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Consumismo, residuos y renuncia

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El sonado paso del Black Friday (con el apéndice del Cyber Monday para los más necesitados) me puso a escribir sobre un tema que está en el aire y que da vueltas por mi cabeza y muchas otras. En resumen: sabemos, cada día mejor, que nuestro modo de vida basado en el consumo, el progreso y el crecimiento material no es sostenible para el planeta ni para el bien común ni para nuestra propia felicidad y, sin embargo, damos pocos pasos para cambiarlo.

Por supuesto, ya sé que en casa haces recolección selectiva de tu basura, pero en vista de los datos actuales decir que cuidamos el medioambiente porque reciclamos los envases de plástico es como decir que cuidamos de nuestra salud por el mero hecho de cepillarnos los dientes cada día.

Quienes estamos preocupados por la situación medioambiental creemos, muchas veces, que “a través del consumismo ecológico podemos reconciliar el crecimiento perpetuo y la supervivencia del planeta”, pero como lo expresa el escritor y activista británico George Monbiot:

“El verdadero problema es el crecimiento perpetuo en un planeta que no está creciendo”.

En el mismo artículo, el autor ofrece datos para sonrojarnos:

“Una serie de trabajos de investigación demuestran que no hay una diferencia significativa entre la huella ecológica de la gente que se preocupa y la que no. Un artículo reciente señala que aquellos que se identifican como consumidores comprometidos usan más energía y producen más emisiones que quieres no se preocupan por el medio ambiente.

¿Por qué? Porque la sensibilización medioambiental suele ser mayor entre personas adineradas. No son nuestras posturas las que impactan el medio ambiente, sino nuestros ingresos. Cuanto más ricos somos, más grande es nuestra huella ecológica, sin importar nuestras intenciones. Según muestra el estudio, los que se perciben como consumidores ecológicos se centran principalmente en comportamientos que tienen beneficios relativamente pequeños”.

Efectivamente, un reciente estudio de una universidad sueca dice que reciclar o cambiar las bombillas de casa a las de bajo consumo es mucho menos efectivo en reducir las emisiones de dióxido de carbono que seguir hábitos vitales como una dieta casi o totalmente vegetariana, evitar viajar en avión, no utilizar coche o tener familias más pequeñas (es decir, un hijo o ninguno). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a cambiar así nuestro estilo de vida?

Incluso limitándonos al reciclaje hogareño, nuestro esfuerzo no suele ser tan profundo como creemos. La Fundación catalana para la prevención de residuos y el consumo responsable ha hecho un experimento muy interesante poniendo a cinco familias (de muy diferente composición cada una) el reto de no generar residuos durante un mes. Algunas de las pautas de consumo que da la Fundación en su decálogo son:

  • Eliminar lo que no es reciclable o de un solo uso (bastoncillos para los oídos, hojas de afeitar, compresas, toallitas húmedas, tampones, pañales, pajitas de bebidas, monodosis, envases de pequeño formato…)
  • Rechazar envoltorios de regalo, envoltorios de plástico, bolsas y embalajes innecesarios.
  • Para la comida usar tápers, cantimploras y rechazar los alimentos precocinados envasados.
  • Comprar a granel y llevarse los envases reutilizables de casa.
  • Detergentes a granel y sin tóxicos.
  • En la cocina usar paños de ropa, y eliminar el papel de cocina, de aluminio y de film transparente.

Como se ve, una cosa es reciclar y otra es no generar residuos. Evidentemente, lo segundo requiere gran esfuerzo, mucha organización hogareña y, sin duda, una tremenda dosis de renuncia para modificar nuestros hábitos de consumo. Ahora ha sido el Black Friday pero pronto llegan las fiestas navideñas y ahí estaremos todos, muy ecologistas y yoguis, consumiendo. Por supuesto, una opción buena es regalar actividades y experiencias en lugar de cosas materiales; y si son objetos, que sean hechos por uno mismo, como propone esta campaña de Greenpeace.

De todos modos, por más responsable que sea nuestro consumo, el problema de base está en nuestra necesidad de consumir. En una entrevista todavía inédita que le hicimos para Puraka Project, el Dr. Sudhakar Powar, médico ayurvédico indio, explica al respecto:

“Nuestra mente es muy activa y actualmente el 95% de los problemas en mi área de atención médica provienen de la mente o de nuestro enfoque de la vida. Debido a muchos factores como por ejemplo falta de contentamiento, porque vivimos en un mundo manipulado por el consumismo. De esta forma nuestras mentes están manipuladas para vivir de forma no contenta, insatisfecha. Nadie es feliz con todo lo que tiene. Y ese es el terreno en que florece el consumismo. Porque si tú estuvieras feliz y satisfecho con lo que tienes no necesitarías nada y el mercado no crecería. El mercado solo crece si las personas quieren más. Entonces, en realidad existen ‘necesidades reales’ y ‘necesidades creadas’. Cuanto más se incrementan las ‘necesidades creadas’ más consumismo habrá, más crecerá el mercado y más beneficios económicos habrá”.

Dicho de forma tan clara, no hay manera de rebatirlo, pero igualmente seguimos insatisfechos. Por eso también me ha gustado el planteamiento del maestro zen Dokushô Villalba cuando escribe:

“Si queremos detener y liberarnos del engranaje infernal del consumo desorbitado debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos: reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario. Reduciendo el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica”.

Esta idea de “simplicidad voluntaria” está en total consonancia con el ideal yóguico que pregona el contento, la aceptación y la desaparición de los deseos. En un post de hace tres años yo contaba que en el Mahābhārata, el gran poema épico de la India, el rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un espíritu de los bosques sobre cuál es la máxima felicidad y su respuesta es:

“La máxima felicidad es el contentamiento”

La misma afirmación que hace el sabio Patañjali en su Yoga Sūtra cuando habla de saṃtoṣa (II.42) y que no nos viene mal volver a leer:

“A partir del contentamiento (saṃtoṣa) se obtiene la máxima felicidad”

Sobre esto, el comentario Yoga Bhāṣya de Vyāsa agrega lo obvio, pero que no queremos ver:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

Volviendo al artículo inicial de George Monbiot, él dice que hay que cambiar el sistema ya que “necesitamos construir un mundo en el que el crecimiento sea innecesario”. Estoy de acuerdo, y como ya sabemos (o deberíamos saber) no serán los gobiernos los que construyan ese nuevo mundo, sino cada uno de nosotros con su pequeño pero imprescindible accionar individual.

