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La duda como obstáculo espiritual

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Uno de los grandes motivos por los que la práctica de āsana o yoga físico es tan popular actualmente es porque aporta progresos evidentes y rápidos a nivel de flexibilidad y fuerza física. Por tanto, con pocos meses de práctica regular (quizás dos veces por semana) la mayoría de personas en general nota una gran “evolución”, al menos desde el punto de vista de realizar las posturas en su forma externa. Sin hablar de otros beneficios como verse más relajado, aliviar dolores de espalda o sentirse mejor con uno mismo por dedicar tiempo y esfuerzo a estar sano. Al obtener una prueba tangible de los beneficios de la práctica, uno la mantiene con entusiasmo e incluso la incrementa.

Hasta aquí muy bien, pero ¿qué pasa cuando – al menos en apariencia – ese progreso se estanca? Sobre todo en prácticas con resultados menos inmediatos como la meditación, la aplicación de yamas y niyamas, la oración, la auto-indagación… O yendo más allá, ¿qué pasa cuando mi cosmovisión y mi estilo de vida que incluyen, entre otras cosas, la actitud positiva, el ver lo divino en todos los seres, andar en bicicleta, comer ecológico o la aceptación de la ley del karma, no parecen darme beneficios?

De esta encrucijada pueden salir muchos caminos, pero hoy solo quiero centrarme en uno: el de la duda. La duda sobre el camino elegido y quizás recorrido ya por varios años; o también la indecisión sobre la eficacia de ese camino que me impide entregarme a él plenamente.

En el Yogasūtra, Patañjali deja claro que hay nueve obstáculos o impedimentos (antarāya) para el aquietamiento de la mente y el tercero de ellos es justamente saṁśaya (samshaya), la duda. El antiguo comentario de Vyāsa a los sūtras dice que la duda es “un pensamiento que oscila entre dos extremos, por ejemplo: ‘esto podría ser así, o podría no ser así’”. A pesar de lo simple de la definición, uno sabe por experiencia propia que esta sensación de indecisión mental puede ser insoportable, una “gran tortura”, como dice Swami Sivananda.

No casualmente, en la Bhagavad Gītā (IV.40) el Señor Kṛṣṇa (Krishna) también habla de la duda y en términos muy taxativos. En la traducción de Swami Sivananda:

 “El ignorante, el que carece de fe, el que duda, camina hacia su destrucción. Para el que duda no hay felicidad ni este mundo ni en el otro”.

El śloka habla por sí solo, aunque para contextualizar se puede agregar que la duda específica sobre la que se está hablando es sobre la verdadera naturaleza de este mundo y cómo actuar en él. El antídoto contra la duda, dice la Gītā, que es también el antídoto contra todo sufrimiento, es el conocimiento. El conocimiento experiencial de la Realidad, por supuesto, pero mientras tanto también sirve el conocimiento intelectual de las enseñanzas espirituales.

Cuando uno escucha una enseñanza genuina, y está preparado, entonces la recibe con aceptación y naturalidad. Otras veces tiene que rumiarla poco a poco hasta hacerla propia. En ambos casos, y aunque creamos tenerlo todo muy claro, “dominados por nuestras inclinaciones” la duda puede volver. Ante esto, hay un primer método para juzgar con el intelecto la validez de una enseñanza, que se resumen en unas palabras del santo bengalí Narottama Dāsa Thākura:

“sādhu śāstra guru vākya, cittete kariyā aikya”.

Es decir:

“Uno debe aceptar algo como genuino después de estudiar las palabras de los sādhus, las Escrituras y el guru”.

Por ende, cualquier enseñanza válida debería verse corroboradas por las Escrituras sagradas, por las palabras de otras personas santas y por el ejemplo de vida del maestro particular que imparte dicha enseñanza.

Como es de esperar, hay ocasiones en que la duda abarca las Escrituras, los santos, los maestros y toda la tradición espiritual, por lo que el método arriba citado no es suficiente. ¿Cómo puede uno entonces obtener o recuperar la fe y la convicción interior? Como ya vimos, la forma más directa es experimentando por uno mismo la verdad de la enseñanza a través de sus frutos, pero cuando no vemos frutos nos decaemos y dudamos… o sea un círculo vicioso.

