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La visión del Yoga sobre la depresión y cómo superarla

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Hace unos días leí un muy interesante y actual artículo de David Frawley, reputado especialista en la tradición védica y gran difusor del yoga y el ayurveda en Occidente. El artículo original estaba en inglés (aquí) y con la ayuda de mi esposa Hansika decidimos traducirlo para beneficio de quien corresponda. Concuerdo grandemente con lo que explica Frawley, en parte porque yo mismo he pasado por varias fases en mi vida que podría calificar de “depresivas”. Comparto el texto prácticamente íntegro, es un poco largo pero vale la pena. Espero sea útil:

“La depresión se está convirtiendo en una epidemia, sobre todo en el próspero mundo occidental. Afecta de igual modo tanto a jóvenes como mayores, a ricos como a pobres, a personas cultas como a personas sin formación. Para combatirla, se recetan cada vez mayores cantidades de medicamentos antidepresivos, de los que se van introduciendo distintas variedades en el mercado.

Este problema nos lleva naturalmente a la cuestión de fondo: ¿Cuál es la causa de la depresión? Hay muchas explicaciones, algunas muy informativas o aclaratorias. Sin embargo, me gustaría mirar más allá de cualquier teoría compleja. Para simplificarlo, la causa de la depresión es el estímulo. Cuanto más dependemos del estímulo externo, es más probable que con el tiempo más nos deprimamos. Hay múltiples motivos para ello.

Primero, siempre que cualquier estímulo al que nos hemos acostumbrado se reduzca o inhiba, es más probable que nos deprimamos o sintamos algún tipo de síndrome de inhibición, ya que nos hacemos dependientes del estímulo para energizar nuestro sistema nervioso.

Segundo, con el tiempo, es más probable que nos aburramos o deprimamos con cualquier tipo de estímulo, ya que la repetición hace perder la novedad. El umbral en el que cualquier estímulo nos afecta va aumentando a medida que lo experimentamos con asiduidad.

El hecho es que esa dependencia de factores externos para entretenernos, comprometernos o motivarnos hace que perdamos nuestro propio poder de motivación, lo cual resulta en una futura depresión.

La Era Moderna de la Estimulación Mediática y la Medicina Basada en Medicamentos

En el mundo moderno de la alta tecnología estamos sujetos a mucho más estímulo y entretenimiento que en cualquier época anterior. Muchas personas están conectadas todo el día con música, vídeos, redes sociales o Internet (casi desconectándose del resto de la vida, incluso del resto de personas). No sabemos cómo estar solos, en silencio, en la naturaleza o incluso cómo tener una relación directa con alguien.

Además de nuestros estímulos sensoriales muchos de nosotros tomamos drogas recreativas o medicinales que tienen efectos secundarios adictivos y devastadores. Hay epidemias en cuanto a la cantidad de opiáceos que las personas toman hoy en día como analgésicos o sencillamente como adicción a las drogas opiáceas, de las que hay muchas formas nuevas artificiales y poderosas que son incluso más adictivas. La depresión se puede conectar con adicciones de varios tipos, desde adicciones sensoriales a todo tipo de adicciones a sustancias. Aún así la depresión normalmente se puede relacionar con un tipo de vida que mira hacia fuera, incluso si tenemos adicciones específicas. Algunos de nosotros puede que nos sintamos deprimidos por el estado infeliz del mundo actual. Ésta es otra complicación basada en prestar demasiada atención al mundo externo, eclipsando nuestra práctica espiritual interior.

El Mito de la Depresión como un mero problema en la Química Cerebral

La ciencia médica más reciente nos cuenta que la depresión es un producto de una química errónea en nuestros cerebros, y que dicha deficiente química cerebral como mejor debe ser tratada es con medicamentos, ya que es un problema químico. El resultado de ello es que, en lugar de tratar la depresión mirando nuestro comportamiento o nuestras circunstancias de vida, tenemos multitud de nuevas variedades de medicamentos antidepresivos que no existían hace unas pocas décadas. Incluso con todos los antidepresivos que tomamos, parece que nos deprimimos más. Algunos antidepresivos tienen como efectos secundarios deprimir más. Esto es esperable. Como la depresión es resultado de la dependencia de estímulos externos, categoría en la que los medicamentos antidepresivos también encajan, es probable que a largo plazo creen más depresión o que, al menos, reduzcan nuestro nivel de creatividad, contentamiento y motivación.

La medicina basada en medicamentos nos dice que nosotros no somos responsables de los desequilibrios en la química del cerebro. Somos víctimas de la química de nuestros cerebros que depende de varios factores más allá de nuestro control, empezando por la genética. Creer que esta afirmación es cierta nos puede hacer sentir personalmente liberados de culpa, pero absolvernos de toda responsabilidad por nuestra condición, nos quita nuestra habilidad de controlar o mejorar nuestra propia salud y bienestar. Si somos víctimas de la química cerebral, ¿qué es un ser humano o un alma humana y qué responsabilidad tenemos realmente en la vida?

Depresión y Problemas de Comportamiento

El hecho es que la mayoría de depresiones están basadas en el comportamiento. Nuestros estilos de vida incorrectos por demasiada actividad, sobreestimulación y desconexión con el mundo de la naturaleza, nos pueden dejar exhaustos y deprimidos, especialmente a nivel psicológico y emocional. El yoga nos enseña que la cualidad de rajas o “excesiva agresión y estímulo” nos lleva a la cualidad de tamas o “oscuridad, inercia y depresión” al agotarnos, quemarnos o al hacernos demasiado hiperactivos, sensibles, inquietos y estresados.

En nuestra sociedad orientada al individualismo a menudo terminamos solos, ya que la familia y la comunidad se subordinan a los logros individuales. Esto nos hace más dependientes de la estimulación mediática para llenar el vacío en nuestras vidas. Soledad y depresión a menudo van juntas.

Para verlo desde otro ángulo, la depresión no es más que baja energía en la mente o en un nivel psicológico. Hasta cierto punto, igual que todos tenemos períodos de baja energía física, particularmente como consecuencia de una actividad excesiva, también tenemos períodos de baja energía mental como consecuencia de demasiado trabajo o estimulación mental o emocional. Del mismo modo que la baja energía física se debe a una falta de ejercicio y a una nutrición carente, la baja energía psicológica se debe a una falta de ejercicio mental y a una carente nutrición de la mente.