Al menos a los privilegiados que estamos leyendo esto y – a nuestro pesar – dejamos gran huella ecológica en el planeta, la situación global actual de constante crecimiento nos ha puesto en un punto en que tenemos más posibilidades materiales que nunca y que hace pocas décadas eran impensables: viajar a cualquier isla paradisíaca en Semana Santa, conseguir cualquier producto a través de Internet, comprar camisetas nuevas por 2€, comer tomates todo el año, probar comida de los seis continentes en el sofá de casa…

Irónicamente, si queremos salvar el planeta, el medioambiente y también el equilibrio socioeconómico global cada vez más descompensado, debemos renunciar a esa tan accesible y omnipresente oferta de consumo en pos de una vida simple exteriormente y rica interiormente.

Ya sé lo que estás pensando: que cuando no había TV ni Amazon sí que era fácil, pero que, maldita sea, nos ha tocado una época difícil para renunciar a los deseos. Te entiendo. Aunque tomando perspectiva, y según cuentan, la renuncia ha sido dura en todos los tiempos y, eso sin duda, se requiere gran determinación para asumirla. Veremos si estamos a la altura.

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Si te gusta este blog seguramente te puede interesar la nueva edición del Curso de Filosofía del Yoga que daré en Barcelona a partir del 24 de febrero de 2018. Para más detalles del curso, clicar aquí.

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‘Diccionario del Yoga’, un manual fiable para profesores y practicantes

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Siempre he sentido interés por las formalidades del uso lingüístico y, en ciertas ocasiones, puedo ser demasiado puntilloso al respecto. Desde que estudié sánscrito la situación empeoró porque me di cuenta de todos los “errores” que cometemos al escribir o pronunciar términos sánscritos, los cuales están cada vez más popularizados. Sin duda, esta búsqueda de corrección me hace quedar como un antipático sabelotodo en más de una ocasión. Y quizás por eso, también he aprendido a elegir dónde y cuándo ponerme técnico con el sánscrito. Uno de esos lugares son los cursos de formación para de profesores de yoga, donde participo regularmente en diferentes partes de España (y pronto también en México).

Justamente para beneficio de las personas que están profundizando en la práctica del yoga, y con un enfoque riguroso sobre la lengua sánscrita y los textos tradicionales como trasfondo, acaba de publicarse en España el Diccionario del Yoga: Historia, práctica, filosofía y mantras, a cargo de la sanscritista y especialista en filosofía india Laia Villegas, con la invaluable colaboración del reputado sanscritista e indólogo Òscar Pujol.

El libro es el resultado de años de trabajo e investigación y su gran mérito es, creo, ser capaz de englobar en una única obra, de forma condensada, muy clara y rigurosa, diferentes elementos del “Yoga” que, o bien no se encontraban disponibles aún en español o, si publicados, estaban desperdigados en diferentes textos. Por tanto, en este manual de 300 páginas, cualquier profesor, aspirante a profesor, o practicante serio de yoga puede encontrar una base informacional muy fiable sobre, como dice el subtítulo, la “historia, práctica, filosofía y mantras” del Yoga.

Muy pertinente me parece la primera sección del libro, dedicada a las normas de la lengua sánscrita y las sugerencias de cómo usarla en clase o incluso al escribirla. Es una introducción sencilla para quienes desean conocer la pronunciación tradicional de la “lengua del Yoga”. Por supuesto, muchos profesores (yo mismo incluido) a veces usan los equivalentes españoles de ciertas palabras sánscritas, especialmente con los nombres de las posturas. Eso no quita que sea mejor conocer el original.

Como se suele decir, si Picasso decidió romper con las normas y dibujar caras con forma de cubos fue porque, previamente, ya dominada la técnica de la pintura artística. De la misma forma y por determinadas circunstancias particulares, yo puedo elegir traducir o hasta pronunciar “incorrectamente” una palabra sánscrita, pero que no sea por ignorancia o por tener el conocimiento erróneo.

Lo siguiente que nos ofrece el libro es un pantallazo de la historia del Yoga durante los últimos 3.500 años y todo lo que esta palabra tan de moda significa. Basándose en los estudios académicos más actuales, pero sin perder de vista la tradición, los autores muestran que “el yoga es una cultura viva y dinámica”. A nivel de la Historia del Yoga, los nuevos descubrimientos o traducciones de textos antiguos van ofreciendo cada vez más pistas y, con probabilidad, tendremos renovación parcial de paradigmas.

Al mismo tiempo, el cambio principal está a nivel de las formas de práctica y allí es donde el texto que nos incumbe hace un gran aporte al estudiante actual al detallar, de forma muy visual, la terminología y uso de 108 āsana (con sus variantes más comunes), más las técnicas clásicas de prāṇāyāma, mudrā, bandha y kriyā, que son los elementos diferenciadores del haṭha yoga, aunque los más desconocidos. Esta sección se acompaña de un útil glosario.

diccionario

A nivel filosófico, el libro presenta un diccionario breve con los términos más usados o escuchados en el mundo del Yoga (ātman, brahman, karman, los nombres de los siete cakras, algo de mitología, los ocho pasos de Patañjali, y bastante más), y lo bueno es que las definiciones, sin ser demasiado técnicas, son lo suficientemente largas como para dar una buena idea del tema tratado.

Como gran detalle, la obra incluye una traducción “didáctica y completa” de los Yogasūtra de Patañjali, basada en la hasta ahora inigualable – en español al menos – versión de Óscar Pujol. Más allá de la rigurosidad y la claridad de la traducción y el desglose palabra por palabra de cada sūtra, me parece muy bien pensado que el tratado clásico de la filosofía del Yoga, que se estudia en cada formación de profesores del mundo, esté incluido en un manual para practicantes y profesores.

De esta manera, ahora nos basta con llevar un único libro en el bolso para tener, al mismo tiempo, el texto original del Yoga (sin comentarios), más un resumen de la historia, un inventario ilustrado de prácticas, un diccionario de términos comunes y una base de lengua sánscrita para saber cómo pronunciarlos.

Hablando de pronunciación, al final de la obra hay una breve sección dedicada a mantra, en la que se incluye una selección de nueve fórmulas sagradas bien conocidas, con su traducción y análisis. Justamente porque el sánscrito es una lengua que da cardinal importancia a la pronunciación, Laia Villegas se ha tomado el trabajo de recopilar, con la voz de Kaustubh Desikachar (relacionado con el linaje de T. Krishnamacharya, para algunos fundador del “yoga moderno”), los Yogasūtra al completo según la metodología del canto védico y, además, cada término sánscrito que aparece en el libro.

