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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

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Ahiṁsā es el deber supremo

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La palabra sánscrita ahiṁsā ha sido popularmente traducida como “no violencia”, en especial con relación al Mahatma Gandhi y sus métodos político-espirituales en favor de la independencia de la India. De todos modos, creo que dicha traducción, aunque no incorrecta, no expresa de forma completa el significado de un concepto muy importante en el hinduismo, como así también en el budismo y el jainismo. Si vamos a la etimología,a-hiṁsā viene de la raíz verbal hiṁs (y ésta a su vez deriva de han), que significa “lastimar, dañar, herir, golpear, matar, destruir”.

Si le preguntáramos de forma aleatoria a cualquier persona en la calle, la mayoría diría que está en contra de la violencia, por supuesto, pero siempre tomando “violencia” como una agresión física o algún tipo de pelea. Cuando uno dice “no violencia” generalmente no piensa en formas de violencia menos visibles, ni en violencia verbal o, más sutil aún, violencia de pensamiento. Esa es la razón por la que encuentro que la traducción “no dañar” es más apropiada para expresar la idea completa y espiritual incluida en ahiṁsā.

Para la mayoría de yoguis, el concepto de ahiṁsā es muy conocido porque es el principal yama (regla ética) en el camino de los ocho pasos del Rāja Yoga, tal como los plantea el sabio Patañjali en los Yoga Sūtras, para llevar a una persona al estado de “interiorización completa” (samādhi). De hecho, todas estas reglas se basan y fundamentan en la práctica de “no dañar” y, como dice Sri Dharma Mittra, “sin Yamas no hay Yoga”.

En este sentido, en la tradición hindú existe una máxima sánscrita:

ahiṁsā paramo dharmah

Cuya traducción posible sería:

“no dañar es el deber supremo”

El término dharma tiene varios sentidos y es imposible de traducir en una sola palabra pero “deber” o “ley” son aproximadas en este caso. Swami Sivananda, por ejemplo, se pone menos literal – pero no por ello menos certero – y en su libro La Ciencia del Pranayama (p. 144) traduce: “ahiṁsā es la primera virtud que debe tener un aspirante espiritual”.

Si bien está máxima (ahiṁsā paramo dharmah) fue muy difundida por Gandhi, al parecer su origen textual se remonta al poema épico del Mahābhārata (Mahabhárata), cuya composición tiene unos 2.500 años de antigüedad (o quizás más). En dicha obra la frase aparece en diversas ocasiones y sobre distintos temas, como cuál debe ser el comportamiento de un brahmán; qué es la conducta virtuosa; o la no necesidad de utilizar animales para sacrificios rituales.

En el contexto de abstenerse de ofrecer o comer carne aparece el consejo del gran patriarca y sabio Bhīṣma (Bhishma) que, en su lecho de muerte y justo en medio de una guerra, dice (Mahābhārata, 13.117.38):

“No dañar es la ley (dharma) más elevada. No dañar es el auto-control (dama) supremo. No dañar es la caridad (dāna) suprema. No dañar es la auto-disciplina (tapas) suprema. No dañar es el ritual de sacrificio (yajña) supremo. No dañar es la fuerza (bala) suprema. No dañar es el amigo (mitra) supremo. No dañar es la felicidad (sukha) suprema. No dañar es la verdad (satya) suprema. No dañar es la enseñanza revelada (śruta) más elevada”.

Bhīṣma en su lecho de muerte compartiendo su conocimiento.

Obviamente, el primer paso para poner en práctica ahiṁsā es evitar la violencia física, lo cual incluye la abstención de comerse otros seres. Por tanto, el vegetarianismo es considerado un requisito ineludible para todo aspirante espiritual serio. Teniendo en cuenta el estado actual de la industria láctica, incluso ser vegetariano puede ser insuficiente, ya que el daño que se causa a otros animales consumiendo leche y sus derivados es muy grande (inyectado de hormonas a la vaca; separación del ternero recién nacido de su madre; extracción continua y antinatural de leche; encierro y mínimo espacio para vivir, etc.), sin hablar de las consecuencias ecológicas para el planeta.

Por ello, se dice que la dieta vegana (es decir, nada de producción animal) es la que, en estos tiempos, mejor respeta la enseñanza de ahiṁsā. En caso de consumir lácteos, se recomienda entonces que sean de la industria orgánica o “bio”, para reducir el impacto.

Como vegetariano que soy (y casi 100% vegano) más de una vez me han hecho la clásica pregunta: “¿Y acaso las plantas no sufren cuando las comen?”. Pues claro que pueden sufrir.

