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Visita a Sadāśiva en la Isla de Elephanta

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En 2015 estuve varios días en la ciudad de Mumbai para presenciar parte del multitudinario festival de Gaṇeśa Caturthī (Ganesha Chaturthi). Mumbai no me gusta especialmente porque es demasiado grande y urbana, pero de todos modos aproveché esa estadía para visitar algunos sitios de interés espiritual, que tenía pendientes. Entre ellos, la famosa Isla de Elephanta, que está a unos 10 km de distancia de la costa, en aguas del Mar Arábigo, y a la que se llega en ferry desde la turística e icónica Gateway of India.

El curioso nombre actual de la isla se debe al rebautizo que le dieron los colonizadores portugueses en el siglo XVI al ver las colosales estatuas de elefantes que había en su terreno. De todos modos, su gran interés cultural y espiritual está en las grandes grutas esculpidas en plena roca, que tienen casi 1500 años de antigüedad y que incluyen templos, pilares e imágenes religiosas hindúes. De hecho, las grutas fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad en 1987 y están bien conservadas, aunque es verdad que durante las diferentes invasiones, comenzando con la llegada de los portugueses, se causaron daños en las esculturas y salas del complejo.

Al llegar al muelle de Elephanta, después de una hora de viajar por las muy marrones aguas, uno tiene la opción de tomar un pequeño tren o caminar los 600 o 700 metros hasta llegar a las escaleras que llevan a las grutas. La explanada tiene puestos de comida, camisetas y todo tipo de recuerdos y artesanías; una escenografía que se mantiene de forma constante durante el ascenso de 110 escalones que solo se hacen duros si uno tiene un  resfrío (como era mi caso).

Lo más curioso de esta subida es el cartel que dice “Beware of monkeys” (“Cuidado con los monos”) y pretende advertir a los turistas que los monos de la zona están especialmente atentos a robar cualquier cosa que parezca alimento. De hecho, numerosos monos están indisimuladamente paseando o sentados dentro y fuera de la escalera, esperando su oportunidad.

Elephanta_monkeys

Monos poniendo cara de que no saben lo que dice el cartel…

El complejo contiene cinco grutas pero solo la primera es de especial relevancia, al menos para alguien no especializado. La gruta tiene en sus tres entradas columnas de unos seis metros de altura y es muy amplia (27m² solo en su zona principal). Naturalmente es húmeda y un poco oscura, pero esa falta de luz solo puede ser un problema a la hora de sacar fotos.

Elephanta Caves Tours, Mumbai Elephanta Caves Tour

Esta foto no es mía porque las mías están todas oscuras…

Especialmente atractivo me pareció el relativamente pequeño y cuadrado altar principal que alberga un tradicional śivalinga, el símbolo abstracto del Absoluto en la tradición shivaíta. Y es que esta gruta está dedicada al Señor Śiva (Shiva).

Templo del shivalinga (foto tampoco mía)

Entre las imágenes esculpidas directamente en las paredes de la roca está Naṭarāja (Śiva en su aspecto de bailarín cósmico), Ardhanārīśvara (Śiva en su aspecto “mitad mujer”), o Bhairava (Śiva en su aspecto más feroz). También hay esculturas con escenas de la mitología tradicional y que incluyen otros dioses relacionados con Śiva. De todas formas, la imagen más conocida y también más potente es la que muestra a Sadāśiva, “el Śiva eterno”, que tiene unos 7 metros de alto y que representa su manifestación más elevada, ya que simboliza “su condición de progenitor de las cinco esferas de la creación”.

La imagen canónica de Sadāśiva posee cinco caras, abarcando los cuatro puntos cardinales más el cenit. En la imagen de Elephanta, la escultura posee solo tres caras visibles, pues se supone que la cuarta (la que mira al sur) está contra la pared y la quinta, que iría arriba, “está presente conceptualmente pero no físicamente”.

De las tres caras visibles hay diferentes interpretaciones, aunque la principal es la que dice que el rostro central es la forma original de Śiva (en calma y meditación), mientras que la cabeza a su izquierda (la derecha en la foto) es un aspecto más amable y femenino de Śiva (de hecho está mirando una flor de loto), y la cabeza a su derecha (izquierda en la foto) representa un aspecto más fiero y masculino (de hecho está observando una cobra).

File:Shiva Trimurti @ Elephanta Caves.jpg

Sadashiva

Por estar compuesta de tres partes, esta imagen se conoce también como Trimūrti, que es también el apelativo tradicional para la tríada esencial de creación-preservación-destrucción del hinduismo genérico: Brahmā, Viṣṇu y Śiva. Quizás por eso, dos guardias que pululaban por la gruta principal me dijeron, por separado, que, si bien la imagen esculpida era Śiva, sus tres caras representaban a Brahmā, Viṣṇu y Śiva, situando a Viṣṇu en el medio. Esta versión no corresponde con la mayoría de fuentes que tengo ni con el hecho irrefutable de que se trata de un templo/gruta dedicado básicamente a Śiva. De ahí que esa imagen tan icónica se conozca como Mahādeva, Maheśvara o Sadāśiva.

Pedí a unos chicos que me hicieran una foto pero quedó fuera de foco. Fui a ver las otras cuevas y no me llamaron demasiado la atención. El entorno frondoso de la isla sí que tiene su encanto.