Los audios se pueden escuchar o descargar de forma gratuita en la página web de Herder Editorial, clicando aquí. Tenemos que agradecer y destacar este gesto de parte de los autores para fomentar la práctica de la recitación sánscrita tradicional.

Personalmente, me leí el libro ávidamente en dos días, aunque su verdadero valor es ser un repositorio muy fiable de información tradicional que puede ser consultado en cualquier momento y de forma puntual.

Por eso es tan valioso que, a pesar de las muchas horas de trabajo e investigación que hay detrás, Laia haya tenido la humildad de presentar el texto de forma accesible (tanto en contenido como en forma), para no abrumar a nadie y, por el contrario, con un espíritu genuino de beneficiar a la comunidad yóguica. Es decir, siguiendo la esencia del Yoga.

El Diccionario del Yoga ya está disponible en España; pronto irá llegando a Latinoamérica y, para quienes estén en Barcelona, habrá una presentación el 10 de noviembre, ver detalles aquí. Mis mejores deseos de éxito para este libro.

La visión del Yoga sobre la depresión y cómo superarla

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Hace unos días leí un muy interesante y actual artículo de David Frawley, reputado especialista en la tradición védica y gran difusor del yoga y el ayurveda en Occidente. El artículo original estaba en inglés (aquí) y con la ayuda de mi esposa Hansika decidimos traducirlo para beneficio de quien corresponda. Concuerdo grandemente con lo que explica Frawley, en parte porque yo mismo he pasado por varias fases en mi vida que podría calificar de “depresivas”. Comparto el texto prácticamente íntegro, es un poco largo pero vale la pena. Espero sea útil:

“La depresión se está convirtiendo en una epidemia, sobre todo en el próspero mundo occidental. Afecta de igual modo tanto a jóvenes como mayores, a ricos como a pobres, a personas cultas como a personas sin formación. Para combatirla, se recetan cada vez mayores cantidades de medicamentos antidepresivos, de los que se van introduciendo distintas variedades en el mercado.

Este problema nos lleva naturalmente a la cuestión de fondo: ¿Cuál es la causa de la depresión? Hay muchas explicaciones, algunas muy informativas o aclaratorias. Sin embargo, me gustaría mirar más allá de cualquier teoría compleja. Para simplificarlo, la causa de la depresión es el estímulo. Cuanto más dependemos del estímulo externo, es más probable que con el tiempo más nos deprimamos. Hay múltiples motivos para ello.

Primero, siempre que cualquier estímulo al que nos hemos acostumbrado se reduzca o inhiba, es más probable que nos deprimamos o sintamos algún tipo de síndrome de inhibición, ya que nos hacemos dependientes del estímulo para energizar nuestro sistema nervioso.

Segundo, con el tiempo, es más probable que nos aburramos o deprimamos con cualquier tipo de estímulo, ya que la repetición hace perder la novedad. El umbral en el que cualquier estímulo nos afecta va aumentando a medida que lo experimentamos con asiduidad.

El hecho es que esa dependencia de factores externos para entretenernos, comprometernos o motivarnos hace que perdamos nuestro propio poder de motivación, lo cual resulta en una futura depresión.

La Era Moderna de la Estimulación Mediática y la Medicina Basada en Medicamentos

En el mundo moderno de la alta tecnología estamos sujetos a mucho más estímulo y entretenimiento que en cualquier época anterior. Muchas personas están conectadas todo el día con música, vídeos, redes sociales o Internet (casi desconectándose del resto de la vida, incluso del resto de personas). No sabemos cómo estar solos, en silencio, en la naturaleza o incluso cómo tener una relación directa con alguien.

Además de nuestros estímulos sensoriales muchos de nosotros tomamos drogas recreativas o medicinales que tienen efectos secundarios adictivos y devastadores. Hay epidemias en cuanto a la cantidad de opiáceos que las personas toman hoy en día como analgésicos o sencillamente como adicción a las drogas opiáceas, de las que hay muchas formas nuevas artificiales y poderosas que son incluso más adictivas. La depresión se puede conectar con adicciones de varios tipos, desde adicciones sensoriales a todo tipo de adicciones a sustancias. Aún así la depresión normalmente se puede relacionar con un tipo de vida que mira hacia fuera, incluso si tenemos adicciones específicas. Algunos de nosotros puede que nos sintamos deprimidos por el estado infeliz del mundo actual. Ésta es otra complicación basada en prestar demasiada atención al mundo externo, eclipsando nuestra práctica espiritual interior.

El Mito de la Depresión como un mero problema en la Química Cerebral

La ciencia médica más reciente nos cuenta que la depresión es un producto de una química errónea en nuestros cerebros, y que dicha deficiente química cerebral como mejor debe ser tratada es con medicamentos, ya que es un problema químico. El resultado de ello es que, en lugar de tratar la depresión mirando nuestro comportamiento o nuestras circunstancias de vida, tenemos multitud de nuevas variedades de medicamentos antidepresivos que no existían hace unas pocas décadas. Incluso con todos los antidepresivos que tomamos, parece que nos deprimimos más. Algunos antidepresivos tienen como efectos secundarios deprimir más. Esto es esperable. Como la depresión es resultado de la dependencia de estímulos externos, categoría en la que los medicamentos antidepresivos también encajan, es probable que a largo plazo creen más depresión o que, al menos, reduzcan nuestro nivel de creatividad, contentamiento y motivación.

La medicina basada en medicamentos nos dice que nosotros no somos responsables de los desequilibrios en la química del cerebro. Somos víctimas de la química de nuestros cerebros que depende de varios factores más allá de nuestro control, empezando por la genética. Creer que esta afirmación es cierta nos puede hacer sentir personalmente liberados de culpa, pero absolvernos de toda responsabilidad por nuestra condición, nos quita nuestra habilidad de controlar o mejorar nuestra propia salud y bienestar. Si somos víctimas de la química cerebral, ¿qué es un ser humano o un alma humana y qué responsabilidad tenemos realmente en la vida?

