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¿Para qué Dios creó este mundo?

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En todo curso de formación de profesores de yoga, taller de filosofía hindú o encuentro espiritual al que asisto alguien, inevitablemente, hace una pregunta existencial básica: “¿Para qué Dios creó el mundo?”. Si todos los seres somos chispas divinas y el objetivo de la vida es reconocer nuestra propia naturaleza esencial que hemos olvidado, ¿por qué Dios no nos lo hace recordar de un chasquido en lugar de hacernos pasar por todas estas vicisitudes? ¿Qué necesidad hay de experimentar los altibajos constantes de la vida, que para muchos es más sufrimiento que disfrute, si ya somos divinos? ¿Es acaso Dios perverso?

Por supuesto, todas las religiones y las filosofías han propuesto respuestas más o menos convincentes al respecto, desde la debilidad humana por una manzana, pasando por el capricho divino y llegando hasta la idea de un demiurgo ciego. En la tradición hindú, que es la que nos compete aquí, se dice que el universo nace debido al “deseo” de crear que surge en lo Divino. Ese podría ser el porqué, pero lo que nos interesa hoy es el para qué, el fin de esa creación. Los fatalistas dicen que solo es para sufrir, los optimistas dicen que es para disfrutar y los que estamos en el medio creemos que detrás de la constante oscilación entre placer/dolor hay algo más.

El gran santo y filósofo hindú Swami Vivekananda, en sus famosos discursos del Parlamento de las Religiones de Chicago en 1893, habla de esta paradoja de ser espíritu puro y libre, a la vez que un cuerpo limitado y atado por la materia. Y dice que en lugar de emplear “sonoros nombres científicos” el hindú es sincero y responde: “No lo sé”.

Para muchos esta respuesta es chocante, sobre todo en tiempos de materialismo y cientificismo donde lo que no es probado racional y empíricamente no puede ser aceptado. A mí, en cambio, me encanta la respuesta pues demuestra que el foco espiritual no está en “entender” sino en “experimentar”.

Por supuesto que el hinduismo tiene sus teorías, entre ellas que este universo es la “danza” de Śiva, bajo cuya música todos bailamos (muchas veces fuera de ritmo), o la līlā, el juego de Dios, en que todos somos personajes de un drama casi teatral.  Sin embargo, a diferencia de otras tradiciones, el hinduismo no hace hincapié en una filosofía especulativa sino en una filosofía práctica que, más que explicar las razones divinas para el origen de este mundo, nos ayude a salir de él o, mejor, a vivir en él sin sufrimiento.

La famosa parábola de la “flecha envenenada” que se atribuye al Buddha en el Cula-Malunkyovada Sutta del canon pali lo muestra muy claro. En ella se cuenta que un monje, como condición de seguir con su entrenamiento espiritual, le pide al Buddha que le confirme verdades del tipo: “El cosmos es eterno o no”, “El cosmos es infinito o no” o “Después de la muerte, el Buddha existe o no”. El Buddha le dice:

“Si un hombre dice, no viviré bajo las enseñanzas del Buda a menos que me declare estas verdades, ese hombre morirá y esas cosas seguirán sin ser declaradas por el Buddha”.

Y entonces explica que esta actitud es equivalente a la de una persona, que al ser herida por una flecha envenenada, se niega a sacársela hasta saber, por ejemplo, el nombre del hombre que le disparó, sus datos familiares, su estatura y color de pelo, su lugar de nacimiento, el tipo de arco que usó, de qué material estaba hecha la cuerda del arco y a qué animal pertenece la pluma que portaba la flecha.

En este sentido, la filosofía hindú prioriza siempre sacarse la flecha y luego, si corresponde a nuestro temperamento, hacernos preguntas especulativas que no hacen más que satisfacer la curiosidad intelectual hasta cierto grado. De todos modos, hacerse de forma honesta una pregunta tan esencial como “¿por qué y para qué existe el mundo?” es natural para quienes tenemos un interés, al menos incipiente, en la verdad de las cosas. Y es importante porque nos lleva a preguntas más importantes como “¿cuál es la razón de mi vida?”.

