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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

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3 breves definiciones de Yoga en la Bhagavad Gītā

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Con el auge y la popularización del yoga “físico” en Occidente, la mayoría de personas quizás diría, de forma simplificada, que yoga es hacer posturas o, incluso, sentarse con los ojos cerrados a cantar OM. Como muchos intuyen, esto es solo la punta del iceberg o, como dicen los yoguis, “la punta del loto”. Y si bien la palabra sánscrita yoga tiene una difundida etimología de “unión” sus connotaciones son muy variadas según quién la use, pues el término (y sus implicancias prácticas) han recorrido un largo y curioso camino desde la Kaṭha Upaniṣad hasta el Flamenco Yoga.

Sin la intención de hacer un muestrario exhaustivo y también estimulado por mi reciente asistencia a una charla introductoria sobre la Bhagavad Gītā en el Curso de Profesores de Mandiram Yoga, me ha parecido iluminador presentar tres conocidas y diferentes definiciones de yoga en ese texto tan importante y tan universal. Dichas definiciones tienen la particularidad de ser breves (las largas las abordaré en otra ocasión) y aunque en apariencia sean diferentes, es factible encontrar un hilo común que las une y que, sobre todo, brinda pautas para una vida yóguica.

La primera gran definición que me interesa es:

samatvam yoga

Esta frase, dentro del śloka II.48, se puede traducir como:

“Yoga es ecuanimidad”

La palabra ecuanimidad no siempre es bien interpretada y también es buena, creo, la traducción:

“Yoga es equilibrio mental”

Algunos autores traducen samatva como “serenidad” e incluso como “indiferencia”, que suena mal en español porque parece que al yogui no le importara nada, en el mal sentido. Poniendo en contexto la definición, el Señor Kṛṣṇa dice en la Gītā que esa indiferencia, en todo caso, es “ante el éxito y el fracaso” y que eso se logra también “renunciando al apego”.

Por tanto, ese equilibrio consistiría en mantenerse igual o constante tanto ante lo que me agrada como ante lo que me desagrada, superando la natural tendencia humana a buscar el placer/el elogio/el confort y a rechazar el dolor/la crítica/la incomodidad, intentando así no verse afectado por los inevitables “pares de opuestos” de este mundo siempre dual. El indólogo peruano Fernando Tola, por ejemplo, compara este samatva con la ataraxia o imperturbabilidad de ánimo propuesta por antiguos filósofos griegos.

Es decir que el yogui consumado acepta con la misma disposición de ánimo el verano y el invierno; el camión de la basura triturando desechos bajo su ventana a las 23h y el canto matutino de los pájaros;  la lenta cola del supermercado y la generosa hospitalidad de su tía preferida. Esto no significa que el yogui deje de buscar las situaciones y entornos que le son más propicios para su vida, sino que ha entendido que si solo busca lo “agradable” se pasará, con suerte, la mitad del tiempo disfrutando y la otra mitad del tiempo luchando contra lo “desagradable”, es decir, sufriendo.

A nivel de práctica espiritual, la ecuanimidad es básica para la meditación, ya que se trata simplemente de “observar sin reaccionar” todos los procesos físicos y, sobre todo, mentales que van ocurriendo en el meditador. De allí que se diga que el objetivo final del yoga no es tanto dominar la mente como poder observar sus tendencias y sus fluctuaciones sin identificarse con ellas y sin verse afectado por ellas.

equilibrio

Dos estrofas más abajo (II.50) aparece en el texto otra famosa definición de Yoga:

yogaḥ karmasu kauśalam

Una posible y bastante difundida traducción sería:

“Yoga es la destreza en las acciones”

¿Qué sería actuar de forma diestra o hábil? Pues, en el plano filosófico, el texto indica que se trata de actuar sin apego a los frutos de las acciones, es decir actuar solo por el deber de actuar, lo cual no crea consecuencias kármicas en el futuro.

En un plano de interpretación más “moderno”, la habilidad en la acción sería actuar haciendo lo mejor que uno puede, según el momento, lugar y circunstancia, con plena conciencia.

De hecho, otra acepción de la palabra sánscrita kauśala es “bienestar” y, por ende, el yoga así definido también representaría aquellas acciones que son fuente de bienestar (para uno mismo, claro, y también para los demás seres).

La tercera definición de hoy, en el śloka VI.2, es:

yaṁ saṃnyāsam iti prāhur yogaṁ tam

O sea:

“Aquello que se denomina renunciamiento, eso es yoga”

O menos literal:

“Yoga es renunciamiento”

¡Cuidado! No se trata (necesariamente) de irse a vivir a una cueva y de abandonar los objetos externos sino que es más difícil: se trata, como dice Swami Satyānanda Saraswatī, de “renunciar a nuestro mundo mental”, que también es decir a nuestro yo individual, en el sentido de todo lo que yo creo ser, mi personalidad, o como dice elegantemente Fernando Tola: “las ilusiones forjadas por la mente”.

