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¿Para qué Dios creó este mundo?

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En todo curso de formación de profesores de yoga, taller de filosofía hindú o encuentro espiritual al que asisto alguien, inevitablemente, hace una pregunta existencial básica: “¿Para qué Dios creó el mundo?”. Si todos los seres somos chispas divinas y el objetivo de la vida es reconocer nuestra propia naturaleza esencial que hemos olvidado, ¿por qué Dios no nos lo hace recordar de un chasquido en lugar de hacernos pasar por todas estas vicisitudes? ¿Qué necesidad hay de experimentar los altibajos constantes de la vida, que para muchos es más sufrimiento que disfrute, si ya somos divinos? ¿Es acaso Dios perverso?

Por supuesto, todas las religiones y las filosofías han propuesto respuestas más o menos convincentes al respecto, desde la debilidad humana por una manzana, pasando por el capricho divino y llegando hasta la idea de un demiurgo ciego. En la tradición hindú, que es la que nos compete aquí, se dice que el universo nace debido al “deseo” de crear que surge en lo Divino. Ese podría ser el porqué, pero lo que nos interesa hoy es el para qué, el fin de esa creación. Los fatalistas dicen que solo es para sufrir, los optimistas dicen que es para disfrutar y los que estamos en el medio creemos que detrás de la constante oscilación entre placer/dolor hay algo más.

El gran santo y filósofo hindú Swami Vivekananda, en sus famosos discursos del Parlamento de las Religiones de Chicago en 1893, habla de esta paradoja de ser espíritu puro y libre, a la vez que un cuerpo limitado y atado por la materia. Y dice que en lugar de emplear “sonoros nombres científicos” el hindú es sincero y responde: “No lo sé”.

Para muchos esta respuesta es chocante, sobre todo en tiempos de materialismo y cientificismo donde lo que no es probado racional y empíricamente no puede ser aceptado. A mí, en cambio, me encanta la respuesta pues demuestra que el foco espiritual no está en “entender” sino en “experimentar”.

Por supuesto que el hinduismo tiene sus teorías, entre ellas que este universo es la “danza” de Śiva, bajo cuya música todos bailamos (muchas veces fuera de ritmo), o la līlā, el juego de Dios, en que todos somos personajes de un drama casi teatral.  Sin embargo, a diferencia de otras tradiciones, el hinduismo no hace hincapié en una filosofía especulativa sino en una filosofía práctica que, más que explicar las razones divinas para el origen de este mundo, nos ayude a salir de él o, mejor, a vivir en él sin sufrimiento.

La famosa parábola de la “flecha envenenada” que se atribuye al Buddha en el Cula-Malunkyovada Sutta del canon pali lo muestra muy claro. En ella se cuenta que un monje, como condición de seguir con su entrenamiento espiritual, le pide al Buddha que le confirme verdades del tipo: “El cosmos es eterno o no”, “El cosmos es infinito o no” o “Después de la muerte, el Buddha existe o no”. El Buddha le dice:

“Si un hombre dice, no viviré bajo las enseñanzas del Buda a menos que me declare estas verdades, ese hombre morirá y esas cosas seguirán sin ser declaradas por el Buddha”.

Y entonces explica que esta actitud es equivalente a la de una persona, que al ser herida por una flecha envenenada, se niega a sacársela hasta saber, por ejemplo, el nombre del hombre que le disparó, sus datos familiares, su estatura y color de pelo, su lugar de nacimiento, el tipo de arco que usó, de qué material estaba hecha la cuerda del arco y a qué animal pertenece la pluma que portaba la flecha.

En este sentido, la filosofía hindú prioriza siempre sacarse la flecha y luego, si corresponde a nuestro temperamento, hacernos preguntas especulativas que no hacen más que satisfacer la curiosidad intelectual hasta cierto grado. De todos modos, hacerse de forma honesta una pregunta tan esencial como “¿por qué y para qué existe el mundo?” es natural para quienes tenemos un interés, al menos incipiente, en la verdad de las cosas. Y es importante porque nos lleva a preguntas más importantes como “¿cuál es la razón de mi vida?”.

