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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

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¿Por qué el Yoga es una ciencia?

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A veces me pongo muy puntilloso. Hace poco leí un anuncio de algún retiro de meditación o algo así y quien lo impartía decía tener “más de 19 años de experiencia”, lo cual me crispó porque si realmente tienes más de 19 años de experiencia pones 20 y listo. 19 años es mucha experiencia y no hay nada que disimular, pero por repetición de frases tantas veces vistas y escuchadas uno termina poniendo “más de…” sin siquiera reflexionar lo que dice. Pasa lo mismo con esos productos cuyo eslogan es “mucho más que un…”, pero nunca te dicen que es eso de más que supuestamente ofrecen (aparte de falta de imaginación, claro).

Poniéndome serio y en el tema del día, definir el Yoga con mayúsculas puede ser complejo y largo, aunque a nivel descriptivo se suele decir que es una “ciencia” (algunos también agregan un “arte”, aunque eso lo dejo para otro día). Al hilo de lo que venimos hablando, me parece lógico que esta definición del “yoga como ciencia” pueda sonarles una frase hecha y hasta injustificada a los escépticos y desconocedores del contexto. Evidentemente, una sociedad moderna que considera como el único válido un conocimiento científico basado en criterios externamente objetivables y medibles, tenderá a sospechar de una disciplina que investiga el interior del ser humano.

¿Es entonces yoga = ciencia uno de esos lugares comunes que se repiten sin analizar, como “Tienda Faquir, el rey del colchón” o “mucho más que una hamburguesa”)?

Para empezar, creo que sirve ver la palabra sánscrita original que generalmente se traduce como “ciencia”, es decir vidyā, que también puede significar “conocimiento o saber” según el contexto. La raíz verbal es √vid que quiere decir “conocer” y está relacionada con “ver”, en el sentido de que para saber algo no basta con creerlo sino que hay que experimentarlo o, usando una expresión popular, “verlo con los propios ojos”. Como se empieza a notar, esta idea no es muy distinta de la del pensamiento científico moderno.

Hablando de eso veamos la etimología del término occidental “ciencia”: viene del latín scientĭa que quiere decir, oh casualidad, “conocimiento” y que deriva de scire y scindere, en el sentido de “distinguir, separar una cosa de otra”.

Hasta aquí hay similitudes. Sigamos entonces con la definición moderna de ciencia según la RAE: “Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”. Si bien yo creo que a esta definición le falta la palabra “experimentación” (un amigo científico me dice que esto aplica solo para las llamadas “ciencias experimentales”), nos sirve para profundizar el análisis, ya que el Yoga en sentido amplio incluye sin dudas “observación”, “razonamiento”, “conocimiento sistematizado” y “reglas generales”.

De hecho, y como dice el yogui y maestro Yogi Gupta, en una frase que podría aplicarse a la más rígida de las ciencias exactas:

“La filosofía del yoga comienza con la concepción de que cualquier idea que no sea confirmada por la experiencia debe mantenerse como mera especulación”.

Por más que uno esté muy seguro de lo que sabe, en general uno no tiene experiencia directa y personal de todo lo que conoce, sino que se basa en deducción y, sobre todo, en la experiencia directa de otras personas. La mayoría de nosotros no hemos comprobado con un telescopio que la Tierra gire alrededor del Sol, sin embargo lo consideramos totalmente cierto. ¿Basados en qué? Mi experiencia de ver moverse el Sol podría muy bien deberse a que es el astro rey quien gira alrededor de la Tierra, como se creía en Europa hace “solo” 500 años. Sin embargo, uno cree en lo que dicen los científicos porque ellos lo han confirmado empíricamente de forma directa.

De la misma forma, las verdades que enseña el Yoga también están basadas en las experiencias directas de terceros, que en este caso no se denominan “científicos” sino ṛṣis (rishis) o sabios videntes de la antigüedad.

Parafraseando a Swami Vivekananda en su famoso libro Raja Yoga, se puede decir que en las ciencias exactas es más fácil encontrar la verdad porque su campo de estudio (visible, medible) es rápidamente identificado con las experiencias particulares de cualquier ser humano (o con una experiencia universal de la humanidad). Es decir, la Ley de Gravitación es considerada verdadera porque aunque nunca hayamos dejado caer una manzana al suelo adrede, sí hemos tenido experiencias similares que la confirman.

En la “ciencia del Yoga”, en cambio, esta base experiencial es más reducida ya que se trata de un ámbito menos tangible, menos visible y al que estamos poco educados a prestar atención, ya que va más allá de la percepción sensorial, tanto física como mental, e incluso más allá del limitado conocimiento intelectual.

La sociedad moderna, junto con su paradigma científico, solo acepta como cierto aquello que se puede ver y medir de forma externa. Para la tradición yóguica, sin embargo, el “conocimiento externo” es “conocimiento parcial”, ya que no incluye la experiencia total, el conocimiento completo.

Yogi Gupta dice al respecto:

“La única forma de conocer algo tanto interna como externamente, por ejemplo una manzana, es identificarnos con eso, ser uno con eso”.

Los antiguos sabios, al igual que cualquier científico, afirman tener un método de investigación para esta ciencia del auto-conocimiento (a veces llamada ātma vidyā), cuya conclusión final es que “todo ya está dentro de uno”.  Este método incluye observar, pues de lo contrario no es más que teorizar. Obviamente es más fácil observar el mundo externo porque hay instrumentos para eso (microscopios, telescopios, sismógrafos, aceleradores de partículas…), mientras que en el mundo interno no hay herramientas de ayuda (excepto la misma mente hasta un cierto punto).

Asimismo, dice Vivekananda, que era un gran filósofo-santo famoso por su agudo intelecto, “uno debe usar su razón y su juicio; debe practicar y ver si estas cosas suceden o no”, ya que “es errado creer ciegamente”.

Y agrega: “los sabios declaran haber encontrado una verdad superior a la que los sentidos nos ofrecen y nos invitan a verificarla. Nos piden que sigamos el método y practiquemos honestamente y entonces, si no encontramos esa verdad superior, tendremos el derecho a decir que no hay verdad en dicha afirmación, pero hasta no haber hecho eso, no somos racionales negando la verdad de sus aseveraciones”.

No hace falta ahondar en el tema, pero decir que no existe el Ser porque no lo podemos medir puede ser tan irracional como decir que no existe la electricidad porque no podemos verla.

ciencia

Para los adherentes al paradigma cientificista moderno aquí habría un infiltrado…

Así como en la ciencia moderna existe una hipótesis que debe ser comprobada o descartada, y eso no debería ser un sesgo para la investigación, en el Yoga hay una “hipótesis” que es la existencia de una “verdad superior” o “Ser interior” o “Dios” u “Orden cósmico”, etc. y, por tanto, hay una cierta creencia o fe previas que son el punto de partida para la búsqueda de esa verdad. Sin embargo no son cualidades indispensables para confirmar la conclusión final, de la misma forma que no hace falta creer que la Tierra es redonda para darle la vuelta.

