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Como la llama de una vela en un lugar sin viento

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En el haṭha yoga o “yoga físico” hay una postura muy importante llamada sarvāṅgāsana, cuya traducción literal podría ser “postura de todas las partes [del cuerpo]”, ya que, al decir de Sri Dharma Mittra, es “buena para todo”. Justamente por su beneficio integral se la considera como la “madre” o “reina” de todas las poses. Por hábito o búsqueda de simplicidad, muchas escuelas y profesores traducen (yo incluido) sarvāṅgāsana como “postura sobre los hombros”, pero también es muy difundida la traducción de “la vela”.

Durante varios años, escuchando esta definición mientras la practicaba, yo estaba convencido de que se refería a la vela de un barco, supongo que porque la postura completa con las piernas juntas hacia arriba, en una línea recta con el tronco, me hacía pensar de alguna forma en el mástil del barco y en sus lonas al viento… Finalmente, en una conversación hogareña fue mi esposa quien me habló del otro punto de vista, el de vela como “candela”, y entonces empecé a prestarle atención a ese aspecto aunque sin convencerme del todo.

sarvangasana

Hace poco, practicando sarvāṅgāsana con el yogui Sri Andrei Ram, él indicó que la postura, una vez lograda, debía mantenerse inmóvil “como la llama de una vela en una habitación sin viento”. Por primera vez el sentido de “vela” me tocó la fibra.

Supongo que por el hecho de que la forma de la pose deja las piernas libres es muy común ver que los practicantes mueven sus piernas y especialmente sus pies sin razón evidente. A la vez, al tratarse de una postura que incluso muchos principiantes pueden hacer (de forma aproximativa) en su primera clase, quizás no se valora demasiado su obtención (a diferencia de la “postura sobre la cabeza” por ejemplo). Esta aparente facilidad implica, en contraste con las posturas de equilibrio por ejemplo, que no haya especial concentración en las fases iniciales y que el estudiante con frecuencia mueva “la llama de la vela”.

Las enseñanzas del yoga clásico dejan muy claro que aquietar el cuerpo es fundamental para aquietar la mente. Por tanto, la razón última de cualquier movimiento dentro del āsana es inquietud mental y, por ello, los beneficios de la práctica de posturas van más allá del cuerpo físico. Todo esto (más la lista de la compra y el destino de las vacaciones…) lo pienso cada vez que estoy en esa postura, intentando no moverme, y entonces hoy abro la Bhagavad Gītā (VI.19) y encuentro un śloka que siempre estuvo ahí pero que ahora me llama:

yathā dīpo nivātastho neṅgate sopamā smṛtā
yogino yatacittasya yuñjato yogam ātmanaḥ

O sea (en traducción de Swami Nikhilananda):

Como una lámpara que en un lugar sin viento no tiembla”: esa es la imagen usada
por la mente disciplinada del yogui que practica concentración en el Ser.

En el estado ordinario los procesos o modificaciones mentales están siempre funcionando y, como todos experimentamos, cuesta mucho encontrar la unidireccionalidad de la mente, poner la atención fijamente en una única cosa por un periodo más o menos largo de tiempo. La concentración en el ātman, o más literalmente, el “yoga del ātman”, dice la Gītā, es el método para permanecer “al abrigo de las corrientes del aire”, al decir del filósofo Juan Arnau.

Para algunos esa esencia es un punto de luz en el centro del pecho, para otros el silencio interno, para otros el Absoluto, el universo, para otros una flor roja… pero siempre es un único objeto.

¿Y para qué quiere uno estar quieto y no ser movido por el viento?, puede esgrimir el estudiante que hace spinning en sarvāṅgāsana y, con razón, anhela la libertad. La respuesta, muy simple, la da Sri Dharma Mittra: en cuanto la mente deja de estar en un punto, “uno se vuelve consciente de sus problemas y entonces las emociones cambian” y, por ende, el estado mental se agita.