Volviendo al tema de hoy, y habiendo notado que la curiosidad especulativa está en muchos de nosotros, quería compartir la respuesta que da Swami Premananda cuando un devoto le pregunta la razón de toda esta creación. Su respuesta me parece reveladora. Dice Swamiji:

“Si Dios no hubiera creado el mundo no serías capaz de verlo, ¿verdad? Tienes suerte de que Dios lo haya creado porque ahora puedes verlo. Has venido a la India. Si Dios no hubiera creado todo, ¿por qué habrías venido a la India? ¿Por qué habrías nacido? Te sientes afortunado y disfrutas de todo; es la creación de Dios lo que estás disfrutando. Si Dios no hubiera creado todo, entonces no estarías haciendo esta pregunta. Debido a la creación divina estás haciendo esta pregunta. Dios creó el mundo, los seres humanos, los animales, las plantas y todo y entonces tú vienes a este mundo y le preguntas a Dios por qué te creó ¡Ese es el propósito de la creación divina! Así que la respuesta es: para que preguntes”.

Para mí, la conclusión de la respuesta de Swami es que la vida es una oportunidad para descubrir la razón de nuestra existencia y, por tanto, una oportunidad para conocer nuestra naturaleza real. Eso sí, es importante hacerse las preguntas correctas, esas que nos aportan soluciones y vías de acción y no mera especulación. “¿Para qué he nacido?” o “¿Quién soy yo?”, dicen los sabios, entran en la categoría buena.

Para despedirme, una viñeta del dibujante Grant Snider sobre esta “inusuales” preguntas que tanto sirven (traducción abajo):

AskingQuestions

“Pequeñas preguntas… llevan a pequeños descubrimientos” / “Preguntas más grandes… llevan a descubrimientos más grandes”

“Algunas preguntas… solo revelan misterios más profundos” / “Incluso si sabes qué pregunta hacer… la respuesta puede que te sorprenda”

“Hacer preguntas enormes… puede crear problemas enormes” / “Hacer demasiadas preguntas… puede hacer que te veas ridículo”

“Cuando te encuentras con una pregunta inusual… no hay mucho más que hacer… / …más que quedarte a su lado… y ver adonde te lleva”.

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Buddha Pūrṇimā 2015 o el nacimiento del Buda

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Para los budistas de todo el mundo, en general, la celebración religiosa más importante es el aniversario del nacimiento de Siddhārtha Gautama, conocido también como Buddha Śākyamuni o como el Buda a secas. Menos general es el acuerdo sobre cuál fue la fecha exacta de ese nacimiento. La tradición budista de la India (y de Nepal y, en cierta forma, Sri Lanka) considera que Gautama llegó a este mundo en el plenilunio del mes hindú de Vaiśākha (Vaishakha). Eso, en calendario gregoriano occidental, corresponde generalmente a la luna llena del mes de Mayo, que este año 2015 cae el lunes 4 de Mayo.

El nombre de esta festividad budista varía según el país y el idioma, aunque en la India se la conoce como Buddha Pūrṇimā, ya que, en este contexto, pūrṇimā (púrnima) significa “luna llena”. De todos modos, es cierto que, mundialmente, el nombre más difundido de la festividad es Wesak (o Vesak), que parece ser una deformación fonética del mes de Vaiśākha/Veśākha. Asimismo, también se habla de Buddha Jayantī, que vendría a ser “el cumpleaños del Buddha”, una definición que no está errada pero sí incompleta…

La luna llena de Mayo (Vaiśākha pūrṇimā) de, probablemente, el año 563 a.C. vio nacer a Gautama en el seno de una familia aristocrática en una zona del norte de la India que hoy pertenece a Nepal. La historia que sigue es conocida: A los 29 años, Gautama deja una vida de confort y prosperidad material (incluyendo mujer e hijo) en pos de la iluminación y, en esa búsqueda, conoce maestros, prueba el ascetismo extremo y encuentra el camino del Medio para, finalmente, sentado bajo un árbol bodhi (ficus religiosa o “higuera religiosa”) experimentar el supremo estado de nirvāṇa.

