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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

Firmas sin ego: la poesía devocional

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Durante mi investigación sobre la importancia del anonimato en la tradición escritural y literaria hindú me encontré con una gran excepción sobre la que, por motivos de espacio, no dije nada en el post original, dejando su análisis para hoy. Me refiero a la poesía devocional, que es la etiqueta genérica que se da a poemas, canciones y escritos compuestos en un período muy amplio de más de mil años (del siglo VI al XVIII E.C.) por santos o mahātmas y que, como es de esperar, tiene sus matices y diferencias según la época, la zona y las circunstancias.

A pesar de esas diferencias, que no voy a explicar en detalle, un rasgo común es la tendencia de estos poetas-santos a firmar sus obras y, aún más lejos, poner dentro del poema su propio nombre, dándole así mucho más protagonismo y visibilidad. Como ejemplo introductorio unos versos de Jayadeva (siglo XII), quizás el poeta más famoso en dramatizar los divinos amoríos entre Kṛṣṇa (Krishna) y Radhā:

¡Consagra tu gozosa unión con Padmávati!
Enemigo de Mura, bendícenos cien veces:
el rey de los poetas, Jayadeva, te canta.
¡Radha, entrégate entera a la pasión de Mádhava!

Como se puede notar, Jayadeva no solo se nombra a sí mismo sino que se auto-denomina “rey de los poetas”, todo lo contrario, a priori, al anonimato y perfil bajo fomentados por la tradición védica desde la antigüedad. Esta aparente paradoja me llevó a preguntar e investigar para encontrar posibles respuestas…

El movimiento devocional hindú que genéricamente se conoce como bhakti tuvo un primer apogeo a partir del siglo VI en el país tamil, al sur de la India, con un proceso de renovación religioso llevado adelante especialmente por santos shivaístas (nāyanmārs) y santos vishnuistas (ālvārs). Su acercamiento a lo divino se caracterizó por sus formas heterodoxas de devoción íntima (es decir, “la relación directa de cualquiera con Dios”), como un rechazo a la religión “de los sacerdotes, los rituales y los libros” que era la ortodoxia brahmánica.

Se trataba, como explica el indólogo Javier Ruiz Calderón, de una “relación personal de amor apasionado con la divinidad, que culmina en la fusión amorosa y extática con ella… una religiosidad muy espontánea, poco institucionalizada, de carácter comunitario e indiferente a las distinciones de clase social”.

Por tanto, la poesía mística que compusieron estos santos, casi siempre en lengua tamil, contribuyó a crear una nueva sensibilidad espiritual y también literaria que “ganó rápida popularidad especialmente entre las personas comunes y corrientes y la casta no sacerdotal”. Veamos un ejemplo en los versos de Sundarar (siglo IX), devoto de Śiva, y que a pesar de ser brahmán de nacimiento se casó con dos mujeres de castas inferiores:

“Señor, explícame por qué has bajado
hasta este corazón de un ser humilde
que disfruta asistiendo por las noches
a Tu danza en el crematorio                                                         en la cual resplandece la serpiente
que llevas anudada en Tu cintura.

Tesoro que nos salva del karma acumulado,
Señor Rojo como un rubí,
oh Rey de Nattiyattankuti (pueblo sagrado de Tamil Nadu)
ya nunca podré amar a nadie como a Ti”.

Con la semilla sembrada en Tamil Nadu, a partir del siglo XIII surgió un movimiento devocional similar, cada vez más hacia el norte del país, primero en Maharashtra y luego en las zonas de habla hindi, punyabi y braj, que finalmente es lo que de forma popular y genérica se conoce como movimiento bhakti y en el que las canciones religiosas (bhajans) tienen gran importancia. Muchos de estos bhaktas eran hombres y mujeres de casta baja que, otra vez, rechazaban las convenciones sociales y la religión brahmánica ortodoxa para vivir una existencia muchas veces itinerante buscando la comunión directa con una deidad personal o con lo Absoluto sin forma, según el caso.

Más allá de que su principal razón de existencia fuera siempre la “devoción amorosa a Dios”, todas las vertientes de este movimiento mostraban un “visible grado de igualitarismo y crítica al elitismo”, al decir de Agustín Pániker.