En cualquier caso, no es difícil de entender porque la gruta principal y su Trimūrti son la verdadera atracción de la isla, ya que aunque haga unos cientos de años que estas cuevas no están activas como centros de adoración, los cientos de años previos de actividad todavía se intuyen si uno agudiza la imaginación (fuego, lámparas, campanas e incienso enfrente de esa enorme imagen…).

E incluso si uno no tiene capacidad de imaginación, la presencia y tamaño de las esculturas es un evocador símbolo de devoción y de verdades espirituales que, como Sadāśiva, son eternas.

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Mahāśivarātri 2016 y la Conciencia pura

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Aguanté hasta donde pude pero el virus que trajo nuestra hija de su grupo de crianza terminó volteándome a mí también como hacía mucho tiempo que no me pasaba, dejándome sin fuerzas para dar clases, comer, abrir los ojos y mucho menos escribir largos posts. Tan fuerte fue la caída que tuvimos que posponer la reunión espiritual que teníamos planeada para celebrar Mahāśivarātri 2016. Sacando energías de la infusión de jengibre y probablemente impulsado por la vibración del mismo Señor Śiva (Shiva), me arrastro hasta el ordenador para dejar constancia, como cada año, de esta festividad tan importante para los hindúes del mundo.

Mahāśivarātri significa literalmente “la gran noche de Śiva”, se celebra una vez al año, en febrero/marzo dependiendo de los ciclos lunares. Este año 2016 la fecha india es la noche del Lunes 7 de Marzo al Martes 8 Marzo. Tradicionalmente durante la noche los devotos se mantienen despiertos y en ayunas mientras meditan, hacen rituales o cantan mantras a Śiva, especialmente el venerado Om namaḥ śivāya.

El Señor Śiva tiene muchas formas, aunque en esta noche su culto está muy enfocado al Śivalinga, que significa “símbolo de Śiva” y que es una imagen “anicónica”, ya que es un objeto (muchas veces de piedra pero también de otros materiales) de forma cilíndrica o elíptica que representa lo eterno y absoluto sin forma.

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Shivalinga del templo Sri Premeshvarar

Esta antigua forma tan básica, a priori sin frente ni dorso, sin atributos humanos, semejante a un huevo según algunos, a un falo según otros, a una forma geométrica de la Naturaleza según otros tantos, algo que sube y que baja a la vez, de variables tamaños, en apariencia vacía de contenido pero al mismo tiempo tan llena, es todavía motivo de debate entre los académicos.

Pero lo que nos importa hoy son las palabras de Swami Premananda:

“El ātman, el alma divina individual, tiene la forma sutil de un lingam. Paramātman, el alma suprema que todo lo impregna, también existe en la forma de un lingam. La realidad es que lo divino no posee ni nombre ni forma, pero la manera más cercana de describir esta forma de energía es la forma del lingam”.

En el intento de experimentar lo Supremo, uno se ve obligado a poner algún nombre y alguna forma, aunque sea lo más minimalista posible, para que la mente tenga algo de que agarrarse, al menos al principio.

En la tradición del Advaita Vedānta, por ejemplo, cuando se dice “Śiva” no se hace referencia al gran yogui meditando en los Himalayas, sino al Absoluto, y así también se habla de Śiva para indicar un estado de silencio, de quietud, de interiorización.

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El indólogo David Frawley dice que “Śiva mora en la siempre despierta conciencia pura que es nuestro propio ser… Al movernos hacia lo profundo de nuestra naturaleza de Śiva, vamos más allá de cuerpo y mente, de tiempo y espacio, hacia la luz pura e inmortal de conciencia sin límite”.

A este respecto, me gustó mucho cómo describen estos conceptos unos devotos amigos, en su invitación de Mahāśivarātri:

“Śiva es la representación del espíritu como conciencia pura. Su naturaleza es gozo y amor perfectos, eternos e inmutables. Es nuestra más profunda esencia. Nuestro verdadero Yo”.

Uno puede cambiar las palabras (los nombres) y las formas, pero el mensaje está bien claro y a la vista y, según dicen los sabios, es en esta noche cuando toca intentar descubrirlo con mayor ahínco.

¡Om namaḥ śivāya!

El doble simbolismo del tambor de Śiva

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Cuando se presenta de forma simplificada el panteón hindú se suele decir que hay una trinidad fundamental, la Trimūrti, compuesta por Brahmā, el creador; Viṣṇu (Vishnu), el preservador; y Śiva (Shiva), el destructor. De esta tríada de dioses, el Señor Śiva es el más complejo de entender porque tiene varias contradicciones aparentes, manifestaciones muy diversas y porque el simple hecho de estar a cargo de la destrucción y la regeneración no parecen ser tareas compatibles a primera vista.

De hecho, cualquier hijo de vecino que se acerca a Śiva, y que no conoce el contexto hindú, puede caer fácilmente en el malentendido, ya que el rol de “destructor” nos suena fatal y, de forma natural, uno siente un cierto resquemor ante un ser que aniquila el universo, entre otras cosas.

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Esta ambivalencia en su naturaleza se hace ya evidente en el mismo significado de su nombre: Śiva quiere decir “el benéfico”, lo cual no deja de ser curioso (o paradójico podría argüir alguien) para un dios que se encarga de la destrucción. Esta misma ambigüedad es la que lo convierte en un outsider, ya que como explica la tradición, Śiva no puede ser etiquetado con facilidad: es un asceta célibe ejemplar pero también está casado y se lo presenta como marido y jefe de familia; tiene armas pero no es un guerrero; no encaja en ninguna de las castas originales; “tiene muchos años así que no es un niño, pero se le proclama como sin edad ni principio. Y sin embargo no es viejo, pues no tiene vejez ni muerte”.