Curiosamente, la tradición dice que este importante evento también tuvo lugar durante la luna llena de Vaiśākha; eso sí, 35 años después de nacer.

Después de su iluminación, el “despierto” pasaría 45 años predicando la enseñanza que él mismo había descubierto y corroborado en primera persona sobre cómo escapar del sufrimiento de este mundo. A los 80 años, en un remoto pueblo, el Buddha murió o, mejor dicho, alcanzó el paranirvāṇa (equivalente al Mahāsamādhi en la tradición hindú), dejando así su cuerpo físico. Una vez más, dice la tradición, la luna llena de Vaiśākha iluminaba el cielo indio.

Por tanto, en Buddha Pūrṇimā se conmemora tanto el nacimiento, la iluminación y el fallecimiento del Buda.

A veces se dice que el Buda fue criado como un hindú, aunque algunos estudiosos budistas lo niegan alegando que él estaba en contra de la tradición brahmánica (que para algunos sería el predecesor de lo que llamamos “hinduismo”), la cual hacía hincapié en las Escrituras de los Vedas, en los sacrificios védicos y en el sistema jerárquico de castas. En cualquier caso, todos acuerdan en que Gautama rechazó el status quo en que el complejo sacrificio ritual tenía preponderancia como práctica y también renegó de la preeminencia espiritual del sacerdote brahmán sobre las otras castas.

Esta religiosidad “simplificada” sin rituales reservados a unos pocos ni jerárquicas de nacimiento atrajo mucho al pueblo y, entonces, el budismo se expandió por la India. Como consecuencia, hubo influencia mutua entre budismo e hinduismo durante algunos siglos, si bien alrededor del siglo X d.C. el budismo ya había decrecido mucho en su tierra natal, aunque ciertamente se había difundido por gran parte de Asia. En la actualidad la población budista de la India es menor al 1% del total.

De todos modos, la presencia del Buddha es aún palpable en la India debido a la existencia de los lugares sagrados donde él vivió y enseñó, y también por el hecho de que la tradición hindú haya incorporado su figura, especialmente en la doctrina váishnava de los daśāvatāra (dashavatara).

En la filosofía hindú un avatāra es la Divinidad (o una expansión de la misma) que desciende a la Tierra con un objetivo concreto para mantener el orden universal. Según esta tradición, a lo largo de los tiempos ha habido muchas de estas encarnaciones, y continúa habiéndolas, en la medida que la humanidad cae en la ignorancia y el mundo vive períodos de oscuridad, lo cual no es poco frecuente.

A este respecto, los más conocidos son los diez (daśa) descensos (avatāra) principales del Señor Viṣṇu (Vishnu), la deidad que representa el aspecto de la conservación en el ciclo universal. Entre estas diez encarnaciones destacan Rāma, Kṛṣṇa (Krishna) y, como toca hoy, Buddha. Es muy irónico que el Buda rechazara la tradición védica y que, entonces, esta misma tradición (o al menos una porción de ella) lo incorpore más tarde a su panteón.

En la mitología hindú se explica que el descenso del Buddha es la “encarnación del error” (moha en sánscrito), ya que sus enseñanzas heterodoxas sirvieron para “engañar” a los hombres de “baja cuna, malvados y demonios, que estaban muy avanzados en el estudio de las ciencias sagradas y, por lo tanto, suponían una amenaza para la supremacía de los dioses”.

Es decir que, según esta visión, toda la enseñanza búdica contra los rituales y la tradición védica no era reformismo espiritual sino una fachada para confundir y desviar a las personas no espirituales que estaban ganando méritos a través del estudio y el ritual, lo cual desequilibraba el orden cósmico. Una vez cumplida su misión, el budismo desaparece prácticamente de la India, acompañado del renacer del hinduismo, que siempre estuvo más arraigado.

Representación hindú de los daśāvatāra, con el Buddha como la 9ª encarnación, el cuarto de la fila de abajo (empezando por la izq.)

