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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

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De ladrón a santo pasando por 8.400.000 āsanas

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En La lotería de Babilonia, un famoso cuento de Jorge Luis Borges, el autor presenta una sociedad en que el azar (y otros tejemanejes misteriosos) determinan el destino de cada individuo, haciendo que cada tres meses una misma persona cambie su rol y pueda pasar de “esclavo a procónsul o de condenado a muerte a miembro del concilio de magos”. De esta forma, una persona pasaría por casi todos los escalafones sociales, oficios y estados psicológicos disponibles, viviendo cientos de vidas en una sola.

En la Gheranda Saṁhitā, un manual de haṭha yoga de alrededor del 1700 d.C., se dice que hay tantos āsanas (posturas) “como especies de seres vivientes”. Y se especifica que Śiva enseñó ni más ni menos que 8.400.000 āsanas, dando a entender que cada manifestación de este universo es, en cierta forma, una postura, una posición que adopta lo divino para expresarse.

Trazando una relación con la teoría de la reencarnación, se suele explicar que un alma, antes de nacer como ser humano, debe pasar por millones de “encarnaciones” que incluyen el reino animal (con insectos incluidos), el vegetal y hasta el mineral. Al parecer, tal como recoge el Maha-sihanada Sutta, el Buddha dijo al respecto: “Es imposible encontrar un reino en la rueda [de reencarnaciones] por el que yo no haya pasado en este largo viaje”.

Cuando uno nace como humano, y más teniendo en cuenta que hay otros miles de millones de humanos, el hecho no le parece nada especial y mucho menos lo ve como una gran fortuna. Lo ve, más bien, como un derecho natural, incluso fruto del azar, pero no como el resultado de cientos, miles o millones de vidas previas de aprendizaje y quizás sufrimiento. De la misma forma, si uno es una persona relativamente “buena”, que cumple de forma aceptable con los códigos morales de la sociedad, no se le ocurre pensar que en otra vida (incluso en otro momento de esta vida) uno no cumplía esos estándares.

Así como los ancianos se molestan por la algarabía de los jóvenes, los abstemios revolean los ojos ante los bebedores y los ciclistas desprecian a los motoristas, todos observamos y juzgamos el mundo desde nuestro estado actual, como si fuera inmodificable y el único correcto. Por el contrario, la filosofía espiritual de la India explica que para ser un santo primero hay que haber sido, entre otras cosas, un asesino, un ladrón y también el vecino que pone la lavadora a las once de la noche.

Si bien el alma o la chispa interna de cada ser es siempre divina, el nivel de conciencia puede ser muy bajo y debe ser pulido y mejorado con el paso de la(s) vida(s). Es en este sentido que Sri Dharma Mittra habla de “almas viejas” para referirse a las personas que, después de muchas encarnaciones, empiezan a tener interés por temas espirituales y por el bienestar del mundo en general.

Sri Dharma Mittra

Incluso suponiendo que uno mismo fuera un “alma vieja”, uno en realidad solo puede imaginar lo que ha hecho en vidas previas (y dicen que es mejor ni saberlo) y, especialmente, no sabe qué le falta por pasar para evolucionar, por tanto es un tanto osado colocarse en una posición de “superioridad” por la situación actual. De hecho, es muy posible que a uno le queden varios estadios para llegar a la meta.

Volviendo a los 8.400.000 āsanas “enseñados” por Śiva, y retomando el concepto de la infinitud de roles que adopta un alma, si aceptamos la idea de que cada āsana tiene un estado de conciencia, uno puede comprender que, en el ámbito del haṭha yoga, una postura física bien hecha, durante el tiempo suficiente, puede comunicarnos y darnos la experiencia de, por ejemplo, “el arado” o “la cobra” a nivel universal.

Esto viene a cuento porque el gran maestro Sri Dharma Mittra creó, en 1984, un famoso póster con 908 posturas de yoga como ofrenda a su guru. Esta “obra de arte” fue montada a partir de 1350 fotografías que Dharmaji se tomó a sí  mismo haciendo variaciones de posturas, de las cuales más de 300 fueron creadas directamente por él, aunque él siempre dice que las variaciones simplemente llegaron por “intuición divina”.