¿Cuántos de nosotros ejercitamos nuestras mentes de modo creativo e inteligente más allá de sólo seguir los entretenimientos masivos y sin sentido? ¿Habéis examinado la nutrición mental que ingerís a través de vuestros sentidos? A través de los medios dejamos que en nuestras mentes entren personas que jamás dejaríamos entrar en nuestras casas. Como entretenimiento vemos programas llenos de violencia, destrucción y emociones negativas.

La depresión indica una débil inmunidad psicológica y física. Muchas de las personas que dicen padecer depresión en realidad no han sufrido mucho en la vida en términos de enfermedades o carencias, pero reaccionan así a problemas emocionales, a menudo enraizados en la niñez. La depresión conlleva demasiada fijación en nuestro ser personal y nuestro ego, como si fuera un tipo de narcisismo invertido. Cuanto más pensamos en nuestra depresión, lo cual supone prestarle más atención, peor se vuelve.

Qué Nos Puede Enseñar la Depresión

Lo primero para tratar la depresión es que no deberíamos considerar la depresión como enemigo, como un patógeno a destruir, como algo que viene de fuera. Debemos intentar entender su causa dentro nuestro y cuál es su mensaje sobre cómo vivimos y pensamos. Deberíamos intentar entender qué nos dice nuestra depresión y qué nos puede estar enseñando sobre nuestra situación en la vida.

La depresión, como el dolor, puede ser el síntoma de un problema más profundo. Puede que la depresión nos esté diciendo que hay algo frustrante o incluso errado en nuestras vidas, y que puede que tengamos que cambiar quién somos o cómo funcionamos en el mundo. Puede que nos esté diciendo que no estamos utilizando nuestro tiempo sabiamente y que tenemos que cambiar nuestra rutina diaria. La depresión puede tener su base en relación a la espiritualidad, ya que sin una práctica de meditación o valores más profundos, el mundo externo probablemente nos haga sentir vacíos, agotados y sin ningún valor en sí mismo.

Tratamiento Para la Depresión

¿Cuál es el tratamiento para la depresión? Primero tendría que ser principalmente de comportamiento, aunque muchos otros factores pueden ayudar. Debería basarse en la curación natural y no en sustancias artificiales. Nada sin prāṇa o “fuerza vital” puede, a largo plazo, elevar nuestros espíritus, los cuales reflejan nuestro prāṇa. Tenemos que aprender a retirarnos de los estímulos externos y desarrollar nuestra propia creatividad interna, motivación y disciplina para superar la depresión. La depresión puede ser una señal de que debes apartarte y continuar con tu vida hacia un nuevo nivel de conciencia. La depresión puede que también oculte miedos más profundos. Si no desafiamos nuestros miedos, la depresión puede que nos mantenga en la sombra, junto a ellos.

Para ir más allá de la depresión tenemos que dejar de interpretar el papel de víctimas en la vida y asumir responsabilidad kármica de quién somos. Tenemos que empezar a buscar una vida de mayor conciencia más que el mero disfrute personal y éxito externo. Tenemos que dejar un modelo de comportamiento químico y aceptar que nuestro estado mental se basa en nuestros propios valores, acciones y motivaciones: en nuestro estilo de vida. Tenemos que dejar de culpar a nuestros cuerpos, nuestros padres o incluso nuestra sociedad, por quienes somos. Tenemos que empoderar nuestro ser interior y esto sólo se puede hacer desarrollando fuerza de voluntad. Naturalmente esos cambios de personalidad y de comportamiento no pueden darse de un día para otro, pero los podemos ir introduciendo a diario gradualmente.

Hay cosas sencillas que se pueden hacer para la depresión en Yoga y Ayurveda.

Podemos usar aromas estimulantes o incienso como champak, frangipani, alcanfor, eucalipto, menta, salvia o tulsi. Podemos utilizar aceites de nasya para despejar nuestras fosas nasales o una neti pot (o lota) para limpiarlas y llevar más prāṇa a la cabeza. Podemos practicar prāṇāyāma para llevar energía más profunda al cerebro. A medida que nuestras fosas nasales y pulmones se abran y nuestra respiración sea más profunda y plena será más difícil caer en depresión o quedarse en ella.

Podemos cantar mantras como Hrīṁ o Om namah śivāya, o cualquier mantra que nos guste, o repetirlos en silencio para que nuestra energía se mueva. Podemos utilizar infusiones herbales ayurvédicas como tulsi, calamus o brahmi para mejorar la circulación en el cerebro, o plantas calmantes como aceite de sándalo en la cabeza.

Podemos salir a la naturaleza, dar un paseo por la montaña, ir a nadar o tomar una clase de haṭha yoga. Tenemos que mover nuestros cuerpos. Podemos hacer posturas invertidas para llevar energía al cerebro.

Deberíamos aprender a relacionarnos con la vida y el universo a través del cielo, el agua, la Tierra y las montañas, árboles, flores y plantas y todas las criaturas, grandes y pequeñas. Tenemos que abrir nuestros horizontes mentales al espacio ilimitado de la conciencia.

Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestra propia depresión y no sólo buscar un remedio externo que la ahuyente por un tiempo. La depresión a menudo es una emoción autoindulgente que surge de la preocupación por nosotros mismos y sobre fijación en nuestra felicidad personal. Una buena cura de la depresión es realizar un trabajo de servicio a otros en situaciones vitales más difíciles que las tuyas. Intenta también limpiar el desorden de tu habitación o de tu casa para ayudar a eliminar el desorden de tu mente que a menudo implica la depresión.

  • En términos ayurvédicos más específicos, las personas de tipo ligero correspondiente al doṣa Vāta a menudo tienen una profunda depresión que nace de la debilidad y el agotamiento nervioso, aunque también pueden ser maniacodepresivos con muchos altos y bajos. Necesitan una buena nutrición, relajación, masaje con aceites y compañía humana.
  • Los tipos acuáticos del doṣa Kapha pueden tener fuertes depresiones crónicas fruto de la falta de movimiento, el letargo y el sobrepeso. Tienen que ser empujados y motivados, para moverse y actuar tanto física como mentalmente.
  • Los tipos intensos del doṣa Pitta a menudo se deprimen cuando no pueden lograr sus metas personales o cuando sus esfuerzos son bloqueados. Con frecuencia la depresión va acompañada de enojo. Pueden ser bipolares y atacar a otros. Se tienen que enfriar y calmar, cultivando el perdón y la compasión.

Buenos practicantes de ayurveda o astrología védica o consejeros védicos tendrán muchos consejos sobre cómo lidiar con la depresión sin recurrir a ningún tipo de medicamentos.

