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La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

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Śavāsana, la postura más difícil de dominar

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En esta época en que reina la imagen como forma de comunicación, y en que cada día vemos a alguien haciendo una sofisticada postura de Haṭha Yoga en Instagram, el rol de śavāsana (pronúnciese ‘shavásana’), está subvalorado.

Śavāsana es el nombre de la postura de relajación con que se suele acabar la práctica más física de una sesión de yoga. Según el estilo de yoga que uno siga, es posible que también se utilice śavāsana como postura de descanso y recuperación entre otras posturas más exigentes físicamente. De hecho, es esta cualidad de pose “fácil” y quieta la que hace que śavāsana no sea considerada importante, ya que vivimos tiempos en que el yoga es sinónimo de sudar y saltar y, acorde a la sociedad “productiva” actual, nadie tiene tiempo de parar 10’ a “hacer nada”.

Sin embargo, y a pesar de ser un āsana aparentemente fácil, los grandes yoguis están de acuerdo en que se trata de una postura difícil de dominar, incluso, dicen algunos, la más difícil. La palabra sánscrita śava quiere decir “cadáver” y, como indica su nombre, la postura consiste en yacer estirado en el suelo, boca arriba, sin moverse, simulando estar como muerto (de ahí que un nombre alternativo de la pose sea mṛtāsana, ya que mṛta – ‘mrita’ – significa “muerto”). Parece fácil, ¿no es cierto? Ya volveremos a ello, mientras tanto veamos detalles contextuales.

Como postura de yoga, śavāsana aparece por primera vez citada en la Haṭha Yoga Pradīpikā (I.32), el famoso manual de Haṭha Yoga del siglo XV, donde se dice que “elimina la fatiga y hace que la mente se detenga”.

De todos modos, según explica el académico inglés Jason Birch, “la primera referencia que aparece en un texto de Haṭha Yoga sobre yacer en el suelo como un cadáver hasta que se disuelva la mente está en el Dattātreyayogaśāstra del siglo XII”. En ese texto, más que una postura se presenta a śavāsana (aunque sin ese nombre) como una técnica de meditación para “disolver” (laya) la mente – en el sentido de hacerla desaparecer – mediante su absorción en algún objeto/idea/sonido.

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A este respecto, una de las variantes para practicar śavāsana es hacerlo relajando conscientemente cada parte del cuerpo, como forma de ayudarlo a soltar las tensiones acumuladas. A la vez, esta relajación consciente es útil para no dormirse durante la postura final, algo que no es ideal pero que ocurre con frecuencia, sobre todo si la práctica ha sido intensa o si el practicante está mal descansado. Es verdad que para relajarse completamente en śavāsana el primer paso es, muchas veces, ser capaz de dormirse, lo cual implica cierto aquietamiento mental; pero el punto buscado es una relajación total sin adormecerse.

En relación a esto, ahora está muy de moda la práctica llamada yoga nidrā, o “sueño yóguico”, que no es otra cosa que un largo śavāsana acompañado de técnicas de concentración e interiorización, que si bien es algo antiguo, como vimos, se hizo especialmente popular en Occidente con el libro Yoga Nidra (1976) de Swami Satyananda Saraswati de Bihar y cada día se difunde más, con sus respectivas variantes. En cualquier caso, cuando se habla de “sueño yóguico” no se trata de dormirse sino de un “sueño psíquico” en que la mente abandona el cuerpo de forma temporal.

Este mismo resultado, explica Sri Dharma Mittra, puede lograrse con un profundo śavāsana de apenas 10’, que es tan restaurativo como “una noche completa de descanso”. La palabra clave aquí es “profundo”, lo cual implica “ralentizar la respiración y los pensamientos al punto de casi detenerlos”. Por tanto, y como un detalle no menor, en śavāsana uno no debería moverse para nada, evitando rascarse la nariz en plena relajación u otros movimientos similares que hacemos automáticamente.

“Si el cuerpo descansa completamente”, dice Dharmaji, “existe la oportunidad de que puedas perder la conciencia del cuerpo y te muevas más allá del cuerpo y de la mente”, para así reconocer de forma gradual que eres mucho más que cuerpo o mente. El objetivo básico de śavāsana es relajar y restaurar el cuerpo, por supuesto, pero hay un segundo y superior propósito acorde con la búsqueda eterna del yoga: aquietar la mente para ver que hay más allá de esa constante marea de pensamientos y emociones que nos ocupan todo el tiempo.

Como resumen, Dharma Mittra siempre dice que “la relajación es el mejor antídoto para las impurezas” y, no casualmente, B.K.S. Iyengar en su clásico libro Luz sobre el yoga dice asimismo que śavāsana es el “mejor antídoto para las tensiones de la civilización moderna”, que es lo mismo.

Con frecuencia, los nombres tradicionales de las posturas de Haṭha Yoga (árbol, tortuga, montaña, cobra…) evocan las cualidades que ese objeto/animal debe generar en el practicante. En el caso de śavāsana lo que se nos propone, como sabemos, es que imitemos a un muerto. En primera instancia parece que se trata simplemente de yacer inmóviles un rato en el suelo (lo cual no es poco), pero si la postura se llama del “cadáver” (y no del “dormido” o del “palo”), es porque implica también un estado mental de “muerte”, tanto en el sentido de soltar todo lo que nos mantiene en el plano físico-mental, como en el sentido más profundo de simular abandonar este mundo.

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El yogui Jerome Burdi haciendo śavāsana en un contexto muy adecuado (de su cuenta de Instagram om_jerome)

Con su particular humor, Dharma Mittra lo dice claro:

“No te preocupes por las posturas, ¡cuando seas viejo la única pose que te quedará será śavāsana!”.

Obviamente, con el paso del tiempo la máquina corporal se desgasta y solo nos quedará acostarnos, pero Dharma también está diciendo que, al final, todos moriremos. Y lo que hay que entender es que, para morir “relajados”, hay que soltar todo y aquietar la mente. Desde esta perspectiva, śavāsana es, en el fondo, una preparación para el momento de nuestra muerte.