En este sentido, se habla de experimentar más que de creer, convirtiéndose uno mismo en el “tubo de ensayo” para la investigación.

Por tanto, la respuesta al título de este post es que el Yoga es una ciencia porque sirve para “conocer”, sobre la base de la experiencia directa personal y siguiendo un método específico. ¿Conocer qué? A uno mismo, su propia naturaleza siempre permanente, dichosa y en paz dicen los sabios.

¿Alguien tiene dudas? Pues que se dedique a hacer las pruebas de forma dedicada y honesta y, si corresponde, que me traiga las conclusiones bien redactadas que sin problemas le publico el paper en el blog.

Cómo hacer tu altar personal en casa

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A diferencia de Occidente, en la cultura de la India todavía es normal tener un altar en casa; incluso una habitación exclusiva para fines espirituales. Quizás por esa falta de hábito es que muchas personas occidentales se preguntan cómo crear su propio altar de la nada. De acuerdo a la tradición hindú hacer un altar personal y hogareño no es difícil ni tiene especiales misterios en cuanto a su estructura u ordenación; aunque el punto a tener en cuenta es que el altar, en esencia, se trata de un lugar de adoración y de práctica más que de un rincón donde poner un montón de objetos “inspiradores”.

Por este motivo, es muy importante el sitio donde se ubica el altar. Muchos maestros recomiendan tener, si es posible, una habitación dedicada de forma exclusiva al altar, la meditación y otras prácticas. Evidentemente esto no es siempre posible. La idea de una habitación separada es que al entrar en ese recinto uno ya se predisponga a la práctica espiritual.

En nuestro piso, por ejemplo, no tenemos suficiente espacio para dedicar un ambiente completo al altar, por lo que lo hemos colocado en una reducida zona al lado de mi reducido “estudio” (junto con elementos de ritual y cojines de meditación, entre otras cosas). Si bien espacialmente está muy cerca, sólo pisamos esa área para cuestiones espirituales.

En su libro Raja Yoga, Swami Vivekananda recomienda “no dormir” en la habitación del altar, “entrar bañado y limpio de cuerpo y mente”; “quemar incienso”; “poner imágenes placenteras”; y “no tener discusiones, ira o pensamientos profanos allí”. El objetivo de estos hábitos, dice el Swami, es crear una “atmósfera de santidad, de manera que cuando te sientas miserable, afligido, lleno de dudas, o tu mente esté alterada, el solo hecho de entrar en esa habitación te traiga calma”.

Hubo un tiempo (muchos tiempos) en que yo compartía piso y mi altar estaba en mi propio dormitorio, por lo que yo dormía allí, tenía discusiones allí y también malos pensamientos. De todos modos, ese pequeño rincón que yo le reservaba al altar, si bien en el mismo ambiente, era especialmente propicio para la práctica. Asimismo, mientras uno más realiza rituales o medita o canta mantras más se llena de buena vibración el lugar que sea y, en última instancia, el dormitorio también se va ‘santificando’.  Por eso las iglesias o templos son sagrados, al menos en origen.

Como oportunamente acota el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani),  es importante siempre entrar descalzo a la habitación del altar. Si este altar se encuentra en una habitación de uso múltiple, entonces al menos estar descalzos durante la ceremonia de adoración o la práctica espiritual que uno haga.

Sobre la ubicación, y como bien sugiere Álvaro Enterría, en la medida de lo posible, el altar debe estar situado en el noreste, norte o este de la casa o habitación.

Pasando a los detalles prácticos, el maestro Sivaya Subramuniyaswami dice que el altar debería estar en el suelo, “ya que la mayoría de los rituales se realizan sentado”. Y aunque uno no haga rituales, la meditación, el pranayama y la recitación de mantras se suelen hacer también en posición sentada. Obviamente esto no es obligatorio y el altar también puede estar elevado, algo que se recomienda si hay niños en la casa para que no puedan romper nada.

Sobre esto, y a pesar de la innata curiosidad de nuestra pequeña hija, nosotros hemos dejado el altar a nivel del suelo, teniendo especial atención con que ella no agarre la estatuilla del toro Nandi, que le atrae particularmente.

El altar puede ser una mesa baja o una repisa o incluso una caja. Cualquiera sea el soporte elegido, se debería cubrir con una tela que no esté rota ni quemada y que en lo posible sea bella. Entonces uno puede colocar las imágenes u objetos de adoración. Si el altar está dedicado a una deidad o a un maestro en particular, entonces se recomienda que la imagen de esa deidad o maestro vaya en el centro. Si el altar está dedicado a más de una deidad, maestro o manifestación divina, entonces el centro del altar puede “repartirse”. Es puro sentido común.

También influye el tamaño y el tipo de imágenes u objetos que queramos colocar en el altar. Si tenemos una estatua o foto grande, puede que sea más armonioso estéticamente ponerla en el centro, pero también depende del resto de objetos y de la composición que forman. Ya saben cómo es de relativo esto del diseño: si alguien viene a nuestro altar probablemente querría cambiar el orden, así que la norma primera es que la composición final nos inspire.

Ejemplo de altar extra-simple, sin siquiera tela que cubra la mesa.

Set de cinco estatuas con inclinación shivaíta para un altar más sofisticado.

Una vez hecho el altar cada uno realizará las prácticas que quiera o pueda, pero en cualquier caso también hay que recordar que es importante limpiar con frecuencia el altar, ya que puede juntar polvo y, además, se trata de un signo de respeto a lo Divino. Si en al altar hay algún elemento especialmente sagrado se considera mejor tenerlo cubierto (bajo una campana de cristal; en una caja; envuelto en un pañuelo…) y sacarlo en los momentos de adoración o práctica.

Como detalle extra, por más que estos consejos tengan una base hindú, es posible que algunas personas quieran poner en sus altares imágenes u objetos sagrados de otras religiones o culturas. Desde mi punto de vista, que se basa en que todos estamos yendo a la misma meta aunque por distintos caminos, considero que no hay ningún problema con eso siempre y cuando sea hecho con respeto y sea fuente inspiración para el buscador espiritual.

Un altar ecléctico con aspectos femeninos de la Divinidad de religión hindú y católica.

Finalmente, el factor fundamental: todo lo anterior puede ser modificado o adaptado siempre y cuando exista devoción.

La clave del éxito para construir tu altar personal es, entonces, la devoción; sin olvidar que, en última instancia, y como dicen los maestros, el verdadero altar está en tu propio corazón.

Mi nombre es Naren, con ‘N’ final

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El nombre que me dieron mis padres al nacer fue Naren, el cual es un nombre hindú y es una contracción de Narendra o Narendranath. El nombre tiene su raíz en dos palabras sánscritas: nara, que significa “hombre”, e indra, que es el nombre del dios hindú del cielo, el trueno y la lluvia, a la vez que puede querer decir “conquistador”. Por tanto, el nombre Narendra podría significar “Señor de los hombres”.

Si bien en la India se trata de un nombre normal (ahora se escucha bastante el del político Narendra Modi, por ejemplo), en el resto del mundo no, y cada vez que me preguntaban, a mí me daba un poco de vergüenza este significado tan ampuloso de Naren. Para mi alegría y honor, mis padres no me llamarón así por grandilocuencia, sino porque había sido el nombre de nacimiento del gran santo indio del siglo XIX, Swami Vivekananda.

Tener un nombre “raro” puede ser traumático, sobre todo porque hay que repetirlo a cada rato, deletrearlo con frecuencia, explicar su significado a diario y dar razones válidas a terceros, como si hubiera que justificar con el mundo el exotismo del nombre. Nada de esto se le exige a un “Juan”, por ejemplo, aunque pocas personas sepan, en realidad, el significado etimológico o histórico de ese nombre tan popular (justamente por ser tan popular…).

No me voy a poner ahora, con este calor barcelonés, a hacer un análisis antropológico de los onomásticos y sus consecuencias sociales. A mí, mi nombre me gusta y no estoy ofendido por tener que repetirlo o deletrearlo con frecuencia. Lo que en realidad me perturba, a veces me desquicia y, sobre todo, hace arder mi curiosidad filológica, es el hecho de que muchas, muchísimas personas, me llamen Narem, con ‘M’ final.

Antinatural

Si en lengua española no existe ninguna palabra que acabe en ‘M’ (excepto latinismos tan “populares” como continuum o súmmum…), ¿cuál es la secreta razón para que incluso amigos cercanos cambien la letra final de mi nombre?

Es verdad que existe el nombre Miriam (que al parecer es hebreo) acabado en ‘M’, pero también existe el más cercano fonéticamente nombre Karen (de origen danés), que es con ‘N’. Yo me lo tomo con filosofía, incluso cuando en mi perfil de Facebook y de Twitter dice claramente Naren, o cuando en el remitente de mis e-mails también aparece mi nombre con ‘N’ final.

O sea, mi nombre será raro, pero está bien escrito en todas mis referencias (incluyendo debajo del título de cada entrada de este blog), por lo que me cuesta creer que el único problema sea la falta de atención de mis lectores, amigos, conocidos y contactos. Hay un jugador de fútbol que se llama Zlatan Ibrahimović, por ejemplo, y ¡qué curioso!, nadie escribe mal su nombre…

He pensado mucho sobre este tema y sigue siendo un misterio para mí. Así como la terminación “em” no existe y es totalmente antinatural en español, la terminación “en” es extremadamente usual. ¿Quieren ejemplos? Tengan: Todos los verbos de la tercera conjugación en la tercera persona del plural del indicativo (corren, mueven, hacen…), Karen, Rubén, sartén, e incluso el universal y venerado Amén.

Como ven, doy ejemplos de palabras con acentuación tanto grave/llana como aguda, porque sobre ese tema también tengo cosas que decir, ya que mi nombre, cuya acentuación original es aguda, es pronunciado de dos formas según la persona en cuestión: Naren o Narén. Insisto en que la sílaba tónica es la segunda, por lo que debería ser Narén, pero entiendo la confusión debido a la ausencia de acento ortográfico en mi firma y DNI (Naren).

Lo que no entiendo es la manía de llamarme Narem

La teoría árabe

Ante la ausencia de respuestas, la hipótesis más convincente que tengo hasta ahora es la “teoría árabe”, que consiste en lo siguiente: a las personas que me llaman Narem mi nombre les suena a árabe y, por tanto, tienden a escribirlo y decirlo con una terminación “em”, pues aun no sabiendo ni un pito de árabe todos creemos que es un idioma que acaba mucho en ‘M’, basándonos en nombres, como Karim, Naim, Ibrahim, o en el clásico saludo Salam aleikum.

Ya sé que mi teoría deja mucho que desear, pero es la mejor que he podido elaborar hasta ahora. Si algún lector, más sagaz y menos acalorado que yo, tiene una hipótesis clarificadora, se lo agradeceré. Y más aún le agradeceré que al escribirme su comentario o e-mail lo comience con Naren, con ‘N’ final.

Dios por necesidad

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En estos tiempos estoy haciendo muchos cursos, de los cuales no hablaré hoy; pero fue justamente en uno de ellos en que, esta semana, salió de forma tangencial un debate filosófico-teológico sobre la existencia de Dios.

Ya sé que no es un tema para abordar a la ligera, sobre todo en un curso de lengua catalana, donde la complejidad inherente del argumento se ve acrecentada por las dificultades de expresión de los asistentes, yo incluido.

De todos modos, este episodio hizo reavivar en mi mente unas ideas que ya venía rumiando de antemano y que pensé serían buen material para un post, con todos los riesgos y limitaciones que implica para mí tocar un tema así de profundo.

Argumentos

Según entiendo, hay dos argumentos esenciales para negar la existencia de Dios (o cualquier otro nombre que se le quiera dar a una entidad superior o una energía cósmica universal…) El primero de ellos es, si se quiere, de tradición positivista: “Dios no existe porque no puede probarse su existencia”.

No voy a profundizar demasiado aquí, sino más bien citar el contra-argumento que, creo, lo invalida: “Dios existe porque no puede probarse su inexistencia”.

Desde un punto de vista lógico-filosófico estos argumentos se contraponen y no dejan una respuesta inapelable. Dependerá de cada uno, así como de argumentaciones posteriores, acercarse más a una idea que a otra. Sin la intención de ramificar el tema, sólo quiero dejar en claro mi idea de que, en este caso, ninguno de los dos argumentos son suficientes para erigirse, objetivamente, como irrefutables, más allá, claro, de la fe particular de cada persona.

El segundo argumento que se expone con frecuencia, y desde los albores de la humanidad, es el que hoy más me interesa analizar. Se trata de la idea que sostiene, a grandes rasgos, que “Dios es una creación del ser humano para así entender todos los aspectos de la vida que están fuera de su comprensión, y también para apaciguar su miedo a lo desconocido, sobre todo a la muerte”.

pregunta

Necesidad

Este segundo argumento tiene un par de sostenes razonables, a saber: la necesidad del ser humano de explicar lo inexplicable (o misterioso), y la tendencia del ser humano a aferrarse a “algo superior” cuando la situación es desfavorable.

Es decir, cuando una persona está en dificultades, naturalmente apela a ese “algo superior” para que la ayude o rescate. Algunos dirán que dicha apelación no es “natural”, sino más bien inculcada por la educación y la sociedad. De todos modos, lo cierto es que incluso las personas no creyentes, en situaciones difíciles, se encuentran pidiendo ayuda a ese “algo superior”.

Ya sea un hábito social o una reacción natural, quienes niegan la existencia de Dios dicen que esta reacción demuestra que es sólo la debilidad del ser humano lo que le lleva a creer en ese poder superior. O sea, la mayoría de las personas se acuerda de Dios sólo en los momentos de necesidad. Una vez pasado el problema, son pocos los que siguen pensando tan fervientemente en Dios.

No se puede negar que este argumento tiene gran asidero en la realidad ya que, en general, todos tenemos esa tendencia. Sin embargo, yo creo que no es prueba suficiente para decir que Dios es una invención humana.

