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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

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La crucial diferencia entre contentamiento y felicidad

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Hay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.

Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.

Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.

En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:

“¿Cuál es la máxima felicidad?”.

A lo que Yudhiṣṭhira responde:

“La máxima felicidad es el contentamiento”.

Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:

La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.

En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:

“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”

En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.

Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.

Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.

De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.

Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.

Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.

Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.

La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.

Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).

deseos

Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.

Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.

O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.

El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.

Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.

Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.

La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.

En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):

Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.

La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.

Swamini Pramananda y el satsang

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Una de mis profesoras de yoga fue a la India con la intención de visitar Gangotri, el pueblo donde nace el río Ganges, en los Himalayas. En el camino se detuvo en Uttarkashi, un pequeño pueblo de montaña, en donde conoció a una maestra espiritual india que la cautivó. En lugar de seguir el itinerario trazado, mi profesora se quedó el resto de sus días de viaje en el ashram de la maestra, sintiendo que había encontrado algo importante.

Unos pocos meses después, y de forma sorprendentemente aceitada, mi profe pudo organizar la visita de dicha maestra a Barcelona. Para organizar tan velozmente y con éxito un evento así, la disposición del maestro es fundamental, claro, aunque también es necesaria la dedicación completa del discípulo.

Ambas condiciones se conjuntaron y Swamini Pramananda dio su primera charla en tierras catalanas este viernes 21 de octubre (2011).

Pramā

Swamini es un título monástico (el femenino de Swami) que, a veces, se traduce como ‘monja’, aunque una interpretación más acertada tiene que ver con el concepto sánscrito de sannyas, que refiere a la ‘renunciación de la vida mundana’. Por tanto, se trata de una persona que ha renunciado a los asuntos mundanos para dedicarse a la búsqueda espiritual, es decir un/una sannyasin.

A su vez, un swami o swamini es aquel que tiene capacidad de enseñar a los demás porque ya ha recorrido y, por tanto conoce, el camino que lleva al conocimiento interior. La palabra pramā, de hecho, que viene de la raíz sánscrita (‘medir’) significa ‘medida correcta’, lo cual aplicado a filosofía védica se traduce como ‘conocimiento verdadero’, ya que refiere a que la sabiduría espiritual se hace ‘mensurable’, es decir ‘cognoscible’.

A este respecto, Swamini Pramananda es una maestra de Vedānta, la antigua filosofía que explica los Veda, las Escrituras sagradas y originales de lo que hoy conocemos como hinduismo. Si bien su enseñanza, e incluso su ‘look’ (vestida con ropas anaranjadas), son fieles a la tradición y el linaje hindú, la maestra tiene también una licenciatura superior en microbiología conseguida en los Estados Unidos, donde trabajó por diez años como investigadora.

Es verdad que la espiritualidad trasciende lo material, pero para algunos oídos occidentales da mayor tranquilidad recibir las enseñanzas espirituales a través de una maestra que sabe conjugar el conocimiento científico con la sabiduría mística.

Reunión con la verdad

La charla o el discurso de un maestro espiritual se denomina, en sánscrito, satsang. La palabra Sat se suele traducir como ‘verdad’, mientras que Sang hace referencia a ‘reunión, compañía’ (de hecho en budismo sangha es ‘la comunidad de monjes’). De esta forma, satsang se traduce como ‘estar en compañía de la Verdad’, lo que puede implicar estar físicamente cerca de un maestro espiritual o también de las enseñanzas espirituales, a través de su escucha o debate.

En el caso de Swamini Pramananda, todos quienes asistimos a su satsang del viernes en Yoga Dinámico Mandiram queríamos estar en ‘compañía de la Verdad’, que en mi caso se traducía, en gran parte, en estar en su compañía física. Las enseñanzas filosófico-espirituales me interesan mucho, aunque a veces siento que tanta teoría me sobrepasa y el solo (pero no trivial) hecho de ver a un maestro espiritual me parece lo único que necesito.

En todo caso, vestida de color azafranado, con un pie en el suelo y otro sobre su sillón, como las diosas hindúes, con su sonrisa contagiosa y sus ojos bondadosos, Ammaji también había traído sabiduría espiritual para compartir y yo estuve contento de que así fuera.

De hecho, lo primero que nos dijo fue que, en realidad, nosotros no habíamos asistido a la charla para encontrarnos con ella, sino para “encontrarnos a nosotros mismos”. Lo único que ella hace, dijo, es sostener un espejito frente a nosotros para que podamos reflejarnos y así encontrarnos.