En este sentido, concentrarse en el entrecejo durante la “postura sobre los hombros” es mucho más importante que lograr la perfección técnica del āsana. Después de lo visto, otra posible forma de concentración durante la postura es visualizarse como una llama, imperturbable, en una habitación sin viento.

vela

Practicando esto, como dirían los Yogasūtras (I.14), durante “largo tiempo, sin interrupción y con seriedad”, sin dudas la llama de la mente vacilará cada vez menos y entonces puede que también se empiece a mantener inalterable en lugares con viento, como la calle, el trabajo y la familia, uno de los verdaderos objetivos de todo yoga.

Día Internacional del Yoga 2015

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El yoga se ha vuelto tan popular que el año pasado (2014) Narendra Modi, el actual Primer Ministro de la India, gestionó en la Asamblea de las Naciones Unidas la creación del Día Internacional del Yoga para el 21 de junio. La iniciativa de Modi tiene varios motivos: por un lado, es una persona tradicional e hindú, que al parecer practica yoga cada día, que quiere promover una disciplina milenaria que es parte del legado de la India.

Por otro lado, con la difusión del yoga por el mundo y los intentos de poner derechos de autor a nuevos estilos de yoga (especialmente en USA), el gobierno indio intenta dejar claro que el yoga y sus técnicas son creación india y si bien son patrimonio de la humanidad nadie debería tener el copyright (excepto, claro, el propio gobierno indio que parece tener la intención de patentar las posturas clásicas para que no lo hagan otros).

Partiendo de esta base existe un muy buen reportaje del canal de televisión Al Jazeera (sólo en inglés) que se titula Who owns yoga? (¿De quién es el yoga?) y que ahonda en el absurdo de querer ponerle derechos de autor a una disciplina-ciencia-arte-estilo de vida que no tiene dueño ni fecha de creación definida.

El Primer Ministro de la India, Narendra Modi, practicando yoga.

Volviendo al punto inicial, la creación del Día Internacional del Yoga ha sido bien recibida en general, aunque ha habido quejas de quienes creen que el yoga es una disciplina religiosa, por ejemplo la población musulmana de la India, que se niega a “saludar el Sol” o “cantar OM” pues los consideran elementos propios de la religión hindú. Como la India es constitucionalmente laica, y hay gran respeto por las minorías, el gobierno ha retirado los Sūrya Namaskāra del programa de actividades conmemorativas para el próximo domingo 21 de junio de 2015.

El debate de si el yoga es religioso o no ya viene de largo y no sólo en la India sino principalmente en Occidente donde hace un par de años unos padres de California (al parecer cristianos) se quejaron de que sus hijos recibieran “adoctrinamiento religioso” en clases de yoga y donde otra vez el tema de adorar al Sol con el nombre Sūrya generaba recelo. El citado reportaje de Al Jazeera también toca este tema y se muestra el curioso caso de mujeres cristianas estadounidenses practicando ejercicios de yoga pero recitando a la vez versículos de la Biblia, con lo cual ellas consideran que ya no es yoga, o al menos no pertenece a la religión hindú.

Está claro que uno puede practicar yoga sin ser hindú, sin ser de ninguna religión e incluso sin creer en Dios, y de todas formas obtendrá muchos de los beneficios básicos de la práctica: vigor, flexibilidad, calma mental, control de la respiración, concentración… A la vez, lo que en Occidente entendemos por “religión hindú” es un reduccionismo pues el hinduismo es un fenómeno religioso pero que también incluye una cultura, un estilo de vida, una organización social y familiar, y un conjunto de ideas espirituales milenarias que son anteriores a la noción de religión institucionalizada.

En cualquier caso, vivimos en un mundo moderno cada vez más laico y en donde la palabra religión tiene muy mala prensa, por lo que es normal que la mayoría de personas no quieran estar asociadas a esa idea. De hecho, y en el contexto de la polémica sobre cómo festejar el Día Internacional del Yoga, el reciente “ministro de yoga” del gobierno indio ha dicho que “el yoga no tiene nada que ver con la religión”.

