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Prāṇa y ama

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Hace unas semanas vi una camiseta yóguica con una inscripción muy ingeniosa: prana y ama. Por otro lado, durante las vacaciones de agosto estuve (otra vez) en una inmersión de haṭha-rāja yoga con Sri Andrei Ram, discípulo aventajado de Sri Dharma Mittra y maestro por derecho propio, en que se practicó constantemente desde la respiración consciente. Hoy me gustaría mostrar una posible relación entre los dos eventos.

Prāṇāyāma es el nombre técnico de lo que a veces, en clases de yoga, llamamos “ejercicios de respiración” y que, históricamente, ha sido el signo distintivo del haṭha yoga, aunque ahora lo más difundido y visible sean las posturas corporales (āsana). La versión más aceptada es que la palabra prāṇāyāma es un compuesto formado por prāṇa (“energía vital”) + āyāma (“control”), cuyo paradigma sería la retención (kumbhaka), ya sea con pulmones llenos o vacíos, en que el yogui suspende la actividad respiratoria. La ligera variante prāṇayāma (prāṇa + yāma – “control”-), también existe y significa lo mismo.

Por otro lado, hay maestros y textos respetables que dicen que āyāma refiere a “extensión” y que, por tanto, el fin último del prāṇāyāma sería alargar el proceso respiratorio, lo cual redundaría en un alargamiento de la vida, sobre todo si nos basamos en la difundida creencia que sostiene que cada ser nace con un número ya determinado de respiraciones para dosificar durante toda su vida. Lo cierto es que en general todos están de acuerdo en que mientras más lento respire uno, mejor.

La palabra prāṇa es un concepto antiguo e importante en el Yoga y puede tener varios sentidos, pero aunque hablemos de respiración nunca nos referimos al “oxígeno” o al aire que sale o entra del cuerpo sino a la “energía vital” que es la base de ese proceso. Por ello a veces se habla del prāṇāyāma como “control de la energía vital, a través de la respiración”. La filosofía yóguica descubrió hace miles de años que la sutileza de la respiración es el proceso físico más adecuado para abordar (y controlar) las todavía más inasibles actividades mentales. Por ejemplo, la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.8.2) dice:

“Así como el pájaro atado a una cuerda, después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar precisamente sobre su propia atadura, de la misma manera, hijo mío, también la mente después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar sobre el aire vital (prāṇa). Porque, hijo mío, la mente está atada al aire vital”.

La constatación de que la respiración y la mente van ineludiblemente unidas es la que ha impulsado al yogui a dedicar gran parte de su empeño a observar, regular y controlar su respiración. Si la mente es “más difícil de controlar que el viento”, entonces el camino más sencillo es intentar regular el proceso respiratorio, muy sutil pero todavía tangible. De la misma forma que la respiración se aquieta de manera natural cuando ponemos toda nuestra atención en una única actividad, como la lectura o pararnos en un solo pie, si profundizamos y alargamos la respiración de forma consciente la mente también se calma y se centra gradualmente.

Existen muchos tipos de “ejercicios respiratorios”, aunque los manuales medievales de haṭha yoga fijan el número tradicional de prāṇāyāmas en ocho. De todos modos, estas técnicas artificiales tienen fines específicos y, en realidad, se suele decir que el mejor prāṇāyāma es el que surge (con la práctica) de forma espontánea y cuyo exponente máximo es la retención natural sin esfuerzo.

A este respecto, todos tenemos la imagen del yogui controlando con gran esfuerzo su respiración, realizando austeridades extremas, quizás en parte porque se suele traducir la palabra haṭha como “forzar”. Como contraste, es interesante notar que el académico y sanscritista inglés Jason Birch sostiene que el “forzamiento” implicado en la palabra haṭha no refiere a un método vigoroso sino más bien al efecto que la práctica tiene en la energía kuṇḍalinī, que se ve “forzada” a moverse con las técnicas yóguicas.