¿Y eso para qué sirve?, podría preguntar alguien. Pues para ser felices, contestaría otro. Aah, la Felicidad, el tema de siempre…

Felicidad

Al parecer todos estamos de acuerdo en que todas las acciones que realizamos en esta vida son para ser (más) felices. Sobre este punto, Swamini Pramananda nos recordó, acorde con la filosofía védica, que esa felicidad que todos buscamos no está en las cosas materiales, en las relaciones, en el progreso ni en los avances tecnológicos, es decir no está en el exterior. ¿Por qué? Porque inevitablemente esa es una felicidad con fecha de caducidad y la felicidad que deseamos es, por el contrario, una que sea permanente.

¿Dónde está esa felicidad, entonces? “Dentro, no fuera”, dijo Ammaji, ya que “nosotros somos la misma fuente de la felicidad, nosotros somos lo que buscamos, nosotros somos la respuesta a lo que preguntamos”.

Y en un giro más filosófico agregó: “¿Por qué, entonces, si la felicidad está en mí estoy buscando?”. “Porque somos ignorantes de nuestro verdadero ser, de nuestra verdadera naturaleza”, respondió. Esta respuesta no es casual, ya que la palabra sánscrita avidya significa ‘ignorancia’ y es citada en la tradición de la India como el principal obstáculo para el progreso espiritual.

Siempre me maravilla comprobar que miles de años después de que los rishis (sabios) de la India recibieran el conocimiento revelado compilado en los Veda, dichas enseñanzas esenciales sigan siendo válidas y tan actuales.

Será por eso que cuando Swamini Pramananda, como muchos otros maestros espirituales, hacen referencia a dichas enseñanzas, con unas palabras u otras, me da una gran alegría, una confianza profunda que va más allá de lo intelectual, en que todo el entramado de la sabiduría espiritual védica tiene absoluta coherencia y utilidad para el ser humano.

A este respecto, Ammaji explicó que la Verdad no tiene una base mental y subjetiva; es decir que aquello que es cierto no depende de si uno está de acuerdo o no. “Si decimos que esto es una flor”, dijo agarrando una flor, “se trata de un hecho empírico y seguirá siendo una flor aunque digas que no”. De la misma forma, la Verdad “se sostiene por su propia fuerza, quieras aceptarlo o no, aunque”, agregó la maestra, “es conveniente aceptarlo para el propio crecimiento”.

Ser

Hubo momento de preguntas y, después de la timidez inicial, como es normal, muchas personas quisieron aclarar dudas. Un asistente preguntó, por ejemplo, si “buscar la felicidad es la meta”; es decir, si el propósito de la vida es simplemente ir hacia la felicidad y ya está. Me pareció entender que la pregunta también se refería a que la ‘infelicidad’ es la que, muchas veces, nos lleva a actuar y si, en cambio, estamos felices podría haber algún tipo de estancamiento.

Lo primero que respondió Swamini Premananda fue “¿Es acaso la infelicidad la meta?”. Luego, haciendo foco en la cuestión de la acción y la felicidad, ella dijo “yo describo lo que veo que está sucediendo en el ser humano, que es que todos buscan felicidad en el exterior. No digo que haya que caminar hacia la felicidad, que haya que esforzarse por alcanzar la felicidad. Si puedes no hacer esfuerzo y ser feliz, entonces perfecto”.

“No se trata de ‘hacer’ sino de ‘ser’;”, continuó la maestra, “hacer cosas no es incorrecto, la pregunta es ¿para qué las haces? Si tu satisfacción y paz no varían dependiendo de si haces o no cierta acción, entonces está bien, pero si realizas acciones porque estás desasosegado y si no las haces no tienes paz, entonces no estás ‘siendo'”.

La enseñanza filosófica espiritual puede ser compleja, aunque adquiere mucha luz cuando es dictada por un maestro genuino, como el caso de Swamini Pramananda. Mis transcripciones (bastante de memoria) del satsang y mis interpretaciones son limitadas y, por tanto, es lógico que no logre transmitir de forma completa las enseñanzas de la maestra.

Para aquellos que están cerca geográficamente y quieren aprovechar la inusual oportunidad de ver, escuchar y hablar con una maestra espiritual de la India, y recibir de su mano “la llave para encontrarse a uno mismo”, les cuento que Swamini Pramananda se quedará en Barcelona y alrededores hasta el 30 de octubre. Durante esa semana tiene varios programas de actividades públicas que pueden consultarse aquí.

