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Consumismo, residuos y renuncia

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El sonado paso del Black Friday (con el apéndice del Cyber Monday para los más necesitados) me puso a escribir sobre un tema que está en el aire y que da vueltas por mi cabeza y muchas otras. En resumen: sabemos, cada día mejor, que nuestro modo de vida basado en el consumo, el progreso y el crecimiento material no es sostenible para el planeta ni para el bien común ni para nuestra propia felicidad y, sin embargo, damos pocos pasos para cambiarlo.

Por supuesto, ya sé que en casa haces recolección selectiva de tu basura, pero en vista de los datos actuales decir que cuidamos el medioambiente porque reciclamos los envases de plástico es como decir que cuidamos de nuestra salud por el mero hecho de cepillarnos los dientes cada día.

Quienes estamos preocupados por la situación medioambiental creemos, muchas veces, que “a través del consumismo ecológico podemos reconciliar el crecimiento perpetuo y la supervivencia del planeta”, pero como lo expresa el escritor y activista británico George Monbiot:

“El verdadero problema es el crecimiento perpetuo en un planeta que no está creciendo”.

En el mismo artículo, el autor ofrece datos para sonrojarnos:

“Una serie de trabajos de investigación demuestran que no hay una diferencia significativa entre la huella ecológica de la gente que se preocupa y la que no. Un artículo reciente señala que aquellos que se identifican como consumidores comprometidos usan más energía y producen más emisiones que quieres no se preocupan por el medio ambiente.

¿Por qué? Porque la sensibilización medioambiental suele ser mayor entre personas adineradas. No son nuestras posturas las que impactan el medio ambiente, sino nuestros ingresos. Cuanto más ricos somos, más grande es nuestra huella ecológica, sin importar nuestras intenciones. Según muestra el estudio, los que se perciben como consumidores ecológicos se centran principalmente en comportamientos que tienen beneficios relativamente pequeños”.

Efectivamente, un reciente estudio de una universidad sueca dice que reciclar o cambiar las bombillas de casa a las de bajo consumo es mucho menos efectivo en reducir las emisiones de dióxido de carbono que seguir hábitos vitales como una dieta casi o totalmente vegetariana, evitar viajar en avión, no utilizar coche o tener familias más pequeñas (es decir, un hijo o ninguno). ¿Cuántos de nosotros estamos dispuestos a cambiar así nuestro estilo de vida?

Incluso limitándonos al reciclaje hogareño, nuestro esfuerzo no suele ser tan profundo como creemos. La Fundación catalana para la prevención de residuos y el consumo responsable ha hecho un experimento muy interesante poniendo a cinco familias (de muy diferente composición cada una) el reto de no generar residuos durante un mes. Algunas de las pautas de consumo que da la Fundación en su decálogo son:

  • Eliminar lo que no es reciclable o de un solo uso (bastoncillos para los oídos, hojas de afeitar, compresas, toallitas húmedas, tampones, pañales, pajitas de bebidas, monodosis, envases de pequeño formato…)
  • Rechazar envoltorios de regalo, envoltorios de plástico, bolsas y embalajes innecesarios.
  • Para la comida usar tápers, cantimploras y rechazar los alimentos precocinados envasados.
  • Comprar a granel y llevarse los envases reutilizables de casa.
  • Detergentes a granel y sin tóxicos.
  • En la cocina usar paños de ropa, y eliminar el papel de cocina, de aluminio y de film transparente.

Como se ve, una cosa es reciclar y otra es no generar residuos. Evidentemente, lo segundo requiere gran esfuerzo, mucha organización hogareña y, sin duda, una tremenda dosis de renuncia para modificar nuestros hábitos de consumo. Ahora ha sido el Black Friday pero pronto llegan las fiestas navideñas y ahí estaremos todos, muy ecologistas y yoguis, consumiendo. Por supuesto, una opción buena es regalar actividades y experiencias en lugar de cosas materiales; y si son objetos, que sean hechos por uno mismo, como propone esta campaña de Greenpeace.

De todos modos, por más responsable que sea nuestro consumo, el problema de base está en nuestra necesidad de consumir. En una entrevista todavía inédita que le hicimos para Puraka Project, el Dr. Sudhakar Powar, médico ayurvédico indio, explica al respecto:

“Nuestra mente es muy activa y actualmente el 95% de los problemas en mi área de atención médica provienen de la mente o de nuestro enfoque de la vida. Debido a muchos factores como por ejemplo falta de contentamiento, porque vivimos en un mundo manipulado por el consumismo. De esta forma nuestras mentes están manipuladas para vivir de forma no contenta, insatisfecha. Nadie es feliz con todo lo que tiene. Y ese es el terreno en que florece el consumismo. Porque si tú estuvieras feliz y satisfecho con lo que tienes no necesitarías nada y el mercado no crecería. El mercado solo crece si las personas quieren más. Entonces, en realidad existen ‘necesidades reales’ y ‘necesidades creadas’. Cuanto más se incrementan las ‘necesidades creadas’ más consumismo habrá, más crecerá el mercado y más beneficios económicos habrá”.

Dicho de forma tan clara, no hay manera de rebatirlo, pero igualmente seguimos insatisfechos. Por eso también me ha gustado el planteamiento del maestro zen Dokushô Villalba cuando escribe:

“Si queremos detener y liberarnos del engranaje infernal del consumo desorbitado debemos asumir la responsabilidad individual de reducir conscientemente nuestros deseos: reduciendo nuestros deseos, la cantidad de poder adquisitivo que necesitaremos para satisfacerlos también se reduce. Al reducir la necesidad de poder adquisitivo, reducimos la necesidad de vender nuestro tiempo de vida (nuestro trabajo) a cambio de un salario. Reduciendo el uso de recursos naturales, reducimos la degradación ecológica”.