En esta misma línea, no es de extrañar que los emblemas del Señor Śiva puedan tener un doble significado, a veces opuesto, al menos en apariencia. Por emblemas entendemos los símbolos que lo representan, de los cuales el más conocido es el tridente (triśūla), aunque posee muchos otros que son destacados, a saber: la luna creciente en su cabeza; el río Gangā manando de sus cabellos; una cobra haciendo las veces de collar; una piel de tigre como única vestimenta… De todos estos, el emblema que hoy nos interesa es el tambor, junto con su doble simbolismo.

El tambor de Śiva es un instrumento pequeño, con un parche en cada extremo, y que se suele sonar con una mano ya que por lo general tiene dos cuerdas con pequeñas bolas para percutir en lo parches cuando el tambor es movido, agarrado por el medio. Este instrumento se conoce como ḍamaru, una palabra sánscrita que simplemente quiere decir “tamborcillo” y que etimológicamente parece estar relacionada, según el diccionario Monier-Williams, con el verbo √ḍam que significa “sonar”, aunque hay indicios de que el origen del término podría ser onomatopéyico, ya que se dice que ḍam, ḍam, ḍam (o ḍām) es el sonido que hace el tambor cuando es batido.

La particular forma del ḍamaru (“bicónico”; “de cintura delgada”; “la intersección de dos triángulos opuestos”…) se compara con frecuencia a la “de un reloj de arena”, no solo por su similitud formal sino porque es bastante aceptado que el tambor representa al tiempo; “es símbolo del ritmo de las estaciones que pasan, de los ciclos celestiales y de las eras cósmicas” como dicen los profesores Daniel Smith & Narsimhachary.

A este respecto, y como explica el indólogo Alain Daniélou, “el tiempo relativo mide el crecimiento, la decadencia y toda existencia. El poder elusivo que todo lo destruye es la medida de la existencia. Así pues, el tiempo es el poder de Śiva, el poder de la muerte, el destructor universal”. De hecho, en su rol destructor Śiva se identifica con el tiempo (kāla en sánscrito) con el epíteto de Mahākāla, “el gran tiempo”; es decir el tiempo trascendente y absoluto, más allá del tiempo relativo. Por tanto, él es también el “destructor del tiempo” y, como acota Álvaro Enterría, por ello se le conoce como Mṛtyuṃjaya (Mrityumjaya), el “vencedor de la muerte”.

En su aspecto de mahāyogin, de asceta máximo, el Señor Śiva representa la quietud, la calmada y total oscuridad original que queda después de la disolución del universo. La misma quietud mental que queda en el yogui cuando se disuelven todos los pensamientos; el regreso a la propia esencia a través de la introspección. Y visto así, como el eremita que retira su atención del mundo y la redirige hacia su interior, sin participar en la manifestación del mundo, Śiva es “destrucción”.

Volviendo a la etimología por un momento, la palabra ḍamaru también parece estar emparentada con ḍamara que significa “ruido o tumulto”. En este sentido, el sonar del tambor podría relacionarse con la destrucción, ya que uno se puede imaginar con facilidad un sonido atronador como preludio al cataclismo universal, similar al potente batir de tambores previo a una gran guerra. Por tanto, expuesto así, ḍamaru como sinónimo del paso del tiempo o la destrucción suena bastante coherente, ¿verdad?

Quizás sería más cómodo dejarlo así y darle un sentido unívoco al ḍamaru (de hecho hay escuelas y visiones hinduistas que lo interpretan así), pero es aquí cuando recordamos el carácter complejo y ambivalente del Señor Śiva y nos enteramos de que para la mayoría de sus devotos el tambor es símbolo de creación; es decir, todo lo contrario – en apariencia – a la tan mentada destrucción.

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Además de su representación como mahāyogin, el dios Śiva posee dos aspectos principales (en su naturaleza “con atributos”): por un lado como marido y padre de familia (esposo de la diosa Pārvatī o Umā y padre de Gaṇeśa y Skanda; a veces llamado Śiva Somāskanda); y por otro como Naṭarāja, el “rey de la danza”. En estos dos casos el ḍamaru cobra un simbolismo más amplio al de elemento de destrucción (aunque ello no quiere decir que la visión de Śiva Mahāyogin no pueda incluir también este simbolismo).

Si el asceta es símbolo de “negación” porque lleva sus sentidos hacia adentro y retiene su semilla debido a su carácter célibe, el hombre de familia es lo opuesto: procreador de hijos, motor de la progenie, contribuidor activo de la creación de este mundo. La unión conyugal de Śiva y Pārvatī no representan solo un aspecto creador de Śiva, sino también los dos principios complementarios e inseparables del universo: la pura consciencia subyacente (Śiva, masculino) y la energía dinámica en manifestación (Śakti, femenina).

Estos dos principios, como dice Daniélou, “se representan gráficamente mediante un triángulo con la punta hacia arriba y otro con la punta hacia abajo. Cuando ambos triángulos se intersecan… obtenemos la representación de la manifestación. Cuando se separan, el Universo se disuelve. El momento en que solo se tocan sus puntas es el punto-límite (bindu) a partir del cual comienza la manifestación. Esto se representa mediante el ḍamaru, del que surgieron todos los ritmos de la manifestación”.