Swami Vivekananda dice: “Lo principal es necesitar a Dios. Nosotros necesitamos todo, excepto a Dios, porque el mundo externo satisface todas nuestras demandas ordinarias; sólo cuando nuestras necesidades trascienden al mundo externo recurrimos al mundo interno, a Dios…”

Según lo veo, el estado normal de las personas es estar satisfechos con lo que nos ofrece el “mundo externo”. Cuando esta situación de comodidad encuentra obstáculos y dificultades, entonces nos acordamos (o creemos) que hay “algo” más allá, llámese mundo interno o Dios. Tan pronto se resuelve el obstáculo volvemos a nuestro estado de confort con el mundo exterior, y así muchas veces.

Por más que este proceso sea normal y cíclico, no creo que suponga a Dios como un invento por necesidad, sino al contrario. Es justamente a través de los problemas de la vida que uno puede ser consciente de una realidad superior o interior. Si no hubiera problemas y todo fuera externamente perfecto, el ser humano difícilmente se inclinaría hacia lo interior, quedándose así en la capa superficial, en apenas la planta baja del infinito rascacielos de la felicidad.

rascacielos

Caridad

Por tanto, la necesidad de Dios, como la llama Vivekananda, se fomenta al inicio por simples problemas mundanos, que nos hacen recurrir a esa realidad superior/interior como salvavidas, esperando recibir beneficios más bien materiales.

Como en todo proceso, el camino espiritual también requiere tiempo y diferentes etapas; por ende no es extraño que todas las personas debamos pasar primero por esta etapa de pensar en Dios sólo cuando estamos en necesidad. No es incorrecto.

A este respecto, se me ocurre una analogía con la caridad (o las donaciones o el servicio social). He escuchado muchas veces la crítica a estas actividades pues algunas personas dicen que quienes hacen caridad o ayuda social lo hacen para limpiar su conciencia, para no sentirse culpables, o simplemente para sentirse mejor con ellos mismos. Es decir, que el objetivo de ayudar a otros es, a fin de cuentas, egoísta, pues el máximo beneficiado (moral o emocionalmente) es el que realiza la acción caritativa.

Mi creencia es que casi nadie en este mundo tiene una personalidad y un accionar impecables, y por lo tanto, si deseamos paliar nuestros defectos, debemos hacerlo fomentando cualidades positivas aunque al principio sea “a la fuerza”. Si uno, por ejemplo, decide no hacer caridad basado en que el objetivo final es egoísta, terminaría también actuando de manera egoísta (natural en el ser humano) y además sin ayudar a un prójimo.

De la misma forma, creo, el acercamiento a Dios en épocas de problemas y dificultades no debería ser visto como un signo de debilidad del ser humano, sino como un paso necesario en el camino de interés por lo espiritual, por lo Divino, o por lo interior.

Ideal

Evidentemente, el paso siguiente es también agradecer a Dios por todo lo positivo que uno pueda tener o recibir, entendiendo que si hay “algo superior” es tanto para lo bueno como para lo malo.

Una tendencia general es la de considerarse a uno mismo como el Hacedor cuando las cosas salen bien, y echarle la culpa a la Vida cuando salen mal. O, en todo caso, atribuirse los méritos de los éxitos y recurrir a Dios en los fracasos.

Siguiendo con las analogías, se me ocurre que habría que hacer como algunos jugadores de fútbol, que después de hacer un gol señalan al cielo, en señal de agradecimiento. Por más que este “festejo”, en algunos casos, no sea más que un automatismo, es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Incluso en algo tan banal como patear una pelota, esos jugadores agradecen a Dios y no se atribuyen (todo) el mérito.

Messi festejo

De esta forma, el ideal es que una vez superadas las dificultades uno pueda seguir pensando en Dios, también en los buenos tiempos. Y yendo más allá, que uno pase del agradecimiento por lo que tiene a la búsqueda interior, donde se puede encontrar la verdadera esencia del propio ser.

Dificultades

Pero volviendo al inicio, o sea la primera etapa, me gusta citar un ejemplo de las Escrituras hindúes, en que una de las gopis, es decir las devotas del Señor Krishna, pide a Dios que le conceda más penurias y tribulaciones. Al ser consultada del porqué de este inusual pedido, la gopi responde: “Porque cuantas más penurias haya en mi vida, más razones tendré para pensar en mi amado Krishna, y así no tendré ninguna posibilidad de olvidarme de Él”.

GOPIS

Con una filosofía similar, Swami Premananda, que ha sido acusado injustamente y condenado a prisión desde hace dieciséis años, dice: “Tengo la tolerancia de soportar grandes dificultades porque tengo total fe y confianza en Dios. Cuando pienso en Jesucristo y todo lo que tuvo que sufrir, siento que no estoy sufriendo en absoluto. Dios no me ha dado suficientes pruebas. Siento que Dios debe darme más dificultades”.

Más allá de su ejemplo personal, Swami también deja claro que las situaciones de dificultad pueden ser aprovechadas por los buscadores espirituales: “Cuando se afrontan grandes problemas y se incrementa la fuerza de la confianza en Dios, se puede madurar a un nivel muy elevado. Los devotos que se han mantenido a mi lado durante este atribulado tiempo, jamás hubieran experimentado una prueba semejante ni siquiera en ciento cincuenta años de práctica espiritual corriente”.

De esta forma, y basándome también en las palabras de Swami, no creo que sea condenable que una persona se “acerque” a Dios por necesidad exterior o material.

Más que un signo de debilidad, a mi entender, es una prueba de humildad, de entendimiento y de que, esencialmente, el alma siempre sabe hacia donde apuntar.

Fuentes de las imágenes:

despertardetamaulipas.com

mundofotos.net

infobae.com

mantrapersonaldivinaradhaylasgopis.com

Anécdotas de Calcuta

Publicado en

Las dos últimas entregas de esta bitácora digital fueron bastante serias, versando sobre cuestiones litúrgicas, simbología, y reglas de comportamiento en cuanto a rituales milenarios. Antes de eso había hablado de la meditación, otro tema “serio”, se podría decir.

En todos los casos se trata de tópicos que me atraen, pero que también tienen un cierto estilo “pedagógico” en el que no me interesa mucho entrar, pues no pretendo enseñar nada, sino más bien compartir mis ideas y sensaciones, a la vez que poner en palabras las reflexiones que pasan por mi cabeza en cuanto a la espiritualidad y su práctica.

Consciente de que los lectores también necesitan un respiro, esta semana he decidido cambiar el foco de la información para dirigirlo a cuestiones más banales, de índole puramente personal. De esta forma, hurgando en el anecdotario de mis viajes a la India, encontré unos pocos detalles olvidados de mi visita a la ciudad de Calcuta, en el año 2003. Una visita que ya relaté en un antiguo post, y de la que ahora quiero rescatar estas pocas anécdotas inéditas, que aunque sean prescindibles y pequeñas, creo que pueden servir como ejemplos puntuales de la idiosincrasia india, y de mi dificultad para asimilarla.

