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Violencia es mentir

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Esta mañana encendí mi ordenador y vi la noticia de que la policía catalana (los Mossos d’esquadra) estaba desalojando la Plaça Catalunya de Barcelona, centro de operaciones de la acampada de los ‘indignados’, con la excusa de ‘motivos de salubridad’. Lo que más me impactó del evento fue la violencia con que la policía se dirigía a los manifestantes (vídeo aquí), incluso cuando estos últimos se resistían a abandonar la plaza de forma pacífica.

Si bien es verdad que estas imágenes de choques entre manifestantes y policías las había visto cientos de veces en los medios, la cercanía geográfica y emotiva de las protestas barcelonesas me afectó con mayor fuerza. Una vez más, lo que sobre todo me impactó es el hecho de que la policía golpeara a manifestantes que no hacían nada, más que estar con los brazos en alto o simplemente gritar consignas contra la acción policial.

Más allá de que uno pueda estar a favor o en contra de esta manifestación y sus razones, más allá de que (según dicen algunos, lo cual es muy debatible) todas esas personas sean hippies, holgazanes, okupas o anti-sistemas, no entra en mi cabeza que la policía, que se supone debería proteger a los ciudadanos, golpee sin vergüenza con sus porras a personas que están en el suelo indefensas, o que simplemente hacen ‘resistencia pasiva’.

Nuestro amo juega al esclavo

Cuando era adolescente me hice fanático de la popular banda argentina de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que amén de su peculiar nombre, fue el grupo de rock más masivo de los años ’90, convirtiéndose en un mito después de la separación de sus miembros. Los Redondos se caracterizaban, entre otras cosas, por sus letras crípticas y bastante profundas (en la medida en que uno pudiera descifrarlas, claro), y hubo muchas frases que hicieron mella en mi mente juvenil.

De todos esos mensajes, hay uno que me gusta mucho y que me vino a la cabeza, una vez más, al ver los eventos tristes de la acampada en Barcelona: ‘Violencia es mentir’.

Este aforismo se encuentra en la canción Nuestro amo juega al esclavo, del disco Bang! ¡Bang!! .. Estás liquidado, y no soy yo el primero en utilizarlo para explicar la dinámica de ‘patas cortas’ que tiene la violencia en todos los ámbitos.

Si bien el debate sobre las enigmáticas letras ‘ricoteras’ está todavía vigente en Argentina, la trasparencia de la idea ‘violencia es mentir’ es, para mí, absoluta. Y no sólo eso, sino que se trata de un pensamiento muy profundo, al menos desde el punto de vista védico.

As / Sat

Es bueno recordar que los Veda, las escrituras sagradas del hinduismo, fueron compuestos en lengua sánscrita y todas las palabras ‘técnicas’ que se utilizan a día de hoy para explicar la filosofía espiritual y la religión de la India mantienen ese origen.

A este respecto, el vocablo sánscrito sat es traducido, de manera generalizada, como ‘verdadero’. En lengua sánscrita, la raíz verbal as significa ‘ser, existir’. De esta forma, asmi, por ejemplo, es ‘yo soy’.

Yo, que gracias a María Elena Sierra, mi profesora de sánscrito, he aprendido muchas nuevas cosas, puedo ahora decir que sat es el participio presente de as, y por tanto significa, literalmente, ‘existente’.

¿Por qué, entonces, se traduce como verdadero? Pues, desde el punto de vista de la filosofía espiritual védica se considera existente únicamente a aquello que no es perecedero, ergo eterno. Todo aquello que muere, que perece, que tiene un final, es considerado falso, ya que forma parte del llamado velo de maya, de la ilusión cósmica, del mundo fenoménico que se pone frente a nuestros ojos espirituales para hacernos creer que la materia es más que el espíritu.

Por tanto, sólo aquello que es eterno, duradero, que no tiene nacimiento ni muerte (como el alma o, para los que quieran decirle así, la Divinidad), puede considerarse verdadero.