Evidentemente, los budistas no están de acuerdo con esta visión hindú. Probablemente algunos hindúes tampoco, ya que la figura y enseñanza del Buddha han trascendido su supuesto rol de “engañador”, tanto en el tiempo (más de 2000 años ya) como en el espacio (casi todo el mundo). De hecho, y como acota el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani) la misma tradición vaishnava, y dependiendo del linaje particular, puede incluir o no a Buddha como uno de los daśāvatāra (por ejemplo, la Śrī Sampradāya fundada por Śrī Rāmānujācārya no incluye a Buddha. El noveno avatāra después de Kṛṣṇa es, en este caso, su hermano mayor Balarāma).

Yo no soy budista (soy más bien hinduista), no estoy especializado en budismo ni este blog trata específicamente de temas budistas, pero cada tanto nombro al Buddha porque me parece un maestro muy inspirador y porque mi propio guru, nacido en Sri Lanka donde el budismo y el hinduismo han convivido por siglos, lo citaba con asiduidad. De hecho en su ashram del sur de la India se celebra cada año Buddha Pūrṇimā (como así también principales festividades de otras religiones).

A pesar de mi afecto y respeto por el budismo, de estar a favor del diálogo interreligioso y siendo firme creyente de que “todos los caminos llevan a la misma meta”, he notado que, sobre todo en Occidente, hay una gran confusión entre budismo e hinduismo, en algunos casos por simple ignorancia y, en otros casos, por la mezcla deliberada de componentes de las dos “religiones”. Y como amante de la rigurosidad que soy, eso me perturba un poco porque se trata de dos filosofías diversas que, a su vez, tienen muchas sub-divisiones internas.

De ninguna manera quiero entablar un debate de hinduismo vs budismo, ya que yo mismo en ocasiones realizo prácticas budistas (especialmente de meditación). No pienso criticar a quienes ponen en un mismo altar al Buddha y al Señor Shiva. Ni deseo dejarme llevar y ponerme demasiado quisquilloso con los álbumes de música espiritual que combinan sin reparo mantras tibetanos con stotras sánscritos.

Solo quería destacar que el budismo se entrelaza con el hinduismo en diversas maneras pero no son sinónimos y eso, según mi punto de vista, está bien saberlo, porque no le quita grandeza a ninguno de los dos y, en todo caso, genera más entendimiento y capacidad de discernimiento.

¡Feliz luna llena!

La muñeca de Barbie Kali y la libertad de expresión

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Dos artistas argentinos, llamados Pool & Marianela, crearon una serie de 33 muñecas de la marca Barbie caracterizadas como imágenes religiosas del catolicismo y, minoritariamente, del hinduismo, budismo y judaísmo. Si bien en la mayoría de casos la protagonista era la rubia Barbie, que asume en general la forma de diferentes vírgenes católicas, su novio Ken también aparecía como parte de la obra, representando figuras masculinas religiosas. La obra en conjunto se titulaba Barbie: The Plastic Religion y, naturalmente, levantó cierta polémica entre los fieles religiosos, especialmente católicos.

Digo “naturalmente” porque la relación entre el arte moderno laico y la religión es siempre tensa, a veces la exacta oposición de dos visiones del mundo. De todos modos, por algún motivo la polémica creció más de lo esperado, saliendo del ámbito argentino y llegando a ser noticia en diferentes partes del mundo y, por supuesto, siendo tema caliente de las redes sociales.

En la serie de muñecas sólo había una representación hindú, la diosa Kālī, pero curiosamente esta inclusión dio pie a llamativos titulares en medios indios, haciéndose eco del enojo que sentían los seguidores del hinduismo ante esta “denigración de lo sagrado”.

Los artistas, Pool&Marianela (todas las imágenes se agrandan al clicarlas)

Para dejarlo claro, como practicante de la filosofía hindú, personalmente yo no me sentí ofendido por la muñeca Barbie Kali, aunque es verdad que me pareció parte de una obra puramente efectista que buscaba llamar la atención, sin otro mensaje detrás. Puedo entender que un hindú ortodoxo se sienta ofendido, pues la Madre Kālī (como cualquier otra imagen sagrada) es una representación de la Divinidad y debido al respeto y devoción que se le tiene, no es correcto (desde este punto de vista) jugar con ella a voluntad.

