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Consumismo, residuos y renuncia

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El sonado paso del Black Friday (con el apéndice del Cyber Monday para los más necesitados) me puso a escribir sobre un tema que está en el aire y que da vueltas por mi cabeza y muchas otras. En resumen: sabemos, cada día mejor, que nuestro modo de vida basado en el consumo, el progreso y el crecimiento material no es sostenible para el planeta ni para el bien común ni para nuestra propia felicidad y, sin embargo, damos pocos pasos para cambiarlo.

Por supuesto, ya sé que en casa haces recolección selectiva de tu basura, pero en vista de los datos actuales decir que cuidamos el medioambiente porque reciclamos los envases de plástico es como decir que cuidamos de nuestra salud por el mero hecho de cepillarnos los dientes cada día.

Quienes estamos preocupados por la situación medioambiental creemos, muchas veces, que “a través del consumismo ecológico podemos reconciliar el crecimiento perpetuo y la supervivencia del planeta”, pero como lo expresa el escritor y activista británico George Monbiot:

“El verdadero problema es el crecimiento perpetuo en un planeta que no está creciendo”.

En el mismo artículo, el autor ofrece datos para sonrojarnos:

“Una serie de trabajos de investigación demuestran que no hay una diferencia significativa entre la huella ecológica de la gente que se preocupa y la que no. Un artículo reciente señala que aquellos que se identifican como consumidores comprometidos usan más energía y producen más emisiones que quieres no se preocupan por el medio ambiente.

¿Por qué? Porque la sensibilización medioambiental suele ser mayor entre personas adineradas. No son nuestras posturas las que impactan el medio ambiente, sino nuestros ingresos. Cuanto más ricos somos, más grande es nuestra huella ecológica, sin importar nuestras intenciones. Según muestra el estudio, los que se perciben como consumidores ecológicos se centran principalmente en comportamientos que tienen beneficios relativamente pequeños”.

Efectivamente, un reciente estudio de una universidad sueca dice que reciclar o cambiar las bombillas de casa a las de bajo consumo es mucho menos efectivo en reducir las emisiones de dióxido de carbono que seguir hábitos vitales como una dieta casi o totalmente vegetariana, evitar viajar en avión, no utilizar coche o tener familias más pequeñas (es decir, un hijo o ninguno). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a cambiar así nuestro estilo de vida?

Incluso limitándonos al reciclaje hogareño, nuestro esfuerzo no suele ser tan profundo como creemos. La Fundación catalana para la prevención de residuos y el consumo responsable ha hecho un experimento muy interesante poniendo a cinco familias (de muy diferente composición cada una) el reto de no generar residuos durante un mes. Algunas de las pautas de consumo que da la Fundación en su decálogo son:

  • Eliminar lo que no es reciclable o de un solo uso (bastoncillos para los oídos, hojas de afeitar, compresas, toallitas húmedas, tampones, pañales, pajitas de bebidas, monodosis, envases de pequeño formato…)
  • Rechazar envoltorios de regalo, envoltorios de plástico, bolsas y embalajes innecesarios.
  • Para la comida usar tápers, cantimploras y rechazar los alimentos precocinados envasados.
  • Comprar a granel y llevarse los envases reutilizables de casa.
  • Detergentes a granel y sin tóxicos.
  • En la cocina usar paños de ropa, y eliminar el papel de cocina, de aluminio y de film transparente.

Como se ve, una cosa es reciclar y otra es no generar residuos. Evidentemente, lo segundo requiere gran esfuerzo, mucha organización hogareña y, sin duda, una tremenda dosis de renuncia para modificar nuestros hábitos de consumo. Ahora ha sido el Black Friday pero pronto llegan las fiestas navideñas y ahí estaremos todos, muy ecologistas y yoguis, consumiendo. Por supuesto, una opción buena es regalar actividades y experiencias en lugar de cosas materiales; y si son objetos, que sean hechos por uno mismo, como propone esta campaña de Greenpeace.