Siguiendo la lista de Patañjali, lo que genera la duda es la apatía mental (styāna), que B.K.S Iyengar traduce también como falta de interés. El yogui Sri Dharma Mittra dice que es muy importante desarrollar gran entusiasmo por la vida y que para ello la práctica es fundamental. Dharmaji dice que “descuidar la práctica hace que uno se sienta deprimido”. Por tanto, es importante seguir practicando aún cuando no haya resultados ni ganas, porque el abandono de la práctica trae peores resultados. De ahí que se diga que la duda lleva a la “destrucción”.

Si uno tiene un maestro espiritual, entonces es más fácil porque solo tiene que hacer lo que el maestro le dice, basado en la confianza. Si uno no tiene maestro (o lo tiene pero duda de él, lo cual también es posible y, claro, muy terrible para la paz mental) entonces tiene que mirar dentro de uno mismo con honestidad y atención. El cantante de kīrtan Krishna Das dice:

“La cosa más importante que puedes aprender es a confiar en ti mismo. Parte de practicar estar atento es escucharte a ti mismo y tratar de estar en armonía con lo sientes que es correcto. Puede que no sea la forma más fácil, pero si sientes que es correcto, entonces estás en el camino correcto”.

Sobre esto, Swami Premananda es muy claro cuando dice:

“Tener fe en ti mismo es el primer requisito para la evolución espiritual. Primero elimina toda duda sobre ti mismo. Rehúsate a ser vencido. Sé audaz, valeroso y fuerte… Aférrate con fuerza a los pies de loto del Señor, dondequiera que estés y hazlo con determinación. Alcanzarás tu meta espiritual”.

Siguiendo en esta línea, en un antiguo documental le preguntan a Swami Premananda “¿cómo encontrar el camino para el auto-conocimiento y la liberación?” y él dice:

“Para buscar esa libertad, para buscar esa verdad dentro de tu mente, inicialmente, lo que necesitas dentro tuyo es auto-confianza, creer en ti. Si no tienes fe en ti mismo, no puedes buscar la verdad, no puedes encontrar la verdad”.

Y ante el difundido miedo de ser engañados por gurús inescrupulosos, Swamiji da una respuesta muy poco “victimista”:

“Puede que vayas por el camino equivocado porque cuando te falta auto-confianza hay una gran posibilidad de tomar el camino errado. Si tienes auto-confianza no irás por el camino equivocado y serás capaz de encontrar verdad en esa otra persona y descubrir verdad en ella”.

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Finalmente, unas inspiradoras palabras de Swamiji para cuando nos asaltan las dudas:

“Algunos tienen mucho miedo de iniciar la marcha en el sendero. También hay otros que se sienten vencidos y abandonan el sendero si encuentran demasiadas dificultades. Si sigues adelante sin importar lo que suceda ni que pruebas se presenten, superando los problemas y los obstáculos en virtud  de tu fe y sinceridad, entonces lo Divino derramará su gracia sobre ti para darte aliento cuando te sientas desanimado. Esencialmente, primero necesitas tener fe en ti mismo y fe en lo Divino. Recuerda que tu meta es muy grande. Es la felicidad eterna. El gozo sin límites puede ser tuyo, te lo prometo”.

Ante tal perspectiva uno recobra el entusiasmo, el interés, y por tanto de alguna forma incrementa su práctica, su esfuerzo, su anhelo y sigue adelante…

¿Por qué el Yoga es una ciencia?

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A veces me pongo muy puntilloso. Hace poco leí un anuncio de algún retiro de meditación o algo así y quien lo impartía decía tener “más de 19 años de experiencia”, lo cual me crispó porque si realmente tienes más de 19 años de experiencia pones 20 y listo. 19 años es mucha experiencia y no hay nada que disimular, pero por repetición de frases tantas veces vistas y escuchadas uno termina poniendo “más de…” sin siquiera reflexionar lo que dice. Pasa lo mismo con esos productos cuyo eslogan es “mucho más que un…”, pero nunca te dicen que es eso de más que supuestamente ofrecen (aparte de falta de imaginación, claro).

