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El guru es inevitable

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El sábado 8 de julio se celebra Guru Pūrṇimā (guru púrnima), el día anual en honor al maestro espiritual, que suele caer en la luna llena del mes de julio. Para cualquier persona que tenga un maestro espiritual este día es de gran importancia pues el guru es quien nos muestra el camino para conocernos a nosotros mismos. No podemos esperar que el guru haga todo el trabajo ni que recorra el camino por nosotros pero sí podemos depender de su guía, al menos hasta que tengamos la madurez suficiente para ir solos.

Un fragmento de la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.14.1-2) nos habla de esto:

“Si de la región de los Gandhāras (un pueblo de la antigua India) un hombre fuese llevado con los ojos vendados y luego abandonado en un lugar desierto, ese hombre clamaría a las cuatro direcciones que ha sido llevado con los ojos vendados, abandonado con los ojos vendados.

Pero si alguien le aflojara las vendas y le dijera: ‘La tierra de los Gandhāras está en esa dirección. Vete a buscarlos en esa dirección’, entonces él, estando bien informado y siendo inteligente, llegaría a los Gandhāras indagando de aldea en aldea. De la misma manera, también en este mundo quien tiene maestro sabe que permanecerá aquí solamente mientras no se libere y que después llegará”.

Es decir que el maestro nos abre los ojos, nos muestra el camino correcto, y luego depende de cada uno seguirlo o no. Una persona, aunque tenga un maestro, si no hace esfuerzo alguno (“indagar de aldea en aldea”) difícilmente podrá avanzar en el sendero del auto-conocimiento. De forma similar, una persona con mucho anhelo y práctica puede sentirse a veces perdida sin una guía adecuada, pues podría ir en la dirección incorrecta.

Vivimos en un tiempo en que el rol del guru está en debate, ya que la tendencia del mundo moderno parece ir hacia la horizontalidad, es decir que las jerarquías se difuminan y todos, al menos teóricamente, valemos lo mismo y tenemos los mismos derechos y oportunidades. Hablamos de democracia asamblearia, de DIY, de tener tu propio blog independiente, de eliminar intermediarios, de proyectos de financiación colectiva, de economía basada en el intercambio de servicios… En este contexto, y bajo el lema de “todo está en uno mismo”, es normal que las personas renieguen de tener un guru.

Yo soy bastante tradicionalista y me encanta tener guru (de hecho, tengo al menos dos), pero entiendo que haya reticencia a aceptar que otra persona nos diga cómo vivir para conocer la realidad última. Curiosamente, que nos digan cómo vestir, cuán larga debe ser la barba, qué comer, qué leer, cómo amar, cómo criar hijos e incluso cómo solucionar nuestros traumas de infancia nos parece aceptable, pero cómo conocer nuestra esencia es algo demasiado íntimo para aceptar la opinión de terceros.

Mi ligero tono irónico se basa en que cuando aceptamos la verdad de que “todo está dentro nuestro” es porque la estamos escuchando de alguien y, por tanto, ese alguien se convierte, de una u otra forma, en nuestro guru. Si la frase la has visto en una publicación de Facebook y la tomas solo porque te legitima para hacer siempre lo que quieres, entonces no cuenta. “Todo está dentro” no significa que eres el emperador del universo sino que si ahora mismo se cortara la conexión de wi-fi, tuvieras la nevera vacía y estuvieras solo, podrías sentarte en quietud diez minutos y todo estaría bien.

Puede ser que parte del problema esté en la misma palabra guru, cuyo significado en la modernidad se ha desvirtuado un poco y también, hay que decirlo, porque siempre ha habido gurus falsos o engañadores. Si decimos maestro, guía o referente quizás suena mejor. Si decimos “inspiración” todos contentos. Yo, un poco por la celebración que nos atañe y otro para meter el dedo en la llaga, prefiero continuar, en este texto, hablando de guru.