En este sentido el verso también se puede traducir  simplemente como “renunciamiento a los pensamientos” (Swami Sivananda), poéticamente como “abandonar la voluntad terrena” (Joan Mascaró) o, más sutil, renunciar al “deseo por el fruto de las acciones” (Swami Vijoyananda), que también es un tipo de actividad mental, ya que actuar esperando un resultado es poner la mente en el futuro utilizando la imaginación (en mal sentido), dejando así de estar en el momento presente o en “mi centro”.

Por supuesto que sería duro abandonar mi casa, mi coche o mi pareja, pero sería probablemente más difícil abandonar la idea de quién soy (mi nombre, mi familia, mi profesión, mi estatus…) y aún más arduo sería soltar mis intereses (el cine, el esquí, los libros…), mis ideales (el vegetarianismo, la democracia asamblearia, las ciudades sin coches…) y mi visión del mundo (“cada uno tiene lo que se merece”, “el hinduismo es lo mejor”, “el silencio es salud”…) y todavía seguir considerándome “yo mismo”.

Esta concepción la relata muy bien una famosa escena de la galardonada película argentina El secreto de sus ojos, diciendo que una persona puede cambiar todo pero no su pasión, ejemplificada prosaicamente con la fidelidad a un equipo de fútbol. ¿Si en lugar de hinchar por el Barça lo hiciera por el Madrid, yo seguiría siendo el mismo? ¿Si votara a Rajoy y no a Podemos, cambiaría mi esencia? ¿Si me hiciera católico de repente, perdería algo intrínseco a mi ser?

krishna

Como es natural, uno cree ser lo que percibe, lo que piensa o lo que siente, y la Gītā nos dice lo contrario y nos invita a abandonar ese personaje, esa máscara, para encontrar lo que hay más abajo, aquello que realmente no cambia.

Algo, que puede tener muchos nombres o ninguno, y que la enseñanza afirma es estable, siempre quieto, ecuánime, y que solo acarrea bienestar.

Gimnasia espiritual

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Poco tiempo después de publicar el libro “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino” en diciembre 2009, noté que el trabajo como escritor no implicaba solamente escribir. También incluye las no siempre gratas tareas de distribución, difusión, presentación, publicidad y venta.

Como dije en un post de hace pocas semanas (El blog en los medios), la publicación del libro y el proceso subsiguiente se han convertido, para mí, en un ejercicio espiritual.

Viéndolo justamente desde la óptica espiritual, todo lo que acarrea la creación del libro me sirve para desarrollar aptitudes que a fin de cuentas son necesarias para ser más feliz, como por ejemplo, paciencia, tolerancia, auto-confianza, aceptación de las críticas y libertad interior, entre otras.

Auto-ayuda

En una de mis visitas a librerías, con la intención de dejar algunos ejemplares del libro para la venta, la chica que me atendió me preguntó “de qué se trataba el libro”. Brevemente expliqué que se trataba de mis experiencias de viaje por la India, haciendo hincapié en la filosofía espiritual de aquel país, aunque siempre con la perspectiva de una persona común, de cualquier hijo de vecino.

Sin dudarlo, la chica entonces concluyó: “Aah, o sea, una mezcla de novela histórica con libro de auto-ayuda…”.

Entiendo sin reproches la necesidad que todos tenemos de categorizar lo que vemos o nos pasa. Tratándose del ámbito literario supongo que es todavía más normal, ya que los libros deber ser encuadrados en categorías, aunque sólo sea por cuestiones comerciales.

Sin embargo, la interpretación de la chica sobre el libro no me pareció atinada, al menos en primera instancia.

Desde mi punto de vista, de “novela histórica” el libro tiene poco, ya que este género se basa en tomar hechos reales (históricos) para novelarlos, es decir, adornarlos con detalles literarios y hasta ficcionales, aunque manteniendo la base histórica como argumento principal.

En el caso de mi libro, es verdad que se basa en hechos reales, aunque no estrictamente históricos ya que son contemporáneos, además de auto-biográficos. Asimismo, más allá de los adornos literarios ineludibles, no hay una intención de “novelar” la historia, sino de mantenerla bastante fiel a los originales cuadernos de viaje que le dieron vida. En todo caso, y al menos en este sentido, yo lo consideraría más bien un libro de viajes.

En cuanto a la categoría de “auto-ayuda”, debo decir que al principio me ofendí un poco, ya que este género no está muy bien visto por algunos ambientes literarios (yo incluido, en muchos casos). Por otro lado, un libro de auto-ayuda se supone que es un texto que enseña algo, y en mi caso no tenía la intención de enseñar, sino sólo de contar mi historia.

Sin embargo, después de analizar con detenimiento la cuestión, me di cuenta que la chica de la librería tenía razón: es totalmente un libro de auto-ayuda, porque a la única persona que ayuda es a mí mismo.