Esta idea de “simplicidad voluntaria” está en total consonancia con el ideal yóguico que pregona el contento, la aceptación y la desaparición de los deseos. En un post de hace tres años yo contaba que en el Mahābhārata, el gran poema épico de la India, el rey Yudhiṣṭhira es interrogado por un espíritu de los bosques sobre cuál es la máxima felicidad y su respuesta es:

“La máxima felicidad es el contentamiento”

La misma afirmación que hace el sabio Patañjali en su Yoga Sūtra cuando habla de saṃtoṣa (II.42) y que no nos viene mal volver a leer:

“A partir del contentamiento (saṃtoṣa) se obtiene la máxima felicidad”

Sobre esto, el comentario Yoga Bhāṣya de Vyāsa agrega lo obvio, pero que no queremos ver:

“El contentamiento se logra no deseando nada más de lo que ya se tiene”.

Volviendo al artículo inicial de George Monbiot, él dice que hay que cambiar el sistema ya que “necesitamos construir un mundo en el que el crecimiento sea innecesario”. Estoy de acuerdo, y como ya sabemos (o deberíamos saber) no serán los gobiernos los que construyan ese nuevo mundo, sino cada uno de nosotros con su pequeño pero imprescindible accionar individual.

Al menos a los privilegiados que estamos leyendo esto y – a nuestro pesar – dejamos gran huella ecológica en el planeta, la situación global actual de constante crecimiento nos ha puesto en un punto en que tenemos más posibilidades materiales que nunca y que hace pocas décadas eran impensables: viajar a cualquier isla paradisíaca en Semana Santa, conseguir cualquier producto a través de Internet, comprar camisetas nuevas por 2€, comer tomates todo el año, probar comida de los seis continentes en el sofá de casa…

Irónicamente, si queremos salvar el planeta, el medioambiente y también el equilibrio socioeconómico global cada vez más descompensado, debemos renunciar a esa tan accesible y omnipresente oferta de consumo en pos de una vida simple exteriormente y rica interiormente.

Ya sé lo que estás pensando: que cuando no había TV ni Amazon sí que era fácil, pero que, maldita sea, nos ha tocado una época difícil para renunciar a los deseos. Te entiendo. Aunque tomando perspectiva, y según cuentan, la renuncia ha sido dura en todos los tiempos y, eso sin duda, se requiere gran determinación para asumirla. Veremos si estamos a la altura.

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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

La misteriosa ubicación del conducto de la tortuga

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Quizás por ser un animal muy antiguo, la presencia de la tortuga en la tradición hindú es profusa, incluyendo filosofía o mitología, y sin olvidar sus recurrentes apariciones en el ámbito del Yoga. En el Mārkaṇḍeya Purāṇa, por ejemplo, se afirma que el continente indio se apoya de forma permanente en la espalda de una tortuga gigante, que a veces aparece con el nombre de Akūpāra, aunque siempre se trata de una manifestación del dios Viṣṇu (Vishnu).

En esta misma línea, es muy conocida la encarnación (avatāra) de Viṣṇu como tortuga con el nombre de Kūrma, que tuvo lugar cuando los devas y los asuras batieron el océano de leche primordial en el principio de los tiempos. El batidor utilizado era una gran montaña que, de tanto moverse, perdió estabilidad y entonces Viṣṇu adoptó la forma de una tortuga y descendió al mar para hacer de base de la montaña, que en su fuerte caparazón encontró la firmeza que necesitaba.

Puede que estas historias suenen a fantasía pero lo cierto es que nos dan una idea de la tortuga como símbolo de estabilidad, quietud y también longevidad, porque el animal que sostenga el mundo tiene que aguantar ahí un largo tiempo.

Comenzando a relacionarlo con el yoga, se suele decir que las tortugas viven muchos años (incluso más de cien), justamente porque respiran muy lento (2 o 3 veces por minuto) y ya se sabe que la respiración yóguica ideal debe ser prolongada y sutil, sin hablar de las más avanzadas retenciones naturales y sin esfuerzo, que al parecer las tortugas (sobre todo acuáticas) también hacen. Al respirar lento uno vive más años y, además, calma la mente. De ahí que la tortuga sea un animal símbolo de la serenidad, lo cual se expresa en sus movimientos lentos.

kurma

Ilustración de Kurmavatara, a cargo de Hari Dasa, del libro ‘Entre la materia y el espíritu’. 

Este contexto se vuelve relevante cuando uno se cruza con el sūtra 3.31 (3.32 en otras versiones) del Yogasūtra de Patañjali, que sucintamente dice:

kūrma nāḍyāṃ sthairyam

En la literal traducción de Òscar Pujol sería:

“Con el [dominio] del conducto de la tortuga, la inmovilidad”.

En la más elaborada traducción de J.A. Offroy Arranz sería:

“Efectuando la contemplación sobre el conducto de la tortuga, en la región del pecho, se logra estabilidad emocional”.