Volviendo al tema de hoy, y habiendo notado que la curiosidad especulativa está en muchos de nosotros, quería compartir la respuesta que da Swami Premananda cuando un devoto le pregunta la razón de toda esta creación. Su respuesta me parece reveladora. Dice Swamiji:

“Si Dios no hubiera creado el mundo no serías capaz de verlo, ¿verdad? Tienes suerte de que Dios lo haya creado porque ahora puedes verlo. Has venido a la India. Si Dios no hubiera creado todo, ¿por qué habrías venido a la India? ¿Por qué habrías nacido? Te sientes afortunado y disfrutas de todo; es la creación de Dios lo que estás disfrutando. Si Dios no hubiera creado todo, entonces no estarías haciendo esta pregunta. Debido a la creación divina estás haciendo esta pregunta. Dios creó el mundo, los seres humanos, los animales, las plantas y todo y entonces tú vienes a este mundo y le preguntas a Dios por qué te creó ¡Ese es el propósito de la creación divina! Así que la respuesta es: para que preguntes”.

Para mí, la conclusión de la respuesta de Swami es que la vida es una oportunidad para descubrir la razón de nuestra existencia y, por tanto, una oportunidad para conocer nuestra naturaleza real. Eso sí, es importante hacerse las preguntas correctas, esas que nos aportan soluciones y vías de acción y no mera especulación. “¿Para qué he nacido?” o “¿Quién soy yo?”, dicen los sabios, entran en la categoría buena.

Para despedirme, una viñeta del dibujante Grant Snider sobre esta “inusuales” preguntas que tanto sirven (traducción abajo):

AskingQuestions

“Pequeñas preguntas… llevan a pequeños descubrimientos” / “Preguntas más grandes… llevan a descubrimientos más grandes”

“Algunas preguntas… solo revelan misterios más profundos” / “Incluso si sabes qué pregunta hacer… la respuesta puede que te sorprenda”

“Hacer preguntas enormes… puede crear problemas enormes” / “Hacer demasiadas preguntas… puede hacer que te veas ridículo”

“Cuando te encuentras con una pregunta inusual… no hay mucho más que hacer… / …más que quedarte a su lado… y ver adonde te lleva”.

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Swami Premananda y cómo ver a Dios

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Estoy de viaje y, por unos días, no tendré tiempo para sentarme a escribir un largo post ni a investigar temas nuevos. Aprovechando la coyuntura, he pensado que los lectores podrían beneficiarse si publico la respuesta de Swami Premananda a, ni más ni menos, la pregunta “¿cómo hacer para ver a Dios?”. Es decir, no nos estamos con rodeos y vamos directo a la pregunta esencial.

No sé si se han hecho esta pregunta alguna vez y no sé si están interesados en “ver a Dios”. Yo sí, y me imagino que cualquier persona que uno pregunte por la calle, creyente o no, también tendría cierta curiosidad. Otra cosa es que esté dispuesta a seguir el método que propone Swamiji que, en este caso, hace énfasis en la auto-indagación y en el proceso de discernimiento entre lo permanente y lo temporario.

Swami es un guru que fomenta los senderos espirituales de la devoción (Bhakti Yoga) y del servicio desinteresado (Karma Yoga), aunque en esta enseñanza nos habla, más bien, del llamado sendero del conocimiento (Jñana Yoga). Si bien este sendero es considerado dificultoso por ser más abstracto que los otros dos y, como tal, se postula como el camino más adecuado para quienes tienen una personalidad “intelectual o racional”, en este discurso Swami también da consejos prácticos que, creo, todos podemos aprovechar.