Si desde esta perspectiva la mayoría de lo que experimentamos superficialmente en el Universo es falso, entonces, con más razón, la violencia es claramente falsa. La violencia es impermanente y, por ende, una mentira, porque sólo puede considerarse verdadero aquello que nos da felicidad permanente e incondicionada.

Puede haber discusiones y debates filosóficos sobre qué es lo que otorga esta felicidad permanente (algunos lo llaman Dios, otros ‘encontrarse con uno mismo’, otros Amor universal…), pero lo seguro es que la violencia, de cualquier índole, no entra en esta categoría.

Resistencia pasiva

En su lucha por la independencia de la India, y salvando las distancias, Mahatma Gandhi utilizó tácticas similares a las utilizadas por los manifestantes indignados de Barcelona, es decir, desobediencia civil y resistencia pasiva y pacífica. A Gandhi y a sus seguidores también les pegaron y les encarcelaron, ya que parece que no siempre alcanza con ser pacífico para evitar la violencia.

Sobre esto, Gandhi siempre sostuvo que la fuerza del amor puede vencer a la del odio, y llevando su tesis de amor a la humanidad al extremo dijo: “Si la pérdida de la vida se hace necesaria en una batalla justa, uno debe estar preparado para derramar su propia sangre, y no la de otros. De ese modo, finalmente habría menos derramamiento de sangre en el mundo”.

Con esto no quiero insinuar que haya que perder la vida por la acampada de Barcelona, sino que la historia demuestra que no siempre es tan sencillo como levantar los brazos en son de paz para así tranquilizar a las fieras.

Pero eso no significa, nunca olvidarlo, que la violencia sea verdadera.

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La ‘indignación’ espiritual

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Probablemente han leído que en la última semana, en España, se puso en marcha un movimiento social denominado como 15-M (en referencia al día de la primera manifestación) o de los ‘indignados’. Se trata de personas que reclaman y protestan ante el status quo político, económico y social en todas sus facetas, con el entramado político y bancario como las cabezas más visibles de un sistema que beneficia a muy pocos en perjuicio de la mayoría.

Se dio la coyuntura de que hubiera elecciones autonómicas y municipales el 22-M, motivo por el cual la ‘indignación’ popular tomó mayor protagonismo en los medios masivos de comunicación, que por cierto son otros de los grandes cuestionados por los manifestantes. Las elecciones en España pasaron y no hubo grandes cambios en los resultados que ya se preveían desde hace semanas, pero las voces de protesta no tenían una intención directa y particular sobre las votaciones, sino que buscan despertar algún tipo de consciencia en el ‘pueblo’.

El ‘pueblo’ (esa palabra tan amada por lo revolucionarios, que ahora casi carece de sentido) es heterogéneo y por tanto tiene muchas demandas, muchas preocupaciones, con frecuencia difíciles de congeniar entre sí, pero en esta Spanish revolution se ha logrado una unidad esencial con el objetivo de expresar una idea popular fundamental: Basta.

Plaça

Entre los asistentes que vi personalmente en la Plaça Catalunya de Barcelona este fin de semana, había de todo, incluyendo diferentes edades, colores y motivaciones. Más allá de cada interés personal, la consigna popular es la de reclamar a quienes gobiernan y deciden (es decir, el poder político y económico) que cumplan su rol de forma ética, correcta y digna.

Salvo un periodo de mi época universitaria, yo nunca he tenido interés en la cuestión política, basado, más que nada, en la idea que sostiene que la propia felicidad no depende de otros, y mucho menos de quien gobierna o no, mi país o ciudad. La extendida práctica de culpar a los gobernantes de todos los males, siempre me ha parecido un simplismo, y en muchos casos una forma generalizada de dar la culpa ‘a los demás’, sin utilizar la autocrítica o la voluntad de cambio personal.

Todo lo anterior lo sigo pensando, y no creo que un gobierno u otro puedan cambiar esencialmente mi vida, sobre todo a nivel interno, que es lo que realmente me interesa. De todas formas, sí me parece que los límites aceptables de desvergüenza, impunidad y manipulación fueron cruzados hace bastante por la clase de política en general (en todas partes) y me parece justo reclamar porque las “cosas sean como deberían ser”.

