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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

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La misteriosa ubicación del conducto de la tortuga

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Quizás por ser un animal muy antiguo, la presencia de la tortuga en la tradición hindú es profusa, incluyendo filosofía o mitología, y sin olvidar sus recurrentes apariciones en el ámbito del Yoga. En el Mārkaṇḍeya Purāṇa, por ejemplo, se afirma que el continente indio se apoya de forma permanente en la espalda de una tortuga gigante, que a veces aparece con el nombre de Akūpāra, aunque siempre se trata de una manifestación del dios Viṣṇu (Vishnu).

En esta misma línea, es muy conocida la encarnación (avatāra) de Viṣṇu como tortuga con el nombre de Kūrma, que tuvo lugar cuando los devas y los asuras batieron el océano de leche primordial en el principio de los tiempos. El batidor utilizado era una gran montaña que, de tanto moverse, perdió estabilidad y entonces Viṣṇu adoptó la forma de una tortuga y descendió al mar para hacer de base de la montaña, que en su fuerte caparazón encontró la firmeza que necesitaba.

Puede que estas historias suenen a fantasía pero lo cierto es que nos dan una idea de la tortuga como símbolo de estabilidad, quietud y también longevidad, porque el animal que sostenga el mundo tiene que aguantar ahí un largo tiempo.

Comenzando a relacionarlo con el yoga, se suele decir que las tortugas viven muchos años (incluso más de cien), justamente porque respiran muy lento (2 o 3 veces por minuto) y ya se sabe que la respiración yóguica ideal debe ser prolongada y sutil, sin hablar de las más avanzadas retenciones naturales y sin esfuerzo, que al parecer las tortugas (sobre todo acuáticas) también hacen. Al respirar lento uno vive más años y, además, calma la mente. De ahí que la tortuga sea un animal símbolo de la serenidad, lo cual se expresa en sus movimientos lentos.

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Ilustración de Kurmavatara, a cargo de Hari Dasa, del libro ‘Entre la materia y el espíritu’. 

Este contexto se vuelve relevante cuando uno se cruza con el sūtra 3.31 (3.32 en otras versiones) del Yogasūtra de Patañjali, que sucintamente dice:

kūrma nāḍyāṃ sthairyam

En la literal traducción de Òscar Pujol sería:

“Con el [dominio] del conducto de la tortuga, la inmovilidad”.

En la más elaborada traducción de J.A. Offroy Arranz sería:

“Efectuando la contemplación sobre el conducto de la tortuga, en la región del pecho, se logra estabilidad emocional”.

Para situarnos, es útil saber que este sūtra aparece en el tercer capítulo (pāda) del texto, titulado vibhūti-pādaḥ, en que se describen ciertos poderes sobrenaturales (vibhūtis o también siddhis) que se obtienen en la práctica yóguica con la contemplación integral (concentración + meditación + contemplación) y el consiguiente dominio o control (saṃyama) de determinados objetos. Entre la treintena de poderes que se enumeran en el pāda, que incluyen el conocimiento de las vidas pasadas, de las mentes ajenas, de los planetas o la capacidad de levitar, hay una serie de contemplaciones sobre diferentes puntos corporales.

El punto que hoy nos interesa es el citado kūrma nāḍī o “conducto o arteria sutil de la tortuga”. En anatomía yóguica, una nāḍī es un canal sutil por el que fluye el prāṇa o energía vital. En los manuales yóguicos se dice que el ser humano tiene, al menos, 72.000 de esos canales energéticos, los cuales componen el cuerpo sutil o energético y, por no ser físicos, no son detectados por la actual tecnología médica, ni a través de radiografías o tomografías, por ejemplo. El desbloqueo y purificación de esos canales es uno de los objetivos principales de la práctica yóguica, especialmente del prāṇāyāma. En los textos de haṭha yoga se habla generalmente de diez o catorce nāḍīs principales que no siempre incluyen kūrma nāḍī.

Al igual que sucede con los centros energéticos o cakras (léase ‘chakras’), los canales energéticos no pueden ser tocados ni entendidos de forma física, aunque sí se utilizan referencias del cuerpo físico como guías aproximativas para el practicante. En el caso de kūrma nāḍī, Patañjali es bien escueto y no dice nada de la ubicación del canal. Lo que sabemos, en realidad, deriva del Yoga Bhāṣya, el más antiguo y acreditado comentario sobre los Yoga Sūtras, en que Vyāsa dice que se encuentra “bajo la cavidad de la garganta, en el pecho” (kūpād adha urasi).

En el sūtra que lo precede (3.30 o 3.31 dependiendo la versión), se habla justamente del poder yóguico de “eliminar el hambre y la sed” a través de la contemplación en la “cavidad o pozo de la garganta”. Este pozo sería físico y más fácil de percibir. Por tanto, kūrma nāḍī, explican los comentaristas, está debajo (adha) de esa cavidad (kūpa), en algún lugar del pecho (uras).

De las referencias que he consultado, la más explicativa es la de B.K.S. Iyengar en su clásico Luz sobre los Yoga Sūtras, donde después de decir que kūrma nāḍī “resulta más bien difícil de localizar en el sistema humano” afirma que “corresponde a la región epigástrica”. El epigastrio es la parte alta del abdomen y, perdón por la falta de tecnicismos, digamos que comienza justo donde se acaba el esternón y ya no hay hueso.

Por su parte, Swami Hariharānanda Āraṇya, otro reputado comentarista de los Yoga Sūtras, traduce kūrma nāḍī como “canal bronquial”, que está más o menos en la misma zona, pero que añade ambigüedad al caso.

epigastrio

La curiosidad de kūrma nāḍī radica, además de en su imprecisa ubicación, en su peculiar forma pues, según dicen algunos comentaristas, se trataría de un canal energético “con forma de tortuga” y de allí le vendría el nombre.

De todos modos, la relación del nombre del conducto con su forma (de la que no tenemos datos certeros) no es tan relevante como la relación con su función, que tiene que ver, para empezar, con la inmovilidad corporal (sthirapadaṃ), probablemente en la postura meditativa. Por ello, la inmovilidad que se logra contemplando kūrma nāḍī  es comparada por Vyāsa con la rigidez de una serpiente o de un lagarto cuando son agarrados.

Para muchos comentaristas posteriores, sin embargo, esta inmovilidad es también mental y emocional, en relación a la serenidad que simbolizan los quelonios. A este respecto, es interesante agregar  el concepto de kūrma vāyu. En terminología de haṭha yoga, un vāyu es un “aire vital” que permite la realización de las funciones del cuerpo (respiración, excreción, digestión, circulación, estornudo…). Hay cinco vāyus principales y cinco subsidiarios (upavāyus), entre los que se encuentra kūrma vāyu, “la corriente vital de la tortuga”, que se encarga, en palabras del citado B.K.S. Iyengar, de:

“controlar los movimientos de las párpados y regular la intensidad de la luz para la visión mediante el control del tamaño del iris. Los ojos son el índice del cerebro. Cualquier movimiento en el cerebro se ve reflejado en los ojos. Serenando los ojos, por ejemplo, mediante el control de kūrma vāyu, se pueden calmar los pensamientos e incluso inmovilizar el cerebro”.

