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Annapūrṇā y una oración para antes de comer

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Śiva, la pura Conciencia que todo lo ilumina, le dijo un día a Pārvatī, su consorte, que todo el universo fenoménico no es más que māyā, una “ilusión” cósmica, pues en realidad solo existe el Ser. Pārvatī, que es quien, con su śakti, su energía divina, manifiesta y mueve el mundo, se sintió ofendida, naturalmente. Como escarmiento para su marido dejó de actuar y desapareció voluntariamente. La consecuencia fue un mundo de cartón piedra, vacío, y sin la abundancia de la naturaleza. Los seres vivos sufrieron de diferentes formas la ausencia de la Madre cósmica, pero especialmente echaron de menos el alimento.

Entonces, Śiva se dio cuenta de su error, no hay Conciencia sin Energía, Śiva sin Śakti, y salió a buscar desesperadamente a su media naranja. Supo que se había manifestado en Kashi, la antigua ciudad de Varanasi, bajo la forma de Annapūrṇā, la diosa del alimento. Humildemente, Śiva se acercó a la Diosa con su bol de mendicante para pedirle un poco del arroz con leche que lleva en una de sus manos. La Diosa aceptó y su gesto de nutrir a Śiva se extendió a todos los seres, a quienes alimenta de forma permanente. De allí su nombre sánscrito: anna, “comida” o “grano”, y pūrṇā, “completa”, que se podría traducir literalmente como “llena de alimento” o quizás más bonito “la que nutre”.

Esta historia nos dice muchas cosas, entre ellas que lo Divino está en todo, incluyendo el alimento, pues, para empezar, nos mantiene vivos. Por ello, para la cosmovisión hindú “el alimento es Dios” (annam brahma) y, como en muchas otras tradiciones, no se debe tratar de forma irrespetuosa ni malgastar. Asimismo, al tratarse de un elemento que nos es proveído por la Madre no deberíamos darlo por descontado, sino más bien agradecerlo.

Para la tradición yóguica comer sin conciencia de esta relación de dependencia con la Naturaleza es una forma de “robar” pues, por más que hayamos pagado nuestra comida, estamos ignorando que el alimento llega a nosotros gracias al esfuerzo y la generosidad de la Tierra.

Todo esto es la simple introducción a una tradicional oración hindú que se recita antes de comer, como forma de bendecir los alimentos. Hay muchas oraciones hindúes para este propósito y hace años publiqué un post con una de las más difundidas, que se puede leer aquí. Recitar una no excluye recitar otra, aunque según la escuela que uno siga hay una tendencia definida. La oración de hoy tiene relación con las líneas que siguen a Śiva y a Śakti como aspectos supremos. La veamos:

annapūrṇe sadāpūrṇe śaṅkara prāṇa vallabhe /
jñāna vairāgya siddhyarthaṁ bhikṣāṁ dehi ca pārvatī //

La traducción literal posible sería:

“Oh querida Annapūrṇā, siempre completa, eres la vida de Śiva /
Oh Pārvatī, dame limosnas para obtener conocimiento y desapego.”

La palabra bhikṣā es la que se utiliza para referirse a las “limosnas” o dádivas que reciben los ascetas o monjes indios, que tradicionalmente son en forma de alimentos. De hecho, a los monjes budistas se los llama bhikkhus (en pali) o bhikṣus (en sánscrito) porque se caracterizaban, justamente, por ir con su cuenco por la mañana, de casa en casa, esperando recibir algo para comer. En el contexto de la oración que analizamos la palabra es adecuada porque Śiva mismo tuvo que “mendigar” su comida.

Lo más interesante de la oración es lo que se pide en ella. En lugar de alimentos que meramente nutran su cuerpo, el devoto pide que esa comida le otorgue dos de los grandes propósitos de la búsqueda espiritual: conocimiento y desapego. El conocimiento no refiere al saber intelectual sino al conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Para ello es imprescindible el desapego, es decir la indiferencia hacia todos los elementos o distracciones que nos alejen de ese camino de conocimiento interior.

Bendecir la mesa no es una actividad especialmente popular en la actualidad. En casa de mis padres no siempre lo hicimos, aunque ellos ya conocían un mantra pertinente del capítulo IV de la Bhagavad Gītā. En algunos ashrams indios, antes de comer, recitan por entero ese capítulo, lo cual puede llevar unos diez minutos. Por supuesto, no era el caso de mi familia.

Eso sí, en un momento dado empezamos a bendecir la mesa usando una larga oración traducida al español y originalmente creada por Paramahansa Yogananda. Yo llevé ese hábito cuando nos fuimos a vivir juntos con Hansika, pero con la llegada de nuestras hijas la simplificamos con la repetición tres veces del mantra hari om.

Hace poco yo he recuperado el verso de la Gītā y le hemos agregado la oración de hoy, que está teniendo éxito con las nenas y nos parece muy bonito.

