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La SGAE y su destino en Kali Yuga

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En todos los países hay asociaciones que se encargan de velar por los derechos de autor de los artistas, en sus diferentes modalidades. En Argentina existe SADAIC y Argentores, por ejemplo, en Estados Unidos ASCAP y en España la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Por lo que recuerdo, siempre ha habido pequeños conflictos con estas entidades, pues su función es cobrar por la utilización del contenido creado por sus afiliados. De esta forma, si uno organiza una boda y pone música para bailar es casi seguro que estará utilizando el contenido de algún miembro de la asociación pertinente y, por tanto, deberá pagar.

Con la masificación de internet, las posibilidades de descargar y copiar contenidos artísticos se ha incrementado y el antiguo sistema basado en el copyright y su cobro, se tambalea. Cada país y cada entidad idean las soluciones que les parecen más convenientes ante este cambio de paradigma y, a este respecto, en los últimos años la SGAE es noticia en España por su defensa a ultranza de los derechos de autor. Una defensa que muchos juzgan excesiva, sobre todo teniendo en cuenta hechos, no aislados, como la intención de cobrar derechos a peluquerías por tener la radio encendida y, por tanto, utilizarla con fines de lucro para mejorar el nivel de su negocio.

La impopularidad de la SGAE en España ha crecido al mismo ritmo vertiginoso de la tecnología digital y de las redes sociales, sumado a las declaraciones poco felices que hacen con frecuencia sus directivos y también a acciones discutibles como, por ejemplo, pretender cobrar el 10% de la recaudación de un concierto a beneficio de las víctimas del terremoto de la localidad murciana de Lorca.

Dada la complejidad del tema y en busca de alguna pista, yo me pregunto, ¿cómo se han de juzgar los derechos de autor y la SGAE bajo la lupa de las enseñanzas espirituales?

Dinamismo

Hay variadas posturas sobre el tema de la propiedad intelectual, y entre los que abogan por la ‘libre circulación de contenidos’ hay un cierto consenso en que los autores de dicho material deben ser remunerados de alguna forma. No se discute tanto el derecho de autor sino la forma en que este se aplica, a través de unas leyes que están quedando anacrónicas con las nuevas tecnologías y cuya aplicación busca más el beneficio de las compañías intermediarias (discográficas, editoriales, distribuidores de cine…) que de los artistas en sí.

Parece innegable que, al igual que siempre ha sucedido, los tiempos están cambiando y, como es natural, muchos nos negamos a aceptarlo. Cuando los telares mecánicos reemplazaron los telares manuales, los antiguos operarios se quejaron por miedo al futuro, cuando apareció la televisión, la radio creyó que moriría; cuando apareció el VHS, los cinematógrafos auto-declararon su apocalipsis; cuando apareció internet, el papel vio su inminente final… En algunos casos las reacciones fueron exageradas, en otros, efectivamente, un elemento nuevo reemplazo al antiguo, una forma nueva reemplazo a otra que quedó obsoleta.

Al parecer esta es la ley del universo y de la naturaleza, que son dinámicos y están en continuo movimiento. ¿Por qué, entonces, no pasaría lo mismo con los hábitos sociales y culturales? ¿Qué sentido tiene negarse a lo inevitable? Al respecto, conocemos ejemplos llenos de clichés, como que el idioma español (y otras lenguas románicas) era considerado en su momento una deformación del latín, algo ante lo que se retorcían los puristas, y sin embargo ahora es considerada una lengua en toda ley ante la que, por supuesto, los puristas de hoy se retuercen al sopesar las posibles modificaciones del lenguaje canónico.

Según se desprende de la historia y de los hechos, el mundo es cambiante y por tanto es inútil intentar aferrarse a una imposible permanencia de las ‘cosas’. De todos modos, como es sabido, todos lo intentamos, yendo en contra del cauce natural de la vida. Sin adentrarme más en cuestiones existenciales, ¿podría ser este un argumento suficiente para que la SGAE cambie su punto de vista?

Modelo de negocio

Evidentemente, los ‘autores de contenidos’ deben ser remunerados si uno pretende seguir disfrutando de arte profesional (sobre todo música y películas, los ámbitos más ‘amenazados’), pues me parece justo que cada uno cobre por lo que sabe hacer, incluso si se trata de un bien inmaterial y colectivo como la ‘cultura’. De todos modos, lo que está cambiando es la forma en que se sostiene económicamente ese negocio de la cultura y el arte.

En el pasado muchos artistas eran mantenidos por un mecenas; con la masificación de la cultura en el siglo XX entraron en escena los intermediarios entre el artista y el público y así aparecieron compañías discográficas, estudios de cine, empresas editoriales; con la aparición y difusión de internet los intermediarios empiezan a perder peso y se impone la necesidad de cambiar el modelo de negocio.

Muchos artistas, sobre todo músicos, optan por poner su material en la web, al alcance de todos, facilitando un proceso que, en todo caso, es inevitable. Sobre todo los artistas emergentes aprovechan internet para darse a conocer, confiando en la ley física que dice que toda acción tiene una reacción equivalente y, por ende, si uno da, recibe.