En conclusión, para salir de la depresión tenemos que reforzar nuestro propio Ser superior. Debería estar más allá de tu dignidad como alma divina y conciencia inmortal el regodearse en la depresión. Tu verdadera naturaleza es Satchidananda: Ser-Conciencia-Plenitud absolutas, más allá del cuerpo y la mente”.

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Prāṇa y ama

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Hace unas semanas vi una camiseta yóguica con una inscripción muy ingeniosa: prana y ama. Por otro lado, durante las vacaciones de agosto estuve (otra vez) en una inmersión de haṭha-rāja yoga con Sri Andrei Ram, discípulo aventajado de Sri Dharma Mittra y maestro por derecho propio, en que se practicó constantemente desde la respiración consciente. Hoy me gustaría mostrar una posible relación entre los dos eventos.

Prāṇāyāma es el nombre técnico de lo que a veces, en clases de yoga, llamamos “ejercicios de respiración” y que, históricamente, ha sido el signo distintivo del haṭha yoga, aunque ahora lo más difundido y visible sean las posturas corporales (āsana). La versión más aceptada es que la palabra prāṇāyāma es un compuesto formado por prāṇa (“energía vital”) + āyāma (“control”), cuyo paradigma sería la retención (kumbhaka), ya sea con pulmones llenos o vacíos, en que el yogui suspende la actividad respiratoria. La ligera variante prāṇayāma (prāṇa + yāma – “control”-), también existe y significa lo mismo.

Por otro lado, hay maestros y textos respetables que dicen que āyāma refiere a “extensión” y que, por tanto, el fin último del prāṇāyāma sería alargar el proceso respiratorio, lo cual redundaría en un alargamiento de la vida, sobre todo si nos basamos en la difundida creencia que sostiene que cada ser nace con un número ya determinado de respiraciones para dosificar durante toda su vida. Lo cierto es que en general todos están de acuerdo en que mientras más lento respire uno, mejor.

La palabra prāṇa es un concepto antiguo e importante en el Yoga y puede tener varios sentidos, pero aunque hablemos de respiración nunca nos referimos al “oxígeno” o al aire que sale o entra del cuerpo sino a la “energía vital” que es la base de ese proceso. Por ello a veces se habla del prāṇāyāma como “control de la energía vital, a través de la respiración”. La filosofía yóguica descubrió hace miles de años que la sutileza de la respiración es el proceso físico más adecuado para abordar (y controlar) las todavía más inasibles actividades mentales. Por ejemplo, la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.8.2) dice:

“Así como el pájaro atado a una cuerda, después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar precisamente sobre su propia atadura, de la misma manera, hijo mío, también la mente después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar sobre el aire vital (prāṇa). Porque, hijo mío, la mente está atada al aire vital”.

La constatación de que la respiración y la mente van ineludiblemente unidas es la que ha impulsado al yogui a dedicar gran parte de su empeño a observar, regular y controlar su respiración. Si la mente es “más difícil de controlar que el viento”, entonces el camino más sencillo es intentar regular el proceso respiratorio, muy sutil pero todavía tangible. De la misma forma que la respiración se aquieta de manera natural cuando ponemos toda nuestra atención en una única actividad, como la lectura o pararnos en un solo pie, si profundizamos y alargamos la respiración de forma consciente la mente también se calma y se centra gradualmente.

Existen muchos tipos de “ejercicios respiratorios”, aunque los manuales medievales de haṭha yoga fijan el número tradicional de prāṇāyāmas en ocho. De todos modos, estas técnicas artificiales tienen fines específicos y, en realidad, se suele decir que el mejor prāṇāyāma es el que surge (con la práctica) de forma espontánea y cuyo exponente máximo es la retención natural sin esfuerzo.

A este respecto, todos tenemos la imagen del yogui controlando con gran esfuerzo su respiración, realizando austeridades extremas, quizás en parte porque se suele traducir la palabra haṭha como “forzar”. Como contraste, es interesante notar que el académico y sanscritista inglés Jason Birch sostiene que el “forzamiento” implicado en la palabra haṭha no refiere a un método vigoroso sino más bien al efecto que la práctica tiene en la energía kuṇḍalinī, que se ve “forzada” a moverse con las técnicas yóguicas.

Hablando de contrastes, y llegando a donde yo quería llegar, al yogui Andrei Ram le gusta decir, siguiendo al escritor y activista indio Satish Kumar, que la palabra sánscrita yama (o yāma o āyāma), que etimológicamente viene de la raíz verbal √yam que significa “controlar”, ha sido mal traducida, especialmente en Occidente. En lugar de “controlar”, debería hablarse de “cuidar”. De hecho, hablando de medicina, Satish Kumar dice que la medicina occidental se centra en “curar”, mientras que la oriental lo hace en “cuidar”. De la misma forma, prāṇāyāma se trataría de “cuidar la respiración”, no de controlarla.

Todos hemos experimentado que cuando mejora nuestra respiración automáticamente mejora nuestro estado de consciencia y, por ende, nuestra vida. Visto desde esta perspectiva, cuidar la respiración es lo mismo que cuidar la fuerza vital (prāṇa), nuestro estado mental y, por tanto, cuidar la respiración es también cuidar la (propia) vida. De ahí que la inscripción de prāṇa y ama que vi hace un tiempo estuviera resumiendo de forma genial una concepción de la respiración y de la vida que me gusta y me aporta mucho a nivel personal.

prana y ama

Una concepción que el poeta y yogui Javier Salinas expresa nítidamente en uno de sus poemas:

Me gusta cuidar las cosas: una vieja gorra
que compré hace tanto tiempo atrás bajo
un puente en Roma.
Un foulard que me compré para una boda
de unos conocidos que apenas volví a ver.
Una planta que compré en un chino por apenas
nada y que me hace compañía.
Cuidar de mis hijos, de sus madres, que fueron mis parejas.
Me gusta cuidar la respiración.
Cuidar mi bicicleta.
Me gusta cuidar la suavidad y el optimismo,
sobre todo cuando no parece haber razones para ello.
Una mochila que compré en Alemania, de un soldado
que alguna vez la llevó.
Cuidar a mis padres y a mis hermanas,
y de los gatos y animales que haga falta.
Me gusta cuidar a la gente que no me puede dar
nada a cambio excepto su sonrisa.
Me gusta cuidar la paz, la belleza,
unas zapatillas que me compré un día de primavera.
Pero, sobre todo, me gusta cuidar, proteger,
lo que a veces se me olvida que existe todo el tiempo,
esa vieja cosa llamada amor.

prāṇa y ama

El Yoga y la temperatura ideal

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Cuando Bikram Choudhury, el inventor del famoso estilo hot yoga, quiso justificar la aberración de practicar posturas en una sauna a 40 °C dijo que lo que él había buscado era emular, de forma artificial, el clima tropical indio en que tradicionalmente practicaban los yoguis. Por supuesto, siempre ha habido una rama muy ascética de yoguis que realizaban sus austeridades a pleno sol e incluso cerca del fuego, como así también los hay que, semidesnudos, hacen sus prácticas en las nieves del Himalaya.