Sobre esto, en la tradición hindú se explica que la muerte es el momento más importante de la vida; es decir, es el evento para el que uno se prepara toda la vida, ya que es el momento que determina la próxima encarnación de cada ser o incluso la liberación de la siempre girante rueda de muerte y renacimiento. Esto es así porque se dice que en el instante de la muerte, cada ser revela su verdadero estado de consciencia, el cual sencillamente está basado en el tipo de vida que haya llevado y el tipo de pensamientos que haya alimentado durante la misma.

A este respecto, Swami Satyānanda Saraswatī, el respetado renunciante español, explica que “la muerte no es un buen momento, sino que es el gran momento”, ya que “la muerte es el momento de la verdad, donde no puedes camuflar nada y surgen tus tendencias reales” y citando las palabras de su propio maestro, Swami Muktananda, nos da una importante enseñanza:

“Un yogui se conoce no por cómo vive, sino por cómo muere”.

Es con esto en mente que su conclusión es muy clara: “Si pensáramos en la muerte pensaríamos en cómo vivimos y entonces utilizaríamos la vida para algo más…”.

En la misma línea, Swami Premananda explica: “a muchas personas no les gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. No obstante, es tan sólo contemplando la naturaleza de la vida y la muerte, de dónde vinimos, por qué nacimos y el hecho que todos vamos a morir algún día, que podremos comprender la Verdad en esta vida“.

“Estoy aquí únicamente por śavāsana”.

Pero, ¿qué es esa Verdad? Quizás nadie puede explicarlo mejor que el gran santo indio Ramana Maharshi (1879-1950) que la experimentó directamente a través de fingir su propia muerte, y entonces su vida cambió para siempre. En sus propias y famosas palabras:

“Estaba sentado en una habitación en el primer piso de la casa de mi tío. En raras ocasiones me sentía enfermo y en ese día no había nada malo en mi salud, pero un repentino e inmenso miedo a la muerte se apoderó de mí. No había nada en mi estado de salud que lo justificara; y no traté de justificarlo ni de averiguar si había alguna razón para el miedo. Solo sentí ‘voy a morir’, y comencé a pensar qué hacer con ello. No se me ocurrió consultarlo ni a un médico ni a mis mayores ni a mis amigos. Sentí que debía resolver el problema yo mismo, en ese momento.

La conmoción del miedo a la muerte dirigió mi mente hacia el interior y mentalmente me dije a mí mismo, sin ni siquiera pronunciar una palabra: ‘Ahora ha llegado la muerte; ¿Qué significa esto? ¿Qué es lo que se está muriendo? Este cuerpo se muere. Y en el acto dramaticé el acontecimiento de la muerte. Me acosté con los miembros estirados y rígidos como si se hubiera producido el rigor mortis, y para darle mayor realidad a la indagación hice que mi cuerpo se asemejase a un cadáver. Contuve la respiración y mantuve mis labios bien cerrados para que no pudiera escaparse ningún sonido, de forma que ni la palabra ‘yo’ ni ninguna otra pudieran ser pronunciadas.

‘Bien’ me dije a mí mismo, ‘este cuerpo está muerto’. Será llevado al campo de cremación y allí será quemado y reducido a cenizas. Pero con la muerte de este cuerpo, ¿muero yo también? ¿Soy ‘yo’ el cuerpo? Está silente e inerte pero siento toda la fuerza de mi personalidad e incluso la voz del ‘yo’ dentro de mí, separado del cuerpo. Así que Yo soy el Espíritu que trasciende el cuerpo. El cuerpo muere pero el Espíritu que lo trasciende no puede ser tocado por la muerte. Esto quiere decir que Yo soy el Espíritu inmortal’.

No se trató de un pensamiento ligero, sino que se proyectó a través de mí tan vívidamente como la vida real que yo percibía directamente, casi sin pensarlo. El ‘Yo’ era algo muy real, la única cosa real en mi estado presente, y toda la actividad consciente conectada con mi cuerpo se centró en ese ‘Yo’. A partir de ese momento, el ‘Yo’ o el Sí mismo centraron la atención en sí mismo con una poderosa fascinación. El temor a la muerte se desvaneció de una vez por todas. La absorción en el Sí mismo continuó desde entonces ininterrumpidamente”.

El gran sabio Ramana Maharshi

Evidentemente, después de una intensa práctica física uno se tumba en śavāsana con satisfacción, pero si además uno tiene la perspectiva de una experiencia gloriosa como la de Ramana, uno se sitúa en su rol de cadáver con mayor anhelo.

Estarse quieto, entregando el peso del cuerpo, sin controlar la respiración ni dejándose arrastrar por los pensamientos, y además sin dormirse, es sin duda un gran logro. Adentrarse en el profundo silencio de nuestro ser, soltando todo apego y toda expectativa, dejando morir al pequeño ‘yo’ en busca del verdadero e inamovible auto-conocimiento, eso ya es pura valentía.

Después de todo esto, ¿te sigue pareciendo śavāsana una postura fácil, que sólo se hace para descansar?

El doble simbolismo del tambor de Śiva

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Cuando se presenta de forma simplificada el panteón hindú se suele decir que hay una trinidad fundamental, la Trimūrti, compuesta por Brahmā, el creador; Viṣṇu (Vishnu), el preservador; y Śiva (Shiva), el destructor. De esta tríada de dioses, el Señor Śiva es el más complejo de entender porque tiene varias contradicciones aparentes, manifestaciones muy diversas y porque el simple hecho de estar a cargo de la destrucción y la regeneración no parecen ser tareas compatibles a primera vista.

De hecho, cualquier hijo de vecino que se acerca a Śiva, y que no conoce el contexto hindú, puede caer fácilmente en el malentendido, ya que el rol de “destructor” nos suena fatal y, de forma natural, uno siente un cierto resquemor ante un ser que aniquila el universo, entre otras cosas.

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Esta ambivalencia en su naturaleza se hace ya evidente en el mismo significado de su nombre: Śiva quiere decir “el benéfico”, lo cual no deja de ser curioso (o paradójico podría argüir alguien) para un dios que se encarga de la destrucción. Esta misma ambigüedad es la que lo convierte en un outsider, ya que como explica la tradición, Śiva no puede ser etiquetado con facilidad: es un asceta célibe ejemplar pero también está casado y se lo presenta como marido y jefe de familia; tiene armas pero no es un guerrero; no encaja en ninguna de las castas originales; “tiene muchos años así que no es un niño, pero se le proclama como sin edad ni principio. Y sin embargo no es viejo, pues no tiene vejez ni muerte”.