En cuanto a Naṭarāja, Śiva en su aspecto más dinámico, la simbología es interminable y profundamente hermosa. Los devotos de Naṭarāja (un culto más tradicional del sur de la India que del norte) lo consideran el Señor del Universo y el encargado de todos los procesos cósmicos, los cuales lleva a cabo siempre en frenética danza. De hecho, en este contexto, existe una desarrollada filosofía sobre los llamados “cinco actos de Śiva” (pañcakṛtya), que además de los tradicionales creación, mantenimiento y destrucción incluye ocultamiento y revelación. Justamente, esta danza representa su fuerza difundida en todas las direcciones, en su carácter de ser todo-penetrante.

La idea de que todo en este mundo no es otra cosa que la danza de Śiva es grandemente evocadora y está llena de significados. Al decir del mitólogo Heinrich Zimmer, “la danza es un acto de creación… Tiene una función cosmogónica en el sentido de que despierta las energías dormidas que a continuación pueden modelar el mundo… Las fuerzas acumuladas y proyectadas en el girar frenético y sempiterno [de Śiva] son las fuerzas de la evolución, conservación y disolución del mundo. La naturaleza y todas sus criaturas son efecto de su danza eterna”.

En su representación como Naṭarāja, el dios lleva, cómo no, el ḍamaru en su mano derecha superior, para marcar el ritmo; o sea, él crea el ritmo cósmico con su tambor. Para la visión hindú, que posee una “cosmogonía sónica” como le gusta decir a Agustín Pániker; es decir que considera al sonido (la famosa sílaba OM o AUM) como origen del universo, el batido del tambor es idéntico a la creación. Como expone Zimmer, el tambor “implica sonido, vehículo de la palabra, transmisor de la revelación, de la tradición, del conjuro, de la magia y la verdad divina… El sonido significa el momento primero de la creación, la energía productora del Absoluto en su fuerza original y cosmogenética”.

En su aspecto danzante, el emblema de Śiva que marca la destrucción no es el tambor, sino el fuego. E incluso en su aspecto estático, es generalmente aceptado que el tambor es símbolo de creación y más bien el tridente, que es un arma, de destrucción.

El maestro Sivaya Subramuniyaswami lo dice bellamente: “¡Danzando con Shiva! Que expresión extraordinaria de nuestra cercanía a Dios, de nuestra interacción creativa con Dios. La danza cósmica describe la visión hindú de la existencia, desde el primer estruendo del tambor en su mano derecha anunciando el comienzo, hasta las llamas finales que todo lo consumen en su mano izquierda pronunciando el final, las cuales sin embargo traen un nuevo comienzo. Así, danzar con Shiva es todo lo que hacemos, lo que pensamos y decimos y sentimos, desde nuestro aparente nacimiento hasta nuestra llamada muerte. Es el hombre y Dios por siempre involucrados en un movimiento sagrado”.

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Echando una mirada final al tema uno podría replantearse la cuestión: si el tamborileo del ḍamaru no es otra cosa que el latido del universo, ¿refleja entonces la vida o el paso del tiempo?

Así como los primeros latidos del corazón de un bebé son un símbolo de nacimiento y creación, ese mismo batido con el curso de los años, en un cuerpo ya adulto, puede ser sinónimo del paso del tiempo y del encaminarse a la muerte. El batido es, entonces, ritmo de vida que nace y, a la vez, el golpeteo recordatorio de un ciclo que llegará a su fin. De la misma manera que el uniforme tic-tac del reloj nos informa que la noche oscura se acaba en detrimento del alba, así el tic-tac acompañará la luz del día hacia el atardecer y hacia una nueva noche. ¿Es ese tic-tac creador o destructor? ¿Es el batir del corazón símbolo de vida o una cuenta regresiva hacia la muerte?

Si la respuesta no es clara, uno puede remitirse a una simple frase de Smith & Narsimhachary: “como señor de todo, Śiva personifica todas las cosas”.

Para acabar un post de tambores, danza y música comparto dos canciones. La primera es moderna, pop-rock del artista Beck, y quizás no tiene nada que ver con Śiva, pero la estuve escuchando últimamente, me gusta, y creo que su título, Heart is a drum (“El corazón es un tambor”), es muy adecuado para hoy:

La segunda es un bhajan, un canto devocional a Śiva, interpretado por la Juventud Premananda Internacional (la rama juvenil de la Misión de Swami Premananda) en un disco llamado In tune with the Divine (“En sintonía con lo Divino”) de hace varios años y que en la Red solo se puede escuchar aquí desde hoy.

El título de la canción es ḍam ḍam ḍam ḍamaru bhaje, que se podría traducir como “adoro (o canto) el sonido ḍam ḍam ḍam del ḍamaru”.