Para situarnos, es útil saber que este sūtra aparece en el tercer capítulo (pāda) del texto, titulado vibhūti-pādaḥ, en que se describen ciertos poderes sobrenaturales (vibhūtis o también siddhis) que se obtienen en la práctica yóguica con la contemplación integral (concentración + meditación + contemplación) y el consiguiente dominio o control (saṃyama) de determinados objetos. Entre la treintena de poderes que se enumeran en el pāda, que incluyen el conocimiento de las vidas pasadas, de las mentes ajenas, de los planetas o la capacidad de levitar, hay una serie de contemplaciones sobre diferentes puntos corporales.

El punto que hoy nos interesa es el citado kūrma nāḍī o “conducto o arteria sutil de la tortuga”. En anatomía yóguica, una nāḍī es un canal sutil por el que fluye el prāṇa o energía vital. En los manuales yóguicos se dice que el ser humano tiene, al menos, 72.000 de esos canales energéticos, los cuales componen el cuerpo sutil o energético y, por no ser físicos, no son detectados por la actual tecnología médica, ni a través de radiografías o tomografías, por ejemplo. El desbloqueo y purificación de esos canales es uno de los objetivos principales de la práctica yóguica, especialmente del prāṇāyāma. En los textos de haṭha yoga se habla generalmente de diez o catorce nāḍīs principales que no siempre incluyen kūrma nāḍī.

Al igual que sucede con los centros energéticos o cakras (léase ‘chakras’), los canales energéticos no pueden ser tocados ni entendidos de forma física, aunque sí se utilizan referencias del cuerpo físico como guías aproximativas para el practicante. En el caso de kūrma nāḍī, Patañjali es bien escueto y no dice nada de la ubicación del canal. Lo que sabemos, en realidad, deriva del Yoga Bhāṣya, el más antiguo y acreditado comentario sobre los Yoga Sūtras, en que Vyāsa dice que se encuentra “bajo la cavidad de la garganta, en el pecho” (kūpād adha urasi).

En el sūtra que lo precede (3.30 o 3.31 dependiendo la versión), se habla justamente del poder yóguico de “eliminar el hambre y la sed” a través de la contemplación en la “cavidad o pozo de la garganta”. Este pozo sería físico y más fácil de percibir. Por tanto, kūrma nāḍī, explican los comentaristas, está debajo (adha) de esa cavidad (kūpa), en algún lugar del pecho (uras).

De las referencias que he consultado, la más explicativa es la de B.K.S. Iyengar en su clásico Luz sobre los Yoga Sūtras, donde después de decir que kūrma nāḍī “resulta más bien difícil de localizar en el sistema humano” afirma que “corresponde a la región epigástrica”. El epigastrio es la parte alta del abdomen y, perdón por la falta de tecnicismos, digamos que comienza justo donde se acaba el esternón y ya no hay hueso.

Por su parte, Swami Hariharānanda Āraṇya, otro reputado comentarista de los Yoga Sūtras, traduce kūrma nāḍī como “canal bronquial”, que está más o menos en la misma zona, pero que añade ambigüedad al caso.

epigastrio

La curiosidad de kūrma nāḍī radica, además de en su imprecisa ubicación, en su peculiar forma pues, según dicen algunos comentaristas, se trataría de un canal energético “con forma de tortuga” y de allí le vendría el nombre.

De todos modos, la relación del nombre del conducto con su forma (de la que no tenemos datos certeros) no es tan relevante como la relación con su función, que tiene que ver, para empezar, con la inmovilidad corporal (sthirapadaṃ), probablemente en la postura meditativa. Por ello, la inmovilidad que se logra contemplando kūrma nāḍī  es comparada por Vyāsa con la rigidez de una serpiente o de un lagarto cuando son agarrados.

Para muchos comentaristas posteriores, sin embargo, esta inmovilidad es también mental y emocional, en relación a la serenidad que simbolizan los quelonios. A este respecto, es interesante agregar  el concepto de kūrma vāyu. En terminología de haṭha yoga, un vāyu es un “aire vital” que permite la realización de las funciones del cuerpo (respiración, excreción, digestión, circulación, estornudo…). Hay cinco vāyus principales y cinco subsidiarios (upavāyus), entre los que se encuentra kūrma vāyu, “la corriente vital de la tortuga”, que se encarga, en palabras del citado B.K.S. Iyengar, de:

“controlar los movimientos de las párpados y regular la intensidad de la luz para la visión mediante el control del tamaño del iris. Los ojos son el índice del cerebro. Cualquier movimiento en el cerebro se ve reflejado en los ojos. Serenando los ojos, por ejemplo, mediante el control de kūrma vāyu, se pueden calmar los pensamientos e incluso inmovilizar el cerebro”.

Sobre esto, Swami Sivananda de Rishikesh dice que justamente el “canal astral por el que pasa kūrma vāyu es kūrma nāḍī. Esta correspondencia, útil en la teoría, nos serviría de pista efectiva si pudiéramos percibir experiencialmente kūrma vāyu, algo que la mayoría de hijos de vecino no estamos en condiciones de hacer. Lo cierto es, en cualquier caso, que la imagen de la tortuga aparece desde distintos ángulos para hablarnos de la quietud (física y especialmente mental) a la que aspira el yogui.

Vuelvo a citar al maestro Iyengar:

“Las funciones mentales giran principalmente alrededor de deseo, ira, codicia, pasión ciega, orgullo y envidia, que se consideran los seis enemigos del alma. Están representados por las cuatro patas, la boca y la cola de la tortuga. Este animal retrae su cabeza y extremidades en el interior del caparazón y no sale, pase lo que pase. Controlando kūrma nāḍī, el yogui detiene los movimientos de esos seis radios de la mente… Coloca esos enemigos en un estado de estabilidad… El yogui permanece como una tortuga en su caparazón, con su centro emocional imperturbable, bajo cualquier circunstancia”.