En esta misma línea, no es de extrañar que los emblemas del Señor Śiva puedan tener un doble significado, a veces opuesto, al menos en apariencia. Por emblemas entendemos los símbolos que lo representan, de los cuales el más conocido es el tridente (triśūla), aunque posee muchos otros que son destacados, a saber: la luna creciente en su cabeza; el río Gangā manando de sus cabellos; una cobra haciendo las veces de collar; una piel de tigre como única vestimenta… De todos estos, el emblema que hoy nos interesa es el tambor, junto con su doble simbolismo.

El tambor de Śiva es un instrumento pequeño, con un parche en cada extremo, y que se suele sonar con una mano ya que por lo general tiene dos cuerdas con pequeñas bolas para percutir en lo parches cuando el tambor es movido, agarrado por el medio. Este instrumento se conoce como ḍamaru, una palabra sánscrita que simplemente quiere decir “tamborcillo” y que etimológicamente parece estar relacionada, según el diccionario Monier-Williams, con el verbo √ḍam que significa “sonar”, aunque hay indicios de que el origen del término podría ser onomatopéyico, ya que se dice que ḍam, ḍam, ḍam (o ḍām) es el sonido que hace el tambor cuando es batido.

La particular forma del ḍamaru (“bicónico”; “de cintura delgada”; “la intersección de dos triángulos opuestos”…) se compara con frecuencia a la “de un reloj de arena”, no solo por su similitud formal sino porque es bastante aceptado que el tambor representa al tiempo; “es símbolo del ritmo de las estaciones que pasan, de los ciclos celestiales y de las eras cósmicas” como dicen los profesores Daniel Smith & Narsimhachary.

A este respecto, y como explica el indólogo Alain Daniélou, “el tiempo relativo mide el crecimiento, la decadencia y toda existencia. El poder elusivo que todo lo destruye es la medida de la existencia. Así pues, el tiempo es el poder de Śiva, el poder de la muerte, el destructor universal”. De hecho, en su rol destructor Śiva se identifica con el tiempo (kāla en sánscrito) con el epíteto de Mahākāla, “el gran tiempo”; es decir el tiempo trascendente y absoluto, más allá del tiempo relativo. Por tanto, él es también el “destructor del tiempo” y, como acota Álvaro Enterría, por ello se le conoce como Mṛtyuṃjaya (Mrityumjaya), el “vencedor de la muerte”.

En su aspecto de mahāyogin, de asceta máximo, el Señor Śiva representa la quietud, la calmada y total oscuridad original que queda después de la disolución del universo. La misma quietud mental que queda en el yogui cuando se disuelven todos los pensamientos; el regreso a la propia esencia a través de la introspección. Y visto así, como el eremita que retira su atención del mundo y la redirige hacia su interior, sin participar en la manifestación del mundo, Śiva es “destrucción”.

Volviendo a la etimología por un momento, la palabra ḍamaru también parece estar emparentada con ḍamara que significa “ruido o tumulto”. En este sentido, el sonar del tambor podría relacionarse con la destrucción, ya que uno se puede imaginar con facilidad un sonido atronador como preludio al cataclismo universal, similar al potente batir de tambores previo a una gran guerra. Por tanto, expuesto así, ḍamaru como sinónimo del paso del tiempo o la destrucción suena bastante coherente, ¿verdad?

Quizás sería más cómodo dejarlo así y darle un sentido unívoco al ḍamaru (de hecho hay escuelas y visiones hinduistas que lo interpretan así), pero es aquí cuando recordamos el carácter complejo y ambivalente del Señor Śiva y nos enteramos de que para la mayoría de sus devotos el tambor es símbolo de creación; es decir, todo lo contrario – en apariencia – a la tan mentada destrucción.

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Además de su representación como mahāyogin, el dios Śiva posee dos aspectos principales (en su naturaleza “con atributos”): por un lado como marido y padre de familia (esposo de la diosa Pārvatī o Umā y padre de Gaṇeśa y Skanda; a veces llamado Śiva Somāskanda); y por otro como Naṭarāja, el “rey de la danza”. En estos dos casos el ḍamaru cobra un simbolismo más amplio al de elemento de destrucción (aunque ello no quiere decir que la visión de Śiva Mahāyogin no pueda incluir también este simbolismo).

Si el asceta es símbolo de “negación” porque lleva sus sentidos hacia adentro y retiene su semilla debido a su carácter célibe, el hombre de familia es lo opuesto: procreador de hijos, motor de la progenie, contribuidor activo de la creación de este mundo. La unión conyugal de Śiva y Pārvatī no representan solo un aspecto creador de Śiva, sino también los dos principios complementarios e inseparables del universo: la pura consciencia subyacente (Śiva, masculino) y la energía dinámica en manifestación (Śakti, femenina).

Estos dos principios, como dice Daniélou, “se representan gráficamente mediante un triángulo con la punta hacia arriba y otro con la punta hacia abajo. Cuando ambos triángulos se intersecan… obtenemos la representación de la manifestación. Cuando se separan, el Universo se disuelve. El momento en que solo se tocan sus puntas es el punto-límite (bindu) a partir del cual comienza la manifestación. Esto se representa mediante el ḍamaru, del que surgieron todos los ritmos de la manifestación”.

En cuanto a Naṭarāja, Śiva en su aspecto más dinámico, la simbología es interminable y profundamente hermosa. Los devotos de Naṭarāja (un culto más tradicional del sur de la India que del norte) lo consideran el Señor del Universo y el encargado de todos los procesos cósmicos, los cuales lleva a cabo siempre en frenética danza. De hecho, en este contexto, existe una desarrollada filosofía sobre los llamados “cinco actos de Śiva” (pañcakṛtya), que además de los tradicionales creación, mantenimiento y destrucción incluye ocultamiento y revelación. Justamente, esta danza representa su fuerza difundida en todas las direcciones, en su carácter de ser todo-penetrante.