En el linaje de Dharma Mittra se dice que si uno pudiera hacer algunas de estas posturas (muchas de ellas tan complejas que Dharmaji tuvo que ayunar 30 días para lograrlas) de forma plena, entonces se ahorraría vidas (o al menos periodos de vidas) porque ya estaría pasando por esas experiencias y estados ahora mismo.

Es decir, si uno pudiera entrar plenamente en la conciencia de coraje, determinación y fuerza de una postura de guerrero (vīrabhadrāsana), quizás se ahorraría una encarnación como soldado.

Asimismo, y de forma menos lineal, si uno puede experimentar de forma real la conciencia del árbol (vṛkṣāsana) o del lagarto (pṛṣṭhāsana), no necesariamente se ahorraría esas encarnaciones (por las que quizás ya pasó) pero quizás si lograría conectar con el reino vegetal o el de los reptiles de forma no-mediada, como si fueran verdaderamente parte de uno mismo o, al menos, manifestaciones igual de importantes de ese gran todo del que uno se considera parte (al menos en la teoría).

Desde esta perspectiva, en que uno entiende, experimenta o al menos cree que cada ser (móvil o inmóvil) de este universo es una expresión divina – una postura de Śiva – nada ni nadie puede ser subvalorado. Si además uno acepta que hay un proceso general de evolución de conciencia, no puede considerar su estado actual como superior a otros, pues en esencia todos somos iguales y uno mismo ha estado entre los anónimos granos de arena del desierto, durante eones.

Como dice la Bhagavad Gītā (V.18):

 “Los sabios miran con iguales ojos al brāhmaṇa dotado de saber y virtudes, a la vaca, al elefante, al perro o al hombre que se alimenta de perros”

Sabiendo que todas las manifestaciones son divinas y que Dios está de igual forma en todas ellas, las diferencias que puedan existir entre los seres solo son el resultado de factores relativos, contingentes. Por eso el sabio no es capaz de menospreciar a nadie.

Y toda esta reflexión de hoy viene porque cuanto más “espiritual” se considera uno, más con derecho se cree a juzgar lo que es correcto e incorrecto, lo que está bien y lo que está mal, como si por hacer yoga o ser vegetariano uno hubiera alcanzado el pináculo evolutivo.

Y en realidad, nos dicen los maestros, la única cúspide y la gran prueba de santidad es ver al Uno en todos y, además, aceptarlo, mirarlo y tratarlo con verdadero amor, más allá de cualquier apariencia externa.

Hoy vi un vídeo de cómo reciben a palazos a los refugiados sirios, familias con niños incluidas, en las fronteras de Europa, bajo la lluvia y el frío, y se me caían las lágrimas. Si como seres humanos no podemos identificarnos con el hambre y el frío y el miedo del prójimo solo porque ahora no tenemos (o tenemos otro tipo de) hambre frío o miedo, entonces tenemos que hacer un esfuerzo mayor por cultivar la compasión, ponerse en el lugar del otro.

Entender que uno ya estuvo y quizás estará en ese mismo lugar, millones de veces, es una forma de empezar a ablandar el corazón.

Swami Premananda sobre la compasión

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Justo después de publicar el post de la semana sobre ahiṁsā, me encontré con un discurso de Swami Premananda sobre la compasión y la práctica de no dañar. Sus inspiradoras palabras podrían ser un gran colofón para mis reflexiones de aquel post aunque, en realidad, son toda una enseñanza en sí misma que creo merece ser leída y absorbida por separado. A continuación un fragmento.

Swami dice:

“Te daré una práctica que, de hecho, es parte integrante de dar servicio. Es una sadhana mental muy útil. Como aspirante espiritual, efectivamente es necesario ayudar a los demás, pero no pienses que sólo tienes que hacer acciones individuales de servicio o dar donaciones para hacer servicio y bien a este mundo.

La ‘amorosa bondad’ es una de las cualidades más elevadas que podemos alcanzar en nuestras vidas. Alcanzar este estado elevado en el interior sería un servicio increíble que impulsaría nuestro trabajo en el mundo más de lo que las acciones podrían hacer.