Los atributos de una imagen divina son muy específicos y están fundamentos en profundos simbolismos, por lo que ponerle cabello rubio a la diosa “oscura” del hinduismo puede ser considerado como irreverente por algunas personas y como un sinsentido por otras. A la vez, el acercamiento que un hindú tiene hacia estas imágenes es de mucho respeto y solemnidad, a las que incluso se adora de forma regular con rituales y ceremonias muy marcadas y antiguas. En el caso de Kālī, que es una diosa feroz, se invita claramente a tener precaución a la hora de adorar esa energía, al punto de que en general es algo que se recomienda no hacer.

De todos modos, entiendo los tiempos que vivimos, en que las grandes ideologías tradicionales han caído y en que, a cambio, surgen modas que mezclan culturas, épocas e ideas para satisfacer nuestras mentes cada vez más incapaces de sorprenderse y de satisfacerse con lo simple de la vida. La cocina fusión Saigón-New Orleans, el Flamenco yoga o los jóvenes vestidos con estética animé son algunas muestras – unas más inocuas que otras – de cómo el postmodernismo consiste en rizar el rizo, buscando sacar algo nuevo de lo ya existente, a falta de ideas mejores.

Para mí, el caso de las Barbies religiosas encaja perfectamente en esta mentalidad actual de la preeminencia de la imagen por sí misma y por eso, a pesar de la polémica, no es sorpresa que haya tenido muchos adeptos que pagarían (y pagarán) por tener uno de esos muñecos en el salón de su casa (junto al gato chino de la suerte, moviendo su brazo).

De todos modos, y dejando mi teoría a medias, los artistas explican que decidieron usar las muñecas Barbie porque ese es el “canon de belleza de la mujer” de esta época, con el cual dicen no estar de acuerdo y, de hecho, la obra se convierte en cierta forma, y entre otras cosas, en una crítica a “las imposiciones de la belleza” actuales.

En cualquier caso, así es el mundo en que vivimos y me parece que enojarse tanto con estos dos artistas era exagerado. Después de todo hay problemas mucho más importantes a los que dedicar el tiempo y la energía, tanto en el mundo como en mi propio camino espiritual. Por eso me sorprendió que, después de unos días de tormenta mediática, los artistas decidieran cancelar su muestra y sacar de la vista pública su obra. Las reacciones negativas (y muchas veces belicosas) de las personas ofendidas tienen que haber sido grandes.

En su página de Facebook, Pool & Marianela explican las razones de su decisión (que fue tomada “con pesar e impotencia” y “para no acrecentar el odio”) y también detallan el mensaje de fondo que tenía su obra, guiada “por el concepto de alteridad, en donde reconocemos las diferencias con un otro y las respetamos, buscando una común-unión con ellos”. Asimismo, los artistas explican que nunca quisieron “herir sensibilidades de las personas de fe, independientemente de la religión que profesen” y aclaran que la obra “se construyó desde el respeto y de la unión de las diferencias, pues participamos fervientemente contra el racismo y el odio”.

La verdad es que el comunicado es claro y las palabras de los artistas son bonitas. Basándome en los criterios espirituales de tener confianza en el prójimo, yo les creo. De hecho, ellos mismos se confiesan católicos apostólicos romanos. Si pudiendo tener mucha prensa (y quizás dinero) con su obra polémica han decidido quitarla para no fomentar odio e intolerancia, entonces me parece un gran gesto. De todos modos, como pasa tantas veces, fueron muchas las personas religiosas las que demostraron intolerancia y violencia. A esas personas les digo una cosa: actuando así le hacen difícil a uno andar por la vida defendiendo las virtudes de seguir una religión. ¡No me hagan quedar mal!

