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Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

y

Swami Premananda y los problemas de la vida

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Hace unos días tuve la fortuna de asistir, cerca de Barcelona, a un encuentro público con el respetado maestro Swami Satyānanda Saraswatī en que se debatieron diferentes temas espirituales. Por descontado, el Swami inspiró a todos los presentes con sus enseñanzas y, entre otras cosas, habló de que uno hace sādhana (práctica espiritual) para aquietar la mente, para obtener un estado de consciencia más pulido que le permita tener destellos de su verdadero Ser… Y hablando de la mente y sus constantes fluctuaciones dijo, con una sonrisa pícara:

“¿Dónde está la mayoría de los problemas? En la mente. ¿Y dónde más? En la mente”.

Esta simple idea, tan propia de la filosofía hindú (en especial del Advaita Vedānta, que es la escuela “no-dualista”), no es fácilmente entendida en general, y muchos menos por personas occidentales que vivimos en este mundo moderno. Obviamente, uno se ve tentado a decir, los problemas están ahí afuera: no lo digo sólo yo; lo dicen también en el supermercado, en la escuela, en el trabajo y, cómo no, en el periódico. Y aunque me encierre en una habitación y apague la tele, sigo percibiendo los problemas exteriores; llámense éstos “el volumen de la radio del vecino” o “qué haré con mi futuro”.

No soy yo la persona adecuada para explicar este asunto, pues todavía tengo (o creo tener) muchos problemas en esta vida, pero por diferentes experiencias, propias y ajenas, estoy seguro de que la milenaria enseñanza que transmitió el Swami es correcta. Si alguien necesita una verificación más pop, el mismo concepto lo repitió varias veces, y con aires de comedia, George Harrison en la película animada de The Beatles, Yellow Submarine, de 1968: It’s all in the mind (“Todo está en la mente”). Ya se sabe que, de los cuatro Beatles, George fue el único que realmente abrazó la enseñanza espiritual de la India.

Un breve clip de la película para ilustrar:

En una línea similar, hay un proverbio que yo creía chino (pero que en Internet aparece también como árabe por ejemplo, aunque eso es lo de menos) que dice:

“Si tu problema tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no la tiene ¿por qué te preocupas?”

Todas estas citas encontraron un punto en común cuando leí la edición de enero 2015 de la revista Prema Ananda Vahini, publicación oficial del Sri Premananda Ashram de la India, en que Swami Premananda contesta una serie de preguntas sobre “los problemas de esta vida”.

La lectura de estas enseñanzas me resultó especialmente útil y por eso decidí compartirlas, ya que afrontan la idea de que los problemas son una construcción mental personal, a la vez que dan una guía práctica “con los pies en la tierra” para solucionarlos.

Le preguntan a Swami Premananda: ¿por qué hay problemas en esta vida y cuál es el sentido de afrontar tales dificultades?

Y Swamiji responde: “En realidad no hay problemas en este mundo. Si no entendemos nuestros deseos y nuestras expectativas o si nuestras expectativas y nuestros deseos aumentan sin límite, entonces atraemos problemas indeseables. Después de eso, nos empecinamos en tratar de resolver esos problemas. En realidad, no hay problemas que tengamos que resolver. Si tomáramos un problema y encontráramos su origen y la razón por la cual crece, nos daríamos cuenta que nosotros mismos fuimos los arquitectos de tales problemas.

Por tanto, los problemas surgen debido a nuestra propia ignorancia e imprudencia. Si seguimos llamando problemas a nuestras dificultades, nunca hallaremos una solución a esos problemas. Si comprendiéramos que nosotros mismos somos la causa de tales problemas y tomáramos las medidas apropiadas al respecto, entonces nuestros supuestos problemas se resolverían.”

Entonces a Swami le hacen la re-pregunta: cuando llegan los problemas, ¿debemos pelear contra ellos y cambiar nuestro estilo de vida o tenemos que aceptarlos como nuestro destino y no decir nada?

Y él dice: “Cuando surgen problemas, primero debemos tener la capacidad mental de afrontarlos más bien que sentir que Dios se hará cargo de todo. Nuestro propio esfuerzo humano también es necesario para superar problemas. Nuestro esfuerzo es realmente absolutamente necesario. Reaccionar ante los problemas es inútil. Es mejor dejar los problemas pendientes por un tiempo. Es preciso cultivar una mente que sea lo bastante fuerte como para decir: ‘Resolveré cualquier problema que surja’.”

Y finalmente: Swamiji, ¿cuál es el secreto para encontrar la fuerza interior que nos permita creer que podemos resolver tales problemas por nosotros mismos?

“La auto-confianza es esencial. Con auto-confianza se puede salir exitoso de cualquier problema. La gracia de Dios y la gracia del Gurú están siempre con vosotros. Por lo tanto, definitivamente se encontraría la solución a todos vuestros problemas. No os desalentéis quedando aletargados. Si esperáis inactivos sin resolver vuestros problemas, las consecuencias serán mucho más graves.”

Me permito una reflexión final: Swami dice que no existen los problemas, pero curiosamente le siguen preguntando sobre los problemas y cómo resolverlos. Como es lógico, si no hay problemas, tampoco puede haber soluciones. De todos modos, y poniéndose al nivel de cualquier hijo de vecino, Swami se pone menos más terrenal y explica que para solucionar los problemas hace falta coraje, paciencia, determinación, auto-confianza y ser proactivo.

Sin duda estas cualidades servirán para resolver nuestros “supuestos problemas” en el plano mundano, aunque no evitarán que sigan surgiendo nuevos problemas.

Ese paso, más largo y audaz, está explicado en la primera respuesta. Quien esté dispuesto a “tomar las medidas apropiadas” que lo haga. It’s all in your mind.

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