A continuación publico un fragmento de su respuesta (el discurso completo puede leerse en la edición de abril 2014 de la revista Prema Ananda Vahini, aquí), cuyo final a modo de decálogo espiritual me parece especialmente útil.

Dice Swami:

“Cuando te respondo, estoy seguro de mi respuesta porque siento, tengo la experiencia y entiendo completamente lo que preguntas. Yo no saco mis respuestas de libros ni de Escrituras. Te respondo con el verdadero y supremo deleite de la experiencia espiritual. Pero el oír palabras de mí no es suficiente para ti. Ten paciencia. Siéntate a pensar sobre todo esto por ti mismo. ¡El pensar tampoco es suficiente! Estudia profundamente el significado de mi consejo. No te detengas allí. Disfruta el beneficio de tu auto-indagación. El punto final es ser gozoso y verdaderamente feliz en tu vida.

¡Disipa la oscuridad que hay dentro de ti y tórnate brillante y luminoso! ¡Sé consciente de lo eterno! Aun eso no es suficiente.

Evoluciona y madura lo bastante como para lograr la liberación. ¡Tienes que convertirte en sabiduría pura!

La primera y más importante etapa es hacer germinar el pensamiento y la vigorosa voluntad de alcanzar un elevado estado espiritual. Ese fuerte deseo debe estar presente en ti.

El conocimiento libresco, las Escrituras y las opiniones de diversos santos ciertamente no son suficientes para ti. Discierne profundamente en lo recóndito de tu propia conciencia. Entra a lo profundo de tu corazón. Cava hondo, muy hondo en tu Ser y allí experimentarás la gracia de Dios.

Descubre qué es perdurable y controla el cuerpo para que se ajuste a lo real y a lo espiritual.

Aquieta la mente y llévala a un punto. Es fácil encontrar el camino, pero realmente practicar espiritualidad es lo de mayor importancia. ¿Dónde está el sendero? No está en ningún sitio específico. Está dentro de tu conciencia.

Para recorrer el sendero con seguridad y seguir sus carteles indicadores es necesario cultivar refinamiento de pensamiento. Ilumina tus procesos de pensamiento con la luz del sol espiritual…

Haz tus pensamientos supremamente puros y cristalinos.

Sé muy, muy paciente.

Controla tu mente con firmeza pero delicadamente.

Sé silencioso interiormente.

Reduce el número de tus pensamientos.

Elimina todas las ideas innecesarias.

Trae la gracia divina más y más cerca de tu conciencia.

Contempla eso.

Siente que todo lo que has visto con tus defectuosos ojos físicos no es significativo.

Pon OM en tu mente iluminada.

Oye el canto de la Divinidad con tus oídos internos.

Trae la luz a tus ojos.

Habiendo controlado la mente, ¡hazla divina!

Trae a Dios a la mente purificada y clarificada.

¡Haz todo esto y verás a Dios!”.

¿Cuál es la manera más rápida de progresar en el camino espiritual?

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Hace unas semanas publicaba un discurso de Swami Premananda sobre cómo los aspirantes espirituales queremos encontrar atajos para llegar a la meta. En realidad, uno siempre quiere atajos para todo, tanto en lo mundano como lo espiritual. Tengo un amigo terapeuta que dice que “las personas no quieren curarse”, pues nunca ponen en práctica sus consejos. Yo le digo que las personas sí quieren curarse, pero lo que no quieren es hacer un esfuerzo para curarse. En cuanto hay que esforzarse un poco, la mayoría nos echamos para atrás. Es por esta lógica que las pastillas para adelgazar, las pulseras energéticas y el GPS integrado al móvil son furor.

Siguiendo esta temática, una persona le preguntó a Swami Premananda: “¿Cuál es la manera más rápida de progresar en el camino espiritual?”. Como es de imaginar, Swami no ofrece soluciones mágicas o sin esfuerzo, pero sí que plantea un método a seguir. Este método puede ser difícil de aceptar para el hombre moderno, pues implica palabras como ‘Dios’, ‘maestro’ o ‘renuncia a la acumulación material’.