La idea de que todo en este mundo no es otra cosa que la danza de Śiva es grandemente evocadora y está llena de significados. Al decir del mitólogo Heinrich Zimmer, “la danza es un acto de creación… Tiene una función cosmogónica en el sentido de que despierta las energías dormidas que a continuación pueden modelar el mundo… Las fuerzas acumuladas y proyectadas en el girar frenético y sempiterno [de Śiva] son las fuerzas de la evolución, conservación y disolución del mundo. La naturaleza y todas sus criaturas son efecto de su danza eterna”.

En su representación como Naṭarāja, el dios lleva, cómo no, el ḍamaru en su mano derecha superior, para marcar el ritmo; o sea, él crea el ritmo cósmico con su tambor. Para la visión hindú, que posee una “cosmogonía sónica” como le gusta decir a Agustín Pániker; es decir que considera al sonido (la famosa sílaba OM o AUM) como origen del universo, el batido del tambor es idéntico a la creación. Como expone Zimmer, el tambor “implica sonido, vehículo de la palabra, transmisor de la revelación, de la tradición, del conjuro, de la magia y la verdad divina… El sonido significa el momento primero de la creación, la energía productora del Absoluto en su fuerza original y cosmogenética”.

En su aspecto danzante, el emblema de Śiva que marca la destrucción no es el tambor, sino el fuego. E incluso en su aspecto estático, es generalmente aceptado que el tambor es símbolo de creación y más bien el tridente, que es un arma, de destrucción.

El maestro Sivaya Subramuniyaswami lo dice bellamente: “¡Danzando con Shiva! Que expresión extraordinaria de nuestra cercanía a Dios, de nuestra interacción creativa con Dios. La danza cósmica describe la visión hindú de la existencia, desde el primer estruendo del tambor en su mano derecha anunciando el comienzo, hasta las llamas finales que todo lo consumen en su mano izquierda pronunciando el final, las cuales sin embargo traen un nuevo comienzo. Así, danzar con Shiva es todo lo que hacemos, lo que pensamos y decimos y sentimos, desde nuestro aparente nacimiento hasta nuestra llamada muerte. Es el hombre y Dios por siempre involucrados en un movimiento sagrado”.

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Echando una mirada final al tema uno podría replantearse la cuestión: si el tamborileo del ḍamaru no es otra cosa que el latido del universo, ¿refleja entonces la vida o el paso del tiempo?

Así como los primeros latidos del corazón de un bebé son un símbolo de nacimiento y creación, ese mismo batido con el curso de los años, en un cuerpo ya adulto, puede ser sinónimo del paso del tiempo y del encaminarse a la muerte. El batido es, entonces, ritmo de vida que nace y, a la vez, el golpeteo recordatorio de un ciclo que llegará a su fin. De la misma manera que el uniforme tic-tac del reloj nos informa que la noche oscura se acaba en detrimento del alba, así el tic-tac acompañará la luz del día hacia el atardecer y hacia una nueva noche. ¿Es ese tic-tac creador o destructor? ¿Es el batir del corazón símbolo de vida o una cuenta regresiva hacia la muerte?

Si la respuesta no es clara, uno puede remitirse a una simple frase de Smith & Narsimhachary: “como señor de todo, Śiva personifica todas las cosas”.

Para acabar un post de tambores, danza y música comparto dos canciones. La primera es moderna, pop-rock del artista Beck, y quizás no tiene nada que ver con Śiva, pero la estuve escuchando últimamente, me gusta, y creo que su título, Heart is a drum (“El corazón es un tambor”), es muy adecuado para hoy:

La segunda es un bhajan, un canto devocional a Śiva, interpretado por la Juventud Premananda Internacional (la rama juvenil de la Misión de Swami Premananda) en un disco llamado In tune with the Divine (“En sintonía con lo Divino”) de hace varios años y que en la Red solo se puede escuchar aquí desde hoy.

El título de la canción es ḍam ḍam ḍam ḍamaru bhaje, que se podría traducir como “adoro (o canto) el sonido ḍam ḍam ḍam del ḍamaru”.

En este caso, más que en el anterior, la canción es absolutamente adecuada. Y lo será mucho más cuando la escuches y notes el ritmo que va tomando, cual danza cósmica de Śiva, hasta que el latido del tambor y las alabanzas al Señor del Universo te colmen de vida, quizás de frenesí, ojalá de éxtasis y finalmente de quietud, paz e introspección, como un símbolo sonoro del ciclo universal. Tal como el ḍamaru:

El significado del mantra krīm

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En el hinduismo, un mantra es una fórmula sonora que se considera sagrada, ya que está compuesta por sílabas, palabras o frases (generalmente en lengua sánscrita) que cargan una milenaria vibración positiva, capaz de transformar la conciencia de quien la canta o, también, la escucha.

En la vasta tradición de mantra vidyā (ciencia de los mantras) hay muchos niveles de conocimiento y muchos matices, entre ellos la clasificación de los mantras en diferentes clases. La clase que me interesa hoy es la de los bīja mantra, que son los mantras más breves, al punto de estar compuestos por apenas una sílaba. El bīja mantra por antonomasia es la sílaba Om/Aum, que se considera el primer sonido, del cual se origina todo el universo.

La palabra bīja quiere decir “semilla”, y estos mantras se llaman así porque son el ‘simiente’ de “realidades mucho más complejas y de su correspondiente experiencia espiritual” (G. Feuerstein, The Yoga Tradition). Se trata de fonemas que no son traducibles de manera literal pero que invocan ciertas energías o, también se puede decir, “invocan la potencia específica de una deidad”.

Kālī, la oscura

Entre los muchos bīja mantra que existen (Om, Aim, Klīm…) uno es krīm, que invoca la energía de Kālī, una de las deidades más malentendidas del hinduismo debido a su fiera apariencia. La iconografía tradicional la muestra con la lengua afuera, bailando en éxtasis, ataviada con una guirnalda de cráneos y sosteniendo en una de sus cuatro manos la cabeza recién degollada de un demonio.