Para los que están lejos geográficamente ya llegará (si es que aún no ha llegado) el momento de entrar en contacto directo con esta sabiduría universal, pues como la maestra misma dijo, “cuando uno está preparado para estas enseñanzas, éstas aparecen”. E inmediatamente aclaró, “Ni un día antes”.

Videomatch

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Cuando la mayoría de los niños respondía astronauta, médico o delantero de Boca Juniors, a la típica pregunta “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”, yo creyéndome más listo respondía “Feliz”.

 

Se trataba, sí, de retórica juguetona, pues tranquilamente yo hubiera podido responder “escritor” o “poeta”. Sin embargo, ya desde niño se mezclaban en mi respuesta dos de los hilos conductores de mi vida: el interés por la escritura y la búsqueda de la felicidad.

Con el tiempo descubrí que aquella respuesta no había sido otra cosa que el síntoma primero de mis futuros problemas / soluciones, según como se vea.

 

Pros y contras

 

Trataré de explicarme: Cuando uno es un niño no piensa demasiado en la felicidad, pues por lo general es feliz. Al menos esto es así si uno es un niño en condiciones normales o buenas.

Incluso los niños en condiciones malas o sórdidas son capaces de conservar esa chispa de felicidad. En la India, esto ya lo he dicho, a pesar de la indigencia y el subdesarrollo económico de grandes sectores, los niños están siempre sonriendo.

Si un niño no tiene una pelota, no se desanima, se inventa una pelota hecha de bolsas de plástico o patea tapas de botellas. Se trata de una verdad de Perogrullo, para jugar, a un niño le bastan unas piedras sueltas o un charco de agua.

Un niño es justamente feliz porque no necesita elementos externos para serlo, su felicidad depende de sí mismo y no de condiciones ajenas a él.

 

Yo fui feliz de chico, sin dudas, pero al mismo tiempo sentía que eso no contaba, que la verdadera felicidad estaba más adelante; es por ello que respondía que de grande seria Feliz.

 

He analizado esta respuesta durante algunos años hasta encontrarle lo bueno y lo malo, a saber:

Lo bueno sería que desde siempre, entonces, fui plenamente consciente de que lo que quería en esta vida era ser feliz, más allá de cualquier otra cosa. Ya entonces intuía que ser escritor, por ejemplo, era un medio para alcanzar la felicidad y no un fin en sí mismo.

A este respecto, ser consciente de querer ser feliz es muy útil para progresar en ese camino, para no satisfacerse con una felicidad a medias o con el status quo imperante en la propia vida  y en la sociedad.

 

Lo negativo de aquella respuesta, sin embargo, era mi implícita afirmación de que la felicidad era algo por alcanzar en el futuro, algo a lo cual se puede llegar pero siempre más allá en el tiempo.

Siendo niño, y por ende siendo feliz, yo ya pensaba en alcanzar felicidad más adelante en lugar de disfrutar de mi felicidad presente.

Este síntoma de mi propia infancia esta patente, creo, en toda la humanidad, sobre todo cuando uno empieza a crecer en edad. Me refiero a la tendencia de poner expectativas en el fututo en lugar de vivir el presente, de aprovechar cada momento y disfrutarlo.

 

Uno de mis grandes obstáculos para alcanzar la felicidad es sin dudas esa constante expectativa en el futuro, vivir como a la espera de la aparición de algo que me salve o redima.

El ser humano y su mente, por regla general, tienen la tendencia de mirar al pasado con añoranza y al futuro con expectativa, olvidándose del presente, viviendo cada día como el epílogo de sus grandes épocas (los consabidos “buenos viejos tiempos”) o como la antesala de la cúspide.

Con estas ideas no quiero emular a Robbin Williams y su Carpe Diem en “La sociedad de los poetas muertos” (“El club de los poetas muertos” en España), sino que quiero echar luz sobre esta naturaleza del hombre que puede que sea evidente pero no siempre tenida en cuenta.

 

 

Durante toda mi niñez, mi adolescencia y parte de mi juventud estuve esperando el milagro; la felicidad futura que caería sobre mis hombros al girar una esquina, tal como el maná bíblico, o quizás en la forma de una epifanía metafísica o, de manera menos espiritual, encarnada en un billete de lotería.

 

Con el tiempo, uno se va dando cuenta de que la vida debe ser vivida hoy, que este momento actual es lo único real que de veras tenemos entre las manos; lo pasado es sólo un recuerdo, no siempre certero; mientras el futuro es sólo un boceto que no podemos aún pasar en limpio.