Depresión y Problemas de Comportamiento

El hecho es que la mayoría de depresiones están basadas en el comportamiento. Nuestros estilos de vida incorrectos por demasiada actividad, sobreestimulación y desconexión con el mundo de la naturaleza, nos pueden dejar exhaustos y deprimidos, especialmente a nivel psicológico y emocional. El yoga nos enseña que la cualidad de rajas o “excesiva agresión y estímulo” nos lleva a la cualidad de tamas o “oscuridad, inercia y depresión” al agotarnos, quemarnos o al hacernos demasiado hiperactivos, sensibles, inquietos y estresados.

En nuestra sociedad orientada al individualismo a menudo terminamos solos, ya que la familia y la comunidad se subordinan a los logros individuales. Esto nos hace más dependientes de la estimulación mediática para llenar el vacío en nuestras vidas. Soledad y depresión a menudo van juntas.

Para verlo desde otro ángulo, la depresión no es más que baja energía en la mente o en un nivel psicológico. Hasta cierto punto, igual que todos tenemos períodos de baja energía física, particularmente como consecuencia de una actividad excesiva, también tenemos períodos de baja energía mental como consecuencia de demasiado trabajo o estimulación mental o emocional. Del mismo modo que la baja energía física se debe a una falta de ejercicio y a una nutrición carente, la baja energía psicológica se debe a una falta de ejercicio mental y a una carente nutrición de la mente.

¿Cuántos de nosotros ejercitamos nuestras mentes de modo creativo e inteligente más allá de sólo seguir los entretenimientos masivos y sin sentido? ¿Habéis examinado la nutrición mental que ingerís a través de vuestros sentidos? A través de los medios dejamos que en nuestras mentes entren personas que jamás dejaríamos entrar en nuestras casas. Como entretenimiento vemos programas llenos de violencia, destrucción y emociones negativas.

La depresión indica una débil inmunidad psicológica y física. Muchas de las personas que dicen padecer depresión en realidad no han sufrido mucho en la vida en términos de enfermedades o carencias, pero reaccionan así a problemas emocionales, a menudo enraizados en la niñez. La depresión conlleva demasiada fijación en nuestro ser personal y nuestro ego, como si fuera un tipo de narcisismo invertido. Cuanto más pensamos en nuestra depresión, lo cual supone prestarle más atención, peor se vuelve.

Qué Nos Puede Enseñar la Depresión

Lo primero para tratar la depresión es que no deberíamos considerar la depresión como enemigo, como un patógeno a destruir, como algo que viene de fuera. Debemos intentar entender su causa dentro nuestro y cuál es su mensaje sobre cómo vivimos y pensamos. Deberíamos intentar entender qué nos dice nuestra depresión y qué nos puede estar enseñando sobre nuestra situación en la vida.

La depresión, como el dolor, puede ser el síntoma de un problema más profundo. Puede que la depresión nos esté diciendo que hay algo frustrante o incluso errado en nuestras vidas, y que puede que tengamos que cambiar quién somos o cómo funcionamos en el mundo. Puede que nos esté diciendo que no estamos utilizando nuestro tiempo sabiamente y que tenemos que cambiar nuestra rutina diaria. La depresión puede tener su base en relación a la espiritualidad, ya que sin una práctica de meditación o valores más profundos, el mundo externo probablemente nos haga sentir vacíos, agotados y sin ningún valor en sí mismo.

Tratamiento Para la Depresión

¿Cuál es el tratamiento para la depresión? Primero tendría que ser principalmente de comportamiento, aunque muchos otros factores pueden ayudar. Debería basarse en la curación natural y no en sustancias artificiales. Nada sin prāṇa o “fuerza vital” puede, a largo plazo, elevar nuestros espíritus, los cuales reflejan nuestro prāṇa. Tenemos que aprender a retirarnos de los estímulos externos y desarrollar nuestra propia creatividad interna, motivación y disciplina para superar la depresión. La depresión puede ser una señal de que debes apartarte y continuar con tu vida hacia un nuevo nivel de conciencia. La depresión puede que también oculte miedos más profundos. Si no desafiamos nuestros miedos, la depresión puede que nos mantenga en la sombra, junto a ellos.

Para ir más allá de la depresión tenemos que dejar de interpretar el papel de víctimas en la vida y asumir responsabilidad kármica de quién somos. Tenemos que empezar a buscar una vida de mayor conciencia más que el mero disfrute personal y éxito externo. Tenemos que dejar un modelo de comportamiento químico y aceptar que nuestro estado mental se basa en nuestros propios valores, acciones y motivaciones: en nuestro estilo de vida. Tenemos que dejar de culpar a nuestros cuerpos, nuestros padres o incluso nuestra sociedad, por quienes somos. Tenemos que empoderar nuestro ser interior y esto sólo se puede hacer desarrollando fuerza de voluntad. Naturalmente esos cambios de personalidad y de comportamiento no pueden darse de un día para otro, pero los podemos ir introduciendo a diario gradualmente.

Hay cosas sencillas que se pueden hacer para la depresión en Yoga y Ayurveda.

Podemos usar aromas estimulantes o incienso como champak, frangipani, alcanfor, eucalipto, menta, salvia o tulsi. Podemos utilizar aceites de nasya para despejar nuestras fosas nasales o una neti pot (o lota) para limpiarlas y llevar más prāṇa a la cabeza. Podemos practicar prāṇāyāma para llevar energía más profunda al cerebro. A medida que nuestras fosas nasales y pulmones se abran y nuestra respiración sea más profunda y plena será más difícil caer en depresión o quedarse en ella.

Podemos cantar mantras como Hrīṁ o Om namah śivāya, o cualquier mantra que nos guste, o repetirlos en silencio para que nuestra energía se mueva. Podemos utilizar infusiones herbales ayurvédicas como tulsi, calamus o brahmi para mejorar la circulación en el cerebro, o plantas calmantes como aceite de sándalo en la cabeza.

Podemos salir a la naturaleza, dar un paseo por la montaña, ir a nadar o tomar una clase de haṭha yoga. Tenemos que mover nuestros cuerpos. Podemos hacer posturas invertidas para llevar energía al cerebro.

Deberíamos aprender a relacionarnos con la vida y el universo a través del cielo, el agua, la Tierra y las montañas, árboles, flores y plantas y todas las criaturas, grandes y pequeñas. Tenemos que abrir nuestros horizontes mentales al espacio ilimitado de la conciencia.