Para comprender el simbolismo de Kālī es bueno saber que ella representa uno de los tantos aspectos femeninos de la Divinidad, en particular el rol destructor/transformador de la Madre Divina. El nombre Kālī significa “oscura”, en referencia a su color de piel, aunque en un segundo nivel de lectura también remite a la palabra kāla que puede significar “tiempo” y, por tanto, “muerte”, ya que la muerte es el resultado natural del paso del tiempo.

A pesar de estos signos en apariencia ominosos, Kālī cumple de forma imparcial el inevitable rol ‘destructor’ del tiempo, a la vez que su esencia es transformadora, ya que según la cosmovisión hinduista todo lo que muere está destinado a renacer. De hecho, la cabeza cortada en su mano no representa un asesinato gratuito, sino que es el símbolo del ego del devoto, considerado el principal obstáculo para el camino espiritual, y que la Madre Kālī ha arrancado de raíz.

En este sentido, la ‘muerte’ que representa Kālī es la muerte del ego, lo cual sería “el renacimiento del alma”, al decir del erudito y astrólogo norteamericano David Frawley.

Energía y transformación

Como hemos visto, en el caso de Kālī muerte y transformación van de la mano, y justamente su rol transformador es muy relevante en krīm, ya que es una mantra que “crea poder espiritual” y pone en movimiento la energía transformadora de Kālī, cuyo objetivo más místico sería despertar la energía conocida como kundalinī, la cual es una expresión individual de la Energía Universal (o Shakti).

De todas formas, la energía transformadora de Kālī no funciona de forma mágica y requiere, en la mayoría de casos, de cierto esfuerzo por parte del buscador espiritual, ya que la transformación implica abandonar viejos hábitos y patrones, lo cual puede equivaler a la ‘muerte’ para algunas personas. Por ello, las personas que no están interesada en transformarse ven en Kālī solamente una diosa feroz y sin sentido.

Nadie dijo que la transformación espiritual no sea dolorosa (o incluso ‘oscura’), pero el resultado es siempre luminoso y las Escrituras explican que el buscador sincero no tiene nada que temer a la Madre Kālī o a su mantra invocador krīm.

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La importancia del último pensamiento antes de morir

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En la filosofía de la India se considera que, en su condición de sujetos y objetos finitos, todos los componentes de este mundo fenoménico y material están ineluctablemente destinados a desaparecer. Sólo aquello que es eterno e infinito, aquello que no ha nacido ni tuvo principio puede, entonces, no tener muerte ni fin. Esta cualidad inmortal pertenecería al alma, o Ser espiritual, que todos llevamos dentro como parte inseparable de una energía Divina universal.

Todo lo demás, como decía, está condenado a desaparecer. Cuando esto sucede, el alma o chispa Divina, pasa a otro envase y continúa con el proceso evolutivo de esa consciencia particular, hasta trascender la dualidad del mundo material y regresar a la unión con el Alma universal.

Teniendo en cuenta este concepto de la existencia es que la tradición espiritual védica dice que al nacer uno ya comienza a morir. No se trata tanto de una visión pesimista sino, más bien, de una exposición cruda de los hechos. En efecto, nadie puede negar que todo lo que es material y perceptible a los sentidos es perecedero y mortal. La ecuación es simple: si nace debe morir. Para la filosofía de la India, basada en una concepción cíclica del Universo, la ecuación anterior tiene su contraparte natural: si muere debe nacer.

De allí la idea de la reencarnación o transmigración de las almas en la que, al pasar de vida en vida, a priori, uno va aumentando su grado de consciencia espiritual hasta lograr un nacimiento como ser humano, el cual es considerado una gran bendición, por más que en general las personas veamos nuestro nacimiento humano como lo más natural y obvio del mundo. Incluso, según los casos, hay personas que consideran su nacimiento humano como una condena.

El motivo esencial de considerar un nacimiento humano como una gran suerte es que únicamente como ser humano uno tiene la capacidad para entender su verdadera naturaleza espiritual y, además, tiene la posibilidad de realizar los pasos necesarios para la auto-realización espiritual que, según explican las Escrituras sagradas, se erige como el objetivo fundamental de todo ser.

Pienso ergo me convierto

Ya que un cuerpo humano es fundamental para alcanzar la ‘liberación’ o, también, la ‘iluminación’, es importante no desaprovechar la oportunidad que cada uno tiene. También es verdad que las Escrituras dicen que es imposible auto-realizarse en una única vida y que es sólo después de muchas encarnaciones (incluso miles) cuando uno finalmente logra re-unirse con su esencia Divina original. Como nadie sabe si ese auspicioso nacimiento será o no el actual, lo correcto es actuar como si lo fuera y llevar a cabo una vida con el máximo posible de dedicación espiritual.

A este respecto, en la tradición védica se dice que la muerte es el momento más importante de la vida; es decir, es el evento para el que uno se prepara toda la vida, ya que es el momento que determina la próxima encarnación de cada ser. Esto es así porque se dice que en el instante de la muerte, cada ser revela su verdadero estado de consciencia, el cual sencillamente está basado en el tipo de vida que haya llevado y el tipo de pensamientos que haya alimentado durante la misma.

En el transcendental diálogo de la Bhagavad Gītā, Sri Krishna explicita esta importante enseñanza a su amigo y discípulo Arjuna (aquí llamado “hijo de Kuntī”):

“Cualquier sea el objeto en que un ser humano piensa en el momento final, cuando deja su cuerpo, eso mismo obtiene, Oh hijo de Kuntī, por haber estado siempre absorto en él”. (B.G. 8.6)

Esta transcripción del verso original está basada en la traducción de Swami Nikhilananda, perteneciente al linaje de Sri Ramakrishna y Swami Vivekananda, aunque en general todas las versiones son muy coincidentes en la enseñanza que subyace a estas palabras. El mismo Swami Nikhilananda explica, en sus comentarios de la Gītā, que “el estado mental en el momento de la muerte determina el futuro del alma… [ya que] nuestro ser interior se convierte en aquello en lo que pensamos insistentemente con fe y devoción”.

Sabiendo este dato, uno podría especular con esperar al momento de morir para simplemente pensar en Dios, en Jesús, en la Luz Universal o en cualquier otro ‘objeto’ espiritual, de manera de convertirse en un ser iluminado y salir así de la rueda de encarnación y muerte. El problema es que en el lecho de muerte, según se explica, no es posible pensar en lo Divino (o cualquier idea elevada similar) si uno ha pasado su vida con la mente focalizada en aspectos no espirituales ni elevados.