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Hay muchas personas que se sienten grandemente atraídas por las enseñanzas del filósofo Jiddu Krishnamurti, cuya proposición básica es la de “hacer una revolución en la propia mente” ya que “el ser humano no puede ser iluminado por ninguna organización, credo, dogma, sacerdote, ritual, conocimiento filosófico ni técnica psicológica… y solo por observación de los contenidos de su mente”. Por supuesto, Krishnamurti reniega totalmente del papel del guru, habiendo él mismo renunciado a ese rol (en su caso, lo habían presentado casi como un Mesías). La paradoja está, sin embargo, en que quienes siguen las enseñanzas de Krishnamurti lo adoptan, explícitamente o no, como guru, como guía espiritual.

A este respecto me gusta una anécdota que cuenta Radhanath Swami en su hermosa autobiografía, The Journey Home, en donde relata su asistencia a varias charlas de J. Krishnamurti en 1970, en Delhi. Radhanath Swami, que todavía no era swami, estaba acompañado de un monje budista tailandés que tenía a su cargo a otros miles de monjes en un monasterio institucionalizado donde enseñaba meditación y ritual, justo todo lo contrario de lo que proponía Krishnamurti.

Al acabar la primera charla el monje admitió que lo que decía Krishnamurti era verdad, que tenía mucha lógica, y que tendría que “pensar seriamente sobre el tema” para saber cómo proseguir su camino religioso. Después de varios días de charlas, Radhanath le preguntó al monje si ya había tomado una decisión, y éste respondió:

  • “Regresaré a mi monasterio… Voy a seguir las enseñanzas del señor Jiddu Krishnamurti”.
  • “¿Cómo harás eso?”, dijo Radhanath.
  • “Voy a rechazar las enseñanzas del maestro que nos enseña a rechazar los maestros y las enseñanzas”, dijo con una pícara sonrisa.

Por supuesto que uno debe asumir la “responsabilidad personal y no apegarse excesivamente al aspecto externo del maestro”, como dice Radhanath Swami, pero tener un guía no solo es necesario, es inescapable. Para algunas personas serán los padres, o cierta ideología, o ciertos libros. Quienes tienen hijos siempre dicen que “son los más grandes gurus”, quizás porque te aniquilan el ego al obligarte a poner tus intereses siempre en segundo plano. Para otros, como Ramiro Calle, el maestro puede ser su gato o para muchas personas es simplemente “la vida”. De hecho, como ya sabemos, la vida es una gran escuela y está llena de maestros.

gato

Como buen ejemplo, en el Śrīmad Bhāgavatam (11.7.33-35), un sabio identificado como avadhūta, enumera los 24 gurus de los que ha aprendido la ciencia del Ser y ellos son:

“La tierra, el viento, el cielo, el agua, el fuego, la luna, el sol, la paloma y la serpiente pitón; el mar, la polilla, la abeja, el elefante y el ladrón de miel; el ciervo, el pez, una prostituta, un ave y un niño; una joven casadera, un fabricante de flechas, una serpiente, una araña y una avispa”.

De la tierra serenidad y dedicación, del viento desapego, del agua su pureza innata, del mar su capacidad de asimilación, de la abeja la cualidad de tomar solo lo bueno de cada cosa, del fabricante de flechas su concentración mental y así.

Personalmente, considero que tener un guru humano genuino que te guíe de forma personalizada, integral y directa en el camino espiritual es una gran fortuna y el método más seguro. Si alguien prefiere decirle maestro, hermano o amigo me parece bien. Si a alguien le alcanza con verlo en la naturaleza, lo celebro. Si alguien cree que únicamente “está dentro de uno mismo”, le doy la razón (aunque lo invito a estar vigilante). Si alguien cree que no existe, que se vuelva a leer este texto y, sobre todo, mire mucho a su alrededor.

La forma y el nombre pueden cambiar pero hay un principio universal, que en el hinduismo se denomina guru tattva, y que nos va guiando a todos y cada uno hacia el conocimiento de nuestra real esencia. Quien no quiera verlo solo demora un proceso que ya está en marcha. El guru es inevitable. Y por eso lo celebramos.

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