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La pesada carga de poseer la verdad

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Cuando paso frente a un McDonald’s. Cuando en la verdulería veo a alguien poner cada fruta por separado en bolsas de plástico. Cuando le dan paracetamol a sus hijos apenas tiene 38 °C de fiebre. Cuando escucho al vecino sintonizar Masterchef. Cuando salgo de hacer yoga y veo a todo el mundo abarrotando las tiendas de ropa… En estas ocasiones, y en muchas más, claro, me siento superior, conocedor de una verdad que la mayoría ignora. Y no puedo negar que, para el ego, la sensación es agradable, al menos por un rato… hasta que estar siempre en posesión de la verdad se convierte en una especie de carga.

El lugar, la época y las circunstancias cambian pero, como dice el yogui Sri Dharma Mittra, “al final todos pasamos por las mismas cosas”, sobre todo si hablamos de las emociones, sensaciones y pensamientos básicos. Evidentemente estar en “posesión de la verdad” no es exclusividad mía, pues muchas (o quizás todas las) personas sienten lo mismo en su contexto. Quienes creen en la homeopatía sentirán superioridad ideológica sobre quienes descreen y viceversa; quienes escuchan Iron Maiden sentirán superioridad estética sobre los oyentes de David Bisbal y viceversa; quienes saben disfrutar del buen vino sentirán superioridad dietaria sobre los abstemios y viceversa…

Sin decretar cuál de todas las verdades es la fuente de sabiduría última, sí creo que las “verdades espirituales” muchas veces son un caldo de cultivo más propicio para sentirse superior a los demás. De hecho, las “verdades religiosas”, muchas veces dogmáticas, han creado a menudo en la historia ese fenómeno de superioridad y separación que, además de generar problemas y enfrentamientos, es la gran crítica que los laicos o ateos suelen hacerle a las religiones. El hecho de estar fundadas, muchas veces, en libros sagrados, en sabios iluminados, en santos o en enseñanzas milenarias es un elemento de pedigrí que puede ser usado para colocar la propia visión en una posición superior.

Las “verdades espirituales”, aunque cambien de etiqueta, están influidas principalmente por aquellas mismas “verdades religiosas”, algunas manteniéndose fieles, otras adaptándose y otras, ya lo sabemos, distorsionándolas. Sin entrar a juzgar esto, lo cierto es que el resultado es similar: si soy una persona “espiritual” puedo caer en la tentación de sentirme superior a quienes no lo son.

Creo que todos podríamos estar de acuerdo en que la visión que subyace a los – llamémoslos así – “valores espirituales” es la unidad, o sea, la idea de que todos los seres compartimos una misma esencia que va más allá de lo físico-material o, al menos, que todos tenemos (o podemos tener) una relación directa y especial con el cosmos. Con estos presupuestos, cualquier idea de superioridad es contradictoria, pues nos remite a la clásica dicotomía nosotros vs. ellos, los poseedores de la verdad y los errados. Esto no quiere decir que uno no pueda tener la visión correcta, solo quiere decir que el sentimiento de superioridad, especialmente en espiritualidad, no es justamente un signo de evolución espiritual.

En un texto del maestro jamaiquino Mooji la idea queda claramente expresada:

“Si crees que es más ‘espiritual’ andar en bicicleta o utilizar el transporte público para moverse, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a alguien que conduce un coche, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ no ver la televisión porque te arruina el cerebro, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a quienes todavía la ven, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ evitar leer cotilleos, periódicos o noticias, pero te encuentras juzgando a aquellos que leen estas cosas, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ escuchar música clásica o relajantes sonidos naturales, pero te encuentras juzgando a aquellos que escuchan música comercial, estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ practicar yoga, hacerse vegano, comprar todo orgánico, comprar cristales sanadores, hacer reiki, meditar, usar ropa hippie o de segunda mano, visitar ashrams y leer libros sobre iluminación espiritual, pero luego enjuicias a quien no hace esto, entonces estás atrapado en una trampa del ego.

Estate siempre atento al sentimiento de superioridad. La idea de que tú eres superior es la indicación más grande de que estás en una trampa del ego. Al ego le encanta escabullirse sin que te des cuenta. Tomará una idea noble, como empezar a practicar yoga, y luego la distorsionará para su propósito de hacerte sentir superior a otros. Empezarás a menospreciar a aquellos que no están siguiendo tu recto camino “espiritual”. Superioridad, juicio y condena. Estas son las trampas del ego”

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En su clásico libro Be here now, el exprofesor de Harvard y desde hace años guía espiritual, Ram Dass, habla de los choques entre hippies y policías en los años 1970 y dice en relación a las polaridades:

“Solo puedes protestar de manera efectiva cuando amas a la persona, de cuyas ideas estás manifestándote en contra, tanto como te amas a ti mismo”.