Sobre esto, Swami Sivananda de Rishikesh dice que justamente el “canal astral por el que pasa kūrma vāyu es kūrma nāḍī. Esta correspondencia, útil en la teoría, nos serviría de pista efectiva si pudiéramos percibir experiencialmente kūrma vāyu, algo que la mayoría de hijos de vecino no estamos en condiciones de hacer. Lo cierto es, en cualquier caso, que la imagen de la tortuga aparece desde distintos ángulos para hablarnos de la quietud (física y especialmente mental) a la que aspira el yogui.

Vuelvo a citar al maestro Iyengar:

“Las funciones mentales giran principalmente alrededor de deseo, ira, codicia, pasión ciega, orgullo y envidia, que se consideran los seis enemigos del alma. Están representados por las cuatro patas, la boca y la cola de la tortuga. Este animal retrae su cabeza y extremidades en el interior del caparazón y no sale, pase lo que pase. Controlando kūrma nāḍī, el yogui detiene los movimientos de esos seis radios de la mente… Coloca esos enemigos en un estado de estabilidad… El yogui permanece como una tortuga en su caparazón, con su centro emocional imperturbable, bajo cualquier circunstancia”.

Para cualquier persona familiarizada con la filosofía hindú, esta analogía del yogui controlado y la tortuga es un clásico y quizás su máxima expresión se encuentre en la siempre disponible Bhagavad Gītā (II.58), cuando Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) describe algunas características del hombre sabio diciendo:

yadā saṁharate cāyaṁ
kūrmo ’ṅgānīva sarvaśaḥ
indriyāṇīndriyārthebhyas
tasya prajñā pratiṣṭhitā

O sea:

“Cuando aparta sus sentidos de los objetos de los sentidos, como una tortuga que contrae sus miembros, entonces su mente está estabilizada”.

Como decíamos, la imagen de la tortuga aparece por doquier. Y como no podía ser de otra manera, en haṭha yoga existe una postura llamada kūrmāsana, que en su versión moderna (los manuales medievales yóguicos dan otra descripción, sentada, de este āsana) imitaría a una tortuga desplegando sus extremidades. Este āsana solo es asequible para las personas muy flexibles y la intención final es apoyar el pecho o el abdomen en el suelo, ¿quizás activando de alguna manera esa zona donde se encuentra el elusivo kūrma nāḍī?

La verdadera espiritualidad no es una cuestión de fe sino de propia experiencia y, finalmente, de auto-conocimiento. Puede que no seamos capaces de señalar específicamente dónde está el sutil conducto de la tortuga y puede que ni siquiera sepamos dónde queda el epigastrio, pero en la medida que llevemos los sentidos y la búsqueda hacia adentro ya estaremos haciendo el camino correcto; que es el camino de la respiración lenta, de la estabilidad emocional y de la calma mental.

En conclusión, el camino de la tortuga que, por algo, ha estado entre nosotros incluso antes que nosotros.

Los tres tipos de sufrimiento

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Los Yoga Sūtras (II.15) dicen:

duḥkham eva sarvaṃ vivekinaḥ

Es decir:

“Para el sabio, todo es ciertamente sufrimiento”.

Perdonen que empiece tan crudamente, pero cuando tus visitas llegan antes que el demorado sofá-cama que encargaste hace dos meses, y además se resfrían tus hijas, el horno deja de funcionar y llueve mientras vas en bicicleta, uno tiende a ponerse fatalista. Y claro, si uno está familiarizado con las filosofías indias acepta con toda naturalidad que “desde la perspectiva del hombre sabio, la esencia de la vida es sufrimiento pues sabe que la suma final de las experiencias es siempre dolorosa porque el placer es efímero y la vida termina sucumbiendo a la vejez, la enfermedad y la muerte”.

La buena noticia es que, después de este drástico diagnóstico, las filosofías indias ofrecen diferentes métodos para liberarnos de dicho sufrimiento (duḥkha). De todos modos, mi plan para hoy no es hablar de eso, sino más bien ahondar en el sufrimiento. Aunque no en vano. Ténganme fe.

Las primeras palabras de las Sāṃkhyakārikā, el texto fundacional de la filosofía sāṃkhya, considerada por la tradición hindú como la escuela filosófica más antigua y, por tanto, de gran influencia para las escuelas posteriores, habla de duḥkha traya, es decir los “tres tipos de sufrimiento” que experimenta todo ser. La versión más difundida de esta ominosa tríada que es la siguiente:

ādhyātmika: sufrimiento “interno” u originado en el propio cuerpo o mente de cada ser según sus acciones previas (karma) o sus impresiones mentales latentes (saṃskāras). Se explica que este sufrimiento es, de una u otra forma, causado por uno mismo o autoinfligido. Se genera internamente a través de enfermedades físicas o por deseos insatisfechos de la mente.

ādhibhautika: “externo”, que viene de fuera, infligido por el resto de seres y objetos.

ādhidaivika:  el sufrimiento que causan los “dioses”, entendido por algunos como la influencia de lo sobrenatural (fantasmas, magia, espíritus…), por otros como los decretos del Destino (B.K.S. Iyengar agrega aquí “los factores hereditarios”) y por otros como los fenómenos climáticos y las catástrofes naturales (ya que en origen estos fenómenos estaban considerados jurisdicción de los devas).

Según quien hable, a estos tres tipos de sufrimiento se les puede denominar, además de duḥkha, como kleśa (“aflicción”) o karma.

De los tres tipos, el que más me interesa es el ādhibhautika kleśa, pues su reconocimiento ha cambiado la visión que tengo del mundo y mi actitud ante él. ¿Cuántas veces uno hace todo bien y, sin embargo, el resultado sale mal por “culpa” de alguien/algo más?

Por ejemplo, uno encarga un sofá con mucho tiempo de antelación, le dan una fecha de entrega, no la cumplen y los invitados duermen en el suelo. Uno va en bicicleta y un peatón distraído cruza inesperadamente en rojo, sin mirar, con los auriculares puestos y nos obliga a hacer una maniobra riesgosa. El Gobierno, que ni siquiera he votado, adopta una nueva medida que perjudica mi economía individual. El horno deja de funcionar justo cuando iba a poner a cocinar la masa de las magdalenas caseras. Mi vecino decide escuchar música pop a buen volumen en el momento en que, al fin, me había sentado a meditar…

Evidentemente, estos sufrimientos también se denominan karmas porque se entiende que todo lo que me sucede en la vida fue, de una u otra forma, promovido (aunque yo no encuentre la conexión) por mis acciones previas (quizás en otras vidas) y, por tanto, en última instancia no se le puede echar la culpa a nadie más. Uno puede aceptar que “todo es karma” y así dormir tranquilo. Al mismo tiempo, y a fines prácticos, la división en tres clases de duḥkha me parece muy instructiva porque nos da a entender que hay un tercio del padecer que está en nuestras manos (ādhyātmika), pero hay otros dos tercios que no.

Y esto nos lleva a aceptar que el mundo fenoménico es dual, y que en el conviven el placer y el dolor y que, por tanto, nunca podremos modificar esa naturaleza esencial y cambiante de la materia. Personas que llevan una dieta vegetariana se sorprenden (y ofenden) por tener algún tipo de enfermedad; personas que hacen yoga cada día no entienden cómo puede ser que les duela el cuerpo; personas que pagan un buen dinero por un sofá se indignan porque el producto no sea servido en tiempo…

Incluso los grandes maestros y santos, impecables en su pensar-hablar-accionar, pasan por situaciones llenas de dolor a causa de otros seres (ādhibhautika). ¿Cómo entonces puedo yo pretender que la balanza esté siempre de mi lado y que este cuerpo hecho de materia no se desgaste y cambie? Obviamente, como tantas veces oímos, puedo aprender a mantener mi paz interior en toda situación, pero no puedo esperar que por ser un yogui el mundo cambie su naturaleza de constante movimiento.