Tenemos que asumir la responsabilidad de nuestra propia depresión y no sólo buscar un remedio externo que la ahuyente por un tiempo. La depresión a menudo es una emoción autoindulgente que surge de la preocupación por nosotros mismos y sobre fijación en nuestra felicidad personal. Una buena cura de la depresión es realizar un trabajo de servicio a otros en situaciones vitales más difíciles que las tuyas. Intenta también limpiar el desorden de tu habitación o de tu casa para ayudar a eliminar el desorden de tu mente que a menudo implica la depresión.

  • En términos ayurvédicos más específicos, las personas de tipo ligero correspondiente al doṣa Vāta a menudo tienen una profunda depresión que nace de la debilidad y el agotamiento nervioso, aunque también pueden ser maniacodepresivos con muchos altos y bajos. Necesitan una buena nutrición, relajación, masaje con aceites y compañía humana.
  • Los tipos acuáticos del doṣa Kapha pueden tener fuertes depresiones crónicas fruto de la falta de movimiento, el letargo y el sobrepeso. Tienen que ser empujados y motivados, para moverse y actuar tanto física como mentalmente.
  • Los tipos intensos del doṣa Pitta a menudo se deprimen cuando no pueden lograr sus metas personales o cuando sus esfuerzos son bloqueados. Con frecuencia la depresión va acompañada de enojo. Pueden ser bipolares y atacar a otros. Se tienen que enfriar y calmar, cultivando el perdón y la compasión.

Buenos practicantes de ayurveda o astrología védica o consejeros védicos tendrán muchos consejos sobre cómo lidiar con la depresión sin recurrir a ningún tipo de medicamentos.

En conclusión, para salir de la depresión tenemos que reforzar nuestro propio Ser superior. Debería estar más allá de tu dignidad como alma divina y conciencia inmortal el regodearse en la depresión. Tu verdadera naturaleza es Satchidananda: Ser-Conciencia-Plenitud absolutas, más allá del cuerpo y la mente”.

Prāṇa y ama

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Hace unas semanas vi una camiseta yóguica con una inscripción muy ingeniosa: prana y ama. Por otro lado, durante las vacaciones de agosto estuve (otra vez) en una inmersión de haṭha-rāja yoga con Sri Andrei Ram, discípulo aventajado de Sri Dharma Mittra y maestro por derecho propio, en que se practicó constantemente desde la respiración consciente. Hoy me gustaría mostrar una posible relación entre los dos eventos.

Prāṇāyāma es el nombre técnico de lo que a veces, en clases de yoga, llamamos “ejercicios de respiración” y que, históricamente, ha sido el signo distintivo del haṭha yoga, aunque ahora lo más difundido y visible sean las posturas corporales (āsana). La versión más aceptada es que la palabra prāṇāyāma es un compuesto formado por prāṇa (“energía vital”) + āyāma (“control”), cuyo paradigma sería la retención (kumbhaka), ya sea con pulmones llenos o vacíos, en que el yogui suspende la actividad respiratoria. La ligera variante prāṇayāma (prāṇa + yāma – “control”-), también existe y significa lo mismo.

Por otro lado, hay maestros y textos respetables que dicen que āyāma refiere a “extensión” y que, por tanto, el fin último del prāṇāyāma sería alargar el proceso respiratorio, lo cual redundaría en un alargamiento de la vida, sobre todo si nos basamos en la difundida creencia que sostiene que cada ser nace con un número ya determinado de respiraciones para dosificar durante toda su vida. Lo cierto es que en general todos están de acuerdo en que mientras más lento respire uno, mejor.

La palabra prāṇa es un concepto antiguo e importante en el Yoga y puede tener varios sentidos, pero aunque hablemos de respiración nunca nos referimos al “oxígeno” o al aire que sale o entra del cuerpo sino a la “energía vital” que es la base de ese proceso. Por ello a veces se habla del prāṇāyāma como “control de la energía vital, a través de la respiración”. La filosofía yóguica descubrió hace miles de años que la sutileza de la respiración es el proceso físico más adecuado para abordar (y controlar) las todavía más inasibles actividades mentales. Por ejemplo, la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.8.2) dice:

“Así como el pájaro atado a una cuerda, después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar precisamente sobre su propia atadura, de la misma manera, hijo mío, también la mente después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar sobre el aire vital (prāṇa). Porque, hijo mío, la mente está atada al aire vital”.

La constatación de que la respiración y la mente van ineludiblemente unidas es la que ha impulsado al yogui a dedicar gran parte de su empeño a observar, regular y controlar su respiración. Si la mente es “más difícil de controlar que el viento”, entonces el camino más sencillo es intentar regular el proceso respiratorio, muy sutil pero todavía tangible. De la misma forma que la respiración se aquieta de manera natural cuando ponemos toda nuestra atención en una única actividad, como la lectura o pararnos en un solo pie, si profundizamos y alargamos la respiración de forma consciente la mente también se calma y se centra gradualmente.

Existen muchos tipos de “ejercicios respiratorios”, aunque los manuales medievales de haṭha yoga fijan el número tradicional de prāṇāyāmas en ocho. De todos modos, estas técnicas artificiales tienen fines específicos y, en realidad, se suele decir que el mejor prāṇāyāma es el que surge (con la práctica) de forma espontánea y cuyo exponente máximo es la retención natural sin esfuerzo.

A este respecto, todos tenemos la imagen del yogui controlando con gran esfuerzo su respiración, realizando austeridades extremas, quizás en parte porque se suele traducir la palabra haṭha como “forzar”. Como contraste, es interesante notar que el académico y sanscritista inglés Jason Birch sostiene que el “forzamiento” implicado en la palabra haṭha no refiere a un método vigoroso sino más bien al efecto que la práctica tiene en la energía kuṇḍalinī, que se ve “forzada” a moverse con las técnicas yóguicas.

Hablando de contrastes, y llegando a donde yo quería llegar, al yogui Andrei Ram le gusta decir, siguiendo al escritor y activista indio Satish Kumar, que la palabra sánscrita yama (o yāma o āyāma), que etimológicamente viene de la raíz verbal √yam que significa “controlar”, ha sido mal traducida, especialmente en Occidente. En lugar de “controlar”, debería hablarse de “cuidar”. De hecho, hablando de medicina, Satish Kumar dice que la medicina occidental se centra en “curar”, mientras que la oriental lo hace en “cuidar”. De la misma forma, prāṇāyāma se trataría de “cuidar la respiración”, no de controlarla.