Por tanto, en el plano espiritual, tener la razón (o al menos creer tenerla) no implica odio ni menosprecio hacia las demás personas. Hace poco escribí sobre la paz emocional desde la perspectiva de los Yoga Sūtras, donde se recomienda “ecuanimidad ante los no virtuosos”, en lugar de irritación. Cuando, por ejemplo, Donald Trump autoriza las perforaciones petrolíferas en el Ártico, a uno le genera mucho enfado o tristeza y la solución, dice Patañjali, es cultivar la indiferencia.

En el caso del sentimiento de superioridad, yo creo que no alcanza con la indiferencia (que ya es un paso), sino que veo necesario cultivar un sentimiento de aceptación y quizás de respeto. No lo digo como una forma de mantener la armonía social ni porque sea moralmente correcto, sino porque eso demostraría un entendimiento del funcionamiento del mundo en que cada ser sigue su propio curso. Para profundizar en el tema qué mejor que citar las palabras de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) en la Bhagavad Gītā (III.29):

“El hombre de conocimiento perfecto no debe perturbar al necio que tiene un conocimiento imperfecto”

O esta otra forma de decirlo:

“¡Que quien sabe el todo no perturbe a aquellos insensatos que saben solo una parte!”

Sobre esto explica Swami Vijoyananda:

“El proceso de la evolución mental debe ser continuo, pero jamás debe ser forzado e ir contra la tendencia natural de cada aspirante espiritual. No todos tienen el mismo grado de comprensión, ni la misma capacidad de transformación; por ello, las instrucciones espirituales deben ser aplicadas, con mucho cariño y paciencia, individualmente para cada caso. Cada hombre ve, interpreta y comprende la Verdad, según su ambiente y su prejuicio”.

Al respecto, el indólogo Fernando Tola agrega:

“Consciente de la imposibilidad de modificar la conducta de los otros, el sabio debe aprobar esa conducta, aunque él mismo se comporte en forma diversa”.

Es decir que la persona sabia (o que al menos quiere llegar a serlo) no debería juzgar ni subvalorar a los “ignorantes”, ya que están en el punto del camino donde deben estar e intentar modificarlo es, en cierta forma, actuar en contra el plan cósmico. Por ello Tola también dice:

“Una doctrina, excelente en sí, impartida a personas cuya mente no esté preparada para recibirla, al ser malinterpretada, puede serles perjudicial”.

¿Se imaginan a un fanático del heavy metal subiendo al escenario en el estadio donde David Bisbal da su concierto, agarrar el micrófono, distorsionar su guitarra y predicar: “¡niñas, dejad de escuchar estas ñoñerías y aprended lo que es bueno!”? La evangelización no es fácil y probablemente no muy eficiente. Como dijo el Dalai Lama: “Pienso que en estos tiempos la conversión está pasada de moda”.

Por ende, aceptar que cada uno está donde tiene que estar es, por un lado, fluir con el plan universal y, por otro lado, entender que cada uno de nosotros ha estado (o estará) en esa misma etapa y que situarse en la posición de superioridad es, simplemente, falta de visión global.

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Todo esto lo escribo para decírmelo a mí mismo porque tengo tendencia a caer en la arrogancia y, aunque al ego eso le genere cierta satisfacción temporal (“yo soy mejor”; “yo sé la verdad”), he descubierto que creerse en posesión de la verdad y juzgar desde ese punto de superioridad es una pesada carga. Por un lado, no otorga nada de paz mental porque uno se la pasa criticando a la mayoría del resto del mundo y, por otro, intensifica la sensación de separación con los demás generando así un sentimiento de diferenciación que no me parece puro ni pleno.

Esto no significa que yo ya no considere tener la verdad en muchos aspectos (sobre todo en las enseñanzas espirituales recibidas), sino más bien un cambio de actitud para intentar aceptar el mundo como es y, sobre todo, a los otros seres como son. Esto es: como yo.

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Swami Premananda y la inevitable naturaleza de juzgar

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Esta semana se cumple el 65º aniversario del nacimiento de Swami Premananda, que abandonó su cuerpo en 2011 a los 59 años, pero cuyas enseñanzas siguen inspirándome y también sorprendiéndome. Como forma de honrar a Swamiji estoy publicando fragmentos de un texto suyo titulado El juzgar es natural y que creo merece una lectura detenida. Tal como dice el título, se trata de un texto sobre los juicios y las opiniones, propias y ajenas.