A su vez, creo que cada persona tiene un rol y que aquellas que son líderes (en este caso políticos) tienen que reunir, a priori, ciertas características que no poseen todas las personas, y por tanto es erróneo el difundido pensamiento de “cualquiera podría hacerlo mejor”. No cualquiera puede ser líder, porque ser un buen líder implica muchas obligaciones y responsabilidades.

Rey

Hasta su independencia en 1947, en la India siempre había existido la figura de los reyes (también llamados rajas o maharajas). En una sociedad articulada alrededor de una fuerte segmentación social, en la que cada individuo cumple un rol muy específico, la figura del rey no se cuestionaba. De la misma forma, en una sociedad basada en el cumplimiento del dharma, del ‘deber universal’, cada persona intenta cumplir su rol de la mejor manera posible.

En la tradición india (que tranquilamente podría extrapolarse a otros sitios), el mayor dharma de un rey es, claramente, el bienestar y el desarrollo de su pueblo. A medida que uno asciende en el sistema de castas es verdad que goza de más privilegios, pero también tiene muchas más obligaciones. El sacerdote brahmán es, en ocasiones, considerado sagrado, pero en contrapartida él no puede aceptar comida de cualquiera, no puede cobrar dinero por sus servicios y debe realizar rituales diarios de forma estricta.

De manera similar, el rey goza de las riquezas y, si lo desea, de la opulencia, pero su deber más sagrado es su pueblo. Si alguien de la casta más baja deja de cumplir alguna de sus pocas obligaciones no es tan grave como si un rey, con todas sus responsabilidades, va en contra de su dharma.

Basado en razonamientos afines, Mahatma Gandhi convirtió la lucha política en su propia práctica espiritual, como una defensa del dharma, como una forma de buscar la Verdad.

Pancarta

Sopesando todos estos motivos, viendo cuan populosas se tornaban las plazas, y sintiendo que es mejor salir a alzar la voz que quedarse en casa quejándose, fuimos con Nuria (también conocida como Hansika) a pasar algunas horas en la acampada de Barcelona. No fuimos solos, sino con amigos y con una pancarta que rezaba un mensaje extraído de la Autobiografía de un Yogui, de Paramahansa Yogananda:

“Un buen líder tiene que tener el deseo de servir, no de dominar”

Seguramente nuestro mensaje no ganó el concurso de los más ingeniosos, pero cada pancarta carga con la visión de mundo de su dueño, y nuestra intención era la de ‘indignarnos’, pero siempre desde la perspectiva espiritual.

La noche del sábado 21 hubo una cacerolada masiva, y durante 1h 30hs estuvimos, junto a unos cuantos miles, haciendo mucho ruido; Nuria con sus improvisados platillos de tapa de olla y yo con mi silbato de entrenador de fútbol.

Revolución

En Argentina, hace casi diez años, también hubo una manifestación social espontánea al grito de ‘Que se vayan todos’. Una década más tarde no parece que aquello haya traído un cambio radical en la forma de hacer política y de cumplir el dharma por parte de los gobernantes argentinos.

De la misma forma, descreo que esta actual e incipiente revolución española pueda modificar ostensiblemente los malos hábitos de la clase política. Sin embargo, eso no implica que deje de reclamar un cambio.

Esta ‘indignación’ masiva, de todos modos, es para mí un complemento revolucionario. De diferentes maestros espirituales, incluyendo Swami Premananda, he aprendido que la única forma de cambiar el mundo es cambiándose a uno mismo. Ya sé que suena a poco y algunos dirán que así nunca habrá cambios a gran escala, pero es la única revolución que considero duradera y cien por ciento efectiva.

En cierta forma, la presencia de tantas personas durante la última semana, en diferentes plazas de España y el mundo, es la suma de personas que quieren aportar al cambio desde sus pequeñas revoluciones individuales. En ese sentido, sí que me pongo político y grito ¡Viva la revolución!

Todas las fotos son de Nuria Parera (menos la que aparece tocando los platillos, claro), y se pueden ver más en: http://on.fb.me/ingDg6

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