De hecho, si la mayoría de yoguis residen tradicionalmente en las montañas no es solo buscando la soledad sino también quizás algo de fresco, pues la práctica del yoga genera un potente fuego interno. Evidentemente, el clima de la India a menudo puede recordarnos a una sauna o incluso peor, y por ello – entre otras cosas – muchos yoguis eligen las horas del amanecer y del atardecer como las más propicias para sus prácticas.

Este tema viene a cuento porque está semana en el hemisferio norte se celebra el solsticio de verano y, también, el Día Internacional del Yoga. La cuestión es que con la llegada del solsticio de verano a Barcelona, aparte de pasarnos el día hablando del calor, se ha desatado lo que una amiga llama “la guerra de los aires acondicionados”, que consiste en luchar por poner el aire a la temperatura deseada; una guerra que generalmente ganan los que, al parecer, no pueden soportar ni un ápice de calor.

Por tanto, aunque por la calle uno vaya con pantalones cortos/falda o chanclas, al entrar a la oficina, una tienda o el autobús se debe abrigar para no congelarse. Así uno entra en la extraña paradoja que quejarse del calor fuera y del frío dentro… y luego dicen que fue Dios quien hizo este mundo imperfecto.

Barcelona en verano puede ser calurosa pero tampoco estamos hablando de Mysore ni de Varanasi. Sin embargo, muchos practicantes de yoga tienen una fuerte necesidad de encender el aire acondicionado durante las clases (el ventilador no alcanza…). Justamente lo opuesto del Bikram Yoga, que a su vez es popular porque da la sensación de trabajar más el cuerpo, porque uno siente que con tanto sudor quema más toxinas y, sobre todo, porque muchas personas lo hacen con el afán de perder peso. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Calor o frío?

Como ya he escrito una vez, los textos clásicos dicen que los extremos no son recomendables, y de hecho la Gheraṇḍa Saṃhitā, un reconocido manual medieval de haṭha yoga, dice que comenzar la práctica de yoga en verano o en invierno “solo trae enfermedad”. Por tanto, se aconseja comenzar “en primavera o en otoño” (V.8-9).

Mi maestro Sri Dharma Mittra, más que temperatura, dice que lo importante es que el espacio de práctica esté ventilado, ya que aunque uno sude el aire en circulación seca ese sudor y eso es mejor que sudar con aire acondicionado (y tener que taparse con una manta para śavāsana). Por ello Dharmaji, en el sexto piso de su escuela-templo en Manhattan muchas veces deja las ventanas abiertas, a pesar de que cada tanto lleguen sirenas de bombero, bocinas y otros ruidos callejeros.

En una ciudad con menos rascacielos como Barcelona y con los estudios muy cerca de la calle, abrir las ventanas implicaría un ruido tan infernal que, en general, hay que usar ventilador o alguna opción de aire acondicionado.

Una de las contras de usar aire acondicionando para practicar yoga es que los sistemas de climatización suelen usar elementos químicos (al menos para su desinfección) y en una práctica donde la respiración es tan importante y, a veces, profunda, no es ideal respirar un aire no puro. Obviamente en la ciudad ningún aire es puro, pero si puedo prefiero que se apague el aire acondicionado, al menos en la parte del prāṇāyāma formal.

Otra de las contras de usar aire acondicionado es que uno reduce su “umbral de temple”. Cada persona es diferente, pero si ante el primer golpe de calor todos nos refugiamos en el frescor de la climatización artificial, después el caminar por la calle a temperatura ambiente se convierte en una tortura y todos queremos llegar rápido a nuestro destino bien refrigerado (lo mismo podría pasar con el invierno y la calefacción). Este síndrome de escapar hacia “lo placentero” tiene al ser humano en una perenne insatisfacción. Siempre esperando que llegue el viernes, las vacaciones, la jubilación…

Los textos yóguicos repiten por doquier que la ecuanimidad es una virtud fundamental para encontrar la paz. La Bhagavad Gītā (VI.7) dice:

“Para aquel que a sí mismo se ha vencido y la serenidad ha conquistado,
para aquél el Espíritu Supremo siempre está presente
en el calor y en el frío,
en el placer y en el dolor,
en el honor y en la deshonra”.

Y hablando de las cualidades del yogui redunda (XII.18-19):

“Aquel que es igual frente al amigo y al enemigo (…)
igual en el calor y en el frío,
en la felicidad y en la desgracia,
despojado de todo apego (…),
satisfecho con lo que le azar le aporte…”.

Esta capacidad de mantener el equilibrio frente a los extremos es uno de los grandes objetivos yóguicos, y por ello uno de los elementos del camino clásico del Yoga es pratyāhāra, la “retirada de los sentidos” o “abstracción sensorial”. Hablando de este control de los sentidos y de la mente dice la Gheraṇḍa Saṃhitā (IV.5):

“Cuando la mente entra en contacto con algo caliente o frío, retírala de allí y ponla bajo control en el Ser”.

Obviamente, este mismo principio de control de los sentidos podría aplicarse al hot yoga, por lo que es importante tener en cuenta el equilibrio entre extremos, en este caso, el equilibrio entre desarrollar la templanza y el sobre-esfuerzo o cualquier acción dañina para el cuerpo.

Por último, si es verano y hace calor es normal que uno sude un poco haciendo yoga, al menos en condiciones normales. Si hace Bikram sudará todos los zumos verdes que se haya bebido en la semana y si usa demasiado aire acondicionado sudará menos de lo que debería. A fin de cuentas, el sudor es un parámetro muy útil para el yogui ya que (más allá de las condiciones climáticas) nos habla de nuestro estado durante la práctica.

Yo soy de sudar, pero hace algunos años sudaba mucho más y entonces le pregunté a Dharma Mittra si eso era normal. Él simplemente me dijo que el sudor era “tensión innecesaria” y que con el tiempo se iría reduciendo si uno aprendía a “relajarse en la postura”; efectivamente así sucedió a medida que fui profundizando en mi práctica. Eso sí, siempre y cuando no me metan en una sauna a 40 °C a celebrar el solsticio de verano.

