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La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

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De ladrón a santo pasando por 8.400.000 āsanas

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En La lotería de Babilonia, un famoso cuento de Jorge Luis Borges, el autor presenta una sociedad en que el azar (y otros tejemanejes misteriosos) determinan el destino de cada individuo, haciendo que cada tres meses una misma persona cambie su rol y pueda pasar de “esclavo a procónsul o de condenado a muerte a miembro del concilio de magos”. De esta forma, una persona pasaría por casi todos los escalafones sociales, oficios y estados psicológicos disponibles, viviendo cientos de vidas en una sola.

En la Gheranda Saṁhitā, un manual de haṭha yoga de alrededor del 1700 d.C., se dice que hay tantos āsanas (posturas) “como especies de seres vivientes”. Y se especifica que Śiva enseñó ni más ni menos que 8.400.000 āsanas, dando a entender que cada manifestación de este universo es, en cierta forma, una postura, una posición que adopta lo divino para expresarse.

Trazando una relación con la teoría de la reencarnación, se suele explicar que un alma, antes de nacer como ser humano, debe pasar por millones de “encarnaciones” que incluyen el reino animal (con insectos incluidos), el vegetal y hasta el mineral. Al parecer, tal como recoge el Maha-sihanada Sutta, el Buddha dijo al respecto: “Es imposible encontrar un reino en la rueda [de reencarnaciones] por el que yo no haya pasado en este largo viaje”.

Cuando uno nace como humano, y más teniendo en cuenta que hay otros miles de millones de humanos, el hecho no le parece nada especial y mucho menos lo ve como una gran fortuna. Lo ve, más bien, como un derecho natural, incluso fruto del azar, pero no como el resultado de cientos, miles o millones de vidas previas de aprendizaje y quizás sufrimiento. De la misma forma, si uno es una persona relativamente “buena”, que cumple de forma aceptable con los códigos morales de la sociedad, no se le ocurre pensar que en otra vida (incluso en otro momento de esta vida) uno no cumplía esos estándares.

Así como los ancianos se molestan por la algarabía de los jóvenes, los abstemios revolean los ojos ante los bebedores y los ciclistas desprecian a los motoristas, todos observamos y juzgamos el mundo desde nuestro estado actual, como si fuera inmodificable y el único correcto. Por el contrario, la filosofía espiritual de la India explica que para ser un santo primero hay que haber sido, entre otras cosas, un asesino, un ladrón y también el vecino que pone la lavadora a las once de la noche.

Si bien el alma o la chispa interna de cada ser es siempre divina, el nivel de conciencia puede ser muy bajo y debe ser pulido y mejorado con el paso de la(s) vida(s). Es en este sentido que Sri Dharma Mittra habla de “almas viejas” para referirse a las personas que, después de muchas encarnaciones, empiezan a tener interés por temas espirituales y por el bienestar del mundo en general.

Sri Dharma Mittra

Incluso suponiendo que uno mismo fuera un “alma vieja”, uno en realidad solo puede imaginar lo que ha hecho en vidas previas (y dicen que es mejor ni saberlo) y, especialmente, no sabe qué le falta por pasar para evolucionar, por tanto es un tanto osado colocarse en una posición de “superioridad” por la situación actual. De hecho, es muy posible que a uno le queden varios estadios para llegar a la meta.

Volviendo a los 8.400.000 āsanas “enseñados” por Śiva, y retomando el concepto de la infinitud de roles que adopta un alma, si aceptamos la idea de que cada āsana tiene un estado de conciencia, uno puede comprender que, en el ámbito del haṭha yoga, una postura física bien hecha, durante el tiempo suficiente, puede comunicarnos y darnos la experiencia de, por ejemplo, “el arado” o “la cobra” a nivel universal.

Esto viene a cuento porque el gran maestro Sri Dharma Mittra creó, en 1984, un famoso póster con 908 posturas de yoga como ofrenda a su guru. Esta “obra de arte” fue montada a partir de 1350 fotografías que Dharmaji se tomó a sí  mismo haciendo variaciones de posturas, de las cuales más de 300 fueron creadas directamente por él, aunque él siempre dice que las variaciones simplemente llegaron por “intuición divina”.

En el linaje de Dharma Mittra se dice que si uno pudiera hacer algunas de estas posturas (muchas de ellas tan complejas que Dharmaji tuvo que ayunar 30 días para lograrlas) de forma plena, entonces se ahorraría vidas (o al menos periodos de vidas) porque ya estaría pasando por esas experiencias y estados ahora mismo.

Es decir, si uno pudiera entrar plenamente en la conciencia de coraje, determinación y fuerza de una postura de guerrero (vīrabhadrāsana), quizás se ahorraría una encarnación como soldado.

Asimismo, y de forma menos lineal, si uno puede experimentar de forma real la conciencia del árbol (vṛkṣāsana) o del lagarto (pṛṣṭhāsana), no necesariamente se ahorraría esas encarnaciones (por las que quizás ya pasó) pero quizás si lograría conectar con el reino vegetal o el de los reptiles de forma no-mediada, como si fueran verdaderamente parte de uno mismo o, al menos, manifestaciones igual de importantes de ese gran todo del que uno se considera parte (al menos en la teoría).