De todos modos, por más responsable que sea nuestro consumo, el problema de base está en nuestra necesidad de consumir. En una entrevista todavía inédita que le hicimos para Puraka Project, el Dr. Sudhakar Powar, médico ayurvédico indio, explica al respecto:

“Nuestra mente es muy activa y actualmente el 95% de los problemas en mi área de atención médica provienen de la mente o de nuestro enfoque de la vida. Debido a muchos factores como por ejemplo falta de contentamiento, porque vivimos en un mundo manipulado por el consumismo. De esta forma nuestras mentes están manipuladas para vivir de forma no contenta, insatisfecha. Nadie es feliz con todo lo que tiene. Y ese es el terreno en que florece el consumismo. Porque si tú estuvieras feliz y satisfecho con lo que tienes no necesitarías nada y el mercado no crecería. El mercado solo crece si las personas quieren más. Entonces, en realidad existen ‘necesidades reales’ y ‘necesidades creadas’. Cuanto más se incrementan las ‘necesidades creadas’ más consumismo habrá, más crecerá el mercado y más beneficios económicos habrá”.

Dicho de forma tan clara, no hay manera de rebatirlo, pero igualmente seguimos insatisfechos. Por eso también me ha gustado el planteamiento del maestro zen Dokushô Villalba cuando escribe:

“Si queremos detener y liberarnos del engranaje infernal del consumo desorbitado debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos: reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario. Reduciendo el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica”.

Esta idea de “simplicidad voluntaria” está en total consonancia con el ideal yóguico que pregona el contento, la aceptación y la desaparición de los deseos. En un post de hace tres años yo contaba que en el Mahābhārata, el gran poema épico de la India, el rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un espíritu de los bosques sobre cuál es la máxima felicidad y su respuesta es:

“La máxima felicidad es el contentamiento”

La misma afirmación que hace el sabio Patañjali en su Yoga Sūtra cuando habla de saṃtoṣa (II.42) y que no nos viene mal volver a leer:

“A partir del contentamiento (saṃtoṣa) se obtiene la máxima felicidad”

Sobre esto, el comentario Yoga Bhāṣya de Vyāsa agrega lo obvio, pero que no queremos ver:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

Volviendo al artículo inicial de George Monbiot, él dice que hay que cambiar el sistema ya que “necesitamos construir un mundo en el que el crecimiento sea innecesario”. Estoy de acuerdo, y como ya sabemos (o deberíamos saber) no serán los gobiernos los que construyan ese nuevo mundo, sino cada uno de nosotros con su pequeño pero imprescindible accionar individual.

Al menos a los privilegiados que estamos leyendo esto y – a nuestro pesar – dejamos gran huella ecológica en el planeta, la situación global actual de constante crecimiento nos ha puesto en un punto en que tenemos más posibilidades materiales que nunca y que hace pocas décadas eran impensables: viajar a cualquier isla paradisíaca en Semana Santa, conseguir cualquier producto a través de Internet, comprar camisetas nuevas por 2€, comer tomates todo el año, probar comida de los seis continentes en el sofá de casa…

Irónicamente, si queremos salvar el planeta, el medioambiente y también el equilibrio socioeconómico global cada vez más descompensado, debemos renunciar a esa tan accesible y omnipresente oferta de consumo en pos de una vida simple exteriormente y rica interiormente.

Ya sé lo que estás pensando: que cuando no había TV ni Amazon sí que era fácil, pero que, maldita sea, nos ha tocado una época difícil para renunciar a los deseos. Te entiendo. Aunque tomando perspectiva, y según cuentan, la renuncia ha sido dura en todos los tiempos y, eso sin duda, se requiere gran determinación para asumirla. Veremos si estamos a la altura.

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La carne, el cáncer y el vegetarianismo en el hinduismo

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Hace varias semanas hubo revuelo mediático por el informe divulgado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los riesgos de cáncer asociados con el consumo de carne roja y de carne procesada. Las respuestas fueron variopintas: desde vegetarianos satisfechos de confirmar sus sospechas hasta carnívoros cínicos afirmando que “de todos modos, de algo hay que morir”.  A pesar de que la inmediatez es la clave del éxito digital, yo decidí esperar unos días antes de hablar sobre el tema, a ver si se calmaban los ánimos y podía juntar datos útiles.

