fue conducido a su muerte a fuerza de machetes.

Por su parte, el asceta quedó satisfecho, no había mentido, tampoco había “dicho” la verdad, al menos de su boca no había salido ni una palabra.

 

Cuando al tiempo, el asceta murió y ascendió a las esferas superiores, se encontró con Brahman, quien le informó que debía reencarnar una vez más (si la parábola fuera católica, aquí estaría San Pedro y le informaría que en lugar del cielo le toca el purgatorio, como mínimo). El asceta estaba muy desencantado, incluso enfadado, después de tantas vidas de penitencia tener que seguir esforzándose.

“¿Por qué?”, dijo el asceta. Entonces, Brahman le recordó aquel episodio del fugitivo, el árbol y los machetes. 

“Yo no dije ni una palabra”, se excusó el asceta ingenuamente, y agregó, “Además, me hubieran cortado todos los dedos”.

A lo que Brahman contestó, “Ni todos los dedos valen más que la vida de un hombre”, y continuó, “Si tanto los querías hubieras señalado en otra dirección”.

El asceta replicó, “¡Pero eso hubiera sido mentir!”.

Brahman concluyó, “Mira lo que sucedió por decir la ‘verdad’, aún cuando haya sido sólo con un gesto: un hombre murió y tú perdiste un dedo”.

 

 

Correcto

 

Por un lado, el asceta se dio cuenta del dilema y quiso escabullirse dando una respuesta a medias, sin “decir” la verdad, pero tampoco mentir. No funcionó. 

La pregunta es, ¿qué harían ustedes en un caso así? ¿Es la verdad, tal como la conocemos, tan importante como para merecer, en caso extremo, la muerte de alguien, o menos trágico, la ofensa de alguien?

 

Es desde esta perspectiva espiritual que yo adopté, en la cocina de casa y hablando con Paulita, el estandarte de “Decir la verdad no siempre es lo mejor”.

Una vez más, para que quede claro que no hago apología de la mentira y el engaño, quiero explicar que desde la visión espiritual que estoy postulando, la verdad es relativa; es decir, depende de lo que sea correcto e incorrecto.

Qué es correcto, también es relativo, y se puede definir simplemente como aquello que es bueno para nuestra felicidad a largo plazo (llámese conocimiento interior, acercamiento a Dios, evolución espiritual). Asimismo, lo correcto para nosotros siempre ayudará a la felicidad de los demás, ya que nuestra felicidad a largo plazo no puede estar separada de la felicidad ajena, teniendo en cuenta que todos somos parte de una misma energía universal.

 

Todo esto me lleva a cambiar la frase y postular entonces que, “Decir la verdad es siempre lo correcto”.

Aunque pueda no parecerlo, esta forma de ver la verdad puede ser mucho más difícil de cumplir que la forma tradicional. En este sentido que realmente “La verdad no duele”.

 

Crudeza

 

Desde el punto de vista espiritual, el concepto de Verdad, con mayúsculas, está indisolublemente unido a la idea de Dios. Para Mahatma Gandhi, por ejemplo, el objetivo de la vida era la búsqueda de la Verdad, y así lo llamaba él. En este sentido, el gran santo Swami Vivekananda, por ejemplo, hablaba de la búsqueda de la Libertad.

 

Volviendo a la verdad, la búsqueda cruda y honesta de ella, sin poner filtros a las heridas y las ofensas, sólo estaría considerada como correcta si uno la aplica, por propia decisión, hacia uno mismo, a nadie más. Es decir, si uno decide evolucionar espiritualmente y está dispuesto a enfrentarse a sus defectos de manera directa y sin desvíos.

Asimismo, dentro de esta opción se puede incluir la relación del Gurú con el discípulo, el cual admite, al menos tácitamente, que su maestro espiritual lo haga enfrentarse a las verdades más duras de manera de avanzar en el camino espiritual de forma más rauda.

 

Y hablando de maestros espirituales, me gustaría cerrar con unas palabras de Swami Premananda (en “La verdad”, Premananda Satsang Vol. II):

“La oculta mano de la Divinidad es en sí misma la verdad. Aférrate con firmeza a la soga de la verdad. No la sueltes, ni por un momento. No permitas que las ideas de clase, religión, raza, idioma o nacionalidad, manufacturadas por el hombre, te confundan. Permite que sólo te controle el deseo por la verdad”.

 

 

Fuentes Imágenes:

http://imagenes.hola.com/
http://schriftman.files.wordpress.com/
http://4.bp.blogspot.com/
http://www.norcalblogs.com/

A %d blogueros les gusta esto: