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El mito del placer de las pequeñas cosas

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Hace años leí un libro llamado Selecciones del Swami Vivekananda, editado por Kier en 1971 y ahora fuera de catálogo, que me marcó grandemente pues explicaba las cosas muy claras y directas, sin el deseo de complacer, sino más bien de despertar y aguijonear al lector. Varias de mis concepciones sobre la espiritualidad se vieron trastocadas al leer las palabras del gran santo bengalí.

Una de las enseñanzas que me quedó grabada (quizás, en este caso, por resonar profundamente con mi idiosincrasia) era la siguiente:

“Tenemos un proverbio en nuestro idioma: ‘Si quiero ser cazador, cazaré un rinoceronte; si quiero ser ladrón, robaré el tesoro del rey’ ¿De qué sirve robar a los pordioseros o cazar hormigas?”

El Swami hablaba de la devoción y de que, a la hora de amar, más vale amar a Dios que a los objetos mundanos. Trasladando el proverbio a la vida cotidiana, yo siempre lo encontré relacionado a los famosos “pequeños placeres de la vida”, que tienen muy buena reputación entre todo el mundo pero de los que muchas veces he descreído.

Siempre, o al menos en edad adulta, me ha parecido que “un café calentito por la mañana”, “una siesta espontánea en el sofá”, “un definitorio partido de fútbol en la TV” o incluso “una buena cena con amigos” no tenían comparación con la felicidad última, entendida como aquella que “es independiente de condiciones externas”, es decir que se basta a sí misma pues su fuente es el propio Ser.

swamivivekananda

Ya sé que me estoy metiendo, otra vez, en un tema polémico y para que no me tiren piedras hago la aclaración: no estoy diciendo que no me guste o no disfrute hablando con amigos, descansando en una hamaca o ingiriendo chocolate y Yogi Tea.

Lo que digo es que, según mi percepción, estas “pequeñas felicidades” están magnificadas, por un lado, por la cultura materialista y hedonista en la que vivimos, y por otro, por nosotros mismos, que difícilmente podemos resistir la tentación que nos ofrece el placer fácil de una “cervecita por la tarde” en lugar de, por ejemplo, sentarme a meditar y buscar placer en mi, muchas veces turbulento, interior.

Obviamente, cuando uno está agotado de trabajar, criar hijos, hacer las cuentas o estudiar, tanto más necesita “desconectar”, y entonces la atrapante serie televisiva o la copita de vino por la noche se convierten en oasis, casi en pequeños salvadores, de una rutina desgastante. El yoga propone otros oasis que, por supuesto, pueden ser complementarios al Facebook o incluso suficientes en sí mismos.

Además existen “pequeños placeres” con prestigio más espiritual como “recibir un beso de tu hija”, “sentir el sol otoñal en la cara”, “escuchar el canto de las aves”, “ver pasar una estrella fugaz”, “conversar con tu pareja” o “darle direcciones correctas a alguien perdido”. Todas estas cosas también tienen que ver con el yoga.

Siete tipos de felicidad cotidiana 1. La felicidad secreta, que es firme pero bellamente delicada 2. Tres minutos de felicidad tomados prestados de un perro 3. La felicidad tradicional de estar acostado 4. La felicidad que aparece cuando se contempla una piedra 5. Felicidad mezclada con una misteriosa tristeza 6. La extraña felicidad asociada con ver un meteorito o una estrella fugaz 7. Felicidad difusa, residual, que resulta de hacer tareas domésticas rítmicas como lavar los platos.

Sin duda la felicidad basada en las cosas sencillas es positiva, pues uno de los objetivos del ser humano es ser feliz y eliminar el sufrimiento. A la vez es bueno tener claro que por más partidos de fútbol – vibrantes y con mi equipo como triunfador – que yo vea, eso nunca me llevará a una felicidad permanente (esto ya lo he comprobado). Por eso, Swami Vivekananda, en uno de sus famosos discursos en el histórico Congreso de las Religiones de Chicago de 1893 se dirigió a los seres humanos como “hijos de la dicha inmortal” y dijo:

“Levantaos, ¡oh leones! Y sacudíos la ilusión de que sois corderos. Sois almas inmortales, espíritus libres, benditos y eternos. No sois materia, no sois cuerpo; la materia es vuestra sierva y no vosotros sus siervos”.

Justamente en estos días acabé de leer Therigatha (Ed. Kairós, 2016), una compilación de poemas budistas traducida y corregida por el poeta Jesús Aguado, que va creciendo en intensidad a medida que avanza y cuyo lenguaje poético-espiritual es tan sencillo como profundo. Como siempre en sus traducciones de textos religiosos, Aguado deja notar que, antes que nada, es un poeta y, aunque cambien el idioma y los términos, lo que logra es evocar en el lector de forma directa el espíritu de la obra. El libro se presenta en Barcelona el miércoles 25 de enero.

La particularidad de esta compilación es que todos los poemas son obra de mujeres, específicamente monjas budistas, en muchos casos contemporáneas al Buddha histórico. Su importancia literaria radica en que “está considerada la primera antología universal de literatura femenina”. Su importancia espiritual radica en el mensaje de estas renunciantes, algunas con vidas muy duras, que consiste en dejar de lado todo lo superfluo, causante tarde o temprano de sufrimiento, para buscar la absoluta y siempre libre paz interior.

Al tratarse de monjas, los versos del Therigatha naturalmente hacen gran hincapié en la renuncia y respecto a los placeres en general dicen, en más de una ocasión:

Placeres o cuchillos, es lo mismo.
Placeres como espadas.
El cuerpo, los sentidos, la mente:
La tabla de madera                                                                                                                             donde a trozos te cortan los placeres.

En relación a nuestro tema de hoy, Sumedha, una monja que rechazó casarse con un rey para seguir la senda del Buddha, dice:

“¿Por qué tendría uno que renunciar a una gran felicidad por las pequeñas felicidades que los placeres de los sentidos prometen?

Obviamente no estoy instando a nadie a hacerse monje, simplemente comparto una serie de reflexiones sobre un tema que, quizás se habría quedado en el tintero, si no fuera porque hoy leí una lamentable columna de opinión en el periódico digital La Vanguardia. Por suerte para mí, este tipo de lecturas no es un hábito arraigado y lo único que me llevó a clicar en el texto fue un titular sobre “los placeres de la vida” que, como ahora sabemos, es una cuestión que me interesa.

En el breve escrito, que no vale la pena ni leer pero aquí está, el autor se queja del “animalismo”, que viene a ser la defensa de los derechos de los animales, y se ofende porque en la calle vio el siguiente adhesivo creado por activistas veganos (perdón por la crudeza):

El periodista define la frase atribuida al cerdo como “un monumento a la idiotez” y el animalismo como una ideología “fascistoide y algo enfermiza”. Obviamente el autor no es vegetariano y se jacta de no serlo con argumentos muy frágiles:

“Ya imagino que podría subsistir con verduras, legumbres y cocos y salvar al reino animal. Sencillamente: no me da la gana”.

Más adelante, y les ahorro partes, el autor dice:

“Lo siento por el cerdo que nació cerdo. Y por el percebe arrancado de una existencia plácida en las rocas. O por la angula, otro bicho asqueroso. Los placeres de la vida empiezan a sonar a pecado y esta vez no es la Iglesia católica, apostólica y romana. Es el animalismo…”

No voy a debatir con el autor, ni explicarle por qué el vegetarianismo es una solución plausible para la crisis ecológica global, ni por qué el consumo de carne ha sido asociado científicamente con una mayor incidencia de cáncer, ni mucho menos argumentarle que no comer carne (o productos de origen animal) evita sufrimiento a otros seres, ya que justamente son matados para que los comamos (o hacinados y maltratados para sacarles huevos o leche).

