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‘Diccionario del Yoga’, un manual fiable para profesores y practicantes

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Siempre he sentido interés por las formalidades del uso lingüístico y, en ciertas ocasiones, puedo ser demasiado puntilloso al respecto. Desde que estudié sánscrito la situación empeoró porque me di cuenta de todos los “errores” que cometemos al escribir o pronunciar términos sánscritos, los cuales están cada vez más popularizados. Sin duda, esta búsqueda de corrección me hace quedar como un antipático sabelotodo en más de una ocasión. Y quizás por eso, también he aprendido a elegir dónde y cuándo ponerme técnico con el sánscrito. Uno de esos lugares son los cursos de formación para de profesores de yoga, donde participo regularmente en diferentes partes de España (y pronto también en México).

Justamente para beneficio de las personas que están profundizando en la práctica del yoga, y con un enfoque riguroso sobre la lengua sánscrita y los textos tradicionales como trasfondo, acaba de publicarse en España el Diccionario del Yoga: Historia, práctica, filosofía y mantras, a cargo de la sanscritista y especialista en filosofía india Laia Villegas, con la invaluable colaboración del reputado sanscritista e indólogo Òscar Pujol.

El libro es el resultado de años de trabajo e investigación y su gran mérito es, creo, ser capaz de englobar en una única obra, de forma condensada, muy clara y rigurosa, diferentes elementos del “Yoga” que, o bien no se encontraban disponibles aún en español o, si publicados, estaban desperdigados en diferentes textos. Por tanto, en este manual de 300 páginas, cualquier profesor, aspirante a profesor, o practicante serio de yoga puede encontrar una base informacional muy fiable sobre, como dice el subtítulo, la “historia, práctica, filosofía y mantras” del Yoga.

Muy pertinente me parece la primera sección del libro, dedicada a las normas de la lengua sánscrita y las sugerencias de cómo usarla en clase o incluso al escribirla. Es una introducción sencilla para quienes desean conocer la pronunciación tradicional de la “lengua del Yoga”. Por supuesto, muchos profesores (yo mismo incluido) a veces usan los equivalentes españoles de ciertas palabras sánscritas, especialmente con los nombres de las posturas. Eso no quita que sea mejor conocer el original.

Como se suele decir, si Picasso decidió romper con las normas y dibujar caras con forma de cubos fue porque, previamente, ya dominada la técnica de la pintura artística. De la misma forma y por determinadas circunstancias particulares, yo puedo elegir traducir o hasta pronunciar “incorrectamente” una palabra sánscrita, pero que no sea por ignorancia o por tener el conocimiento erróneo.

Lo siguiente que nos ofrece el libro es un pantallazo de la historia del Yoga durante los últimos 3.500 años y todo lo que esta palabra tan de moda significa. Basándose en los estudios académicos más actuales, pero sin perder de vista la tradición, los autores muestran que “el yoga es una cultura viva y dinámica”. A nivel de la Historia del Yoga, los nuevos descubrimientos o traducciones de textos antiguos van ofreciendo cada vez más pistas y, con probabilidad, tendremos renovación parcial de paradigmas.

Al mismo tiempo, el cambio principal está a nivel de las formas de práctica y allí es donde el texto que nos incumbe hace un gran aporte al estudiante actual al detallar, de forma muy visual, la terminología y uso de 108 āsana (con sus variantes más comunes), más las técnicas clásicas de prāṇāyāma, mudrā, bandha y kriyā, que son los elementos diferenciadores del haṭha yoga, aunque los más desconocidos. Esta sección se acompaña de un útil glosario.

diccionario

A nivel filosófico, el libro presenta un diccionario breve con los términos más usados o escuchados en el mundo del Yoga (ātman, brahman, karman, los nombres de los siete cakras, algo de mitología, los ocho pasos de Patañjali, y bastante más), y lo bueno es que las definiciones, sin ser demasiado técnicas, son lo suficientemente largas como para dar una buena idea del tema tratado.

Como gran detalle, la obra incluye una traducción “didáctica y completa” de los Yogasūtra de Patañjali, basada en la hasta ahora inigualable – en español al menos – versión de Óscar Pujol. Más allá de la rigurosidad y la claridad de la traducción y el desglose palabra por palabra de cada sūtra, me parece muy bien pensado que el tratado clásico de la filosofía del Yoga, que se estudia en cada formación de profesores del mundo, esté incluido en un manual para practicantes y profesores.

De esta manera, ahora nos basta con llevar un único libro en el bolso para tener, al mismo tiempo, el texto original del Yoga (sin comentarios), más un resumen de la historia, un inventario ilustrado de prácticas, un diccionario de términos comunes y una base de lengua sánscrita para saber cómo pronunciarlos.

Hablando de pronunciación, al final de la obra hay una breve sección dedicada a mantra, en la que se incluye una selección de nueve fórmulas sagradas bien conocidas, con su traducción y análisis. Justamente porque el sánscrito es una lengua que da cardinal importancia a la pronunciación, Laia Villegas se ha tomado el trabajo de recopilar, con la voz de Kaustubh Desikachar (relacionado con el linaje de T. Krishnamacharya, para algunos fundador del “yoga moderno”), los Yogasūtra al completo según la metodología del canto védico y, además, cada término sánscrito que aparece en el libro.

Los audios se pueden escuchar o descargar de forma gratuita en la página web de Herder Editorial, clicando aquí. Tenemos que agradecer y destacar este gesto de parte de los autores para fomentar la práctica de la recitación sánscrita tradicional.

Personalmente, me leí el libro ávidamente en dos días, aunque su verdadero valor es ser un repositorio muy fiable de información tradicional que puede ser consultado en cualquier momento y de forma puntual.