Dice Swami:

“Muchos grandes santos han señalado muchas verdades valiosas y el modo en que estas verdades se contraponen a cómo vive la sociedad actualmente. Ellos han dado su consejo, criticando y reprochándonos que no pongamos en práctica estas verdades en nuestras vidas. Las palabras y las formas de expresarse que usaron pueden parecer ásperas e hirientes, pero hablaron de esta manera sin esperar elogios de nadie. Ya sea que elijamos aceptar o no su consejo, ellos no cambiarán su postura. Simplemente tomarán nuestra respuesta como la opinión de otra persona. Pero podéis estar seguros de que va a haber algo en lo que dicen estos santos, pues como lo expresa el dicho: ‘No hay humo sin fuego’.

El juicio que una persona emite sobre algo es lo que llamamos ‘su opinión’. Los juicios de las personas buenas y aquellos juicios de quienes son malos difieren. Las personas que son dañinas para nosotros siempre nos alaban, a pesar de que tal vez cometamos errores, y esto nos alentará a seguir en el camino incorrecto… Nuestra sociedad moderna está preparada para creerles a tales personas y escuchar lo que dicen. Después que el futuro haya sido afectado negativamente, la sociedad se arrepentirá de sus juicios equivocados; se arrepentirá de haber escuchado a las personas equivocadas”.

Tomamos un respiro para digerir. Uno sabe que hablar dulcemente es una buena cualidad, pero Swami dice que quienes nos critican o dicen la cruda verdad en realidad nos ayudan. Obviamente que si un mahātmā me critica puedo estar dispuesto a escucharlo y a quizás intentar aplicar su consejo ¿Pero qué pasa si quien me critica es alguien que no considero elevado o sabio? Uno espera solo alabanzas o buenas palabras de todos, incluso de los grandes maestros, en realidad.

Swami sigue poniendo el dedo en la llaga:

A quienes les importa nuestra prosperidad venidera no nos hablan con dulzura. Quizás nos dan su opinión usando palabras duras, pero si escuchamos y seguimos sus consejos, definitivamente tendremos un futuro brillante. Estas personas no esperan ningún elogio de nuestra parte. Solo quieren que corrijamos nuestros errores. Desean mostrarnos el sendero correcto para que podamos convertirnos en personas buenas y nobles, respetadas por la sociedad.

Sin embargo, nuestras mentes no comprenden a este tipo de personas. Nos mantenemos alejados de ellas, sin entender por qué nos hablan con tanta severidad, aparentemente sin benevolencia. Al hacer esto, nos perdemos una oportunidad única”.

Me gusta lo de “aparentemente sin benevolencia”. ¿Qué pasa si un padre solo alaba a sus hijos y no les muestra sus errores? En el plano espiritual, es sabido que un guru, en general, es amable y atento con quienes llegan a él/ella de forma esporádica pero que es realmente riguroso con sus círculo íntimo de discípulos, pues mostrándoles sus faltas y siendo muy estricto es la forma de aniquilarles el ego y de hacerlos progresar espiritualmente.

Más de Swamiji:

“El juzgar es esencial para todos. Aún si un niño de diez años expresara un juicio correcto sobre nosotros, deberíamos tener la madurez de admitirlo y aceptarlo. Los juicios existen siempre en todos los niveles de la sociedad”.

Por ello Swami dice que cuando alguien emite una opinión sobre nosotros, debemos escucharla abiertamente y analizar con honestidad si hay algo de verdad en ella. Si es así, entonces aceptarlo y tratar de modificar o mejorar lo que corresponda. Si no hay verdad en esa crítica, simplemente la dejamos ir, sin ofuscarnos.

Y finalmente Swami habla de lo más difícil de hacer en este ámbito; o sea, saber cuándo y cómo emitir la propia opinión:

“Para progresar en la vida debes usar tu discernimiento, debes tomarte tu tiempo y no apurarte en formar juicios”.

Y Swami termina su enseñanza con una bucólica comparación que me parece muy llamativa:

“Sin un juicio apropiado
no puede haber acciones apropiadas, ni gozo.
Sin un juicio apropiado
no puede haber visión apropiada.

La acción sin el juicio apropiado
es como pastar comiendo tan solo las puntas de la hierba.
¡Así que júzgate apropiadamente y abre los ojos!”

Por tanto, como dice Swami, juzgar es natural en el ser humano y es inevitable. Aprender a escuchar la crítica ajena y filtrar lo que es verdad y lo que no, como herramienta para mejorar nuestro carácter, es un signo de madurez espiritual.

Luego, ser capaces de frenar nuestros propios juicios sobre los demás y solo emitirlos desde la compasión, la aceptación y el discernimiento es ir un paso más allá en el camino del auto-conocimiento. En el fondo, la forma en que uno juzga a los demás es como uno se juzga a sí mismo.

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