Si el término ‘Dios’ genera picazón, entonces puede ser reemplazado por ‘Realidad Suprema’, ‘Energía Universal’, ‘Naturaleza Esencial’ o incluso ‘mi verdadero Ser’.

La idea de ‘maestro’ es irremplazable. No podemos aprender ni avanzar de forma rápida sin un guía que ya haya recorrido ese camino. En un mundo moderno cada vez más laico, individualista y lleno de información, uno se siente con derecho a opinar sobre todos los temas y, lo grave, con derecho a que su propia opinión sea igual de valorada que la de quienes saben más. Sin maestro se puede avanzar, por qué no, pero muy lentamente y dándose muchos más golpes contra la pared.

Nos queda la ‘renuncia a la acumulación material’… Sí, ya lo sé, estás esbozando una sonrisa condescendiente. También sé que el Gobierno español, por ejemplo, habla de ‘austeridad’ y ‘esfuerzo’ como eufemismos de reducir los gastos en servicios básicos y fundamentales como sanidad, educación y cultura. La renuncia de la que hablan Swami y los maestros espirituales genuinos es otra. No es necesariamente exterior; es decir, es una actitud y un entendimiento de que todo lo material es impermanente y, por tanto, conducente a la infelicidad.

Esta introducción es para ponerlos en contexto; lo que vale es la enseñanza de Swami, que comparto a continuación…

Palabras de sabiduría

Hoy en día hay muy pocos que tienen el coraje y la convicción de verdaderamente seguir el camino espiritual con todo su corazón y alma. La manera más rápida es renunciar a todo. Deja todo atrás y llama a Dios. Estate convencido de que sólo Dios es realidad y que todo lo demás es falso. Todo lo demás es ilusorio. Sólo el conocimiento de lo Divino vale la pena. Todo lo demás no tiene ningún valor ni sentido. Éste es el mayor secreto que te quiero contar. Sólo que yo no aconsejo a las personas del mundo de hoy que intenten correr rápido. Primero tienes que aprender cómo caminar, y entonces caminar un poco rápido y finalmente podrás correr.

Si aprendes a montar a caballo, ¿saltarás sobre el caballo y galoparás hacia lo lejos? No. Primero aprenderás cómo sentarte y guiar al caballo, entonces caminarás y alguien más controlará al caballo. Tu entrenador debería ser una persona bien experimentada que sepa de caballos y de los problemas a los que los novatos se tienen que enfrentar. Entonces, montarás solo con el caballo únicamente caminando. Después aprenderás cómo sentarte cuando trota; luego él irá a medio galope y finalmente aprenderás a controlarlo mientras galopa y salta.

Sólo entonces podrás montar con plena confianza, como un espíritu libre. El caballo es tu mente y cuerpo. Necesitas aprender cómo controlarlos amable pero firmemente. La espiritualidad es como eso. Necesitas entrenamiento espiritual para guiar y controlar el cuerpo y la mente. Para eso, es fundamental un maestro.

Verdaderamente necesitas sentir que todo este mundo y universo es la creación gloriosa de Dios. Las personas de hoy tienen la oportunidad de ver la belleza de la creación de Dios, pero son estrechas de mente. No quieren encontrar a Dios ni incluso pensar en Dios. Sólo quieren tener más y más cosas materiales y satisfacción sensual. No pueden entender que todos sus problemas, sufrimientos y preocupaciones provienen de estos deseos.

El mundo material es como un mar salvaje y tormentoso. Si subes al barco de la mundanalidad y sales en este mar embravecido, ¿quién te puede rescatar? Sólo cuando te des cuenta de que estás estancado en el mar salvaje y llames a lo Divino, entrarás en razón. En ese punto, lo Divino te enviará a alguien para sacarte de la tormenta hacia las pacíficas costas. En ese nivel, deberías tomar esa oportunidad y seguir adelante, escuchando las enseñanzas del maestro y haciendo lo mejor que puedas para poner en práctica lo que él o ella dice.