Poniéndome serio y en el tema del día, definir el Yoga con mayúsculas puede ser complejo y largo, aunque a nivel descriptivo se suele decir que es una “ciencia” (algunos también agregan un “arte”, aunque eso lo dejo para otro día). Al hilo de lo que venimos hablando, me parece lógico que esta definición del “yoga como ciencia” pueda sonarles una frase hecha y hasta injustificada a los escépticos y desconocedores del contexto. Evidentemente, una sociedad moderna que considera como el único válido un conocimiento científico basado en criterios externamente objetivables y medibles, tenderá a sospechar de una disciplina que investiga el interior del ser humano.

¿Es entonces yoga = ciencia uno de esos lugares comunes que se repiten sin analizar, como “Tienda Faquir, el rey del colchón” o “mucho más que una hamburguesa”)?

Para empezar, creo que sirve ver la palabra sánscrita original que generalmente se traduce como “ciencia”, es decir vidyā, que también puede significar “conocimiento o saber” según el contexto. La raíz verbal es √vid que quiere decir “conocer” y está relacionada con “ver”, en el sentido de que para saber algo no basta con creerlo sino que hay que experimentarlo o, usando una expresión popular, “verlo con los propios ojos”. Como se empieza a notar, esta idea no es muy distinta de la del pensamiento científico moderno.

Hablando de eso veamos la etimología del término occidental “ciencia”: viene del latín scientĭa que quiere decir, oh casualidad, “conocimiento” y que deriva de scire y scindere, en el sentido de “distinguir, separar una cosa de otra”.

Hasta aquí hay similitudes. Sigamos entonces con la definición moderna de ciencia según la RAE: “Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”. Si bien yo creo que a esta definición le falta la palabra “experimentación” (un amigo científico me dice que esto aplica solo para las llamadas “ciencias experimentales”), nos sirve para profundizar el análisis, ya que el Yoga en sentido amplio incluye sin dudas “observación”, “razonamiento”, “conocimiento sistematizado” y “reglas generales”.

De hecho, y como dice el yogui y maestro Yogi Gupta, en una frase que podría aplicarse a la más rígida de las ciencias exactas:

“La filosofía del yoga comienza con la concepción de que cualquier idea que no sea confirmada por la experiencia debe mantenerse como mera especulación”.

Por más que uno esté muy seguro de lo que sabe, en general uno no tiene experiencia directa y personal de todo lo que conoce, sino que se basa en deducción y, sobre todo, en la experiencia directa de otras personas. La mayoría de nosotros no hemos comprobado con un telescopio que la Tierra gire alrededor del Sol, sin embargo lo consideramos totalmente cierto. ¿Basados en qué? Mi experiencia de ver moverse el Sol podría muy bien deberse a que es el astro rey quien gira alrededor de la Tierra, como se creía en Europa hace “solo” 500 años. Sin embargo, uno cree en lo que dicen los científicos porque ellos lo han confirmado empíricamente de forma directa.

De la misma forma, las verdades que enseña el Yoga también están basadas en las experiencias directas de terceros, que en este caso no se denominan “científicos” sino ṛṣis (rishis) o sabios videntes de la antigüedad.

Parafraseando a Swami Vivekananda en su famoso libro Raja Yoga, se puede decir que en las ciencias exactas es más fácil encontrar la verdad porque su campo de estudio (visible, medible) es rápidamente identificado con las experiencias particulares de cualquier ser humano (o con una experiencia universal de la humanidad). Es decir, la Ley de Gravitación es considerada verdadera porque aunque nunca hayamos dejado caer una manzana al suelo adrede, sí hemos tenido experiencias similares que la confirman.

En la “ciencia del Yoga”, en cambio, esta base experiencial es más reducida ya que se trata de un ámbito menos tangible, menos visible y al que estamos poco educados a prestar atención, ya que va más allá de la percepción sensorial, tanto física como mental, e incluso más allá del limitado conocimiento intelectual.