Vamos a centrarnos un momento en Kālī, que es lo que más me interesa. ¿Por qué la eligieron los artistas? Ellos dicen: “quedamos maravillados y absortos con las explicaciones, sentimientos y palabras de amigos, que nos visitan en nuestro hogar y nos introducen desde la fe en la creencia hinduista”. También habría que agregar que Kālī es muy fotogénica y, por supuesto, especialmente llamativa.

No voy a entrar en detalle en la iconografía de la muñeca pues no se trata de una representación canónica para tomar en serio. De todos modos, sí que quisiera puntualizar un detalle del embalaje, pues en la parte frontal superior aparece un mantra en alfabeto devanāgari que dice “Jaya Kāli Mām” (es decir, “Victoria a la Madre Kali”). La frase está en lengua hindi (aunque en sánscrito sería casi idéntico), pero al parecer tiene un error, pues la palabra kāli está con ‘i’ breve (कालि) cuando debería ser larga, o sea kālī (काली).

Obviamente la diferencia es mínima para un neófito, pero es importante para que el sentido sea completo y que lo invocado (incluso con una muñeca Barbie) sea la energía de la diosa “negra” (Kālī quiere decir “la oscura” o la “negra”) y no una palabra con otro significado.

Entrando en el budismo, los artistas representaron a Buda con un muñeco de Ken. Yo no soy un especialista en budismo, pero he decidido meterme en el tema porque aquí ha habido una típica confusión occidental en que se mezclan elementos hindúes y budistas como si fuera lo mismo. La confusión es entendible, ya que Buda era hindú y nació, vivió y murió en la India, a la vez que para el hinduismo tradicional es incluso considerado un avatāra del dios Viṣṇu (Vishnu). Si bien el budismo y el hinduismo tienen muchos puntos en común, al menos en origen, se trata de dos religiones separadas que pueden llegar a ser muy diferentes en sus visiones metodológicas y filosóficas.

Sin entrar a analizar el nombre del Buda, que está en versión española y no tradicional (que sería Buddha, Siddharta Gautama), los puntos a destacar están otra vez en la caja. Por un lado, a diferencia del hinduismo, el uso de la svastika o cruz esvástica no está especialmente difundido en el budismo y no es el símbolo que mejor representa al Iluminado. Por otro lado, y lo más importante, es el mantra sánscrito que aparece en la parte superior frontal del embalaje, que es un mantra totalmente hindú: om namah śivaya.

Este mantra no corresponde de ninguna manera con el Buddha, simplemente porque se trata de una invocación propia de otra religión y dirigida a otra figura divina, que es Śiva (Shiva). Es casi como si pusiéramos un muñeco de Jesucristo y la oración estuviera dirigida a Alá. Por supuesto, budistas e hindúes se sienten, en general, más cercanos entre sí que cristianos y musulmanes, pero eso no quita que la combinación sea un grotesco malentendido. Y en el caso de que adrede uno quisiera relacionar al Buddha con el mantra a una deidad hindú, éste debería ser, al menos, a Viṣṇu.

Este ha sido mi análisis, que espero sea tenido en cuenta si es leído por los artistas, de forma que puedan mejorar el packaging y, dentro de la irreverencia artística (la cual acepto por el bien de la libertad de expresión), buscar ser más rigurosos con los símbolos tradicionales que para muchas personas – yo incluido – son importantes.

Rāhula, el extraño nombre del hijo de Buda

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Como saben los lectores de este blog, soy amante de la rigurosidad informativa y, por tanto, me apasiona descubrir la fuente original y verdadera de frases, palabras o enseñanzas que se repiten con frecuencia aunque muchas veces con deformaciones, errores de traducción o, simplemente, nula relación con su supuesto origen.

En la mayoría de estas ocasiones basta con que alguien publique una información errada para que el resto, en su ingenuidad y pereza, la reproduzca literalmente y sin verificaciones. Este método no-riguroso, más la imparable difusión y reproducción que tiene la información en Internet, hace que no sea descabellado encontrar una misma frase célebre atribuida a Séneca, Churchill o Bob Marley.