Con esto en claro he intentado vivir así y pocas veces, por supuesto, he tenido éxito en implementarlo.

 

Felicidad

 

Por lo general, poner en práctica la teoría de vivir el presente me cuesta mucho.

Hay una frase de un filosofo francés, Emile Cioran, que una vez me pasó una amiga y en cierto punto me parece pertinente:

“Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino”.

Creo entender que era justamente ese destino de “ser feliz” el que me impedía ver, cuando niño (y ahora también, ¿por qué no?), la felicidad al alcance de la mano, delante de mis ojos y debajo de mis narices; la felicidad que ya tenia.

 

Siguiendo con las obviedades, a fin de cuentas lo que todos buscamos es la felicidad.

Cada una de nuestras acciones están guiadas por el impulso básico, y a veces inconsciente, de ser más felices. Incluso las acciones que pueden ser consideradas no placenteras son siempre realizadas por que creemos, conscientemente o no, que nos conducirán más cerca de la felicidad.

Quien se levanta a trabajar a pesar suyo, por ejemplo, lo hace porque sabe que es mejor hacer ese esfuerzo que después sufrir por falta de dinero.  

Algunos realizamos acciones buscando la felicidad inmediata, otros preferimos resignar cosas en aras de una felicidad más a mediano plazo; a veces queremos felicidad individual, otras colectiva. Como sea, siempre, el motor que mueve las acciones del ser humano es el de ser felices. Incluso las acciones más perversas e ignominiosas son hechas con ese propósito.

 

A este respecto, la filosofía espiritual de la India afirma que, tarde o temprano, todos vamos a llegar a la felicidad, que todos nos estamos dirigiendo hacia la misma meta, aunque por diversas sendas y en diversos vehículos.

Asimismo, y esto es clave, las enseñanzas espirituales de la India sostienen que la verdadera felicidad es aquella que es incondicionada y duradera. Se trata de una felicidad que emana de uno mismo, que está dentro de cada uno y que se encuentra a través de auto-indagarse hasta hallar esa esencia, que puede ser llamada alma, chispa divina o verdadero ser.

No tiene nada que ver con acumular riquezas ni lograr cierto status social; no tiene que ver con fama o poder ni con hacer muchos viajes; incluso no tiene porqué tener una relación directa con tener una familia o una pareja.

 

Es importante entender que esta visión de la felicidad no condena nada de lo enumerado anteriormente. Simplemente se deja bien claro que la consecución de cualquiera de esos logros materiales no dará nunca la felicidad verdadera.

Es en este contexto, entonces, que la búsqueda de la felicidad de manera consciente es útil, ya que ayudaría a evitar desviaciones en el camino para así ir con mas rectitud hacia la meta.

 

Encrucijada

 

Yo tenia unos 14 o 15 años, y ser adolescente era tan duro como siempre: Implicaba llevar ciertas ropas de ciertas marcas, gustar de cierta música, peinarse de cierto modo; todo para ser considerado parte de ese colectivo del que uno no quiere quedar de lado.

Cuando uno es adolescente es probablemente más difícil que nunca ser capaz de diferenciar lo que uno es, lo que uno quiere y necesita, de lo que la presión social dice que uno debe ser, querer, hacer…

 

Un hito de la televisión argentina de los años ’90 (que aciagamente continúa hasta el día de hoy aunque con otro nombre) se llamó “Videomatch”. Se trataba de un programa de entretenimientos, humor y sketches cómicos, que en la mayoría de los casos recurría a la burla para hacer reír y que apelaba constantemente al golpe bajo o al humor poco refinado.

 

 

Al día siguiente de cada emisión no se hablaba de otra cosa en los recreos escolares. No haber visto el programa significaba quedar al margen, no saber de qué se hablaba y no sentirse integrado con tus compañeros de clase y amigos.

No es que yo fuera plenamente consciente de esta necesidad social; simplemente la visión de ese programa me divertía, me daba placer y me parecía una de las razones fundamentales de estar vivo.

 

Mis padres, sin embargo, no querían que yo mirara ese programa, aduciendo que los temas tratados y la forma de hacerlo no eran buenos o sanos para mi. Cualquier otro de mis amigos, sin embargo, veía el programa sin ningún obstáculo, y que a mí me fuera prohibido me parecía un exceso de inútil disciplina por parte de mis padres.