Con esto no quiero demostrar cuan ocurrente soy jugando con las palabras, sino que hago referencia a lo que decía más arriba de considerar el libro como un ejercicio espiritual.

Es decir, no sólo me dio la posibilidad de hacer algo que me gusta, escribir, y además sobre la India; sino que ahora publicado, el libro me sigue dando opciones de ejercitar y experimentar las enseñanzas espirituales. Auto-ayuda total.

Equipamiento

Uno de estos recientes eventos de gimnasia espiritual tuvo lugar el viernes pasado, en la cuarta presentación pública del libro, llevada a cabo en un pueblo del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba, y auspiciada por la Municipalidad de esa misma localidad.

En este caso, el lugar indicado era la plaza del pueblo, hogar adoptivo de feriantes y paseo natural para muchas personas, tanto turistas como locales, ya que en el verano (austral) hay una grilla regular de actividades, sobre todo por las noches.

Allí llegamos, junto a Nuria, con una hora y media de anticipación (el evento estaba fijada a las 22hs), con la intención de iniciar los preparativos correspondientes.

Por charlas telefónicas que yo había mantenido durante la semana con la persona responsable, sabía que había programados un espectáculo anterior a mi presentación, y dos espectáculos más tarde, completando así la grilla de 21hs a 24hs.

Fue por ello que me sorprendió encontrar el centro de la plaza totalmente vacío, sin ningún indicio de espectáculos de cualquier índole.

Al encontrar a la persona responsable, ella me confirmó que la actuación temprana se había cancelado. Por ende, todas las preparaciones técnicas debían ser hechas por nosotros.

Ningún problema. Con el coche de mis padres nos dirigimos a un edificio adyacente, en la búsqueda de los equipos técnicos designados para la presentación: parlantes, micrófono, consola de sonido, cables varios…

De regreso a la plaza, descargamos el equipamiento en el medio de la misma, a lo que le sumamos el cañón proyector y la pantalla que trajimos desde la oficina de la Secretaría de Cultura, que estaba ubicada justo enfrente.

Allí estábamos, Nuria y yo, en medio de la plaza, rodeados de equipamiento técnico, abandonados a nuestra suerte. Aquí es bueno aclarar que mis aptitudes como ingeniero de sonido y/o ingeniero audiovisual no han sido nunca destacadas. También es bueno aclarar que yo esperaba una persona que se hiciera cargo de la parte técnica, como había sucedido en otras presentaciones anteriores.

Al acordar telefónicamente los detalles de la presentación, la persona responsable me había preguntado que necesitaría, y yo había enumerado los elementos técnicos principales, aunque jamás pedí “un ingeniero de sonido”, o algo así.  Asimismo, tampoco enumeré detalles en apariencia menores como “alargues” o “enchufes adaptadores”.

La cuestión es que una vez que el equipamiento principal estuvo colocado en medio de la plaza, recién entonces empezó el trabajo duro. Para comenzar, necesitábamos energía eléctrica, y el enchufe más cercano estaba a unos quince metros, en el lateral de la plaza. Cuando le pedimos un “cable alargador” a la persona responsable, fue como pedir agua en el desierto.

Caído

Evidentemente, sin electricidad era imposible hacer funcionar los equipos, y para hacer la presentación en medio de la plaza, con el permanente rumor de fondo, era necesario al menos un micrófono. Amén de la música y la proyección de imágenes que siempre acompañaban el evento.

Finalmente, en lugar de un “alargue”, nos dieron un foco proyector que tenía un cable muy largo. A nuestro pedido, alguien de la Municipalidad se encargó, a regañadientes, de quitar el foco y poner un enchufe en el extremo del cable; sin embargo, el otro extremo seguía sin funcionar.

Para ser sincero, a este punto yo estaba bastante desahuciado porque veía que todo se hacía cuesta arriba, y ya demasiados nervios tenía con la presentación pública en sí, para además encargarme de todo el aspecto técnico. En otras ocasiones me había ayudado mi hermano, que maneja bien los temas de sonido e imagen. Esta vez, estábamos solos con Nuria, y mi ánimo se iba para abajo.

Entonces, como una señal de la providencia, llegó mi amigo Adrián. Él sabía de la presentación y con interés se había acercado a verme, por suerte con algo de anticipación (eran las 21:30hs aproximadamente). Con Adrián hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y entonces él, entendiblemente, me saludó con efusividad. Mis primeras palabras, en cambio, fueron: “¿Sabés algo de sonido?”.

Expectativa

Por fortuna, Adrián es un apasionado de las nuevas tecnologías, y su ayuda fue fundamental para, al menos, sacar del primitivismo nuestra situación técnica. Con sus dotes, y no sin dificultades, pudo arreglar el “alargue” maldito, de manera que a las 22hs por fin teníamos electricidad.

Es decir, era la hora de empezar la presentación y apenas podíamos comenzar la instalación técnica.