Hay muchos modos de ayudar a otros seres humanos, animales y plantas. Primero puedes ayudarles mediante oraciones y meditaciones. Durante tu sadhana (práctica) diaria piensa en tu forma o cualidad divina favorita, piensa en tu maestro espiritual con amor puro, piensa en tus relaciones y tus seres cercanos con amor, piensa amablemente en aquellos que viven en tu comunidad y envíales vibraciones amorosas, piensa en los ciudadanos de tu país deseándoles el bien y enviando pensamientos de amor y sabiduría, piensa en todas las personas del mundo y deséales el bien y amor puro.

Finalmente envía todos tus buenos pensamientos al Universo y ora para que todo alcance la liberación y la felicidad definitiva. Si podemos desarrollar esta cualidad en la mente, esto sí que es un gran servicio”.

Swami Premananda

Leyendo las palabras de Swami naturalmente pienso que la práctica espiritual de pedir desde el corazón por el bienestar de todos los seres, en todas partes, encuentra su expresión sintetizada y tradicional en un famoso mantra:

lokāḥ samastāḥ sukhino bhavantu

Cuya traducción bastante literal podría ser:

“Que todos los mundos sean felices”

Y cuando decimos “mundos” nos referimos también, obviamente, a todos los seres que habitan esos mundos, que según la tradición hindú pueden ser tres, siete o catorce, pero ciertamente van más allá del planeta Tierra y se podría resumir, como dice Swami, en “enviar todos tus buenos pensamientos al Universo”, al “todo”; lo cual incluye, como dicen las Escrituras, “lo móvil y lo inmóvil”.

Una gran práctica que, a pesar de ser invisible a priori, sin duda ayuda al mundo, incluso aunque sólo sea para abrir tu propio corazón y hacerte más receptivo al bienestar de lo(s) demás.

Para acabar, el mantra a cargo de la artista Wah!, en una versión moderna que no por ello es menos inspiradora:

Ahiṁsā es el deber supremo

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La palabra sánscrita ahiṁsā ha sido popularmente traducida como “no violencia”, en especial con relación al Mahatma Gandhi y sus métodos político-espirituales en favor de la independencia de la India. De todos modos, creo que dicha traducción, aunque no incorrecta, no expresa de forma completa el significado de un concepto muy importante en el hinduismo, como así también en el budismo y el jainismo. Si vamos a la etimología,a-hiṁsā viene de la raíz verbal hiṁs (y ésta a su vez deriva de han), que significa “lastimar, dañar, herir, golpear, matar, destruir”.

Si le preguntáramos de forma aleatoria a cualquier persona en la calle, la mayoría diría que está en contra de la violencia, por supuesto, pero siempre tomando “violencia” como una agresión física o algún tipo de pelea. Cuando uno dice “no violencia” generalmente no piensa en formas de violencia menos visibles, ni en violencia verbal o, más sutil aún, violencia de pensamiento. Esa es la razón por la que encuentro que la traducción “no dañar” es más apropiada para expresar la idea completa y espiritual incluida en ahiṁsā.

Para la mayoría de yoguis, el concepto de ahiṁsā es muy conocido porque es el principal yama (regla ética) en el camino de los ocho pasos del Rāja Yoga, tal como los plantea el sabio Patañjali en los Yoga Sūtras, para llevar a una persona al estado de “interiorización completa” (samādhi). De hecho, todas estas reglas se basan y fundamentan en la práctica de “no dañar” y, como dice Sri Dharma Mittra, “sin Yamas no hay Yoga”.

En este sentido, en la tradición hindú existe una máxima sánscrita:

ahiṁsā paramo dharmah

Cuya traducción posible sería:

“no dañar es el deber supremo”

El término dharma tiene varios sentidos y es imposible de traducir en una sola palabra pero “deber” o “ley” son aproximadas en este caso. Swami Sivananda, por ejemplo, se pone menos literal – pero no por ello menos certero – y en su libro La Ciencia del Pranayama (p. 144) traduce: “ahiṁsā es la primera virtud que debe tener un aspirante espiritual”.

Si bien está máxima (ahiṁsā paramo dharmah) fue muy difundida por Gandhi, al parecer su origen textual se remonta al poema épico del Mahābhārata (Mahabhárata), cuya composición tiene unos 2.500 años de antigüedad (o quizás más). En dicha obra la frase aparece en diversas ocasiones y sobre distintos temas, como cuál debe ser el comportamiento de un brahmán; qué es la conducta virtuosa; o la no necesidad de utilizar animales para sacrificios rituales.