Por eso es tan valioso que, a pesar de las muchas horas de trabajo e investigación que hay detrás, Laia haya tenido la humildad de presentar el texto de forma accesible (tanto en contenido como en forma), para no abrumar a nadie y, por el contrario, con un espíritu genuino de beneficiar a la comunidad yóguica. Es decir, siguiendo la esencia del Yoga.

El Diccionario del Yoga ya está disponible en España; pronto irá llegando a Latinoamérica y, para quienes estén en Barcelona, habrá una presentación el 10 de noviembre, ver detalles aquí. Mis mejores deseos de éxito para este libro.

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Prāṇa y ama

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Hace unas semanas vi una camiseta yóguica con una inscripción muy ingeniosa: prana y ama. Por otro lado, durante las vacaciones de agosto estuve (otra vez) en una inmersión de haṭha-rāja yoga con Sri Andrei Ram, discípulo aventajado de Sri Dharma Mittra y maestro por derecho propio, en que se practicó constantemente desde la respiración consciente. Hoy me gustaría mostrar una posible relación entre los dos eventos.

Prāṇāyāma es el nombre técnico de lo que a veces, en clases de yoga, llamamos “ejercicios de respiración” y que, históricamente, ha sido el signo distintivo del haṭha yoga, aunque ahora lo más difundido y visible sean las posturas corporales (āsana). La versión más aceptada es que la palabra prāṇāyāma es un compuesto formado por prāṇa (“energía vital”) + āyāma (“control”), cuyo paradigma sería la retención (kumbhaka), ya sea con pulmones llenos o vacíos, en que el yogui suspende la actividad respiratoria. La ligera variante prāṇayāma (prāṇa + yāma – “control”-), también existe y significa lo mismo.

Por otro lado, hay maestros y textos respetables que dicen que āyāma refiere a “extensión” y que, por tanto, el fin último del prāṇāyāma sería alargar el proceso respiratorio, lo cual redundaría en un alargamiento de la vida, sobre todo si nos basamos en la difundida creencia que sostiene que cada ser nace con un número ya determinado de respiraciones para dosificar durante toda su vida. Lo cierto es que en general todos están de acuerdo en que mientras más lento respire uno, mejor.

La palabra prāṇa es un concepto antiguo e importante en el Yoga y puede tener varios sentidos, pero aunque hablemos de respiración nunca nos referimos al “oxígeno” o al aire que sale o entra del cuerpo sino a la “energía vital” que es la base de ese proceso. Por ello a veces se habla del prāṇāyāma como “control de la energía vital, a través de la respiración”. La filosofía yóguica descubrió hace miles de años que la sutileza de la respiración es el proceso físico más adecuado para abordar (y controlar) las todavía más inasibles actividades mentales. Por ejemplo, la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.8.2) dice:

“Así como el pájaro atado a una cuerda, después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar precisamente sobre su propia atadura, de la misma manera, hijo mío, también la mente después de volar en todas direcciones sin encontrar parte alguna donde posarse, baja a descansar sobre el aire vital (prāṇa). Porque, hijo mío, la mente está atada al aire vital”.

La constatación de que la respiración y la mente van ineludiblemente unidas es la que ha impulsado al yogui a dedicar gran parte de su empeño a observar, regular y controlar su respiración. Si la mente es “más difícil de controlar que el viento”, entonces el camino más sencillo es intentar regular el proceso respiratorio, muy sutil pero todavía tangible. De la misma forma que la respiración se aquieta de manera natural cuando ponemos toda nuestra atención en una única actividad, como la lectura o pararnos en un solo pie, si profundizamos y alargamos la respiración de forma consciente la mente también se calma y se centra gradualmente.

Existen muchos tipos de “ejercicios respiratorios”, aunque los manuales medievales de haṭha yoga fijan el número tradicional de prāṇāyāmas en ocho. De todos modos, estas técnicas artificiales tienen fines específicos y, en realidad, se suele decir que el mejor prāṇāyāma es el que surge (con la práctica) de forma espontánea y cuyo exponente máximo es la retención natural sin esfuerzo.

A este respecto, todos tenemos la imagen del yogui controlando con gran esfuerzo su respiración, realizando austeridades extremas, quizás en parte porque se suele traducir la palabra haṭha como “forzar”. Como contraste, es interesante notar que el académico y sanscritista inglés Jason Birch sostiene que el “forzamiento” implicado en la palabra haṭha no refiere a un método vigoroso sino más bien al efecto que la práctica tiene en la energía kuṇḍalinī, que se ve “forzada” a moverse con las técnicas yóguicas.

Hablando de contrastes, y llegando a donde yo quería llegar, al yogui Andrei Ram le gusta decir, siguiendo al escritor y activista indio Satish Kumar, que la palabra sánscrita yama (o yāma o āyāma), que etimológicamente viene de la raíz verbal √yam que significa “controlar”, ha sido mal traducida, especialmente en Occidente. En lugar de “controlar”, debería hablarse de “cuidar”. De hecho, hablando de medicina, Satish Kumar dice que la medicina occidental se centra en “curar”, mientras que la oriental lo hace en “cuidar”. De la misma forma, prāṇāyāma se trataría de “cuidar la respiración”, no de controlarla.

