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Apunte sobre el año nuevo hindú

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Seguro que todos han escuchado decir que “el tiempo es relativo” o que incluso “no existe”, y también es sabido que el calendario gregoriano (llamado así por el Papa Gregorio XIII), según el que se rige el mundo moderno, tiene menos de 500 años y es un intento artificial de cuadrar el tiempo humano con el tiempo de los astros y la naturaleza. De todos modos, cuando llega el 31 de diciembre nos tomamos muy en serio el almanaque y, por artificial que sea, sentimos que algo cambia (o puede cambiar), intercambiamos buenos deseos y tomamos resoluciones para el próximo ciclo.

Es cierto que a fines de diciembre hay un solsticio y esa sí que es una verdadera bisagra natural para los ciclos vitales, que es especialmente auspiciosa para el hemisferio norte, pues aunque el solsticio de invierno traiga más frío es también el momento en que el Sol comienza otra vez su camino “hacia el norte”, lo que redunda en días cada vez más largos. En la antigua tradición india este cambio de dirección del Sol da inicio a la mitad más auspiciosa del año, que de todos modos se celebra con especial énfasis en Makara Saṅkrānti, un festival de la cosecha que cae el 14 de enero, y que aunque cambie de nombre o forma en cada región de la India, es en esencia el día en que el Sol entra en la constelación de Capricornio.

Más allá de este importante evento solar, para la tradición hindú el 31 de diciembre o el 1 de enero no significan nada en particular. Por supuesto, la India, como casi todo el resto del mundo moderno y por razones prácticas (y coloniales en su momento), ha adoptado el calendario gregoriano occidental como su calendario civil básico, pero para los hindúes el día de Año Nuevo es un hito un tanto impuesto (aunque ya aceptado).

En la India, en realidad, hay más de un calendario vernáculo; de hecho por cada región de la India hay diferentes calendarios con sus variaciones según festivales religiosos, idiomas, costumbres, historia…

De todos estos calendarios hay dos especialmente difundidos: Śaka samvat y Vikram samvat. Ambos calendarios se supone que fueron introducidos por sendos reyes, aunque los historiadores discrepan al respecto. En cualquier caso, la “era Vikram” se remonta al año 57 a.C., mientras que la “era Śaka (Shaka)” al año 78 d.C. Esto significa que entrando al año 2017 gregoriano, estaríamos en el año 2074 de la era Vikram (2017 + 57) y en el año 1939 de la era Śaka (2017 – 78).

Ambos sistemas tienen doce meses, aunque la era Śaka, que es el calendario oficial indio, es similar al gregoriano en el sentido que alarga los meses lunares para que cuadren con el año solar. En este sistema, el año nuevo comienza con el mes de Caitra (Chaitra), que equivale al 21/22 de marzo, es decir al equinoccio de primavera para el hemisferio norte.

La era Vikram, más tradicional, tiene doce meses lunares y, por tanto, su año da 354 días. Para cuadrar con los 365 días que emplea la Tierra en dar la vuelta al Sol se agrega un mes extra (llamado Adhika o Puruṣottama) cada tres años normales. Es decir que cada cuatro años hay un año de 13 meses. Esta extraña solución es, en esencia, idéntica al año bisiesto gregoriano y curiosamente también existe, por ejemplo, en el calendario hebreo o el chino tradicional.  El año nuevo de la era Vikram ocurre cuando acaba el mes de Caitra y comienza el de Vaiśākha, lo cual corresponde a la primera quincena de abril.

En muchos otros calendarios regionales, pero no por eso minoritarios, la fecha de año nuevo también equivale al marzo-abril gregoriano (una conocida excepción es el estado Gujarat que lo hace al acabar Diwali en octubre), lo cual indica que hay una clara tendencia a asociar el nuevo año con la llegada de la primavera. Sin duda, el simbolismo de la tierra que renace y se renueva no pasó desapercibido para los astrónomos antiguos, que como sabemos tenían un contacto directo con la naturaleza, al punto de mirar y medir las estrellas sin telescopios ni sofisticadas tecnologías modernas.