En el contexto de abstenerse de ofrecer o comer carne aparece el consejo del gran patriarca y sabio Bhīṣma (Bhishma) que, en su lecho de muerte y justo en medio de una guerra, dice (Mahābhārata, 13.117.38):

“No dañar es la ley (dharma) más elevada. No dañar es el auto-control (dama) supremo. No dañar es la caridad (dāna) suprema. No dañar es la auto-disciplina (tapas) suprema. No dañar es el ritual de sacrificio (yajña) supremo. No dañar es la fuerza (bala) suprema. No dañar es el amigo (mitra) supremo. No dañar es la felicidad (sukha) suprema. No dañar es la verdad (satya) suprema. No dañar es la enseñanza revelada (śruta) más elevada”.

Bhīṣma en su lecho de muerte compartiendo su conocimiento.

Obviamente, el primer paso para poner en práctica ahiṁsā es evitar la violencia física, lo cual incluye la abstención de comerse otros seres. Por tanto, el vegetarianismo es considerado un requisito ineludible para todo aspirante espiritual serio. Teniendo en cuenta el estado actual de la industria láctica, incluso ser vegetariano puede ser insuficiente, ya que el daño que se causa a otros animales consumiendo leche y sus derivados es muy grande (inyectado de hormonas a la vaca; separación del ternero recién nacido de su madre; extracción continua y antinatural de leche; encierro y mínimo espacio para vivir, etc.), sin hablar de las consecuencias ecológicas para el planeta.

Por ello, se dice que la dieta vegana (es decir, nada de producción animal) es la que, en estos tiempos, mejor respeta la enseñanza de ahiṁsā. En caso de consumir lácteos, se recomienda entonces que sean de la industria orgánica o “bio”, para reducir el impacto.

Como vegetariano que soy (y casi 100% vegano) más de una vez me han hecho la clásica pregunta: “¿Y acaso las plantas no sufren cuando las comen?”. Pues claro que pueden sufrir.

De hecho, el mismísimo Gandhi dijo que “el hombre no puede vivir ni un minuto sin cometer, consciente o inconscientemente, daño (hiṁsā). El sólo hecho de vivir (comer, beber, moverse) necesariamente implica algo de hiṁsā, destrucción de vida, aunque sea ínfima. Por lo tanto, quien ha hecho el voto de ahiṁsā permanece fiel a su voto si la fuente de donde nacen todas sus acciones es la compasión, si evita lo mejor que puede la destrucción de la criatura más minúscula, trata de salvarla y así incesantemente se esfuerza por liberarse de la espiral de hiṁsā” (en La historia de mis experimentos con la verdad, Parte IV, texto 39).

Por supuesto, la comida y la violencia física son sólo la “punta del loto” y practicar el no-dañar en palabra y pensamiento es seguramente más difícil. Lo que pasa es que uno, en general, empieza desde lo más burdo a lo más sutil, aunque los dos niveles puedan entrelazarse en el camino.

En cualquier caso, para mí la palabra clave es compasión y, basado en las enseñanzas de mis maestros, creo fundamental desarrollar esa cualidad tanto para poder desarrollarme espiritualmente, como para que los demás seres sean más felices y para que yo mismo sea más feliz.

Actuar siempre desde el amor y la compasión, sin guardar rencor, envidia ni otros malos sentimientos, debe ser hermoso y liberador. A por ello.

El vegetarianismo como solución global

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Hace cerca de tres años escribí un post explicando por qué yo era vegetariano o, en realidad, ovo-lacto-vegetariano. Por otro lado, hace un año que con Hansika hemos cambiado a una dieta vegana, que implica no comer nada que provenga de los animales, lo cual incluye huevos, leche y sus derivados, e incluso miel. Del estilo de vida vegano hablaré otro día, pues ahora quiero centrarme en el vegetarianismo más difundido que sí incluye lácteos y, en algunos casos, huevos (aunque en la India los vegetarianos no comen huevos).

Desde el punto de vista dietario es un tema muy polémico y como yo no soy nutricionista ni científico no puedo abordarlo de forma certera. Sólo cuento con mi propia experiencia de crianza y alimentación vegetariana sin problemas de salud. Un punto que sí me interesa tocar es el del terrible efecto que el consumo de carne provoca en los recursos del planeta. En el libro Comer animales del escritor norteamericano Jonathan Safran Foer se dan, entre otros, estos datos estadísticos:

“La ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la responsable número uno del cambio climático” (pág. 57).