Todos hemos experimentado que cuando mejora nuestra respiración automáticamente mejora nuestro estado de consciencia y, por ende, nuestra vida. Visto desde esta perspectiva, cuidar la respiración es lo mismo que cuidar la fuerza vital (prāṇa), nuestro estado mental y, por tanto, cuidar la respiración es también cuidar la (propia) vida. De ahí que la inscripción de prāṇa y ama que vi hace un tiempo estuviera resumiendo de forma genial una concepción de la respiración y de la vida que me gusta y me aporta mucho a nivel personal.

prana y ama

Una concepción que el poeta y yogui Javier Salinas expresa nítidamente en uno de sus poemas:

Me gusta cuidar las cosas: una vieja gorra
que compré hace tanto tiempo atrás bajo
un puente en Roma.
Un foulard que me compré para una boda
de unos conocidos que apenas volví a ver.
Una planta que compré en un chino por apenas
nada y que me hace compañía.
Cuidar de mis hijos, de sus madres, que fueron mis parejas.
Me gusta cuidar la respiración.
Cuidar mi bicicleta.
Me gusta cuidar la suavidad y el optimismo,
sobre todo cuando no parece haber razones para ello.
Una mochila que compré en Alemania, de un soldado
que alguna vez la llevó.
Cuidar a mis padres y a mis hermanas,
y de los gatos y animales que haga falta.
Me gusta cuidar a la gente que no me puede dar
nada a cambio excepto su sonrisa.
Me gusta cuidar la paz, la belleza,
unas zapatillas que me compré un día de primavera.
Pero, sobre todo, me gusta cuidar, proteger,
lo que a veces se me olvida que existe todo el tiempo,
esa vieja cosa llamada amor.

prāṇa y ama

Anonimato, originalidad y los nuevos yogas

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El yogi Andrei Ram dice que el yoga es un método artificial para llevar al ser humano de regreso a su estado natural, que por si no lo saben es la dicha y la paz incondicionadas. Efectivamente, hace miles de años (cuántos miles es siempre motivo de debate) unos sabios “descubrieron” diversas técnicas de auto-conocimiento que, con su correspondiente base filosófica y espiritual, podemos denominar Yoga en sentido amplio y que han demostrado ser válidas y útiles a lo largo de diferentes épocas, en variados lugares y para todo tipo de personas.

Decir “descubrieron” es quizás inapropiado, pues se supone que a este conocimiento los sabios más bien lo “visionaron” (por ello se les conoce como ṛṣi, videntes) o lo “escucharon” (de ahí que el corpus principal de las Escrituras sagradas hindúes se conozca como śruti, lo escuchado) en estados de conciencia trascendental. Es decir que lo recibieron como una revelación o como una intuición, pero de ninguna manera se trató de una “invención” o una creación humana y nada simboliza mejor esta carencia de copyright que el hecho de que los autores de las Escrituras hindúes sean, en su gran mayoría, anónimos (cuanto más antiguo el texto, más anónimos).

En los casos en que el texto sagrado se atribuye a algún autor específico se trata, en general, de un nombre envuelto por la neblina de la vaguedad, la leyenda y la ausencia de datos biográficos al punto de que uno sospecha que es intencional. Textos de épocas muy distantes (miles de años distantes incluso) y estilos literarios muy contrapuestos se atribuyen a veces al mismo autor, que se convierte más bien en un título o un cargo atemporal que en un individuo particular, entroncando así la enseñanza espiritual en una tradición que prioriza siempre ser fiel a su origen y que trasciende los personalismos.

El famoso filósofo e historiador del arte Ananda Coomaraswamy lo explica mejor:

“El anonimato está en conformidad con la verdad, y es una de las distinciones más honrosas de la cultura hindú. Los nombres de los ‘autores’ de las épicas son apenas sombras y en épocas antiguas era una práctica difundida de los escritores el suprimir sus propios nombres y atribuir sus trabajos a un poeta mítico o famoso, poniendo así mayor énfasis en la verdad que ellos afirmaban haber ‘escuchado’ más bien que ‘producido’.

Si la enseñanza revelada proviene de una fuente suprema, los ṛṣi que la recibieron fueron entonces meros instrumentos “abiertos espiritualmente a la sabiduría inherente del cosmos; seres que, por su propio estado de conciencia, estaban capacitados para escuchar aquella revelación”, al decir de Swami Satyānanda Saraswatī. Por tanto, se entiende, los sabios no añadieron nada de su cosecha a la enseñanza recibida, que se mantuvo así eterna y aplicable a todos.

Esta reproducción exacta de la enseñanza “escuchada” tiene su correlato práctico en el hecho de que la transmisión del śāstra (término genérico para la Escritura revelada) se haya realizado de forma oral durante varios milenios, siempre de maestro a discípulo, intentando mantener la pureza del mensaje y, no menos importante, su vibración sonora original. Un método de trasmisión que implica un gran trabajo de concentración y memorización y, quizás sobre todo, total ausencia de importancia personal para no cambiar siquiera una sílaba.

Si lo importante es lo que dicen los textos, qué sentido tendría agregar la firma personal a la enseñanza y, con más razón aún, qué relevancia puede tener el año de nacimiento del autor, qué oficio desempeñaba o cuántos hijos tuvo.

Este atávico desinterés indio por puntualizar fechas y datos biográficos de los textos y sus autores chocó frontalmente con la mentalidad occidental moderna que, una vez empezó a investigar la cultura india, quiso catalogar sus “hallazgos” dentro de sus propios términos. Las historias antiguas que carecían de fechas o datos claros pasaron a denominarse “mitología” o, con suerte, “símbolos” y la validez y coherencia de la revelación védica fue puesta en tela de juicio.

En el ámbito del śāstra, como dice el reconocido indólogo Patrick Olivelle:

“La fidelidad de la tradición originaria de escribas y comentadores presenta un rotundo contraste con la alteración de dichos textos por parte de los investigadores modernos… Sin duda, los antiguos comentadores conocían la gramática sánscrita mejor que la mayoría de los académicos modernos, y sin embargo no sintieron la necesidad de corregir formas o expresiones que algunos filólogos han calificado como ‘monstruosidades gramaticales’”.

La cosmovisión moderna presenta el individuo y su existencia personal como más importantes que cualquier tradición, linaje o siquiera comunidad, conceptos que ahora sirven para explicar el contexto socio-cultural de una persona y algunas de sus tendencias, pero que parece que deban ser trascendidos para que cada sujeto haga su propio camino. De ahí que, en la actualidad, etiquetar a una persona de “tradicional” o “tradicionalista” sea más una crítica que un elogio.