Hablando de contrastes, y llegando a donde yo quería llegar, al yogui Andrei Ram le gusta decir, siguiendo al escritor y activista indio Satish Kumar, que la palabra sánscrita yama (o yāma o āyāma), que etimológicamente viene de la raíz verbal √yam que significa “controlar”, ha sido mal traducida, especialmente en Occidente. En lugar de “controlar”, debería hablarse de “cuidar”. De hecho, hablando de medicina, Satish Kumar dice que la medicina occidental se centra en “curar”, mientras que la oriental lo hace en “cuidar”. De la misma forma, prāṇāyāma se trataría de “cuidar la respiración”, no de controlarla.

Todos hemos experimentado que cuando mejora nuestra respiración automáticamente mejora nuestro estado de consciencia y, por ende, nuestra vida. Visto desde esta perspectiva, cuidar la respiración es lo mismo que cuidar la fuerza vital (prāṇa), nuestro estado mental y, por tanto, cuidar la respiración es también cuidar la (propia) vida. De ahí que la inscripción de prāṇa y ama que vi hace un tiempo estuviera resumiendo de forma genial una concepción de la respiración y de la vida que me gusta y me aporta mucho a nivel personal.

prana y ama

Una concepción que el poeta y yogui Javier Salinas expresa nítidamente en uno de sus poemas:

Me gusta cuidar las cosas: una vieja gorra
que compré hace tanto tiempo atrás bajo
un puente en Roma.
Un foulard que me compré para una boda
de unos conocidos que apenas volví a ver.
Una planta que compré en un chino por apenas
nada y que me hace compañía.
Cuidar de mis hijos, de sus madres, que fueron mis parejas.
Me gusta cuidar la respiración.
Cuidar mi bicicleta.
Me gusta cuidar la suavidad y el optimismo,
sobre todo cuando no parece haber razones para ello.
Una mochila que compré en Alemania, de un soldado
que alguna vez la llevó.
Cuidar a mis padres y a mis hermanas,
y de los gatos y animales que haga falta.
Me gusta cuidar a la gente que no me puede dar
nada a cambio excepto su sonrisa.
Me gusta cuidar la paz, la belleza,
unas zapatillas que me compré un día de primavera.
Pero, sobre todo, me gusta cuidar, proteger,
lo que a veces se me olvida que existe todo el tiempo,
esa vieja cosa llamada amor.

prāṇa y ama

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Origen y la meditación

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Esta semana fui a ver “Origen” (“El Origen” en Latinoamérica, e “Inception” en el original inglés), que seguramente será la película de ciencia ficción del año, un poco por su presupuesto y sus efectos especiales, otro poco porque está buena. Al menos a mí me gustó, más allá de algún detalle discutible en cuanto a la trama.

Pero no se asusten. No estoy planeando contar los pormenores de la película, ni adentrarme en el debate de las libertades narrativas del género fantástico, ni tampoco pretendo hacer una personal reseña cinéfila sobre el último film de Christopher Nolan.

En realidad, el ver la película me hizo pensar en la mente y sus métodos, por lo que mi intención es analizar, aunque escuetamente, ese tema en relación a la meditación. No se trata de un intento pedagógico ni ilustrativo, sino más bien de una reflexión individual hecha en voz alta, con las relatividades del caso.

Trama

Es verdad que el film versa sobre los sueños y la posibilidad de meterse en el inconsciente de un soñador para “robar” información que éste, profundamente dormido, entrega con mayor disposición al encontrarse sumergido en un estado que vulnera los habituales guardianes de la conciencia. Sin embargo, estas luchas y aventuras dentro de la mente del soñador me llevaron a pensar en la meditación.

Por alguna razón, al ver la película, Nuria hizo una asociación similar entre la meditación y la mente. Esto me llevó a pensar que mi interpretación personal no era tan desentonada, y animado por los consejos de Nuria, decidí profundizar la cuestión.

Evidentemente, según los intereses y puntos de vista de cada persona, uno le da el propio sesgo personal a cada hecho del mundo. Es decir que si uno piensa con frecuencia (o al menos últimamente) en las dificultades que tiene durante la meditación para dominar a la mente, puede que sea natural encontrar esa relación dialéctica en una película que trata sobre espionaje industrial de sueños.