Como dice Swami Nikhilananda: “Los pensamientos recurrentes de toda una vida, ya sean buenos o malos, se presentan vívidamente en el momento de la muerte”.

Swami Nikhilananda

Sobre este proceso, Swami Sivananda, el gran santo fundador de The Divine Life Society, explica en su comentario de la Bhagavad Gītā: “El pensamiento que más importancia haya tenido en esta vida ocupará la mente en el momento de la muerte. La idea que se impone en el momento de la muerte es la que atrajo más la atención durante la vida normal… Los deseos no tienen fin. El ser humano no puede satisfacerlos en una vida. En el momento de la muerte se agita todo el depósito de impresiones y deseos, y el deseo más destacado, fuerte y que más se ha alimentado aflora a la superficie de la mente… Este deseo más fuerte atrae la atención buscando satisfacción inmediata. En la hora de la muerte sólo se piensa en eso… Si no se satisface este deseo la mente queda saturada de él y espera satisfacerlo en la siguiente vida. Este deseo será muy importante en la siguiente vida”.

Swami Sivananda

El rey Bharata y el ciervo

Esta ley espiritual tiene su correlato más famoso en la historia del gran rey Bharata que, como hijo del gran sabio Rishabha, fue un devoto excepcional. El Śrīmad Bhāgavatam, por ejemplo, un texto sagrado del siglo IV con enfásis en la práctica devocional, explica la vida de este rey (cap. 5.7-8).

De hecho, se explica que Bharata reinó sobre la Tierra con gran rectitud y fue un devoto absolutamente pío. Habiendo cumplido de forma impecable con todos sus deberes de gobernante y hombre de familia, el rey dividió las riquezas entre sus hijos y se retiró al bosque. Allí tuvo visiones de lo Divino y “su corazón estaba completamente limpio, y no tenía el mínimo deseo de disfrute material”.

Un día, después de realizar sus abluciones matinales, sentado junto al río cantado mantras, el ahora asceta Bharata vio a una cierva que se disponía a beber agua del río. Mientras estaba bebiendo, un león en las cercanías rugió con gran fuerza y asustó a la cierva, que se lanzó al agua con angustia. La cierva estaba preñada y, al nadar desesperadamente, el bebé ciervo salió de su útero y fue llevado por las aguas del río. La madre, asustada y afligida, apenas pudo alcanzar la otra orilla, donde murió.

Viendo todo esto, Bharata “sintió gran compasión” y como “un amigo sincero” tomó al bebé ciervo del agua y sabiéndolo huérfano lo llevó a su ermita. Gradualmente, Bharata se encariñó tanto con el ciervo que lo trataba como a su propio hijo, al punto de que empezó a descuidar sus prácticas espirituales. Él, que había abandonado riquezas y familia por marcharse al bosque para encontrar a Dios, estaba ahora apegado a un ciervo y se preocupaba por él como si su verdadera felicidad dependiera de ello.

Cuando al rey Bharata le llegó el momento de morir, “el ciervo estaba sentado a su lado como su propio hijo lamentando su muerte”. Como es de esperar, la mente del rey estaba absorta en el cuerpo del ciervo y, consecuentemente, después de morir reencarnó en un cuerpo de ciervo.

Si bien la historia tiene algo de hiperbólica, las enseñanzas son dos: que lo que pensamos al morir es importante y, segundo, que incluso llevando una vida muy espiritual hay que tener atención en no descuidar esa práctica, pues las garras de los hábitos mundanos están siempre al acecho.

Para consuelo del lector cuento que el rey Bharata, debido al servicio devocional de su vida pasada, no olvidó lo que había sucedido, y pudo entender las razones de nacer como ciervo. Por lo tanto, tuvo un nuevo nacimiento como humano en el que, con el nombre de Jadabharata, logró la auto-realización total.

Lo que hay que pensar

Evidentemente, si lo que uno quiere (en esta vida pero, por si acaso, también en la próxima) es re-unirse con su esencia Divina, o alcanzar a Dios, o iluminarse, o encontrar su Ser interior, hay que cultivar pensamientos elevados y espirituales. Volviendo a la Bhagavad Gītā (8.5), Sri Krishna lo dice claro:

“Quienquiera que, en el momento de la muerte, deje su cuerpo recordándome sólo a Mí, llega a mi Ser. No hay duda acerca de ello”.

A este respecto, es famoso el hecho de que cuando Mahatma Gandhi fue asesinado con tres disparos de pistola durante una aparición pública, sus últimas palabras fueron ‘Rām, Rām‘, que son una forma de referirse a Dios en el hinduismo. Tener la capacidad de pensar en Dios, al morir asesinado inesperadamente, no es casualidad ni suerte, sino el fruto de una vida absolutamente dedicada a la búsqueda espiritual, como es el caso de Gandhi.

Samadhi de Mahatma Gandhi en New Delhi con la inscripción ‘He Rām’

Por otro lado, siguiendo con los consejos de las Escrituras de la India, hay un pasaje del Chandogya Upanishad (3.17.6) en que se dice que, en el momento de la muerte, hay que repetir tres pensamientos (o mantras) específicos del antiguo Yajur-Veda:

“¡Tú eres el Imperecedero! ¡Tú eres el Inmutable! ¡Tú eres la verdadera esencia de la vida!”

La traducción pertenece al libro The Yoga Tradition del indólogo y académico Georg Feuerstein.

Preparándose para la muerte

Escribir este post no ha sido tan fácil, pues el tema de la muerte es difícil de abordar, sobre todo para alguien con mentalidad occidental, partícipe de una sociedad y una cultura que niegan la muerte todo lo que se pueda. Mi intención al crear este artículo no es la de focalizarme en la muerte, ni tampoco dar consejos a personas moribundas. Por el contrario, mi intención es recordar(me) la importancia de vivir una vida espiritual, con la excusa de que será muy determinante para mi felicidad en el momento de mi muerte, pero también porque creo que es esencial para mi felicidad en el día a día del presente.