Esta tendencia moderna a desmarcarse de las ideas y normas del pasado, que comprende incluso – por influencia del psicoanálisis – renegar de la impronta de los propios padres, se materializa en la búsqueda constante de diferenciación y originalidad.

Yo admito no estar exento de estas tendencias pero a la vez siempre me he considerado un “tradicionalista” y supongo que por eso me gustan tanto las siguientes palabras, otra vez de Coomaraswamy:

“El hinduismo no justifica ningún culto por la expresión del ego, sino que aspira de forma consistente a la libertad espiritual. Aquellos que son conscientes de una satisfactoria vida interior se convierten en los más indiferentes hacia la expresión externa de cualquier personalidad cambiante, incluso la propia”.

Llegados a este punto de la reflexión, unos se lamentan por la supuesta pérdida de individualidad que implicaría la tradición y otros se preocupan, con cierta razón, por el estancamiento que podría producirse en la sociedad humana si no hubiera avances ni cambios. Es aquí donde creo que es adecuado tener en cuenta la necesidad de actualización. Es decir que mientras la esencia de la enseñanza espiritual se mantenga es válido, e incluso necesario, adaptarla al tiempo, al lugar y a las circunstancias.

La Bhagavad Gītā, compuesta quizás hace dos mil años, recomienda meditar sentados sobre una piel de ciervo, lo cual es poco admisible (y asequible) a día de hoy. Utilizar lana como asiento, por ejemplo, es una actualización y nadie le da más vueltas. En la Haṭha Yoga Pradīpikā (y otros textos clásicos de haṭha yoga) se ensalza khecarī mudrā, un gesto sagrado que implica cortarse de a poco el frenillo para que la lengua se estire y llegue a introducirse en la cavidad craneal de forma de poder saborear el néctar de la inmortalidad que allí supuestamente reside. Obviamente pocos o ningún maestro actual aconsejan ya esta técnica de auto-mutilación.

Y yendo aún más lejos, gran parte de la filosofía, la cosmogonía y la dieta hindú basada en la sacralidad de la vaca y su leche se ponen en entredicho ante los abusos y el maltrato animal de la moderna industria lechera, redirigiendo a muchos yoguis hacia el veganismo, justamente por un renovado entendimiento del antiguo precepto de ahiṁsā.

Por tanto, se puede decir que, en general, hay acuerdo en la necesidad de adaptar y actualizar la enseñanza tradicional a los tiempos presentes; la gran pregunta es “¿cómo hacerlo?” y el gran debate siempre radica en dónde está la línea que divide la actualización necesaria o útil de la innovación caprichosa. Como es de esperar, la línea la pone cada uno donde le parece… pero como en este blog somos tradicionales buscamos pistas para no perder la esencia.

Como anillo al dedo nos vienen entonces estas palabras de un texto inédito de Álvaro Enterría, que he recibido en comunicación personal:

“Las tradiciones empiezan en un momento dado con una ‘revelación’ fulgurante, que luego se expande y desarrolla. En este proceso, asimila unas cosas del exterior y otras no. Pero sólo asimila y se desarrolla en lo que está ya de alguna manera contenido potencialmente en elbindu, y no lo demás”.

Para entendernos, en la concepción hindú el bindu (“punto”) representa la totalidad de la energía cósmica en estado inmanifestado, es decir poder máximo, aún latente y concentrado. Probablemente en la antiquísima adoración ritual al Sol como representante de Dios en el cielo ya estaba la “potencialidad” de la supuestamente moderna secuencia física de calentamiento de haṭha yoga conocida como Sūrya Namaskāra o “salutación al Sol”. Asimismo, quizás en el bindu, la esencia o el corazón de un yoga milenario practicado en solitario y en cuevas estaba oculta la potencialidad de las clases de yoga online actuales… o no.

Cuando uno visita el museo de arte contemporáneo ve obras que podrían haber sido hechas por un “niño de cuatro años” y entonces alguien nos explica que “ese artista podía pintar lo que quisiera y solo después decidió dedicarse a hacer dos rayas o un cuadrado”. Perdón por lo simple de la analogía, pero lo que quiero decir es que cualquier innovación puede debatirse siempre y cuando sea fiel a la esencia de la tradición, o sea, no contradiga sus valores fundamentales que deben estar firmemente arraigados en el “innovador”.

A este respecto me ha interesado grandemente la explicación que, en el libro La música clásica de la India de Jaime R. Pombo, ofrece la cantante contemporánea Ashwini Bhide-Deshpande sobre el funcionamiento de los gharānā o estilos musicales clásicos indostaníes que han sido mantenidos durante largo tiempo por un mismo linaje. Ella dice:

“Este sistema pedagógico propio de nuestra cultura nació del hecho de que la transmisión del conocimiento musical se lleva a cabo, en un primer estadio, por imitación. El discípulo, inicialmente, ha de reproducir exactamente la música que su gurú produce. Es así como se aprende, por estricta imitación. De hecho, el discípulo, en esta primera fase, muy probablemente absorberá tanto las virtudes como los defectos de su maestro.

Una vez el discípulo ha absorbido el estilo propio de su maestro, se inicia una segunda fase [en que] el discípulo ya no se limita a repetir al maestro, sino que, habiendo ya absorbido su distintivo lenguaje musical, es capaz de crear música siguiendo esa misma lógica, ese mismo lenguaje y estética.

Una tercera y final etapa en el aprendizaje llega cuando el discípulo, basándose en todo lo asimilado, desarrolla un estilo musical propio que es, en mayor o menor medida, diferente del de su maestro”.