Para cualquier persona familiarizada con la filosofía hindú, esta analogía del yogui controlado y la tortuga es un clásico y quizás su máxima expresión se encuentre en la siempre disponible Bhagavad Gītā (II.58), cuando Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) describe algunas características del hombre sabio diciendo:

yadā saṁharate cāyaṁ
kūrmo ’ṅgānīva sarvaśaḥ
indriyāṇīndriyārthebhyas
tasya prajñā pratiṣṭhitā

O sea:

“Cuando aparta sus sentidos de los objetos de los sentidos, como una tortuga que contrae sus miembros, entonces su mente está estabilizada”.

Como decíamos, la imagen de la tortuga aparece por doquier. Y como no podía ser de otra manera, en haṭha yoga existe una postura llamada kūrmāsana, que en su versión moderna (los manuales medievales yóguicos dan otra descripción, sentada, de este āsana) imitaría a una tortuga desplegando sus extremidades. Este āsana solo es asequible para las personas muy flexibles y la intención final es apoyar el pecho o el abdomen en el suelo, ¿quizás activando de alguna manera esa zona donde se encuentra el elusivo kūrma nāḍī?

La verdadera espiritualidad no es una cuestión de fe sino de propia experiencia y, finalmente, de auto-conocimiento. Puede que no seamos capaces de señalar específicamente dónde está el sutil conducto de la tortuga y puede que ni siquiera sepamos dónde queda el epigastrio, pero en la medida que llevemos los sentidos y la búsqueda hacia adentro ya estaremos haciendo el camino correcto; que es el camino de la respiración lenta, de la estabilidad emocional y de la calma mental.

En conclusión, el camino de la tortuga que, por algo, ha estado entre nosotros incluso antes que nosotros.

La clave detrás de la práctica constante

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Para alcanzar el éxito en la práctica espiritual (sādhanā), todo aspirante y sin importar su escuela filosófica, debe cumplir con dos elementos imprescindibles y muy famosos: abhyāsa y vairāgya. La traducción más difundida de estos dos términos sánscritos sería “práctica” y “desapego”.

El mismo Śrī Kṛṣṇa (Krishna) en la Bhagavad Gītā (VI.35) dice que con esos dos medios se puede controlar la mente. Hoy me quiero centrar en el primer elemento que, en cierta forma, es fundamental para alcanzar el segundo y al cual el sabio Patañjali define en los Yoga sūtra como “el esfuerzo para lograr la estabilidad [mental]” (I.13).

La parte importante, para mí, es cómo debería ser ese abhyāsa y, siguiendo a Patañjali, esto es (I.14):

sa tu dīrghakāla-nairantarya-satkārāsevito dṛḍhabhūmiḥ

O sea:

“Esta [práctica] se torna firme cuando se practica durante largo tiempo, ininterrumpidamente y con consideración”

Evidentemente, si uno quiere volverse experto en algo, ya sea la mente, tocar la guitarra o hacer āsanas de haṭha yoga, debe practicar durante largo tiempo (dīrghakāla), pues no se puede esperar que el punteo de Stairway to Heaven nos salga el primer día.

Sri Swami Premananda siempre decía que todos estamos buscando “atajos” hacia la iluminación y que el primer paso en el camino espiritual es la paciencia. Por supuesto que hay personas que han tenido una “iluminación” espontánea, pero son excepciones, y conviene saber que la mayoría de santos, maestros y sabios han pasado largos periodos de intensa práctica antes de “conseguir” algo.

abhyasa1En su ameno y entretenido comentario a los sūtras, Sri Swami Satchidananda explica al respecto:

“Si te pido que repitas un mantra y te digo que por hacerlo te volverás más calmo y experimentarás hermosas cosas en tu interior, regresarás a casa, lo repetirás por tres días y luego me llamarás: ‘Lo he repetido por tres días pero no ha pasado nada. Quizás este mantra no sea el adecuado para mí. ¿Puede darme otro diferente?’ Por eso Patañjali dice ‘durante largo tiempo’, aunque no dice cuánto tiempo”.

La segunda condición es practicar de forma ininterrumpida (nairantarya), pues si uno lo hace de forma esporádica la fuerza de los arraigados (malos) hábitos antiguos supera los beneficios generados por la práctica y es muy difícil desarrollar un cambio. Tanto esta condición como la anterior son obvias y es en parte a ellas que abhyāsa se traduce muchas veces y directamente como “práctica constante”. Sobre esto el yogui Sri Andrei Ram dice:

“En el camino del yoga el secreto es la práctica constante, porque al final no hay nada nuevo. Los mismos principios y las mismas técnicas practicados una y otra vez, hasta ser totalmente dominados, y con ese dominio ocurre la auto-realización”.

La tercera condición, que es practicar “con consideración” (satkāra), es el tema que, en realidad, me interesaba tocar hoy. Cuando, siguiendo a Òscar Pujol, traduzco satkāra por “consideración” hago una elección de entre las múltiples traducciones posibles de la palabra original: “respeto”, “seriedad”, “veneración”, “atención”, “sinceridad”, “cuidado”, “presencia”, “con compromiso”… Literalmente satkāra se podría traducir también como “hecho (kāra) con verdad (sat)”.