Efectivamente, el yoga puede no tener nada que ver con religión aunque sin duda se trata de una práctica espiritual o, al menos, está totalmente ligado a una práctica espiritual. En muchos casos las posturas de yoga pueden ser similares a ejercicios de gimnasia en su forma externa, pero la gran diferencia está en la intención, en la actitud y, también, en el trasfondo filosófico que las sustenta y del cual surgieron.

Actualmente existe yoga aéreo, acro-yoga, yoga ecuestre, yoga sobre una tabla de surf, flamenco-yoga, yogilates, yoga & wine, yoga-danza, yoga cristiano, power yoga, yoga desnudo y podría seguir. Para los más ortodoxos esto es una perversión y, en parte por eso, el gobierno de la India trata de reivindicar el legado espiritual del yoga más tradicional con la implantación del Día Internacional del Yoga.

Practicantes de “paddle yoga”.

No me parece mal que haya un día así y es buena excusa para promover el yoga, aunque revisando los días de las Naciones Unidas uno encuentra que hay conmemoraciones de todo tipo (Día Mundial de la Radio; Día Internacional de los Vuelos Espaciales Tripulados; Día Mundial de la Propiedad Intelectual; Día Internacional del Jazz; Día Mundial de las Aves Migratorias; Día Mundial del Turismo; Día Mundial del Correo; Día Mundial de las Ciudades…) y que no se trata de un galardón tan trascendental.

En cualquier caso, la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 11 de diciembre de 2014, también otorgó un día al yoga, “reconociendo que ofrece un enfoque holístico de la salud y el bienestar. Reconociendo también que difundir más ampliamente la información relativa a las ventajas que entraña practicar el yoga sería beneficioso para la salud de la población mundial”.

yoga

Por tanto, este domingo 21 de junio de 2015 se celebrará el primer Día Internacional del Yoga de la historia. La fecha elegida no es casual ya que se trata del solsticio de verano en el hemisferio norte (que es donde está la India y también la Asamblea General de las NU), el momento en que el Sol está en su posición más alta en el cielo y el día “más largo” del año en cuanto a luz solar.

Ya en la antigua cultura védica (la civilización india que se basa en la filosofía de los Vedas) el rol del Sol, Sūrya, era preponderante, ya que se lo consideraba el representante de Dios en el cielo y, para algunos, es la imagen más cercana de lo Divino que se puede concebir.

Al respecto, en el breve pero inspirador Śrī Īśopaniṣad (Īśa-upaniṣad) hay un bello mantra (XVI):

pūṣann ekarṣe yama sūrya prājāpatya
vyūha raśmīn samūha tejo
yat te rūpaṁ kalyāṇatamaṁ tat te paśyāmi
yo ‘sāv asau puruṣaḥ so ‘ham asmi

En la poética traducción del mallorquín Joan Mascaró, que me ha gustado, sería:

¡Oh Sol dador de vida, descendiente del Señor de la Creación, profeta solitario del cielo!
Derrama tu luz y aparta tu resplandor deslumbrante
para que yo pueda contemplar tu forma radiante:
este espíritu lejano que hay en ti es mi propio espíritu interior.

La cultura védica es, por tanto, solar y se trata de una tendencia que sigue hasta hoy, en que las personas pías que reciben el saṃskāra (sacramento) de la imposición del cordón sagrado (yajñopavīta) deben recitar sus mantras tres veces al día, en la salida, cenit y puesta del sol. Asimismo, el punto cardinal Este es más importante que el Norte, ya que es por donde surge la luz solar que simbólicamente representa el conocimiento del Ser.

Por tanto, la adoración al Sol a través de himnos, rituales, mantras y, quizás más moderno, āsanas (posturas físicas) es inherente a lo que llamamos hinduismo. De allí que Sūrya Namaskār sea el “calentamiento” tradicional en la mayoría de estilos derivados del Haṭha yoga.

Quitar Sūrya Namaskāra de una sesión de yoga es posible y de todos modos se puede tener una práctica muy completa. Lo que pasa es que si uno le quita los “saludos al Sol”, luego el canto de OM, después los nombres en sánscrito, no habla de espiritualidad ni ofrece los frutos de su práctica y finalmente se relaja con música pop de fondo, hay que hacer un esfuerzo para etiquetar eso como yoga, al menos en sentido tradicional.