Esto me recuerda a un aforismo que alguien dijo hace, al menos, doscientos años:

“La imitación es el más sincero de los halagos”

Por el contrario, en el mundo moderno (y no hablo solo de música) el único anhelo parece ser diferenciarse. Los emergentes hijos de artistas consagrados consideran el propio legado paterno como una pesada losa que deben trascender y no como una influencia sana e inevitable. En el impostado mundo de las redes sociales nadie cita sus fuentes, pero no ya para reforzar el anonimato de una tradición sino justamente para borronear al autor original en pos del destaque individual y de la primicia. El éxito consiste más bien en producir algo que se convierta en “viral”, aunque sea efímero, que en prolongar un conocimiento construido, esencialmente, por otros.

Como es de esperar, la capacidad mimética no es vista por todos como una virtud, ni siquiera hablando de la tradición india. El escritor y político Pavan K. Varma hace un análisis de la idiosincrasia india en cuanto a la innovación científica y tecnológica y entre sus críticas figura también el ámbito académico, ya que al parecer los profesores plagian muchos de sus artículos publicados, basándose en el implícito lema de ‘la sabiduría reside en copiar’. A la vez, agrega el autor, la estructura social jerárquica y poco flexible de los indios valora la “obediencia sobre la creatividad” y, por tanto, “pensar por uno mismo es considerado un acto subversivo”.

Lo curioso, dice Varma, es que los indios que han emigrado a Occidente, especialmente a Estados Unidos, han demostrado que situados en una “nueva estructura de valores” poseen una gran capacidad de creatividad y talento. De allí que haya muchos indios destacados en el campo de la tecnología de última generación, tanto a nivel académico como empresarial.

No veo especialmente errada esta interpretación, pero hay que recordar que se habla del ámbito socio-económico de la cuestión y lo que más nos interesa hoy, en cambio, es la tradición espiritual en la que palabras como “obedecer” y “copiar” no están mal vistas. En una de sus charlas, y hablando de mantener la fidelidad a la tradición, recuerdo que Swami Satyānanda dijo que “los inventores están en California” y eso me causó mucha gracia. Efectivamente, los inventores están en Silicon Valley y también en los estudios de yoga californianos donde se gestó, por ejemplo, el conocido Bikram Yoga, un estilo de hot yoga en que posturas físicas son realizadas dentro de una sauna a 40°C.

Bikram Choudhury, el creador indio de este estilo, es conocido, entre otras cosas, por querer patentar la serie de posturas que él “inventó”, cuando en realidad se trata de āsanas con cientos de años de antigüedad. De hecho, a muchos les gusta decir que el haṭha yoga es una disciplina “milenaria” porque sirve como garantía de confianza, a la vez que también se afanan en agregar su propia marca registrada a la legitimidad que da la antigüedad. Aquí la crítica no iría tanto hacia la innovación en general sino hacia el afán por llevarse el mérito de algo que es de dominio y beneficio público; una actitud que va en contra de la posición de los maestros tradicionales que siempre aclaran no haber inventado nada.

En cualquier caso, las diatribas a Bikram son insignificantes si uno se detiene un momento a escuchar (mejor hacerlo sentado) el nuevo yoga que inventaron en Berlín: bier-yoga, es decir “cerveza-yoga”. Lo curioso es que dicen tomarse en serio la filosofía del yoga y “uniéndolo al placer de beber cerveza” esperan alcanzar el estado más elevado de conciencia. Justo al publicar este texto veo que el novedoso estilo ya sale en los medios y ahí nos informan que para acabar la sesión “en lugar de cantar ‘OM’ dicen ‘Prrrroooost’, que en alemán significa ‘¡salud!’”.

Si te has quedado con los ojos como platos, pues no los cierres, ya que para más datos la birra no se la beben después de practicar posturas (eso sería muy poco original) sino que se la zampan en pleno “Guerrero I”. Más allá de la opinión que uno (y la tradición) tenga del alcohol, le cuento a la inventora del mamarracho que la tradición del haṭha yoga no recomienda siquiera beber agua durante la práctica para no apagar el “calor interno” que se genera.

bieryoga

Evidentemente, si alguien tenía que inventar el “yoga de la cerveza” eran los alemanes y, en la misma línea, no me sorprendería saber del asado-yoga inventado por argentinos o del combat-yoga inventado por… Ey, ¡esperen! Este último ya existe y aunque no sé bien qué es, parece más bien un arte marcial con el sufijo “yoga” como adorno (este vídeo es revelador).

Y acabo de descubrir el rage yoga (“yoga de la rabia”) en que hay música heavy metal, y supuestamente gritos e insultos para descargarse. También se puede beber una cerveza en la clase, claro, porque, como dice la inventora, que es canadiense, el rage yoga “más que una simple práctica, es una actitud”.

Y ya puestos a enumerar les cuento (supongo que ya están sentados) que también existe flamenco-yogabunny-yoga (yoga con conejos); chocolate-yoga; twister-yoga (al parecer es un orgulloso invento de Barcelona); woga o yoga acuático;  yoga + vino; yoga ecuestre; yoga cristiano; SUP yoga; yoga desnudo; doga (yoga con perro)…

Aunque no parezca, yo también me cuestiono en qué lado de la línea estoy situado y con frecuencia me pregunto si el yoga dinámico moderno (que a veces practico y hasta enseño) es una actualización necesaria para estos tiempos “veloces” en que vivimos o es también una corrupción de la tradición. Y ya hilando más fino, ¿qué necesidad hay de cambiar cada semana la secuencia de posturas o el prāṇāyāma?  ¿Lo hago para no aburrir a los estudiantes, para demostrar originalidad o por qué sirve para trabajar diferentes aspectos psicofísicos o energéticos?

Mis comeduras de coco no siempre tienen una respuesta clara pero de todo esto si me queda una certeza: La originalidad está sobrevalorada. Especialmente en cuanto es una búsqueda desesperada del ego por destacar y ser diferente de los demás.