Todos hemos experimentado que cuando mejora nuestra respiración automáticamente mejora nuestro estado de consciencia y, por ende, nuestra vida. Visto desde esta perspectiva, cuidar la respiración es lo mismo que cuidar la fuerza vital (prāṇa), nuestro estado mental y, por tanto, cuidar la respiración es también cuidar la (propia) vida. De ahí que la inscripción de prāṇa y ama que vi hace un tiempo estuviera resumiendo de forma genial una concepción de la respiración y de la vida que me gusta y me aporta mucho a nivel personal.

prana y ama

Una concepción que el poeta y yogui Javier Salinas expresa nítidamente en uno de sus poemas:

Me gusta cuidar las cosas: una vieja gorra
que compré hace tanto tiempo atrás bajo
un puente en Roma.
Un foulard que me compré para una boda
de unos conocidos que apenas volví a ver.
Una planta que compré en un chino por apenas
nada y que me hace compañía.
Cuidar de mis hijos, de sus madres, que fueron mis parejas.
Me gusta cuidar la respiración.
Cuidar mi bicicleta.
Me gusta cuidar la suavidad y el optimismo,
sobre todo cuando no parece haber razones para ello.
Una mochila que compré en Alemania, de un soldado
que alguna vez la llevó.
Cuidar a mis padres y a mis hermanas,
y de los gatos y animales que haga falta.
Me gusta cuidar a la gente que no me puede dar
nada a cambio excepto su sonrisa.
Me gusta cuidar la paz, la belleza,
unas zapatillas que me compré un día de primavera.
Pero, sobre todo, me gusta cuidar, proteger,
lo que a veces se me olvida que existe todo el tiempo,
esa vieja cosa llamada amor.

prāṇa y ama

El Yoga y la temperatura ideal

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Cuando Bikram Choudhury, el inventor del famoso estilo hot yoga, quiso justificar la aberración de practicar posturas en una sauna a 40 °C dijo que lo que él había buscado era emular, de forma artificial, el clima tropical indio en que tradicionalmente practicaban los yoguis. Por supuesto, siempre ha habido una rama muy ascética de yoguis que realizaban sus austeridades a pleno sol e incluso cerca del fuego, como así también los hay que, semidesnudos, hacen sus prácticas en las nieves del Himalaya.

De hecho, si la mayoría de yoguis residen tradicionalmente en las montañas no es solo buscando la soledad sino también quizás algo de fresco, pues la práctica del yoga genera un potente fuego interno. Evidentemente, el clima de la India a menudo puede recordarnos a una sauna o incluso peor, y por ello – entre otras cosas – muchos yoguis eligen las horas del amanecer y del atardecer como las más propicias para sus prácticas.

Este tema viene a cuento porque está semana en el hemisferio norte se celebra el solsticio de verano y, también, el Día Internacional del Yoga. La cuestión es que con la llegada del solsticio de verano a Barcelona, aparte de pasarnos el día hablando del calor, se ha desatado lo que una amiga llama “la guerra de los aires acondicionados”, que consiste en luchar por poner el aire a la temperatura deseada; una guerra que generalmente ganan los que, al parecer, no pueden soportar ni un ápice de calor.

Por tanto, aunque por la calle uno vaya con pantalones cortos/falda o chanclas, al entrar a la oficina, una tienda o el autobús se debe abrigar para no congelarse. Así uno entra en la extraña paradoja que quejarse del calor fuera y del frío dentro… y luego dicen que fue Dios quien hizo este mundo imperfecto.

Barcelona en verano puede ser calurosa pero tampoco estamos hablando de Mysore ni de Varanasi. Sin embargo, muchos practicantes de yoga tienen una fuerte necesidad de encender el aire acondicionado durante las clases (el ventilador no alcanza…). Justamente lo opuesto del Bikram Yoga, que a su vez es popular porque da la sensación de trabajar más el cuerpo, porque uno siente que con tanto sudor quema más toxinas y, sobre todo, porque muchas personas lo hacen con el afán de perder peso. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Calor o frío?

Como ya he escrito una vez, los textos clásicos dicen que los extremos no son recomendables, y de hecho la Gheraṇḍa Saṃhitā, un reconocido manual medieval de haṭha yoga, dice que comenzar la práctica de yoga en verano o en invierno “solo trae enfermedad”. Por tanto, se aconseja comenzar “en primavera o en otoño” (V.8-9).

Mi maestro Sri Dharma Mittra, más que temperatura, dice que lo importante es que el espacio de práctica esté ventilado, ya que aunque uno sude el aire en circulación seca ese sudor y eso es mejor que sudar con aire acondicionado (y tener que taparse con una manta para śavāsana). Por ello Dharmaji, en el sexto piso de su escuela-templo en Manhattan muchas veces deja las ventanas abiertas, a pesar de que cada tanto lleguen sirenas de bombero, bocinas y otros ruidos callejeros.

En una ciudad con menos rascacielos como Barcelona y con los estudios muy cerca de la calle, abrir las ventanas implicaría un ruido tan infernal que, en general, hay que usar ventilador o alguna opción de aire acondicionado.

Una de las contras de usar aire acondicionando para practicar yoga es que los sistemas de climatización suelen usar elementos químicos (al menos para su desinfección) y en una práctica donde la respiración es tan importante y, a veces, profunda, no es ideal respirar un aire no puro. Obviamente en la ciudad ningún aire es puro, pero si puedo prefiero que se apague el aire acondicionado, al menos en la parte del prāṇāyāma formal.

Otra de las contras de usar aire acondicionado es que uno reduce su “umbral de temple”. Cada persona es diferente, pero si ante el primer golpe de calor todos nos refugiamos en el frescor de la climatización artificial, después el caminar por la calle a temperatura ambiente se convierte en una tortura y todos queremos llegar rápido a nuestro destino bien refrigerado (lo mismo podría pasar con el invierno y la calefacción). Este síndrome de escapar hacia “lo placentero” tiene al ser humano en una perenne insatisfacción. Siempre esperando que llegue el viernes, las vacaciones, la jubilación…

Los textos yóguicos repiten por doquier que la ecuanimidad es una virtud fundamental para encontrar la paz. La Bhagavad Gītā (VI.7) dice:

“Para aquel que a sí mismo se ha vencido y la serenidad ha conquistado,
para aquél el Espíritu Supremo siempre está presente
en el calor y en el frío,
en el placer y en el dolor,
en el honor y en la deshonra”.