La sociedad moderna, junto con su paradigma científico, solo acepta como cierto aquello que se puede ver y medir de forma externa. Para la tradición yóguica, sin embargo, el “conocimiento externo” es “conocimiento parcial”, ya que no incluye la experiencia total, el conocimiento completo.

Yogi Gupta dice al respecto:

“La única forma de conocer algo tanto interna como externamente, por ejemplo una manzana, es identificarnos con eso, ser uno con eso”.

Los antiguos sabios, al igual que cualquier científico, afirman tener un método de investigación para esta ciencia del auto-conocimiento (a veces llamada ātma vidyā), cuya conclusión final es que “todo ya está dentro de uno”.  Este método incluye observar, pues de lo contrario no es más que teorizar. Obviamente es más fácil observar el mundo externo porque hay instrumentos para eso (microscopios, telescopios, sismógrafos, aceleradores de partículas…), mientras que en el mundo interno no hay herramientas de ayuda (excepto la misma mente hasta un cierto punto).

Asimismo, dice Vivekananda, que era un gran filósofo-santo famoso por su agudo intelecto, “uno debe usar su razón y su juicio; debe practicar y ver si estas cosas suceden o no”, ya que “es errado creer ciegamente”.

Y agrega: “los sabios declaran haber encontrado una verdad superior a la que los sentidos nos ofrecen y nos invitan a verificarla. Nos piden que sigamos el método y practiquemos honestamente y entonces, si no encontramos esa verdad superior, tendremos el derecho a decir que no hay verdad en dicha afirmación, pero hasta no haber hecho eso, no somos racionales negando la verdad de sus aseveraciones”.

No hace falta ahondar en el tema, pero decir que no existe el Ser porque no lo podemos medir puede ser tan irracional como decir que no existe la electricidad porque no podemos verla.

ciencia

Para los adherentes al paradigma cientificista moderno aquí habría un infiltrado…

Así como en la ciencia moderna existe una hipótesis que debe ser comprobada o descartada, y eso no debería ser un sesgo para la investigación, en el Yoga hay una “hipótesis” que es la existencia de una “verdad superior” o “Ser interior” o “Dios” u “Orden cósmico”, etc. y, por tanto, hay una cierta creencia o fe previas que son el punto de partida para la búsqueda de esa verdad. Sin embargo no son cualidades indispensables para confirmar la conclusión final, de la misma forma que no hace falta creer que la Tierra es redonda para darle la vuelta.

En este sentido, se habla de experimentar más que de creer, convirtiéndose uno mismo en el “tubo de ensayo” para la investigación.

Por tanto, la respuesta al título de este post es que el Yoga es una ciencia porque sirve para “conocer”, sobre la base de la experiencia directa personal y siguiendo un método específico. ¿Conocer qué? A uno mismo, su propia naturaleza siempre permanente, dichosa y en paz dicen los sabios.

¿Alguien tiene dudas? Pues que se dedique a hacer las pruebas de forma dedicada y honesta y, si corresponde, que me traiga las conclusiones bien redactadas que sin problemas le publico el paper en el blog.

Las enseñanzas secretas del yoga y el ejemplo de Rāmānuja

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La tradición espiritual hindú se ha caracterizado históricamente por transmitir el conocimiento con fidelidad a sus orígenes y cara a cara. Por ello la relación personal del estudiante con el guru es tan importante y, por consecuencia, se pretende que el aspirante esté capacitado para recibir las enseñanzas; es decir que tenga mucho anhelo espiritual, paciencia, obediencia al maestro, disciplina… Está lleno de historias de estudiantes que debieron limpiar la casa del maestro por años hasta que, finalmente, éste les dio una enseñanza explícita.

Como dice el estudioso español José Antonio Offroy Arranz, “en la tradición india, el conocimiento es un bien que se merece y conquista, no un derecho que tienen todos los hombres por igual, a modo de como se entiende en el mundo moderno”.