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Anāhata, el espacio sin fricción

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Siempre que escucho la traducción de la palabra sánscrita anāhata (anáhata) me quedo con cara de nada. De hecho, la traducción que más me encuentro suele ser en inglés – “unstruck” -, que es bastante literal del sánscrito, y que podría traducirse como “no (an) golpeado (āhata)” o “no tocado”.

El interés que despierta esta palabra en mí es que, en la anatomía sutil yóguica, es el nombre del centro energético o cakra (chakra) ubicado en el centro del pecho, en el espacio del corazón. Este espacio es especialmente relevante en la tradición yóguica pues ya los textos antiguos – especialmente las Upaniṣads – indican que allí reside el ser (a veces llamado ātman, a veces prāṇa, a veces puruṣa, a veces brahman…).

Por ejemplo, la Taittirīya Upaniṣad (II.1.1):

“El ser (brahman) es la verdad, el conocimiento y la infinitud.
Aquel que sepa que reside en la caverna [del corazón],
en el espacio supremo,
ése alcanza todos sus deseos
y a la vez brahman, el omnisciente”.

Según se explica, esta “cueva del corazón” donde se esconde lo más sutil de lo sutil, es decir nuestra esencia, trasciende al anāhata cakra, pero concentrarse en el centro energético o cakra (utilizando diversas técnicas) es una buena manera para contactar aquello que está más allá. Los sabios explican que “eso que está más allá” es un espacio de gozo, de permanente quietud y de silencio, en el sentido de que nada “es golpeado” o, quizás mucho mejor, como dice el yogui Sri Andrei Ram, donde “no hay fricción”.

En general, todo sonido (externo o interno) que conocemos o experimentamos está compuesto, al menos, por dos partes que se tocan, golpean o “friccionan”: la mano que percute el tambor, el pie que pisa la tierra, la lengua en contacto con diferentes partes de la boca a la hora de hablar, el viento chocando contra las piedras o el mar, los astros y sus atmosferas…

Entrando en un plano más sutil la regla es la misma: las diversas formas del mundo en contacto con la facultad de la vista, el sentido de la vista en relación con el cerebro, mis pensamientos en interacción con mi fuerte sentido del yo, mi sentido del yo analizado por mi intelecto, yo y mi meditación, mi concentración en el objeto de meditación, yo y mi samādhi

Sin embargo, dicen los yoguis, hay un espacio profundo y pequeño (“del tamaño del dedo pulgar”) donde se puede percibir un “sonido sin fricción”, o anāhata nāda, que los filósofos definen como “la divina melodía interior” o la “resonancia interna continua” y que es el sonido sutil escuchado en meditación profunda, también llamado OM o Aum. Este sonido se considera primordial, inefable y en cierta forma inaudible, pues no se escucha con los oídos físicos.

Para la tradición tántrica (y el haṭha yoga es una ramificación de esta tradición), es en el cakra del corazón donde se revela ese sonido cósmico. De ahí que la palabra anāhata, para tratar de hacerla entendible, se traduzca a veces como “so­nido hecho sin que dos cosas se choquen”.

Por lo que explican los yoguis, no tiene sentido intentar escuchar ese sonido, pues en ese caso uno ya estaría poniendo elementos en juego (expectativa, “yo escucho”/”yo no escucho”, activación del sentido del oído…) que generarían fricción. El sonido sin fricción, al parecer, surge espontáneamente cuando uno entra en el espacio sin fricción. Por tanto, la práctica está más bien en purificar la mente con diferentes ejercicios (físicos, mentales, energéticos…) para poder, al menos, vislumbrar ese espacio no-dual, en que sólo está uno mismo, sin interferencias.

Como todos los yoguis o meditadores, he tenido (o creído tener) algún fugaz vislumbre de ese espacio, pero de ninguna manera puedo hablar con autoridad de este tema desde la propia experiencia directa. Lo que sí tengo es mucha confianza en la palabra de maestros genuinos y textos sagrados y también un buen grado de certeza nacido de las breves e internas experiencias personales.

Curiosamente, el hecho de analizar y entender intelectualmente el profundo sentido filosófico del nombre anāhata me ha dado mucha inspiración y me ha ayudado a tener más claro lo que hay en ese pequeño pero inmenso espacio en el centro del pecho.

Qué mejor que cerrar, entonces, con una cita de la Chāndogya Upaniṣad (VIII.1.1-3):

“OM. En el centro de esta ciudad de brahman (es decir, el cuerpo) hay un pequeño santuario en forma de flor de loto.
En su interior hay un espacio diminuto. Hay que buscar, hay que desear conocer lo que hay dentro (…)

El espacio en el interior del corazón es tan vasto como todo el universo. En su interior caben el cielo y la tierra, el fuego y el viento, el Sol y la Luna, el relámpago y las estrellas. Todo está contenido en su interior, lo que pertenece a uno en este mundo y también lo que no le pertenece”.

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Viajar con Karma

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Desde que The Beatles visitaron Rishikesh en 1968, el Yoga y la filosofía india se popularizaron a pasos agigantados en el mundo occidental, introduciendo en él, entre otras muchas cosas, una nueva terminología hecha de palabras sánscritas que, actualmente, son chapati de cada día, especialmente en los medios de comunicación y, por tanto, en el habla cotidiana. Como es natural, cuando un término cambia de contexto socio-geográfico-cultural pierde parte de su sentido original o incluso gana nuevos y diferentes matices, y con más razón si se trata de conceptos filosóficos, como es el caso.

Una de esas palabras es karma, que aparece tanto en la sección deportiva de los periódicos, como en famosas canciones de rock & pop o en los nombres de discotecas. La palabra sánscrita karma significa literalmente “acción” y puede significar diversas cosas: cualquier acto que uno realiza en su vida; un acto específicamente ritual; la ley de causa y efecto; la acumulación de las acciones pasadas…

En Occidente predomina la acepción de karma como “destino” (muchas veces un tanto ciego), en el sentido de que es algo que toca vivir y aceptar, en general como una carga. Por ello se escucha, “esta enfermedad es un karma que tengo que limpiar” o “yo nunca gano nada, es mi karma” o “¡qué karma tiene el Aleti con las finales!”. De hecho, si uno agrega el adjetivo “mal” antes de karma, en general siempre cuadra.