Y una de las grandes formas de rechazar ese elitismo fue la utilización de las lenguas vernáculas (tamil, marathi, hindi…) en las composiciones poéticas en lugar del prestigioso idioma sánscrito, a la vez que “reivindicar el derecho de las castas inferiores (incluso de las más desprestigiadas como, por ejemplo, la de barrenderos o sirvientes) a dialogar con lo divino sin intermediarios”, como explica el poeta y traductor Jesús Aguado, encargado de la Antología de poesía devocional de la India (Olañeta, 2007), de donde tomo las primeras cuatro traducciones poéticas que aparecen en este post.

Por tanto, y parafraseando a Aguado, en un contexto de reivindicación e igualitarismo social, y volviendo al tema de hoy, firmar las composiciones devocionales utilizando el nombre propio, que en la mayoría de los casos connota procedencia social, lingüística y geográfica, podría ser una manera de destacar la casta y el idioma “alternativos” a lo hegemónico.

Esta mezcla de protesta social con búsqueda espiritual la ejemplifica muy bien Kabir (siglo XV-XVI), nacido en Benarés en una casta de tejedores musulmanes, predicaba una espiritualidad más allá de religiones particulares y sus poemas “estaban dirigidos a los humildes, ridiculizando sin piedad a los poderosos, los eruditos, los ritualistas, y los santones en general”. Leamos:

“El Único es ahora un alfarero:
con atención modela toda clase cántaros.
Luego los cuece dentro de Su vientre.
Hace bien Su trabajo para que no se rompan.

Una vez enfriados
les da  nombre:
Shiva, Shakti, el que sea.

Si alguien es tonto solo le seguirán los tontos.
Os digo la verdad,
hombres locos que el sueño de otro loco seguís.

La leche es blanca al margen del color de la vaca.
¿Qué es un brahmán (primera casta)
y qué es un shudra (cuarta casta)?

El falso orgullo os pierde.
Se equivoca el hindú y se equivoca el turco.

¡Un verdadero artista este alfarero!
El hombre bueno sabe
apreciar Sus figuras”.

Esta explicación de carácter socio-cultural suena plausible y me recuerda – perdón por el salto temporal, geográfico y cultural – al surgimiento del rap entre la comunidad afro-americana del Bronx, en que el uso de la “palabra hablada” (spoken word) como único instrumento se convirtió, antes que en una música o una moda, en una forma de contracultura y de reivindicación social.

A este respecto, si uno escucha las letras de rap puede notar que se utiliza mucho el pronombre “yo/nosotros” versus “ellos”, que en un principio quizás eran los “blancos”, los “ricos” o el “sistema”. Muchas canciones de rap utilizan la frase “mi nombre es…”, ya que el rapero, por definición, debe dejar bien clara su identidad y oponerla, como decía, a “ellos”.

La gran diferencia entre los dos estilos, me parece, está en el ego del autor. Mientras el rapero reafirma y aumenta su ego para sobrevivir y luchar en un mundo que lo somete socio-económicamente, el bhakta aspira a fundir su “yo” con lo Divino (aunque también viva en un mundo que lo somete socio-económicamente…).

De esta idea de fusión con lo divino surge otra explicación de por qué los poetas devocionales firman sus obras, ya que para que haya devoción (bhakti) es necesario que haya dos partes: el amante y el amado. Para tener una relación personal con lo Divino (en el aspecto que cada uno prefiera) hace falta “un sujeto separado de la divinidad, con personalidad propia” y, por ello, también con un nombre detrás.

Mirabai (siglo XV-XVI) fue una hija de nobles que se entregó a la vida espiritual y se convirtió en una de las grandes poetisas místicas de la India y, como un ejemplo de lo que venimos hablando, el editor Álvaro Enterría dice: “El camino de Mirabai era una relación personal con Krishna. Debía entonces mencionar su nombre para que esa relación exista”. Veamos:

“Oh compañero,
mis ojos se comportan
de un modo misterioso.

Una vez que en mi mente has penetrado dulce,
Te has abierto camino hasta mi corazón.

No sé cuánto tiempo habré pasado
aguardando a la puerta de mi casa
a verte aparecer al final de la calle.