Por otro lado, existe una forma de medir el tiempo muy tradicional que es la que se basa en Kali Yuga, la “era oscura”, que según el hinduismo es el ciclo en el que se encuentra la humanidad actualmente. De las cuatro fases por las que pasa el universo desde su manifestación hasta su reabsorción (un proceso que se repite infinitamente), Kali Yuga es la más corta (solo 432.000 años) pero la más nefasta.

Sin entrar en esos detalles hoy (basta encender la tele y poner las noticias), lo pertinente es decir que el inicio de Kali Yuga se sitúa generalmente en el año 3102 a.C., fecha de la muerte de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna), la encarnación divina (avatāra) que enseña la Bhagavad Gītā. Según este conteo, estaríamos ahora en el año 5119 de Kali Yuga.

Todo esto es para decir que hay muchas formas de medir el tiempo y que el año no necesariamente cambia en un único día. Las fechas señaladas son útiles para recordarnos hechos o ideas que con la agitada vida cotidiana van quedando postergados; son símbolos de algo más trascendente que arrancar una hoja del calendario u organizar una cena.

En ese sentido, seguir varios calendarios puede ser muy útil: las resoluciones y los cambios para mejorar tu vida te son recordados con mucha más frecuencia.

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La SGAE y su destino en Kali Yuga

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En todos los países hay asociaciones que se encargan de velar por los derechos de autor de los artistas, en sus diferentes modalidades. En Argentina existe SADAIC y Argentores, por ejemplo, en Estados Unidos ASCAP y en España la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Por lo que recuerdo, siempre ha habido pequeños conflictos con estas entidades, pues su función es cobrar por la utilización del contenido creado por sus afiliados. De esta forma, si uno organiza una boda y pone música para bailar es casi seguro que estará utilizando el contenido de algún miembro de la asociación pertinente y, por tanto, deberá pagar.

Con la masificación de internet, las posibilidades de descargar y copiar contenidos artísticos se ha incrementado y el antiguo sistema basado en el copyright y su cobro, se tambalea. Cada país y cada entidad idean las soluciones que les parecen más convenientes ante este cambio de paradigma y, a este respecto, en los últimos años la SGAE es noticia en España por su defensa a ultranza de los derechos de autor. Una defensa que muchos juzgan excesiva, sobre todo teniendo en cuenta hechos, no aislados, como la intención de cobrar derechos a peluquerías por tener la radio encendida y, por tanto, utilizarla con fines de lucro para mejorar el nivel de su negocio.

La impopularidad de la SGAE en España ha crecido al mismo ritmo vertiginoso de la tecnología digital y de las redes sociales, sumado a las declaraciones poco felices que hacen con frecuencia sus directivos y también a acciones discutibles como, por ejemplo, pretender cobrar el 10% de la recaudación de un concierto a beneficio de las víctimas del terremoto de la localidad murciana de Lorca.

Dada la complejidad del tema y en busca de alguna pista, yo me pregunto, ¿cómo se han de juzgar los derechos de autor y la SGAE bajo la lupa de las enseñanzas espirituales?

Dinamismo

Hay variadas posturas sobre el tema de la propiedad intelectual, y entre los que abogan por la ‘libre circulación de contenidos’ hay un cierto consenso en que los autores de dicho material deben ser remunerados de alguna forma. No se discute tanto el derecho de autor sino la forma en que este se aplica, a través de unas leyes que están quedando anacrónicas con las nuevas tecnologías y cuya aplicación busca más el beneficio de las compañías intermediarias (discográficas, editoriales, distribuidores de cine…) que de los artistas en sí.