Y hablando de las cualidades del yogui redunda (XII.18-19):

“Aquel que es igual frente al amigo y al enemigo (…)
igual en el calor y en el frío,
en la felicidad y en la desgracia,
despojado de todo apego (…),
satisfecho con lo que le azar le aporte…”.

Esta capacidad de mantener el equilibrio frente a los extremos es uno de los grandes objetivos yóguicos, y por ello uno de los elementos del camino clásico del Yoga es pratyāhāra, la “retirada de los sentidos” o “abstracción sensorial”. Hablando de este control de los sentidos y de la mente dice la Gheraṇḍa Saṃhitā (IV.5):

“Cuando la mente entra en contacto con algo caliente o frío, retírala de allí y ponla bajo control en el Ser”.

Obviamente, este mismo principio de control de los sentidos podría aplicarse al hot yoga, por lo que es importante tener en cuenta el equilibrio entre extremos, en este caso, el equilibrio entre desarrollar la templanza y el sobre-esfuerzo o cualquier acción dañina para el cuerpo.

Por último, si es verano y hace calor es normal que uno sude un poco haciendo yoga, al menos en condiciones normales. Si hace Bikram sudará todos los zumos verdes que se haya bebido en la semana y si usa demasiado aire acondicionado sudará menos de lo que debería. A fin de cuentas, el sudor es un parámetro muy útil para el yogui ya que (más allá de las condiciones climáticas) nos habla de nuestro estado durante la práctica.

Yo soy de sudar, pero hace algunos años sudaba mucho más y entonces le pregunté a Dharma Mittra si eso era normal. Él simplemente me dijo que el sudor era “tensión innecesaria” y que con el tiempo se iría reduciendo si uno aprendía a “relajarse en la postura”; efectivamente así sucedió a medida que fui profundizando en mi práctica. Eso sí, siempre y cuando no me metan en una sauna a 40 °C a celebrar el solsticio de verano.

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Anāhata, el espacio sin fricción

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Siempre que escucho la traducción de la palabra sánscrita anāhata (anáhata) me quedo con cara de nada. De hecho, la traducción que más me encuentro suele ser en inglés – “unstruck” -, que es bastante literal del sánscrito, y que podría traducirse como “no (an) golpeado (āhata)” o “no tocado”.

El interés que despierta esta palabra en mí es que, en la anatomía sutil yóguica, es el nombre del centro energético o cakra (chakra) ubicado en el centro del pecho, en el espacio del corazón. Este espacio es especialmente relevante en la tradición yóguica pues ya los textos antiguos – especialmente las Upaniṣads – indican que allí reside el ser (a veces llamado ātman, a veces prāṇa, a veces puruṣa, a veces brahman…).

Por ejemplo, la Taittirīya Upaniṣad (II.1.1):

“El ser (brahman) es la verdad, el conocimiento y la infinitud.
Aquel que sepa que reside en la caverna [del corazón],
en el espacio supremo,
ése alcanza todos sus deseos
y a la vez brahman, el omnisciente”.

Según se explica, esta “cueva del corazón” donde se esconde lo más sutil de lo sutil, es decir nuestra esencia, trasciende al anāhata cakra, pero concentrarse en el centro energético o cakra (utilizando diversas técnicas) es una buena manera para contactar aquello que está más allá. Los sabios explican que “eso que está más allá” es un espacio de gozo, de permanente quietud y de silencio, en el sentido de que nada “es golpeado” o, quizás mucho mejor, como dice el yogui Sri Andrei Ram, donde “no hay fricción”.

En general, todo sonido (externo o interno) que conocemos o experimentamos está compuesto, al menos, por dos partes que se tocan, golpean o “friccionan”: la mano que percute el tambor, el pie que pisa la tierra, la lengua en contacto con diferentes partes de la boca a la hora de hablar, el viento chocando contra las piedras o el mar, los astros y sus atmosferas…

Entrando en un plano más sutil la regla es la misma: las diversas formas del mundo en contacto con la facultad de la vista, el sentido de la vista en relación con el cerebro, mis pensamientos en interacción con mi fuerte sentido del yo, mi sentido del yo analizado por mi intelecto, yo y mi meditación, mi concentración en el objeto de meditación, yo y mi samādhi

Sin embargo, dicen los yoguis, hay un espacio profundo y pequeño (“del tamaño del dedo pulgar”) donde se puede percibir un “sonido sin fricción”, o anāhata nāda, que los filósofos definen como “la divina melodía interior” o la “resonancia interna continua” y que es el sonido sutil escuchado en meditación profunda, también llamado OM o Aum. Este sonido se considera primordial, inefable y en cierta forma inaudible, pues no se escucha con los oídos físicos.

Para la tradición tántrica (y el haṭha yoga es una ramificación de esta tradición), es en el cakra del corazón donde se revela ese sonido cósmico. De ahí que la palabra anāhata, para tratar de hacerla entendible, se traduzca a veces como “so­nido hecho sin que dos cosas se choquen”.

Por lo que explican los yoguis, no tiene sentido intentar escuchar ese sonido, pues en ese caso uno ya estaría poniendo elementos en juego (expectativa, “yo escucho”/”yo no escucho”, activación del sentido del oído…) que generarían fricción. El sonido sin fricción, al parecer, surge espontáneamente cuando uno entra en el espacio sin fricción. Por tanto, la práctica está más bien en purificar la mente con diferentes ejercicios (físicos, mentales, energéticos…) para poder, al menos, vislumbrar ese espacio no-dual, en que sólo está uno mismo, sin interferencias.

Como todos los yoguis o meditadores, he tenido (o creído tener) algún fugaz vislumbre de ese espacio, pero de ninguna manera puedo hablar con autoridad de este tema desde la propia experiencia directa. Lo que sí tengo es mucha confianza en la palabra de maestros genuinos y textos sagrados y también un buen grado de certeza nacido de las breves e internas experiencias personales.

Curiosamente, el hecho de analizar y entender intelectualmente el profundo sentido filosófico del nombre anāhata me ha dado mucha inspiración y me ha ayudado a tener más claro lo que hay en ese pequeño pero inmenso espacio en el centro del pecho.