Mi alegría depende de mi Amado:
mi remedio,
mi yerba medicinal,
mi vida.

Mira se ha convertido en propiedad
de Giridhara (Krishna).
La gente dice que está loca”.

Un detalle interesante es que si bien estos poetas muchas veces ponen su propio nombre dentro del poema, generalmente lo hacen en tercera persona, como si hablaran, justamente, de un “tercero”. Para mí, este recurso es una forma de dejar claro que ese nombre no es más que un personaje temporal con el que no se identifican plenamente, pues ellos están fusionados o buscan la fusión con lo Divino.

De hecho, a veces los poetas usan su nombre como si se tratara de otra persona a la que le están hablando. En un fragmento de un texto de Tulsidás (siglo XVI-XVII), el gran poeta que compuso la versión del Rāmāyaṇa en hindi, podemos ver este uso (traducción de Swami Satyānanda Saraswatī):

“¡Tulsī, la verdad solo puede ser percibida
por aquellos que tienen la santidad en su corazón!

Tulsī, estos santos son una rareza en este mundo,
bendito es el lugar en el que se encuentran.
Su amor va dirigido al bien de los demás.
El que va a ver a un santo, se transforma
y se convierte en un santo a la vez”.

Es llamativo que muchos poetas usen su nombre en diminutivo (Tulsī por Tulsidás; Mira por Mirabai; o Tuka por Tukarām), lo cual le otorga una inocencia y una ternura que, según mi perspectiva, no tienen ninguna relación con inflar el ego individual. Sobre esto, Jesús Aguado dice que “puesto en medio del poema, ese nombre se hace sinónimo de dios o de lo divino, que es la aspiración última de cualquier devoto: fundirse con aquello (o Aquello) que invoca”.

Hablando de fundirse o no fundirse, la tradición más impersonal de estos movimientos devocionales (denominada tradición de los sants), en lugar de adorar a un Dios personal adora a un Dios sin rostro, más bien interior, aunque curiosamente le siguen dedicando poemas y cánticos. Un buen ejemplo son estos versos del místico Jñanadeva o Jñaneshvara (siglo XIII), del que ya hablé algo aquí:

“¿Por qué estás corriendo de un lado a otro
en busca de Dios?

¿Por qué no reconoces que Dios
reside en tu propio corazón?

En realidad, Dios no tiene nombre ni forma,
ni lugar alguno donde residir.

Jñanadeva dice:
adora pues a Dios en tu interior,
en la forma de tu ātman, tu Ser,
y sírvelo a Él sin cesar”.

En referencia a esta devoción “sin atributos”, que en muchos casos se basa en grandes máximas del Vedānta como “este ātman es Brahman” (ayam ātmā Brahmā), el poeta Jesús Aguado vuelve a contribuir agregando que según algunas de estas corrientes “el nombre de uno es el nombre del Uno y este es un descubrimiento que uno debe realizar en su camino hacia la iluminación-liberación”.

Desde esta perspectiva, si “yo soy el Absoluto”, poner mi nombre no es un acto egoico ni dual, sino una forma de explicitar mi total unidad con el Ser. Con este criterio, el nombre de cualquier hijo de vecino sería sinónimo del Ser.

Como conclusión, no puedo asegurar que tenga una respuesta definitiva pero las pistas que he seguido me dejan bastante satisfecho y mi sensación, tanto ahora como antes, es que esos nombres dentro de los poemas no están marcados por el ego sino por la devoción y la búsqueda (o la confirmación) de unidad con lo divino.

Una sensación que, además, está influida por escuchar desde pequeño un breve poema de Ramprasad (siglo XVIII), un famoso santo bengalí devoto de la Madre Kālī, que mis padres cantaban (y cantan) en su casa:

“Sri Ramprasad nos dice:
la Madre Divina en todas partes está.

Ojos ciegos vean la Madre
escondida siempre en todo;
siempre en todo, siempre en todo,
escondida siempre en todo”.