Lo que dice el informe en cuestión es básicamente que el consumo excesivo de carne roja y muy especialmente de carne procesada (salchichas, jamón, embutidos, carne en lata) ha sido asociado con una mayor incidencia de varios tipos de cáncer, sobre todo el colorrectal y, en menor medida, el cáncer de páncreas y de próstata y quizás de estómago (sumado a los ya conocidos riesgos de enfermedades del corazón o diabetes). De todos modos, la OMS no recomienda dejar de comer carne (pues considera que “tiene beneficios para la salud”) sino más bien moderar su consumo, un hecho que no parece estar en la intención de los habitantes de este planeta.

En un artículo que me pareció muy lúcido (y admito que, en general, la forma de ver el mundo de este autor no me “resuena”), el escritor argentino Martín Caparrós ofrece datos muy claros: “En las últimas décadas el consumo de carne aumentó el doble que la población del mundo. Mientras tanto, un buen tercio de la población mundial sigue comiendo como siempre: miles de millones no prueban la carne casi nunca, la mitad de la comida que la humanidad consume cada día es arroz, y un cuarto más, trigo y maíz”.

Por tanto, resume Caparrós, “consumir animales es un lujo: una forma tan clara de concentración de la riqueza. La carne acapara recursos que se podrían repartir: se necesitan diez calorías vegetales para producir una caloría de vaca o de cordero (‘para producir un filete de unos 200 gramos se precisan unos 45 cuencos de cereales’). Lo mismo pasa con el agua: se necesitan 1.500 litros para producir un kilo de maíz, 15.000 para un kilo de vaca. O sea: cuando alguien come carne se apropia de recursos que, repartidos, alcanzarían para cinco, ocho, diez personas”.

Hace un par de años yo mismo escribí un artículo sobre cómo la alimentación vegetariana (o vegana) podría “salvar al mundo” en el sentido bien literal de la expresión y ponía datos tan llamativos (o poco conocidos) como que “la ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la responsable número uno del cambio climático”. O sea, que hay personas que dejan de viajar en avión como forma de activismo ecológico y sería más efectivo dejar de comer carne.

Como dice Caparrós, “comer carne es establecer una desigualdad bien bruta: yo soy el que puede tragarse los recursos que ustedes necesitan. La carne es estandarte y es proclama: que este planeta sólo se puede usar así si miles de millones se resignan a usarlo mucho menos. Si todos quieren usarlo igual no puede funcionar: la exclusión es condición necesaria —y nunca suficiente—.”

Curiosamente, esta tendencia mundial del comer carne como signo de mejorar el estatus socio-económico ha sido objetada durante siglos por la sociedad india, fundamentalmente por el hinduismo (y en menor escala por el jainismo), donde, por el contrario, ser vegetariano es un símbolo de “pureza ritual” al decir de Agustín Pániker, o sea que da mayor “prestigio” social y religioso. Aunque hay diferentes versiones, se sabe que desde hace unos 20 siglos, al menos, el hinduismo ha adoptado el vegetarianismo como el ideal dietético, en consonancia con el tradicional valor de ahiṁsā (no-violencia) y reflejando los hábitos ascéticos de las respetadas órdenes monásticas hindúes.

govinda

Obra de Hari Dasa (www.narayana-hare.blogspot.com.es)

Poner cifras exactas es difícil pero, por ejemplo, el editor Álvaro Enterría calcula que actualmente “el 30% de los indios son vegetarianos”, lo cual es bastante para un país “emergente” y, por consiguiente, para una sociedad con creciente poder adquisitivo. Los vegetarianos indios (que en su mayoría son de religión hindú) tampoco comen huevo. Después hay otro grupo que engloba a las personas que en lenguaje moderno se denominan “flexitarianas”, y son aquellas con una dieta vegetariana en general y que no comen carne en casa pero que, en situaciones especiales (fiestas, invitaciones, bodas), sí comen carne o pollo o simplemente huevo.