Māyā, la ilusión del mundo material, es muy poderosa. Los placeres del mundo parecen muy bonitos y tentadores pero cuando vas a disfrutarlos te atrapan. Ves rosas adorables en un rosal silvestre, pero si corres a agarrarlas todas, quedas enredado en las ramas espinosas. Entonces ves otro rosal con rosas más grandes de un color diferente. Con gran dificultad te desenredas del primer rosal y corres al siguiente. Acabando de salir del segundo arbusto, sales disparado a otro. De nuevo quedas atrapado, pero esta vez puede que las espinas te hayan lastimado.

Las espinas son tus deseos insaciables. Sin embargo, nunca aprendes. Tan sólo vas corriendo de un árbol a otro, esperando acumular más y más rosas diferentes. El olor y color se desvanecerán y te quedarás con algo podrido. Ése es el resultado de ansiar cosas materiales.

Sólo después de entender todo esto, empezarás a correr en el camino espiritual, en lugar de corretear por el jardín del materialismo“.

La Auto-Realización, un problema de traducción

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Cualquier persona, que sepa algo de inglés y prefiera ver películas o series de televisión en versión original, sabe lo terrible que pueden ser los títulos de estas obras en sus forzadas traducciones al español. De hecho, con Hansika nos divertimos (e incluso discutimos) comparando los títulos que reciben las películas en Argentina y en España; títulos en ocasiones muy diversos entre sí y, por lo general, sideralmente diferentes del original.

Algo similar sucede con las palabras sánscritas relacionadas con espiritualidad e hinduismo (por ejemplo, yantra o hatha), que por lo general necesitan de cinco o seis vocablos en español o inglés para expresar su significado original. Esta dificultad en la traducción se basa en que la lengua sánscrita está embebida de sabiduría milenaria, y en que ciertas palabras sirven para describir procesos o situaciones que sólo se entienden conociendo al menos lo básico de filosofía hindú.

Existe una palabra que se ve con mucha frecuencia en textos sobre espiritualidad y filosofía y que, según creo, está malentendida por fallas de traducción. Me refiero a ‘AutoRealización‘. Lo paradójico del caso es que esta palabra no está traducida del sánscrito, con su sutileza filosófica, sino que proviene directamente del inglés ‘Self-Realization’.

Definiciones e interpretaciones

En inglés, la palabra realization significa dos cosas:

1 –Llevar a cabo un acción

2 – Comprensión.

Por tanto, el verbo inglés realize (o realise) puede significar ‘realizar’ o ‘llevar cabo’, por un lado, o ‘darse cuenta’ o ‘comprender’, por el otro.

Evidentemente, es en la segunda acepción la que se aplica al compuesto ‘self-realization’, que en español se traduce literalmente como ‘auto-realización’. Si uno está habituado a leer textos espirituales en español, probablemente ya sepa (o intuya) a que se refieren los maestros espirituales cuando hablan de ‘auto-realización’. Si uno tiene este entendimiento es debido a la lectura de varios textos y al uso del pensamiento deductivo, pero no gracias a la traducción, que no deja de ser un misterio para los principiantes.

En español, según la RAE, la palabra ‘realización’ tiene cuatro acepciones, tres de las cuales son variantes de ‘llevar a cabo’, mientras que la última refiere al verbo pronominal ‘realizarse’ y dice: “Sentirse satisfecho por haber logrado cumplir aquello a lo que se aspiraba”. De aquí nace, por ejemplo, la popular expresión ‘sentirse realizado’.

A la confusión de términos debe haber contribuido la traducción al español de la jerarquía de necesidades humanas creada por el psicólogo Abraham Maslow, en que el último estadio se denomina ‘self-actualization’ y es traducido como ‘auto-realización’, en este caso con más acierto, pues la idea de fondo es llegar a materializar todo el potencial del individuo, aunque no en términos propiamente espirituales.