Lo que quiero destacar, en relación a nuestro tema de hoy, es que los “placeres de la vida” están tan sobrevalorados que alguien puede llegar a decir, ¡con jactancia!, que el placer que uno experimenta en su paladar al comer jamón o foie gras, por ejemplo, vale más que la vida (generalmente sufriente) de un ser vivo, llámese cerdo, oca o anodino percebe.

Por tanto, si creemos que nuestra existencia tiene un propósito superior a la “buena comida” o “los pequeños detalles” quizás estemos dispuestos a renunciar a las migajas e ir lo más directo posible a robar el tesoro del rey. Eso no significa que, en el camino, uno no pueda saborear ese helado como si fuera la ambrosía celestial (en parte lo es) o jugar con sus hijos como si fueran la divinidad encarnada (en gran parte lo son). Significa, más bien, que “los pequeños placeres de la vida”, vistos como un objetivo en sí mismos y, sobre todo, como lo que nos redime de nuestra chata existencia, se convierten en cadenas.

Vistos con gratitud, en cambio, como una manifestación más de la consciencia suprema, son una bendición y, además, un buen campo de entrenamiento para el crecimiento espiritual.

Buddha Pūrṇimā 2015 o el nacimiento del Buda

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Para los budistas de todo el mundo, en general, la celebración religiosa más importante es el aniversario del nacimiento de Siddhārtha Gautama, conocido también como Buddha Śākyamuni o como el Buda a secas. Menos general es el acuerdo sobre cuál fue la fecha exacta de ese nacimiento. La tradición budista de la India (y de Nepal y, en cierta forma, Sri Lanka) considera que Gautama llegó a este mundo en el plenilunio del mes hindú de Vaiśākha (Vaishakha). Eso, en calendario gregoriano occidental, corresponde generalmente a la luna llena del mes de Mayo, que este año 2015 cae el lunes 4 de Mayo.

El nombre de esta festividad budista varía según el país y el idioma, aunque en la India se la conoce como Buddha Pūrṇimā, ya que, en este contexto, pūrṇimā (púrnima) significa “luna llena”. De todos modos, es cierto que, mundialmente, el nombre más difundido de la festividad es Wesak (o Vesak), que parece ser una deformación fonética del mes de Vaiśākha/Veśākha. Asimismo, también se habla de Buddha Jayantī, que vendría a ser “el cumpleaños del Buddha”, una definición que no está errada pero sí incompleta…

La luna llena de Mayo (Vaiśākha pūrṇimā) de, probablemente, el año 563 a.C. vio nacer a Gautama en el seno de una familia aristocrática en una zona del norte de la India que hoy pertenece a Nepal. La historia que sigue es conocida: A los 29 años, Gautama deja una vida de confort y prosperidad material (incluyendo mujer e hijo) en pos de la iluminación y, en esa búsqueda, conoce maestros, prueba el ascetismo extremo y encuentra el camino del Medio para, finalmente, sentado bajo un árbol bodhi (ficus religiosa o “higuera religiosa”) experimentar el supremo estado de nirvāṇa.

Curiosamente, la tradición dice que este importante evento también tuvo lugar durante la luna llena de Vaiśākha; eso sí, 35 años después de nacer.

Después de su iluminación, el “despierto” pasaría 45 años predicando la enseñanza que él mismo había descubierto y corroborado en primera persona sobre cómo escapar del sufrimiento de este mundo. A los 80 años, en un remoto pueblo, el Buddha murió o, mejor dicho, alcanzó el paranirvāṇa (equivalente al Mahāsamādhi en la tradición hindú), dejando así su cuerpo físico. Una vez más, dice la tradición, la luna llena de Vaiśākha iluminaba el cielo indio.

Por tanto, en Buddha Pūrṇimā se conmemora tanto el nacimiento, la iluminación y el fallecimiento del Buda.