De hecho, el mismísimo Gandhi dijo que “el hombre no puede vivir ni un minuto sin cometer, consciente o inconscientemente, daño (hiṁsā). El sólo hecho de vivir (comer, beber, moverse) necesariamente implica algo de hiṁsā, destrucción de vida, aunque sea ínfima. Por lo tanto, quien ha hecho el voto de ahiṁsā permanece fiel a su voto si la fuente de donde nacen todas sus acciones es la compasión, si evita lo mejor que puede la destrucción de la criatura más minúscula, trata de salvarla y así incesantemente se esfuerza por liberarse de la espiral de hiṁsā” (en La historia de mis experimentos con la verdad, Parte IV, texto 39).

Por supuesto, la comida y la violencia física son sólo la “punta del loto” y practicar el no-dañar en palabra y pensamiento es seguramente más difícil. Lo que pasa es que uno, en general, empieza desde lo más burdo a lo más sutil, aunque los dos niveles puedan entrelazarse en el camino.

En cualquier caso, para mí la palabra clave es compasión y, basado en las enseñanzas de mis maestros, creo fundamental desarrollar esa cualidad tanto para poder desarrollarme espiritualmente, como para que los demás seres sean más felices y para que yo mismo sea más feliz.

Actuar siempre desde el amor y la compasión, sin guardar rencor, envidia ni otros malos sentimientos, debe ser hermoso y liberador. A por ello.

El vegetarianismo como solución global

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Hace cerca de tres años escribí un post explicando por qué yo era vegetariano o, en realidad, ovo-lacto-vegetariano. Por otro lado, hace un año que con Hansika hemos cambiado a una dieta vegana, que implica no comer nada que provenga de los animales, lo cual incluye huevos, leche y sus derivados, e incluso miel. Del estilo de vida vegano hablaré otro día, pues ahora quiero centrarme en el vegetarianismo más difundido que sí incluye lácteos y, en algunos casos, huevos (aunque en la India los vegetarianos no comen huevos).

Desde el punto de vista dietario es un tema muy polémico y como yo no soy nutricionista ni científico no puedo abordarlo de forma certera. Sólo cuento con mi propia experiencia de crianza y alimentación vegetariana sin problemas de salud. Un punto que sí me interesa tocar es el del terrible efecto que el consumo de carne provoca en los recursos del planeta. En el libro Comer animales del escritor norteamericano Jonathan Safran Foer se dan, entre otros, estos datos estadísticos:

“La ganadería industrial realiza una contribución al calentamiento global que es un 40% mayor que la de todo el sector del transporte junto, lo que la convierte en la responsable número uno del cambio climático” (pág. 57).

“Casi un tercio de la superficie terrestre del planeta se dedica al ganado” (p. 187).

“Actualmente, los productos animales siguen siendo sólo el 16% de la dieta china, pero los animales de granja suponen más del 50% del consumo chino de agua…” (p. 323).

Al parecer todos decimos tener consciencia ecológica y llegamos a convertimos en extremistas del reciclaje, sin embargo no sé hasta qué punto sabemos que el consumo de carne es el mayor factor contaminante del mundo, a la vez que es el principal destino de los cada vez más escasos recursos terrestres.

El escritor Álvaro Enterría tocó este tema la semana pasada, pasó los datos que antes cito, y compartió el vídeo de un discurso muy elocuente. En él, Philip Wollen, un filántropo australiano ofrece las innegables razones para ser vegetariano, y no habla de tanto de la salud propia como del bien de la humanidad.

En un momento ofrece un dato básico: “Se necesitan 50.000 litros de agua para producir un kilo de carne de res“. También dice: “Los países pobres venden su grano a Occidente, mientras sus propios hijos mueren de hambre en sus brazos. Y Occidente se lo da de comer al ganado, para poder comer un filete”.

El vídeo dura sólo 10′ y tiene buenos datos económicos y sociales:

Para algunos puede sonar utópico, pero los activistas vegetarianos sostienen que detener (o incluso reducir) el consumo de carne, eliminaría el hambre del mundo y daría esperanzas al planeta de no quedarse sin recursos ante el imparable crecimiento demográfico. De hecho, la iniciativa ecologista y global llamada Lunes sin carne es un gran ejemplo de cómo una mínima reducción del consumo de carne podría beneficiar al mundo. El esfuerzo es pequeño: que nadie coma carne los lunes.

Ahora, imaginemos por un momento que el tan terrible cambio climático, la contaminación global y la agonía de la Madre Tierra no dependieran más de las osadas intervenciones de Greenpeace o de las dudosas decisiones de nuestros gobernantes cegados por la codicia, sino que cada uno de nosotros pudiera hacer algo tan simple como cambiar su alimentación para salvar al mundo.

No estamos hablando de hacerse célibe, tejer en una rueca y caminar descalzo como Gandhi; no estamos hablando de salir a la calle a protestar o ser golpeado por policías; no estamos hablando de donar todas tus pertenencias, de cambiar de religión o de marcharte al exilio. Simplemente sentado en el sofá de tu casa, mirando la TV si quieres, cambias tu dieta y cambias el mundo, para mejor. Oh Yeah! puedes alegrarte, la revolución que tanto anhelabas está aquí y en tus manos.