Proxemia

El párrafo debería comenzar con una frase del tipo, “No sé si les conté alguna vez acerca de…”, lo cual es síntoma de que estoy repitiendo alguna historia, o al menos reciclándola. Puede que este sea el caso en cuanto a los criterios de socialización de los indios, tema que ya toqué en el pasado.

Supongo que ya conté que las reglas de comportamiento social que rigen en Occidente son muy diferentes de las de la India, como es natural de esperar. Dejando de lado las cuestiones de casta, educación formal, o religión, que nos pueden servir a nivel teórico pero que son algo abstractas para alguien que pisa por primera vez la India, una de las grandes comprobaciones empíricas que hace el visitante de esta tierra es que los indios son muy sociales.

Ya lo sé, algún (sino todos) profesor de los que tuve en la Universidad me dirá que todos los seres son sociales. Sin entrar en debates de claustro, lo que quiero decir es, básicamente, lo que todos entendemos: los indios gustan de estar en grupo, hablar, compartir espacios con otras personas, aunque éstas sean desconocidos.

Evidentemente, estas características pueden ser aplicables a muchas otras culturas o países. Puede que una de las diferencias que hay en la India es que al ser un país tan poblado, las personas no tienen otro remedio que aceptar tener siempre a un prójimo cerca físicamente. Esa podría ser la explicación de que siempre quepa un pasajero más en el autobús, de que los moto-rickshaws vayan cargados de seis personas, de que la fricción corporal no sea vista como un ultraje personal… Sin embargo, tengo la creencia de que esta actitud de “sociabilidad” no es debido a escasez de espacio físico sino a una idiosincrasia propia. Como prueba, si hiciera falta, podemos citar al Japón que siendo mucho más pequeño físicamente mantiene unas reglas proxémicas de menor cercanía entre los individuos.

Sin la intención de profundizar en argumentos antropo-sociológicos, mi punto es el discurso. Es decir, la forma en que los indios interaccionan a través del habla. En el caso de este análisis informal, la cobaya, a falta de una mejor, soy yo.

COBAYA

Bengalíes

Hace relativamente poco leí en un libro sobre la ciudad de Calcuta, capital del estado de Bengala Occidental, que los bengalíes son más adeptos que cualquier otra raza de la India a hablar, a debatir oralmente, a reunirse para discutir sobre las grandes cuestiones de la vida. Al parecer, históricamente, esto se debe a que Calcuta fue durante años la gran capital cultural de la India, además de su capital gubernamental hasta 1911, en que los ingleses las trasladaron a New Delhi (que hasta entonces era Delhi a secas)

De hecho, la Corona británica decidió el cambio de capital por el carácter revolucionario de los bengalíes, siempre en la vanguardia del pensamiento artístico, cultural, científico y también espiritual de la India.

Los ejemplos más famosos de este linaje quizás sean Rabindranath Tagore, el primer (y durante muchos años el único) escritor asiático en ganar el Nobel de Literatura, y también el Swami Vivekananda, un santo que deslumbró al mundo occidental con su clara explicación de la filosofía Vedanta, la esencia del Hinduismo.

Rabindranath Tagore

A este respecto, mi experiencia personal es que los indios, de cualquier parte, tienden a socializar, bien con el habla si su inglés se los permite, o bien con gestos, miradas, sonrisas. Es decir, los indios son buscadores de conversación, sobre todo si uno es un turista, occidental, un “hombre blanco”, con la gracia que me hace esa definición cuando yo considero mi piel bastante morena. Una vez más, todo es relativo.

Lo que no es tan relativo es esa afición de los indios por buscar conversación, con el consiguiente efecto de que uno termina repitiendo la historia de su vida a una infinidad de desconocidos. Es probable que si estas conversaciones se dan en el fragor callejero de un taxi, en la protocolar recepción de un hotel, en la amable tienda de souvenirs, pues sólo se limiten a frases hechas, a preguntas de rigor como Which country are you from? o What’s your name?

Sin embargo, si uno de estos esbozos conversatorios se da en el populoso camarote de un tren, por lo general con varias horas de viaje por delante (No sé si les conté alguna vez que la India es muy extensa…), entonces es impepinable entablarse en uno de esos interrogatorios (al menos es la dinámica inicial) en los que hemos de responder a interpelaciones que, para nosotros occidentales, serán indiscretas, íntimas, privadas, entrometidas – elija Usted mismo el adjetivo pertinente – cuando no un absoluto tabú.

Por ejemplo:

Pregunta – “¿Está casado?”

Respuesta – “No”

P – “¿Cuántos años tiene?”

R – “25”

P – “Pues no deje pasar los 27, es la mejor edad para tener hijos”.

Otro ejemplo:

Pregunta – “¿Qué hace en la India?”

Respuesta – “Estoy viajando”.

P – “Entonces, su padre debe ser un hombre rico”

R – “No… Tiene un restaurante”

P – “Aah, es un hombre negocios”.

Pues bien, después de recopilar charlas, preguntas y respuestas a lo largo y ancho de la India, vengo a leer que los bengalíes, una raza de artistas e intelectuales tendiente a la reflexión, son amantes de la conversación profunda. Y entonces me acuerdo de la charla de aquella tarde, a fines de octubre 2003, en que me senté en los Eden Gardens, unos jardines justo al lado del homónimo estadio de cricket.

Aim

En realidad yo buscaba la entrada al estadio, pero al no encontrarla terminé sentado bajo un árbol en ese parque bastante arreglado, con lagos artificiales y con personas pescando en ellos. Entonces unos bengalíes me llamaron, querían hablar conmigo, y yo fui de mala gana, pues sabía lo que se avecinaba, es decir las mismas preguntas de siempre. Sin embargo, la conversación no fue ni tan monótona ni tan aburrida; un poco porque puse voluntad inicial y otro poco porque los temas tocados fueron diversos.

Viendo que se armaba el coloquio, se acercaron otras personas, así que ahora tenía a dos jóvenes y a dos ancianos como contertulios, y quizás eso dio variedad a la agenda temática. Hablamos de fútbol y de cricket, por supuesto, también hablamos de música, y me sorprendí de que les gustara Ricky Martin. Aún era ingenuo para darme cuenta que la atracción de los indios por lo occidental generalmente se limita a estereotipos norteamericanos de consumo (McDonald’s, gorras NYC, U$D), o a productos culturales que directamente rayan el mal gusto, como sería el caso de Ricky, con perdón.

En aquella época yo creía saber inglés, y es verdad que para sobrevivir en la India alcanza con poco, lingüísticamente hablando (y monetariamente también, claro) Los integrantes de aquel corro espontáneo coincidieron en que mi inglés era “simple y claro”, que “cualquiera podía entenderme”. Es obvio que si uno quiere (y se quiere) puede tomar esta definición como un cumplido, aunque también es obvio que se trataba de un forma de decir “básico”.

El problema de esta carencia idiomática surgió cuando uno de los muchachos jóvenes me hizo la pregunta más profunda que me hayan hecho jamás en cualquiera de estas conversaciones improvisadas en tierras indias. Una pregunta que no pude entender.