A veces se dice que el Buda fue criado como un hindú, aunque algunos estudiosos budistas lo niegan alegando que él estaba en contra de la tradición brahmánica (que para algunos sería el predecesor de lo que llamamos “hinduismo”), la cual hacía hincapié en las Escrituras de los Vedas, en los sacrificios védicos y en el sistema jerárquico de castas. En cualquier caso, todos acuerdan en que Gautama rechazó el status quo en que el complejo sacrificio ritual tenía preponderancia como práctica y también renegó de la preeminencia espiritual del sacerdote brahmán sobre las otras castas.

Esta religiosidad “simplificada” sin rituales reservados a unos pocos ni jerárquicas de nacimiento atrajo mucho al pueblo y, entonces, el budismo se expandió por la India. Como consecuencia, hubo influencia mutua entre budismo e hinduismo durante algunos siglos, si bien alrededor del siglo X d.C. el budismo ya había decrecido mucho en su tierra natal, aunque ciertamente se había difundido por gran parte de Asia. En la actualidad la población budista de la India es menor al 1% del total.

De todos modos, la presencia del Buddha es aún palpable en la India debido a la existencia de los lugares sagrados donde él vivió y enseñó, y también por el hecho de que la tradición hindú haya incorporado su figura, especialmente en la doctrina váishnava de los daśāvatāra (dashavatara).

En la filosofía hindú un avatāra es la Divinidad (o una expansión de la misma) que desciende a la Tierra con un objetivo concreto para mantener el orden universal. Según esta tradición, a lo largo de los tiempos ha habido muchas de estas encarnaciones, y continúa habiéndolas, en la medida que la humanidad cae en la ignorancia y el mundo vive períodos de oscuridad, lo cual no es poco frecuente.

A este respecto, los más conocidos son los diez (daśa) descensos (avatāra) principales del Señor Viṣṇu (Vishnu), la deidad que representa el aspecto de la conservación en el ciclo universal. Entre estas diez encarnaciones destacan Rāma, Kṛṣṇa (Krishna) y, como toca hoy, Buddha. Es muy irónico que el Buda rechazara la tradición védica y que, entonces, esta misma tradición (o al menos una porción de ella) lo incorpore más tarde a su panteón.

En la mitología hindú se explica que el descenso del Buddha es la “encarnación del error” (moha en sánscrito), ya que sus enseñanzas heterodoxas sirvieron para “engañar” a los hombres de “baja cuna, malvados y demonios, que estaban muy avanzados en el estudio de las ciencias sagradas y, por lo tanto, suponían una amenaza para la supremacía de los dioses”.

Es decir que, según esta visión, toda la enseñanza búdica contra los rituales y la tradición védica no era reformismo espiritual sino una fachada para confundir y desviar a las personas no espirituales que estaban ganando méritos a través del estudio y el ritual, lo cual desequilibraba el orden cósmico. Una vez cumplida su misión, el budismo desaparece prácticamente de la India, acompañado del renacer del hinduismo, que siempre estuvo más arraigado.

Representación hindú de los daśāvatāra, con el Buddha como la 9ª encarnación, el cuarto de la fila de abajo (empezando por la izq.)

Evidentemente, los budistas no están de acuerdo con esta visión hindú. Probablemente algunos hindúes tampoco, ya que la figura y enseñanza del Buddha han trascendido su supuesto rol de “engañador”, tanto en el tiempo (más de 2000 años ya) como en el espacio (casi todo el mundo). De hecho, y como acota el sacerdote hindú Krishna Kripa Dasa (Juan Carlos Ramchandani) la misma tradición vaishnava, y dependiendo del linaje particular, puede incluir o no a Buddha como uno de los daśāvatāra (por ejemplo, la Śrī Sampradāya fundada por Śrī Rāmānujācārya no incluye a Buddha. El noveno avatāra después de Kṛṣṇa es, en este caso, su hermano mayor Balarāma).

Yo no soy budista (soy más bien hinduista), no estoy especializado en budismo ni este blog trata específicamente de temas budistas, pero cada tanto nombro al Buddha porque me parece un maestro muy inspirador y porque mi propio guru, nacido en Sri Lanka donde el budismo y el hinduismo han convivido por siglos, lo citaba con asiduidad. De hecho en su ashram del sur de la India se celebra cada año Buddha Pūrṇimā (como así también principales festividades de otras religiones).