“Casi un tercio de la superficie terrestre del planeta se dedica al ganado” (p. 187).

“Actualmente, los productos animales siguen siendo sólo el 16% de la dieta china, pero los animales de granja suponen más del 50% del consumo chino de agua…” (p. 323).

Al parecer todos decimos tener consciencia ecológica y llegamos a convertimos en extremistas del reciclaje, sin embargo no sé hasta qué punto sabemos que el consumo de carne es el mayor factor contaminante del mundo, a la vez que es el principal destino de los cada vez más escasos recursos terrestres.

El escritor Álvaro Enterría tocó este tema la semana pasada, pasó los datos que antes cito, y compartió el vídeo de un discurso muy elocuente. En él, Philip Wollen, un filántropo australiano ofrece las innegables razones para ser vegetariano, y no habla de tanto de la salud propia como del bien de la humanidad.

En un momento ofrece un dato básico: “Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res“. También dice: “Los países pobres venden su grano a Occidente, mientras sus propios hijos mueren de hambre en sus brazos. Y Occidente se lo da de comer al ganado, para poder comer un filete”.

El vídeo dura sólo 10′ y tiene buenos datos económicos y sociales:

Para algunos puede sonar utópico, pero los activistas vegetarianos sostienen que detener (o incluso reducir) el consumo de carne, eliminaría el hambre del mundo y daría esperanzas al planeta de no quedarse sin recursos ante el imparable crecimiento demográfico. De hecho, la iniciativa ecologista y global llamada Lunes sin carne es un gran ejemplo de cómo una mínima reducción del consumo de carne podría beneficiar al mundo. El esfuerzo es pequeño: que nadie coma carne los lunes.

Ahora, imaginemos por un momento que el tan terrible cambio climático, la contaminación global y la agonía de la Madre Tierra no dependieran más de las osadas intervenciones de Greenpeace o de las dudosas decisiones de nuestros gobernantes cegados por la codicia, sino que cada uno de nosotros pudiera hacer algo tan simple como cambiar su alimentación para salvar al mundo.

No estamos hablando de hacerse célibe, tejer en una rueca y caminar descalzo como Gandhi; no estamos hablando de salir a la calle a protestar o ser golpeado por policías; no estamos hablando de donar todas tus pertenencias, de cambiar de religión o de marcharte al exilio. Simplemente sentado en el sofá de tu casa, mirando la TV si quieres, cambias tu dieta y cambias el mundo, para mejor. Oh Yeah! puedes alegrarte, la revolución que tanto anhelabas está aquí y en tus manos.

Mosquitos, filetes y contradicciones

Como si esto fuera poco, reducir o eliminar el consumo de carne no sólo beneficiará a la humanidad de la que somos parte, sino que te causará beneficios personales, desde el punto de vista dietario y, muy importante, desde lo espiritual. En un discurso sobre el vegetarianismo (Premananda Satsang Vol. III, # 31), Swami Premananda se pone especialmente enfático y dice:

“Sé que las personas que se hospedan en el Ashram en la India se quejan de los mosquitos que hay allí. Si les pica un mosquito y les bebe una gota de su sangre arman un gran alboroto y se lamentan sin parar. Entonces, ¿cómo es para las ovejas, las vacas y los pollos que se sacrifican horriblemente para satisfacer la avidez del hombre? Les cortan el cuello; les golpean hasta la muerte o les matan de otras formas inhumanas. ¿Crees por lo tanto que un aspirante espiritual debe luego comer estas cosas? Los animales no pueden contar sus sentimientos, pero nosotros gritamos y lloramos si el simple mosquito disfruta nuestra sangre unos segundos.