Para escucharlo recitado:

Para quien tenga 10’ y quiera escuchar el capítulo IV de la Bhagavad Gītā:

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El significado del nombre Umā

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Si poner nombres sánscritos a los hijos está en boga entre nosotros los occidentales, sin dudas el nombre Umā es uno de los más populares para niñas, pues reúne varios requisitos muy buscados: brevedad, sonoridad, facilidad de pronunciación y, por qué no, belleza. Conozco un par de pequeñas Umās en Barcelona y con mi esposa ese fue uno de los nombres que barajamos para nuestra hija (aunque elegimos otro). Ahora, por la pregunta de una amiga a la que le encantaría ese nombre para su futura hija, me pareció buen momento para profundizar en su etimología, historia y significado.

Primero que nada hay que decir que Umā es otro nombre para designar a la diosa Pārvatī (pronúnciese ‘Párvati’), que es el nombre más difundido para referirse al aspecto amable de la Śakti (‘Shakti’, energía femenina) del Señor Śiva (Shiva), que es el dios encargado de la destrucción/transformación del universo. Como la energía de acción de Śiva, su Śakti puede ser muy feroz (en los aspectos de Kālī o Durgā por ejemplo), aunque también tiene un lado maternal y afable que se personifica en Pārvatī, de la cual se dice a veces que es la diosa de la procreación.

De esta forma, diferentes aspectos o episodios en la vida de Pārvatī dan pie a diferentes nombres, mostrando un vislumbre de la infinitud de la Divinidad y también, en cierta manera, la necesidad mental humana de crear símbolos y poner etiquetas.

Por ejemplo, Pārvatī puede llamarse Satī, en su aspecto de esposa virtuosa y fiel, o también puede ser simplemente Devī, la Diosa por excelencia. Para el caso que nos interesa hoy es útil saber más detalles de la historia de Pārvatī, cuyo nombre significa “la de la montaña”, pues es hija de Himavat (personificación del Himalaya) y de la sensual apsarā (ninfa celestial) Menakā (o Menā), que baja de los planetas celestiales de cuando en cuando.

En un momento dado, un poderoso y malvado asura (demonio) llamado Tarāka estaba sembrando el caos entre los seres celestiales, pues era invulnerable, o casi. Cuando se le otorgaron sus poderes Tarāka había pedido (porque la inmortalidad no se le da a nadie) que sólo pudiera ser muerto por un hijo de Śiva, lo cual era muy improbable porque un asceta como Śiva, rey de los yoguis que se pasa todo el día en meditación y practicando tapas, auto-disciplina, jamás, se supone, pondría sus sentidos al servicio del acto de procrear.

Viendo el desastre que estaba haciendo Tarāka, todos los dioses decidieron enviar a Kāmadeva, el dios del amor y el erotismo, a despertar la pasión amorosa en Śiva. El Señor Śiva habita en el monte Kailāsa (o Kailash), en la cordillera nevada del Himalaya, y justamente allí también estaba la joven y montañesa Pārvatī, que por amor atendía las necesidades básicas del huraño ermitaño aunque sin ser nada correspondida. Entonces llegó el dios Kāma y con su arte convirtió el desolado pico nevado en un jardín exuberante, saturado con la fragancia de la primavera y con el canto de los pájaros como banda sonora.

Kāmadeva tensó su arco de caña de azúcar, con la cuerda hecha de zumbonas abejas, y preparó una de sus flechas de flores apuntando directamente al corazón de Śiva. En el momento de soltar la flecha, Śiva, que no en vano es un yogui, percibió algo perturbador y abriendo su tercer ojo soltó un rayo de fuego que redujo al pobre Kāmadeva a cenizas, las mismas cenizas con las que recubre su cuerpo desnudo, demostrando su control sobre las pasiones.

Pārvatī, en lugar de decaerse, decidió que si no podía conquistar a Śiva con su hermosura y su servicio, lo haría a través de la práctica ascética. Fue en ese momento en que su madre, la apsarā Menakā, acostumbrada a los placeres sensuales y horrorizada porque su joven hija se dedicara al ascetismo exclamó: “U mā”, es decir “Oh, no [practiques austeridades]” y de allí nace el nombre Umā.

Entonces Pārvatī (o Umā) comenzó a realizar mortificaciones que podían superar las del mismo Śiva: estar de pie sobre una sola pierna por semanas; meditar día y noche; en verano sentarse rodeada de fogatas bajo el sol del mediodía; en invierno hacer ejercicios respiratorios sentada en el hielo…

Notablemente, mientras más penitencias realizaba, más hermosa se volvía la joven, e incluso más brillante, de ahí que otro de los epítetos más conocidos de Pārvatī sea Gaurī, “la dorada”. En este mismo sentido, el nombre Umā también se suele traducir como “luz” o “esplendor”, aunque no tenga una justificación etimológica clara. De hecho, algunos diccionarios dan como primera acepción de umā la palabra “lino”, en relación al tejido de esa planta, ya que podría ser que el nombre derivara de un verbo () que significa “tejer”.

