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El maestro, la saṅgha y los tiempos modernos

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En 1968, John Lennon compuso su conocida canción Across the universe, que algunos críticos musicales calificaron de “infantil y aburrida” y que, además de estar llena de referencias a sus viajes lisérgicos, incluye una frase sánscrita tomada de Maharishi Mahesh Yogi, el gurú indio difusor de la Meditación Transcendental que llevó a The Beatles a Rishikesh. La frase o mantra en cuestión es:

jai guru deva om

O sea:

“Viva el divino maestro om

Si bien el movimiento de Meditación Trascendental no puede ser considerado ortodoxo desde el punto de vista hindú, el mantra jai guru deva om hacía referencia al propio guru de Maharishi Mahesh, que sí era un shankaracharya ortodoxo, es decir la figura principal de los monasterios (math) tradicionales hindúes. En medio de la efervescencia ideológica y espiritual de los 1960’s, Lennon mezcla LSD con mantras al gurú, dejando así patente que el enfoque occidental sobre el rol del maestro espiritual traería variaciones respecto a la antigua tradición hindú.

Como sabemos, la relación guru-śiṣya, es decir “maestro-discípulo”, es básica en la visión hindú, en la que el conocimiento espiritual siempre se ha transmitido directamente, en una relación cara a cara, y en la que la enseñanza oral tiene gran importancia, pero todavía mucha más la enseñanza silenciosa que consiste en la transmisión psíquica o energética que un maestro puede otorgar solo con su presencia física (este documental en inglés es un gran ejemplo). En Occidente, con la popularización del Yoga y la filosofía hindú, esta relación personal, y sobre todo jerárquica, fue perdiendo vigencia.

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Mirando atrás vemos que este fenómeno ya comenzó en los años 1920’s, cuando los primeros gurús indios llegaron a Estados Unidos, y para difundir sus enseñanzas utilizaron el entonces popular método de “lecciones por correspondencia”. El mismo Paramahansa Yogananda, quizás el maestro indio más influyente en la difusión de la filosofía espiritual india en Occidente en la primera parte del siglo XX, y su organización (Self-Realization Fellowship) enseñaron e iniciaron por correo a miles de personas en todo el mundo y todavía lo hacen (aunque ahora la iniciación formal se hace de manera presencial).

Sobre estos cursos por carta, el estudioso Mark Singleton dice que podemos tomarlo como una “fase intermedia en el pasaje de un modelo exclusivamente basado en la relación guru-discípulo, hacia el modelo de autoayuda que predomina hoy”.

Modelo de autoayuda significaría que, por un lado, uno no requiere necesariamente de un maestro, ya que la información está más disponible que nunca y, por otro lado, que uno puede ir tomando lo mejor de cada método o maestro y así armarse su propio camino personal. Por tanto, en la actualidad pocas personas están interesadas en tener un compromiso formal con un “maestro”, aunque eso no niega que todos tengamos, de una u otra manera, personas que nos inspiran y de las que tomamos enseñanzas.

Resultado de imagen de horizontalidad

La modernidad, que es el tiempo en el que los sociólogos dicen que vivimos, es una época paradójica porque, por un parte, se han derrumbado las grandes ideologías colectivas y todo parece haberse centrado en el individualismo y el hedonismo. Al mismo tiempo, esta importancia que ha cobrado el individuo tiene aspectos positivos en la supuesta igualdad de derechos universales que tenemos todas las personas. Las jerarquías tradicionales han perdido fuerza y hay una tendencia hacia la horizontalidad. Justamente, y en contra de este individualismo extremo, cada vez más se puede ver un fenómeno de unión social a diversos niveles, como son las cooperativas, las asambleas, los proyectos de financiación colectiva, las plataformas de intercambio de casas o de compartir coches.

El mensaje actual, tanto a nivel publicitario como a nivel espiritual, es que uno puede hacer “todo por sí mismo”, “puede construirse su futuro” y “alcanzar todos sus sueños”. Para mí está claro que ese mensaje es un arma de doble filo y, especialmente en el plano del autoconocimiento, hay que analizar bien si para uno es suficiente con ser su propio maestro o necesita de un tercero.

Esta tendencia a prescindir de un maestro externo se puede ver en muchos lados, pero me llamó especialmente la atención cuando escuché la “traducción” del mantra jai guru deva om por parte de un conocido devoto de Sri Sri Ravi Shankar, a su vez discípulo del ya citado Maharishi Mahesh. La traducción que hace es:

“Saludo a lo más hermoso que hay en ti”.

Yo soy tradicionalista y me gusta la idea de tener gurú, pero también he notado este fenómeno de horizontalidad y me pregunto si los tiempos están cambiando. Como ejemplo, me vienen al dedillo estas palabras del escritor y filósofo español Vicente Merlo, hablando de lo que él llama la “espiritualidad transreligiosa”:

“Cada vez me gusta menos emplear el término ‘maestro’ en el campo de la espiritualidad. Y no porque crea que no hay personas que merecen ese calificativo en su más alto sentido, sino porque genera casi inevitablemente una distancia y un sentimiento de minusvalía ante la persona a la que se tiende a idealizar y deshumanizar subiéndola al pedestal y lanzando multitud de proyecciones sobre ella. Creo que no es necesario recordar los muchos aspectos positivos de la relación maestro-discípulo, cuando esta es sana y fecunda, un impulso para el crecimiento auténtico, pero no quiero ignorar los aspectos menos positivos, que a menudo se activan ante el simple hecho de llamar a alguien ‘maestro’.
Prefiero, más bien el término ‘amigo espiritual’, que sin ser tan rimbombante y aunque sea más ambiguo, puede recoger perfectamente el valor de una relación que en la forma llama a la horizontalidad y la comunicación entre iguales, aunque en el fondo estimule sobre todo la profundidad y el ascenso vertical, propiciando una relación inter-personal que se convierte en transpersonal”.

Es un tema para reflexionar y que genera polémica entre la visión tradicional y la moderna. A veces el problema simplemente radica en la palabra que se usa, pues a muchas personas modernas no le gusta usar gurú o maestro, aunque la función de la relación sea similar.

Al mismo tiempo, de acuerdo con este paradigma de la horizontalidad, además del “amigo maestro” es muy importante la comunidad de practicantes como sostén para el propio camino individual. Sobre todo si el maestro está lejos, o también porque con los demás practicantes tenemos total simetría relacional, la comunidad puede convertirse en una inspiración, un refugio y un acicate.

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Esto, en realidad, no es moderno. Ya hace más de dos mil años el Buddha creó las órdenes monásticas, que se conocen como saṅgha, y que, junto al rol del maestro y su enseñanza (dharma) son las “tres joyas” en las que toman refugio los practicantes budistas.

La palabra sánscrita saṅgha significa “asamblea, grupo, asociación, compañía, comunidad” y actualmente muchos buscadores espirituales, que no son budistas ni se comprometerían abiertamente con una religión o camino espiritual específico, destacan la saṅgha como sostén de su práctica.

Por supuesto, para que haya saṅgha tiene que haber enseñanza y tiene que haber un maestro que la imparta o haya impartido. En ese sentido, el gurú externo sigue siendo inevitable. La cuestión parece residir, entonces, en la importancia que hoy se le otorga y, especialmente, en la posición que asume dentro del creciente paradigma moderno de horizontalidad.

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