Ahora bien, en ningún caso la palabra ‘realizar’ tiene en español el sentido de ‘comprender’, que es en realidad el significado que nos interesa quedarnos del vocablo realize inglés. En inglés, self-realization significaría ‘auto-comprensión’ o ‘auto-entendimiento’, y la mejor traducción posible, creo, es ‘auto-conocimiento’.

Verdadero sentido

Insisto en que si uno ha leído varios textos sobre espiritualidad y ha tenido la fortuna de que le expliquen detalles filosóficos, este fallo de traducción no es un obstáculo. Cuando yo leo ‘auto-realización’ sé a qué se refiere el texto, porque ya conozco el sentido original, además de porque sé lengua inglesa.

De todos modos, he notado que este no es siempre el caso. La no-completitud de sentido de la palabra ‘realización’ en español lleva, por lo general, a interpretaciones más cercanas a ‘sentirse realizado’ que a ‘auto-conocimiento’. Por tanto, el buscador espiritual desprevenido puede confundir ‘auto-realización’ con tener el trabajo de sus sueños, una casa con jardín o una familia unida, aspectos más relacionados con la ‘realización personal’ que con conocer la propia y verdadera esencia interior (que la filosofía espiritual dice es Divina).

De hecho, self-realization es utilizado como sinónimo de God-realization, es decir ‘conocimiento de Dios’; a la vez que puede ser sinónimo de ‘iluminación’ o ‘liberación’.

El gran santo Paramahansa Yogananda fundó en 1920 la conocida organización Self-Realization Fellowship y quien mejor que él, entonces, para definir este complejo término:

“Es el conocimiento, en cuerpo, mente y alma, de que somos uno con la omnipresencia de Dios; de que no tenemos que orar para que venga a nosotros, de que no estamos meramente cerca de ella todo el tiempo, sino que la omnipresencia de Dios es nuestra omnipresencia; de que nosotros somos tan parte de Él ahora, como lo seremos siempre. Todo lo que tenemos que hacer es perfeccionar nuestro conocimiento”.

Paramahansa Yogananda

Como siempre pasa con el conocimiento libresco, saber a qué se refieren los textos o maestros cuando hablan de ‘auto-realización’ no me va a transportar a este estado de dicha sin límite. Se trata, por supuesto, de un mero conocimiento intelectual, pero que es útil para discernir entre lo que realmente explican y resaltan las enseñanzas espirituales y lo que ‘uno cree entender’.

Una diferencia que puede ser fundamental.

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Dios por necesidad

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En estos tiempos estoy haciendo muchos cursos, de los cuales no hablaré hoy; pero fue justamente en uno de ellos en que, esta semana, salió de forma tangencial un debate filosófico-teológico sobre la existencia de Dios.

Ya sé que no es un tema para abordar a la ligera, sobre todo en un curso de lengua catalana, donde la complejidad inherente del argumento se ve acrecentada por las dificultades de expresión de los asistentes, yo incluido.

De todos modos, este episodio hizo reavivar en mi mente unas ideas que ya venía rumiando de antemano y que pensé serían buen material para un post, con todos los riesgos y limitaciones que implica para mí tocar un tema así de profundo.

Argumentos

Según entiendo, hay dos argumentos esenciales para negar la existencia de Dios (o cualquier otro nombre que se le quiera dar a una entidad superior o una energía cósmica universal…) El primero de ellos es, si se quiere, de tradición positivista: “Dios no existe porque no puede probarse su existencia”.

No voy a profundizar demasiado aquí, sino más bien citar el contra-argumento que, creo, lo invalida: “Dios existe porque no puede probarse su inexistencia”.