Lo que es seguro es que los estudiosos están de acuerdo en que la primera mención del nombre de la diosa Umā en las Escrituras ocurre en la Kena Upaniṣad (3.12), donde se confirma que ella es la “hija de Himavat”, que posee “gran esplendor” (bahuśobhamāna) y donde, según el indólogo Alain Daniélou, “aparece como una mediadora” entre Brahman y los demás dioses.

A la vez, Daniélou, en su a veces curioso estilo poético-esotérico, agrega que el nombre Umā a menudo se interpreta como “la paz de la noche” en cuanto esposa de Śiva, a quien el autor le gusta traducir como “el señor del sueño”.

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Pero volviendo a la historia en la montaña y las austeridades de Pārvatī/Umā, ya que estoy seguro de que todos desean conocer el final, después de tantas penitencias y mortificaciones la joven logró la atención de Śiva, a quien le atrajo más la disciplina y la determinación que la belleza física.

A este punto, Śiva se acercó a Pārvatī bajo la apariencia de un asceta cualquiera y, para ponerla a prueba, cuestionó su interés por una persona (él mismo, claro) que no tenía posesiones, ni familia, ni riquezas ni saris de seda para ofrecer, a lo que la joven respondió que Śiva era el Absoluto aunque no hiciera despliegue de su poder y que si él no se casaba con ella, ella permanecería virgen para siempre.

Ante esta respuesta llena de devoción y de sabiduría, Śiva reveló su verdadera identidad y aceptó a Pārvatī como su mujer, convirtiéndose así en el paradójico (y feliz) caso de un asceta y hombre de familia a la vez, gracias, sobre todo, a la dedicación de su esposa que, en realidad, llámese Umā, Pārvatī o Gaurī no es otra que la esplendorosa Madre Universal que mueve todo el cosmos.

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¡Jaya Mā!

Los padres de Hanumān

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Hace un tiempo escribí un post sobre el Hanumān Chālīsa, un poema devocional en hindi compuesto por el santo-poeta Tulasī Dās y dedicado al dios mono Hanumān, símbolo de la devoción y el servicio a Dios. En dicha composición, de cuarenta estrofas, hay referencias a muchos aspectos de la vida de Hanumān y hoy me quiero centrar en lo referente a su ascendencia, ya que es un tema que no siempre está claro.

En el poema (y en otros textos como el gran poema épico Rāmāyana) se dice que Hanumān es el ‘hijo del dios del viento‘, a la vez que se lo presenta como hijo de un mono guerrero de nombre Kesari. Asimismo, la figura del dios Shiva está relacionada al nacimiento de Hanumān; sin olvidar a su madre, la mona Añjanā.

¿Cómo se explica esta progenie tan diversa y excesiva? Ahora veremos…

Encarnación de Shiva

Como siempre en ámbitos mitológicos hindúes no se puede dar una única historia como la definitiva, ya que es normal que haya variaciones y modificaciones según el texto o la época. De todos modos, es un hecho aceptado que el poderoso mono Hanumān es una encarnación (muchas veces se dice una ‘expansión’) del dios Shiva. Alguna vez he hablado de las encarnaciones del dios Vishnu, que son las más conocidas. En este caso, el mismo dios Shiva se encarna en mono para asistir al príncipe Rāma, una encarnación de Vishnu en la Tierra.

Shiva y Vishnu son las principales deidades de las dos sectas religiosas conocidas como Shaivismo y Vaishnavismo, las cuales a menudo han chocado para defender la preeminencia de su ‘deidad’. El hecho de que Shiva encarne como Hanumān para ayudar a Rāma puede leerse de diversas formas, según las preferencias:

1 – Hanumān (Shiva) es un sirviente de Rāma (Vishnu) y, por tanto, es inferior.

2 –Sin la ayuda de Hanumān (Shiva), Rāma (Vishnu) no hubiera podido rescatar a su amada esposa Sītā (Lakshmī) y, por tanto, en realidad depende de Shiva.

3 – Para acceder y conocer a Rāma (Vishnu) hay que pasar por el filtro de su guardián Hanumān (Shiva), con lo cual los dos están íntimamente relacionados.

Los textos sagrados de la India son lo bastante sabios y profundos como para tener una doble o triple lectura, cada una con su nivel de enseñanza. De esta forma, según sea el nivel de consciencia espiritual de la persona, así será la enseñanza que aproveche.

Hanumān, Shiva y Vishnu: uno y lo mismo.

El hijo del Viento

La historia cuenta que Shiva decidió encarnarse para ayudar al Señor Rāma en la Tierra. Antes incluso de que naciera el gran príncipe Rāma, Shiva y su esposa Pārvatī jugaban en el monte Kailāsh cuando vieron un mono y, para jugar, se transformaron en esos animales. Con esta forma y durante sus juegos concibieron un hijo. Al ver esto, Pārvatī regresó a su forma divina y se negó a dar a luz a un mono. Entonces, Shiva buscó soluciones alternativas.