Todos habláis de ‘Amor’ y ‘Compasión’ o decís ‘el plan de Dios para el mundo es defectuoso y hay demasiado sufrimiento’. ¿Quién causa el sufrimiento? El hombre causa el sufrimiento. Y él lo comenzó matando a sus semejantes para comerles. Decís que sentís amor en vuestro corazón y que queréis amar a Dios. ¿Cómo podéis pensar en el amor si, porque os agrada el sabor, podéis comer otra criatura? ¿Dónde está el amor? ¿Puede haber amor en vuestro corazón si queréis ser la causa de asesinato todos los días? ¿No tenéis sentimientos por el sufrimiento de estos pobres animales? Esperáis amor de los demás todo el tiempo, pero no queréis mostrarlo a las criaturas de Dios. Sólo deseáis matarlas y comerlas…

Cuando se mata a cualquier criatura, su cuerpo se llena de miedo y terror. Se liberan entonces ciertas sustancias químicas, tal como la adrenalina. Más tarde, si coméis esa criatura, también estáis comiendo la misma energía de miedo y las mismas sustancias. Así que, ahora habéis puesto trozos de cadáver en vuestro estómago. Habéis convertido vuestro estómago en un cementerio. Dios os dio este cuerpo. Es el regalo Divino para ayudaros a conocerle a Él. Él no quiere que lo convirtáis en un campo santo para vuestros semejantes. ¿Pensáis que es bueno enterrar animales, pescados y aves muertos en vuestro cuerpo? ¿Cómo podéis tornaros puros en cuerpo y mente si llenáis a ambos de carne muerta que se descompone? Es sin duda muy difícil”.

Sri Swami Premananda

Yoga y vegetarianismo

El discurso de Swami Premananda es fuerte y lo he elegido a propósito porque creo que este es un tema que necesita claridad. En la espiritualidad siempre se habla de flexibilidad y de adaptar las enseñanzas espirituales a la propia personalidad y necesidad. Es por ello que existen tantos caminos diferentes y tantos maestros distintos. Sin embargo, todos los textos yóguicos y los maestros espirituales de la tradición de la India son bastante unánimes en este punto: comer carne es romper con el precepto básico de ahimsā, de no-dañar.

En este sentido, y hablando de forma general (sin tener en cuenta cada caso particular que puede ser debatible), cualquier persona que se considere a sí misma yogui o yoguini debe ser vegetariana. Y esto no lo digo yo, sino la tradición del Yoga.

Asimismo, yo agrego que, para mí, un aspirante espiritual debe ser vegetariano por coherencia con su búsqueda; es decir, como dice Swami, no podemos esperar encontrar el Amor universal si matamos otros seres para comerlos; y tampoco podemos esperar encontrar la pureza interior si llenamos nuestro cuerpo de ‘cadáveres’.

La mítica viñeta de Quino. Clicando en ella se agranda.

Los asiduos lectores de este blog saben que soy relativamente flexible en la aplicación de las enseñanzas espirituales y nunca me pongo radical ni extremista. Asimismo, no me interesa meterme en el estilo de vida de cada persona, pues creo que uno debe concentrarse en cambiarse a uno mismo, antes que al resto. Sin embargo, hoy decidí hablar de este tema porque, más allá del ámbito espiritual, creo que es fundamental para el bien común.

Tanto nos quejamos de que el mundo va mal y, además, a algunos eso nos genera tanta angustia que pensé que está bien ser un activista del vegetarianismo. Los animales lo agradecerán, la Madre Tierra lo agradecerá, nuestros cuerpos y almas lo agradecerán, y quienes ignoraban esta información y la posibilidad tan cercana de cambiar el mundo, también lo agradecerán. Luego, que cada uno haga lo que pueda o quiera.

Mis podcast en Inspirulina.com

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Hace una semana publiqué un post con mi podcast en Inspirulina Radio hablando de la Kumbha Mela y mi proyecto de crowdfunding. El proyecto de financiación ya finalizó de forma exitosa y estoy en la fase final de preparación de mi viaje. Escribiré un post con más detalles sobre el tema en cuanto acaben las gestiones administrativas con la plataforma Lánzanos.

Por otro lado, en estos momentos estoy de viaje en Argentina y me cuesta encontrar el tiempo para escribir un post largo. Por ello he pensado que era el momento justo para compartir algunos de los podcast que he grabado para Inspirulina Radio. Se trata de grabaciones en audio que incluyen mis charlas con Eli Bravo sobre diferentes temas espirituales o de la India. Cada podcast tiene unos 8′ de duración y son muy amenos porque Eli es un comunicador con mucha experiencia.