Para empezar a entender este punto cito la explicación del mismo Pujol:

“Es importante que a la hora de practicar se haga con un cierto sentido de respeto y consideración por la tarea acometida: es decir, que no se practique rutinariamente o a disgusto, de un modo forzado ni aplicando de una forma demasiado violenta el poder de la voluntad”.

Teniendo en cuenta que la sādhanā, sea la de la escuela que sea, consiste en repetir una y otra vez lo mismo hasta dominarlo, es necesario que nos guste eso que hacemos. Conozco un par de casos de personas que fueron obligadas a aprender un instrumento musical de niños/adolescentes (piano, violín…) y que si bien ahora ya adultos pueden tocarlo no quieren ni verlo… Es decir que esas personas practicaron durante largo tiempo y de forma constante, pero sin “consideración” y, por tanto, el resultado fue ineficaz, por no decir negativo.

Swami Satyānanda Saraswatī dijo una vez que si uno está involucrado en una sādhanā que le cuesta mucho, quizás debe plantearse que esa no es su sādhanā. Obviamente puede haber un cierto esfuerzo (levantarse temprano, controlar ciertas tendencias, encontrar el tiempo en esta vida agitada…), pero la idea que proponen los maestros es que cuando uno hace su práctica tiene que ser el mejor momento del día.

Justamente apelando a la alegría en la práctica, el citado Andrei Ram dice que si un yogui es demasiado serio (en el sentido de estricto y forzado) la energía kuṇḍalinī nunca le subirá por el “canal central”.

Por ello, de todas las traducciones que he leído de la palabra satkāra me ha gustado mucho la, quizás no tan literal, pero sí muy expresiva de Swami Vivekananda, en su clásico libro Rāja Yoga:

“La práctica queda firmemente establecida a través de continuos y constantes esfuerzos hechos con gran amor”.

No puedo decir que yo siempre haga mi sādhanā con pura devoción o amor, pero cuando logro ponerme en ese estado, no dudo de que ese sea el camino. La verdadera clave para que, entonces, mi práctica se vuelva constante, regular y duradera.

Los Yogasūtra en traducción de Òscar Pujol

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“Si hay un texto de la literatura universal que ha sido tergiversado son los Yogasūtra” dijo el indólogo y sanscritista Òscar Pujol en la presentación en Barcelona de su traducción al español de la fundamental obra de Patañjali, que publica Editorial Kairós con el título Yogasūtra: los aforismos del Yoga.

Cualquier yogui medianamente serio sabe, aunque no lo haya leído, que los Yogasūtra son un texto ineludible para tratar de conocer el yoga clásico. De hecho, en toda formación moderna de profesores de yoga se recomienda y se estudia (de una u otra forma) este texto fundacional, aunque es curioso que en la realidad, dice Òscar, el entendimiento actual del yoga de Patañjali sea muchas veces diferente del sistema original, “más basado en la meditación y en la recitación de textos (svādhyāya) que en la ejecución de posturas”. El yoga actual, un fenómeno “transnacional”, explica el traductor, “es más bien un encuentro entre Occidente y Oriente que surge en el siglo XIX”, mientras que el yoga de Patañjali es básicamente “una forma de meditación”.

Esto no quiere decir que Òscar critique el yoga moderno, sino que considera un “gran milagro” que en el yoga de hoy en día se siga hablando de Patañjali como fundador cuando la práctica actual más difundida es muy diferente. Yo estoy bastante de acuerdo con esta visión porque muchas veces me he preguntado por qué en clase de yoga uno habla de “los ocho pasos” o “de que el yoga es mucho más que āsana” pero al final se la pasa haciendo posturas. Sin entrar a analizar las razones de esta aparente contradicción, sino que focalizándose en ofrecer una solución, Òscar nos ofrece una “traducción transparente”, basada en los principios de “fidelidad y simplicidad”.

Yogasutra

Explica Òscar que al preparar el texto abandonó la idea, muy de su gusto, de poner muchas notas y bibliografía justamente para favorecer la lectura incluso para un público no especializado. Al tratarse de un texto aforístico, muchas veces ambiguo y críptico, el hecho de reducir la información periférica es un gran desafío que requiere mucha claridad de ideas y precisión lingüística por parte del traductor/comentarista. Estas dos virtudes las hace evidentes Òscar en su brillante Introducción al libro, que resume su método de trabajo, el contexto histórico de la obra original, el contexto filosófico del sāṃkhya y la compleja psicología expuesta por Patañjali. Se agradece enormemente tener ese mapa tan claro al iniciar la lectura.

A la hora de presentar cada sūtra, Òscar optó por hacer una traducción lo más literal posible sin perder la coherencia. Eso a mí me gusta mucho porque, en lugar de aceptar ciegamente una versión, permite que también sea uno quien haga su parte de interpretación. Justamente para que el lector, si lo desea, pueda entender la lógica de la lengua sánscrita y el uso de cada palabra original, el traductor agrega (además del texto sánscrito en devanāgarī y en transliteración técnica) un trabajado desglose palabra por palabra de cada aforismo.

Como con toda traducción, hay elecciones del traductor con las que uno, como lector, puede estar más de acuerdo o menos, pero el intento de rigurosidad y fidelidad al espíritu original de Patañjali es muy loable. Cuando se entra en la parte más famosa de los Yogasūtra, en que Patañjali describe el aṣṭāṅga yoga, “los ocho elementos” de su método (a partir de 2.35), muchos yoguis encontrarán detalles interesantes como la definición menos convencional de satya, cuyo afianzamiento otorga “la fructificación de las acciones” (y no “el cumplimiento de todo lo que se dice”); la traducción de asteya como “honestidad” y de aparigraha como “no aceptación” en lugar de “abstención de riquezas” o “no codiciar”. También es interesante el análisis que hace Òscar, en distintas partes del libro, del concepto de īśvarapraṇidhāna y sus posibles significados.