Desde esta perspectiva, en que uno entiende, experimenta o al menos cree que cada ser (móvil o inmóvil) de este universo es una expresión divina – una postura de Śiva – nada ni nadie puede ser subvalorado. Si además uno acepta que hay un proceso general de evolución de conciencia, no puede considerar su estado actual como superior a otros, pues en esencia todos somos iguales y uno mismo ha estado entre los anónimos granos de arena del desierto, durante eones.

Como dice la Bhagavad Gītā (V.18):

 “Los sabios miran con iguales ojos al brāhmaṇa dotado de saber y virtudes, a la vaca, al elefante, al perro o al hombre que se alimenta de perros”

Sabiendo que todas las manifestaciones son divinas y que Dios está de igual forma en todas ellas, las diferencias que puedan existir entre los seres solo son el resultado de factores relativos, contingentes. Por eso el sabio no es capaz de menospreciar a nadie.

Y toda esta reflexión de hoy viene porque cuanto más “espiritual” se considera uno, más con derecho se cree a juzgar lo que es correcto e incorrecto, lo que está bien y lo que está mal, como si por hacer yoga o ser vegetariano uno hubiera alcanzado el pináculo evolutivo.

Y en realidad, nos dicen los maestros, la única cúspide y la gran prueba de santidad es ver al Uno en todos y, además, aceptarlo, mirarlo y tratarlo con verdadero amor, más allá de cualquier apariencia externa.

Hoy vi un vídeo de cómo reciben a palazos a los refugiados sirios, familias con niños incluidas, en las fronteras de Europa, bajo la lluvia y el frío, y se me caían las lágrimas. Si como seres humanos no podemos identificarnos con el hambre y el frío y el miedo del prójimo solo porque ahora no tenemos (o tenemos otro tipo de) hambre frío o miedo, entonces tenemos que hacer un esfuerzo mayor por cultivar la compasión, ponerse en el lugar del otro.

Entender que uno ya estuvo y quizás estará en ese mismo lugar, millones de veces, es una forma de empezar a ablandar el corazón.

La importancia del último pensamiento antes de morir

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En la filosofía de la India se considera que, en su condición de sujetos y objetos finitos, todos los componentes de este mundo fenoménico y material están ineluctablemente destinados a desaparecer. Sólo aquello que es eterno e infinito, aquello que no ha nacido ni tuvo principio puede, entonces, no tener muerte ni fin. Esta cualidad inmortal pertenecería al alma, o Ser espiritual, que todos llevamos dentro como parte inseparable de una energía Divina universal.

Todo lo demás, como decía, está condenado a desaparecer. Cuando esto sucede, el alma o chispa Divina, pasa a otro envase y continúa con el proceso evolutivo de esa consciencia particular, hasta trascender la dualidad del mundo material y regresar a la unión con el Alma universal.

Teniendo en cuenta este concepto de la existencia es que la tradición espiritual védica dice que al nacer uno ya comienza a morir. No se trata tanto de una visión pesimista sino, más bien, de una exposición cruda de los hechos. En efecto, nadie puede negar que todo lo que es material y perceptible a los sentidos es perecedero y mortal. La ecuación es simple: si nace debe morir. Para la filosofía de la India, basada en una concepción cíclica del Universo, la ecuación anterior tiene su contraparte natural: si muere debe nacer.

De allí la idea de la reencarnación o transmigración de las almas en la que, al pasar de vida en vida, a priori, uno va aumentando su grado de consciencia espiritual hasta lograr un nacimiento como ser humano, el cual es considerado una gran bendición, por más que en general las personas veamos nuestro nacimiento humano como lo más natural y obvio del mundo. Incluso, según los casos, hay personas que consideran su nacimiento humano como una condena.

El motivo esencial de considerar un nacimiento humano como una gran suerte es que únicamente como ser humano uno tiene la capacidad para entender su verdadera naturaleza espiritual y, además, tiene la posibilidad de realizar los pasos necesarios para la auto-realización espiritual que, según explican las Escrituras sagradas, se erige como el objetivo fundamental de todo ser.

Pienso ergo me convierto

Ya que un cuerpo humano es fundamental para alcanzar la ‘liberación’ o, también, la ‘iluminación’, es importante no desaprovechar la oportunidad que cada uno tiene. También es verdad que las Escrituras dicen que es imposible auto-realizarse en una única vida y que es sólo después de muchas encarnaciones (incluso miles) cuando uno finalmente logra re-unirse con su esencia Divina original. Como nadie sabe si ese auspicioso nacimiento será o no el actual, lo correcto es actuar como si lo fuera y llevar a cabo una vida con el máximo posible de dedicación espiritual.

A este respecto, en la tradición védica se dice que la muerte es el momento más importante de la vida; es decir, es el evento para el que uno se prepara toda la vida, ya que es el momento que determina la próxima encarnación de cada ser. Esto es así porque se dice que en el instante de la muerte, cada ser revela su verdadero estado de consciencia, el cual sencillamente está basado en el tipo de vida que haya llevado y el tipo de pensamientos que haya alimentado durante la misma.