Un derivado de esta idea es la que hace que muchos visitantes a la India (y también personas que no la han visitado) digan que una de las razones de que el pueblo indio sea pobre es su “pasiva aceptación” de la ley del karma, o sea su resignación a aceptar ese destino ya escrito, aunque haya sido escrito por ellos mismos.

Lo que falta generalmente en las interpretaciones occidentales es el componente “activo” del karma, pues si bien uno debe recibir los efectos de sus actos previos, tiene al mismo tiempo la capacidad de crear su propio destino mediante cada acción que está realizando. Sumando el hecho de que para la filosofía yóguica el karma puede ser malo, bueno, mezclado o incluso neutro.

karma

Esta resumida explicación sirve para presentar una nueva variación del concepto indio de karma en el contexto occidental, especialmente el catalán, donde la empresa Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) lanzó una novedosa campaña de comunicación titulada Viatjar amb Karma (“Viajar con Karma”). La campaña pretende fomentar “el respeto y la convivencia entre los usuarios del transporte público barcelonés” y para ello han creado un personaje femenino llamado “la Karma”, que cumple el rol de “prescriptora del comportamiento en el transporte público señalando las infracciones y las actitudes incorrectas”, a la vez que también destaca los comportamientos cívicos (como escuchar música con auriculares sin molestar a los demás pasajeros).

El recordatorio en la máquina de validar billetes del autobús

TMB explica que “el nombre del personaje juega con el concepto filosófico de karma, entendido como el conjunto de acciones que realiza cada individuo y que marcan su conciencia y condicionan su futuro”. Dentro de la peculiaridad de la campaña, la definición que han elegido me gusta porque se focaliza en la importancia de los propios actos como creadores del destino individual.

En el contexto del transporte público de Barcelona, la Karma se encarga, más que de castigar, de dar mensajes de advertencia sobre el fraude de viajar sin pagar; usar sin criterio los asientos reservados para personas ancianas/embarazadas/con muletas, etc.; mal usar el mobiliario (como poner los pies en los asientos o tirar basura); o acercarse demasiado al borde de los andenes del metro.

La forma en que se espera que estas advertencias hagan mella en el público es con un axioma bien indio: Tot torna (“Todo vuelve”). Yo soy un total suscriptor de este axioma, pero no sé cuántos occidentales están igual de convencidos de su verdad. Cierto es que, en Occidente, tenemos el bíblico dicho de “se cosecha lo que se siembra” y, en ese sentido, puede que el inconsciente colectivo esté inclinado a aceptar la ley energética de causa-efecto.

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Una mujer ocupa el asiento reservado para embarazadas y la Karma se lo recuerda con una especie de corneta

Evidentemente, si uno entra al metro sin pagar se arriesga a una multa y, si ésta le cae, entonces verá las consecuencias de sus actos de forma muy nítida y lineal. Ahora, no cederle el asiento a una señora mayor o abandonar una lata de refresco por el suelo puede pasar desapercibido (sobre todo si nadie lo ve o lo juzga directamente) y, por tanto, no hay castigo aparente, con lo cual la Karma lo tiene más difícil a la hora de disuadir a estos “incívicos” con la abstracta teoría del “todo vuelve”.

Los recursos que utiliza la Karma son ingeniosos: por ejemplo, carteles cerca de los asientos reservados que dicen Ei, et veig (“Ey, te veo”) o Ei, seient reservat (“Ey, asiento reservado”). En estos casos me parece que se apela más al “control social” que a una aceptación de la ley kármica. De todos modos, en la mayoría de casos presentados no hay una consecuencia muy tangible más allá de “mejorar la convivencia”, que me parece obvio y no requiere de profundos conceptos filosóficos para ser justificada.

“Ey, asiento reservado”

Como no todos somos incívicos, la Karma también da mensajes positivos para “reforzar las conductas cívicas, las cuales proporcionan más karma a sus autores”. Aquí ha fallado TMB, al menos en la teoría, pues como bien deberían saber, tener más karma no es algo especialmente positivo para la visión yóguica, en que la idea es ir reduciendo el karma, ¡incluso el buen karma!

Para que cada uno saque sus conclusiones dejo unas imágenes y vídeos de la campaña publicitaria, que no deja de ser ingeniosa (aunque no sé si efectiva), y que nos muestra hasta donde la filosofía india se está metiendo en nuestras vidas:

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“Todo vuelve. Evita una multa de hasta 600€”

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Si pones los pies en el asiento como si fuera el sofá de tu casa, todo vuelve. No se sabe cómo, pero vuelve…

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No todo es negativo. Si te portas bien y escuchas música con auriculares, lo que vuelve es “más karma”, pero bueno.

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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

El movedizo simbolismo de la abeja en el hinduismo

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Quizás saben que las abejas (entre otros insectos) están en riesgo de extinción debido a ciertas prácticas de la agricultura industrializada, el uso de plaguicidas y los impactos del cambio climático. Las abejas son vitales para la biodiversidad del planeta y, por tanto, para la producción de alimentos, ya que son los polinizadores por excelencia, es decir quienes se encargan de llevar el polen de una flor a otra (o de un cultivo a otro), permitiendo así su fertilización. Su importancia biológica y su popular estilo de vida colectivo (especialmente el de la llamada abeja melífera – “que produce miel” -), hacen que la abeja sea un símbolo desde siempre presente en la cultura occidental y, cómo no, en la índica.

Tanto en las muy antiguas como en las menos antiguas Escrituras hindúes encontramos la presencia, con diferentes nombres y contextos, de la abeja, especialmente de color negro (al parecer en la India abunda un tipo de abeja negra llamada, en hindi, bhanvara o bhanwara). Asimismo, en los textos sagrados aparece frecuentemente la figura del abejorro, que es más grande que la abeja, tiene un zumbido más fuerte y se caracteriza por ser velludo y también de color negro. Las palabras sánscritas para abeja y abejorro muchas veces son las mismas y eso genera ambigüedad a la hora de determinar la certera traducción, con más razón si ambos insectos comparten color.

El simbolismo más transparente que tiene la abeja en el contexto hindú es, al igual que en Occidente, el relacionado con la primavera, el amor, las hermosas fragancias, el jardín en flor… De hecho, es significativo que el incendiario arco hecho de caña de azúcar de Kāmadeva, el dios hindú del amor y el erotismo (que se podría homologar al Cupido romano), tenga la cuerda compuesta de zumbonas abejas, mientras que sus flechas están hechas de flores. En la misma línea, en diferentes textos sagrados (Śrīmad Bhāgavatam, Mahābhārata…) se habla con frecuencia del canto y la música de las abejas como un sonido muy agradable para los sentidos y también propicio para la pasión amorosa.