Se trataba de ¿What is your aim in life? y yo no sabía el significado de la palabra “aim”. Después de explicaciones y paráfrasis por parte de mis compañeros de diálogo logré entender que el término hacía referencia a algo así como “propósito” u “objetivo”, y por ende, una vez dejado atrás el obstáculo semántico, se cernía ante mí un obstáculo peor, de cariz existencial: responder de forma concienzuda a la pregunta “¿Cuál es el objetivo de tu vida?”.

Si ya es difícil responderse esto a uno mismo, imaginen enfrente de un jurado formado por cuatro desconocidos.

No voy a detallar el contenido de mi respuesta, que siente años más tarde es probablemente diferente. Lo que quiero destacar es hasta qué nivel, de lo que nosotros consideramos profundidad o intimidad, pueden llegar las preguntas de los indios. Pero bueno, este ejemplo apoteótico quizás sólo sea posible en Bengala, tierra de artistas e intelectuales amantes de la reflexión.

Coima

Si bien es verdad que al inicio anticipé que contaría anécdotas banales, de alguna manera me las ingenio para extender la narración, a veces en demasía. A no desesperar, aquí está la segunda anécdota calcutense.

Como dije más arriba, yo estaba en esa zona de la ciudad en busca del Eden Gardens, el estadio de cricket más grande la India. Mi interés no radicaba en el deporte en sí mismo, un deporte del que ya he hablado pestes en un post de este año, sino en ver personalmente esta gran construcción. De hecho, para verlo en su debida forma mi intención inicial era entrar al estadio, aunque yo estaba conciente de que no había partido ese día, y por lo tanto se encontraba cerrado al público.

En estos tiempos, para cualquier viajero que se precie, es norma llevar una guía de viajes, preferiblemente una guía muy gorda y pesada, estilo ladrillo de barro bien cocido, a la que se consulta sin falta ante cada nueva acción a emprender, cual Oráculo de Delfos para los regentes de la antigua Grecia. Yo, que como viajero siempre tuve muchas fantasías y poca preparación, no suelo recurrir a las guías, e insisto, no tanto por una búsqueda de diferenciación con los demás (que ya me gustaría) sino por una incapacidad de previsión que, sin extenderse a mi vida diaria, creo únicamente se limita a las guías de viaje.

Pues bien, en el pasado, esta falta de preparación fue suplida en varios viajes por mi amigo Ezequiel, que me pasaba sus itinerarios ya realizados y de los que yo me aprovechaba. Justamente en el año 2003, Ezequiel me regaló una guía de viajes de la India que me fue muy útil, sobre todo porque no era pesada.

Ahora todos conocemos la Lonely Planet como paradigma de guía, pero como una nueva digresión, permítanme recomendar las de Footprint Travel Guides. Es verdad que no se ven mucho, pero todavía existen (al menos tienen sitio web), y una de sus características era que estaban hechas con papel biblia, de manera que mucha información entraba en menos tamaño y menos peso.

Después de esta pausa comercial vuelvo al hilo: por lo general estas guías que todos tenemos (utilizaré el plural de cortesía) siempre nos revelan algunos “tips” (consejos prácticos), debidamente presentados con el aura de ser cuasi-secretos. De esta forma, nos dicen que en una callejuela apartada se encuentra el mejor lassi de Calcuta, o que en un rincón escondido de la estación de trenes hay una taquilla en donde nunca hay cola…

Como es previsible, teniendo dichas guías tanto éxito, o sea lectores, estos consejos prácticos dejan de ser el privilegio de unos pocos para convertirse en vox populi, perdiendo así, muchas veces, su carácter especial (Un ejemplo real de esto fue publicado en el post sobre Varkala, en Kerala)

La cuestión es que en la guía Footprint que yo tenía entonces, se decía, a manera de tip, que para entrar al estadio de cricket Eden Gardens bastaba ir hasta la Puerta 14, y ofrecerle unas rupias al guardia de seguridad.

Puede que haya sido la avalancha de viajeros que ya habían leído el consejo, puede también que haya sido mi falta de “viveza criolla”, o puede ser que el personal de seguridad hubiera cambiado desde la edición de la guía, lo cierto es que el guardia se negó rotundamente a dejarme pasar, casi enfadado, exhortándome a que me retire, palo en mano.

Fue así que empecé a descreer del cricket, de las guías viajeras y de las coimas.

Eden gardens

Brújula

Estando en la ciudad de Calcuta (esta es la tercera y última anécdota) se me ocurrió que debía ver un tigre de Bengala y entonces decidí, en la opción menos aventurera, ir hasta el zoológico de la ciudad. Lo que debía ser un simple trayecto urbano se convirtió en un tortuoso laberinto, debido, en parte, a mi falta de un mapa acorde (esto ya lo hemos hablado), y sobre todo a la falta de orientación geográfica de los indios. O al menos, lo que yo juzgo su incapacidad para dar indicaciones espaciales adecuadas, sobre todo en lo referente a las calles.

A este respecto, entre quienes han viajado a la India, hay cierto consenso en que el problema radica en la incapacidad del indio en decir “No”. Es decir, si uno va a una tienda y pide un artículo específico, que no está en stock, el comerciante nunca dirá que no lo tiene y nos dará un artículo relativamente similar. De la misma forma, si a un indio se le pregunta una dirección, él siempre apuntará el dedo hacia algún punto cardinal, incluso cuando no sepa cuál. No sé si esta actitud se debe a un deseo de entablar conversación a toda costa, a una intención de no defraudar al interlocutor con un “no lo sé”, o a un proceso de auto-engaño que hace que él mismo se crea la respuesta. Lo cierto es que, por regla general, nunca hay que fiarse de una única indicación y, como enseñan en la escuela de periodismo, siempre es necesario chequear las fuentes, varias veces si es posible.

El problema puede venir cuando, encontrándonos en una bifurcación, hacemos la consulta y la respuesta no admite medias tintas. La verificación, en todo caso, llegará cuando ya hayamos elegido una opción, con el riesgo de tener que hacer marcha atrás.

En el caso de mi búsqueda del zoológico, este problemilla se acrecentó por el hecho de que la zona en cuestión no era totalmente urbana, con muchos espacios verdes y grandes distancias que cubrir, por lo que una calle mal tomada implicaba una larga caminata. Además, había pocos transeúntes, haciendo así difícil la verificación de las fuentes.

Llegué en metro hasta donde pude (No sé si les conté alguna vez que el metro de Calcuta es buenísimo…), luego recuerdo haber pasado junto a un campo de polo y un hipódromo, lo que da una idea del tipo de zona espaciosa en que me estaba moviendo. Aquí he de decir que mi falta de guías y mapas es balanceada por mi buena capacidad de orientación, por lo que, a pesar de todo, no iba mal encaminado.

No es bueno guardar rencor, pero algún indio de los que me crucé me dio una indicación totalmente contraria y allí comenzó el desbarajuste geográfico. Aunque también hubo otro motivo, nuevamente idiomático.