Shiva llamó a Vāyu, el dios del viento, y le pidió que se haga cargo de la ‘concepción’, que aún no había nacido y estaba esperando su momento (es decir, el momento en que encarnara el Señor Rāma). Durante este tiempo, Vāyu depositó la concepción de Shiva en una hoja a la orilla del río Māndakinī, un tributario del Ganges en los Himalayas, y se dedicó a cuidarla con celo.

Imagen tradicional de Vāyu, el dios del viento, montando un antílope.

Al mismo tiempo, en Kishkinda, el reino de los monos, un gran guerrero llamado Kesari conocía a la mona Añjanā, que en realidad era una criada humana que había sido maldecida a volverse mona por Brihaspati, el maestro de los dioses, y luego enviada a propósito a conquistar a Kesari como parte de los preparativos del descenso de Vishnu como Rāma.

Kesari y Añjanā se casan pero no tienen descendencia, entonces el mono Kesari realiza grandes austeridades para tener un hijo poderoso. Durante este proceso, Vāyu, dios del viento, llega hasta la mona Añjanā con la ‘concepción’ y le dice que si la acepta su maldición será eliminada y volverá a su antigua forma. Añjanā acepta y a su debido tiempo da a luz un hijo que es a la vez expansión de Shiva, hijo de Vāyu (pues fue quien lo cuidó) y también de Kesari, que era su padre por ley, digamos.

El niño Hanumān con su padre mono, Kesari. Shiva, en el fondo, siempre presente.

Otro nombre de Hanumān es Āñjaneya, que significa ‘hijo de Añjanā’. A la vez, se dice que la potencia de Shiva era tan grande, que tan pronto nació, el niño Hanumān creció hasta tener 16 años.

El poder de Āñjaneya

Una de las principales características de Hanumān es su gran fuerza, vigor y poder. Ninguna sorpresa si uno piensa que se trata del mismo Shiva encarnado. De todos modos, hay más razones para estas cualidades en el dios mono, ya que el mismo dios Indra, rey de los dioses, le concedió la capacidad de ser invencible y, por ende, se explica que Hanumān es la personificación de los poderes de todos los dioses y diosas.

A la vez, de su padre celestial Vāyu, Hanumān heredó la velocidad y la capacidad de saltar y volar. Como si esto fuera poco, su padre mono, Kesari, lo envió de joven a estudiar con Sūrya, el dios del sol, que le enseñó las Escrituras sagradas y el conocimiento trascendental.

Hanumān vuela delante del dios sol Sūrya, su maestro espiritual.

Finalmente, una vez que el demonio Ravana fue vencido por Rāma, tal como se explica en el Rāmāyana, el príncipe le otorgó a Hanumān, por su indispensable ayuda, el don de la inmortalidad. En realidad, se dice que le dio la ‘inmortalidad condicional’, ya que le prometió que viviría durante todo el tiempo que la historia de sus hazañas para rescatar a la princesa Sītā siguiera siendo contada en el mundo.

Hace más de 3.000 años que sus proezas son relatadas de forma oral, teatral, escrita, poética y espiritual por millones de personas, sin miras de que la tendencia vaya a decaer. Visto lo cual, se puede decir que Hanumān seguirá siendo inmortal por mucho tiempo. Sus varios padres, sin duda, pueden estar muy orgullosos.

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La Trimūrti: Brahmā, Vishnu y Shiva

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Hace unos días, una lectora del blog dejó un comentario pidiéndome que haga un “cuadro conceptual de dioses” para entender mejor los parentescos y relaciones Divinas en la mitología hindú. Entiendo el pedido porque es sabido que el panteón hindú es muy amplio, a lo que se suma que muchas veces se hace referencia a una misma deidad pero con diferentes nombres, lo cual agrega dificultad a los neófitos. Aunque yo no sea un experto sí tengo un conocimiento básico del tema y pensé que sería buena idea seguir el consejo de la lectora.

Puede que yo sepa de la India y tenga cierto dominio de la palabra escrita, pero lo que no tengo es aptitudes visuales, en el sentido del diseño y la estética. Fue por ello que a la hora de hacer un esquema de las deidades me salían párrafos en lugar de cuadros y flechas. Ante mi incapacidad como diseñador pensé que lo ideal sería una imagen simple y atractiva, sin demasiadas explicaciones. Fue así que desempolvé mis saberes de Photoshop y luchando contra mi cuadratura mental visual me dispuse a crear una imagen que explicara lo más básico del panteón hindú.