Parece innegable que, al igual que siempre ha sucedido, los tiempos están cambiando y, como es natural, muchos nos negamos a aceptarlo. Cuando los telares mecánicos reemplazaron los telares manuales, los antiguos operarios se quejaron por miedo al futuro, cuando apareció la televisión, la radio creyó que moriría; cuando apareció el VHS, los cinematógrafos auto-declararon su apocalipsis; cuando apareció internet, el papel vio su inminente final… En algunos casos las reacciones fueron exageradas, en otros, efectivamente, un elemento nuevo reemplazo al antiguo, una forma nueva reemplazo a otra que quedó obsoleta.

Al parecer esta es la ley del universo y de la naturaleza, que son dinámicos y están en continuo movimiento. ¿Por qué, entonces, no pasaría lo mismo con los hábitos sociales y culturales? ¿Qué sentido tiene negarse a lo inevitable? Al respecto, conocemos ejemplos llenos de clichés, como que el idioma español (y otras lenguas románicas) era considerado en su momento una deformación del latín, algo ante lo que se retorcían los puristas, y sin embargo ahora es considerada una lengua en toda ley ante la que, por supuesto, los puristas de hoy se retuercen al sopesar las posibles modificaciones del lenguaje canónico.

Según se desprende de la historia y de los hechos, el mundo es cambiante y por tanto es inútil intentar aferrarse a una imposible permanencia de las ‘cosas’. De todos modos, como es sabido, todos lo intentamos, yendo en contra del cauce natural de la vida. Sin adentrarme más en cuestiones existenciales, ¿podría ser este un argumento suficiente para que la SGAE cambie su punto de vista?

Modelo de negocio

Evidentemente, los ‘autores de contenidos’ deben ser remunerados si uno pretende seguir disfrutando de arte profesional (sobre todo música y películas, los ámbitos más ‘amenazados’), pues me parece justo que cada uno cobre por lo que sabe hacer, incluso si se trata de un bien inmaterial y colectivo como la ‘cultura’. De todos modos, lo que está cambiando es la forma en que se sostiene económicamente ese negocio de la cultura y el arte.

En el pasado muchos artistas eran mantenidos por un mecenas; con la masificación de la cultura en el siglo XX entraron en escena los intermediarios entre el artista y el público y así aparecieron compañías discográficas, estudios de cine, empresas editoriales; con la aparición y difusión de internet los intermediarios empiezan a perder peso y se impone la necesidad de cambiar el modelo de negocio.

Muchos artistas, sobre todo músicos, optan por poner su material en la web, al alcance de todos, facilitando un proceso que, en todo caso, es inevitable. Sobre todo los artistas emergentes aprovechan internet para darse a conocer, confiando en la ley física que dice que toda acción tiene una reacción equivalente y, por ende, si uno da, recibe.

Esta ley newtoniana no es más que un reflejo de una verdad espiritual que tiene muchas variantes (‘se recoge lo que se siembra’; ‘todo lo que va, vuelve; ‘ley kármica’), pero que de todos modos no siempre es tenida en cuenta. La espiritualidad hace hincapié en que para obtener más, hay que dar más. Y esta idea no se basa únicamente en el aspecto de la ‘satisfacción espiritual’, es decir, en que uno se siente más lleno cuando da o cuando ayuda.

No es sólo eso. La ley espiritual también repercute en cuestiones prácticas, y no es difícil buscar ejemplos en la vida propia que demuestren que cuando uno da, recibe. Y con más razón, cuando no da, pierde.

Yugas

En la cosmología hindú se habla de cuatro yugas, es decir de las diferentes ‘eras’ que estructuran el universo. Se trata de un proceso cíclico que tiene diferente duración según cual sea la fuente consultada. Algunos textos hablan de 12.000 años de duración ascendente y otros 12.000 años descendentes, entendiéndose por esto que las cualidades y virtudes de los seres que habitan el mundo pasan del estado más inferior al superior y viceversa. Según otras fuentes, quizás las más aceptadas a día de hoy, la duración de todo un ciclo ascendente o descendente es de 4.320.000 de años, o sea, un número que es más difícil de asimilar.