En este caso, más que en el anterior, la canción es absolutamente adecuada. Y lo será mucho más cuando la escuches y notes el ritmo que va tomando, cual danza cósmica de Śiva, hasta que el latido del tambor y las alabanzas al Señor del Universo te colmen de vida, quizás de frenesí, ojalá de éxtasis y finalmente de quietud, paz e introspección, como un símbolo sonoro del ciclo universal. Tal como el ḍamaru:

Mahāśivarātri 2015

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Una vez más, como cada año, llega “la gran noche de Śiva”, Mahāśivarātri (Mahashivaratri), para deleite de todos los devotos del Señor de los Yoguis, el asceta máximo, bailarín universal, la Pura Consciencia… Este año 2015 la fecha propicia es la noche del Martes 17 de Febrero al Miércoles 18 de Febrero. Casualmente la misma fecha en que este año se celebra la última noche de Carnaval. Por tanto, mientras en algunas partes del mundo habrá personas semi-desnudas desfilando y bailando con permisividad sobre carrozas decoradas, en otras partes habrá devotos (algunos también semi-desnudos) ayunando, meditando y recitando el poderoso mantra Om Namah Śivāya (Om Namah Shivaya). 

La tradición espiritual explica que para sacar el máximo beneficio de esta celebración es bueno pasar la noche despierto, en ayunas y realizando prácticas espirituales. Si uno no está en la India ni en un retiro, es difícil cumplir estos requisitos un martes a la noche, sobre todo si al día siguiente uno debe ir a trabajar o llevar los niños al colegio. Hubo un tiempo, cuando era más joven, en que era capaz de pasar toda la noche en vela y luego ir a trabajar, estudiar y hasta jugar un partido de fútbol. Hubo otro tiempo en que estaba en la India y el contexto hacía todo más fácil.

Hablando de la India, al igual que se hace cada año para Mahāśivarātri, en el Sri Premananda Ashram se expondrán los primeros śivalingams (shivalingams) manifestados por Swami Premananda en cada Lingodbhava durante cuatro décadas. Esta posibilidad de ver los lingams, de tener su darśan (darshan), sucede una única vez al año y se lleva a cabo en la habitación donde se canta el mantra Om Namah Shivāya durante 24 horas continuas.

En casa haremos nuestra pūjā personal a Śiva (un evento en el que nuestra pequeña hija encuentra gran entretenimiento) y también intentaremos tener la mente en lo Divino lo máximo posible, aunque por cuestiones prácticas no pasaremos la noche de largo. Durante el fin de semana, con menos obligaciones, seguiremos celebrando con ritual, canto y mantra.

Para quien esté cerca de Barcelona y quiera pasar la noche del sábado 21 de Febrero cantando Om Namah Shivaya y, además, en la compañía física de un maestro genuino, recomiendo totalmente el evento de la organización espiritual Advaitavidya, a cargo de Swami Satyānanda Saraswatī. Detalles aquí.

Si no puedes esperar al sábado, el mismo martes 17 a la noche hay un kīrtan de un par de horas en Jardín de Hara. Detalles aquí.

Donde sea que estemos, y hagamos lo que hagamos, espero que todos tengamos una bendita noche espiritual y que el Señor Śiva llene nuestros corazones de paz, compasión y anhelo por lo Divino.

¡Om Namah Shivāya!

El mantra de la inmortalidad

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Con el título de este post me van a llover las visitas, pues es un hecho que los internautas tienen especial predilección por consultarle a Google fórmulas mágicas para vencer la muerte. No sólo los internautas, claro, sino la gran mayoría de la humanidad, en todos los lugares y épocas. Pero, si la naturaleza de este universo es el cambio permanente, la pregunta es: ¿puede existir algo como la inmortalidad?

Dejando esa interrogación en espera, lo seguro es que en la tradición espiritual de la India existe un mantra muy conocido que se llama mahāmṛtyuṃjaya (mahamrityumjaya), es decir “el conquistador de la gran muerte”, al que se le atribuye la cualidad de mantener a raya la defunción y, por consiguiente, se le considera un buen antídoto contra las enfermedades y el envejecimiento.

Como sé que a los internautas les gusta ir al grano y que si no escribo lo que buscan se saltarán los párrafos hasta encontrarlo, les daré lo que quieren. El mantra es el siguiente:

Om tryambakaṁ yajāmahe sugandhiṁ puṣṭivardhanam /
urvārukamiva bandhanān mṛtyormukṣīya māmṛtāt 
//

A continuación, una traducción lo más literal pero entendible posible:

Om, adoramos al de los tres ojos, de buen aroma y acrecentador de prosperidad /
así como el pepino (es separado de su tallo), libéranos de la atadura de la muerte, no de la inmortalidad //

A los lectores que se han quedado después de conocer el mantra, les cuento que estos versos tienen miles de años pues ya aparecen en el Rg Veda (Rig Veda), la composición védica más antigua, considerada sagrada y base religiosa del hinduismo (junto con los otros tres Vedas).

El mantra está dirigido al dios Rudra (“el Aullador”), el nombre primigenio del Señor Śiva (Shiva), que en este caso es invocado con el epíteto de “el de los tres ojos” (Tryambaka). Esto es porque, como indica el nombre, Śiva es representado muchas veces con tres ojos, siendo el tercero el de la visión espiritual y trascendente, ubicado en el espacio entre las cejas.

El Señor Śiva es, tradicionalmente, el encargado de la destrucción del universo, o dicho más suave, de la transformación de todos los elementos y seres. Por tanto, es muy adecuado que sea él quien tenga la potestad de otorgar inmortalidad, en caso de que exista tal cosa, claro.