Cada quien, si le interesa, puede tomar partido en este debate según sus preferencias personales, pero para dar más detalles comparto el vídeo oficial del gobierno indio sobre el “protocolo común de yoga”. El vídeo dura 45’, está subtitulado al español, y muestra muy bien la visión india tradicional de qué es y cómo debe ser practicado el yoga:

En España, la conmemoración oficial del Día Internacional del Yoga tendrá lugar en Madrid con un gran evento (apoyado por la Embajada de la India), y también habrá actos oficiales en Barcelona, Valladolid y Tenerife y también otras actividades no-oficiales en muchas otras ciudades.

Como es natural, todos estamos invitados a celebrar el Día Internacional del Yoga a nuestro modo, a la vez que, como se suele decir en estos casos, el verdadero día del yoga es cada día.

Las enseñanzas secretas del yoga y el ejemplo de Rāmānuja

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La tradición espiritual hindú se ha caracterizado históricamente por transmitir el conocimiento con fidelidad a sus orígenes y cara a cara. Por ello la relación personal del estudiante con el guru es tan importante y, por consecuencia, se pretende que el aspirante esté capacitado para recibir las enseñanzas; es decir que tenga mucho anhelo espiritual, paciencia, obediencia al maestro, disciplina… Está lleno de historias de estudiantes que debieron limpiar la casa del maestro por años hasta que, finalmente, éste les dio una enseñanza explícita.

Como dice el estudioso español José Antonio Offroy Arranz, “en la tradición india, el conocimiento es un bien que se merece y conquista, no un derecho que tienen todos los hombres por igual, a modo de como se entiende en el mundo moderno”.

En ámbitos específicos como el Haṭha yoga o el Tantra este secretismo es más pronunciado, pues las enseñanzas implicadas suelen ser exigentes para el cuerpo y la mente y deben ser impartidas por un maestro cualificado, so riesgo de hacerse daño si uno actúa de forma autodidacta.

Como muestra del carácter esotérico de la enseñanza yóguica, baste esta cita de la Haṭha Yoga Pradīpikā, el manual conservado más importante sobre Haṭha yoga:

“La ciencia del haṭha debe ser mantenida en total secreto por el yogui que desee el éxito /
Es poderosa cuando se oculta pero impotente cuando se divulga // (I.11)

En estos tiempos de Internet, sociedad de la información y globalización es claro que el rasgo secreto del yoga y la filosofía espiritual en general se diluye. Cualquier texto que antes se pasaba oralmente de maestro a discípulo, ahora puede ser leído online y, además, con el comentario adjunto de grandes sabios o de cualquier hijo de vecino, indistintamente. Mantras sagrados que antes sólo se murmuraban en la oreja derecha de un iniciado, ahora aparecen cantados abiertamente en YouTube, a veces con música bailable de fondo. Posturas físicas de profunda implicancia energética ahora son practicadas de manera descontextualizada sobre tablas de surf, tablados flamencos o trapecios. Y así podríamos seguir…

¿Todo esto es bueno o malo? ¿Ha perdido el yoga su sacralidad al difundirse? ¿Hay todavía algo secreto en estas enseñanzas? Me gusta el enfoque del ya citado Offroy Arranz:

“El carácter secreto del yoga sigue estando vigente aún hoy en día. Cabe distinguir entre ‘información’, a la cual se puede acceder de manera casi ilimitada, y ‘conocimiento’ (vidyā), cuyo acceso está tan restringido hoy como siempre lo ha estado. Información y conocimiento son de naturalezas completamente diferentes, y su confusión resulta la causa principal de una mala interpretación de un texto tradicional. Actualmente, casi todo el mundo podría tener acceso a la lectura de los textos tradicionales o una de sus traducciones. De todos los que tendrían acceso a la lectura, verdaderamente muy pocos se interesarán por la obra, y de esos, otros pocos la leerán. De esos escasos lectores, alguno será practicante de yoga. Y de esos practicantes, quizá alguno llegue a comprender su contenido.