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El otro gran aporte de Òscar Pujol está en los comentarios, concisos y otra vez muy clarificadores. Para hacer una traducción puede bastar con conocimientos filológicos, pero para hacer un buen comentario a un texto como los Yogasūtra se necesita también mucho bagaje cultural, filosófico y espiritual (no en vano Òscar lleva rumiando el texto desde hace más de 30 años). Con muy buen tino, Óscar basa su propio comentario en el análisis de siete comentarios antiguos y clásicos que han definido a lo largo de los siglos el entendimiento de los sūtra. Esta es una contribución importante para los estudiantes de yoga en lengua española, pues esos comentarios clásicos no están fácilmente disponibles en español (el libro de José Antonio Offroy Arranz con el comentario de Vyāsa es una destacada excepción).

Otro factor muy interesante de esta versión que nos ofrece Pujol es el análisis de las fuentes budistas tradicionales en pali (especialmente el abhidhamma piṭaka) para interpretar los sūtras. Según explica Òscar, “gran parte de su terminología procede directamente de esas fuentes”, como así también muchas de las categorías y explicaciones del funcionamiento de la mente. Estas fuentes budistas serían anteriores a Patañjali y aunque hay divergencias en cómo él aplica estas ideas en el sistema del yoga, es cierto que “estas fuentes pueden aclarar considerablemente el significado de ciertos aforismos” y ofrecer nuevos puntos de vista.

Asimismo, Òscar tiene en cuenta la supuestamente obsoleta filosofía sāṃkhya como contexto filosófico, lo cual sirve para explicar mejor muchas de las características del yoga como sistema filosófico. En ese sentido la definición de yoga de Patañjali cobra un renovado sentido, ya que no sería “unión”, como siempre decimos, sino más bien una “técnica” para el aislamiento (kaivalya) o la separación de la conciencia y la materia.

En este sentido, son muy bien recibidas las explicaciones que hay en el texto sobre la diferencia crucial entre mente y conciencia. Como explica Òscar: “para Occidente la conciencia es una propiedad de la mente, mientras que para Oriente la mente es un instrumento (material y transparente) de la conciencia, que es en realidad la luz interior que siempre está encendida”.

Para cerrar el círculo, al final del libro hay un glosario muy completo y útil con todos los términos sánscritos relevantes definidos de forma detallada, al estilo de un diccionario (no olvidemos que Òscar es el autor del primer y único diccionario sànscrit-català, y a la espera de la necesaria versión en español).

Concluyendo, el libro es una gran aportación al yoga y a la lengua española porque no existen casi traducciones directas del sánscrito al español de los Yogasūtra (en este sentido un gran acierto de Ed. Kairós). Al mismo tiempo, los comentarios son muy clarificadores y, a diferencia de la famosa versión de B.K.S. Iyengar por ejemplo, el texto es muy ameno de leer.

Personalmente, me ha gustado mucho y lo recomiendo vivamente a cualquier interesado en el yoga y también como manual de trabajo para las formaciones de profesores en español, ya que me consta que es un texto que pocas personas se leen con profundidad.

Luego que cada uno lo aplique según sus posibilidades que, al final, de eso se trata.

Guru Pūrṇimā 2016 y el sabio como objeto de meditación

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Hay una canción infantil que estamos cantando mucho en casa estos días, que empieza “ya está aquí, ya llegó…”, y que podría aplicarse a llegada del tan esperado día anual del guru o preceptor espiritual, conocido en sánscrito como Guru Pūrṇimā, ya que es la luna llena (pūrṇimā) del guía espiritual (guru). Cada año trato de hablar de esta celebración, aunque los posts sean breves o repetitivos, porque para un buscador espiritual la existencia del maestro es fundamental.

Por si hace falta recordarlo, aquí lo explica Swami Premananda:

“El gurú conoce el camino hacia el Ser y él o ella puede mostrarte el camino hacía allí. Él ya ha estado allí muchas veces, así que es como instintivo para él. A pesar de que la semilla de la energía divina está dentro de ti, puede suceder que no seas capaz de percibir su luz y que estés luchando en la oscuridad. La gran luz que es el maestro espiritual ciertamente te mostrará el sendero correcto. Esto es necesario porque te identificas grandemente con la mente y el cuerpo. Hasta que pierdas tu actitud de apego a la mente y al cuerpo, el maestro es muy necesario.”

Sobre esta idea y los conceptos de confianza, fe y obediencia al guru ya he hablado, como así también sobre como en la tradición india el guru es considerado la relación más importante para cualquier persona, o incluso como Dios mismo. Hoy, aprovechando que estoy leyendo la excelente versión de los Yogasūtra de Patañjali a cargo de Òscar Pujol (que, de hecho, presenta en Casa Asia de Barcelona este martes 19 de julio), quería compartir un sūtra pertinente al maestro espiritual.

Dice Patañjali (1.37), hablando de las formas de concentrar la mente en un objeto para calmar sus famosas fluctuaciones (vṛtti) y así eliminar los obstáculos mentales:

vītarāgaviṣayaṃ vā cittam

Es decir, en la traducción de Pujol:

“O bien mediante una mente que tiene por objeto a los que están libres de pasión”.