Mientras tanto, Nuria había traído algunas mesas de plástico y alguien de la Municipalidad fue trayendo las sillas para los potenciales espectadores. Durante todo el proceso de preparación, se acercaban personas a preguntar “qué show iba a haber”. Como es normal en una plaza, la mayoría esperaba un concierto musical o un espectáculo de entretenimientos.

Al ver la pantalla para la proyección, eran sobre todo los niños quienes se acercaban preguntado “¿qué película van a dar?”. Según el estado de ánimo y la persona que respondiera, las respuestas podían variar desde “una película para grandes” o “imágenes de la India”, hasta “La Era de Hielo IV”.

A las 22:15hs las sillas estaban todas ocupadas por niños, paseantes, turistas, interesados y algún amigo. Ahora el problema era configurar la notebook (que yo había traído) con el cañón proyector, lo cual por lo general lleva varios minutos. A este tiempo normal de configuración se le sumó una inesperada falla en la notebook y la imposibilidad de proyectar las imágenes.

A este punto, las personas responsables de la Municipalidad comenzaron a tomar más interés en la presentación, ya que no empezaba a la hora programada. Hubo un reclamo de que al menos pusiéramos música, pero claro, el cable para la música que iría de la notebook a la consola de sonido, tampoco había sido provisto. Era otro de los detalles menores que yo no había enumerado en mi lista de pedidos.

Lista

Una vez, en la antigüedad, un maestro salió de viaje con sus discípulos. Viajaban en una especie de carreta y debían llegar hasta un pueblo lejano para celebrar una festividad importante. Ya iniciado el periplo, el maestro dijo: “Pasadme el agua”. Los discípulos se miraron desconcertados y respondieron: “No la hemos traído maestro”. “¿Por qué?”, dijo el maestro. “Porque Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Más adelante, en una escarpada colina, donde los animales sufrían para tirar del carruaje, el maestro dijo: “¿Por qué mantenéis todos estos troncos secos sobre el carro?”. “Por si los necesitamos para hacer fuego”, respondieron los discípulos. “Pero ante esta dura colina, ¿por qué no los tiráis?”, dijo el maestro. “Por que Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Ya promediando el viaje, en otra difícil cuesta, los discípulos empezaron a lanzar las provisiones. El maestro dijo, “¿Por qué estáis tirando la comida?”. “Para aligerar el lastre, como Usted nos indicó la última vez”, respondieron los discípulos. “Pero esta vez es distinto, ¿qué comeremos luego?”, dijo el maestro. Los discípulos se mostraron confusos.

Entonces, el maestro explicó sobre la necesidad de discernir, de ser capaces de discriminar entre lo útil y lo inútil; de tener sentido común, en resumen.

Los discípulos, aún confusos, y aduciendo cuán difícil es saber discernir, le pidieron al maestro que les hiciera una lista completa de todo aquello que debía permanecer en el carruaje, de manera de evitar problemas.

Ya con la lista armada, reanudaron la marcha. Muy cerca del destino final, al cruzar un río que venía muy crecido, el carruaje se bamboleó fuertemente y el maestro cayó al agua, siendo arrastrado por la corriente. Los discípulos observaban descorazonados, aunque sin mover un pelo por salvar a su guía, que finalmente se ahogó.

Cuando a las pocas horas, con su cuerpo etéreo, el maestro se apareció frente a sus discípulos, les recriminó, “¿Por qué no me habéis salvado? ¿Por qué me habéis dejado en el agua abandonado?”.  Los discípulos se miraron desorientados y explicaron, “Maestro, cuando Usted cayó al agua miramos de arriba a abajo la lista que Usted mismo nos había dado, pero no encontramos su nombre entre las cosas que debían permanecer en el carruaje”.

Imágenes

De manera similar a la parábola, aunque salvando las distancias, todo lo que yo le había pedido a la Municipalidad me había sido proporcionado. Por ende, todo lo que no había pedido no estaba disponible. De esta forma, me faltaba el “ingeniero de sonido”, la energía eléctrica,  los cables, los adaptadores…

Ya eran las 22:40hs y los asistentes estaban comprensiblemente impacientes. Asimismo, los trapecistas que actuaban más tarde (en teoría a las 23hs) ya estaban preocupados por su retraso y nos ponían presión.

Sin muchas opciones, y deseando estar en mi casita desde hacía rato, decidí empezar la presentación con lo que teníamos. Así, agarré el micrófono y rodeado de cables y personas tratando de arreglar los desperfectos, me dispuse a hacer frente a la situación.

En presentaciones anteriores, sobre todo apoyadas por organismos oficiales, siempre había habido alguien que me introdujera al público. Esta vez no fue así. Esta vez, mi orfandad organizativa fue siempre coherente.

Sin muchos ánimos, pero tratando de focalizarme en mi tarea, empecé la charla: “Hola, mi nombre es Naren Herrero, soy el autor de este libro titulado…”. Mi nuevo estilo de vendedor callejero no era muy convincente, así que con los minutos fui regresando a mi estilo de siempre, más espontáneo. De todos modos, la charla fue más breve de lo normal y seguramente fue la peor que haya hecho. A mi falta de naturalidad, se le sumaba la falta de imágenes que ilustraran la charla.