Asimismo, Śiva es el Señor de los Yoguis, el asceta por excelencia, y se explica que cuando una persona dedica su vida a la austera disciplina yóguica de meditación, contemplación, prāṇāyāma, celibato, silencio, dieta frugal, etc., toda la energía interior que se genera redunda, entre otras cosas, en una fragancia muy agradable (sugandhi) que emana de su cuerpo. En cuanto a la definición de Śiva como “acrecentador de prosperidad”, se puede entender que él es el encargado de alimentar y dar bienestar a todos los seres.

La parte más curiosa del famoso mantra, al menos para mí, es el inicio del segundo verso cuando se compara la liberación de la muerte (mṛtyormukṣīya) con el momento en que el pepino se separa de la planta. Bueno, digo pepino por no decir melón, pues dependiendo de la fuente hay divergencias (he encontrado también sandía o calabaza). Por ejemplo, aquí dicen que se trata de un pepino, fruto de la planta llamada Cucumis utilissimus, que paradójicamente Wikipedia pone como sinónimo del melón (Cucumis melo).

En cualquier caso, la palabra sánscrita para describir el fruto es urvāruka, y sea la especie que sea, lo seguro es que se trata de una planta de tallo rastrero, de allí la idea de “fácil separación” que implica el mantra, ya que cuando el fruto está maduro se suelta solo y, a diferencia de un fruto de árbol, ni siquiera debe soportar la caída al suelo, haciéndolo todo más llevadero. Obviamente, para que el “fruto” esté maduro hace falta tiempo, dedicación y paciencia y orándole a Śiva uno espera que Él se haga cargo de parte de nuestro trabajo.

Finalmente, lo que se pide a Śiva es que nos libre de la muerte pero no de la inmortalidad. Obviamente, dirá alguien, lo opuesto a muerte es inmortalidad, pero el énfasis que, en este mantra, se pone en el último concepto es vital, pues todos sabemos (aunque no siempre lo queramos ver) que por más años que vivamos y por más agraciados que seamos con un cuerpo sano, este contenedor hecho de carne, huesos, piel, pelos y sangre inevitablemente perecerá y será polvo.

¿Por qué, entonces, los sabios védicos pedían el despropósito de la inmortalidad? ¿Es que no entendían la finita ley de la vida, que hace 5000 años era igual de irrefutable que ahora? ¿O es acaso que se referían a otro tipo de inmortalidad? La respuesta ya la intuyen muchos lectores, ¿verdad?

La filosofía hindú afirma que lo único inmortal es el Ser (con mayúscula), aquella porción de lo Divino que está en el interior de cada ser (con minúscula) y que nunca cambia, incluso aunque decaiga y perezca el cuerpo. Si el Ser (o alma) ya es inmortal, podría esgrimir alguien, ¿para qué pedirle inmortalidad a Śiva? Lo que se le pide es, en realidad, que con su gracia nos ayude a recordar y a conocer esa inmortalidad, ya que en la medida que no lo hacemos estamos viviendo una vida de aflicciones y altibajos, “muertos” a nuestra verdadera esencia que, nos dicen, es pura y permanente dicha espiritual.

Para los interesados en investigar, el Mahāmṛtyuṃjaya mantra, también llamado Tryambakam mantra, se encuentra en el Rg Veda (7.59.12) y también en el Yajur Veda (Śukla, 3.60), aunque en este último texto es más largo y ofrece una segunda versión ligeramente diferente: además de “acrecentador de prosperidad” (puṣṭivardhanam), Śiva es exhortado como “procurador de esposo” (pativedana).

A la hora de la pronunciación, y según las reglas fonéticas sánscritas, lo normal sería decir “tryambaka” tal como se lee, con la ‘y’ sonando como una ‘i’ breve (pues la palabra está compuesta por tri + ambaka y simplemente cambia a try + ambaka por cuestiones gramaticales).

Lo curioso es que también está muy extendida la pronunciación “trayambaka” (con la ‘y’ siempre sonando como ‘i’). No lo tengo 100% claro, pero sospecho que se trata de una variación derivada de la pronunciación inglesa, que es la más difundida y que al lexema try lo pronuncia “trai” (algo similar ocurre con el apellido del gran maestro Iyengar, que en lenguas indias se pronunciaría “iiengar”, pero que por influencia anglosajona – donde la ‘i’ es ‘ai’ – gran parte del mundo dice “aiiengar”).

La pronunciación es un tema importante, a la vez que en el hinduismo hay tantas corrientes que nunca se puede decir que algo sea correcto y otra cosa incorrecta. En la mayoría de los casos se trata de dos verdades que no se invalidan. En el caso del Mahāmṛtyuṃjaya mantra lo mejor es seguir la pronunciación que enseña nuestro guru o, en caso de no tener guru, escuchar algunas versiones fiables que, al menos, preparen el oído. Para eso comparto unas pocas:

Estilo tradicional cantado por brahmanes, con una pronunciación “cerrada”:

Estilo más moderno pero sobrio, con la pronunciación alternativa de “trayambakam”:

Estilo moderno, más festivo, con pronunciación “tryambakam” y un agregado de sílabas sagradas entre cada vuelta del mantra:

Finalmente, si tienes Spotify puedes escuchar la versión de Uma Mohan que es estilo clásico para recitar: Mrityunjay Mahamantra

En cualquiera de los casos y uses el estilo que uses, me parece pertinente citar como cierre las clásicas palabras de Sri Dharma Mittra (cuyo linaje usa la pronunciación “trayambakam”) después de enseñar el Mahāmṛtyuṃjaya mantra a sus estudiantes: “¡Ahora tenéis un arma en vuestras manos!”.