Ya sé que prometí no contar la trama del largometraje protagonizado por Leo DiCaprio, y no pienso romper esa promesa. Pero para justificar mi proceso asociativo es importante explicar algo sobre el disparador inicial: En resumidas y toscas palabras, unos tipos tienen la capacidad de entrar en la mente de las personas mientras duermen, pero para hacerlo ellos también deben estar durmiendo. Una vez dentro del sueño ajeno, estos ladrones tienen dos premisas básicas; por un lado, manipular de manera sutil la mente del soñador; por otro lado, no dejar que sus propias mentes interfieran de forma excesiva en el sueño ajeno, lo cual terminaría descarriando el “proceso natural” del soñador, portando así el fracaso de la operación.

Sin la intención de profundizar en este complejo argumento de ciencia-ficción, puedo decir que fueron los primeros minutos de la película (cuando se plantean los conceptos arriba expuestos) los que me hicieron pensar en la dificultad de dominar la mente. De ahí, la asociación con la meditación.

Vertientes

Hace algunos meses publicaba la crónica sobre SuperMeditator, un súper-héroe espiritual que acude en la ayuda de los “meditadores” para así hacer frente a las luchas internas que éstos tienen a la hora de sentarse a meditar. Una lucha que se debate entre las cualidades positivas del atman (“alma” o “esencia espiritual”) y las cualidades negativas de la mente.

En aquella crónica, también explicaba que para conocer el propio atman es necesario hacer cesar todos los pensamientos que surgen en nuestro interior. De esta manera, el principal “enemigo” a la hora de meditar sería nuestra propia mente, incansable generadora de pensamientos, imágenes y estímulos.

De allí la expresión “mente mono” que tan frecuentemente utiliza Swami Premananda para denominar el estado natural de la mente humana. Es decir, una metáfora para ilustrar cómo la mente del ser humano está siempre saltando de un pensamiento hacia otro, de una idea hacia otra, de la misma manera que un mono salta de una rama a otra del árbol.

Asimismo, basándome en conceptos aprendidos en un curso de meditación, dije que el objetivo de la meditación era dejar “la mente en blanco”, ya que al eliminar la incesante retahíla de pensamientos uno podría profundizar en su verdadero ser, que está más allá de la mente y que, llámese como se llame, habría de ser de naturaleza eterna y Divina.

A este respecto, por aquel entonces me llegaron algunas palabras de desacuerdo, pues me dijeron que el objetivo de la meditación no es poner la mente en blanco sino poner la mente en un punto. Es decir, concentrar la mente en un elemento (que puede ser la respiración, un mantra, una imagen) y tratar de mantenerla allí.

Enfrentado a esta dicotomía, mi análisis es que me parece más fácil concentrar la mente en un elemento “exterior”, pues la dinámica de la mente es tan inasible que el tener un objeto al que aferrarnos nos ayuda a mantenernos “en nosotros”, en lugar de irnos con los pensamientos.

Que diga que una técnica me parece más fácil que otra no quiere decir, por supuesto, que concentrarse en un elemento sea pan comido. Para nada. Invito a cualquiera a hacer el intento.

Para ello, debe tenerse en cuenta que si la intención es aquietar la mente, aquello en que focalizamos nuestra atención deber ser, por regla general, un elemento “espiritual”. O sea, una idea o un concepto (ya sea en palabras o imágenes) que remita a valores que se encuadren como espirituales, tales como amor, verdad, paz, luz, y también, si corresponde, Dios. La razón de esto es que dichos conceptos portan de suyos, desde hace cientos de años, una carga significativa favorable, una energía positiva que es aceptada universalmente.

Está claro que puede haber personas particulares que elijan conceptos fuera de la “norma”, pero como consejo general, es siempre más efectivo focalizarse, por ejemplo, en un tranquilo haz de luz que en el último gol de Leo Messi, que con probabilidad nos llevará a pensar en otras escenas del partido y finalmente en nuestro soñado debut en el Camp Nou, como delantero centro (cualquier semejanza con la mente del autor es mera coincidencia).

Ya ha sido dicho que no hace falta creer en Dios o en una religión para sentarse a meditar. Simplemente basta desear, por ejemplo, paz mental o auto-conocimiento. Es por ello que fijar la atención en la respiración es quizás el método más utilizado de meditación, pues se trata de un elemento siempre presente, universal, y que no admite discusiones ideológicas.