En ámbitos específicos como el Haṭha yoga o el Tantra este secretismo es más pronunciado, pues las enseñanzas implicadas suelen ser exigentes para el cuerpo y la mente y deben ser impartidas por un maestro cualificado, so riesgo de hacerse daño si uno actúa de forma autodidacta.

Como muestra del carácter esotérico de la enseñanza yóguica, baste esta cita de la Haṭha Yoga Pradīpikā, el manual conservado más importante sobre Haṭha yoga:

“La ciencia del haṭha debe ser mantenida en total secreto por el yogui que desee el éxito /
Es poderosa cuando se oculta pero impotente cuando se divulga // (I.11)

En estos tiempos de Internet, sociedad de la información y globalización es claro que el rasgo secreto del yoga y la filosofía espiritual en general se diluye. Cualquier texto que antes se pasaba oralmente de maestro a discípulo, ahora puede ser leído online y, además, con el comentario adjunto de grandes sabios o de cualquier hijo de vecino, indistintamente. Mantras sagrados que antes sólo se murmuraban en la oreja derecha de un iniciado, ahora aparecen cantados abiertamente en YouTube, a veces con música bailable de fondo. Posturas físicas de profunda implicancia energética ahora son practicadas de manera descontextualizada sobre tablas de surf, tablados flamencos o trapecios. Y así podríamos seguir…

¿Todo esto es bueno o malo? ¿Ha perdido el yoga su sacralidad al difundirse? ¿Hay todavía algo secreto en estas enseñanzas? Me gusta el enfoque del ya citado Offroy Arranz:

“El carácter secreto del yoga sigue estando vigente aún hoy en día. Cabe distinguir entre ‘información’, a la cual se puede acceder de manera casi ilimitada, y ‘conocimiento’ (vidyā), cuyo acceso está tan restringido hoy como siempre lo ha estado. Información y conocimiento son de naturalezas completamente diferentes, y su confusión resulta la causa principal de una mala interpretación de un texto tradicional. Actualmente, casi todo el mundo podría tener acceso a la lectura de los textos tradicionales o una de sus traducciones. De todos los que tendrían acceso a la lectura, verdaderamente muy pocos se interesarán por la obra, y de esos, otros pocos la leerán. De esos escasos lectores, alguno será practicante de yoga. Y de esos practicantes, quizá alguno llegue a comprender su contenido.

De esta manera, se puede entender que la restricción de este tipo de textos sigue siendo la misma que cuando fueron redactados por primera vez. La única diferencia es que tradicionalmente se evitaban las lecturas inapropiadas a través del secretismo, y en el mundo moderno, el libre acceso a la información propicia que algunos confundan ‘información’ con ‘conocimiento’. Más allá de esas distinciones, el conocimiento verdadero sigue estando protegido como siempre lo estuvo”.

Es decir, sólo el aspirante que esté cualificado y anhelante de espiritualidad tendrá acceso al conocimiento genuino y podrán utilizarlo para modificar su vida. Los demás sólo se quedarán en la superficie, llena de palabras vacías y pretendidas experiencias místicas. De hecho, en el resto de la vida pasa igual. Ahora todos sabemos – “porque yo no soy tonto” – que las entidades bancarias son especuladoras y que los grandes banqueros saquean el mundo por sus interés personales, y orgullosamente decimos “a mí no me engañan”. Pero, ¿cuántas personas dejan de tener cuenta o tarjeta en alguno de esos bancos, a pesar de su consabido ruin accionar?

Tener información puede dar cierto poder, pero si no lo utilizas para cambiar tu vida en el plano práctico es apenas una anécdota más para la charla de sobremesa.

Ante esta situación, ahora viene otra pregunta: ¿Es bueno divulgar las enseñanzas espirituales? ¿O es mejor guardárselas para quienes las “merecen”? Sé que hay profesores de yoga, por ejemplo, que no enseñan la postura sobre la cabeza (śīrṣāsana) porque temen que si un estudiante se lesiona intentándola, les pueda poner una demanda. También, en el otro lado, hay profesores que el primer día ya les hablan de bandhas y cakras (chakras) a los alumnos principiantes.