Mosquitos, filetes y contradicciones

Como si esto fuera poco, reducir o eliminar el consumo de carne no sólo beneficiará a la humanidad de la que somos parte, sino que te causará beneficios personales, desde el punto de vista dietario y, muy importante, desde lo espiritual. En un discurso sobre el vegetarianismo (Premananda Satsang Vol. III, # 31), Swami Premananda se pone especialmente enfático y dice:

“Sé que las personas que se hospedan en el Ashram en la India se quejan de los mosquitos que hay allí. Si les pica un mosquito y les bebe una gota de su sangre arman un gran alboroto y se lamentan sin parar. Entonces, ¿cómo es para las ovejas, las vacas y los pollos que se sacrifican horriblemente para satisfacer la avidez del hombre? Les cortan el cuello; les golpean hasta la muerte o les matan de otras formas inhumanas. ¿Crees por lo tanto que un aspirante espiritual debe luego comer estas cosas? Los animales no pueden contar sus sentimientos, pero nosotros gritamos y lloramos si el simple mosquito disfruta nuestra sangre unos segundos.

Todos habláis de ‘Amor’ y ‘Compasión’ o decís ‘el plan de Dios para el mundo es defectuoso y hay demasiado sufrimiento’. ¿Quién causa el sufrimiento? El hombre causa el sufrimiento. Y él lo comenzó matando a sus semejantes para comerles. Decís que sentís amor en vuestro corazón y que queréis amar a Dios. ¿Cómo podéis pensar en el amor si, porque os agrada el sabor, podéis comer otra criatura? ¿Dónde está el amor? ¿Puede haber amor en vuestro corazón si queréis ser la causa de asesinato todos los días? ¿No tenéis sentimientos por el sufrimiento de estos pobres animales? Esperáis amor de los demás todo el tiempo, pero no queréis mostrarlo a las criaturas de Dios. Sólo deseáis matarlas y comerlas…

Cuando se mata a cualquier criatura, su cuerpo se llena de miedo y terror. Se liberan entonces ciertas sustancias químicas, tal como la adrenalina. Más tarde, si coméis esa criatura, también estáis comiendo la misma energía de miedo y las mismas sustancias. Así que, ahora habéis puesto trozos de cadáver en vuestro estómago. Habéis convertido vuestro estómago en un cementerio. Dios os dio este cuerpo. Es el regalo Divino para ayudaros a conocerle a Él. Él no quiere que lo convirtáis en un campo santo para vuestros semejantes. ¿Pensáis que es bueno enterrar animales, pescados y aves muertos en vuestro cuerpo? ¿Cómo podéis tornaros puros en cuerpo y mente si llenáis a ambos de carne muerta que se descompone? Es sin duda muy difícil”.

Sri Swami Premananda

Yoga y vegetarianismo

El discurso de Swami Premananda es fuerte y lo he elegido a propósito porque creo que este es un tema que necesita claridad. En la espiritualidad siempre se habla de flexibilidad y de adaptar las enseñanzas espirituales a la propia personalidad y necesidad. Es por ello que existen tantos caminos diferentes y tantos maestros distintos. Sin embargo, todos los textos yóguicos y los maestros espirituales de la tradición de la India son bastante unánimes en este punto: comer carne es romper con el precepto básico de ahimsā, de no-dañar.

En este sentido, y hablando de forma general (sin tener en cuenta cada caso particular que puede ser debatible), cualquier persona que se considere a sí misma yogui o yoguini debe ser vegetariana. Y esto no lo digo yo, sino la tradición del Yoga.

Asimismo, yo agrego que, para mí, un aspirante espiritual debe ser vegetariano por coherencia con su búsqueda; es decir, como dice Swami, no podemos esperar encontrar el Amor universal si matamos otros seres para comerlos; y tampoco podemos esperar encontrar la pureza interior si llenamos nuestro cuerpo de ‘cadáveres’.

La mítica viñeta de Quino. Clicando en ella se agranda.

Los asiduos lectores de este blog saben que soy relativamente flexible en la aplicación de las enseñanzas espirituales y nunca me pongo radical ni extremista. Asimismo, no me interesa meterme en el estilo de vida de cada persona, pues creo que uno debe concentrarse en cambiarse a uno mismo, antes que al resto. Sin embargo, hoy decidí hablar de este tema porque, más allá del ámbito espiritual, creo que es fundamental para el bien común.

Tanto nos quejamos de que el mundo va mal y, además, a algunos eso nos genera tanta angustia que pensé que está bien ser un activista del vegetarianismo. Los animales lo agradecerán, la Madre Tierra lo agradecerá, nuestros cuerpos y almas lo agradecerán, y quienes ignoraban esta información y la posibilidad tan cercana de cambiar el mundo, también lo agradecerán. Luego, que cada uno haga lo que pueda o quiera.

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