Kamadeva a punto de lanzar una de sus pasionales flechas

Centrándonos en el aspecto sonoro, ya entre las fórmulas sagradas del milenario Yajur Veda se nombra a estos insectos en referencia a las oblaciones rituales, en donde a la capacidad de Escucha (śrotra) se le ofrecen “abejas” (bhṛṅga). Claramente aquí la abeja es valorada por su sonoridad, es decir su zumbido. En la Chāndogya Upaniṣad (3.1), por ejemplo, se habla del Sol como “la miel de los dioses (devas)” y se dice que los rayos del Sol de cada punto cardinal son las celdas de miel, mientras que los himnos, cantos y fórmulas de los cuatro Vedas son las abejas que producen la miel (madhukṛta). También en esta metáfora, se podría ver una relación entre la melodiosa sonoridad de las abejas y la de los mantras védicos.

Como es sabido, el aspecto sonoro es esencial en la tradición hindú, que postula una cosmogonía sónica, es decir que el universo se manifiesta primero desde el sonido o, mejor dicho, desde una reverberación original, identificada con la sílaba AUM/OM. Es en este contexto que, entre las técnicas del Haṭha Yoga, se prescribe el bhrāmarī prāṇāyāma, un “ejercicio respiratorio” que consiste en crear el zumbido de la abeja (bhramarī) y que en la Haṭha Pradīpikā (II.68) se explica como sigue:

“Una inhalación rápida produciendo el sonido de la abeja macho (bhṛṅganāda), y [luego de la retención] una lenta exhalación produciendo el sonido de una abeja hembra (bhṛṅgīnāda)…”

Se supone, y así lo he aprendido del maestro Sri Dharma Mittra, que el zumbido de la abeja hembra es más agudo que el del macho. Aunque el texto no lo especifica, yo también he aprendido que este prāṇāyāma se hace tapándose los oídos, ya sea con los dedos índices o toda la mano, para que la reverberación que se genera en el cráneo sea más intensa.

La consecuencia de practicar este ejercicio, según la Haṭha Pradīpikā, es una “experiencia de dicha que llena la mente”. La Gheranda Saṃhitā (VII.9-10), otro importante texto medieval de haṭha yoga, también hace hincapié en la “felicidad” (ānanda) que genera este prāṇāyāma. Por su parte, la Śiva Saṃhitā (V.36-42), otro manual de haṭha, habla de una técnica en que, con todos los dedos de las manos, se cierran los orificios del rostro (oídos, ojos, nariz y boca) para concentrarse en una luz interior y, luego, en el sonido esencial (nāda), que primero se manifiesta como “el vuelo de abejas embriagadas (mattabhṛṅgā)”.

bhramari

Con lo que a mí me gusta la etimología es raro que todavía no haya dicho nada, pero ahora creo que es el momento: quizás las tres palabras más frecuentes para “abeja” en sánscrito (con ligeras variaciones) son bhṛṅga, bhramara y madhukara. Las dos primeras derivan de la misma raíz verbal – √bhram – que significa “errar, divagar, vagar, deambular, recorrer, dar vueltas” y hace referencia al movimiento constante de las abejas en su búsqueda de polen.

La palabra madhukara, por su parte, significa “productor de miel (madhu)” y por tanto hace referencia directa a la popular abeja melífera. Como ya hemos dicho, las mismas palabras a veces se usan indistintamente para “abeja” y “abejorro” y, por lo que he investigado, en general se da por sentado que la abeja es también negra aunque el texto no contenga ese adjetivo de forma explícita.

Lo que sí he visto, y es un dato curioso, es que lo que en español (y otras lenguas occidentales) llamamos “abeja reina” en sánscrito es masculino: “abeja rey” (bhṛṅga-adhipa o madhukara-rājan por ejemplo). En términos biológicos esa abeja es sin duda hembra, por lo que su masculinización en la cultura védica puede deberse a la influencia patriarcal o a recovecos del lenguaje, aunque no he profundizado en este análisis.

Abeja Reina, Abeja, Colmena, Cera De Abejas, Miel

De la tendencia natural de la abeja a libar el néctar de diversas flores nacen diferentes enseñanzas, algunas negativas, como la que considera que la abeja melífera que acumula y acumula más de lo que puede consumir ella misma se presenta como “codiciosa” y contraria al ejemplo del sabio. De hecho, en el Mahābhārata se dice que la consecuencia que sufre una persona por robar comida es nacer como abeja.

Por el contrario, la abeja también se presenta como “una excelente maestra espiritual porque nos muestra como estar satisfechos con poco”, es decir con las escasas gotas que saca de cada flor. Este ir de flor en flor hace que la abeja/abejorro sea un símbolo del amante, similar al colibrí, también llamado “picaflor”. De hecho, según algunos diccionarios, posibles acepciones poéticas de la palabra bhramara incluyen “amante” (en el sentido de “libador” o “recolector” de polen) o incluso “libertino”.

Es en este último símbolo que podemos entender mejor la famosa escena relatada en el Śrīmad Bhāgavatam (10.47.11-21) en que el joven Uddhava llega como enviado de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) a la aldea de Vraja para dar un mensaje de consuelo a las gopīs, que lloran por Kṛṣṇa día y noche desde que se marchó dejando su vida de pastor de vacas para ejercer como rey. En esa situación, una de las gopīs (presumiblemente Rādhā) se da cuenta de la presencia de un abejorro (que, por tanto, sería negro) y considerándolo un mensajero de su amado Kṛṣṇa, comienza un monólogo con una mezcla de corazón roto y éxtasis amoroso, en que le reprocha su actitud de abandono (“así como tú, abejorro, que abandonas algunas flores”) y lo insta a marcharse y a no traer el recuerdo de Kṛṣṇa, aunque luego se retracta.

Para algunos comentaristas, el abejorro no es otro que Kṛṣṇa mismo, que quiere ver a sus amadas gopīs en persona. Esta interpretación tiene que ver, al parecer, con que uno de los términos con que se nombra al abejorro en el texto es madhupa, “que bebe miel”, y esta denominación se asocia al nombre Madhusūdana, uno de los epítetos de Kṛṣṇa (aunque etimológicamente no haya, en principio, relación). En cualquier caso, no es casual que en el contexto del recuerdo (amargo y gozoso a la vez) de los pasatiempos amorosos de Kṛṣṇa y las gopīs, aparezca un abejorro con el color oscuro que se le atribuye a Kṛṣṇa.