Dejando de lado la duración, es importante entender que hay cuatro yugas, a saber: Satya yuga (también llamada Krita yuga), que es la más elevada, equiparable a la ‘edad de oro’, donde los seres viven por cientos de años y donde la virtud es absoluta. Le sigue, en orden descendente, Treta yuga, donde la virtud decae en parte y comienzan a surgir pecados como la falsedad y el fraude. Equivaldría a una ‘edad de plata’. Luego llega Dvapara yuga, donde la virtud ocupa sólo la mitad del panorama, compartiendo lugar con las malas cualidades. La vida de los seres es cada vez menor. Equivale a la ‘edad de bronce’.

Finalmente, tenemos Kali yuga, donde la virtud ocupa apenas una cuarta parte del total. Los seres humanos viven menos, su altura es menor y sus opciones de salvarse de la eterna rueda de reencarnación (samsara) son bajas. Sería el equivalente a la ‘edad de hierro. ¿Alguien se atreve a adivinar en qué era nos encontramos actualmente?

Acertaron, estamos en Kali yuga, que literalmente quiere decir la ‘edad oscura’. Pero no desesperen, pues incluso en el peor de los tiempos hay prácticas que sirven para elevar espiritualmente al ser humano y recordarle su naturaleza esencial.

Código de Manu

El Manavadharmasastra, también conocido como Código de Manu o Leyes de Manu, es un antiguo texto sánscrito de la India que explica las reglas a seguir para la sociedad y sus diferentes clases de individuos. A Manu se le considera, además de un sabio, como el progenitor de la humanidad (una especie de Adán). Gran parte de lo que se explica en el texto sigue teniendo vigencia en la India actual, ya que el punto central de la enseñanza es el dharma, o la ley universal.

De esta forma, en un pasaje del código, Manu habla de las cuatro yugas y enumera cuáles prácticas son las adecuadas para cada yuga en particular:

tapah param krtayuge tretāyām jñānam ucyate                                                                                                                                        dvāpare yajñaevāhurdānamekam kalau yuge (1.86)

Haciendo traducción muy libre se podría decir que en Krita yuga la principal virtud a realizar es tapas, es decir la realización de austeridades, de prácticas ascéticas.

En Treta yuga se dice que es jñanam (o guianam), el sendero del conocimiento.

En Dvapara yuga, por su parte, se dice que es la realización de sacrificios, en el sentido de oblaciones y rituales.

Finalmente, en Kali yuga, la virtud a llevar a cabo es únicamente la liberalidad.

A primer golpe, esta palabra ‘liberalidad’ no me deja un significado tan claro, aunque buscando en la RAE, la definición es contundente: “Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensa”. Asimismo, entre los sinónimos de la palabra se encuentran ‘generosidad’ y ‘desprendimiento’.

Liberalidad

Se dice que cuando el Señor Krishna abandonó esta Tierra luego de la batalla que se cuenta en el poema épico del Mahābhārata, ese fue el final de Dvapara y el inicio de Kali yuga. Coincidentemente, la gran enseñanza de Krishna, expresada en la Bhagavad Gita, y destinada a ser útil durante Kali yuga, trata de cómo actuar sin esperar los frutos, de cómo cumplir el propio deber sin importar la recompensa.

Es verdad que en la ‘era oscura’ en la que al parecer nos encontramos, muchos maestros espirituales han dado recetas para elevar al ser humano. La devoción a lo Divino es una de las fórmulas más difundidas, por considerarse más plausible para una sociedad que está muy identificada con su cuerpo y sus emociones.

Por otra parte, el cumplimiento del propio rol, por el deber en sí mismo, sin esperar el fruto, es también otro camino. El dar de manera desprendida, de acuerdo a la ley natural, aceptando que intentar aferrarse a lo impermanente es de necios, es otra forma de explicar lo mismo.

Dicho todo esto, si hemos de juzgar a la SGAE según el antiguo Código de Manu, podemos intuir, sin ser grandes filósofos, que en esta Kali yuga lo tienen bastante complicado para salvarse. Aunque siempre están a tiempo, claro.

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