Asimismo, en las zonas costeras de la India hay mucha tradición de comer pescado y a pesar de eso muchas personas siguen llamándose vegetarianos a sí mismos, quizás porque no comen carnes rojas. De hecho, para este tipo de dieta, muy de moda en Occidente, existe el término “pescetarianismo” (o “pesco-vegetarianismo”). Otros hindúes comen pollo, que es quizás la carne más difundida, cordero y quizás cerdo, pero por supuesto casi nadie come carne de vaca, porque como todos saben son consideradas sagradas, ya que según la tradición, y como explica el sacerdote hindú Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), “se la considera nuestra segunda madre, pues después de que tomamos leche del pecho de nuestra madre, continuamos tomando leche de la vaca”.

Todos estos datos son indicativos pero no definitivos, ya que los números varían según la región, la casta y hasta la familia. En cualquier caso, son las personas de casta brāhmaṇa (o brahmán, es decir la casta “sacerdotal”) las que más practican el vegetarianismo, aunque esta regla tenga muchas excepciones (por ejemplo Bengala). A nivel de regiones, justamente Bengala y Kérala, al sur, son los dos estados donde se permite el sacrificio de vacas para consumo humano. Y este es un punto al que quería llegar.

Sorprendentemente, en estos tiempos India encabeza la exportación mundial de carne de vacuno (delante de Brasil), aunque esos datos se refieren a “carne de búfalo”, que es legal, y no de vaca, ya que la exportación de ternera está prohibida. Sin embargo, explica el periodista Jordi Joan Baños, “dicha prohibición es burlada a diario en la frontera entre India y Bangladesh, por la que son transportadas de contrabando, para ser sacrificadas, cientos de miles de reses indias cada año”, para consumo musulmán. En cualquier caso, en el periodo 2010-2014 “las exportaciones legales de vacuno han aumentado en un 44%”.

Estos datos me parecen muy relevantes porque significa que la tendencia mundial a comer carne como forma de legitimar el estatus socio-económico y forma de dar placer al paladar también está afectando a la sociedad india, otrora defensora de valores muy tradicionales. Como acota Ramchandani, hace varias décadas que, imitando a los invasores británicos, algunos hindúes empezaron a comer carne “como símbolo de modernidad y elitismo”. Ahora, ya independientes y emergentes, los indios, especialmente de clase media, ven en la carne otro estandarte de éxito, tal como bien lo define Caparrós.

A nivel espiritual y según la tradición hindú, no hay dudas de la importancia de una dieta vegetariana y como dice Enterría, “las personas que reciben iniciación de un guru normalmente se hacen vegetarianas” pues se considera un acto meritorio y purificador. Swami Premananda lo dice muy claro en uno de sus discursos: “Dices que sientes amor en tu corazón y que quieres amar a Dios. ¿Cómo puedes pensar en el amor si, porque te agrada el sabor, puedes comer otra criatura?”.

De todos modos, mi intención principal con este post no es hacer especial hincapié en los méritos religiosos/espirituales de la dieta vegetariana ni tampoco defender al hinduismo como religión.

Mi objetivo es poner a la vista, una vez más, los beneficios colectivos de la dieta vegetariana (o vegana):

  1. Evitar sufrimiento a otros seres, que son matados para que los comamos (o que son hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

  2. Salvar al planeta de ir a la ruina por falta de recursos naturales (“1.500 litros de agua para producir un kilo de maíz vs. 15.000 para un kilo de vaca”).

Pero claro, el planeta no le importa a nadie, así que le agregamos un nuevo factor:

  1. El consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer (amén de otras enfermedades).

Ya que el bienestar común y terrenal (que también es el propio) no parece ser motivo suficiente, la noticia de que la carne da cáncer quizás influya en alguien para que reduzca (¡o frene!) su consumo, aunque solo sea por puro beneficio personal. El mundo también estará agradecido.

Mantra para repetir por la mañana

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En el taller de mitología hindú que di la semana pasada vimos un mantra muy apropiado para una reunión en que se hablaba de diversas deidades. El mantra en cuestión es usado en la India como plegaria matinal y llegó sincronizadamente a mis oídos gracias a Gloria de Mandiram Yoga y a un texto del sanscritista Òscar Pujol, que aparece en el excelente libro Benarés, la ciudad imaginaria.