Siguiendo con las historias sagradas, el Devī Bhāgavatam relata  la manifestación de Bhrāmarī Devī, “la diosa de las abejas [negras]”. Resulta que, después de muchas austeridades, un demonio llamado Aruṇāsura obtuvo un don y, como es tradicional, pidió la inmortalidad. Como este atributo no lo poseen ni los devas el demonio tuvo que reformular su pedido y dijo:

“Que mi muerte no sea causada por ninguna guerra ni por ningún arma, por ningún hombre ni mujer, ni por ningún bípedo o cuadrúpedo…”

Una vez concedido esto, el demonio comenzó a asolar a los dioses y, resumiendo, éstos recurrieron a la Madre Divina a quien alabaron grandemente hasta que apareció ante ellos. Le explicaron la situación y entonces la Diosa se manifestó de forma resplandeciente, con abejas negras decorando sus puños y sus abigarradas guirnaldas; con abejorros y abejas zumbando todo a su alrededor. De esta forma, Bhrāmarī Devī envió abejas y abejorros en todas las direcciones, cubriendo el cielo y la tierra de negro, creando un panorama funesto especialmente para el asura, que no pudo hacer nada para evitar su muerte.

Como suele pasar en estas historias cuando se busca la inmortalidad a toda costa, el demonio dejó un resquicio técnico, y se olvidó de los animales hexápodos. De hecho, otra palabra sánscrita para abeja es ṣaṭpadaḥ, “de seis patas”. Una vez completada la destrucción, las abejas volvieron a la Devī, que es un aspecto feroz de la Madre Universal.

Para conocerla un poco más, comparto este vídeo con un mantra dedicado a ella y que tanto sonora como visualmente es muy atrapante:

Siguiendo con los simbolismos, uno que me gusta mucho es el que explica el avadhūta Dattātreya en el Śrīmad Bhāgavatam (11.8.10), cuando habla de sus 24 gurus o maestros, siendo uno de ellos la abeja porque:

“Así como ella toma el néctar de todas las flores, sean grandes o pequeñas, la persona inteligente debe tomar la esencia de todas las Escrituras”.

Una versión todavía más amplia que se deriva de esta enseñanza es que una persona sabia debe “recolectar verdades de los diferentes lugares y personas”. Por tanto, la abeja sabe tomar lo mejor de cada situación, ver lo bueno y, en relación a eso, posee la capacidad de transmutar el polen en miel o néctar, es decir, lo ordinario en extra-ordinario.

Esta búsqueda de la abeja por el néctar se ve reflejada en la poesía mística por su constante relación con los “pies de loto”, ya sea de alguna divinidad o del guru. Por un lado, en la India los pies del maestro son tradicionalmente considerados como un “terminal de poder y gracia espiritual”, a la vez que, como dice Paramahansa Yogananda, “la expresión ‘pies de loto’ tan usada en la literatura y canciones devocionales puede indicar la sabiduría divina de la cual es símbolo el loto”.

Esta evocadora imagen, junto a la idea de la abeja como mensajera, aparece en un hermoso poema del santo-poeta Mānikavasagar (o Māṇikkavācakar, que vivió entre el siglo VII y IX E.C.) y del cual un fragmento dice (en traducción de Jesús Aguado):

“Tenía el corazón y la mente muy lejos
mas Él les obligó a volver a Su vera.
El Señor de cabello ensortijado (Shiva)
y Su hermosa consorte (Párvati) me salvaron.

“Él es el cielo, el proceloso mar,
el este, el norte, el sur,
el oeste y los mundos interiores.
Como gotas de miel Sus pies son dulces.
Abeja, cuéntale mi historia”.

Adentrándonos en el terreno más poético siempre me ha llamado la atención que en diferentes composiciones devocionales se hablara de la “abeja de la mente”. De hecho, este simbolismo es el que más me interesa y el que me ha llevado a escribir este largo texto. Justamente el citado Yogananda tiene una canción, que yo conocí de niño versionada al español y que todavía me acompaña:

“Absorta está la abeja de mi mente,
en los pies de loto azul de mi Divina Madre.
Divina Madre, mi Divina Madre,
Divina Madre, mi Divina Madre…”

Aquí está la versión original en inglés:

La versión en español que he encontrado no me gusta especialmente pero la pongo para escuchar la traducción:

Entiendo que la abeja se compara con la mente por ser un elemento que se mueve de forma constante, yendo de un pensamiento a otro, sin concentrarse en nada por mucho tiempo, buscando en diferentes sensaciones, objetos e ideas el néctar de la vida. Quizás por eso en una parábola que aparece en el Mahābhārata, donde una persona que está atrapada en un bosque (“la visión limitada de uno mismo”) bebe miel sin parar sin satisfacerse, las abejas se consideran nuestros “deseos”, nunca satisfechos y siempre crecientes.

Entonces, los “pies de loto” de lo divino (o de la sabiduría espiritual) vendrían a ser el único lugar donde esa movediza abeja podría encontrar el néctar dulce, que además nunca se acaba.

Mi única duda es por qué la abeja de la mente es negra. Quizás porque es el color de una abeja muy difundida en la India o quizás porque ese color oscuro es tradicional de Kṛṣṇa y de muchas manifestaciones de la Madre Divina, cuyos pies de loto son negros o azules. Como me dijo el artista y profesor hindú Hari, el ser individual y lo divino están hechos de “la misma sustancia y por ello, metafóricamente comparten color”.

Un gran ejemplo de esta idea son las canciones de Kamalakanta Bhattacharya, un poeta bengalí (siglo XVIII-XIX), muy devoto de la diosa Kālī:

“La abeja oscura de mi mente es atraída en puro deleite
hacia la flor de loto azul de los pies de la Madre Shyama,
la flor azul de los pies de Kālī, la consorte de Shiva.
Sin gusto para la abeja son los pimpollos del deseo.
Los pies de mi Madre son negros y negra también es la abeja;

¡El negro se unió con el negro! Esto es lo que de tal misterio
mis ojos mortales ven y luego de prisa se apartan.
Pero las esperanzas de Kamalakanta al fin son colmadas,
y nada en el mar de la felicidad, inmutable ante la dicha o el pesar”.

Después de todo esto, la conclusión es que hay que poner la mente en algo que sea dulce, que nos inspire y eleve, y además que no se agote nunca para no tener que ir a buscar otra flor. Está claro, entonces, que lo Divino es la mejor flor de la planta más dulce.

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