Obviamente, el esquema sería larguísimo y la imagen no entraría en la pantalla si pusiera solamente las deidades principales y sus funciones. Por tanto, decidí exponer únicamente la Trimūrti y sus consortes. La Trimūrti es la tríada esencial del hinduismo y su traducción podría ser ‘las tres formas’. El hinduismo considera que el Ser Supremo (llamado Brahman) es Absoluto, no manifestado, imposible de describir, sin nombre ni forma y, por tanto, no puede ser representado. Por ello, la Trimūrti es la representación masculina de las tres cualidades fundamentales que rigen el Universo.

Asimismo, cada uno de estas representaciones masculinas tiene su contraparte femenina en la forma de diosas (sus consortes) como personificaciones de la Madre Divina o la energía femenina universal (shakti), tan valorada en la filosofía de la India. Sobre todo la shakti de Durgā (destrucción/regeneración) posee diversas manifestaciones, aunque en el esquema sólo he puesto una de ellas, la madre de Ganesha, la por todos querida deidad con cabeza de elefante.

En lugar de explayarme demasiado, mi plan para hoy fue crear una imagen y dejar que lo visual prime sobre lo escrito. Ya dije que no es mi fuerte. De hecho, me tomó bastante trabajo hacer el esquema, que aquí presento (hacer click en la imagen para ampliar):

Esquema de la Trimūrti

Supongo que la semana que viene volveré a la escritura, mi procedimiento tradicional; a menos, claro, que reciba una avalancha de comentarios pidiendo mis servicios como diseñador.

La diosa de la maternidad

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Hace unas dos semanas recibí el correo electrónico (que no un comentario) de una persona que supongo es lectora del blog, pues me hacía unas preguntas sobre diosas del Hinduismo. No es la primera vez que recibo este tipo de mensajes, tanto de personas conocidas como desconocidas, y la verdad es que me halaga que haya personas que confíen en mi criterio para dar respuestas sobre cuestiones referidas al Hinduismo. Dicho esto, también me veo impelido a aclarar que mis respuestas, sobre todo cuando no se trata de experiencias personales directas, son susceptibles de relativizaciones, según la fuente de donde se obtenga esa información (todo lo cual trato de aclarar al gentil lector de turno).

Yo tengo mis fuentes, pero está claro que puede haber otras fuentes fiables y verídicas. De hecho, en ámbitos tan sutiles como filosofía, religión y espiritualidad es normal que haya diferentes criterios. Además, cuando se habla de una cultura que tiene miles de años de antigüedad, de la cual es imposible conocer sus albores, los datos muchas veces difieren incluso en cuestiones más “científicas” como historia y mitología. Por ende, cuando doy una respuesta a algún lector trato que ésta esté, sobre todo, fundamentada en mi conocimiento personal, es decir, sin necesidad de meterme a Google a buscar ideas certeras.

Es por ello que mis respuestas no siempre satisfacen la curiosidad del lector, ni la mía. Justamente hace dos semanas la lectora citada me preguntaba, entre otras cosas, sobre “la diosa de la maternidad en el Hinduismo”. Yo le di la respuesta que podía, pero no quedé totalmente satisfecho y decidió consultar fuentes más conocedoras, más académicas en este caso. A continuación, desarrollo las respuestas que le di a la lectora, ahora mejoradas por mis propias correcciones y, sobre todo, por la información aportada por dichas fuentes.

Pregunta

Antes que nada, es mejor que copié la pregunta que me hizo la lectora, cuyo núcleo es:

Me gustaría saber quién es la Diosa de la maternidad? y qué rol juega Kali en el hinduismo, porque me tiene confusa, en algunos textos leí que la consideran como una Diosa Madre y en otras partes he leído que la consideran un ser oscuro. La verdad que no logro entender. Tampoco comprendo muy bien la relación entre Kali, Parvati, Uma y Laksmi. Son todas diosas de la maternidad? Son la misma?…Discúlpame pero no logro disociar bien quién es quién”

Mi respuesta empezó con algo que repito seguido:

En el Hinduismo hay una conocida trinidad fundamental (trimurti) que simboliza el proceso del universo fenoménico: Brahma (el creador), Vishnu (el preservador) y Shiva (el destructor/renovador). Es bueno considerar que el Hinduismo es monoteísta, y que incluso esta trinidad principal está subordinada a ese Dios único que se conoce como Brahman (no confundir con Brahma). La trinidad, entonces, representa el carácter cíclico del universo y además, como siempre en el Hinduismo, es dual; es decir, tiene una contraparte, en este caso femenina.
Se dice que el poder masculino (en este caso Brahma/Vishnu/Shiva) es absoluto e inmanifestado, y necesita de la energía femenina para entrar en acción. Por tanto, no hay dios sin diosa, rey sin reina, día sin noche. La
relación de Brahma/Vishnu/Shiva con la energía femenina (Shakti) es de consortes y sería la siguiente:

Brahma – Saraswati
Vishnu – Lakshmi
Shiva – Durga/Kali/Parvati/Uma



Por un lado, y esto no fue en mi respuesta original, en toda mitología es normal que cada deidad esté asociada a un rol específico. Sobre todo si tenemos en cuenta los panteones grecorromanos, probablemente los más asimilados por la cultura occidental. A este respecto, y sin ser un experto, es relativamente simple determinar que para la mitología griega las funciones de maternidad (o fertilidad) las cumplían Hera y Deméter (Juno y Ceres serían sus correspondientes romanas).