De esta manera, se puede entender que la restricción de este tipo de textos sigue siendo la misma que cuando fueron redactados por primera vez. La única diferencia es que tradicionalmente se evitaban las lecturas inapropiadas a través del secretismo, y en el mundo moderno, el libre acceso a la información propicia que algunos confundan ‘información’ con ‘conocimiento’. Más allá de esas distinciones, el conocimiento verdadero sigue estando protegido como siempre lo estuvo”.

Es decir, sólo el aspirante que esté cualificado y anhelante de espiritualidad tendrá acceso al conocimiento genuino y podrán utilizarlo para modificar su vida. Los demás sólo se quedarán en la superficie, llena de palabras vacías y pretendidas experiencias místicas. De hecho, en el resto de la vida pasa igual. Ahora todos sabemos – “porque yo no soy tonto” – que las entidades bancarias son especuladoras y que los grandes banqueros saquean el mundo por sus interés personales, y orgullosamente decimos “a mí no me engañan”. Pero, ¿cuántas personas dejan de tener cuenta o tarjeta en alguno de esos bancos, a pesar de su consabido ruin accionar?

Tener información puede dar cierto poder, pero si no lo utilizas para cambiar tu vida en el plano práctico es apenas una anécdota más para la charla de sobremesa.

Ante esta situación, ahora viene otra pregunta: ¿Es bueno divulgar las enseñanzas espirituales? ¿O es mejor guardárselas para quienes las “merecen”? Sé que hay profesores de yoga, por ejemplo, que no enseñan la postura sobre la cabeza (śīrṣāsana) porque temen que si un estudiante se lesiona intentándola, les pueda poner una demanda. También, en el otro lado, hay profesores que el primer día ya les hablan de bandhas y cakras (chakras) a los alumnos principiantes.

Es verdad que cada maestro tiene su estilo y, también, que cada linaje tiene un método diferente, así que sería simplista emitir juicios de valor fuera de contexto. Yo creo que, además de ser fiel al propio linaje, hay que usar la discriminación y esforzarse por ser generoso y compasivo con los estudiantes, de la misma forma que lo son todos los grandes maestros que conocemos. Hablando de grandes maestros, hay una frase de Sri Dharma Mittra que resume lo que siento sobre este tema:

“Compartir conocimiento espiritual es la forma más grande de caridad”.

Sri Dharma Mittra haciendo caridad…

La caridad al compartir conocimiento espiritual tiene uno de sus grandes ejemplos en una famosa historia de Rāmānujācārya (Ramanujacharya), el gran santo vaiṣṇava (váishnava) del siglo XII que vivió en el sur de la India. La historia, tal como la comparto a continuación, es un fragmento del libro Vida y enseñanzas de Ramanujacharya a cargo del sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (incluyendo bellas ilustraciones del devoto Hari Dasa) y que es la primera biografía del santo publicada en español:

“Siguiendo las instrucciones de su guru, Rāmānuja fue a ver al gran erudito Goṣṭhīpūrṇa para aprender plenamente el significado de los mantras védicos. Ya en presencia de aquel famoso devoto, le ofreció reverencias y le rogó que le otorgase el mantra vaiṣṇavaGoṣṭhīpūrṇa, sin embargo, se mostró reacio a entregar el mantra secreto, y respondió: «Puedes volver otro día, y yo consideraré tu petición». Rāmānuja se desanimó mucho ante esta respuesta, y con el corazón apenado regresó a su pueblo.

Una y otra vez, Rāmānuja se dirigió al erudito, pero Goṣṭhīpūrṇa rehusó acceder a su petición. Cuando sus súplicas fueron denegadas en dieciocho diferentes ocasiones, Rāmānuja comenzó a pensar que debía haber alguna gran impureza en su corazón, y que ésta era la razón por la cual Goṣṭhīpūrṇa no le concedía su misericordia. En medio de esta aflicción, Rāmānuja comenzó a derramar lágrimas de desesperación.