En el transcendental diálogo de la Bhagavad Gītā, Sri Krishna explicita esta importante enseñanza a su amigo y discípulo Arjuna (aquí llamado “hijo de Kuntī”):

“Cualquier sea el objeto en que un ser humano piensa en el momento final, cuando deja su cuerpo, eso mismo obtiene, Oh hijo de Kuntī, por haber estado siempre absorto en él”. (B.G. 8.6)

Esta transcripción del verso original está basada en la traducción de Swami Nikhilananda, perteneciente al linaje de Sri Ramakrishna y Swami Vivekananda, aunque en general todas las versiones son muy coincidentes en la enseñanza que subyace a estas palabras. El mismo Swami Nikhilananda explica, en sus comentarios de la Gītā, que “el estado mental en el momento de la muerte determina el futuro del alma… [ya que] nuestro ser interior se convierte en aquello en lo que pensamos insistentemente con fe y devoción”.

Sabiendo este dato, uno podría especular con esperar al momento de morir para simplemente pensar en Dios, en Jesús, en la Luz Universal o en cualquier otro ‘objeto’ espiritual, de manera de convertirse en un ser iluminado y salir así de la rueda de encarnación y muerte. El problema es que en el lecho de muerte, según se explica, no es posible pensar en lo Divino (o cualquier idea elevada similar) si uno ha pasado su vida con la mente focalizada en aspectos no espirituales ni elevados.

Como dice Swami Nikhilananda: “Los pensamientos recurrentes de toda una vida, ya sean buenos o malos, se presentan vívidamente en el momento de la muerte”.

Swami Nikhilananda

Sobre este proceso, Swami Sivananda, el gran santo fundador de The Divine Life Society, explica en su comentario de la Bhagavad Gītā: “El pensamiento que más importancia haya tenido en esta vida ocupará la mente en el momento de la muerte. La idea que se impone en el momento de la muerte es la que atrajo más la atención durante la vida normal… Los deseos no tienen fin. El ser humano no puede satisfacerlos en una vida. En el momento de la muerte se agita todo el depósito de impresiones y deseos, y el deseo más destacado, fuerte y que más se ha alimentado aflora a la superficie de la mente… Este deseo más fuerte atrae la atención buscando satisfacción inmediata. En la hora de la muerte sólo se piensa en eso… Si no se satisface este deseo la mente queda saturada de él y espera satisfacerlo en la siguiente vida. Este deseo será muy importante en la siguiente vida”.

Swami Sivananda

El rey Bharata y el ciervo

Esta ley espiritual tiene su correlato más famoso en la historia del gran rey Bharata que, como hijo del gran sabio Rishabha, fue un devoto excepcional. El Śrīmad Bhāgavatam, por ejemplo, un texto sagrado del siglo IV con enfásis en la práctica devocional, explica la vida de este rey (cap. 5.7-8).

De hecho, se explica que Bharata reinó sobre la Tierra con gran rectitud y fue un devoto absolutamente pío. Habiendo cumplido de forma impecable con todos sus deberes de gobernante y hombre de familia, el rey dividió las riquezas entre sus hijos y se retiró al bosque. Allí tuvo visiones de lo Divino y “su corazón estaba completamente limpio, y no tenía el mínimo deseo de disfrute material”.

Un día, después de realizar sus abluciones matinales, sentado junto al río cantado mantras, el ahora asceta Bharata vio a una cierva que se disponía a beber agua del río. Mientras estaba bebiendo, un león en las cercanías rugió con gran fuerza y asustó a la cierva, que se lanzó al agua con angustia. La cierva estaba preñada y, al nadar desesperadamente, el bebé ciervo salió de su útero y fue llevado por las aguas del río. La madre, asustada y afligida, apenas pudo alcanzar la otra orilla, donde murió.

Viendo todo esto, Bharata “sintió gran compasión” y como “un amigo sincero” tomó al bebé ciervo del agua y sabiéndolo huérfano lo llevó a su ermita. Gradualmente, Bharata se encariñó tanto con el ciervo que lo trataba como a su propio hijo, al punto de que empezó a descuidar sus prácticas espirituales. Él, que había abandonado riquezas y familia por marcharse al bosque para encontrar a Dios, estaba ahora apegado a un ciervo y se preocupaba por él como si su verdadera felicidad dependiera de ello.

Cuando al rey Bharata le llegó el momento de morir, “el ciervo estaba sentado a su lado como su propio hijo lamentando su muerte”. Como es de esperar, la mente del rey estaba absorta en el cuerpo del ciervo y, consecuentemente, después de morir reencarnó en un cuerpo de ciervo.

Si bien la historia tiene algo de hiperbólica, las enseñanzas son dos: que lo que pensamos al morir es importante y, segundo, que incluso llevando una vida muy espiritual hay que tener atención en no descuidar esa práctica, pues las garras de los hábitos mundanos están siempre al acecho.