En cambio, la originalidad nacida de un auténtico contacto con la propia naturaleza esencial (“estar en el centro”, se dice ahora) o con una verdad superior es válida y seguramente estará ligada, de una forma u otra, a verdades atemporales que ya han sido percibidas, “descubiertas”, por otros seres igual de anónimos en otro tiempo-espacio-circunstancias…

Ante la duda sobre desde dónde llega el impulso innovador, solo queda aplicar la única solución segura: volver a la fuente e imitar su esencia.

Los significados de la palabra ‘hatha’

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A menudo, cuando se habla de espiritualidad las palabras tienen, al menos, dos significados: uno literal y otro simbólico. Ambos sentidos tienen su razón de ser y su utilidad. El significado literal generalmente nos provee información ‘objetiva’ (lingüística, etimológica, histórica…), mientras que el simbolismo del vocablo nos desvela cuestiones más esotéricas, es decir información oculta a primera instancia.

A este respecto, las enseñanzas de la mayoría de las tradiciones espirituales de la India tienen un carácter esotérico en origen, pues no eran de conocimiento público y eran transmitidas oralmente a través de la milenaria tradición Gurú-discípulo. Actualmente, con el auge de la filosofía oriental en Occidente, el desarrollo de las comunicaciones y la universalidad de la información, son pocas las personas (occidentales y orientales) que, de desearlo, no pueden tener acceso a las enseñanzas y la filosofía de la India.

De esta forma, los simbolismos de muchas palabras otrora desconocidas son ahora vox populi, al punto de llegar a perder su sentido original. Esto pasa, con sus matices particulares, en los casos de karma, mandala o namaste, una breve palabra que ha dado lugar a interpretaciones libres y larguísimas.

La popularidad que ha ido ganando el término Hatha-Yoga en Occidente, sobre todo a partir de los años ’60, viene de la mano con la incontestable ventaja de haber introducido (y seguir haciéndolo) a millones de personas, si no directamente en el sendero espiritual, al menos sí en el camino de la salud física, la buena respiración y la auto-consciencia corporal y mental.

La notoriedad de este estilo de yoga (con frecuencia tomado como el único para los neófitos) también ha llevado, en ocasiones, a una distorsión de la palabra ‘hatha’. Un efecto secundario de la fama que, si bien es muy menor en comparación a los grandes beneficios que da dicha práctica, me parece bueno abordar para evitar confusiones.

Definiciones varias

La definición de diccionario (Sanskrit-English de Monier-Williams, pág. 1287) de la palabra hatha incluye: “violencia, fuerza, obstinación, persistencia”. A su vez, este mismo diccionario clásico dice que hatha yoga es “un tipo de yoga forzoso o de meditación abstracta”.

Georg Feuerstein, erudito indólogo y sanscritista (que tristemente para muchos yoguis ha dejado su cuerpo este pasado 25 de agosto 2012) traduce hatha yoga como “yoga vigoroso” (“forceful yoga”, en inglés) y explica que se trata del “yoga de la disciplina física”, una “empresa vigorosa en la que la fuerza vital innata del cuerpo es utilizada para la trascendencia del ser [individual] y la comprensión del Ser [superior]”.

Es decir, a través de ciertas prácticas físicas (especialmente asana, kriyā y prānayama) el yogui logra poner bajo control su cuerpo y sus sentidos para así ser capaz de percibir, a través de la meditación, su verdadera esencia Divina.

El yogui y sabio B.K.S. Iyengar, palabra autorizada del tema, en su conocido libro El árbol del yoga define hatha yoga como “la ciencia de la voluntad”, ya que se necesita del esfuerzo físico, lo cual supongo que va relacionado con la definición de “persistencia” que ofrece el diccionario. Allí mismo, Iyengar, dice que el hatha yoga “no es meramente físico” y que “también nos conduce a la visión del alma”.

B.K.S. Iyengar

Es aquí cuando entra el aspecto simbólico de la palabra hatha.

Sol y luna

Siguiendo con Iyengar, él dice que desde el punto de vista “psicológico” el significado de hatha yoga es “espiritual”: “Ha significa sol, el sol de nuestro cuerpo, es decir, nuestra alma; y tha significa luna, la cual es nuestra consciencia. La energía del sol nunca languidece mientras que la luna mengua cada mes y de nuevo pasa, de estar apagada, a la plenitud. Así pues, el sol en cada uno de nosotros, que es nuestra alma, nunca se apaga, mientras que la mente o consciencia, que toma su energía del alma, experimenta fluctuaciones, modulaciones, humores y altibajos como las fases de la luna”.

Es justamente este significado de hatha como ‘sol y luna’, uno de los simbolismos esotéricos que ahora están muy extendidos. Como aclara Feuerstein, en The Yoga Tradition, “algunos libros sobre yoga afirman que ha y tha son las palabras reales que significan ‘sol’ y ‘luna’ respectivamente, mientras que en realidad son únicamente sílabas representando las dos luminarias”.

Hecha esta aclaración, el mismo Feuerstein explica: “La sílaba ha en la palabra hatha representa la fuerza solar [masculina] del cuerpo, y la sílaba tha representa la fuerza lunar [femenina]. El término yoga representa su conjunción, que es el estado extático de identidad entre el sujeto y el objeto”.

Georg Feuerstein

Sobre este aspecto bipolar, los fundadores de Jivamukti Yoga (Sharon Gannon & David Life) dicen que “yoga es la unión del sol y la luna” y agregan que la palabra hatha “refiere al estado dual construido por todos los pares de opuestos: masculino/femenino, placer/dolor, bueno/malo, noche/día, izquierda/derecha. Cuando estas preferencias son superadas, el Ser infinito se manifiesta en el yogui“, explican esperanzadoramente.