Volviendo a los Yoga Sūtras, y en relación al aforismo con el que empezamos el post, es interesante saber que en él se enumeran tres formas de duḥkha, diferentes a las que hemos visto. Ellas son:

saṁskāra: el dolor de las impresiones latentes, causado por nuestras insatisfacciones mentales. Se correspondería con ādhyātmika karma.

tāpa: el sufrimiento causado por los tormentos físicos, como golpes o quemaduras. Se podría corresponder con ādhibhautika karma en el sentido que viene de afuera y lo ocasionan otros seres/objetos.

pariṇāma: el dolor causado por los cambios no deseados, cuyos agentes principales son la enfermedad, la vejez y la muerte. Es lo que el filósofo Juan Arnau, hablando de ādhidaivika karma, define como “el dolor del devenir”.

Más allá del nombre que le demos a cada tipo de sufrimiento, lo primero a entender es que nada que llegue del exterior, “a través del mundo, la naturaleza o las cosas materiales”, puede dar felicidad eterna. Por supuesto, pueden dar placer temporal pero siempre acaban en dolor, ¿o acaso alguien disfruta cuando se le acaba ese helado tan sabroso?

Sobre esto, Swami Satchidananda dice: “incluso el disfrute de nuestros placeres actuales es generalmente doloroso porque tenemos miedo de perderlos”. Por eso no sorprende que los domingos al atardecer ya todos vivamos en un estado de congoja…

Swami Satchidananda continúa para darnos un novedoso punto de vista:

“El placer real nace de desapegarnos completamente del mundo… No estoy diciendo que porque todo es sufrimiento tengamos que dejarlo todo y huir. Eso no funciona. Donde sea que vayas, el mundo te sigue… El mundo es un campo de entrenamiento donde aprendemos a usar el mundo sin apegarnos. En lugar de decir ‘para el sabio, todo es dolor’, la actitud se convierte en ‘para el sabio, todo es placentero’.

Y continúa:

“Cuando uno se acerca al mundo sin motivos egoístas, empieza a usarlo con un fin diferente y entonces experimenta felicidad. Cuando uno no sabe nadar, el agua nos aterra – ¿Y si me ahogo? – pero una vez que aprendemos a nadar, el agua nos encanta”.

Y para ser un gran nadador, agrego de mi cosecha, me parece muy útil saber que en el mar del mundo siempre habrá olas causadas por otros seres/objetos y es infructuoso luchar contra ellas. Más vale nadar con la corriente aunque teniendo muy claro a que orilla queremos llegar.

Guru Pūrṇimā 2016 y el sabio como objeto de meditación

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Hay una canción infantil que estamos cantando mucho en casa estos días, que empieza “ya está aquí, ya llegó…”, y que podría aplicarse a llegada del tan esperado día anual del guru o preceptor espiritual, conocido en sánscrito como Guru Pūrṇimā, ya que es la luna llena (pūrṇimā) del guía espiritual (guru). Cada año trato de hablar de esta celebración, aunque los posts sean breves o repetitivos, porque para un buscador espiritual la existencia del maestro es fundamental.

Por si hace falta recordarlo, aquí lo explica Swami Premananda:

“El gurú conoce el camino hacia el Ser y él o ella puede mostrarte el camino hacía allí. Él ya ha estado allí muchas veces, así que es como instintivo para él. A pesar de que la semilla de la energía divina está dentro de ti, puede suceder que no seas capaz de percibir su luz y que estés luchando en la oscuridad. La gran luz que es el maestro espiritual ciertamente te mostrará el sendero correcto. Esto es necesario porque te identificas grandemente con la mente y el cuerpo. Hasta que pierdas tu actitud de apego a la mente y al cuerpo, el maestro es muy necesario.”

Sobre esta idea y los conceptos de confianza, fe y obediencia al guru ya he hablado, como así también sobre como en la tradición india el guru es considerado la relación más importante para cualquier persona, o incluso como Dios mismo. Hoy, aprovechando que estoy leyendo la excelente versión de los Yogasūtra de Patañjali a cargo de Òscar Pujol (que, de hecho, presenta en Casa Asia de Barcelona este martes 19 de julio), quería compartir un sūtra pertinente al maestro espiritual.

Dice Patañjali (1.37), hablando de las formas de concentrar la mente en un objeto para calmar sus famosas fluctuaciones (vṛtti) y así eliminar los obstáculos mentales:

vītarāgaviṣayaṃ vā cittam

Es decir, en la traducción de Pujol:

“O bien mediante una mente que tiene por objeto a los que están libres de pasión”.

O sea, como comenta Pujol, que “es posible conseguir paz mental mediante la identificación empática con la mente de los que están libres de pasiones, como los sabios y los santos”. Es decir que la concentración, contemplación o meditación en personas santas es un aquietador de la mente.

Me acuerdo hace varios años, en mi primer viaje a la India, cuando todavía se usaban los tickets aéreos de papel en un talonario que te cortaban entrando al avión, perdimos el billete de una escala de vuelta y nos dimos cuenta ya en el pueblo de Puttaparthi, en el ashram de Sathya Sai Baba. Así que tuve que tomarme un bus hasta Bangalore para arreglar los papeles, con tal inquietud mental que no podía soportarme a mí mismo y hubiera saltado sin pausa durante el viaje. Lo que hice fue seguir el consejo de los maestros y puse la mente en el hermoso rostro de mi guru, una y otra vez, hasta que de forma sorprendente mi mente se calmó.

Por supuesto, también lo dice Patañjali, si uno logra poner la mente en un único objeto, cualquiera mientras sea agradable, entonces las fluctuaciones se aquietan. La ventaja de meditar en sabios y maestros es, por un lado, que este proceso puede ser más rápido por tratarse de seres plenamente conscientes que dirigen la atención hacia aquél que la dirige hacia ellos. Por otro lado, los sabios son inspiradores en sí mismos y también fuente de enseñanza continua, por lo que si uno medita en el sabio de forma constante terminará por tomar parte de su sabiduría, aunque solo sea por imitación.

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Sobre esto, Sri Dharma Mittra suele decir que uno de los grandes secretos para hacer “rápido progreso espiritual” es copiar al maestro física y mentalmente. Como comenta Òscar Pujol (siguiendo a Hariharānanda Āraṇayaka), la concentración en los sabios puede hacerse mediante la meditación o también “frecuentando la compañía de santos y observando sus reacciones y estados mentales”.

El maestro B.K.S. Iyengar dice, en su comentario al sūtra, que “si el sādhaka reflexiona en el estado puro y sereno de esas personas divinas y emula sus prácticas, obtiene confianza, logra estabilidad y desarrolla un estado mental carente de deseos”. De hecho, el sūtra hace hincapié en la cualidad desapasionada (vītarāga) del sabio, es decir en su ausencia de apego como aquello que queremos también adquirir.

visualización

La conclusión es que meditar o contemplar en los sabios, incluso más allá de sus enseñanzas, es una gran práctica. De allí el famoso mantra que sale en la Guru Gītā y afirma:

dhyānamūlaṁ gurumūrtiḥ 

O sea:

“La forma del maestro es la raíz de la meditación”

Este año 2016, Guru Pūrṇimā cae el martes 19 de julio. A celebrarlo entonces meditando en los sabios.