Para consuelo del lector cuento que el rey Bharata, debido al servicio devocional de su vida pasada, no olvidó lo que había sucedido, y pudo entender las razones de nacer como ciervo. Por lo tanto, tuvo un nuevo nacimiento como humano en el que, con el nombre de Jadabharata, logró la auto-realización total.

Lo que hay que pensar

Evidentemente, si lo que uno quiere (en esta vida pero, por si acaso, también en la próxima) es re-unirse con su esencia Divina, o alcanzar a Dios, o iluminarse, o encontrar su Ser interior, hay que cultivar pensamientos elevados y espirituales. Volviendo a la Bhagavad Gītā (8.5), Sri Krishna lo dice claro:

“Quienquiera que, en el momento de la muerte, deje su cuerpo recordándome sólo a Mí, llega a mi Ser. No hay duda acerca de ello”.

A este respecto, es famoso el hecho de que cuando Mahatma Gandhi fue asesinado con tres disparos de pistola durante una aparición pública, sus últimas palabras fueron ‘Rām, Rām‘, que son una forma de referirse a Dios en el hinduismo. Tener la capacidad de pensar en Dios, al morir asesinado inesperadamente, no es casualidad ni suerte, sino el fruto de una vida absolutamente dedicada a la búsqueda espiritual, como es el caso de Gandhi.

Samadhi de Mahatma Gandhi en New Delhi con la inscripción ‘He Rām’

Por otro lado, siguiendo con los consejos de las Escrituras de la India, hay un pasaje del Chandogya Upanishad (3.17.6) en que se dice que, en el momento de la muerte, hay que repetir tres pensamientos (o mantras) específicos del antiguo Yajur-Veda:

“¡Tú eres el Imperecedero! ¡Tú eres el Inmutable! ¡Tú eres la verdadera esencia de la vida!”

La traducción pertenece al libro The Yoga Tradition del indólogo y académico Georg Feuerstein.

Preparándose para la muerte

Escribir este post no ha sido tan fácil, pues el tema de la muerte es difícil de abordar, sobre todo para alguien con mentalidad occidental, partícipe de una sociedad y una cultura que niegan la muerte todo lo que se pueda. Mi intención al crear este artículo no es la de focalizarme en la muerte, ni tampoco dar consejos a personas moribundas. Por el contrario, mi intención es recordar(me) la importancia de vivir una vida espiritual, con la excusa de que será muy determinante para mi felicidad en el momento de mi muerte, pero también porque creo que es esencial para mi felicidad en el día a día del presente.

Muchas de las lecturas e investigaciones que hice para este post son de alta estatura filosófica, en el sentido de su complejidad. Sin embargo, al escribir estas líneas me vino a la cabeza un discurso de Swami Premananda titulado Preparándose para la muerte
que cité hace ya algunos años y que, en el lenguaje simple y llano que caracteriza las enseñanzas de Swami es, para mí, un resumen perfecto del tema.

Swami Premananda

Swami dice: “A mucha gente no le gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. No obstante, es tan sólo contemplando la naturaleza de la vida y la muerte, de dónde vinimos, por qué nacimos y el hecho que todos vamos a morir algún día, que podremos comprender la Verdad en esta vida“.

Luego agrega: “¡Mi primer consejo sobre la muerte es que dejes de preocuparte acerca de la muerte! La muerte es una experiencia gozosa. Sin embargo, sólo puede ser así para los que tienen fe en lo Divino de un modo u otro. Los que trabajan con los moribundos pueden confirmar esto. La gente que tiene fe en Dios y que piensa en Él durante sus últimos minutos muere en paz y en felicidad. Los que quieren aferrarse a sus posesiones, a sus parientes y que luchan contra la muerte mueren con miedo y con dificultad. ¿Qué categoría prefieres?“.

Yo creo que la pregunta final que hace Swami es importante. De hecho, puede ser la clave para decidir qué tipo de estilo de vida queremos tener. No sólo por lo fundamental de nuestro momento final, lo repito, sino por el bien de nuestra felicidad actual.

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Karma existe

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Hace algo así como un mes, en mi visita a la ciudad de Santa Fe con motivo de una de las presentaciones del libro de “Hijo de Vecino”, mi prima Virginia trajo a colación una frase mítica del pasado familiar. En realidad, se trata de una frase que utilizaban mucho mis padres, sobre la cual yo desconocía cuán profunda mella había hecho en otros miembros de la familia, no tan directos.

Como digo, hace un mes descubrí que tanto mi prima como mi tía Ana María (madre de mi prima, claro) habían quedado marcadas, al menos en el recuerdo, con aquella expresión. Por lo tanto, deduzco que muchos otros miembros de nuestra familia, tanto materna como paterna, conocerán la expresión y quizás también han sentido su impronta.

Ante esta potencial situación, el objetivo de este post no es sólo exorcizar cualquier manía familiar que pueda haber causado la excesiva escucha de la frase, sino también darle un marco más amplio a una idea que es esencial en la filosofía espiritual de la India.

Aah, la frase en cuestión es “karma existe”.