Por tanto, la práctica de Hatha yoga es altamente recomendable para cualquier persona que desee mejorar su salud físico-mental y que quiera adquirir mayor vitalidad. Al mismo tiempo, estos beneficios físicos no deben eclipsar los aún mayores beneficios que puede traer esta forma de yoga para cualquier persona, que consisten básicamente en una mayor consciencia espiritual.

Asimismo, es bueno recordar que el hatha yoga tradicional no está compuesto sólo de posturas físicas, sino que está muy ligado a la práctica de ejercicios respiratorios y de concentración, como así también a la práctica de la meditación; una práctica que, según dicen los sabios hatha-yoguis, es el paso último y fundamental para alcanzar el auto-conocimiento.

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Yoga, unión con el ser

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En el ahora lejano primer post de este diario espiritual (‘Lo Sagrado y lo Profano’), hablé de lo que el libro de Paramahansa Yogananda, ‘La Autobiografía de un Yogui’, había representado para mi familia en términos de iniciación a la vida espiritual.

Con el pasar de los meses, y con mayor o menor protagonismo, dicho libro fue nombrado en más de una ocasión entre estas líneas, la última de estas veces, la semana pasada.

 

Está claro que al menos una vez ya había leído el libro en mi vida, a lo que se suman todas las historias y parábolas extraídas del mismo, que me fueron repetidas de manera oral. Además de las lecturas fragmentadas que realicé en busca de informaciones particulares.

A pesar de todo esto, no puedo decir que me conozco el libro de memoria, ni mucho menos. De hecho, la relectura que comenzó la semana pasada me ha generado un renovado encanto por la ‘Autobiografía’.

 

No sólo porque uno descubre detalles que antes había pasado por alto, como sucede con cualquier libro. Sino porque además, creo que ahora tengo un poco más de entendimiento que me sirve para asimilar mejor, por un lado, cuestiones más filosóficas, y por otro lado, simples eventos que aparecen en el relato, y que antes sólo me parecían adornos literarios.

 

Todo este interés renovado me está haciendo pensar en algunos temas, y así dejando a mi inquieta mente que asocie libremente, me dispongo a describir, desde mi parcial visión, algunos de estos pensamientos.

 

Unión

 

Al parecer, la traducción más fiel que se puede hacer de la palabra sánscrita yoga, es ‘unión’, o en realidad, ‘unión divina’.

La Real Academia Española define al yoga como: ‘Conjunto de disciplinas físico-mentales originales de la India, destinadas a conseguir la perfección espiritual y la unión en lo absoluto’.

 

Sin menospreciar la anterior definición, que me parece bastante buena, transcribo aquí la del mismo Paramahansa Yogananda:

‘El yoga es un método que enseña a calmar la turbulencia natural de los pensamientos, los que de otra manera impiden al hombre atisbar la naturaleza de su propio ser’.

Y en otro capítulo, Yogananda dice: ‘La meta de la ciencia del yoga es aquietar la mente para que pueda escuchar sin distorsión alguna el infalible consejo de la Voz Interior’.

 

Estas explicaciones no son una creación de Yogananda, sino que tienen su asidero en la tradición milenaria de la India, siendo Patanjali uno de sus sabios más reconocidos, sobre todo por sus Yoga Sutras (también conocidos como los ‘Aforismos de Patanjali’), que son considerados uno de los seis sistemas de la filosofía hindú basados en los Vedas (libros sagrados del Hinduismo).

Los Yoga Sutras, al igual que los demás sistemas filosóficos hindúes, comprenden no sólo enseñanzas teóricas, sino también prácticas, y contienen métodos (los más eficaces, se dice) para alcanzar la percepción directa de la verdad.

 

Es decir, que cuando se hace referencia al yoga, en su uso original, el sentido es el de un método que lleva a la ‘unión’ de uno mismo con su propio ser (o con Dios).

Quien practica yoga es entonces considerado un yogui, o sea alguien que ‘se ejercita en un definido procedimiento, por medio del cual la mente y el cuerpo son disciplinados, paso a paso, y el alma es liberada gradualmente’.

El nombre monástico Yogananda, significa justamente ‘bienaventuranza’ (ananda) a través de la ‘unión divina’ (yoga).

 

autobiografia

 

Hatha

 

Con bastante seguridad el sentido más divulgado actualmente de la palabra yoga, se remite a la rama especializada en posturas físicas y en técnicas para mejorar la salud.

Parece entonces coherente que la Real Academia Española, con la que no a menudo comparto ideas, tenga entonces una segunda definición para la palabra yoga:

‘Conjunto de las prácticas modernas derivadas del yoga hindú y dirigidas a obtener mayor eficacia en el dominio del cuerpo y la concentración anímica’.

 

A pesar de esta distinción académica, es un hecho que cuando se habla de yoga en la vida cotidiana nos referimos más bien al Hatha Yoga, o yoga físico.

Según Yogananda, el Hatha es bueno y produce resultados físicos asombrosos, pero es una rama del yoga poco usada por los yoguis dedicados a la obtención de la liberación espiritual.

 

El Yoga a secas (también conocido como Raja Yoga), sin embargo, también tiene sus ejercicios físicos, pero éstos se concentran en preparar el cuerpo para la meditación, es decir, en conseguir una postura correcta (asana), que implica la columna vertebral erecta y el cuerpo firme pero en posición cómoda, y el control de la respiración (pranayama).

 

En cuanto al ‘yoga físico’, aparte de Hatha hay otras ramas, consideradas relativamente modernas (Ashtanga; Vinyasa; Kundalini), que ofrecen variaciones (de intensidad, dinamismo o exigencia), siempre más enfocadas al aspecto corporal que el yoga original.

 

patanjali

 

Validez

 

 De todos modos, y ésta es en parte mi interpretación, estos yogas físicos derivados del hatha, no deben ser considerados inferiores. Así como para cada persona existe un método adecuado, también lo hay para cada época.