Asimismo, la respiración es, de todos los aspectos del ser humano, el que más claramente reúne las paradójicas características de ser un proceso fisiológico totalmente vital al cuerpo físico, a la vez que un proceso intangible, invisible y sutil asociado con lo no-material, y también desde siempre con el hálito de vida.

Blanco

Volviendo a las dos vertientes antes mencionadas, la opción de la “mente en blanco” sostiene que “Concentración no es Meditación”. Es por ello que se pregona la técnica de dejar pasar los pensamientos (“corriendo como caballos salvajes”), sin seguirlos, sin subirse a ellos, hasta que un buen día dejen de pasar y la quietud sea total.

Este método me parece más difícil que el anterior, simplemente porque poner la mente en blanco es algo muy complicado, al punto de que muchas personas lo tildan de imposible, diciendo que, en el mejor de los casos, lo que uno pensaría en ese momento sería algo así como “tengo la mente en blanco”.

Entiendo ese razonamiento y, mal que me pese, también lo padezco en carne propia; sin embargo, creo que si detrás de nuestra incesante mente, de nuestra marea de pensamientos, hay un alma, un ser esencial, una verdad que debe ser conocida, entonces surgirá cuando hayamos dejado en blanco nuestra mente. Sería ridículo que hubiera una verdad esencial esperando y que no hubiera forma de alcanzarla. Quiero creer que es cuestión de práctica. Al menos, eso dicen los sabios espirituales.

Pero mi intención no es polemizar entre dos técnicas de meditación. Tampoco es elegir una ganadora entre las dos. A fin de cuentas, ya sea concentrándonos en un elemento, o buscando vaciar nuestra mente de pensamientos, la meta final es siempre la misma: conocer aquello que subyace a las inestables olas de la mente; conocer nuestra verdadera naturaleza espiritual.

Y eso no es tan fácil ni tampoco, como siempre dice Swami Premananda, conoce de atajos. Cada persona debe elegir la técnica que mejor se adapte a la necesidad de cada uno, pero a fin de cuentas lo que hace falta es práctica y disciplina.

Thayumanavar

Thayumanavar fue un gran poeta y filósofo tamil del siglo XVIII, pero sobre todo fue un santo. Es por ello que sus poemas e himnos tienen profundas enseñanzas espirituales, como el que transcribiré a continuación, tal como fue citado por Paramahansa Yogananda en su “Autobiografía de un yogui”:

Puedes gobernar un elefante loco;

puedes cerrar la boca del oso y del tigre;

puedes cabalgar en un león;

puedes jugar con la cobra;

por medio de la alquimia podrás ganarte la vida;

puedes vagar por el universo sin ser conocido;

puedes hacer de los dioses tus vasallos;

puedes conservarte siempre joven;

puedes caminar sobre el agua y vivir en el fuego;

pero gobernar la mente es mejor, y más difícil.


Personalmente, este poema me gusta mucho y me parece enteramente acertado. En él se explica uno de los grandes secretos de la filosofía espiritual: conquístate a ti mismo y conquistarás al mundo. No en un sentido megalómano, sino en un sentido existencial basado en la milenaria regla de “si quieres cambiar el mundo, primero cámbiate a ti mismo”.

Es decir, poco valen los artilugios extraordinarios, de nada sirven los poderes sobrenaturales, si no eres capaz de gobernarte a ti mismo. Justamente una de las ideas que me confirmó la película Origen; donde por más que los espías oníricos dispusieran de un fantasioso dispositivo para entrar en los sueños de las personas, tanto la mente ajena (víctima) como la propia (victimario) se convierten en territorio impredecible si no lo sabes dominar.

Y teniendo en cuenta que la meditación es el método por excelencia para aquietar y dominar la mente, puede que no sea tan descabellado encontrar estas asociaciones al ver la película. Se lo voy a comunicar a Nuria, seguro que se alegrará.

Imágenes:

microsiervos.com

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abladias.tumblr.com

tamilhindu.com

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