A este respecto, después de algunas artimañas, Adrián pudo hacer funcionar el proyector y entonces pudimos ver el video con imágenes de la India. Sólo ver, pues el sonido nunca estuvo por falta de cables. Así, yo iba relatando las imágenes, tratando de ponerle un mínimo de gracia que ni se compara con el clima que da la música.

Para colmo, el viento empezó a soplar y la pantalla no dejaba de oscilar de un lado a otro. Una vez más, Adrián estuvo en los detalles y durante los ocho minutos que dura la proyección se dedicó a sostener la pantalla de arriba y de abajo, como si fuera el campeón olímpico de windsurf.

Chiste

De antemano, yo sabía que hacer la presentación en una plaza no es lo ideal. Es mejor hacerla en un lugar cerrado, donde los asistentes sepan qué van a ver y estén interesados a priori.

La plaza tiene la ventaja de atraer muchas personas, aunque tiene las contras de tener mala iluminación, un sonido que se dispersa y se pierde, un ruido constante de todas partes, y lo peor, un público pasajero (“placero”), que viene a la plaza a “ver qué hay” o “dar una vuelta”, pero sin un interés suficiente como para permanecer con mucha atención por un largo período.

A pesar de todo esto, yo venía mentalizado para ponerle el pecho a la situación y luchar contra esas desventajas. Sin embargo, habiendo llegado una hora y media antes de la hora de inicio estipulada, y luego de dos horas de obstáculos, seguir sin todo resuelto, me habían disminuido la moral.

Entonces, cuando en medio de la charla yo veía algunas personas que se levantaban de la silla me decaía, y pensaba que lo estaba haciendo todo mal. O cuando los niños correteaban y hablaban en la primera fila, yo me desconcentraba y dudaba entre pedir silencio o seguir.

Por suerte, también había algunos amigos y familiares que habían venido a verme y eso me apoyaba anímicamente, además de que ¡se quedaran toda la charla!

Ya al final, habiendo hecho lo mejor que pude, seguía notando esa atmósfera desinteresada y alicaída. Fue así, que para levantar el ánimo, más el mío que el ajeno, conté un chiste corto del humorista cordobés “Negro Álvarez”. El chiste es más bien malo, pero al parecer, el cambio de registro de un discurso más serio a uno absurdo, surtió efecto y por primera vez todos los presentes se rieron.

Quienes estén interesados en el humor cordobés, pueden escuchar el chiste aquí mismo:

Circo

Después del exitoso chiste, como cierre de la charla, expliqué que el libro estaba a la venta y dije que cualquiera que estuviera interesado en comprarlo o en hacer alguna pregunta se podía acercar personalmente. Di las gracias y ese fue el final.

Entonces, sin darme siquiera un segundo, los trapecistas que esperaban impacientemente y que estaban situados frente a mí, o sea a espaldas de los asistentes de la charla, encendieron sus poderosas luces, y al ritmo de una música circense imposible de ignorar vocearon “Bienvenidos Señoras y Señores…”, para luego exhortar, “Traigan sus sillas, den vuelta sus sillas…”.

De esta forma, quince segundos después de mis palabras finales, todas las personas habían tomado sus respectivas sillas y se habían girado ciento ochenta grados para disfrutar del espectáculo de funambulismo. Por mi parte, me quedé con el libro en la mano, como esperando que alguien se me acercara (así sucedía en otras ocasiones), pero sobre todo me quedé atónito al ver como el entorno cambiaba tan velozmente, no sólo la escenografía, sino también la disposición anímica.

Obviamente, los asistentes a la charla esperaban el fin de la misma con tantas ganas como yo.

No quiero ser dramático, para ser justo hubo algunas personas que sí se me acercaron para saludarme al final de la presentación: cuatro amigos, dos tías y dos primos.

Como si mi abatimiento no hubiera sido suficiente, llegaron inmediatamente unos payasos, que tenían su espectáculo programado para las 24hs. y silenciosamente empezaron a ocupar nuestro lugar. Por suerte, Adrián todavía estaba lúcido y fue retirando nuestros equipos. Recién entonces, yo saludé a Adrián como corresponde.

Moraleja

Como corresponde en estos casos, uno trata de sacar alguna enseñanza. Por un lado, hacer una presentación abierta en una plaza no es una buena idea, y quizás sea mejor no repetirlo.

Por otro lado, la próxima vez, sea donde sea, es mejor dejar bien claro de antemano todo lo que uno necesita, aunque a mí me parezca descontado y obvio.

Por supuesto, no reniego de la Municipalidad que me prestó los equipos técnicos, ni puso problemas para darme un lugar en la grilla de actividades. Faltaría más.