Por supuesto, también en el Hinduismo cada deidad tiene su rol. Sin embargo, no es tan fácil decir quién se encarga de la maternidad.

Roles

Siguiendo con mi respuesta y con el rol de cada una de las energías femeninas principales:

Saraswati se considera la diosa de la Palabra, del Conocimiento y del Arte. Siempre va vestida de blanco y se considera que es virgen. Por ende, ella no podría ser la diosa de la maternidad.

Lakshmi (o Laksmi) es la diosa de la Prosperidad, la Fortuna y la Belleza. Por sentido común, y teniendo en cuenta estos atributos, también relacionados con el concepto de abundancia, la diosa de la maternidad debería ser ella. Sin embargo, como bien dice la pregunta de la lectora, “en algunos textos consideran a Kali como una Diosa Madre”.

En general, los aspectos femeninos de la Divinidad reciben variados nombres, pero es en su aspecto destructor/renovador donde hay más variedad. Es decir, como la consorte de Shiva. Es el aspecto fiero, el aspecto de la Madre Divina que destruye el ego del devoto y también el aspecto más austero.
Kali, entonces, es un aspecto de esta energía femenina que también se representa como Durga o Parvati (a la vez que Uma es otro nombre de Parvati). Kali, literalmente quiere decir “oscura”, por tanto es normal que se la considere como tal. De hecho, su color en las imágenes es negro o azul oscuro. Asimismo, en las imágenes aparece con la lengua afuera, con una guirnalda de calaveras y quizás cortando la cabeza de alguien, que se puede decir es el devoto a quien la madre Kali le está arrancando el ego, principal obstáculo para la evolución espiritual.

A este respecto, y haciendo referencia a Kali como un “ser oscuro”, como ya he contado alguna vez, la película “Indiana Jones y el templo de la perdición (o templo maldito)” retrata a Kali como una diosa sangrienta, y efectivamente ha habido sectas hindúes que adoraban a Kali desde el aspecto meramente destructivo, incluso con sacrificios de animales como gallinas. De todos modos, para otras personas como el gran santo Sri Ramakrishna Paramahansa, Kali era la Madre Divina misma, es decir, la consideraba su propia madre.

Entonces, como decía, por sentido común la diosa de la maternidad sería aquella relacionada con la abundancia, la consorte de la deidad que representa la preservación, es decir Lakshmi. Aunque, también vemos que según la visión de cada santo o cada devoto, la Madre puede ser encontrada en otros aspectos femeninos de la Divinidad. Esto se debe, en parte, a que mitológica, filosófica y espiritualmente, el aspecto femenino es muy importante en el Hinduismo; es decir, igual de importante que el masculino.

A su vez, el aspecto destructor de la energía femenina también es considerado como madre, como es por ejemplo el caso de Parvati (o Gauri) considerada la madre del Señor Ganesha. A su vez, habiendo tantas deidades en el Hinduismo, casi se podría decir que hay para todos los gustos, y entonces según la personalidad y la preferencia del devoto, la madre puede ser vista de muchas formas.

Fuente

Todo lo anterior fue más o menos dicho por mí en la respuesta por e-mail. Al buscar confirmación en las fuentes, me gustó saber que no había dicho nada fuera de lugar, y que mis presuposiciones de “sentido común” eran justas. Asimismo, recibí nueva información que abrió otras perspectivas en cuanto a la maternidad. Resulta que el Hinduismo considera que cada ser humano tiene siete madres. Y entre ellas se encuentran dos que nos interesan particularmente.

Por un lado, la vaca. Así es, la sagrada vaca es considerada la madre vaca (gomata) porque ofrece su leche como lo hacen las madres naturales, y también porque se la considera fundamental en el desarrollo de la civilización india, además de que de su leche se producen elementos considerados muy valiosos en la India (yogurt, ghi – manteca clarificada -, excremento de vaca y orina de vaca).

Por otro lado, la tierra, que en el Hinduismo se conoce como Bhumi. No hace falta explicar demasiado porqué la Madre Tierra es considerada, quizás, la madre principal del ser humano. Evidentemente, no es la india la única civilización que tiene esta creencia. Investigando un poco, se llega a la conclusión de que Bhumi se considera un aspecto de Laksmi, por lo que mi tesis inicial sigue teniendo sentido.