Esta ley newtoniana no es más que un reflejo de una verdad espiritual que tiene muchas variantes (‘se recoge lo que se siembra'; ‘todo lo que va, vuelve; ‘ley kármica’), pero que de todos modos no siempre es tenida en cuenta. La espiritualidad hace hincapié en que para obtener más, hay que dar más. Y esta idea no se basa únicamente en el aspecto de la ‘satisfacción espiritual’, es decir, en que uno se siente más lleno cuando da o cuando ayuda.

No es sólo eso. La ley espiritual también repercute en cuestiones prácticas, y no es difícil buscar ejemplos en la vida propia que demuestren que cuando uno da, recibe. Y con más razón, cuando no da, pierde.

Yugas

En la cosmología hindú se habla de cuatro yugas, es decir de las diferentes ‘eras’ que estructuran el universo. Se trata de un proceso cíclico que tiene diferente duración según cual sea la fuente consultada. Algunos textos hablan de 12.000 años de duración ascendente y otros 12.000 años descendentes, entendiéndose por esto que las cualidades y virtudes de los seres que habitan el mundo pasan del estado más inferior al superior y viceversa. Según otras fuentes, quizás las más aceptadas a día de hoy, la duración de todo un ciclo ascendente o descendente es de 4.320.000 de años, o sea, un número que es más difícil de asimilar.

Dejando de lado la duración, es importante entender que hay cuatro yugas, a saber: Satya yuga (también llamada Krita yuga), que es la más elevada, equiparable a la ‘edad de oro’, donde los seres viven por cientos de años y donde la virtud es absoluta. Le sigue, en orden descendente, Treta yuga, donde la virtud decae en parte y comienzan a surgir pecados como la falsedad y el fraude. Equivaldría a una ‘edad de plata’. Luego llega Dvapara yuga, donde la virtud ocupa sólo la mitad del panorama, compartiendo lugar con las malas cualidades. La vida de los seres es cada vez menor. Equivale a la ‘edad de bronce’.

Finalmente, tenemos Kali yuga, donde la virtud ocupa apenas una cuarta parte del total. Los seres humanos viven menos, su altura es menor y sus opciones de salvarse de la eterna rueda de reencarnación (samsara) son bajas. Sería el equivalente a la ‘edad de hierro. ¿Alguien se atreve a adivinar en qué era nos encontramos actualmente?

Acertaron, estamos en Kali yuga, que literalmente quiere decir la ‘edad oscura’. Pero no desesperen, pues incluso en el peor de los tiempos hay prácticas que sirven para elevar espiritualmente al ser humano y recordarle su naturaleza esencial.

Código de Manu

El Manavadharmasastra, también conocido como Código de Manu o Leyes de Manu, es un antiguo texto sánscrito de la India que explica las reglas a seguir para la sociedad y sus diferentes clases de individuos. A Manu se le considera, además de un sabio, como el progenitor de la humanidad (una especie de Adán). Gran parte de lo que se explica en el texto sigue teniendo vigencia en la India actual, ya que el punto central de la enseñanza es el dharma, o la ley universal.

De esta forma, en un pasaje del código, Manu habla de las cuatro yugas y enumera cuáles prácticas son las adecuadas para cada yuga en particular:

tapah param krtayuge tretāyām jñānam ucyate                                                                                                                                        dvāpare yajñaevāhurdānamekam kalau yuge (1.86)

Haciendo traducción muy libre se podría decir que en Krita yuga la principal virtud a realizar es tapas, es decir la realización de austeridades, de prácticas ascéticas.

En Treta yuga se dice que es jñanam (o guianam), el sendero del conocimiento.

En Dvapara yuga, por su parte, se dice que es la realización de sacrificios, en el sentido de oblaciones y rituales.

Finalmente, en Kali yuga, la virtud a llevar a cabo es únicamente la liberalidad.

A primer golpe, esta palabra ‘liberalidad’ no me deja un significado tan claro, aunque buscando en la RAE, la definición es contundente: “Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensa”. Asimismo, entre los sinónimos de la palabra se encuentran ‘generosidad’ y ‘desprendimiento’.

Liberalidad

Se dice que cuando el Señor Krishna abandonó esta Tierra luego de la batalla que se cuenta en el poema épico del Mahābhārata, ese fue el final de Dvapara y el inicio de Kali yuga. Coincidentemente, la gran enseñanza de Krishna, expresada en la Bhagavad Gita, y destinada a ser útil durante Kali yuga, trata de cómo actuar sin esperar los frutos, de cómo cumplir el propio deber sin importar la recompensa.

Es verdad que en la ‘era oscura’ en la que al parecer nos encontramos, muchos maestros espirituales han dado recetas para elevar al ser humano. La devoción a lo Divino es una de las fórmulas más difundidas, por considerarse más plausible para una sociedad que está muy identificada con su cuerpo y sus emociones.

Por otra parte, el cumplimiento del propio rol, por el deber en sí mismo, sin esperar el fruto, es también otro camino. El dar de manera desprendida, de acuerdo a la ley natural, aceptando que intentar aferrarse a lo impermanente es de necios, es otra forma de explicar lo mismo.

Dicho todo esto, si hemos de juzgar a la SGAE según el antiguo Código de Manu, podemos intuir, sin ser grandes filósofos, que en esta Kali yuga lo tienen bastante complicado para salvarse. Aunque siempre están a tiempo, claro.

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