Cuando los antiguos sabios (llamados rishis) de la India vivían en el bosque hace miles de años, el modo de vida, el medio ambiente y el nivel de conciencia colectivo eran sin duda diferentes a los actuales.

En la vida moderna, la posibilidad de que una persona común se siente por varias horas a meditar y hacer ejercicios respiratorios no es tan viable. Es por ello, que los sabios espirituales contemporáneos adaptan las enseñanzas originales a los tiempos que corren.

Dichas enseñanzas no varían en esencia, es sólo la forma de presentarlas la que cambia.

 

En un mundo donde todo parece estar en movimiento continuo y donde la importancia de la forma es mayor que la del contenido, me parece normal que existan métodos que enfaticen también el aspecto físico y exterior, no como resignadas versiones del olvidado pasado sino como métodos actualizados de la misma verdad.

Quienquiera que practique con constancia y dedicación un ‘yoga físico’, aunque sólo sea por razones de salud, sin duda verá cambios que van más allá del aspecto exterior y físico.

Las antiguas posturas de yoga fueron diseñadas por sabios espirituales, y teniendo en cuenta que el cuerpo está unido a la mente, los cambios que se produzcan en el exterior también repercutirán en el interior.

 

Evidentemente, el cambio más importante debe producirse en el interior, pero muchas veces hay que empezar por lo que se tiene más a la mano.

 

hatha asanas

 

Energetización

 

De hecho, Paramahansa Yogananda mismo, también diseñó un sistema especial para el desarrollo físico, denominado Yogoda, que también es conocido como los ‘ejercicios de energetización’.

El sistema consiste en dirigir la energía vital de una parte del cuerpo a otra; es decir, se visualiza el cuerpo como si estuviera dividido en veinte partes, y por medio de la voluntad se dirige mentalmente la energía por turnos a cada sección.

De esta forma, uno puede renovar sus energías o, en palabras de Yogananda, ‘recargar la batería’.

 

Viendo que mi constancia para el clásico Hatha Yoga no era la mejor, hace algunos años, mi tío Murali me enseñó los ‘ejercicios de energetización’. Desde entonces, los he practicado casi todos los días, por la mañana. Idealmente, deberían ser practicados a la mañana y al atardecer, pero ya hemos hablado de la vida moderna y sus exigencias.

 

Del mismo modo, en estos años ha habido más de una mañana en que no realicé los energizantes ejercicios (por pereza; por fallas del despertador; por viajes), pero de verdad trato de no saltármelos, pues he notado que a mi cuerpo, y también mi mente, les cuesta mucho más entrar a la vida cuando no los hago.

 

Por otro lado, y a pesar de mi falta de constancia, siempre he hecho hatha yoga, aunque generalmente no de manera regular. Más que a mi propia voluntad, este acercamiento se debe a que gran parte de mi familia estaba involucrada con el yoga de manera directa.

Por empezar, mi tío, que es profesor de yoga; también mi abuela, que con ochenta y nueve años todavía da clases de hatha; mi madre, que por años fue profesora; mi padre, que de manera más informal también ha sido profesor; e incluso mi hermano, que por un breve período dio clases a unas pocas vecinas del barrio.

Como ven, todos son o han sido profesores, yo soy el único que todavía es estudiante. Y por suerte, en los últimos meses encontré un buen centro de yoga en Barcelona, donde me da gusto ir dos veces por semana. A ver si de una vez me puedo tocar la punta de los pies con las manos.

 

Quietud

 

Por más que el yoga que hago ahora sea más bien físico (Hatha, y eventualmente Vinyasa), no me caben dudas de que se trata de una práctica que puede ser profundamente espiritual.

Cuando uno hace una postura de yoga de manera correcta (o al menos trata), entran en juego factores que van más allá del físico.

 

Por un lado, el esfuerzo físico requerido es generalmente alto, sobre todo si uno no está acostumbrado, y además porque se mueven zonas del cuerpo que muchas veces están muy en desuso. Sin ser un deportista a tiempo completo, durante la mayoría de mi juventud he practicado deportes y sé lo que es estar agotado físicamente a causa de ello.

Jamás, en todos esos años de correr noventa minutos detrás de una pelota, o de trotar por los parques de la ciudad, me sentí tan agotado como haciendo la postura de ‘la silla’ en torsión, por solamente citar un caso.

 

pravita utkatasana

 

Por otro lado, otros factores que entran juego son la respiración (tener conciencia de la respiración), la atención, la concentración, y también, la quietud.

Quizás visto objetivamente, correr por una hora y media sea más agotador que estarse quieto en una postura yóguica por un solo minuto. Pero, desde mi punto de vista, puedo asegurar que el hecho de estar en movimiento, aliviana en cierta forma el cansancio físico.

 

Aunque sea paradójico, la explicación que encuentro es que estamos acostumbrados a estar en movimiento permanente, pendientes de estímulos externos constantes. Mantenerse quieto durante menos de un minuto, en una postura que requiere atención, concentración y esfuerzo no es tan simple para nuestros desacostumbrados cuerpos, y lo es menos para nuestras aún más desacostumbradas mentes.

 

Al principio de esta crónica decía que la meta del yoga es aquietar la mente; pues bien, si en ese minuto de quietud física que dura la difícil postura, uno puede asimismo mantener una quietud mental, respirando, sin desear que la postura se acabe ya, sin pensar en qué hará al salir de clase, sin concentrarse en la gota de sudor que está cayendo sobre nuestro ojo, entonces también se estará convirtiendo en un yogui.

 

Meditar en el bosque durante siete años bajo un árbol ya llegará, por ahora quisiera aquietar mi mente al menos por un minuto, en busca de la gradual ‘unión con mi ser’.

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