Como explica Pujol, este mantra son las primeras palabras que recita un pandit, un erudito sánscrito y de las Escrituras, cuando se despierta. Obviamente no lo hacen sólo los pandits y es un mantra conocido popularmente como oración para comenzar el día. El mantra se repite contemplando las propias manos y dice:

karāgre vasate Lakshmī
karamadhye Sarasvatī
karamūle tu Govindah
prabhāte karadarshanam

La traducción (casi) literal sería:

“En la punta de los dedos vive Lakshmī (la diosa de la Riqueza);
En la palma de la mano, Sarasvatī (la diosa del Conocimiento);
En la raíz de la mano (la muñeca), Govinda (el Amor);
En la mañana miro mis manos”.

Como pasa con algunos mantras y textos sagrados, hay más de una versión, con ligeras modificaciones. Asimismo, hay varias traducciones posibles y diferentes niveles de interpretación, que no son necesariamente excluyentes.

Por un lado, al mirar las propias manos y reconocer que en ellas residen las ‘deidades’, estamos aceptando que todas esas cualidades (prosperidad, sabiduría, amor…) también están latentes en nosotros. Por otra parte, esta oración es una forma de espiritualizar todas las actividades que vamos a llevar a cabo durante la jornada, con las manos como símbolo principal de la acción.

Además, es significativo que en la raíz o base de la mano esté Govinda, que es un nombre de Krishna en su aspecto de ‘amante universal’. Por tanto, se podría decir que todas las acciones que realizamos están (o deberían estar) asentadas en ese amor hacia lo Divino, que es lo mismo que el amor hacia todos los seres.

Siendo riguroso también tengo que decir que hay otra versión de este mantra, en que se intercambia la ubicación de las deidades del segundo y el tercer verso, y entonces queda Sarasvatī como “raíz” (karamūle Sarasvatī) y Govinda como “palma” (karamadhye tu Govindah); lo cual se interpreta como que el Conocimiento (no meramente intelectual sino espiritual) es la base donde se apoya el resto, mientras que el Amor es el centro.

Aquí la primera versión cantada:

Mantra del perdón

Justo después del mantra anterior, es tradición recitar otra oración “un momento antes de poner el pie en el suelo”, como dice Òscar Pujol, “a modo de disculpa por el pisotón que se le va a dar a la Madre Tierra”. El mantra es:

samudra vasane Devi
parvata stana mandale
Vishnupatni namastubhyam
pādasparsham kshamasva me

La traducción (casi) literal sería:

“Oh Diosa, vestida de mares,
Adornada con los senos de las montañas,
Esposa de Vishnu, reverencias a Ti.
Por el contacto de mi pie, perdóname”.

Al parecer, existen diversas versiones del mantra, siempre con pequeños cambios que no modifican la idea esencial de la oración. Por ejemplo, la palabra mandale del segundo verso es reemplazada por mandite, pero eso no cambia el sentido, ya que ambos términos refieren a la idea de ‘adorno’. Comparto una versión cantada:

La Diosa a la que se refiere la oración es obviamente la Tierra, que nos da sustento y nos da vida. Asimismo, y aunque parezca obvio, nos da un suelo sobre el cual pisar. Lo que pisamos cada día, todo el tiempo, es la Madre Tierra y ni siquiera cuestionamos esa presencia, que damos por descontada.

Últimamente pienso mucho en eso y en el rol vital de la Madre Tierra. Este mantra me gusta mucho porque implica que, incluso antes de poner el pie en el suelo (ya sea el derecho o el izquierdo…), uno toma una mínima consciencia de que su vida depende y se sustenta en la Naturaleza. No me voy a poner a dar un sermón ecológico aquí, porque creo que, en estos tiempos, todos sabemos cuán importante es cuidar los recursos naturales.

Lo que sí quería hacer es publicar estos dos mantras, que me parece son de gran ayuda para tener un comienzo de día muy consciente y conectado con nuestra propia naturaleza espiritual y con la Naturaleza Universal que, en realidad, son lo mismo.

Protegido: Plan y preparativos para mi viaje a la Kumbha Melā

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