Desde un punto de vista lógico-filosófico estos argumentos se contraponen y no dejan una respuesta inapelable. Dependerá de cada uno, así como de argumentaciones posteriores, acercarse más a una idea que a otra. Sin la intención de ramificar el tema, sólo quiero dejar en claro mi idea de que, en este caso, ninguno de los dos argumentos son suficientes para erigirse, objetivamente, como irrefutables, más allá, claro, de la fe particular de cada persona.

El segundo argumento que se expone con frecuencia, y desde los albores de la humanidad, es el que hoy más me interesa analizar. Se trata de la idea que sostiene, a grandes rasgos, que “Dios es una creación del ser humano para así entender todos los aspectos de la vida que están fuera de su comprensión, y también para apaciguar su miedo a lo desconocido, sobre todo a la muerte”.

pregunta

Necesidad

Este segundo argumento tiene un par de sostenes razonables, a saber: la necesidad del ser humano de explicar lo inexplicable (o misterioso), y la tendencia del ser humano a aferrarse a “algo superior” cuando la situación es desfavorable.

Es decir, cuando una persona está en dificultades, naturalmente apela a ese “algo superior” para que la ayude o rescate. Algunos dirán que dicha apelación no es “natural”, sino más bien inculcada por la educación y la sociedad. De todos modos, lo cierto es que incluso las personas no creyentes, en situaciones difíciles, se encuentran pidiendo ayuda a ese “algo superior”.

Ya sea un hábito social o una reacción natural, quienes niegan la existencia de Dios dicen que esta reacción demuestra que es sólo la debilidad del ser humano lo que le lleva a creer en ese poder superior. O sea, la mayoría de las personas se acuerda de Dios sólo en los momentos de necesidad. Una vez pasado el problema, son pocos los que siguen pensando tan fervientemente en Dios.

No se puede negar que este argumento tiene gran asidero en la realidad ya que, en general, todos tenemos esa tendencia. Sin embargo, yo creo que no es prueba suficiente para decir que Dios es una invención humana.

Swami Vivekananda dice: “Lo principal es necesitar a Dios. Nosotros necesitamos todo, excepto a Dios, porque el mundo externo satisface todas nuestras demandas ordinarias; sólo cuando nuestras necesidades trascienden al mundo externo recurrimos al mundo interno, a Dios…”

Según lo veo, el estado normal de las personas es estar satisfechos con lo que nos ofrece el “mundo externo”. Cuando esta situación de comodidad encuentra obstáculos y dificultades, entonces nos acordamos (o creemos) que hay “algo” más allá, llámese mundo interno o Dios. Tan pronto se resuelve el obstáculo volvemos a nuestro estado de confort con el mundo exterior, y así muchas veces.

Por más que este proceso sea normal y cíclico, no creo que suponga a Dios como un invento por necesidad, sino al contrario. Es justamente a través de los problemas de la vida que uno puede ser consciente de una realidad superior o interior. Si no hubiera problemas y todo fuera externamente perfecto, el ser humano difícilmente se inclinaría hacia lo interior, quedándose así en la capa superficial, en apenas la planta baja del infinito rascacielos de la felicidad.

rascacielos

Caridad

Por tanto, la necesidad de Dios, como la llama Vivekananda, se fomenta al inicio por simples problemas mundanos, que nos hacen recurrir a esa realidad superior/interior como salvavidas, esperando recibir beneficios más bien materiales.

Como en todo proceso, el camino espiritual también requiere tiempo y diferentes etapas; por ende no es extraño que todas las personas debamos pasar primero por esta etapa de pensar en Dios sólo cuando estamos en necesidad. No es incorrecto.

A este respecto, se me ocurre una analogía con la caridad (o las donaciones o el servicio social). He escuchado muchas veces la crítica a estas actividades pues algunas personas dicen que quienes hacen caridad o ayuda social lo hacen para limpiar su conciencia, para no sentirse culpables, o simplemente para sentirse mejor con ellos mismos. Es decir, que el objetivo de ayudar a otros es, a fin de cuentas, egoísta, pues el máximo beneficiado (moral o emocionalmente) es el que realiza la acción caritativa.