La duda como obstáculo espiritual

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Uno de los grandes motivos por los que la práctica de āsana o yoga físico es tan popular actualmente es porque aporta progresos evidentes y rápidos a nivel de flexibilidad y fuerza física. Por tanto, con pocos meses de práctica regular (quizás dos veces por semana) la mayoría de personas en general nota una gran “evolución”, al menos desde el punto de vista de realizar las posturas en su forma externa. Sin hablar de otros beneficios como verse más relajado, aliviar dolores de espalda o sentirse mejor con uno mismo por dedicar tiempo y esfuerzo a estar sano. Al obtener una prueba tangible de los beneficios de la práctica, uno la mantiene con entusiasmo e incluso la incrementa.

Hasta aquí muy bien, pero ¿qué pasa cuando – al menos en apariencia – ese progreso se estanca? Sobre todo en prácticas con resultados menos inmediatos como la meditación, la aplicación de yamas y niyamas, la oración, la auto-indagación… O yendo más allá, ¿qué pasa cuando mi cosmovisión y mi estilo de vida que incluyen, entre otras cosas, la actitud positiva, el ver lo divino en todos los seres, andar en bicicleta, comer ecológico o la aceptación de la ley del karma, no parecen darme beneficios?

De esta encrucijada pueden salir muchos caminos, pero hoy solo quiero centrarme en uno: el de la duda. La duda sobre el camino elegido y quizás recorrido ya por varios años; o también la indecisión sobre la eficacia de ese camino que me impide entregarme a él plenamente.

En el Yogasūtra, Patañjali deja claro que hay nueve obstáculos o impedimentos (antarāya) para el aquietamiento de la mente y el tercero de ellos es justamente saṁśaya (samshaya), la duda. El antiguo comentario de Vyāsa a los sūtras dice que la duda es “un pensamiento que oscila entre dos extremos, por ejemplo: ‘esto podría ser así, o podría no ser así’”. A pesar de lo simple de la definición, uno sabe por experiencia propia que esta sensación de indecisión mental puede ser insoportable, una “gran tortura”, como dice Swami Sivananda.

No casualmente, en la Bhagavad Gītā (IV.40) el Señor Kṛṣṇa (Krishna) también habla de la duda y en términos muy taxativos. En la traducción de Swami Sivananda:

 “El ignorante, el que carece de fe, el que duda, camina hacia su destrucción. Para el que duda no hay felicidad ni este mundo ni en el otro”.

El śloka habla por sí solo, aunque para contextualizar se puede agregar que la duda específica sobre la que se está hablando es sobre la verdadera naturaleza de este mundo y cómo actuar en él. El antídoto contra la duda, dice la Gītā, que es también el antídoto contra todo sufrimiento, es el conocimiento. El conocimiento experiencial de la Realidad, por supuesto, pero mientras tanto también sirve el conocimiento intelectual de las enseñanzas espirituales.

Cuando uno escucha una enseñanza genuina, y está preparado, entonces la recibe con aceptación y naturalidad. Otras veces tiene que rumiarla poco a poco hasta hacerla propia. En ambos casos, y aunque creamos tenerlo todo muy claro, “dominados por nuestras inclinaciones” la duda puede volver. Ante esto, hay un primer método para juzgar con el intelecto la validez de una enseñanza, que se resumen en unas palabras del santo bengalí Narottama Dāsa Thākura:

“sādhu śāstra guru vākya, cittete kariyā aikya”.

Es decir:

“Uno debe aceptar algo como genuino después de estudiar las palabras de los sādhus, las Escrituras y el guru”.

Por ende, cualquier enseñanza válida debería verse corroboradas por las Escrituras sagradas, por las palabras de otras personas santas y por el ejemplo de vida del maestro particular que imparte dicha enseñanza.

Como es de esperar, hay ocasiones en que la duda abarca las Escrituras, los santos, los maestros y toda la tradición espiritual, por lo que el método arriba citado no es suficiente. ¿Cómo puede uno entonces obtener o recuperar la fe y la convicción interior? Como ya vimos, la forma más directa es experimentando por uno mismo la verdad de la enseñanza a través de sus frutos, pero cuando no vemos frutos nos decaemos y dudamos… o sea un círculo vicioso.

Siguiendo la lista de Patañjali, lo que genera la duda es la apatía mental (styāna), que B.K.S Iyengar traduce también como falta de interés. El yogui Sri Dharma Mittra dice que es muy importante desarrollar gran entusiasmo por la vida y que para ello la práctica es fundamental. Dharmaji dice que “descuidar la práctica hace que uno se sienta deprimido”. Por tanto, es importante seguir practicando aún cuando no haya resultados ni ganas, porque el abandono de la práctica trae peores resultados. De ahí que se diga que la duda lleva a la “destrucción”.

Si uno tiene un maestro espiritual, entonces es más fácil porque solo tiene que hacer lo que el maestro le dice, basado en la confianza. Si uno no tiene maestro (o lo tiene pero duda de él, lo cual también es posible y, claro, muy terrible para la paz mental) entonces tiene que mirar dentro de uno mismo con honestidad y atención. El cantante de kīrtan Krishna Das dice:

“La cosa más importante que puedes aprender es a confiar en ti mismo. Parte de practicar estar atento es escucharte a ti mismo y tratar de estar en armonía con lo sientes que es correcto. Puede que no sea la forma más fácil, pero si sientes que es correcto, entonces estás en el camino correcto”.

Sobre esto, Swami Premananda es muy claro cuando dice:

“Tener fe en ti mismo es el primer requisito para la evolución espiritual. Primero elimina toda duda sobre ti mismo. Rehúsate a ser vencido. Sé audaz, valeroso y fuerte… Aférrate con fuerza a los pies de loto del Señor, dondequiera que estés y hazlo con determinación. Alcanzarás tu meta espiritual”.

Siguiendo en esta línea, en un antiguo documental le preguntan a Swami Premananda “¿cómo encontrar el camino para el auto-conocimiento y la liberación?” y él dice:

“Para buscar esa libertad, para buscar esa verdad dentro de tu mente, inicialmente, lo que necesitas dentro tuyo es auto-confianza, creer en ti. Si no tienes fe en ti mismo, no puedes buscar la verdad, no puedes encontrar la verdad”.

Y ante el difundido miedo de ser engañados por gurús inescrupulosos, Swamiji da una respuesta muy poco “victimista”:

“Puede que vayas por el camino equivocado porque cuando te falta auto-confianza hay una gran posibilidad de tomar el camino errado. Si tienes auto-confianza no irás por el camino equivocado y serás capaz de encontrar verdad en esa otra persona y descubrir verdad en ella”.

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Finalmente, unas inspiradoras palabras de Swamiji para cuando nos asaltan las dudas:

“Algunos tienen mucho miedo de iniciar la marcha en el sendero. También hay otros que se sienten vencidos y abandonan el sendero si encuentran demasiadas dificultades. Si sigues adelante sin importar lo que suceda ni que pruebas se presenten, superando los problemas y los obstáculos en virtud  de tu fe y sinceridad, entonces lo Divino derramará su gracia sobre ti para darte aliento cuando te sientas desanimado. Esencialmente, primero necesitas tener fe en ti mismo y fe en lo Divino. Recuerda que tu meta es muy grande. Es la felicidad eterna. El gozo sin límites puede ser tuyo, te lo prometo”.