O sea, como comenta Pujol, que “es posible conseguir paz mental mediante la identificación empática con la mente de los que están libres de pasiones, como los sabios y los santos”. Es decir que la concentración, contemplación o meditación en personas santas es un aquietador de la mente.

Me acuerdo hace varios años, en mi primer viaje a la India, cuando todavía se usaban los tickets aéreos de papel en un talonario que te cortaban entrando al avión, perdimos el billete de una escala de vuelta y nos dimos cuenta ya en el pueblo de Puttaparthi, en el ashram de Sathya Sai Baba. Así que tuve que tomarme un bus hasta Bangalore para arreglar los papeles, con tal inquietud mental que no podía soportarme a mí mismo y hubiera saltado sin pausa durante el viaje. Lo que hice fue seguir el consejo de los maestros y puse la mente en el hermoso rostro de mi guru, una y otra vez, hasta que de forma sorprendente mi mente se calmó.

Por supuesto, también lo dice Patañjali, si uno logra poner la mente en un único objeto, cualquiera mientras sea agradable, entonces las fluctuaciones se aquietan. La ventaja de meditar en sabios y maestros es, por un lado, que este proceso puede ser más rápido por tratarse de seres plenamente conscientes que dirigen la atención hacia aquél que la dirige hacia ellos. Por otro lado, los sabios son inspiradores en sí mismos y también fuente de enseñanza continua, por lo que si uno medita en el sabio de forma constante terminará por tomar parte de su sabiduría, aunque solo sea por imitación.

guru

Sobre esto, Sri Dharma Mittra suele decir que uno de los grandes secretos para hacer “rápido progreso espiritual” es copiar al maestro física y mentalmente. Como comenta Òscar Pujol (siguiendo a Hariharānanda Āraṇayaka), la concentración en los sabios puede hacerse mediante la meditación o también “frecuentando la compañía de santos y observando sus reacciones y estados mentales”.

El maestro B.K.S. Iyengar dice, en su comentario al sūtra, que “si el sādhaka reflexiona en el estado puro y sereno de esas personas divinas y emula sus prácticas, obtiene confianza, logra estabilidad y desarrolla un estado mental carente de deseos”. De hecho, el sūtra hace hincapié en la cualidad desapasionada (vītarāga) del sabio, es decir en su ausencia de apego como aquello que queremos también adquirir.

visualización

La conclusión es que meditar o contemplar en los sabios, incluso más allá de sus enseñanzas, es una gran práctica. De allí el famoso mantra que sale en la Guru Gītā y afirma:

dhyānamūlaṁ gurumūrtiḥ 

O sea:

“La forma del maestro es la raíz de la meditación”

Este año 2016, Guru Pūrṇimā cae el martes 19 de julio. A celebrarlo entonces meditando en los sabios.

Los 3 gunas en la vida cotidiana

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Hoy nos ponemos filosóficos, aunque trataré de hacerlo entendible. La palabra sánscrita guna significa literalmente ‘cuerda’, aunque se suele traducir como ‘cualidad’. Específicamente en el ámbito filosófico, este concepto hace referencia a ‘las cualidades de la Naturaleza’, también llamada Prakriti, en sánscrito.

Si bien este concepto se considera una creación de la escuela dualista Sāmkhya (una de las seis escuelas oficiales de filosofía hindú), también es utilizado por otras escuelas, incluyendo el Vedānta (no-dualista). Es decir que incluso escuelas enfrentadas filosóficamente recurren a la idea de guna, dándole un sentido muy similar. Eso facilita el análisis y, además, da mayor utilidad al tema, pues es aplicable de forma amplia, sin importar si uno tiene una u otra escuela de preferencia.

Intentando simplificar pero no distorsionar diré que, en general, el pensamiento filosófico hindú cree en una realidad trascendente, que es absoluta y por tanto no puede ser manifestada. Este sustrato esencial que es entendido como un Poder creador en potencia es considerado de género masculino y se le conoce como Brahman o Purusha.

La filosofía espiritual de la India pregona la indisolubilidad de la unión entre lo masculino y lo femenino, por lo que ese Poder Absoluto masculino se ve complementado por la Energía femenina dinámica que pone en movimiento el Universo, llamada Shakti o Prakriti. Como el sol y sus rayos, estos dos aspectos no pueden ir separados. Prakriti es el término más utilizado para referirse a la Naturaleza primordial del mundo fenoménico, es decir de todo aquello que percibimos.

Por tanto, como explica Á. Enterría en La India por dentro, “todo lo que cambia, físico, mental, suprafísico o supramental pertenece al reino de Prakriti“. No hay nada de lo que percibimos, incluyendo olores y sonidos, nuestros pensamientos y nuestro sentimiento de ‘yo’, que no sean una manifestación de Prakriti, la Naturaleza primordial.

Los tres gunas

Esta Naturaleza manifiesta que compone el mundo que percibimos posee tres cualidades fundamentales (gunas) que están presentes en todos los elementos (burdos y sutiles) y seres (incluido cada uno de nosotros) del Universo. Se explica que antes de la creación del Universo estas cualidades están en equilibrio, pero cuando entran en movimiento y se activan forman todo tipo de combinaciones, por lo que en todos los objetos siempre existirán los tres gunas, aunque habrá uno que prevalecerá sobre los demás. Es decir, en todos los elementos y seres hay, al decir de A. Daniélou, una tendencia simultánea a la integración, a la desintegración y una fuerza neutralizadora que es la actividad.