Otro milagro para Mahāshivarātri 2014

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Las celebraciones de Mahāshivarātri 2014 fueron muy bonitas para mí, con un ritual privado en casa y también uno público en Yogaroom Barcelona, y me dejaron un sentimiento positivo y una actitud devocional hacia el Señor Shiva. Asimismo, a pesar de no haber estado en el Sri Premananda Ashram de la India, seguí de cerca las celebraciones que allí sucedían, pues por experiencia sé que allí la gran noche de Shiva no es una fecha cualquiera.

Durante cada año y desde que tenía catorce años, Sri Swami Premananda manifestaba Shivalingams de su cuerpo en la noche de Mahāshivarātri. El Shivalingam es el símbolo por excelencia del Señor Shiva y representa el Absoluto sin forma. Esta representación anicónica es la forma de Shiva que más se adora en templos y hogares hindúes y generalmente estas imágenes están hechas de piedra o mármol.

En el caso de Swami Premananda, estos lingams se manifestaban de forma espontánea a través de su boca, por designio divino, según el mismo Swami explicó. Aunque este fenómeno está documentado no es nada usual y, de hecho, se lo considera extraordinario y milagroso. Quienes hemos tenido la bendición de verlo en persona sabemos que no es un cuento chino y que se trata de un evento sin dudas divino.

Shivalingam del Templo Sri Premeshvarar en el Sri Premananda Ashram.

Hace 3 años Swami Premananda abandonó su cuerpo físico después de una breve enfermedad y lo normal hubiera sido que la manifestación de shivalingams se acabará allí. Como ya he contado en variadas ocasiones, la energía de Swami siguió en funcionamiento y, más allá de las experiencias personales de cada devoto, los milagros se sucedieron de forma asombrosa.

Entre estos milagros, ya he contado del vibhūti (ceniza sagrada) fluyendo de la estatua de Swami en su templo o de su foto en el salón de rituales (Pūjā Hall); o más recientemente del polvo de sándalo brotando de la misma estatua. Asimismo, desde 2011, fecha de la defunción de Swami, en cada noche de Mahāshivarātri un shivalingam ha aparecido en el templo del Ashram.

Para sus devotos, que esto sucediera fue un tanto inesperado en el primer año, pero desde entonces parece un hecho normal. Obviamente, esta “naturalidad” sólo se logra cuando se acostumbra a ver milagros a cada rato.

Como curiosidad, he notado que para personas no relacionadas con Swami estos temas no son de especial interés ni generan el asombro que uno podría esperar. Este mismo post no tendrá muchas visitas y esta misma información colgada en Facebook tiene unos pocos ‘Me gusta’, a diferencia de lo que pasaría con algún artículo sobre ‘mantras para tatuajes’ por ejemplo.

Supongo que esta ‘falta de interés’ se debe a no sentirse identificado con Swami o con el tema o, también, se trata de hechos demasiado ‘raros’ para ser tenidos en cuenta. En estos tiempos hay tanta información en los medios digitales y sin fuentes fiables, que un fenómeno como “salir sándalo de una estatua” puede generar escepticismo. ¿O es más bien falta de fe en lo divino? No lo sé.

La estatua de Swami cubierta de sándalo con el shivalingam a sus pies.

Lo cierto es que alrededor de las 2am de la noche de Mahāshivarātri (28 de febrero) un Shivalingam a apareció a los pies de la estatua de Swami Premananda que hay en el templo Premeshvarar de su Ashram al sur de la India. Para hacerlo más maravilloso, en esa estatua está apareciendo polvo de sándalo de manera ininterrumpida desde el 1 de enero de 2014. Lo limpian y recogen y vuelve a formarse.

El shivalingam de este año es de color verde, lo cual no es muy usual. Aquí un detalle:

Así es, un Mahāshivarātri más, un shivalingam más, otra prueba de la grandeza de la energía divina y del poder de Swami Premananda, y el mundo sigue girando igual, como si nada.

Por mi parte, doy gracias a Dios y a Swami por tener una mínima consciencia del poder divino. Y pido capacidad para darle buen uso.

¡Om Namah Shivāya!

La luna creciente de Shiva

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Esta semana se celebra Mahāshivarātri, la gran noche del Señor Shiva, una de las festividades hindúes más importantes del calendario religioso y, sin duda, la más destacada para los devotos shivaítas. Esta celebración se lleva a cabo en la 13ra/14ta noche de la quincena lunar menguante del mes hindú de Māgha (Febrero-Marzo); es decir, una o dos noches antes de la noche de luna nueva (o luna negra).

Según las antiguas enseñanzas de los sabios espirituales de la India, es más fácil controlar la mente durante la mitad oscura del mes, cuando la luna está en disminución, ya que se trata de una fase lunar “restrictiva” (la quincena creciente es “expansiva”). A este respecto no hay que olvidar que Shiva es el “Señor de los Yogis” y, como tal, se especializa en el control de sus sentidos.

De hecho, uno de sus aspectos más conocidos es el de Mahāyogin, es decir, el “gran yogi” que pasa la mayor parte del tiempo absorto en meditación y prácticas ascéticas en las inaccesibles montañas.