Sí me quejo bastante del nivel de compromiso del organismo oficial con las actividades que ellos mismos apoyan. Digo esto no sólo por mí, sino porque luego supe que tanto los trapecistas como los payasos se auto-gestionaban totalmente, trayendo sus propios equipos, pues no podían confiar en la infraestructura que les proveía la Municipalidad. Ellos ya habían escarmentado, ahora me tocaba a mí.

Dualidad

La filosofía espiritual de la India, y no sólo ésta, dice que el universo es dual; que todo lo que percibimos es impermanente y tiene dos caras: vida/muerte; día/noche; felicidad/tristeza; riqueza/pobreza… Lo único que permanece inmutable detrás de la dualidad del mundo es el alma, que es absoluta y no se rige por las relatividades fenoménicas.

Basándonos en esto, y según la filosofía espiritual, la mejor forma de estar en contacto con nuestra propia alma, es a través del equilibrio. El mundo siempre será dual, siempre nos presentará las dos caras de la moneda; lo que nos da hoy nos lo quitará mañana.

“Detrás de cada rosal de placer se esconde una serpiente de dolor”, dice el gran santo Paramahansa Yogananda.

“La vida es sólo un simple juego de altibajos”, canta la No Smoking Orchestra de Emir Kusturica.

A esta altura del partido, todos sabemos que la búsqueda de la felicidad constante en el mundo externo es una utopía. Los famosos “momentos de felicidad” con los que nos contentamos, siempre se ven contrastados por iguales momentos de sinsabor.

Por ende, el desarrollo de la ecuanimidad es un remedio para la permanente dualidad del mundo. Esta virtud es necesaria para no dejarse arrastrar por las cambiantes corrientes de la vida. Es por ello que los maestros espirituales siempre recomiendan mantenerse impasible, tanto ante el elogio como ante la crítica.

En mi caso, en cada presentación del libro me había acostumbrado a recibir sólo elogios, muy probablemente porque los asistentes siempre eran, en su mayoría, parientes y amigos. Contrariamente a mis expectativas, esta última presentación fue un fracaso total. Más allá de los interminables problemas técnicos y de la falta de contención oficial, los asistentes no parecían interesados en el tema y la venta de libros fue nula.

Según mi análisis, esta parecía una buena forma de recordarme la naturaleza dual de la vida.

Catarsis

Justamente esa dualidad implica también que haya habido puntos positivos, como la tempestiva llegada de Adrián para rescatarme del naufragio técnico, y la asistencia de queridos amigos y familiares para darme ánimos.

Al día siguiente del fracaso expositivo, yo mismo me sorprendía de tenerlo bastante digerido y de haber, al menos en teoría, aprendido algunas lecciones prácticas.

Como tantas otras veces, el escribir es mi terapia para hacer catarsis. Así como otrora escribí poemas a cucarachas y mosquitos para exorcizar mi rabia; así como escribo cartas a Swami para poner las ideas claras; de la misma forma decidí poner en papel (o kilobytes) esta experiencia fallida, para evitar cualquier posible trauma interno antes de que crezca.

De todos modos, más allá del aspecto psicológico, mi principal interés con esta crónica banal es recordarme las dos caras de la moneda, la eterna dualidad del mundo y la necesidad de mantenerse ecuánime ante la crítica y el elogio.

El libro, como viene haciendo últimamente, me dio una nueva chance de ejercitar las enseñanzas espirituales. Muchos músculos no tendré, pero sí temas para el blog, y sobre todo vivencias que, bien utilizadas, me tendrían que ayudar a ser más feliz.

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Mis encuentros con Swami (2º parte)

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Las enseñanzas de todos los maestros espirituales son, en esencia, siempre las mismas. Luego, cada maestro espiritual hace especial hincapié en uno o más aspectos de esa enseñanza universal; aspectos que se convierten en ejes de su filosofía personal.

Esta elección no es un capricho sino una manera de acotar la de por sí vasta enseñanza universal. Tendiendo en cuenta que cada persona es diferente y, por ende, tiene diferentes inclinaciones, cada maestro toma los aspectos que considera más fundamentales para el grupo de personas que lo siguen y seguirán.

 

De esta forma, ningún maestro espiritual genuino pondrá en duda que la meditación es la práctica más elevada para evolucionar espiritualmente. Sin embargo, es muy posible que un maestro particular no haga constante alusión a esa práctica, y se centre en el servicio social o en la acción, pues a sus devotos les costaría mucho sentarse, de la noche a la mañana, a meditar con éxito por horas. 

 

Asimismo, ya una vez dentro de este aspecto particular de la enseñanza espiritual en el que cada maestro pone el acento, hay además un “tuning” individual. Es decir, una adaptación de la enseñanza espiritual para cada devoto en particular.

Por ejemplo, si la enseñanza general dice que la meditación es beneficiosa, el maestro puede tranquilamente recomendar dos horas de meditación diarias a un devoto, y quince minutos de meditación por la mañana, a otro.