Ante tal perspectiva uno recobra el entusiasmo, el interés, y por tanto de alguna forma incrementa su práctica, su esfuerzo, su anhelo y sigue adelante…

La crucial diferencia entre contentamiento y felicidad

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Hay una famosa cita atribuida a John Lennon que dice: “Cuando fui a la escuela me preguntaron que quería ser de mayor. Yo escribí ‘feliz’. Me dijeron que no había entendido la tarea y yo les dije que ellos no entendían la vida”.

Entendiendo o no la vida, todos estamos buscando la felicidad permanente (incluidos los maestros que reprobaron a John) y todo lo que hacemos durante nuestra existencia no es otra cosa que el método que, consciente o no, cada uno considera mejor para acercarse a esa meta. Definir qué es ‘felicidad’ puede ser peliagudo y quizás depende de cada ser, pero aquí me refiero a la idea de estar siempre satisfecho, alegre y sin sufrimiento. Lograr un estado así, ya se habrán dado cuenta, es difícil o, como algunos sostienen, imposible.

Alguien me dijo hace años (repitiendo una idea muy generalizada) que la felicidad total no existe y que, como mucho, uno puede ir encadenando pequeños momentos de felicidad. Yo me negué a creerle y aunque las vicisitudes de la vida me contradigan, las enseñanzas espirituales me han confirmado que ese estado que yo buscaba sí existe, lo que pasa es que está camuflado: tiene otro nombre y está en los sitios donde yo no escudriñaba.

En el tercer libro (Vana Parva) del Mahābhārata, el gran poema épico de la India, hay un famoso episodio en que el recto rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un yakṣa (una especie de espíritu de los bosques) con una larga lista de profundas preguntas sobre ética, filosofía y espiritualidad. Entre ellas, el yakṣa pregunta:

“¿Cuál es la máxima felicidad?”.

A lo que Yudhiṣṭhira responde:

“La máxima felicidad es el contentamiento”.

Y aquí empieza la clave para entender el método (al menos, uno de ellos) para ser siempre feliz. Veamos:

La palabra sánscrita que usa Yudhiṣṭhira en el original es tuṣṭi (tushti), que deriva de la raíz verbal tuṣ que significa “complacer(se)”, por lo que tuṣṭi  se puede traducir como “satisfacción o contentamiento (o también contento)”.

En los Yoga Sūtras, el gran manual del Rāja Yoga (“Yoga Regio” o Yoga del control mental), el sabio Patañjali explica que uno de los cinco niyamas (observancias o reglas éticas) es saṁtoṣa (o santoṣa, pronúnciese ‘santosha’). Dicha palabra procede de la misma raíz tuṣ y refiere a la idea de “total (sam) satisfacción (toṣa)”, soliéndose traducir como “contentamiento”. En el sūtra II.42 del citado texto se define santoṣa:

“A partir del contentamiento se obtiene la máxima felicidad”

En su libro El hinduismo, Swami Satyānanda Saraswatī explica que “según el Manu Smriti (o Código de Manu, el tratado más importante sobre la forma correcta de actuar) el contentamiento y el auto-control son el fundamento mismo de la felicidad”.

Como vemos, según explica la tradición hindú, no puede haber felicidad (sukha) sin contentamiento (saṁtoṣa). O mejor dicho, la felicidad que buscamos es, en realidad, contentamiento.

Para mí, el primer obstáculo para entender esta cuestión es lingüístico ya que la palabra “contentamiento”, al menos en español, suena pobre en comparación a “felicidad”. A primera vista, estar “contento” no es lo mismo, ni mejor, que estar “feliz”. Sin embargo, para la RAE pueden ser sinónimos y en ambos casos se habla de “alegría y satisfacción”.

De todos modos, y aunque sus definiciones sean muy similares, hay una diferencia clave entre los dos conceptos: la felicidad es transitoria (al igual que el sufrimiento, claro) pero el contentamiento se mantiene estable ante esos inevitables vaivenes del mundo dual.

Swami Satchidananda lo explica mejor: “Contentamiento significa simplemente ser como somos, sin ir hacia cosas exteriores para la felicidad. Si algo llega, lo aceptamos. Si no llega, no importa”.

Efectivamente, por felicidad me parece que uno se imagina un estado en que se encuentra siempre alegre y sin sufrir. Pero, los sabios dicen (y uno sin ser sabio lo intuye), tal cosa no existe y por eso en el Yoga Bhaṣya de Vyāsa (el comentario más autoritativo de los Yoga Sūtras) se equipara la “insuperable felicidad” que da santoṣa a la “desaparición del deseo”. O más amplio:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

La tradición cristiana también hace hincapié en la idea de contentamiento y, por lo que he notado, es una noción que a muchos les suena a “resignación” o “conformismo”. En una sociedad (la moderna) que pregona abiertamente el consumo y la obtención permanente de objetos y estatus; en que la competencia se fomenta desde niños; en que la palabra “progresar” repiquetea de fondo en cada decisión que uno toma, decir que la felicidad es contentarse con lo que se tiene suena a burla.

Alguien me dijo bastante en broma “lo importante no es tener dinero, sino no gastarlo”. En la misma línea, aunque más profunda, ya conocen la popular frase de “no es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita”. Y si bien la opinión generalizada es que no tener deseos significa convertirse en un ser anodino y mediocre, la verdad espiritual dice que llegar al punto de no desear nada (ni objetos, ni personas, ni situaciones, ni emociones) es sinónimo de paz y de satisfacción completa.

La naturaleza del deseo es generar más deseo y, por tanto, uno siempre quiere algo más, con la falsa impresión de que al obtenerlo alcanzará la satisfacción. Además, el deseo no se limita a “tener” (un coche o una casa, por nombrar ejemplos típicos), sino que después de disfrutar de una gran comida uno puede desear sentirse más liviano (“¿por qué habré comido tanto?”) o dormir una siesta. E incluso cuando uno está enamorado y en las nubes, en apariencia completo, suele murmurar la frase: “quisiera que esto durara para siempre”.

Por tanto, el deseo siempre tiene al pasado o al presente como la meta, nunca satisfecho en el aquí y el ahora (ya saben que hay muchos libros de auto-ayuda sobre el tema).

deseos

Para mí, una forma básica de reducir los deseos y empezar a practicar el contentamiento puede hacerse a través de la gratitud. Uno da por sentado que estar vivo, tener alimento cada día, una cama caliente, buena salud o la pantalla de un dispositivo electrónico para escribir/leer este post son connaturales a su persona. Digamos que uno considera que son sus “derechos” y rara vez se para a pensar que la mayoría de los seres del mundo tiene mucho menos que uno.

Como dice el maestro budista zen Thich Nhat Hanh: “simplemente el respirar es un regalo”.

O como dice Swami Premananda: “Todos los días por la mañana deberíamos agradecer a lo Supremo que hemos sido privilegiados con una vida así. Sólo entonces la utilizaremos sabiamente, con atención, cuidado, comprensión y concentración”.

El siguiente paso, creo, tiene que ver con el entendimiento, al inicio meramente intelectual, de cómo funciona el mundo. Según el maestro Sri Dharma Mittra el “verdadero contentamiento es el resultado del conocimiento de las leyes del karma”.