De todas mis colaboraciones hay 3 que hoy quiero compartir:

La primera habla sobre la importancia de amar a todos los seres, enemigos incluidos, para la propia felicidad. Un tema para nada menor, sobre todo en el budismo, si quieres avanzar en el camino espiritual. Puedes escucharlo aquí.

En segundo término, se trata de una síntesis de porqué la India vale la pena como destino espiritual. Puedes escucharla aquí.

Por último, me meto en una cuestión moderna y tecnológica como Twitter, en relación a la excesiva importancia que se le da a la escritura en frente a la milenaria oralidad. Puedes escucharla aquí.

Puede que, en algunos casos, los podcast no se carguen, por lo que hace falta refrescar la página una, dos o tres veces hasta que lo haga.

Sin duda se me da mejor el escribir que el hablar. De todos modos, confío en que estos podcast les gusten y no se decepcionen demasiado al escuchar mi voz.

El taller de la compasión

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Con la intención de seguir aprovechando la presencia en Barcelona de Swamini Pramananda, la maestra espiritual de la India que presenté en el post de la semana pasada, con Hansika decidimos asistir a un taller impartido por ella y titulado ‘La Compasión’.

Personalmente, me parecía adecuado que un taller con una temática tan budista se llevara a cabo en Kannon Gyo, una sala que se auto-define como ‘espacio zen’.

De todas formas, no hay que olvidar que el budismo surgió de la filosofía védica que hoy llamamos hinduismo y, por tanto, no es una sorpresa que las enseñanzas fundamentales del Vedānta también hagan hincapié en este valor universal.

Sin mucho más análisis previo, excepto el deseo intenso de estar en presencia de una maestra de sabiduría, nos dirigimos a este encuentro espiritual en la zona vieja de Barcelona.

Crítica

Cuando llegamos a la sala Ammaji ya estaba sentada en una tarima, envuelta en su túnica azafranada, con su apacible figura rodeada de devocionales pétalos de rosa. A pesar de la distancia que uno podría creer que impone la presencia de un ‘sabio espiritual’, el trato con Ammaji es muy natural y cercano, e inmediatamente uno se siente cómodo.

Al empezar la charla, ella nos recordó una obviedad: estábamos en un ‘taller’ y eso significaba que teníamos que ‘trabajar’ un poco. Acto seguido, nos pidió pensar en situaciones cotidianas en que no hayamos podido sentir compasión por otros e identificar el porqué de esa incapacidad.

Hasta aquí la tarea se conformaba dentro de los parámetros que yo podía esperar, pero había un ingrediente más en el ejercicio que consistía en que ese tercero por el que no podíamos sentir compasión estuviera realizando algún tipo de crítica hacia nosotros, lo cual hace más difícil la conexión compasiva.

Es decir, cuando yo pensaba en ‘compasión’ más bien se me ocurrían imágenes clásicas como la de un mendigo pidiendo monedas, un niño muriendo de hambre en el Cuerno de África o una anciana cruzando la calle con el semáforo acechante; imágenes, todas estas, que no es tan dificultoso que generen respuestas compasivas o similares. Sin embargo, Swamini quiso que pensáramos en situaciones en que nuestro bloqueo compasivo tuviera que ver con que el ‘otro’ nos criticara o hiriera. Es con viento en contra, entiendo, cuando se han de juzgar más detenidamente nuestras reacciones y valores.

¿Cómo hace uno, entonces, para mostrar compasión hacia alguien que nos maltrata, critica o hiere?

Natural vs. Voluntad

Antes que nada, Ammaji nos hizo una pregunta filosófica: ¿Es la compasión humana una cuestión natural o de voluntad? O sea, es un valor intrínseco que posee toda alma, que surge espontáneamente, o es necesario hacer uso de la propia voluntad para que el acto compasivo tenga lugar.

Esta dicotomía, que en cierta forma recuerda al debate clásico entre hobbesianos y rousseaunianos, tiene una respuesta única según la filosofía espiritual de la India: la compasión es un valor universal natural de toda alma.