No hay contradicción alguna en ello. Más allá de que la enseñanza universal, insisto, sea sólo una y la misma, cada persona necesita aplicar dicha enseñanza según su propia forma de ser.

 

En este sentido, mis encuentros con Swami (como los encuentros de cualquier otro hijo de vecino), tanto como sus palabras y sus respuestas para conmigo, tienen un sello personal. Es decir, que lo que Swami me ha dicho y dice se refiere básicamente a mí. Esto no quita que, con frecuencia, muchos de los consejos o ideas que Swami me plantea (tanto a mí como a cualquier persona), sean también aplicables a la mayoría de las personas.

De todos modos, las preguntas privadas de cada persona y la respuesta correspondiente, no son nunca publicadas como discursos en libros y revistas.

Solamente las preguntas hechas a Swami en público son luego utilizadas con fines divulgativos.

 

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Swami dando un discurso espiritual en el Ashram, en 2007

 

Gayatri

 

 

En la época en que yo entré en contacto con Swami por primera vez, todavía la usanza era la de hacer preguntas espirituales generales, preguntas cuya respuesta era totalmente publicable para el interés de cualquier devoto.

Fue de este modo que se fueron gestando los libros oficiales de satsangs (discursos) de Swami Premananda. Se trataba de las respuestas que daba Swami a preguntas genéricas que hacían diversos devotos sobre espiritualidad.

 

Evidentemente, a lo largo de los años, en más de una ocasión las mismas preguntas han sido hechas por diversas personas. Con sentido común, los editores del Ashram intentan no repetir los tópicos ya tratados en anteriores ediciones de los libros.

Otras veces, las preguntas con tinte demasiado personal son mantenidas al margen de los libros, o en algunas ocasiones, simplemente se evitan los nombres propios para que la respuesta dada sirva de muestra colectiva.

 

Asimismo, hay ocasiones en que la materia tratada no es estrictamente privada ni un potencial tema de interés general. Se trata más bien de conversaciones informales o comentarios sueltos, que implican, sobre todo, a los presentes, y que no tienen, necesariamente, un desarrollo posterior.

 

A este respecto, recuerdo un caso en que Swami estaba hablando acerca de un mantra tradicional hindú llamado Gayatri, un himno al aspecto femenino del Absoluto. Entonces, Swami le pidió a mi padre que cantara el Gayatri mantra. Mi padre, que puede parecer muy serio para muchas cosas, no dudo ni un instante, y se puso a cantarlo:

OM

Bhur Bhuva Svaha

Tat Savitur Varenyam

Bhargo Devasya Dhimahi

Dhiyo Yonah Prachodayat

 

Entonces, Swami le pidió a mi papá que lo volviera a cantar. Le hizo repetir el mantra un par de veces, hasta que lo aprobó y dijo que esa era la cadencia justa.

Más tarde, orgulloso de eso, mi papá dijo que nunca había cantado el Gayatri mantra tan bien como ese día.

 

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¿Civilización o Barbarie?

 

Sobre todo en mi primer visita a la India, yo me vi abrumado por la idiosincrasia india. No tanto por los exóticos paisajes o las extrañas costumbres, pues ya sabía acerca de esto y estaba preparado para vivirlo. En cambio, no estaba preparado para la forma de actuar de los indios en las situaciones mas ordinarias y cotidianas.

 

Debido a venir de Occidente, no estaba del todo listo para subirme a los empujones a un autobús sin que eso me parezca “incivilizado”.

A pesar de venir un país considerado del tercer mundo y lleno de burocracia como Argentina, no estaba del todo preparado para pasarme una hora de reloj en el correo para poder enviar un paquete, no por exceso de clientes, q no había, sino por ineptitud de los funcionarios que desconocían el procedimiento justo.

Y más que nada, no estaba preparado para hacer la cola para, por ejemplo, sacar unos billetes de tren y ver que todo el mundo pasaba delante de mí, como si la cola fuera un holograma.

 

Dicha difundida característica del ser nacional indio me llevó muchas veces a sopesar estos comportamientos, para luego calificarlos de “civilizados” o “incivilizados”, para no decir directamente “primitivos”.

Dependiendo del día y las circunstancias mis valoraciones eran más, o menos, taxativas. Por una parte, desde un punto de vista no-etnocéntrico y no-sociocéntrico, uno tendría que aceptar cualquier comportamiento que difiere del propio como otra forma, igual de correcta, de ver la realidad. Además, esto va de acuerdo a la enseñanza espiritual que dice que hay que tener en cuenta todos los puntos de vista y respetarlos.

En constantes ocasiones intenté adoptar esta visión antropológica, y debo admitir que, sobre todo al principio, me costó mucho adecuar mi visión occidentalizada y “civilizada”, a lo que yo veía chocante y errado. Sobre todo en lo referente al no respeto de las colas y filas, cosa que como ven me traumó.