Con ley del karma, se refiere a un principio clave del hinduismo que es la ley cósmica de causa y efecto que explica que “todo lo que nos sucede se debe a nuestras acciones previas”. Aceptar esta ley ayuda mucho a entender situaciones que, en apariencia, son incomprensibles. Y agrega Dharma, “una vez que uno reconoce esto es capaz de pasar por las experiencias, mantener la ecuanimidad y ser verdaderamente feliz”.

Para quienes estas palabras les ponen los pelos de punta, es bueno aclarar que esta aceptación no significa que uno no haga lo necesario para modificar aquello que considera “incorrecto” o “injusto”. Simplemente significa que la paz y la satisfacción interior no se ven alteradas por los sucesos externos.

La idea que subyace a este planteamiento es la de “reconocer que todo ya es perfecto” tal como es. Sobre todo porque, como dice la filosofía espiritual, lo que estamos buscando fuera ya lo tenemos dentro.

En conclusión, no es malo aspirar a tener felicidad, a estar siempre confortable y de buen humor, pero es útil entender que esos estados son transitorios y apegarse a ellos es una causa perdida (lo cual no quiere decir que uno no pueda o deba disfrutar de las “pequeñas cosas de la vida”). Como ejemplo de felicidades efímeras (que en su simplicidad se empiezan a acercar al contentamiento) pongo una imagen que saqué de aquí y me inspiró (se amplía al clicar):

Siete tipos de felicidad cotidiana (por el dibujante australiano Michael Leunig) 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada. 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro. 3. La felicidad tradicional de estar tumbados. 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra. 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza. 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz. 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como fregar los platos.

La verdadera (en el sentido de duradera) felicidad es “independiente de condiciones externas” (llámense éstas coche, pareja, arte, brisa en el rostro, café calentito o, incluso, sonrisa de bebé) y en la tradición espiritual de la India se la conoce como saṁtoṣa. Entenderlo y, claro, aplicarlo es la clave.

Las batallas de la meditación

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La semana pasada veíamos cómo sobre la interioridad de la meditante se cernía la inminente batalla, símbolo de la lucha interna que sufre cada persona a la hora de la meditación, ejemplificada en escena por la pelea entre SuperMeditator vs. The Mind.

Como condimento, para hacer más entretenida la obra, y también para dar cabida a todos los participantes, habíamos elucubrado la aparición de aliados y secuaces, ayudantes del Bien y mentores del Mal, que le darían a la pareja protagonista un entorno apropiado. Las ocurrentes opiniones de la familia, el género y número de los participantes, más la influencia histórica de los “SúperAmigos” (aquel equipo de superhéroes de cómic conformado por La Mujer Maravilla, Aquaman, Linterna Verde, etc.), también fueron claves a la hora de las decisiones finales.

Tanto los nombres como los “poderes” de cada uno de los personajes fueron debidamente meditados, a saber…

Leg’s Pain

“Cuando tratamos de meditar, ella da dolor a nuestras piernas”, decía la voz en off que introducía a Leg’s Pain (Dolor de Piernas), la primera de las secuaces de The Mind en ingresar a escena, para provocarle a la meditante la molestia más prosaica de la meditación.

Ya en los clásicos “Yoga Sutras” de Patanjali, uno de los rishis (sabios espirituales) de la India, más destacados de la antigüedad, se describen ocho etapas para llegar al estado de samadhi (iluminación). Una de estas etapas es asana (postura) y hace referencia a la importancia primordial de cómo sentarse para la correcta práctica de la meditación (lo cual incluye espalda erguida, inmovilidad absoluta, y atención en el entrecejo). Encontrar la postura correcta, se dice, puede llevar años, y no es algo para tomarse a la ligera.

Nosotros, occidentales acostumbrados a sentarnos en sillas y con la espalda no erguida, encontramos rápidamente dificultad en sentarnos con las piernas cruzadas por muchos minutos. El primer consejo que se da a un aspirante a meditante es el de sentarse bien, de manera cómoda, relajada; una manera que, en lo posible, no le obligue a moverse en lo que dure su práctica.

De esta forma, el dolor de piernas es, como símbolo material (corporal), lo más contrapuesto a todo lo que se espera de la meditación: percepción de planos sutiles, elevación a una conciencia superior, concentración en la propia esencia espiritual.

La malvada Leg’s Pain de la obra lleva en sus manos dos rayos con los que pincha las piernas de la meditante para disturbarla en su meditación. Una cierta similitud fonética en el nombre con Lex Luthor, el famoso enemigo de Superman, también colaboró para la creación de este personaje, que fue acompañado con acertada música de Nusrat Fateh Ali Khan & Michael Brook (específicamente, la canción “Taa Deem” remixada por Asian Dub Foundation).

Asana Sisters

Uno de los mejores antídotos contra nuestras limitaciones corporales es el Hatha Yoga. En este caso, las asanas de yoga son, junto a la práctica regular, el camino más directo para adoptar una buena postura de meditación. A este respecto, es bueno aclarar que la etapa de asana a la que se refiere Patanjali en sus “Aforismos” va más allá de las útiles asanas de hatha yoga, ya que en el primer caso se trata, básicamente, de permanecer inmóvil física y mentalmente.

De todos modos, no hay duda de la utilidad del hatha yoga como herramienta para combatir el “dolor de piernas”. Fue así que nacieron las Asana Sisters (Hermanas Asana), dos heroínas espirituales que, amparadas por una música relajante de atmósfera india, realizan al unísono una sencilla rutina de yoga que, a la vez que devuelve la armonía a la meditante, hiere con su vibración a Leg’s Pain, quien se ve forzada a abandonar sus intentos de incordio.

Por algo, ante la aparición de las hermanas, la voz en off del narrador dice, como simple prólogo, “El Yoga es bueno para la meditación”.

De esta forma, toma lugar el primer duelo entre los dos bandos que disputan la batalla de la meditación. Con su simetría y su práctica, las Asana Sisters vencen inequívocamente a Leg’s Pain, el más trivial de los enemigos de un meditante.

Mrs. Past & Mr. Future

Como dice el proverbio, el ganar una batalla no asegura ganar la guerra, y por lo tanto, inmediatamente aparece un nuevo enemigo para la meditación. En realidad, dos enemigos inseparables: Mrs. Past & Mr. Future (Señora Pasado & Señor Futuro).

Al uno sentarse a meditar con los ojos cerrados, raudamente la mente comienza su loca carrera hacia planes futuros (“Esta noche voy a comer lasagna”; “¿Quién ganará el pichichi en la Liga Española?”; “¿Dónde iré de vacaciones en julio?”), o hacia hechos pasados (“¡Qué largo se me hizo el día en el trabajo!”; “¡Debería habérselo contado!”; “En la radio dijeron que subió el dólar”).

La mente, por su naturaleza, no logra estar quieta, y siempre está fluctuando entre lo que pasará y lo que pasó. Una de las pocas veces en que la mente está focalizada en el presente es cuando está concentrada en una actividad o hecho muy puntual. Por ello, las tareas manuales son tan abiertamente recomendadas, por todo tipo de disciplinas, como método de relajamiento, ya que ayudan a que la mente deje de vagar de un lugar a otro, para concentrarse en lo que está haciendo, es decir, en el presente.

Siguiendo esta línea, en el caso de la meditación, el presente sería simplemente concentrarse en la respiración, o todavía mejor, no pensar en nada; ya que en ese preciso instante no estamos, de hecho, haciendo nada. Sin embargo, es muy difícil dominar la mente en esta situación, pues no hay una actividad propiamente dicha (llámese, jardinería, pintura, cocina…) en la cual concentrarse.