Muchas de las lecturas e investigaciones que hice para este post son de alta estatura filosófica, en el sentido de su complejidad. Sin embargo, al escribir estas líneas me vino a la cabeza un discurso de Swami Premananda titulado Preparándose para la muerte
que cité hace ya algunos años y que, en el lenguaje simple y llano que caracteriza las enseñanzas de Swami es, para mí, un resumen perfecto del tema.

Swami Premananda

Swami dice: “A mucha gente no le gusta pensar en la muerte. La consideran como un evento terrible en el que no hay que pensar para nada. No obstante, es tan sólo contemplando la naturaleza de la vida y la muerte, de dónde vinimos, por qué nacimos y el hecho que todos vamos a morir algún día, que podremos comprender la Verdad en esta vida“.

Luego agrega: “¡Mi primer consejo sobre la muerte es que dejes de preocuparte acerca de la muerte! La muerte es una experiencia gozosa. Sin embargo, sólo puede ser así para los que tienen fe en lo Divino de un modo u otro. Los que trabajan con los moribundos pueden confirmar esto. La gente que tiene fe en Dios y que piensa en Él durante sus últimos minutos muere en paz y en felicidad. Los que quieren aferrarse a sus posesiones, a sus parientes y que luchan contra la muerte mueren con miedo y con dificultad. ¿Qué categoría prefieres?“.

Yo creo que la pregunta final que hace Swami es importante. De hecho, puede ser la clave para decidir qué tipo de estilo de vida queremos tener. No sólo por lo fundamental de nuestro momento final, lo repito, sino por el bien de nuestra felicidad actual.

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Swami Premananda, a un año de su Mahasamadhi

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Por estas fechas (febrero/marzo) suelo estar en la India. Al menos durante los últimos cinco años. Este año estoy en Barcelona y, mientras tanto, en el Sri Premananda Ashram se conmemoran diferentes acontecimientos, como la inauguración del templo Premeshvarar o la noche de Mahashivaratri. Asimismo, en un día como hoy pero hace un año, el 21 de febrero de 2011, Swami Premananda abandonaba su cuerpo físico.

La última visita de Swami Premananda al Ashram comenzó el 4 de febrero de 2011. El día 6 de febrero él no estaba muy bien, pero de todos modos cocinó una comida para los niños del orfanato y la escuela, y comió junto a ellos por última vez. El 7 de febrero a las 4.30am Swami partió con rumbo a Cuddalore, en donde está la prisión y el hospital donde finalmente abandonó su cuerpo. Esta fue la última vez que Swami estuvo en el Ashram.

Swami Premananda en su última comida con los niños

En general, me gustaría mucho estar en la India, y particularmente en un día como hoy, en el cual es inevitable pensar en que Swami ya no está presente físicamente. En la edición de febrero de Prema Ananda Vahini, la revista oficial del Ashram, hay un artículo escrito por un discípulo sannyasin (renunciante) en que dice:

“De acuerdo a la ley de la creación, la muerte es una certeza para cada criatura que es nacida; mientras que, un santo que abandona su cuerpo físico continúa trabajando para el beneficio de sus devotos incluso después de su Mahasamadhi”.

Mahasamadhi es el nombre sánscrito para definir tanto el abandono consciente del cuerpo físico por parte de una persona santa, como la tumba en la que luego reside su cuerpo. Es justamente a través de esa tumba, convertida en un lugar de devoción y adoración, que se dice que los santos continúan actuando en el mundo.

La tumba donde fue instalado el cuerpo de Swami Premananda es ahora su Mahasamadhi y se encuentra en el Ashram, en un recientemente inaugurado templo dedicado al Señor Shiva y a Swami en su aspecto de dador universal de amor Divino. En dicho templo, además del cuerpo de Swami y un gran shivalingam, hay un altar dedicado a Swami que está representado por una pequeña estatua de su persona.

Estatua de Swami Premananda para el templo

Ritual de consagración para la estatua de Swami

En cuanto a la vigencia, después de la muerte, del “trabajo del Guru en beneficio de los devotos” como dice el sannyasin en su artículo, durante Mahashivaratri 2011 (2-3 de marzo) apareció un shivalingam en el templo de Shiva, fiel a la tradición del Lingodbhava que Swami había mantenido durante más de 40 años. Ver el nacimiento de los lingams con Swami en vida era ya un milagro; que ahora se manifestaran con Swami ‘muerto’, me pareció abrumador en cuanto a la demostración de que somos más que un cuerpo.

Lingam aparecido el día de Mahashivaratri 2011

Luego, el 17 de julio de 2011, poco después de las celebraciones de Guru Purnima, vibhuti (ceniza sagrada) apareció espontáneamente en la foto de Swami Premananda que se mantiene en el salón de rituales del Ashram. Casi un kilo de fragante vibhuti apareció ese día, como otra muestra de que la energía de Swami seguía presente a pesar de su muerte física.

La foto de Swami cubierta de vibhuti en Julio 2011

Hoy, un año más tarde de que Swami Premananda abandonara su cuerpo físico, yo sigo triste porque verle y oírle directamente, poder escribirle cartas y recibir respuesta escrita, son cosas que ya no puedo hacer. De todos modos, mi tristeza se ve aminorada por el hecho de comprobar cuán grande es el poder de Swami, que es a fin de cuentas, el poder de Dios. Capaz de hacer milagros desde la ‘muerte’ y de guiar con sus enseñanzas universales a todos sus devotos y seguidores.

Un año más tarde, entonces, quería dedicarle estas líneas a mi Guru, que está más presente que nunca en mi vida.

¡Om Sri Gurudevaya Namaha!

Banaras, a mystic love story

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A pesar de mi ignorancia cinematográfica, cada tanto se me da por escribir sobre alguna película debido a que posee algún componente espiritual, aunque sólo sea siguiendo el hilo de la libre asociación de ideas. Esta semana, la película que presento tiene de por sí un contenido muy espiritual, así que no se trata de una referencia traída de los pelos.