Qué mejor que cerrar, entonces, con una cita de la Chāndogya Upaniṣad (VIII.1.1-3):

“OM. En el centro de esta ciudad de brahman (es decir, el cuerpo) hay un pequeño santuario en forma de flor de loto.
En su interior hay un espacio diminuto. Hay que buscar, hay que desear conocer lo que hay dentro (…)

El espacio en el interior del corazón es tan vasto como todo el universo. En su interior caben el cielo y la tierra, el fuego y el viento, el Sol y la Luna, el relámpago y las estrellas. Todo está contenido en su interior, lo que pertenece a uno en este mundo y también lo que no le pertenece”.

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Viajar con Karma

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Desde que The Beatles visitaron Rishikesh en 1968, el Yoga y la filosofía india se popularizaron a pasos agigantados en el mundo occidental, introduciendo en él, entre otras muchas cosas, una nueva terminología hecha de palabras sánscritas que, actualmente, son chapati de cada día, especialmente en los medios de comunicación y, por tanto, en el habla cotidiana. Como es natural, cuando un término cambia de contexto socio-geográfico-cultural pierde parte de su sentido original o incluso gana nuevos y diferentes matices, y con más razón si se trata de conceptos filosóficos, como es el caso.

Una de esas palabras es karma, que aparece tanto en la sección deportiva de los periódicos, como en famosas canciones de rock & pop o en los nombres de discotecas. La palabra sánscrita karma significa literalmente “acción” y puede significar diversas cosas: cualquier acto que uno realiza en su vida; un acto específicamente ritual; la ley de causa y efecto; la acumulación de las acciones pasadas…

En Occidente predomina la acepción de karma como “destino” (muchas veces un tanto ciego), en el sentido de que es algo que toca vivir y aceptar, en general como una carga. Por ello se escucha, “esta enfermedad es un karma que tengo que limpiar” o “yo nunca gano nada, es mi karma” o “¡qué karma tiene el Aleti con las finales!”. De hecho, si uno agrega el adjetivo “mal” antes de karma, en general siempre cuadra.

Un derivado de esta idea es la que hace que muchos visitantes a la India (y también personas que no la han visitado) digan que una de las razones de que el pueblo indio sea pobre es su “pasiva aceptación” de la ley del karma, o sea su resignación a aceptar ese destino ya escrito, aunque haya sido escrito por ellos mismos.

Lo que falta generalmente en las interpretaciones occidentales es el componente “activo” del karma, pues si bien uno debe recibir los efectos de sus actos previos, tiene al mismo tiempo la capacidad de crear su propio destino mediante cada acción que está realizando. Sumando el hecho de que para la filosofía yóguica el karma puede ser malo, bueno, mezclado o incluso neutro.

karma

Esta resumida explicación sirve para presentar una nueva variación del concepto indio de karma en el contexto occidental, especialmente el catalán, donde la empresa Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) lanzó una novedosa campaña de comunicación titulada Viatjar amb Karma (“Viajar con Karma”). La campaña pretende fomentar “el respeto y la convivencia entre los usuarios del transporte público barcelonés” y para ello han creado un personaje femenino llamado “la Karma”, que cumple el rol de “prescriptora del comportamiento en el transporte público señalando las infracciones y las actitudes incorrectas”, a la vez que también destaca los comportamientos cívicos (como escuchar música con auriculares sin molestar a los demás pasajeros).

El recordatorio en la máquina de validar billetes del autobús

TMB explica que “el nombre del personaje juega con el concepto filosófico de karma, entendido como el conjunto de acciones que realiza cada individuo y que marcan su conciencia y condicionan su futuro”. Dentro de la peculiaridad de la campaña, la definición que han elegido me gusta porque se focaliza en la importancia de los propios actos como creadores del destino individual.

En el contexto del transporte público de Barcelona, la Karma se encarga, más que de castigar, de dar mensajes de advertencia sobre el fraude de viajar sin pagar; usar sin criterio los asientos reservados para personas ancianas/embarazadas/con muletas, etc.; mal usar el mobiliario (como poner los pies en los asientos o tirar basura); o acercarse demasiado al borde de los andenes del metro.

La forma en que se espera que estas advertencias hagan mella en el público es con un axioma bien indio: Tot torna (“Todo vuelve”). Yo soy un total suscriptor de este axioma, pero no sé cuántos occidentales están igual de convencidos de su verdad. Cierto es que, en Occidente, tenemos el bíblico dicho de “se cosecha lo que se siembra” y, en ese sentido, puede que el inconsciente colectivo esté inclinado a aceptar la ley energética de causa-efecto.

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Una mujer ocupa el asiento reservado para embarazadas y la Karma se lo recuerda con una especie de corneta

Evidentemente, si uno entra al metro sin pagar se arriesga a una multa y, si ésta le cae, entonces verá las consecuencias de sus actos de forma muy nítida y lineal. Ahora, no cederle el asiento a una señora mayor o abandonar una lata de refresco por el suelo puede pasar desapercibido (sobre todo si nadie lo ve o lo juzga directamente) y, por tanto, no hay castigo aparente, con lo cual la Karma lo tiene más difícil a la hora de disuadir a estos “incívicos” con la abstracta teoría del “todo vuelve”.

Los recursos que utiliza la Karma son ingeniosos: por ejemplo, carteles cerca de los asientos reservados que dicen Ei, et veig (“Ey, te veo”) o Ei, seient reservat (“Ey, asiento reservado”). En estos casos me parece que se apela más al “control social” que a una aceptación de la ley kármica. De todos modos, en la mayoría de casos presentados no hay una consecuencia muy tangible más allá de “mejorar la convivencia”, que me parece obvio y no requiere de profundos conceptos filosóficos para ser justificada.

“Ey, asiento reservado”

Como no todos somos incívicos, la Karma también da mensajes positivos para “reforzar las conductas cívicas, las cuales proporcionan más karma a sus autores”. Aquí ha fallado TMB, al menos en la teoría, pues como bien deberían saber, tener más karma no es algo especialmente positivo para la visión yóguica, en que la idea es ir reduciendo el karma, ¡incluso el buen karma!

Para que cada uno saque sus conclusiones dejo unas imágenes y vídeos de la campaña publicitaria, que no deja de ser ingeniosa (aunque no sé si efectiva), y que nos muestra hasta donde la filosofía india se está metiendo en nuestras vidas:

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“Todo vuelve. Evita una multa de hasta 600€”

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Si pones los pies en el asiento como si fuera el sofá de tu casa, todo vuelve. No se sabe cómo, pero vuelve…

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No todo es negativo. Si te portas bien y escuchas música con auriculares, lo que vuelve es “más karma”, pero bueno.

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