En el caso de nuestra obra, Señora Pasado & Señor Futuro están atados entre sí con una cuerda, de manera que mientras uno quiere ir hacia una dirección, el otro siempre quiere ir hacia la opuesta; mientras uno anhela ir hacia atrás, el otro aspira a moverse hacia adelante. La eterna contradicción de estos dos villanos, ejemplificada con un show payacesco de tira y afloje (musicalizado por una canción de la banda mexicana Nortec Collective), simboliza el constante fluir de la mente del meditante, siempre atrapada entre el pasado y el futuro.

Captain Present

Pero, ¿por qué preocuparse? Para contrarrestar los ataques de Mrs. Past & Mr. Future está el Captain Present (Capitán Presente), un superhéroe de look calmo, que con sus largas rastas (dreadlocks, para los entendidos) y su gorro con colores rastafari se encarga de recordarnos la importancia del “Ahora”.

Apelando en cierta forma a los estereotipos, utilizamos la idea de “tomárselo con calma” de la música reggae, para relacionarlo con un meditante que se concentra en el presente, en lugar de estar maquinando sobre el antes y el después.

Para completar el concepto, recurrimos a una, quizás obvia, pero no carente de resultado, canción de Bob Marley (“Put it on”), que repite cadenciosamente una fórmula muy adecuada para un meditador, “Siente el espíritu/ Siéntete bien ahora…”.

Sobre esto, las simplificaciones y la desinformación han reducido a Bob Marley, al menos a nivel masivo, a un icono del consumo de marihuana y la cultura del “todo bien”, que también se podría traducir en “nada me importa”. En realidad, el mensaje de Marley era mucho más profundo que eso, con fuertes raíces religiosas en el Movimiento Rastafari, y por ende con un gran componente social y espiritual. A este respecto, las letras de sus canciones, famosas o no, tienen por lo general un mensaje que, desde el punto de vista espiritual universal, es positivo.

De hecho, en el altar de nuestra escuela de yoga en Barcelona, junto a imágenes de personas santas, se encuentra también una fotografía del, así llamado, “Maestro Bob”.

Por su parte, en la obra nuestro Capitán Presente lleva un traje naranja y verde, con la palabra “Now” (“Ahora”) inscripta en gran tamaño sobre su pecho. De esta forma, con sus pegadizos pasos de baile insta a la meditante a vivir en el ahora, como la solución contra los pérfidos Señora Pasado & Señor Futuro.

De todos modos, cuando parece que el fluctuar de pensamientos se sosiega al fin, el superhéroe es traicionado y queda atrapado en la cuerda que une a Mrs. Past & Mr. Future, preso de los saltos en el tiempo que, sin cesar, da la mente.

La oportuna voz del narrador, entonces, nos lo recuerda, “Algunas veces es difícil vivir en el presente”.

MC Pranayama

“Pranayama” se podría traducir, de manera más o menos literal, como “control (yama) de la energía de vida (prana)”. Según la filosofía espiritual de la India, esta energía de vida o Prana, está presente en todo el Universo; en cada objeto, en cada ser, en la comida que comemos y, por supuesto, en el aire que respiramos. Evidentemente, esta energía de vida tiene un carácter sutil y, por lo tanto, puede ser difícil de identificar y percibir.

A este respecto, y citando del libro “Ashtanga Yog: simplificado”, de Sri Ananda Giri, “La respiración es el medio o instrumento más usual empleado en desarrollar el sentido de ser consciente y control de las energías sutiles de vida”.

Es decir, que la respiración sería el lazo más tangible que tiene el ser humano entre la energía universal y la propia energía individual, que a su vez es parte de la primera.

A través de ejercicios respiratorios específicos (conocidos generalmente como pranayama), uno puede llegar a tener control total o parcial de esa “energía de vida” y, de esta forma, entrar en sintonía con la energía de vida que habita en uno mismo. A su vez, el control del prana repercute en el control de la propia mente, ya que un correcto uso de la respiración, con técnicas específicas, logra aquietar la mente.

Así como cuando uno se ofusca, le recomiendan contar hasta diez y respirar profundamente como remedio para calmarse, los ejercicios de pranayama tienen el objetivo más profundo de aquietar la mente, liberándola del fluir incesante de pensamientos ya explicado, de manera que la energía de vida en nuestro interior pueda ser percibida.

Siendo el objetivo de la meditación vaciar la mente de pensamientos para profundizar en nuestro ser interno, los pranayamas son considerados una herramienta fundamental en la práctica de un meditante.

Por estos motivos, cuando, como suele ocurrir con frecuencia en la vida real, el Capitán Presente es enredado en la trajinada cuerda de Señora Pasado & Señor Futuro, hace su entrada en escena, un superhéroe que tiene el método para traerle quietud al meditante.

Se trata de MC Pranayama, un rapero espiritual que, con un rítmico beatbox de fondo (obra del artista californiano MC Yogi), baila su mensaje mientras realiza ejercicios respiratorios.

De esta forma, su canción y sus pranayamas liberan al Capitán Presente de la cuerda del tiempo, estimulando entonces a la meditante, a que controle su respiración para lograr cierta paz mental.

Lady Attachments

Sin embargo, hay rivales que están a la altura de los ejercicios respiratorios. Éste es el caso de Lady Attachments (La Dama de los Apegos), “la gran enemiga de nuestra libertad”, como anuncia la voz del narrador cuando hace su aparición esta dama, que simboliza la sensualidad y los deseos mundanos del ser humano.

Con su cigarro con boquilla, su copa de champagne y su andar sugerente, ella nos recuerda dos de nuestros apegos más fuertes: codicia y lujuria.

Desde el punto de vista espiritual, los apegos están considerados entre los mayores obstáculos para la felicidad en general. En cuanto a “enemigos de la libertad”, elementos como el tabaco y el alcohol son apegos obvios que, por condicionar la satisfacción de una persona a su tenencia, se convierten en condicionamientos para su felicidad.

De todos modos, Lady Attachments representa todos los apegos, muchos de ellos más allá de la frontera meramente material. De esta forma, al meditar, no sólo nos viene a la cabeza el deseo de “tomar una taza de té” o “fumar un cigarrillo”, sino que apegos menos superficiales también comandan nuestros pensamientos que, como hemos visto, nunca dejan de fluctuar.

Por otra parte, los paradigmas de lujuria y codicia pueden ser equiparados a la expresión “mujer y oro”, que el gran santo Sri Ramakrishna Paramahansa utilizaba para referirse a los principales obstáculos para el camino espiritual.

Más allá del aparente simplismo de estas categorías, no hay que malentenderlo, ya que Sri Ramakrishna hablaba abiertamente de “mujer y oro” no desde una perspectiva anti-feminista sino debido a que la mayoría de sus devotos, en la India del siglo XIX, eran varones. A su vez, entre sus seguidoras mujeres, la expresión se modificaba a “hombre y oro”.

Más allá de esta distinción de género, lo que el santo quería implicar con “mujer/hombre” no era una mera cuestión de atracción sexual sino que hacía referencia a todos los lazos de apego que se generan a través de la constitución de una familia. A este respecto, hay que tener en cuenta que Sri Ramakrishna no estaba en contra de la familia, sino que era un maestro espiritual a cargo de jóvenes discípulos (muchos de los cuales luego fueron monjes) a los que debía instruir en el camino de lo que él llamaba “el discernimiento y la renunciación”.