Funcionamiento

Por supuesto, en estos tiempos ya todos hemos escuchado la palabra karma, aunque quizás en diferentes contextos. El concepto original de karma, tal como lo utiliza la filosofía de la India y de varias religiones orientales, refiere a la “ley cósmica de causa y efecto”.

Según esta ley, cada acción realizada por un ser, ya sea ésta correcta o incorrecta, genera una consecuencia correspondiente (“igual y opuesta”) para sí mismo. En este caso, la diferencia con la teoría newtoniana de “cada acción genera una reacción”, es que dicha reacción no es necesariamente inmediata.

Esta cualidad de dilación explica que cada acción, a la vez que causa presente, sea el efecto de una acción previa, que muchas veces no es fácil de identificar.

Es decir, si uno lanza una pelota con determinada fuerza contra una pared, esa pelota se alejará instantáneamente del punto inicial hacia la dirección opuesta, y una vez que haya rebotado en el destino final (la pared), regresará al punto inicial con la misma fuerza con que fue lanzada.

En este caso, la diferencia de la ley física con la ley espiritual del karma es que el “rebote de la pelota” no es siempre inmediato. Por ende, una acción correcta/incorrecta puede tener su consecuencia visible mucho tiempo después (meses, años, vidas…) de su realización.

Estas ideas van unidas indisolublemente a otro concepto esencial de la filosofía espiritual de la India: la reencarnación.

Reencarnación

Tal como expliqué en detalle en un antiguo post llamado Reencarnación o muerte, la filosofía espiritual de la India no contempla los conceptos de cielo e infierno, tal como los conocemos en Occidente. Por ende, tanto los actos buenos y malos de cada ser, se ven reflejados en sus propias vidas, según corresponda. Dicha vida, en la cual se recibe la consecuencia, no es necesariamente la misma vida en que se ha producido la acción causante.

De este modo, el actuar de manera incorrecta siempre, a la larga o la corta, acarrea castigo para uno mismo, quizás no en esta vida, pero sin duda en el futuro. De la misma manera, el actuar de manera correcta en esta vida, tendrá su recompensa, ya sea en ésta o en una existencia futura.

Siguiendo esta línea, la ley del karma y de la reencarnación explican muchos cabos sueltos de la vida, sobre todo las situaciones más “injustas”, como las enfermedades o desigualdades al nacer, ya que las condiciones y circunstancias en que cada ser nace en cada vida dependen directamente de sus acciones pasadas. Las cuales, según las enseñanzas espirituales, no son sólo físicas, sino también a nivel de pensamiento.

A este respecto, la aceptación de la teoría del karma tiene una consecuencia directa, que es la de asumir todo lo que le sucede a uno mismo como resultado de sus acciones pasadas, sin culpar a entes externos. Si uno acepta esta idea, entonces debe sopesar con cuidado cada acción que realiza, por pequeña que sea.

Asimismo, la aceptación de la teoría del karma y la reencarnación pone en jaque los conceptos de cielo e infierno del Catolicismo. Según diversas fuentes, la creencia de la reencarnación estaba incluida entre las enseñanzas cristianas hasta el Concilio de Constantinopla II, año 553 DC, en que fue retirada del dogma cristiano. En aquel Concilio se condenaron como anatema los “errores de Orígenes” (teólogo y sacerdote del Siglo III DC, considerado uno de los Padres de la Iglesia junto a Santo Tomás y San Agustín). Entre dichos “errores”, al parecer se encontraba la doctrina de la reencarnación (a sabiendas de que éste es un tema polémico, en este caso mi fuente fiable es Swami Kriyananda, y su libro “El Sendero”, Cap. 28).

Asimismo, según una creencia generalizada, la Iglesia Católica prefirió quitar la idea de reencarnación del dogma porque esto generaba una pérdida de control sobre los creyentes, ya que al haber muchas vidas futuras, o sea “próximas oportunidades”, donde corregir errores presentes, la mayoría dejaría para más adelante la parte laboriosa y se dedicaría a derrochar la vida actual.

Según creo, esta visión es discutible, pues quienes creen firmemente en karma y reencarnación son muy puntillosos en sus acciones, a sabiendas justamente de cuáles serían las consecuencias de actuar de manera incorrecta.

Variantes

Desde otro punto de vista, más bien ateísta, y que se podría definir como un pensamiento de izquierda en el plano político, tanto el concepto de karma como el de cielo/infierno son, en realidad, un método para someter al pueblo. Es decir, una forma de quienes están en el poder (político, económico y religioso) de mantener el status quo, y de justificar las asimetrías socio-económicas que sólo benefician a pocas personas.

Todos conocemos esta versión, y no me propongo refutarla. Sólo decir que la teoría del karma no implica que uno no tenga derecho a intentar cambiar la situación presente. Un ejemplo de esto es Mahatma Gandhi, que ferviente creyente del Hinduismo, fue el reformador socialista más grande de la India, luchando por la igualdad de todas las castas, entre otras iniciativas.

Esta actitud reformista no quita que cualquier situación presente sea el resultado de las acciones anteriores de cada ser, tanto de manera individual como grupal.