Se trata de Banaras, a mystic love story, un film indio del año 2006, por lo que me pueden reprochar que no les esté trayendo el último grito de Bollywood. Más allá de mi tardanza, lo que no podrán negarme es la profundidad de algunos mensajes que tiene el largometraje, que por lo que he leído no tuvo una masiva repercusión. Si bien una película comercial con tanto basamento espiritual es mucho más posible en la India que en países occidentales, eso no quita que los grandes éxitos de allí tiendan a tratar temas más ‘mundanos’.

En todo caso, la historia de base es sobre una pareja que encuentra trabas externas para concretar su amor, es decir, la vieja historia tantas veces repetida, pero con trasfondo místico. La chica, de casta brahmán y clase acomodada, se enamora del chico, que es huérfano, y que como fue criado por una barrendera es considerado de casta baja. Además, hay un Guru que se hace cargo de la guía espiritual del chico desde pequeño, enseñándole la profunda sabiduría que contiene la filosofía Vedanta.

De esta forma, con enseñanzas transcendentales que se dictan explícitamente de maestro a discípulo, con el amor sensual mezclándose con el amor Divino, y con algo de música y baile, la película me pareció atrapante. Aah, el toque extra lo pone la ciudad…

Varanasi

Como se puede deducir del título, la historia se desarrolla casi totalmente en la sagrada ciudad de Banaras. Y si no se deduce es porque la ciudad en cuestión tiene tantos nombres que puede confundir. Estamos hablando de Varanasi, la ciudad más sacra de la India, quizás también la más antigua, fundada por el mismo dios Shiva según las escrituras hindúes. Con el río Ganges de color ‘café con leche’ fluyendo a su orilla, todos hemos visto imágenes de este sitio, que también es conocido como Kashi, Benares, Benaras y, claro, Banaras.

En la tradición védica, la forma de morir es considerada de gran importancia, pues se dice que la muerte es el momento más importante de la vida, aquel para el que uno se prepara durante toda la vida, ya que es el momento que determina la próxima encarnación del alma y el que muestra el verdadero estado de consciencia del individuo en cuestión.

En este sentido, los hindúes consideran que morir en Varanasi libera del ciclo de nacimiento y muerte, de forma que su propia alma no tendrá que reencarnar si abandona el cuerpo en un sitio tan sagrado como Benares y así alcanzará el objetivo de todos los seres, que es moksha, liberación, el regreso a la esencia Divina original. Es por ello que tantos hindúes llegan a Varanasi a pasar sus últimos días.

Asimismo, las últimas palabras (que es lo mismo que los últimos pensamientos) de una persona cuando muere son fundamentales para su próxima encarnación (o incluso para liberarle de la rueda de nacimiento y muerte). Puede sonar simple de lograr, pero según dicen los sabios, si uno ha vivido una vida sin pensar en Dios, es imposible que en el momento de la muerte uno piense en lo Divino. En este sentido, la historia de Gandhi y la repetición del nombre Divino en el instante de su asesinato es un caso paradigmático (se puede leer aquí).

La misma idea, pero con diferentes resultados, es la que relata la antigua historia india del sabio rey Bharata, que ya anciano, después de reinar el mundo por muchos prósperos años, se retiró al bosque para realizar una vida de asceta, tal como dicta la tradición. Un día, el rey vio un venado recién nacido cuya madre había muerto, por lo que se apiadó de él, cuidándolo y encariñándose como si fuera miembro de su familia. Bharata se apegó tanto al animal que, al morir, sólo podía pensar en él y, por tanto, en la siguiente vida el sabio rey encarnó como un venado.

Así de importante es ese último pensamiento.

Protagonistas

Los detalles contextuales que explico en estas líneas no son meramente informativos, sino que tienen relevancia en el argumento de la película y conocerlos ayuda a entender y disfrutar mejor toda la trama. Lo mismo sucede con los nombres de los protagonistas, que no son casuales:

Shvetambari es el nombre de la enamorada muchacha brahmán que, a pesar de ser muy dotada para el canto, decide estudiar Física. Shvetambari, a su vez, es un nombre de Sarasvati, la diosa de las artes, la sabiduría y las ciencias, que significa ‘vestida de blanco’, pues su naturaleza esencial es la pureza.

El muchacho huérfano es bautizado como Sohan por la barrendera que lo encuentra en los ghats (los grandes escalones que llevan hacia el agua) de Varanasi. Sohan en hindi significa ‘buen mozo’, ‘guapo’ o ‘encantador’. Siendo todavía un niño, el que será su Guru le dice que de ahora en más se llamará Soham, con ‘m’ al final. Soham es, en lengua sánscrita, la contracción de los pronombres personales sah (‘el/eso’)
+ aham (‘yo’), y significa ‘él es yo’, refiriéndose a que el alma individual es parte del alma universal o Divina. Asimismo, Soham es un mantra milenario, a la vez que una técnica de respiración y de concentración.

El sutil cambio nominal que el Guru realiza con el niño (pasar de una ‘n’ a una ‘m’), es comparable a una iniciación pues, por norma general, el maestro tradicionalmente inicia al discípulo dándole un nombre espiritual. Por otra parte, a pesar de cambiar apenas una letra, el simbolismo del nuevo nombre se puede ver como opuesto al antiguo, ya que mientras Sohan refiere a cualidades materiales y mundanas (‘guapura’, ‘belleza’), Soham tiene implicancias místicas profundas.

Con el pasar de los minutos el espectador comprobará que las aptitudes espirituales del personaje Soham van de acuerdo con su nombre.

Spoiler

Para no arruinarle la película a nadie, no quiero desvelar más detalles de la cuenta. Sólo diré que hay que estar atento a las enseñanzas espirituales, y también al argumento, que es simple en apariencia pero tiene sus recovecos.

No me puedo resistir, así que también diré que finalmente hay un triunfo del amor; si es el material, el espiritual o ambos, lo sabrán cuando acabe el film.

Personalmente, esta película la vi gratis a través de YouTube en Internet; está subida de forma completa (dura 2hs) y buena. La película original es en hindi con subtítulos en inglés, o sea que sólo pueden aprovecharla los que entiendan un mínimo de inglés y tengan ganas de leer (no descubrí si existe una versión en internet que esté en español). Para los que sabemos lo básico de sánscrito, en la película se pueden entender algunas palabras en lengua original, pues el hindi es derivado directo del sánscrito.

Disfrútenla:

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