Brújula

Zoo

Ante cada nuevo transeúnte, yo preguntaba por el “Zoo”, la palabra inglesa para “zoológico”. Debido a mi fuerte acento hispano, yo comencé preguntando por el “su”, lo cual no es fonéticamente correcto. Esta mala pronunciación de mi parte se convirtió en la principal obstrucción para llegar a destino, pues los indios no sabían de qué les estaba hablando. Y por ende, con razón dirán algunos, ¡me enviaban para cualquier parte!

Gradualmente, es decir después de caminar muchas calles sin norte, me di cuenta de mi error y modifiqué mi pronunciación hacia “zu”, lo cual es muy cercano al sonido original. Sin embargo, cada uno de mis interrogados callejeros seguía sin entender, teniendo entonces que recurrir a la humillación del turista, es decir a mostrar la palabra escrita en la guía. De todos modos, aún así, ¡los indios me seguían enviando en la dirección errada!

Finalmente, en una encrucijada me topé con un policía de tránsito y recurrí a él esperanzado. Después de hacer la pregunta de rigor, emitiendo lo mejor posible el sonido “zu”, fue de su boca que oí la correcta pronunciación, o mejor dicho, la pronunciación bengalí de la palabra “zoo”. Cuando, al fin, el policía logró entender lo que yo quería decir, exclamó “Aah, the ju”, dejándome perplejo y furioso.

Ahora resultaba que, además de enviarme en dirección contraria sin razón, la pronunciación india era más lamentable que mi dialecto anglo-hispánico, y sin embargo yo quedaba como el que hablaba mal. Al menos, todo hay que decirlo, el policía sí me indicó el camino justo.

tigre de bengala

Todavía masticando algo de fastidio por los obstáculos encontrados, me dirigí al zoológico, donde pude ver al famoso tigre de Bengala, incluyendo el tigre blanco.

Luego, reflexionando sobre lo sucedido, aprendí dos lecciones para el resto de mis viajes a la India: Uno, la de verificar las fuentes y Dos, la de flexibilizar la mente en cuanto al idioma inglés, pues difícilmente escucharía la pronunciación esperada de boca de un indio. De hecho es mi oído el que se ha tenido que acostumbrar.

Pues ya lo dice la enseñanza espiritual: “No esperes que el mundo cambie, cámbiate a ti mismo”.

Imágenes:

blogs.rtve.es

writespirit.net

blogs.que.es

telegraph.co.uk

commons.wikimedia.org

redescolar.ilce.edu.mx

El abhishekam como práctica espiritual

Publicado en

[1]En varias de las crónicas que componen los más de dos años de vida de este diario digital he hecho referencia al abishekam, una ceremonia tradicional del Hinduismo que consiste en el lavado ritual de una estatua, que luego es vestida y decorada.

A este respecto, como alguna vez he explicado, cada etapa del ritual simboliza las etapas por las que todas las personas hemos de pasar en la espiritualidad, es decir, limpiando y eliminando las malas cualidades primero, adquiriendo cualidades espirituales luego, y finalmente regresando a la fuente Divina.

Todas estas referencias acerca del abishekam, muchas veces tangenciales, pueden ser interesantes e instructivas, pero no estoy seguro de hasta qué punto transmiten lo que realmente significa este ritual en términos de práctica espiritual. Asimismo, para quienes leen sobre el tema pero nunca han tenido la chance de presenciar el ritual en cuestión, imagino que se trata de conceptos a los que les falta sustancia, no sólo por la ausencia de experiencia empírica, sino porque la idea de bañar una estatua no es tan bien recibida en Occidente.

Por otro lado, quienes sí han presenciado alguna vez un abishekam tienen reacciones diversas y también contrarias, aunque un lugar común es interesarse por la simbología de la ceremonia, incluso en detalles mínimos, generalmente en busca de asideros racionales que permitan a nuestras mentes occidentales entender aquello que es nuevo o ajeno.

Pensando en esas preguntas tan comunes, y en el desconocimiento generalizado sobre el abishekam, es que escribo estas líneas que intentarán aclarar algunos aspectos del mismo. Aspectos que, para tranquilidad de la mayoría, tienen también una explicación racional. Aunque su hilo fundamental sea siempre espiritual.

Liturgias

En una sociedad occidental cada vez más secularizada es normal que se pierda de vista que todas las religiones del mundo siempre han tenido sus rituales litúrgicos. Es decir, las ceremonias religiosas no son patrimonio de ninguna fe en particular, sino un elemento indispensable en todas las creencias, con todas las variantes correspondientes (por ejemplo, hay religiones que no realizan la adoración de imágenes, pero sí otros rituales).

En el caso de Occidente, el caso más evidente es el de la Misa Católica, ritual litúrgico por antonomasia, que incluye simbolismos (el vino substanciado en sangre de Cristo…) e imágenes (Jesucristo en la cruz…) que podrían resultar ajenos o chocantes para aquellas personas que no están familiarizadas con el dogma Católico.

La secularización de la sociedad no es la única razón para que los rituales litúrgicos de cualquier religión sean considerados como artificiales o fuera de moda. Otro motivo es la – esta sí, nunca pasada de moda – tendencia de los seres humanos a considerar lo propio y conocido como correcto, al contrario de su opinión sobre lo desconocido, nuevo y ajeno. Una tendencia natural que la antropología denomina como etnocentrismo (o sociocentrismo), y que atrincherándonos en nuestra propia cultura, nos empuja ver todo lo diferente como equivocado o raro.

Sea cual sea el lado en que uno se situé en este debate (apologista/opositor, occidental/oriental, ateísta/creyente), es indudable que los rituales litúrgicos existen desde hace milenios y, al parecer, su principal razón es espiritual.

Bhakti procesión

Bhakti

Según la filosofía espiritual de la India, la adoración ritual es parte del sendero devocional, conocido como sendero de bhakti (devoción), que consiste en la realización de Dios a través del amor y la devoción. En este sendero, los aspirantes espirituales eligen con mucha frecuencia un símbolo que los ayude a recordar lo Divino y focalizar la mente en un punto.

Dichos símbolos son, por lo general, la forma de una deidad de las que, como sabemos, hay infinidad en el Hinduismo. El Hinduismo concibe lo Divino como Uno en esencia, pero como muchos en su manifestación. Según se explica, todas estas formas existen de manera que todas las personas puedan encontrar el aspecto de lo Divino que más les agrade y se acomode a su personalidad.

Asimismo, se considera que las imágenes elegidas por el devoto como soporte para su práctica tienen un gran valor espiritual ya que fueron visualizadas, desde la antigüedad, por almas iluminadas en profundos estados de meditación. Los símbolos seleccionados, como también la forma de realizar los rituales, ayudan a llevar la mente hacia lo Divino, quitándola así de sus preocupaciones mundanas y materiales. No se trata de otra cosa que una práctica espiritual, un entrenamiento espiritual, para llevar la mente a esferas superiores y sutiles de pensamiento.