Tan escondida como algunas de las razones de estos santos para firmar sus poemas…

Benarés, la ciudad imaginaria

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Este blog nunca busca incitar al consumismo. La política de austeridad es ley espiritual. De todos modos, hay ocasiones en que sí recomiendo textos, películas o músicas relacionadas con la India y la espiritualidad. Por un lado, porque se supone que los lectores de este blog están interesados en esos productos y, por otro lado, porque puestos a comprar algo, ya que se acerca la época navideña, mejor que sea un artículo con cierta intención espiritual.

Esta introducción auto-justificadora es para recomendar un libro en particular, cuyo título ya nos da pistas atractivas: Benarés, la ciudad imaginaria.

Se trata del último proyecto literario de Álvaro Enterría, un autor al que gustosamente sigo desde este blog por sus iluminadores trabajos sobre la India y la espiritualidad, especialmente para la lengua hispana. Su guía cultural para el viajero, La India por dentro, es una obra indispensable para quienes quieran entender ese contradictorio país, ya sea habiendo viajado a él o planeando hacerlo en el futuro. El libro ya va por su exitosa sexta edición, con la séptima en camino.

Asimismo, Enterría es el promotor del monumental trabajo de llevar la epopeya clásica del Mahābhārata a su versión de cómic en español. Una labor compleja que es puesta en imágenes de forma sensacional por el dibujante Miguel Gómez Andrea, alias GOL, especialista del cómic histórico.

En un post dedicado a recomendar libros, no dudo un instante en decir que estas dos obras citadas son una inversión muy segura.

Ahora vamos a Benarés…

Más que una suma de opiniones

Todos hemos escuchado o visto algo sobre Benarés (oficialmente Varanasi, tradicionalmente Kashi) y, para bien o para mal, nos ha llamado la atención. Evidentemente, lecturas o documentales de TV no alcanzan para experimentar la ciudad sagrada. De hecho, estar allí en persona, por poco tiempo, como fue mi caso, tampoco es suficiente para entender un sitio tan especial.

Sin duda necesito regresar allí si quiero ahondar en mi experiencia, aunque debo decir que la lectura del libro Benarés, la ciudad imaginaria, además de ser un placer literario, me ha dado mucha información útil para entender una ciudad que, de otro modo, es un jeroglífico arquitectónico, cultural, sensorial y espiritual. Como dice Álvaro Enterría, “el libro intenta presentar varias visiones de esta asombrosa ciudad. Una ciudad que he llamado ‘imaginaria’, pues más parece pertenecer al mundo onírico que al de vigilia”.

Cuestiones que vi y viví en Varanasi y no entendía se me hacen claras con la lectura del libro y me preparan mejor para mi regreso. Confío que esta sensación será compartida por aquellos lectores que han pisado alguna vez suelo benaresí, como así también por aquellos que lo harán por primera vez.

Para editar el libro Benarés, la ciudad imaginaria, Álvaro Enterría ha tomado textos de diferentes autores, todos ellos grandes conocedores de la ciudad. Hay autores occidentales e indios, la mayoría de ellos contemporáneos, lo cual permite al lector tener una idea ‘actualizada’ de la ciudad sagrada más antigua de la India (y, quizás, del mundo). El mérito de la edición de Enterría es reunir estos textos de diferentes orígenes y estilos para darles un nuevo orden que no se hace nada forzado; de manera que uno se lee el libro, no como una suma de opiniones diversas, sino como una reflexión continuada, ora académica ora poética, que podría haber sido escrita por un único autor omnisapiente.

La tradición literaria india de desvanecer al autor individual en una figura colectiva (cuyo paradigma podría ser el sabio compilador Vyāsa), privilegiando el contenido y la enseñanza perenne sobre la fama personal, tiene en este libro y su fluidez de lectura, un eco sutil pero perceptible.

Varios autores

Más allá de esta coherente composición coral que logra el libro, depende de los gustos de cada lector el elegir su texto favorito, ya sea por el tema tratado o por la voz literaria del autor.

Opciones no faltan: la historiadora Nita Kumar nos explica la intrincada disposición de los barrios de la ciudad; Suresh Bhatia habla de la historia del budismo en Benarés; el sanscritista francés Pierre-Sylvain Filliozat expone con claridad el rol del pandit tradicional, guardián del saber ancestral; mientras que la filósofa y poetisa Chantal Maillard nos embelesa desde una habitación frente al Ganges.