Entonces, los tres gunas y sus características correspondientes son:

  • Sattva = la tendencia ascendente; bondad; pureza; lucidez; balance; sabiduría.
  • Rajas = la impulsión expansiva (Á. Enterría op.cit.); actividad; pasión; inquietud; agitación; agresividad.
  • Tamas = la tendencia descendente; inercia; ignorancia; oscuridad; torpeza; pereza.

Si uno mira su propia personalidad, sus propias acciones, actitudes y pensamientos, notará que posee estas tres cualidades en mayor o menor grado. Si uno mira los objetos también podrá notarlo, siendo una piedra más tamásica, por ejemplo, que el sol, que es luminoso y, por tanto, sáttvico.

Evidentemente, el guna que más conviene cultivar en la vida es sattva, ya que sus características son las que poseen un carácter más espiritual y, por consecuencia, nos acercan más a la felicidad real.

Trascendencia

En los clásicos Yoga Sūtra de Patañjali se hace mucha referencia los gunas y a la importancia de trascenderlos, pues en la medida en que uno esté apegado a los vaivenes transitorios de la Naturaleza material no podrá ser permanentemente feliz. En tiempos modernos esto no significa, necesariamente, renunciar a la vida mundana y mudarse a una cueva en la montaña, sino que como explica Swami Satchidananda en sus comentarios a los Sūtra, “el mundo es un campo de entrenamiento donde aprendemos a usar el mundo sin apegarnos… La forma de comenzar es con el sentimiento: ‘Todo es doloroso. Voy a desapegarme. No me involucraré en ello. No me acercaré al mundo con motivos egoístas’. Una vez que logras esto, ves con una visión diferente. Comienzas a utilizar el mundo para otro propósito y experimentas felicidad”.

Por su parte, en la Bhagavad Gītā el Señor Krishna exhorta a trascender los gunas y dice que al hacerlo uno se “vuelve inmortal” (Bd.G. 14.20), en el sentido que se trasciende la naturaleza material para identificarse con el Ser absoluto que es Brahman.

Y ante la pregunta de Arjuna sobre ‘cómo hacer para trascender los gunas‘, Krishna aconseja el servicio devocional hacia lo Divino, lo que implica actuar siempre con Dios en el corazón, como si cada acción fuera para Él.

Actitudes y alimentos

De todos modos, y sin despreciar el ideal de trascendencia de los tres gunas, quizás es más asequible al inicio del camino espiritual el fomentar las cualidades sáttvicas de cada uno, ya que están relacionadas con la felicidad, la serenidad y el conocimiento. De todos modos, se explica en la Gītā que también esto puede causar apego (Bd.G. 14.6), ya que se trata de una felicidad identificada con el mundo material y, por tanto, destinada a perecer. Otro riesgo de la personalidad sáttvica es el orgullo por lo conseguido y el sentimiento de superioridad.

Cuando las tendencias rajásicas predominan, dicha persona tiene codicia, deseos ilimitados y anhelos; a la vez que realiza acciones materiales para satisfacer esos deseos sensoriales. Es inevitable recurrir a la actividad para sobrevivir, pero el riesgo está en la sobre-actividad que genera ansiedad y, sobre todo, en si dicha actividad está basada en una quietud interior o no.

Las características tamásicas son indolencia, sueño, error, negligencia, ignorancia. Incluso se habla de locura o insensatez. No se citan aspectos positivos de esta tendencia en cuanto al comportamiento humano.

Finalmente, la Bhagavad Gītā (17.8) cita una serie de alimentos que están relacionados con cada uno de los gunas. Los alimentos sáttvicos alargan la vida, dan vitalidad, fuerza, buena salud, felicidad y satisfacción. Y deben ser alimentos sabrosos, oleaginosos, sanos y “agradables para el corazón”. Ya sé que estos adjetivos pueden ser subjetivos en algunos casos.

Swami Sivananda, por ejemplo, en su comentario a la Gītā especifica que se trata de: “la fruta fresca y madura, las almendras, las verduras, dhal verde (guiso de lentejas), etc.”. También incluye “la leche y la mantequilla”, fundamentales en la cultura india, ya que derivan de la vaca, aunque esto no es necesariamente aplicable de forma universal.

Por su parte, los alimentos rajásicos (17.9) son aquellos que causan “dolor, tristeza y enfermedades” y están relacionados con los sabores extremos, es decir demasiado “amargos, agrios, salados, calientes, picantes, secos o quemados”. Según Swami Sivananda, esto incluye, entre otros, “carne, pescado, huevos, cebolla, ajo, chiles, mostaza, yogur, café, alcohol, tabaco…”.

Finalmente, los alimentos tamásicos (17.10) son aquellos “sin sabor, mal cocinados, rancios, podridos”. Aquí se incluye cualquier alimento que haya sido preparado más de tres horas antes de ser consumido (ya que pierde sus cualidades nutritivas). Entre los productos que Swami Sivananda enumera se encuentran “licores, marihuana, opio, cocaína, hachís”.

El aspecto dietético me parece muy interesante porque nos toca en la vida diaria a todos, y no hay escapatoria. De todos modos, es una temática que da para mucho debate y con esta lista de alimentos no quiero generar culpa en nadie. Es simplemente información que me parece útil para que cada uno luego analice y utilice como crea conveniente.

En cualquier caso, sí que creo positivo y necesario para ser más feliz el fomentar las cualidades sáttvicas y, como paso siguiente, trascender los tres gunas. Todo a su tiempo.

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