 

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La otra mejilla

 

Cuando tuve la oportunidad de hacerle una pregunta general a Swami, en uno de mis encuentros con él, no dude en sacarme la duda. Ese día éramos más de treinta personas y las preguntas se apuntaban anónimamente en un papel. De todas las preguntas, que eran leídas por un devoto, Swami sólo seleccionaba algunas.

Mi pregunta era básicamente,  “¿Cuál es el límite entre ser ecuánime y no dejarse pasar por arriba?”

 

En el momento que mi pregunta fue leída en voz alta, Swami dijo algo que hizo hinchar mi ego: “Esa es una pregunta inteligente”.

Inmediatamente después dijo ,”la siguiente”, indicando al  devoto de seguir con la lista. Entonces, mi ego se deshinchó y se hizo trizas, de la cúspide a la catacumba en un segundo.

Yo creo que esa fue una forma muy directa de mostrarme en primera mano, la enseñanza que dice que ni los elogios ni las críticas nos deberían afectar, ya que uno debería permanecer siempre en el equilibrio, sin importar lo que digan los otros de uno.

 

De todos modos, una vez que la lista se hubo leída por completo, Swami volvió a las cuatro o cinco preguntas que había elegido, entre ellas la mía. Sin embargo, ya escarmentado había aprendido a quedarme humilde, por ese día al menos.

Entonces, Swami preguntó quién había hecho la pregunta y tuve que levantar la mano. Swami me pidió que le explique mejor la pregunta y yo usé el ejemplo de los que se adelantan en la cola para ilustrar mi idea. Una vez que estuvo claro, Swami empezó una respuesta que fue más larga de lo que yo preveía.

 

Swami dijo, “Solamente aquellas personas que están totalmente entregadas a la voluntad de Dios (y por ende, consideran todo lo que sucede como voluntad de Dios) pueden soportar todo y ser ecuánimes. Sin embargo, las personas que no están así entregadas a la voluntad de Dios y sufren ante estos hechos, es mejor que reaccionen”.

Swami agregó, “En la vida familiar y privada está bien ser paciente y amable, pero en la vida pública no se puede permitir el abuso, porque si uno pone la otra mejilla automáticamente te cortan el cuello”.

Mientras decía esta polémica frase, Swami hacía un gesto muy gracioso de cortarse el cuello y sacaba la lengua.

 

Justamente, el maestro que enseñó la técnica de la “otra mejilla” era alguien entregado a la voluntad de Dios por completo, al punto de morir por eso. Obviamente, no es fácil para alguien normal poner siempre en práctica esa enseñanza.

En su respuesta, Swami dio más detalles y dejó claro que no renegaba de la enseñanza de Jesucristo; sino que en ciertos casos, es mejor sentirse bien con la situación y con uno mismo, antes que ser un falso mártir.

 

De hecho, debido a la ambigüedad de mis sentimientos yo no me atrevía a quejarme cuando alguien me pasaba delante en una cola, aunque luego no me quedaba tranquilo, sino rumiando y refunfuñando por dentro, al punto de perder mi paz mental. En esos casos hubiera sido mejor decir lo que sentía y luego quedarme tranquilo, y ¡con una persona menos delante en la fila!

 

Siguiendo con los gestos divertidos, Swami comenzó a moverse como un boxeador mientras decía, “Tienes que estar listo para luchar, sino…” y una vez más, el gesto de cortarse el cuello.

 

swami-boxeo

 

Publicable

 

Como ya dije antes, cada respuesta depende de la pregunta y de las necesidades de la persona que la hace. En muchas ocasiones esa respuesta se hace pública para todos los devotos, aunque siempre quedan los matices que corresponden a la persona especifica a la que iba dirigida la respuesta.

En este sentido, Swami no va por la vida profesando “no poner la otra mejilla”. Sin embargo, Swami es un maestro espiritual muy práctico, y en aquel caso, vista mi pasividad y mi insatisfacción por aquella situación (la cual era sólo un ejemplo de una forma de ser mía en la vida en general), decidió darme una enseñanza bastante radical para ayudarme a cambiar.

 

Como es normal, hay ocasiones en que estoy más dispuesto “a la lucha” y otras en que estoy más dispuesto a “poner la otra mejilla”. Sin duda, lo que Swami me dio con aquellas palabras fue la herramienta para poder sopesar mis necesidades y posibilidades en situaciones símiles (que se presentan cada día).

Es decir, si veo que el “dejarme pasar por arriba” me va a dejar intranquilo, entonces trato de sobreponerme a mi pasividad y luchar por lo que necesito.

Si, en cambio, ese día estoy particularmente ecuánime, y veo que no me afectará, dejo que los hechos sucedan, observándolos plácidamente desde mi lugar de actor secundario.

 

Como es normal, aquél encuentro con Swami sigue en mi memoria, no tanto por haber sido el centro de atención por un momento, sino más bien por haber recibido enseñanzas claras y útiles de la boca de mi maestro espiritual.

No sería ésta la primera vez. Ya habrá tiempo de contar algunas otras.

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