La voluntad, explicó Ammaji, sólo aparece en escena cuando tenemos que tomar la decisión de manifestar esa compasión siempre presente y natural o no manifestarla. Entonces, ¿en qué se basa uno para decidir si manifestar o no esa compasión? Ammaji dijo que lo único que puede bloquear nuestra compasión son nuestros propios pensamientos, nuestros propios juicios de valor, nuestras preferencias y nuestros desagrados. Es decir que ante una situación X, yo decido – consciente o inconscientemente – si esa persona o hecho ‘merece’ mi compasión o no. Si veo un niño desnutrido es muy probable que considere correcto ofrecer mi compasión, pero si alguien me grita es más normal que considere pertinente no darle mi compasión.

Uno de los antídotos que dio la maestra para evitar ese filtrado de nuestra compasión según nuestros agrados y desagrados, según nuestro criterio de lo que me gusta o no me gusta, es la aceptación.

Todos estamos siempre buscando que el mundo sea como queremos que sea. Si aceptamos el mundo tal como es, sin utilizar las categorías de agrado y desagrado como baremos para ofrecer compasión, entonces es un hecho que ésta fluiría naturalmente de nuestra fuente interior.

Post-convencional

Ammaji explicó que existen tres tipos de compasión. El primer tipo es llamado pre-convencional y consiste en ser compasivo con el prójimo porque tengo miedo a que ese otro me haga daño o me rechace. Es un acto de compasión pero basado en el miedo y, por ende, es más bien un sucedáneo de la compasión, una forma inferior de ese valor universal.

El segundo tipo de compasión es el convencional, que trata justamente de una convención social que posee una ética de reciprocidad, en que ‘yo te doy lo que espero que tú me des’ y ‘no te hago lo que no quiero que me hagas’.

El tercer tipo de compasión es el que Ammaji llama post-convencional, pues no depende de los demás. Es decir, ‘soy bueno porque así lo he decidido, incluso aunque el otro no lo sea’.

Esta versión miles de años anterior al imperativo categórico kantiano tiene, según explica Swamini, una sola razón: “Manifestar mi Ser Superior”. Es decir, para poder tener la experiencia de mi Ser Superior, que es mi esencia real (Divina según la tradición), debo tomar la decisión consciente y determinada de dejar fluir mi compasión sin importar si los demás lo merecen o no.

Umbral de dolor

Volviendo al tema de la aceptación, Ammaji dijo que la “evolución en la compasión es desarrollar el umbral de dolor”. Con esto, ella no se refiere (necesariamente) a aguantar horas recostado sobre una cama de clavos, sino a reducir nuestros agrados y desagrados. Es decir, cuantos más elementos haya en nuestros sacos de ‘lo que me gusta’ y lo que ‘no me gusta’, más difícil será aceptar el mundo como es. Si, en cambio, puedo desarrollar mi ‘resistencia al dolor’, más fácil es aceptar a los demás.

Puede que la palabra ‘dolor’ nos remita a una cuestión más bien física o violenta, pero en este caso es sinónimo de ‘sufrimiento’ en sentido amplio. Las cosas que nos producen ‘sufrimiento’ son innumerables; no hablamos sólo de muerte, hambre o humillación, sino de pequeños hechos cotidianos que no son de nuestro agrado, que no nos dan placer ni satisfacción y de los cuales, por tanto, queremos alejarnos.

Nos produce sufrimiento que nos griten, que nos critiquen, pero también, en su medida, tener que esperar el autobús cuando se retrasa, pagar la cuenta del gas, que llueva, que ladre el perro, que ese transeúnte no mire por donde camina…

En sus Yoga Sūtra, el sabio Patañjali describe cinco obstáculos principales (kleshas) para el crecimiento espiritual, siendo uno de ellos dvesa, la aversión a todo aquello que no da placer. Todos los seres humanos nos acercamos a lo que nos parece placentero y queremos alejarnos de lo no-placentero. Si tenemos en cuenta que el mundo es dual, un eterno juego de altibajos, esta intención humana es absurda, pues jamás será coronada con el éxito.

La solución, dicen las antiguas Escrituras reveladas, a la vez que nos lo confirma Swamini Pramananda, es desarrollar la ecuanimidad, la capacidad de aceptación de los hechos ya sea que nos gusten o no.

De esta forma, aceptando lo que nos llega sin colocarle etiquetas de ‘agradable’ o ‘desagradable’, sin la necesidad de alzar la muralla del análisis intelectual, podremos dejar fluir naturalmente la compasión, ese valor universal que compartimos todos los corazones, incluso sin saberlo.

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