Es verdad que cada maestro tiene su estilo y, también, que cada linaje tiene un método diferente, así que sería simplista emitir juicios de valor fuera de contexto. Yo creo que, además de ser fiel al propio linaje, hay que usar la discriminación y esforzarse por ser generoso y compasivo con los estudiantes, de la misma forma que lo son todos los grandes maestros que conocemos. Hablando de grandes maestros, hay una frase de Sri Dharma Mittra que resume lo que siento sobre este tema:

“Compartir conocimiento espiritual es la forma más grande de caridad”.

Sri Dharma Mittra haciendo caridad…

La caridad al compartir conocimiento espiritual tiene uno de sus grandes ejemplos en una famosa historia de Rāmānujācārya (Ramanujacharya), el gran santo vaiṣṇava (váishnava) del siglo XII que vivió en el sur de la India. La historia, tal como la comparto a continuación, es un fragmento del libro Vida y enseñanzas de Ramanujacharya a cargo del sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (incluyendo bellas ilustraciones del devoto Hari Dasa) y que es la primera biografía del santo publicada en español:

“Siguiendo las instrucciones de su guru, Rāmānuja fue a ver al gran erudito Goṣṭhīpūrṇa para aprender plenamente el significado de los mantras védicos. Ya en presencia de aquel famoso devoto, le ofreció reverencias y le rogó que le otorgase el mantra vaiṣṇavaGoṣṭhīpūrṇa, sin embargo, se mostró reacio a entregar el mantra secreto, y respondió: «Puedes volver otro día, y yo consideraré tu petición». Rāmānuja se desanimó mucho ante esta respuesta, y con el corazón apenado regresó a su pueblo.

Una y otra vez, Rāmānuja se dirigió al erudito, pero Goṣṭhīpūrṇa rehusó acceder a su petición. Cuando sus súplicas fueron denegadas en dieciocho diferentes ocasiones, Rāmānuja comenzó a pensar que debía haber alguna gran impureza en su corazón, y que ésta era la razón por la cual Goṣṭhīpūrṇa no le concedía su misericordia. En medio de esta aflicción, Rāmānuja comenzó a derramar lágrimas de desesperación.

Cuando algunas personas informaron a Goṣṭhīpūrṇa de la condición de Rāmānuja, sintió lástima por el joven devoto. Así pues, cuando Rāmānuja fue a verle de nuevo, le habló de una forma muy amable: «Sólo el Señor Viṣṇu (Vishnu) es consciente de las glorias de este mantra. Ahora, sé que tú eres digno de recibirlo, debido a tu pureza y firme devoción al Señor. Nunca había encontrado a nadie, excepto tú, que fuese apto para recibir este mantra, porque cualquiera que lo cante es seguro que irá a Vaikuṇṭha (el cielo de Viṣṇu) en el momento de la muerte. Puesto que este mantra es muy puro y sagrado, no debe ser tocado por los labios de alguien que tenga deseos materiales. Por lo tanto, no debes revelarle este mantra a ninguna otra persona».

Tras instruir así a Rāmānuja, Goṣṭhīpūrṇa le inició en el canto del mantra de ocho sílabas. Rāmānuja se llenó de éxtasis al cantar esta maravillosa vibración y su rostro comenzó a brillar con refulgencia espiritual. Se consideró el más afortunado de todos los seres, y, una y otra vez, se postró a los pies del guru.

Después de dejar a Śrī Goṣṭhīpūrṇa, Rāmānuja, muy alegre, emprendió el regreso a su pueblo. Pero mientras caminaba comenzó a pensar en la potencia del mantra que había recibido. Mientras pensaba así, sintió gran compasión por todos los seres que sufren en este mundo material. Así pues, mientras caminaba cerca de los muros del templo, comenzó a llamar a todas las personas que pasaban por allí: «¡Por favor!, ¡venid aquí todos y yo os daré una joya de valor incalculable!».