Cuando algunas personas informaron a Goṣṭhīpūrṇa de la condición de Rāmānuja, sintió lástima por el joven devoto. Así pues, cuando Rāmānuja fue a verle de nuevo, le habló de una forma muy amable: «Sólo el Señor Viṣṇu (Vishnu) es consciente de las glorias de este mantra. Ahora, sé que tú eres digno de recibirlo, debido a tu pureza y firme devoción al Señor. Nunca había encontrado a nadie, excepto tú, que fuese apto para recibir este mantra, porque cualquiera que lo cante es seguro que irá a Vaikuṇṭha (el cielo de Viṣṇu) en el momento de la muerte. Puesto que este mantra es muy puro y sagrado, no debe ser tocado por los labios de alguien que tenga deseos materiales. Por lo tanto, no debes revelarle este mantra a ninguna otra persona».

Tras instruir así a Rāmānuja, Goṣṭhīpūrṇa le inició en el canto del mantra de ocho sílabas. Rāmānuja se llenó de éxtasis al cantar esta maravillosa vibración y su rostro comenzó a brillar con refulgencia espiritual. Se consideró el más afortunado de todos los seres, y, una y otra vez, se postró a los pies del guru.

Después de dejar a Śrī Goṣṭhīpūrṇa, Rāmānuja, muy alegre, emprendió el regreso a su pueblo. Pero mientras caminaba comenzó a pensar en la potencia del mantra que había recibido. Mientras pensaba así, sintió gran compasión por todos los seres que sufren en este mundo material. Así pues, mientras caminaba cerca de los muros del templo, comenzó a llamar a todas las personas que pasaban por allí: «¡Por favor!, ¡venid aquí todos y yo os daré una joya de valor incalculable!».

Atraídos por la pureza de su expresión y sus palabras poco comunes, una gran multitud de hombres, mujeres y niños comenzó a seguirle. Por todo el pueblo comenzó a propagarse el rumor de que había aparecido un profeta capaz de satisfacer los deseos de todos. En poco tiempo, una gran multitud se había reunido en el exterior del templo. Al ver aquella gran cantidad de personas, el corazón de Rāmānuja se llenó de júbilo y trepó a la torre del templo. Con una voz muy alta, se dirigió a la multitud: «Todos vosotros sois más queridos para mí que mi propia vida. Por lo tanto, tengo un gran deseo de liberaros de los tormentos y sufrimientos que todos hemos de padecer en este mundo temporal. Por favor, recitad este mantra que he obtenido para vosotros. Haced esto, y la misericordia de Dios se derramará sobre vosotros».

Entonces, Rāmānuja proclamó con una voz resonante el mantra que acababa de recibir de Goṣṭhīpūrṇa. Inmediatamente, la multitud respondió recitando a su vez las palabras sagradas, produciendo un ruido semejante al de un trueno. Dos veces más Rāmānuja recitó el mantra, y dos veces más, la estruendosa respuesta resonó desde la multitud. Todos quedaron en silencio, mirándose unos a otros con sentimientos de gran éxtasis en sus corazones.

Mientras la alegre multitud se dispersaba, Rāmānuja bajó de la torre y comenzó a caminar hacia la residencia de Goṣṭhīpūrṇa para adorar a su guru. Para entonces, Goṣṭhīpūrṇa había oído con todo detalle lo que había ocurrido en la plaza del templo y estaba extremadamente enfadado, sintiendo que Rāmānuja había traicionado su confianza. Cuando Rāmānuja se acercó a él, el anciano maestro le dijo con una voz temblorosa debido a la ira: «¡Vete de mi vista, tú, el más bajo de los hombres! He cometido un gran pecado al confiar la gema más preciosa a una persona indigna de confianza como tú. ¿Por qué has regresado aquí de nuevo, forzándome a cometer el pecado de mirar tu cara? Sin duda, estás destinado a vivir en el infierno por incontables vidas».

