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Similitudes y diferencias entre mokṣa, kaivalya, nirvāṇa o samādhi

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En el curso presencial de Filosofía & Yoga que imparto en Barcelona surgió la pregunta de la diferencia entre varios conceptos sánscritos referentes al estado espiritual más elevado que puede alcanzar una persona, y que a veces llamamos “iluminación”. Como seres comunicacionales inevitablemente debemos usar las palabras para entendernos, a la vez que las palabras justamente nos pueden jugar en contra con conceptos tan sublimes que están más allá de lo que nuestra limitada mente analítica puede aprehender.

A la limitación lingüística hay que sumarle que cada escuela filosófica agrega su cosmovisión particular a los conceptos tradicionales y que, según quién los diga, su sentido puede verse modificado. En cualquier caso, a continuación hacemos una breve exposición de la terminología y su uso más difundido:

Mokṣa: También conocido como mukti. En ambos casos, el término viene de la raíz verbal √muc, que es “soltar, liberar”, y se suele traducir como “liberación”. De todos los conceptos referidos a la “salvación” mokṣa es probablemente el más usado, ya que es el más importante de lo que, en la tradición hindú, se conoce como los puruṣārtha, los cuatro “fines de la vida”. Según el hinduismo toda persona puede disfrutar de los placeres sensoriales (kāma) y procurarse bienestar material (artha) si lo hace con rectitud, siguiendo el deber social y moral (dharma). Eso sí, el fin último siempre es mokṣa, la liberación del saṁsāra, es decir la rueda de muerte y renacimiento, donde hay altibajos constantes y cuyo balance final siempre es el sufrimiento.

¿Qué pasa cuando uno alcanza mokṣa? Pues la respuesta varía grandemente según la escuela filosófica que responda, pero la declaración unánime es que se trata de un estado de plenitud en el que no hay más sufrimiento ni condicionamientos.

moksha

Kaivalya: Es el término que usan las filosofías Sāṁkhya y Yoga, entendiendo esta última como la escuela basada en los Yogasūtras de Patañjali. Viene de la palabra kevala, que significa “solo, exclusivo, aislado, sin mezcla” y se traduce como “aislamiento”.

La idea puede sonar mal, pero hay que entender que se refiere a la desidentificación entre el espíritu (puruṣa) y la materia (prakṛti), de manera de separar o “aislar” aquello que realmente somos y nunca cambia – espíritu – de lo que está en cambio constante y, por tanto, nos hace sufrir. No se trata de un rechazo a la materia sino más bien de desidentificarse de sus modificaciones que, a la larga, siempre llevan a la enfermedad, la vejez y la muerte físicas. Esta diferenciación se logra mediante el aquietamiento de la mente (nirodha) y el conocimiento discernidor (viveka khyāti). Según se explica, en el estado de kaivalya no hay placer ni dolor sino una paz imperturbable.

Una de las posibles traducciones de la polisémica palabra yoga es “unión” y actualmente la definición más popular de Yoga como disciplina es “unión de mente, cuerpo y espíritu” o quizás “unión de lo individual con lo Supremo”. Es paradójico que la meta final de la filosofía Yoga de hace dos mil años haya sido, no tanto la “unión”, como la “separación” de la consciencia que siempre está observando respecto a la mente que, en realidad, es el objeto de observación.

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Nirvāṇa: Viene del sánscrito √ que es “soplar” y que con el prefijo privativo nir podría ser “sin soplido” o incluso “apagar soplando”, ya que refiere a un elemento – quizás una vela – que se “extingue”. Refiere a un estado de cesación y calma, donde incluso sin soplar el viento la llama de la vela es consumida, como símbolo de la extinción de todos los deseos que nos llevan a crear karma que es, su vez, lo que nos lleva a renacer.

Nirvāṇa (en lengua pali es nibbāna) es el término utilizado por excelencia en el budismo, sobre todo más antiguo, para referirse a la meta de la vida, que no es otra cosa que la liberación de la rueda del saṁsāra. Como en muchos otros casos, el cruce de influencias entre budismo e hinduismo es obvio. La misma palabra nirvāṇa aparece como el fin último en el Mahābhārata, la gran épica hindú. De todos modos, es un concepto preferentemente asociado al budismo.

vela

Samādhi: Su etimología es sam + ādhā, “poner en conjunto”, pero hacer una buena traducción a la altura de este difundido concepto es ardua tarea. Es en la filosofía del Yoga de Patañjali donde más se trata este concepto y allí se presenta tanto como parte del método de ocho elementos (aṣṭāṅga yoga) como su misma meta. Como técnica meditativa, samādhi refiere al estado más refinado de concentración mental en que, aquietando su actividad mental, el sujeto meditador se funde con el objeto de meditación y, en consecuencia, toma consciencia de ser algo separado de su propia mente. Para complicarlo más, Patañjali distingue diferentes tipos de samādhi según los procesos mentales que ocurren durante la meditación.

Entre las posibles traducciones tenemos: contemplación, interiorización completa, absorción, concentración, éxtasis o, como dice Mircea Eliade, énstasis, ya que la experiencia yóguica no va hacia afuera (ex) sino hacia dentro (ens). Para mí la mejor opción es no traducir la palabra, como hacemos con muchos otros términos sánscritos.

En cualquier caso, la naturaleza del samādhi final también es motivo de debate porque, siendo un tipo de concentración mental, algunos estudiosos limitan su experiencia al ámbito de la meditación. Otros, en cambio, consideran que, una vez alcanzado, ese estado se puede mantener en el día a día cotidiano.

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Como conclusión personal, creo que los diferentes términos son diferentes formas de expresar lo que, en esencia, es una misma experiencia. Por supuesto, los métodos para llegar a esa experiencia varían según cada escuela e incluso lo que sucede en ese estado de “liberación” es presentado de forma diversa según cada caso. Dependiendo de nuestra personalidad y tendencias un camino o un concepto pueden ajustarse mejor que otros.

Ojalá todos encontremos el que nos corresponde y ojalá, sobre todo, tengamos la determinación de seguirlo.


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