De todos modos, teniendo en cuenta la fuerte tradición de adoración a la Madre Kali/Durga, no me interesa ser categórico con mi respuesta. Como dije antes, me gusta la idea de que sea el devoto el que elija su forma predilecta de la Madre, o en todo caso, que pueda ver en todos los aspectos del mundo (desde la tierra y la vaca, hasta la naturaleza y la muerte) el reflejo de una madre compasiva que, como me decía mi fuente, nos da su amor incluso cuando no hacemos nada por merecerlo.

Imágenes:

elblogdeaitana.blogspot.com

javiercoria.blogspot.com

nicolala.com

Kanyakumari, la huella del sur

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En esta nueva visita a la India, además del ineludible Sri Premananda Ashram, había un lugar que me atraía especialmente desde hacía años, y que me había propuesto conocer de una buena vez.

Supongo que la razón principal por la que este sitio estaba todavía en la lista de asuntos pendientes, después de tantos años, es que queda un poco a contramano. No es que esté tan lejos de la ciudad de Trichy (370 Km. aproximadamente), mi cuartel general, sino que no queda de camino a ningún otro lado, y para llegar allí hace falta tener un interés muy específico.

Me refiero al pueblo de Kanyakumari, el punto más sur del subcontinente indio.

Sur

Después de casi ocho horas de tren nocturno, llegamos (con Nuria) a las 7am, a este pequeño pueblo costero de veinte mil habitantes. La particularidad de Kanyakumari es, como dije antes, su ubicación; ya que es el punto geográfico más al sur de la India (iba a escribir “austral” pero teniendo en cuenta que todavía estamos en el hemisferio norte, no sé si aplica).

Pero además de estar en el extremo del país, hay otro detalle no menor; Kanyakumari es el punto donde se unen tres mares, a saber: el Mar Arábigo (desde el Oeste), la Bahía de Bengala (desde el Este) y el Océano Indico (al Sur). Esta circunstancia, entre otras, ha hecho de esta localidad un sitio de peregrinaje, principalmente para los indios, que siempre tan amantes a bañarse en aguas sagradas, encuentran su apogeo en esta triple ablución.

De todos modos, las costas de Kanyakumari no son aptas para bañistas y nadadores, debido a la bravura de sus aguas y a la constante presencia de rocas, al menos en la zona céntrica. No obstante estos obstáculos, los visitantes se las ingenian para darse algún tipo de chapuzón en la confluencia sagrada, algunos como gesto piadoso, otros más por diversión.

Veraneantes

Justamente la diversión o el entretenimiento son también grandes motivos de atracción para los visitantes de este pueblo. A este respecto, no me atrevo a llamarlos “veraneantes”, ya que la temporada alta cubre los meses de diciembre a febrero, lo cual es el invierno boreal. Tales son las altas temperaturas de esta zona, la más cercana de la India a la línea del Ecuador, que la mayoría de los turistas deciden venir en invierno, convirtiéndose así más bien en “invernantes”.

En nuestro caso particular, llegamos justo cuando se está acabando la temporada alta; sin embargo, nos costó bastante encontrar un alojamiento. Al menos en cinco establecimientos la respuesta fue “No room, sir”, y finalmente terminamos en un hotel de apariencia pudiente, que por dentro confirmaba aquel dicho de “No todo lo que reluce es oro”, y cuyo precio no era desorbitado.

Una vez duchados e instalados, salimos a recorrer el breve pero caluroso pueblo (las temperaturas nunca bajan de veinte grados). Al ser un sitio de turismo eminentemente nacional, los precios son acordes, y por ende, para los turistas occidentales son precios muy bajos.

Más allá de la sacralidad de este punto geográfico, también hay lugar para el aspecto comercial, como en todo destino turístico. Y siendo éste un puesto costero, las ofertas son las mismas que en cualquier otro concurrido lugar de playa del mundo, aunque con el inconfundible “toque indio”.

Para empezar, la playa nunca está del todo limpia, y por supuesto, las personas se pasean a orillas del mar vestidos de pies a cabeza, en su mayoría. Asimismo, hay innumerables puestos de “souvenirs”, la mayoría usando como base las caracolas marinas. De esta forma, uno puede encontrar una caracola con su nombre grabado, cortinas de caracolas, espejos “kitsch” con marcos hechos con pequeñas caracolas, llamadores de ángeles de caracolas…

Para mi sorpresa, una guía sobre el pueblo se refiere a estos elementos, como “artículos memorables para su viaje”. De eso no hay duda, aunque de todos modos, no estoy seguro de si mi calidad de recuerdo será la que pretendían los redactores de dicha guía.

Orilla

Otro de los atractivos principales de Kanyakumari son las llamadas “Twin Rocks” (rocas gemelas), que vienen a ser dos islotes de piedra, ubicados a unos doscientos metros de la orilla más céntrica.

En el islote más pequeño, se encuentra la estatua de Thiruvalluvar, un famoso santo y poeta tamil de la antigüedad. La estatua fue terminada en el año 2000 y mide cuarenta metros de alto.