Otro gran clásico de las citas falsas o erróneamente atribuidas es Siddhārtha Gautama, el Buda (Buddha), cuyo nombre es impunemente utilizado para firmar y legitimar cualquier idea medianamente espiritual; sobre todo porque al haber muy pocas fuentes fiables sobre lo que dijo o no dijo el Buda, es complicado refutarlo.

Justamente en relación al Buda, con unos amigos surgió el debate del significado de Rāhula, el nombre del hijo de Siddhārtha Gautama. Unos habíamos escuchado el sentido de “obstáculo”, otros el de “grilletes”. En realidad, ambas acepciones están aceptadas en la versión convencional y más difundida de la historia que, resumida y simplificada, es así:

El joven príncipe Siddhārtha, criado entre algodones y alejado de las tristes vicisitudes de la vida, un día se entera de que, por tener un cuerpo físico, todos estamos destinados a enfermar, a envejecer y a morir. A la vez, el príncipe vislumbra que hay una forma de trascender estos sufrimientos inevitables y decide dejar el palacio, las riquezas y su futuro como rey para buscar la iluminación espiritual. Para que la decisión sea más dramática, Siddhārtha es informado de que ha nacido su hijo, ante lo cual exclama: “Rāhula ha nacido, una atadura ha surgido”. Esa misma noche, el futuro Buda abandona el palacio para vivir como un asceta en el bosque.

Siddhārtha mira a su esposa y a su hijo justo antes de renunciar al mundo.

Según esta versión, Siddhārtha percibió el nacimiento de su hijo como un obstáculo para su renunciación y como una ligadura que le encadenaba a la vida mundana de sufrimiento y, por ello, se dio ese nombre al niño – Rāhula -, el cual generalmente se traduce como “impedimento” o “grillete”. Es verdad que puede sonar como una elección comprometida para el pobre hijo, pero para juzgar con perspectiva pensemos en nombres tan comunes y occidentales como Dolores, Soledad o el reciente caso de Lucifer en Córdoba, Argentina. De hecho, en estos días el nombre Rahul (una variante de Rāhula) estuvo de moda por Rahul Gandhi, el candidato perdedor en las recientes elecciones indias.

Al mismo tiempo, el concepto de “atadura” (relacionado con “apego”) es muy importante para el budismo, ya que son estos lazos con el mundo material los que causan sufrimiento y los que llevan a cada ser a renacer una y otra vez. Por tanto, el nombre Rāhula es entendible y hasta justificado en ese contexto.

Lo curioso es que ni en sánscrito, ni en hindi ni en pali, existe la palabra rāhula tal cual y, aún menos, significa “grillete” o similar.

Dragones y eclipses

Ante este conflicto etimológico, hay versiones académicas modernas que sostienen que el nombre Rāhula deriva de la palabra sanscrita rāhu que está relacionada con “agarrar” o “capturar”. En la mitología hindú, Rāhu es el nombre de un demonio (asura) al que le fue cortada su cabeza cuando bebía, disfrazado entre los dioses (devas), un trago del néctar de la inmortalidad. De esta forma su cuerpo pereció pero su cabeza, que se dice es la de un dragón, se hizo inmortal al haber bebido la ambrosía.

Desde el punto de vista de la astrología védica (jyotiṣa), Rāhu es el nombre de uno de los nueve planetas (grahas), aunque para la visión astronómica occidental no es exactamente un “planeta” sino que se trata de un “punto móvil” directamente relacionado con los eclipses. Técnicamente es “el nodo ascendente de la órbita lunar”, es decir, el punto en el que la órbita de la Luna atraviesa la línea por donde transcurre el Sol (llamada eclíptica). Los eclipses solo suceden cerca de estos “nodos lunares”.

De esta forma, se explica que la cabeza inmortal del demonio Rāhu, en venganza por haber sido decapitada, devora regularmente al Sol y la Luna causando así los eclipses. En astrología védica, los eclipses no son considerados fenómenos auspiciosos, pues la luz de los astros principales se ve disminuida de forma parcial o total.

Es basándose en todo lo anterior que algunas versiones modernas explican que el hijo de Buda nació en un día de eclipse de Luna y, por tanto, su nombre fue Rāhula que podría ser un diminutivo de Rāhu. Lo cual no sería nada extraño, pues los nombres basados en los astros y en la fecha de nacimiento son muy normales.