Sin ningún tipo de remordimiento, Rāmānuja respondió a su guru de la forma más humilde, diciendo: «Sólo porque estoy dispuesto a sufrir en el infierno he desafiado tu orden. Tú me dijiste que quienquiera que cantase el mantra de ocho sílabas sería liberado con toda certeza. Así pues, según tus palabras, ahora muchas personas han sido destinadas a encontrar refugio en los pies de loto de Nārāyaṇa (Naráyana, otro nombre de Viṣṇu). Si una persona insignificante como yo ha de ir al infierno, eso no tiene mucha importancia, si tantos otros van a alcanzar la misericordia del Señor Nārāyaṇa».

Al oír estas palabras, que revelaban plenamente la profundidad de la compasión del devoto, Goṣṭhīpūrṇa se sintió completamente atónito y lleno de admiración. Toda su ira desapareció en un instante, tal como pasa una violenta tempestad, y abrazó a Rāmānuja con profundo afecto”.

La historia es hermosa e inspiradora, ¿verdad? Ahora me imagino que quieren saber cuál era el redentor mantra que compartió Rāmānujācārya con el pueblo. Por un momento me vi tentado a dejarlo para el post de la semana que viene, pero eso sería incoherente con todo lo anterior, así que, confirmando la viñeta de arriba, aquí va:

om namo nārāyaṇāya

Eso sí, para el próximo post dejo la traducción y una explicación más detallada. El conocimiento espiritual hay que compartirlo, claro, pero en raciones pequeñas se saborea mejor.

Las mudrās más allá de las manos

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Ya sea en clase o leyendo algún libro, seguramente la mayoría de yoguis han oído la palabra mudrā. Incluso fuera del mundo del yoga es un término conocido: en la danza clásica india las mudrās son fundamentales para el despliegue gestual y emocional de los bailarines; en la iconografía canónica del hinduismo las deidades siempre realizan algún gesto tradicional, especialmente con las manos; en el budismo, estos gestos manuales, reducidos a seis o siete principales, remiten a eventos de la vida del Buda; o como es la nueva tendencia, el uso de mudrās se ha convertido en una práctica terapéutica en sí misma, sin relación directa con la ciencia del Haṭha Yoga o con las doctrinas tántricas, de donde provienen en origen.

Entonces, ¿qué es una mudrā? Se suele traducir como “gesto sagrado o simbólico” y refiere a una “combinación de movimientos físicos sutiles que alteran el ánimo, la actitud y la percepción, los cuales profundizan la atención y la concentración”.

La traducción literal de la palabra sánscrita mudrā es “sello” y, en este contexto, refiere a la idea de que estos gestos “precintan” el cuerpo, controlando la energía vital y creando circuitos específicos con ella. Este fluir energético tiene la intención de “unir la fuerza vital individual con la fuerza universal”.

Desde el punto de vista etimológico, se explica que el término mudrā, que es femenino, deriva de la raíz verbal sánscrita mud que significa “estar feliz o deleitarse”, ya que la práctica de las mudrā trae felicidad.

Cualquiera sea la definición que nos guste más, es muy probable que nuestro conocimiento de las mudrās esté especialmente concentrado en los gestos con las manos (hasta mudrā), que son los más habituales y difundidos, como por ejemplo el ubicuo jñāna mudrā (guiana mudra) o “gesto del conocimiento”, realizado incluso por aquellos que quieren imitar o ridiculizar a un yogui.

jñāna mudrā

Para algunos, la novedad quizás sea que las mudrās pueden ser hechas no únicamente con las manos, sino también con la cara, las piernas o con todo el cuerpo. Sobre estas divisiones corporales, Swami Satyananda Saraswati, el fundador de la Bihar Yoga School, en su clásico libro Asana Pranayama Mudra Bandha describe cinco categorías de mudrās: de mano, de cabeza, posturales, de cierre y perineales.

Curiosamente, en los antiguos manuales clásicos de Haṭha Yoga las mudrās de las manos no son nombradas y, en cambio, sí aparecen las otras categorías, a las que se dedica mucha importancia ya que en la tradición las técnicas de mudrās son tan importantes como los āsana (pronúnciese ásana = posturas) o el prāṇāyāma (control de la energía vital). Sin embargo, mi sensación es que en las clases regulares de yoga la aparición del concepto mudrā para referirse los “sellos” sin las manos no es tan extendida y, por consiguiente, la práctica de este aspecto tradicional es poco frecuente.