 

Pocos años después yo mismo dejé de ver Videomatch por propia decisión porque me parecía un programa lamentable. No obstante, también tengo claro que si bien los padres saben, o creen saber, lo que es correcto para sus hijos por experiencia propia, porque incluso con toda seguridad pueden afirmarlo pues ya lo han padecido o gozado, a pesar de todo esto a ningún hijo le alcanza con la experiencia de sus padres.

Parece ser una ley que el ser humano aprende lo bueno y lo malo sólo cuando lo siente en la propia carne. Sólo después de ver el programa por mucho tiempo pude llegar a una conclusión propia, que fue obviamente sesgada por la de mis padres, pero a la que jamás hubiera llegado con esa seguridad si yo no hubiera experimentado mi parte.

 

Volviendo a aquél programa televisivo fundamental de mi adolescencia, una noche particular yo luché y discutí por verlo y me fue negado. Ofendido, enojado, me senté afuera en la pequeña pirca de la puerta. Mi madre salió detrás dándome los argumentos de siempre que por más certeros que fueran, por entonces no hubieran podido jamás convencerme.

Fue en esta noche que nunca olvido cuando sucedió un hecho que me mostró una de las claves del porqué cuesta tanto alcanzar la felicidad. Como sucede muchas veces con las cosas importantes, yo no me di cuenta hasta algunos años después, siempre en retrospectiva.

 

 

Mi madre me puso en una encrucijada que de alguna forma marcó mi vida; me dijo:

“Si pudieras elegir entre ir adentro y sentarte a ver Videomatch o quedarte sentado aquí mismo pero siendo absoluta y por siempre feliz, ¿Qué elegirías?”.

 

Si uno se detiene un instante a sopesar la alternativa, será evidente que en la teoría la respuesta filosóficamente correcta sólo pude ser una.

Es decir, si uno anhela la felicidad y todo lo que realiza es en pos de ella, incluida la visión de un programa televisivo (que no es más que un medio para alcanzar ese fin), la sola posibilidad de ser feliz, es decir alcanzar la meta sin mediaciones, debería ser elegida sin dudas. Es una ecuación matemática.

Si alguien objeta que estando sentado ahí afuera me aburriría o no es lo mismo que ver el programa, se puede contra-argumentar que la felicidad absoluta es siempre la misma, sin importar si uno está sentado o si es campeón de maratón.

Quiero decir, algunos pueden argüir que de nada sirve ser feliz si uno no se mueve o si no hace lo que quiere. Sin embargo, si uno se mueve, actúa, y hace lo que quiere es justamente para ser feliz, y si esa meta final ya está lograda, no debería afectar en nada el hecho de moverse o no, por ejemplo.

 

Por si alguien lo dudaba, mi respuesta adolescente a la disyuntiva materna fue veloz y contundente: “Ver Videomatch”.

 

En mi mente adolescente no cabía la idea de que la felicidad absoluta y eterna fuera algo superior o diferente a ver el programa de moda. Imagino que para mi mamá fue una gran desilusión, un golpe a la educación que quería inculcarnos.

 

 

Retrospectiva

 

Miro hacia atrás, veo los detalles de esa noche, y entiendo muchos comportamientos de mi vida, muchos porqués de repetidas sensaciones, y además entiendo que no podrían haber sido de otra manera. Al parecer no hay escape, el aprendizaje se hace en retrospectiva, fallando una y otra vez, si es que uno tiene la suerte de llegar a aprender algo de manera definitiva.

 

Me han dicho que ser más feliz es una cuestión de decisión., lo cual generalmente implica cambiar alguna tendencia ya arraigada. Se trata de un cambio que en los papeles nadie duda en firmar pero que a la hora de la verdad asusta, ya que se trata de resignar el placer, la temporánea felicidad por algo mayor o mejor.

 

A este punto más de uno se estará preguntando, y con razón, ¿qué tiene todo esto que ver con la India? Pues bien, por un lado muchas de estas reflexiones fueron fraguadas en mis estadías en la India, en las largas noches de tren o en las abrasadoras tardes del Ashram.

Por otro lado, la mayoría de estas ideas están basadas y fomentadas por la filosofía espiritual de la India y por más que se trate de un episodio banal y occidental, su asidero se encuentra en esas antiguas y profundas enseñanzas orientales.

 

Y por último, todo este discurso también sirve de excesiva introducción para el próximo capítulo, esta vez sí, íntegramente desarrollado en la tierra sagrada de la India.

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