Por su parte, a sus así llamados devotos hogareños, es decir, con familia, él nunca aconsejó abandonar sus deberes mundanos sino más bien cumplirlos debidamente, aunque con la atención puesta en lo Divino.

De la misma forma, cuando decía “oro”, se refería, obviamente al dinero, y además a todos los apegos derivados que éste conlleva, tales como el trabajo, la riqueza, las posesiones materiales y todas las preocupaciones mentales que la carencia de dichas posesiones provoca.

En conclusión, cuando el meditante cierra sus ojos, a su mente llegan pensamientos directamente ligados a todo tipo de apegos personales, desde los más relacionados con el cuerpo, como hambre, sed, frío o ganas de fumar; pasando por cuestiones cotidianas de la mente, como “tengo que llamar al plomero”, “necesito unos zapatos nuevos” o “¡cómo haré para llegar a fin de mes!”; hasta preocupaciones más profundas, como qué querer hacer de la propia vida, extrañar a un ser querido o preguntarse si existe algo tal como un destino escrito.

Pelea

En el caso de la obra, Lady Attachments entra en escena con una canción de Marilyn Monroe como acompañamiento (“I wanna be loved by you”), y se pasea sugerentemente hasta dar con MC Pranayama, quien se ve disturbado por su presencia, lo cual decanta en un nuevo duelo.

Para dicho duelo, recurrimos una vez más a los antecedentes de la obra Snake vs. Aquiles, en este caso tomando prestada una lucha en forma de danza, es decir golpes de puño y patadas voladoras con una coreografía muy marcada y una música especialmente creada para ese fin.

Sobre esto, los intérpretes de estos dos personajes éramos Nuria (Lady Attachments) y yo (MC Pranayama, a mucha honra), que bajo el entrenamiento de Rakhal y Celia (mi hermano y su novia, los protagonistas originales), logramos aprender de manera honrosa la secuencia de lucha y baile. El efecto de los supuestos golpes, dados en tiempo y con un mínimo de ritmo, es muy atractivo para cualquier espectador.

Después de una intensa lucha entre estos dos personajes, no hay un ganador claro; con ambos contendientes exhaustos y la meditante aún en medio de la vorágine de pensamientos.

Es entonces cuando, por fin, llega la pelea final.

Con lentitud y firmeza, los dos protagonistas pisan el centro de la escena, a la vez que el narrador, desde su sapiente invisibilidad, nos prepara, “SuperMeditator vs. The Mind, ¿Quién ganará?”.

Luego de un breve diálogo picante, ambos están preparados para decidir el futuro de la meditante, cada uno con sus armas.

Ninja

Basándose en la técnica teatral del “gabinete negro”, a la hora de definir la trama, Rakhal había votado por una batalla final con “objetos suspendidos en el aire”. En realidad, “objetos que parecieran suspendidos en el aire”.

La técnica del “gabinete negro” o “teatro negro” consiste en una escenografía mayoritariamente de color negro, escasa iluminación, y cuyos intérpretes también están vestidos en colores negros. La idea es que debido al mimetismo y la confusión entre el fondo estático y los actores, se produzcan situaciones escénicas que generen en el espectador la sensación de un efecto fantástico o imposible. Además, a través del contraste entre fondo oscuro y objetos de colores claros, se producen escenas que refuerzan esta idea de hechos rocambolescos y fuera de la norma.

En nuestro caso, la intención era que el duelo final entre SuperMeditator y The Mind, tuviera un efecto fantástico y que la lucha se mantuviera en un plano que no fuera tan corporal, sino más sutil, como correspondía con los implicados.

Fue así que se ideó la opción de que, merced a sus poderes, se lanzaran entre ellos ciertos objetos, y que la sensación del público fuera la de que esos objetos tenían una energía propia. Con esto en mente nació nuestro “ninja”, un valiente actor que desafiando los calores del sur de la India, decidió cubrirse por completo de negro (¡pasamontañas incluido!), para manejar a la distancia los objetos que se lanzaban los duelistas.

De manera de hacer plausible el efecto, tuvimos que poner como escenografía un fondo negro de seis metros de ancho por tres de alto, provocando así la desaparición del “ninja” ante los ojos del público. Asimismo, hubo que diseñar un sistema para sostener y mover los objetos (dibujos de tela y cartón) a la distancia y con agilidad. En este punto, fue también el “ninja” quien creó un palo extensible de más de dos metros de largo, que permitía el manejo de los objetos desde una cómoda ubicación detrás de la meditante.

Con los requisitos técnicos cumplimentados, la pelea, ahora sí, comienza.

Lanzamiento

El primero en atacar es, como de costumbre, La Mente, que con una música acorde (otra vez, Nusrat Fateh Ali Khan & Michael Brook), parece estar amasando energía negativa para materializar así un enorme signo de dólar, símbolo de la codicia, que lanza con rabia a SuperMeditator. Regulado por el “ninja”, el dólar volador flota en el aire con calma, hasta dar en el pecho del superhéroe, que se ve herido por primera vez.

Entonces, The Mind lanza su segundo objeto, esta vez menos simbólico: una botella de Limca, una bebida sabor limón de la compañía Coca-Cola, exclusiva para el mercado indio. La botella es un símbolo de nuestros apegos más banales, a la vez que es un objeto contundente, capaz de lastimar.

Por fortuna, SuperMeditator logra esquivarlo en el último momento.

Ante esto, ofuscado, The Mind materializa de la nada su más potente arma, una bomba redonda y negra, con la mecha encendida, quizás marca Acme, digna de los más clásicos dibujos animados. Sin embargo, el superhéroe de la meditación no se entrega, y con su energía revierte la dirección de la bomba, de manera que el explosivo permanece largo rato en el aire, en el medio del escenario, debatiéndose entre las dos energías opuestas que la empujan.

Finalmente la bomba cae, sin herir a nadie, como un gesto que trasluce lo que todos esperamos: la fuerza espiritual de SuperMeditator puede más que las malas intenciones de La Mente.

Pero aún hay más. Ahora es SuperMeditator el que prepara un lanzamiento, y después de un “Hasta la vista, baby”, que homenajea sus orígenes, el héroe lanza, envuelto en llamas, un “Om” gigante; es decir, un clásico símbolo de “Om” representado con la escritura en sánscrito.

Al grito de “Om Namah Shivaya”, uno de los mantras considerados más poderosos del Hinduismo, el “Om” recorre el escenario para explotar sobre The Mind y sus secuaces, dejándolos derrotados de manera definitiva.

Por fin, luego de una dura batalla, la meditante puede meditar en paz. Habiendo vencido a La Mente y a sus trucos, surge la esencia Divina de su interior, y en estado de éxtasis se dispone a bailar en sintonía con el ritmo de la música celestial. Esta danza de gozo la llevan a la escena los héroes de la lucha. Pero como en el corazón de SuperMeditator y sus aliados no hay lugar para el rencor, también invitan a los derrotados a unírseles en un baile final, en que se celebra la dicha de la paz interior.

Próximamente

A este respecto, nuestros superhéroes podrán ser grandes paladines de la espiritualidad, pero nadie asegura que sean bailarines competentes.

La próxima semana, la atareada historia de hacer un baile conjunto, y sobre todo, la puesta en escena de todo este guión tan bien preparado.

Porque una cosa es pensarlo en el papel, pero otra muy distinta es tener que concretarlo en una única función, en la India y con la posible presencia de Swami Premananda entre la audiencia.

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