Otra variante de la ley kármica es la del saber popular, al menos occidental, que se ejemplifica con la frase “Dios te/me castigó”. O sea, cuando alguien realiza una “mala acción” y recibe un escarmiento tangible y, digamos, relativamente inmediato, se dice sin dudas que fue un castigo Divino. Esto se da más en cuestiones pequeñas, como cuando alguien está hablando mal de otra persona y, por ejemplo, pisa una baldosa rota de la acera y se salpica con agua sucia… Son hechos sencillos en que, al parecer, es fácil admitir que hay una ley de retribución por parte de lo Divino. Sobre todo, supongo, porque ocurren en la misma vida, y cuya causa y efecto son fáciles de relacionar entre sí.

A este respecto, parece que la teoría del karma dice que cuanto más rápido se recibe el efecto, bueno o malo, de una acción pasada, mejor es nuestro karma (la suma de todas nuestras acciones pasadas), pues no nos lo estamos llevando para una vida futura y lo estamos “quemando” en esta misma encarnación.

Por otra parte, más allá de estos casos más inmediatos, la creencia de la teoría del karma sin la reencarnación no me parece plausible, al menos no en los términos de una ley cósmica como lo plantea la filosofía espiritual. Si se considerara que existe una única vida para cada ser, habría miles de ejemplos, incluido el nuestro propio, en que la ley del karma dejaría inconclusos el cobro/pago de acciones pasadas.

A menos que se entienda que dicha retribución se consigue en la vida después de la única muerte (con el juicio final, quizás con un cielo o infierno), y por ende, el karma tendría tanto una jurisdicción terrenal como celestial. El concepto cristiano equivalente al karma sería, entonces, “cada uno cosecha lo que siembra”.

Finalmente, y según mi criterio, la teoría de la reencarnación sin el karma sería poco creíble como plan Divino. Sería, más bien, algo parecido al cuento “La lotería de Babilonia” de J.L.  Borges, que además de ser una creación humana era, sobre todo, regida por el azar.

Pesadores

Totalmente alejada del azar es la idea, elucubrada hace años por mi amigo Juan Manuel, de los Pesadores de karma. Se trata, en realidad, de los funcionarios públicos encargados de sopesar cada acción en el Universo y de determinar sus consecuencias. Para ello, evidentemente, estos empleados públicos se basan en la Ley del Karma.

Basado en la idea de Juan intenté, en su momento, escribir un cuento alusivo que nunca llegué a terminar, sobre todo porque no lograba compatibilizar mis reales creencias espirituales con estos personajes que había definido como “agrios y meticulosos”.

El porqué del carácter meticuloso de estos trabajadores es obvio: “Un mínimo error en sus cálculos podría desfasar de forma terrible el normal desenvolvimiento del Universo. Esto se debe a que la ley de causa-efecto está tan perfecta y justamente aplicada por Dios, que cada ínfimo resorte tiene resonancia en todo el sistema… Así como un hombre cualquiera puede cambiar su destino, por más que éste marcado de antemano, los Pesadores de Karma son capaces, con una distracción, de desmantelar la armonía”.

Teniendo en cuenta la relevancia de su trabajo, cada uno de estos empleados “posee, por supuesto, una balanza propia, usualmente de color dorado. Se trata de balanzas de brazos iguales, como las usadas por los antiguos egipcios”. De todos modos, “los sutiles mecanismos que rigen esta legislación Divina son complejos y misteriosos… Para los Pesadores de Karma sólo está reservado el papel de aplicar dicha ley, ya que en general ellos ignoran las motivaciones y los secretos de su funcionamiento”.

En cuanto a la acritud de los pesadores, uno de los motivos esgrimidos son las condiciones de la oficina de tasación donde llevan a cabo su tarea, pues “se trata de un gran salón, con un techo no muy alto, adornado con lámparas blancas y fluorescentes que dañan la vista. El mobiliario principal consiste en largas mesas de madera, donde se sopesan los karmas, algunas sillas para descansar en la breve pausa del almuerzo y estratégicos biombos que separan las diferentes secciones administrativas”.

Ya sé que auto-citarme es mostrar falta de tacto; mi frágil excusa es tratar de exponer cómo, ante la incapacidad de mi mente racional de entender de manera integral el funcionamiento de la ley kármica, dejé a mi pluma crear un mundo ficcional.

De todos modos, yo no era el único…

Murphy

En nuestras épocas universitarias, junto a mi hermano Rakhal y mi primo Patricio, habíamos investigado vagamente sobre las Leyes de Murphy, resumidas en el axioma de “Si algo puede salir mal, saldrá mal”.

De esta forma, cuando algo salía mal le echábamos automáticamente la culpa a Murphy, de quien habíamos leído que había sido un soldado estadounidense (si bien ahora veo que, según wikipedia, la verdadera historia era algo diferente).

Siguiendo este criterio, mi hermano empezó a buscar a un tal Karma, sobre todo cuando le sucedía algo que él juzgaba una consecuencia directa de una acción anterior. Evidentemente, no estaba loco, simplemente estudiaba Teatro… No, bromas aparte, era, como en mi caso, su simplificación ficcional de una ley cósmica, supongo que para entenderla mejor.