Asimismo, el fotógrafo y escritor Richard Lannoy nos sumerge en la ciudad que se ha hecho famosa por la muerte. “¿Hay alguna otra ciudad en el mundo cuyas costumbres funerarias constituyan la fuente principal de su interés?”, pregunta el autor, para luego explicarnos las consecuencias existenciales de este hecho único.

El ingeniero K. Chandramouli, por su parte, hace un lúcido análisis de cómo la Kashi milenaria está siendo afectada por la imparable posmodernidad; un cambio que en Benarés parece haber estado anestesiado durante milenios y que, en pocas décadas, ha tomado un giro del que somos observadores privilegiados (o no tanto…).

Personalmente, los textos del poeta Jesús Aguado me han parecido de gran calidad y hermosura, generándome deseos de reír y llorar, o sea, el efecto que produce eso que llaman arte. Muy buena impresión, también, me dejó el hasta ahora inédito escrito de Oscar Pujol (Benarés: Divina Algazara), director del Instituto Cervantes de New Delhi y reconocido sanscritista.

Finalmente, me alegró descubrir que el libro incluye cuatro textos de Álvaro Enterría, dos de los cuáles eran inéditos. Esta colaboración cuaternaria incluye un esclarecimiento de porqué Kashi es el lugar de peregrinación por excelencia y una comprometida mirada sobre la importancia del río-diosa Ganga en la sacralidad de Benarés. Además, de sus dos textos inéditos, ¿Está esta ciudad en este mundo? es un deleite para el lector, transportado al instante a la cotidianeidad de una ciudad que es irrepetible.

El cuarto texto (Personajes memorables), escrito en colaboración con su esposa Árati Náyak, es un retrato muy vivo de diferentes personas de Kashi, dejándonos entrever una parte de esas existencias no siempre fáciles que no salen en las guías de viajes. A mi entender, se trata de una gran contribución, pues equilibra los textos más académicos del libro para mostrarnos un panorama completo de la ciudad, sin buscar idealizarla.

Imagen de las guardas interiores del libro (imagen Saul Tiff)

Más detalles editoriales

El libro también incluye valiosos textos de Jagmohan Mahajan, Baidyanath Saraswati y Rana P. B. Singh, así como un poema del gran santo-poeta Shankaracharya. Asimismo, contiene una selección de breves textos (Miscelánea literaria) con párrafos de Ramiro Calle, Fernando Díez, Fernando Sánchez-Dragó, etc.

También contiene fotografías e ilustraciones (en tamaño pequeño, blanco y negro, ya que el presupuesto, como explica Enterría, “no daba para más”) del mismo Álvaro Enterría, Vincenzo Floramo, Gol, Richard Lannoy, José Antonio Morcillo y Saul Tiff.

El 22/11 en Librería Altaïr (Barcelona) y el 28/11 en Librería DeViaje (Madrid), Álvaro Enterría presentó Benarés, la ciudad imaginaria en España. El libro está editado por J. J. de Olañeta, Palma de Mallorca, en la colección Terra Incognita. Espero que tenga buena acogida y se venda.

Para darle más valor al libro, es bueno saber que los derechos que se obtengan de él serán dedicados a trabajos de restauración en la ciudad de Benarés.

Si mis argumentos no los han convencido de leer este libro, ojo con esta frase del escritor indio Raja Rao en la Miscelánea literaria de la obra: “Recuerda, lo que no descubras de bueno y malo en Benarés, no lo encontrarás en ninguna otra parte de la tierra”.

Como siempre, la confirmación de esto sólo puede lograrse con la propia experiencia. A mí, la lectura del libro me ha producido unas irrefrenables ganas de visitar Kashi. Pienso hacerlo pronto y Benarés, la ciudad imaginaria será mi guía personal.

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Si te gusta este blog, es muy probable que estés interesado en apoyarme en mi nuevo proyecto de crowdfunding para ir a la India en Febrero 2013 a investigar la gran festividad espiritual de la Kumbha Melā y escribir un libro sobre el tema. Para más detalles, clicar aquí. Para apoyar el proyecto en Lánzanos, clicar aquí.

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