En el islote mayor, también conocido como “La Roca de Vivekananda”, hay dos recintos: el “Memorial de Vivekananda” (del cual hablaré en detalle en un futuro post) y el “Sri Pada Mandapam”. La construcción de estas dos salas data de los años 70’ y es la postal más icónica del pueblo.

Justamente desde la orilla principal, punto de encuentro masivo, se tiene una vista perfecta de los dos monumentos. Una vez que cayó la tarde, y por fin algo de frescor aliviaba nuestros cuerpos occidentales, nos dirigimos a dicho epicentro, en busca de la perspectiva de las postales.

Tanto los turistas como los vendedores estaban en su apogeo; las gafas de sol “Armani” a cien rupias, los cocos frescos, los puestos de castañas de cajú (anacardos), las chucherías de luces de colores…

Sin olvidar el alquiler de caballos para los niños; no se trata de ponys, sino de caballos normales, a los que suben a los infantes, para dar un paseo al trote, llevados por el encargado que, corriendo junto a ellos, los guía (sin embargo, parece que es el caballo el que tira al guía y no al revés). El detalle peculiar es que casi no hay espacio para esta carrera equina, por lo que el encargado debe guiar al animal entre medio de los bancos donde las personas están sentadas, los paseantes charlando y los niños jugando; dándole así una nota de peligro a la escena, inherente a cualquier episodio de tránsito indio.

En medio de este gentío, con el soplido de las caracolas como fondo, cual permanente bocina de un tren, nos sentamos. A la vista, las dos rocas con sus monumentos iluminados y el sonido de los tres mares chocando contra las piedras de la costa, fundiéndose. A la vez, el ruido de las conversaciones y el incombustible zumbido de la máquina de caña de azúcar. Lo sagrado y lo profano.

Mientras tanto, ahí sentado, yo recordaba la visita de la tarde al islote mayor, donde vimos la huella de la diosa que dio nombre al pueblo.

Tapas

“Ir de tapas”, en España, significa reunirse en un local para beber y degustar pequeñas raciones de comidas variadas, como patatas bravas, pimientos del padrón o pulpo a la gallega…

En sánscrito, en cambio, tapas (o tapasya) quiere decir “penitencia o austeridades”. Esto es lo que hace una persona, generalmente un asceta, cuando desea ir más allá de las restricciones del cuerpo, en busca de algo superior. Es una forma tradicional yóguica de auto-control y uno de los senderos a la iluminación.

Tapas, se dice que es lo que hizo la diosa Parvati, en su aspecto de la joven Kumari, para conseguir la mano del Señor Shiva. La leyenda cuenta que sobre la roca del islote mayor, la joven Kumari (que quiere decir “joven” en tamil) permaneció parada sobre un solo pie, a la espera de ser correspondida en matrimonio por Shiva. La postura que adoptó Kumari sería similar a la asana conocida familiarmente como el “árbol” en hatha yoga.

Sin embargo, sus austeridades no fueron correspondidas, y por ende, la joven decidió mantenerse virgen para siempre, que es lo que quiere decir Kanya en tamil.

De allí se deriva el nombre del pueblo, Kanyakumari, y también la versión inglesa del nombre (Cabo Comorin), que se supone es una deformación del nombre Kumari original.

Huella

De esta forma, sobre la roca en donde la joven realizó su penitencia, se edificó el “Sri Pada Mandapam” en su nombre. Pero no sólo como un mero gesto de homenaje, sino porque allí mismo se encontró, gravada en la roca, la huella de un pie que se dice es el de la joven virgen. Dicha huella es el único contenido del pequeño recinto sobre la roca, en el que la pisada, no obstante estar protegida por un cristal, se puede apreciar muy claramente. El hecho de que los supuestos dedos de la huella estén decorados con pasta de sándalo y polvo de kumkum, como es habitual en la religión hindú, hace que efectivamente la traza se destaque con claridad.

Si bien Nuria dice que puede que sea sólo una leyenda, el recinto me parece que tiene una energía fuerte para ser un mero pie de piedra. Con probabilidad, el fluir permanente de personas por ese sitio, muchas de ellas creyentes, haya generado una gran carga energética y eso sea lo que se siente.

De todos modos, y ahora en acuerdo con Nuria, no puedo decir que la energía sentida haya sido puramente positiva, sino que se trataba más bien de una energía intensa y condensada. Que el recinto sea pequeño y más bien oscuro, sumado a la huella tan vívidamente marcada, puede aportar una cuota de impacto, no necesariamente positiva para todos.

De todas maneras, es bueno aclarar que la impresión general del “Sri Pada Mandapam” me pareció favorable y en mi gusto por las leyendas, no dudo que la huella sea cierta.

Con estas vivencias en la mochila (y muchas otras que serán relatadas en su momento), nos despedimos de Kanyakumari, rumbo al estado de Kerala. Desde allí, la próxima crónica.

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