Desde el punto de vista simbólico, hay quienes dicen que Rāhula es un “eclipse” porque simplemente nace en el momento en que Siddhārtha “desaparece” para irse al bosque.

Final feliz

Para aquellos que se quedaron con mal sabor de boca porque Siddhārtha abandonó a su único hijo recién nacido, la historia cuenta que ya convertido en el Buda, el iluminado padre volvió al reino cuando su hijo tenía siete años. Entonces el niño, instado por su madre, le pidió a su padre “su herencia” y éste, en lugar de darle riquezas “propensas al cambio y los problemas”, lo admitió en su orden monástica (saṅgha), donde también alcanzó, con el tiempo, el nirvāṇa.

Rāhula pide su herencia al Buda.

Por tanto, desde un punto de vista global, la temprana orfandad de Rāhula y su nombre de posible significado ominoso son apenas anécdotas en una vida que resultó ser muy fructífera espiritualmente. Ya sea llamándose “Grilletes” o “Nacido bajo la influencia del planeta Rāhu”, el destino final de Rāhula fue la iluminación y, en cierta forma, eso es lo único que cuenta, al menos para él.

La historia del ‘Buda gordo’

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Este blog trata principalmente sobre la India y el hinduismo, aunque hoy me desviaré un poco para hablar de un detalle del budismo, ya que alguien me preguntó: “¿de dónde sale el Buda gordo?”. Este personaje, que todos hemos visto, también es conocido como el “Buda que ríe” (o “Buda sonriente”) y es popular en China y el sudeste asiático.

El “Buda que ríe”.

El dato más importante que hay que saber es que este personaje NO es el Buda histórico, Siddhārtha Gautama, “fundador” del budismo y cuya imagen tradicional es de una complexión delgada y más seria.

Siddhārtha Gautama

La confusión entre ambos personajes parece nacer en sus nombres, ya que el “Buda que ríe” es conocido en chino como Budai. En realidad, la palabra sánscrita buddha no es un nombre propio sino un epíteto para designar a los seres que están “despiertos” (también se dice “iluminados”), es decir que son conscientes de su verdadera naturaleza espiritual. Por tanto, Siddhārtha Gautama es un buddha (o buda en español) pero no el único, aunque sí es el más conocido.

Por su parte, Budai (o Pu-Tai) también parece ser un personaje histórico, específicamente un monje chino budista que vivió en el siglo IX y cuyo nombre significa “saco de tela”, haciendo referencia a que siempre llevaba una bolsa y daba regalos a los niños.

Wikipedia dice que Budai es una “deidad popular china” aunque lo de “deidad” es debatible. Lo cierto es que se trata de una figura popular que, en el contexto del budismo chino, es identificado con Maitreya, el Buda que vendrá al mundo en el futuro, por decirlo simple. A la vez, Budai es un símbolo de alegría y contentamiento, un monje que es feliz con lo que entra en su saco y que, además, da alegría a los demás.

Hablando sobre este tema en su excelente blog Fake Buddha Quotes, el budista y académico Bodhipaksa dice que “si bien Budai es una figura budista, es más bien como Santa Claus: un personaje de cuento que está basado en una figura histórica (como Santa Claus está basado en San Nicolás) y que es adorado por los niños”.

San Nicolás

Sin ánimos de menospreciar a Budai y su posible relación con Maitreya, la intención de este post era mostrar la diferencia entre el Buda, Siddhārtha Gautama (también conocido como Shākyamuni) y el llamado “Buda gordo”, ya que aparentes incongruencias como esta generan confusión y muchas veces rebajan la estima que se tiene de las religiones.

Sin entrar a debatir las ventajas o desventajas de las religiones, me parece importante hacer estas pequeñas aclaraciones para que se vea que, cuando se las estudia en profundidad, las religiones son mucho más coherentes de lo que nos quiere hacer creer el moderno y secular ordenamiento socio-cultural.

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