Atraídos por la pureza de su expresión y sus palabras poco comunes, una gran multitud de hombres, mujeres y niños comenzó a seguirle. Por todo el pueblo comenzó a propagarse el rumor de que había aparecido un profeta capaz de satisfacer los deseos de todos. En poco tiempo, una gran multitud se había reunido en el exterior del templo. Al ver aquella gran cantidad de personas, el corazón de Rāmānuja se llenó de júbilo y trepó a la torre del templo. Con una voz muy alta, se dirigió a la multitud: «Todos vosotros sois más queridos para mí que mi propia vida. Por lo tanto, tengo un gran deseo de liberaros de los tormentos y sufrimientos que todos hemos de padecer en este mundo temporal. Por favor, recitad este mantra que he obtenido para vosotros. Haced esto, y la misericordia de Dios se derramará sobre vosotros».

Entonces, Rāmānuja proclamó con una voz resonante el mantra que acababa de recibir de Goṣṭhīpūrṇa. Inmediatamente, la multitud respondió recitando a su vez las palabras sagradas, produciendo un ruido semejante al de un trueno. Dos veces más Rāmānuja recitó el mantra, y dos veces más, la estruendosa respuesta resonó desde la multitud. Todos quedaron en silencio, mirándose unos a otros con sentimientos de gran éxtasis en sus corazones.

Mientras la alegre multitud se dispersaba, Rāmānuja bajó de la torre y comenzó a caminar hacia la residencia de Goṣṭhīpūrṇa para adorar a su guru. Para entonces, Goṣṭhīpūrṇa había oído con todo detalle lo que había ocurrido en la plaza del templo y estaba extremadamente enfadado, sintiendo que Rāmānuja había traicionado su confianza. Cuando Rāmānuja se acercó a él, el anciano maestro le dijo con una voz temblorosa debido a la ira: «¡Vete de mi vista, tú, el más bajo de los hombres! He cometido un gran pecado al confiar la gema más preciosa a una persona indigna de confianza como tú. ¿Por qué has regresado aquí de nuevo, forzándome a cometer el pecado de mirar tu cara? Sin duda, estás destinado a vivir en el infierno por incontables vidas».

Sin ningún tipo de remordimiento, Rāmānuja respondió a su guru de la forma más humilde, diciendo: «Sólo porque estoy dispuesto a sufrir en el infierno he desafiado tu orden. Tú me dijiste que quienquiera que cantase el mantra de ocho sílabas sería liberado con toda certeza. Así pues, según tus palabras, ahora muchas personas han sido destinadas a encontrar refugio en los pies de loto de Nārāyaṇa (Naráyana, otro nombre de Viṣṇu). Si una persona insignificante como yo ha de ir al infierno, eso no tiene mucha importancia, si tantos otros van a alcanzar la misericordia del Señor Nārāyaṇa».

Al oír estas palabras, que revelaban plenamente la profundidad de la compasión del devoto, Goṣṭhīpūrṇa se sintió completamente atónito y lleno de admiración. Toda su ira desapareció en un instante, tal como pasa una violenta tempestad, y abrazó a Rāmānuja con profundo afecto”.

La historia es hermosa e inspiradora, ¿verdad? Ahora me imagino que quieren saber cuál era el redentor mantra que compartió Rāmānujācārya con el pueblo. Por un momento me vi tentado a dejarlo para el post de la semana que viene, pero eso sería incoherente con todo lo anterior, así que, confirmando la viñeta de arriba, aquí va:

om namo nārāyaṇāya

Eso sí, para el próximo post dejo la traducción y una explicación más detallada. El conocimiento espiritual hay que compartirlo, claro, pero en raciones pequeñas se saborea mejor.

Mantra para repetir por la mañana

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En el taller de mitología hindú que di la semana pasada vimos un mantra muy apropiado para una reunión en que se hablaba de diversas deidades. El mantra en cuestión es usado en la India como plegaria matinal y llegó sincronizadamente a mis oídos gracias a Gloria de Mandiram Yoga y a un texto del sanscritista Òscar Pujol, que aparece en el excelente libro Benarés, la ciudad imaginaria.