Por un lado, la originaria frase “karma existe”, que nuestros padres tanto nos repitieron en la infancia y adolescencia, dejó una fuerte impresión en nosotros, sobre todo en la idea de que cada acción trae una consecuencia.

Por otro lado, veo que la idea de “existencia” fue tan fuerte que, cada uno a su modo, la trasladó de forma “artística” a la vida cotidiana.

Por su parte, no estoy seguro hasta qué punto este concepto puede haber afectado a la parentela en general (más allá de la reciente mención hecha por mi prima), pero lo cierto es que, pasados los años, veo que aquella simple expresión, que ya prácticamente no usamos, fue muy importante en la formación de nuestro carácter (el de mi hermano y el mío), y nos sirvió como síntesis de una ley que, conscientemente, ha regido y rige nuestras vidas.

Imágenes:

izaping.com

tarotida.com

web.educastur.princast.es

definicionabc.com

estudiarderecho.files.wordpress.com

Reencarnación o muerte

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Al inicio de estas crónicas, hace unos seis meses, contaba como algunos hechos y creencias relacionados con la India y su cultura, se habían convertido en totalmente naturales para mí, desde la misma niñez. La reencarnación es una de esas cosas.

 

En el Hinduismo, como en otras tantas religiones, la creencia en la reencarnación es algo que se da por sentado, fuera de discusión. De hecho, gran parte de la estructura filosófica del Hinduismo tiene su asidero en esta creencia.

 

Intentaré, quizás en vano, ser claro y conciso: Cada ser individual posee un alma (permítaseme utilizar este término), que no es otra cosa que parte de una gran alma, un alma universal o divina, de la cual se origina todo (Paramatma, en sánscrito). El único interés, entonces, que tiene cada alma individual es regresar a su origen, el alma universal, para poder fundirse nuevamente con ella.

Sin embargo, en la mayoría de los casos, estas almas individuales no son conscientes plenamente de su objetivo final. O mejor dicho, el alma individual ha sido cubierta por las condiciones y la situación particular de cada ser, de manera que el objetivo final queda olvidado de manera temporal. De todos modos, cada acción y cada gesto que realiza un ser es impulsado por esta necesidad profunda de regresar a la fuente, y con otras palabras lo llamamos  la “búsqueda de la felicidad”.

 

Al parecer, en esta búsqueda, no es el alma la que evoluciona, ya que siempre es perfecta y pura, sino que es la conciencia, el nivel de conciencia de cada ser el que se puede ir elevando y aumentando.

 

Samsara

 

La forma en que la conciencia evoluciona es pasando a través de distintas vidas. Esto es lo que se conoce como “la rueda del samsara”. Es decir, el círculo de renacimiento y muerte por el que debe pasar, inexorablemente, toda alma.

Las condiciones y circunstancias en que esa alma nace en cada vida dependen directamente de su karma. ¡Y por fin aparece esta palabra tan de moda!

El karma, entonces, es el resultado de las acciones pasadas, tanto positivas como negativas, el cual determina el siguiente estadio del alma. Y en un nivel menos macro, es el karma (o sea, este cúmulo de acciones pasadas) el que determina los acontecimientos cotidianos de cada existencia. A su vez, cada acción presente que se realiza está generando nuevo karma (bueno o malo) para el futuro.

 

Seguramente para todos es normal, en estos días, oír (o decir) frases del tipo “Uy, tengo un karma con este coche/casa/materia escolar” o “Fulanito es mi karma”. En estos casos, el concepto no es totalmente fiel a la idea original del karma, aunque tiene un alto grado de cercanía. Con este tipo de expresiones, se hace generalmente hincapié en los aspectos negativos. Es decir, se hace referencia a un estigma o una carga a la que uno está ligado de manera, digamos, inevitable y un tanto ilógica.

 

En cuanto al concepto de karma original, también se refiere a lo bueno y, sobre todo, tiene una perfecta lógica. Una lógica que se podría decir simétrica, y que en la cultura occidental se traduce en el proverbio “cosecharás tu siembra”.

 

En el Hinduismo no hay cielo e infierno, tal como lo conocemos en Occidente. Los actos buenos y malos de cada ser, en cada existencia, se ven reflejados en las vidas posteriores, para bien o para mal. De este modo, el actuar de manera incorrecta siempre, a la larga o la corta, acarrea castigo para uno mismo, quizás no en esta vida, pero sin duda en el futuro.

De la misma manera, el actuar de manera correcta en esta vida, tendrá su recompensa en una existencia futura.

 

Sin embargo, el propósito fundamental  de esta rueda no es el de acumular buen karma, sino el de salir de ella. Incluso el buen karma genera nuevos nacimientos para esa alma, y a fin de cuentas, el anhelo principal es el de volver al alma universal.