Mi creencia es que casi nadie en este mundo tiene una personalidad y un accionar impecables, y por lo tanto, si deseamos paliar nuestros defectos, debemos hacerlo fomentando cualidades positivas aunque al principio sea “a la fuerza”. Si uno, por ejemplo, decide no hacer caridad basado en que el objetivo final es egoísta, terminaría también actuando de manera egoísta (natural en el ser humano) y además sin ayudar a un prójimo.

De la misma forma, creo, el acercamiento a Dios en épocas de problemas y dificultades no debería ser visto como un signo de debilidad del ser humano, sino como un paso necesario en el camino de interés por lo espiritual, por lo Divino, o por lo interior.

Ideal

Evidentemente, el paso siguiente es también agradecer a Dios por todo lo positivo que uno pueda tener o recibir, entendiendo que si hay “algo superior” es tanto para lo bueno como para lo malo.

Una tendencia general es la de considerarse a uno mismo como el Hacedor cuando las cosas salen bien, y echarle la culpa a la Vida cuando salen mal. O, en todo caso, atribuirse los méritos de los éxitos y recurrir a Dios en los fracasos.

Siguiendo con las analogías, se me ocurre que habría que hacer como algunos jugadores de fútbol, que después de hacer un gol señalan al cielo, en señal de agradecimiento. Por más que este “festejo”, en algunos casos, no sea más que un automatismo, es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Incluso en algo tan banal como patear una pelota, esos jugadores agradecen a Dios y no se atribuyen (todo) el mérito.

Messi festejo

De esta forma, el ideal es que una vez superadas las dificultades uno pueda seguir pensando en Dios, también en los buenos tiempos. Y yendo más allá, que uno pase del agradecimiento por lo que tiene a la búsqueda interior, donde se puede encontrar la verdadera esencia del propio ser.

Dificultades

Pero volviendo al inicio, o sea la primera etapa, me gusta citar un ejemplo de las Escrituras hindúes, en que una de las gopis, es decir las devotas del Señor Krishna, pide a Dios que le conceda más penurias y tribulaciones. Al ser consultada del porqué de este inusual pedido, la gopi responde: “Porque cuantas más penurias haya en mi vida, más razones tendré para pensar en mi amado Krishna, y así no tendré ninguna posibilidad de olvidarme de Él”.

GOPIS

Con una filosofía similar, Swami Premananda, que ha sido acusado injustamente y condenado a prisión desde hace dieciséis años, dice: “Tengo la tolerancia de soportar grandes dificultades porque tengo total fe y confianza en Dios. Cuando pienso en Jesucristo y todo lo que tuvo que sufrir, siento que no estoy sufriendo en absoluto. Dios no me ha dado suficientes pruebas. Siento que Dios debe darme más dificultades”.

Más allá de su ejemplo personal, Swami también deja claro que las situaciones de dificultad pueden ser aprovechadas por los buscadores espirituales: “Cuando se afrontan grandes problemas y se incrementa la fuerza de la confianza en Dios, se puede madurar a un nivel muy elevado. Los devotos que se han mantenido a mi lado durante este atribulado tiempo, jamás hubieran experimentado una prueba semejante ni siquiera en ciento cincuenta años de práctica espiritual corriente”.

De esta forma, y basándome también en las palabras de Swami, no creo que sea condenable que una persona se “acerque” a Dios por necesidad exterior o material.

Más que un signo de debilidad, a mi entender, es una prueba de humildad, de entendimiento y de que, esencialmente, el alma siempre sabe hacia donde apuntar.

Fuentes de las imágenes:

despertardetamaulipas.com

mundofotos.net

infobae.com

mantrapersonaldivinaradhaylasgopis.com

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