Como explica Pujol, este mantra son las primeras palabras que recita un pandit, un erudito sánscrito y de las Escrituras, cuando se despierta. Obviamente no lo hacen sólo los pandits y es un mantra conocido popularmente como oración para comenzar el día. El mantra se repite contemplando las propias manos y dice:

karāgre vasate Lakshmī
karamadhye Sarasvatī
karamūle tu Govindah
prabhāte karadarshanam

La traducción (casi) literal sería:

“En la punta de los dedos vive Lakshmī (la diosa de la Riqueza);
En la palma de la mano, Sarasvatī (la diosa del Conocimiento);
En la raíz de la mano (la muñeca), Govinda (el Amor);
En la mañana miro mis manos”.

Como pasa con algunos mantras y textos sagrados, hay más de una versión, con ligeras modificaciones. Asimismo, hay varias traducciones posibles y diferentes niveles de interpretación, que no son necesariamente excluyentes.

Por un lado, al mirar las propias manos y reconocer que en ellas residen las ‘deidades’, estamos aceptando que todas esas cualidades (prosperidad, sabiduría, amor…) también están latentes en nosotros. Por otra parte, esta oración es una forma de espiritualizar todas las actividades que vamos a llevar a cabo durante la jornada, con las manos como símbolo principal de la acción.

Además, es significativo que en la raíz o base de la mano esté Govinda, que es un nombre de Krishna en su aspecto de ‘amante universal’. Por tanto, se podría decir que todas las acciones que realizamos están (o deberían estar) asentadas en ese amor hacia lo Divino, que es lo mismo que el amor hacia todos los seres.

Siendo riguroso también tengo que decir que hay otra versión de este mantra, en que se intercambia la ubicación de las deidades del segundo y el tercer verso, y entonces queda Sarasvatī como “raíz” (karamūle Sarasvatī) y Govinda como “palma” (karamadhye tu Govindah); lo cual se interpreta como que el Conocimiento (no meramente intelectual sino espiritual) es la base donde se apoya el resto, mientras que el Amor es el centro.

Aquí la primera versión cantada:

Mantra del perdón

Justo después del mantra anterior, es tradición recitar otra oración “un momento antes de poner el pie en el suelo”, como dice Òscar Pujol, “a modo de disculpa por el pisotón que se le va a dar a la Madre Tierra”. El mantra es:

samudra vasane Devi
parvata stana mandale
Vishnupatni namastubhyam
pādasparsham kshamasva me

La traducción (casi) literal sería:

“Oh Diosa, vestida de mares,
Adornada con los senos de las montañas,
Esposa de Vishnu, reverencias a Ti.
Por el contacto de mi pie, perdóname”.

Al parecer, existen diversas versiones del mantra, siempre con pequeños cambios que no modifican la idea esencial de la oración. Por ejemplo, la palabra mandale del segundo verso es reemplazada por mandite, pero eso no cambia el sentido, ya que ambos términos refieren a la idea de ‘adorno’. Comparto una versión cantada:

La Diosa a la que se refiere la oración es obviamente la Tierra, que nos da sustento y nos da vida. Asimismo, y aunque parezca obvio, nos da un suelo sobre el cual pisar. Lo que pisamos cada día, todo el tiempo, es la Madre Tierra y ni siquiera cuestionamos esa presencia, que damos por descontada.

Últimamente pienso mucho en eso y en el rol vital de la Madre Tierra. Este mantra me gusta mucho porque implica que, incluso antes de poner el pie en el suelo (ya sea el derecho o el izquierdo…), uno toma una mínima consciencia de que su vida depende y se sustenta en la Naturaleza. No me voy a poner a dar un sermón ecológico aquí, porque creo que, en estos tiempos, todos sabemos cuán importante es cuidar los recursos naturales.

Lo que sí quería hacer es publicar estos dos mantras, que me parece son de gran ayuda para tener un comienzo de día muy consciente y conectado con nuestra propia naturaleza espiritual y con la Naturaleza Universal que, en realidad, son lo mismo.

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