Para salir de la rueda de reencarnaciones, entonces, hace falta iluminarse; o dicho de otro modo, hace falta llegar a conocerse a uno mismo de tal forma, que uno pueda darse de cuenta que es una parte indivisible del todo universal. De esta forma, uno ya no actuaría ni bien ni mal, simplemente actuaría siguiendo el fluir de la energía universal que es quien lo guía todo, siempre para beneficio del mundo.

 

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Lógica

 

Más allá de que la creencia en la reencarnación me fue inculcada de pequeño y siempre me pareció natural, con los años le he encontrado cada vez más lógica.

Para mí, las teorías del karma y de la reencarnación explican muchos cabos sueltos de la vida.

 

Explican, por ejemplo, el porqué algunas personas nacen ricas y otras pobres; explican porqué algunas personas tienen ciertas enfermedades y otras personas no. Quiero decir, explican muchas de las cuestiones que, por lo general, son las consideradas “injustas” de este mundo.

Siguiendo estos preceptos, los hindúes son personas que, se podría decir, “aceptan su destino” como su propia obra y no como si fuera fruto de la ceguera de un voluble Dios.

Esto no quita que a la hora de vivir uno haga todo lo posible por mejorar su situación presente y luche contra las injusticias mundanas, si cabe.

Quiero decir, para usar un ejemplo, que las formas de producción de la clase obrera y la clase empresaria pueden ser la base de la lucha de clases, pero la posición de cada individuo en ese proceso depende de su karma, de lo hecho en sus vidas anteriores y no sólo de la suerte.

 

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Entonces, volviendo al viaje particular que hace cada alma, se dice que ha de pasar por  millones de vidas antes de convertirse en un ser humano. ¡Millones de vidas!

No es que estos detalles sean trascendentes, pero sé que a todos les gusta ahondar en este tema. Al parecer, antes de ser un humano, uno debe pasar por estadios inferiores, entre ellos, el reino animal, vegetal y mineral.

Esta ilustración podría servir de argumento para los que dicen que si la reencarnación fuera verdad, entonces no podría haber cada vez más personas en el mundo, sino que seríamos siempre los mismos cambiando de cuerpo. La respuesta, entonces, sería que esas almas que evolucionan de planos menos elevados  se van convirtiendo en seres humanos.

 

De todos modos, una vez que un alma se ha encarnado en un cuerpo humano, todavía tiene mucho camino por recorrer. Es recién como ser humano que el alma tiene la posibilidad de desarrollar la conciencia al máximo como para iluminarse y dejar la rueda del samsara.

Hay diferentes versiones sobre este punto, pero al parecer, una vez que uno encarna como ser humano es muy difícil que involucione de estadio. Es decir, es muy difícil que de ser humano uno retroceda a animal o a insecto, por ejemplo. Según parece, los actos para merecer tal mal karma tendrían que ser muy, pues bueno, “animales”.

 

karma

 

Muerte

 

En cierta ocasión, regresando en autobús de una visita a Pondicherry, nos cruzamos en el camino y en pueblos distintos, con dos marchas fúnebres al mejor estilo hindú.

En ambos casos, los dolientes llevaban al muerto sobre los hombros, en una especie de palanquín, siempre lleno de flores y guirnaldas a su alrededor. Seguramente se dirigían a la tradicional ceremonia de cremación.

 

Más allá del hecho “pintoresco” de presenciar un evento típico y exótico para mis ojos, lo que me sorprendió fue la actitud que tenían los cortejos de ambas marchas.

En la primera, algunos deudos iban tirando petardos por doquier, como si fuera una fiesta de año nuevo.

En la segunda marcha, encabezaba el séquito un bailarín que al compás de la sonora música hacía todo tipo de contorsiones. A su vez, todos iban sonriendo, como si la muerte no importara.

 

Supongo que es aquí, donde toda la explicación previa sobre la reencarnación, puede ayudar a entender un comportamiento tan opuesto al que estamos acostumbrados, al menos, en Occidente. Incluso a mí, que tomo la reencarnación como un hecho, me costó, en cierta forma, ver ese despliegue sin inmutarme.  

 

Vienen como anillo al dedo, entonces, estas palabras de Swami Premananda: “A mucha gente no le gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. ¡Mi primer consejo sobre la muerte es que dejéis de preocuparos acerca de la muerte!… Cuando llegue el momento de dejar esta Tierra, no habrá miedo ni sufrimiento en vuestra mente si siempre habéis estado en sintonía con lo Divino. Es por ello que debéis hacer lo mejor de vuestra parte durante esta vida para descubrir el significado de vuestra vida. Para los que entienden la verdad y el sentido de la vida, la muerte no será un problema”,

 

Swami agrega: “Para un devoto o discípulo verdadero y genuino, definitivamente la energía divina llegará después de la muerte de una forma u otra y os conducirá a salvo a la siguiente etapa de vuestro viaje espiritual”.

 

Personalmente pienso más en la reencarnación que en la muerte; aunque lo ideal sería salir de la rueda de renacimientos para siempre. En todo caso, esta visión no dramática de la muerte me gusta mucho, y aparte de ser conveniente, me parece convincente.

 

Es fácil decirlo, claro; espero, un día lejano, poder comporbarlo.

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