Eso quizás se deba a que, como dice el citado Swami Satyananda, “las mudrās son introducidas después de que se ha alcanzado algo de capacidad en āsana, prāṇāyāma y bandha, y los bloqueos gruesos han sido eliminados”. Efectivamente, puede que el practicante medio y occidental no esté preparado para estas técnicas, que en muchos casos trabajan con energías muy sutiles y con el despertar de la mística energía Kuṇḍalinī.

Investigando los textos clásicos del Haṭha Yoga, es interesante descubrir que en la actualidad y en la mayoría de estudios de yoga sí que se practican algunas mudrās aunque, en muchos casos, con otros nombres. Esto se debe, en parte, a que la delgada línea entre āsana y mudrā no está siempre clara, como así tampoco entre prāṇāyāma y mudrā, y sobre todo, entre bandha y mudrā.

Los bandhas se suelen describir como “cierres energéticos” y estos sí que son muy nombrados en las clases de yoga. Su objetivo, explica Swami Satyananda, es “encerrar la energía vital en áreas específicas y redirigir su flujo para el despertar espiritual”.

Si bien Swami Satyananda les dedica un apartado especial, tradicionalmente los bandhas son clasificados dentro de las mudrās y son básicamente tres: jālandhara (jálandhara) en la región del cuello y garganta; uḍḍīyāna en la región abdominal y mūla bandha en la zona del perineo. De la combinación de estos tres “cierres” nace mahābandha, “el gran bandha“.

La Haṭha Yoga Pradīpikā (pronúnciese Pradípika), el manual clásico del yoga por excelencia, que data del siglo XIV, nombra diez mudrās de los cuales cuatro son los apenas mencionados bandhas. Un quinto mudrā nombrado y que se realiza con frecuencia en nuestros días es viparīta karaṇī que no es otra cosa que una variante de sarvāṅgāsana, la popular “postura sobre los hombros”, un claro ejemplo de mudrā con todo el cuerpo.

viparīta karaṇī o sarvāṅgāsana

Asimismo, la Śiva Saṁhitā (Shiva samhitá), del siglo XVII-XVIII, describe once mudrās, con apenas un agregado a los de la Pradīpikā. Por su parte, la Gheranda Saṁhitā (Gueranda samhitá), del siglo XVII, enumera 25 mudrās, dando una idea de la amplitud de esta ciencia, que incluye cinco “sellos” que tranquilamente entran en la categoría de visualizaciones o meditaciones.

Dentro de este variado grupo de mudrās, además, hay uno (śāmbavī mudrā) que podría encajar en lo que muchas veces se llama dṛṣṭi (drishti), es decir el punto donde situar la mirada durante un āsana; otro (pāśinī mudrā) que remite a la postura de yoganidrāsana o según otras fuentes a karṇāpīḍāsana; y un par más (śanmukhi mudrā y mahāvedha mudrā, por ejemplo) que, según el estilo de yoga que uno siga, se practican con regularidad.

shanmukhi_mudra

En conclusión, según la tradición del Haṭha Yoga una mudrā generalmente conlleva todo el cuerpo en una combinación de postura, respiración controlada, cierres energéticos y técnicas de visualización o de concentración de la atención.

Las mudrās de las manos son también útiles e importantes, y supongo que por ser más asequibles para un practicante medio son las más usadas. Cuando el alumno es más avanzado y tiene un maestro cualificado es probable que profundice en otros mudrās más completos.

De todos modos, como hemos visto, en las clases normales también se practican al menos cuatro mudrās y hasta ocho o nueve según el caso, aunque con otros nombres, con ligeras variaciones o simplemente sin dar detalles específicos pero ateniéndose a las enseñanzas clásicas.

Es cuestión de seguir practicando y, con suerte, dominaremos esos, que ya sería suficiente para despertar la energía espiritual dormida en nuestro interior.
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