Si bien se sostiene que lo Divino es absoluto, sin forma ni nombre, la adoración a imágenes y símbolos es una etapa de la evolución espiritual. Incluso pensando más allá del Hinduismo, esto es verdad, pues todas las personas creyentes, de cualquier índole, tienen la necesidad de formar en su mente una imagen de su ideal a seguir, ya sea ésta una deidad de seis brazos, una esfera de luz brillante o la paz universal.

Se dice que la adoración externa es la etapa más baja del camino espiritual, y en algunos casos este método ha sido criticado por darle atributos Divinos a objetos inanimados o por ignorar que la verdadera naturaleza de Dios es trascendente e inmanifestada. De todos modos, todos los grandes maestros espirituales de la India coinciden en la validez y la importancia de los símbolos.

El gran santo y filósofo Swami Vivekananda[2] dijo, “La palabra bhakti abarca todo lo comprendido entre la forma más baja de culto y la forma de vida más elevada. Todo culto o adoración que hayáis presenciado en cualquier país del mundo o en cualquier religión, está regulado por el amor… La parte externa de bhakti resulta absolutamente necesaria como ayuda para el progreso del alma. El hombre comete un gran error al pensar que puede ascender de golpe al estado más elevado”.

Lakshmi estatua

Estatua

Evidentemente, si a uno le dicen que está en la etapa más baja de algo, entonces quiere pasar a la etapa siguiente, un poco por curiosidad, otro poco por anhelo, y otro poco por orgullo, pues a nadie le gusta ser el último eslabón. Es como cuando voy a clase de yoga y sentado en el suelo con las piernas abiertas apenas logro doblar el torso hacia delante, mientras todos mis compañeros de clase (más bien compañeras, es verdad) están tan abajo que besan el suelo, como si fuera lo más natural.

Como es de esperar, mi ego se siente tocado, pero no hay nada que hacer; estamos en diferentes etapas del sendero del hatha yoga, y de nada sirve que intente imitarlos, pues me llevaría una contractura o una dislocación de lumbares. Como dice mi profesora, “cada uno está en donde corresponde, y no es ni mejor ni peor que los demás”.

Pues pasa lo mismo con los rituales. Quienes no los necesiten, no hace falta que los utilicen. Quienes, en cambio, necesitamos entrenar nuestra mente para que se aquiete y quede en un punto; quienes necesitamos desarrollar mayor devoción; quienes necesitamos disminuir nuestra tendencia racional y analítica; entonces, puede que sea muy beneficioso realizar o presenciar rituales de adoración externa.

Tradicionalmente, dicha adoración externa se realiza a una estatua o imagen, por lo general de nuestra deidad preferida. Este concepto también puede ser difícil de asimilar para algunas personas, pues es rendir honor a una efigie, una figura de arcilla, una mera piedra, etc.

Por el contrario, si tomamos el caso de adorar conceptos abstractos y universales como la sabiduría, el amor o la verdad no suena tan raro para la mayoría de las personas. Tampoco suena tan raro adorar las manifestaciones de la naturaleza, dadoras de vida, y cuya existencia nos parece tan, justamente, natural.

Pero claro, adorar una estatua puede sonar pagano. Sobre todo si es la estatua de una deidad hindú, pongamos por ejemplo, un dios con cabeza de elefante y cuatro brazos.

Ganesha estatua

Swami

Sobre el propósito especifico de utilizar una estatua en los rituales, Swami Premananda dice:

Inicialmente, tu mente no es capaz de concentrarse en nada, a menos que haya algo concreto y sustancial delante de ti. Por lo tanto, la estatua delante de ti es un punto focal en el cual concentrar tu mente, de manera que puedas fijar tu mente en un punto. Es una pérdida de tiempo tratar de averiguar de los libros sagrados (Puranas y Vedas) si hubo un Dios con cabeza de elefante o si el Señor Shiva realmente existió o no. Esto es una tradición ortodoxa que ha sido seguida por más de cinco o seis mil años. Si empiezas a investigar si todo esto es verdad o no, esta investigación te alejará del camino espiritual.

Deberías entender que desde tiempos antiguos, la adoración de deidades fue diseñada para que Dios, o la energía universal, que impregna todos y cada uno de los átomos en este universo, pueda ser representado de una forma simbólica. Esta forma representa el más grande poder universal. Podemos fácilmente entender que esta forma es donde la fuerza divina está concentrada en un lugar”.

Asimismo, Swami explica el cambio interior que conlleva realizar abishekams:

La estatua de una deidad es un símbolo de lo divino que yace en lo profundo de tu interior. Depende de tu propia actitud, si esta estatua es sagrada y significativa para ti o no. Un trozo de papel blanco no tiene valor para ti, pero sí que cuidarías mucho un billete de dólar ¿Por qué? Porque el papel ha sido impreso con un signo de dólar.

De la misma manera, puede que no veas a Dios en una piedra ordinaria, pero si está esculpida con una imagen divina, se torna significativa e inspira devoción en ti. Después de algún tiempo de profunda devoción y adoración, tú tampoco verás esa imagen de piedra o de metal. Entonces experimentarás a Dios como luz y energía todo penetrantes. Ésta es la razón por la que aliento a todos a realizar abishekam como un escalón hacia prácticas más elevadas”.

Estas prácticas más elevadas de las que habla Swami no tienen porqué esperar, pues uno puede realizarlas de forma contemporánea a los propios rituales externos. Asimismo, desde mi punto de vista y mi experiencia personal, no se debe menospreciar la utilidad de los rituales externos, en este caso el abishekam.

Swami Premananda

Swami Premananda en el Ashram

Personal

Entre las enseñanzas de Swami Premananda, la práctica espiritual del abishekam tiene un rol destacado. En su Ashram, al Sur de la India, se realizan cuatro abishekams diarios (a Ganesha; Krishna; Lingam; y Amman, la Madre Divina)

A pesar de que según la ortodoxia hindú estos rituales sólo pueden ser realizados por hombres brahmines, Swami ha impulsado a sus devotos, indios y occidentales, a realizarlos, sin importar su género o status. De esta forma, tanto en el Ashram de la India como en los muchos centros Sri Premananda del mundo, hombres y mujeres de todas las razas, creencias, edades y castas, realizan abishekams al estilo tradicional, y reciben sus beneficios.

En mi caso personal, en el año 2003 Swami Premananda me dio una pequeña estatua de Ganesha, y desde aquel entonces empecé a realizarle abishekams. Al inicio, de forma más rudimentaria, ahora mejorada, aunque siempre con un toque personal, ya que, como es normal, según cada persona el abishekam puede tener algunas variantes.

De todos modos, hay una versión original y tradicional, la generalmente respetada en los centros oficiales de la Misión Premananda del mundo. Esa versión y su simbología es la que quería explicar hoy. Sin embargo, por falta de tiempo y también como recurso publicitario, lo dejaré para la semana próxima.

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[1] Utilizando como fuente principal el libro “Pujas and Prayers of  Sri Premananda Ashram”.

[2] “La necesidad de símbolos” en Selecciones del Swami Vivekananda. Ed. Kier.

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