En su aspecto de asceta primordial, la iconografía tradicional de Shiva lo muestra, entre otros atributos, luciendo una luna creciente en su cabeza (que según la fuente consultada estaría en el tercer/cuarto/quinto día de su fase, aunque algunos simplemente dicen una ‘medialuna’), y que es esencialmente un símbolo del paso del tiempo, un elemento que es regulado por Shiva.

Dibujo de K.S. Ramu

Puede resultar curioso que si la noche más auspiciosa de Shiva ocurre en luna menguante, él lleve siempre una luna creciente. Esta aparente paradoja ya es inherente a la naturaleza dual de Shiva, considerado el dios que se ocupa de la destrucción/regeneración en el cíclico proceso del universo. Quizás sería mejor decir que Shiva tiene un rol transformador, ya que la filosofía hindú explica que todo lo que nace, muere, y todo lo que muere vuelve a nacer.

En ese sentido, la luna creciente que Shiva luce en su cabellera es un símbolo auspicioso, de crecimiento y luminosidad, también relacionado con los poderes de la mente que ha desarrollado el yogi en su etapa de introspección y calma mental.

Como dice el indólogo Heinrich Zimmer en su famoso libro Mitos y símbolos de la India: “como luna creciente, Shiva es puro deleite y lo más auspicioso de ver, es promesa de vida y de fuerza vital, amable pero irresistible”.

Es por esto que entre los epítetos comunes de Shiva se encuentran Chandra-shekhara o Shashānka-shekara (“Aquel que lleva la luna en el tope de su cabeza”).

La dirección de la luna

Si bien todo lo anterior suena muy bien, durante mi investigación me quedé sorprendido al descubrir que en muchas representaciones iconográficas la luna que lleva el Señor Shiva en su cabeza aparece como menguante, al menos desde el punto de vista del hemisferio norte.

Es decir, vista desde el hemisferio norte, cuando la luna crece su parte iluminada parece una ‘D’ y cuando mengua o decrece parece una ‘C’. Justamente lo contrario que pasa en el hemisferio sur (donde el recurso mnemotécnico es más aplicable – crece = C; decrece = D -).
Teniendo en cuenta que la India está en el hemisferio norte, me hace suponer que la luna creciente de Shiva debería aparecer como una ‘D’, aunque con frecuencia aparece representada como una ‘C’.

Luna creciente según se ve en el hemisferio norte

Luna creciente según se ve en el hemisferio sur

Para resolver mi duda contacté con Swami Hanumantananda, un renunciante español, que además de ser el primer swami iniciado en territorio español (en el linaje de Swami Sivananda), tiene formación en artes plásticas y arte tradicional hindú. Muchas de sus bellas obras espirituales pueden verse aquí o también en el blog Vedashastra, donde están acompañadas de inspiradores textos sagrados.

De forma iluminadora, Swamiji explica: “Lo cierto es que hay una razón para que la luna del Señor Shiva se vea como una C y no como una D, a pesar de ser la luna creciente. Shiva, si no es representado con Su esposa, mostrará siempre atributos masculinos y femeninos, para mostrar la ambivalencia de la Divinidad (por ejemplo, un pendiente de hombre y otro de mujer). En la iconografía clásica hindú, la media luna debe ir siempre al lado izquierdo de la diadema de Shiva, por ser éste el lado femenino y por tanto lunar. Por esta razón, al colocar la media luna al lado izquierdo, se ve más frecuentemente orientada hacia la derecha”.

Es decir, por criterios estéticos, la concavidad de la medialuna generalmente va hacia afuera y al tener que colocarla por su simbolismo femenino en el lado izquierdo de la cabeza, entonces queda como una luna menguante para el hemisferio norte.

Para que estas sutilezas no generen un cortocircuito en nuestra estructurada mente occidental, Swami aclara: “En el arte hindú es más importante el significado esotérico del símbolo que su correspondencia lógica con la realidad, al contrario de lo que ocurre en el arte occidental”.

Y agrega: “No obstante, estas normas simbólicas están bastante olvidadas en la actualidad, y algunos artistas indios las obvian, razón por la cual a veces verás al Señor con la luna creciente a lado derecho”. Por ejemplo:

Luna en el lado derecho de la cabeza de Shiva = no tradicional

Desde el punto de vista de la tradición, la forma correcta de representar iconográficamente al Señor Shiva podría ser así:

Además de la luna, este dibujo muestra a Shiva con un pendiente de hombre en su oreja derecha y otro de mujer en su oreja izquierda (obra de Swami Hanumatananda).

Otra variante:

Obra de Swami Hanumatananda.

Con este post sobre la luna de Shiva voy entrando en calor para la celebración de Mahāshivarātri 2014, que este año es la noche del 27 al 28 de febrero. Por razones prácticas, el Centro Sri Premananda de Barcelona hará su celebración pública y gratuita el viernes 28 a las 19:30h en colaboración con la escuela Yogaroom. Haremos un ritual tradicional de abhishekam al shivalingam y cantaremos kirtans. Todos los detalles aquí.

Si alguien quiere alargar la celebración, entonces es recomendable la vigilia de ocho horas cantando el mantra Om Namah Shivāya del sábado 1 de marzo organizada por el grupo AdvaitaVidyā, también en Barcelona.

Feliz y bendito Mahāshivarātri para todos y que la luna los acompañe.

¡Om Namah Shivāya!

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