A pesar de mi afecto y respeto por el budismo, de estar a favor del diálogo interreligioso y siendo firme creyente de que “todos los caminos llevan a la misma meta”, he notado que, sobre todo en Occidente, hay una gran confusión entre budismo e hinduismo, en algunos casos por simple ignorancia y, en otros casos, por la mezcla deliberada de componentes de las dos “religiones”. Y como amante de la rigurosidad que soy, eso me perturba un poco porque se trata de dos filosofías diversas que, a su vez, tienen muchas sub-divisiones internas.

De ninguna manera quiero entablar un debate de hinduismo vs budismo, ya que yo mismo en ocasiones realizo prácticas budistas (especialmente de meditación). No pienso criticar a quienes ponen en un mismo altar al Buddha y al Señor Shiva. Ni deseo dejarme llevar y ponerme demasiado quisquilloso con los álbumes de música espiritual que combinan sin reparo mantras tibetanos con stotras sánscritos.

Solo quería destacar que el budismo se entrelaza con el hinduismo en diversas maneras pero no son sinónimos y eso, según mi punto de vista, está bien saberlo, porque no le quita grandeza a ninguno de los dos y, en todo caso, genera más entendimiento y capacidad de discernimiento.

¡Feliz luna llena!

La historia del ‘Buda gordo’

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Este blog trata principalmente sobre la India y el hinduismo, aunque hoy me desviaré un poco para hablar de un detalle del budismo, ya que alguien me preguntó: “¿de dónde sale el Buda gordo?”. Este personaje, que todos hemos visto, también es conocido como el “Buda que ríe” (o “Buda sonriente”) y es popular en China y el sudeste asiático.

El “Buda que ríe”.

El dato más importante que hay que saber es que este personaje NO es el Buda histórico, Siddhārtha Gautama, “fundador” del budismo y cuya imagen tradicional es de una complexión delgada y más seria.

Siddhārtha Gautama

La confusión entre ambos personajes parece nacer en sus nombres, ya que el “Buda que ríe” es conocido en chino como Budai. En realidad, la palabra sánscrita buddha no es un nombre propio sino un epíteto para designar a los seres que están “despiertos” (también se dice “iluminados”), es decir que son conscientes de su verdadera naturaleza espiritual. Por tanto, Siddhārtha Gautama es un buddha (o buda en español) pero no el único, aunque sí es el más conocido.

Por su parte, Budai (o Pu-Tai) también parece ser un personaje histórico, específicamente un monje chino budista que vivió en el siglo IX y cuyo nombre significa “saco de tela”, haciendo referencia a que siempre llevaba una bolsa y daba regalos a los niños.

Wikipedia dice que Budai es una “deidad popular china” aunque lo de “deidad” es debatible. Lo cierto es que se trata de una figura popular que, en el contexto del budismo chino, es identificado con Maitreya, el Buda que vendrá al mundo en el futuro, por decirlo simple. A la vez, Budai es un símbolo de alegría y contentamiento, un monje que es feliz con lo que entra en su saco y que, además, da alegría a los demás.

Hablando sobre este tema en su excelente blog Fake Buddha Quotes, el budista y académico Bodhipaksa dice que “si bien Budai es una figura budista, es más bien como Santa Claus: un personaje de cuento que está basado en una figura histórica (como Santa Claus está basado en San Nicolás) y que es adorado por los niños”.

San Nicolás

Sin ánimos de menospreciar a Budai y su posible relación con Maitreya, la intención de este post era mostrar la diferencia entre el Buda, Siddhārtha Gautama (también conocido como Shākyamuni) y el llamado “Buda gordo”, ya que aparentes incongruencias como esta generan confusión y muchas veces rebajan la estima que se tiene de las religiones.

Sin entrar a debatir las ventajas o desventajas de las religiones, me parece importante hacer estas pequeñas aclaraciones para que se vea que, cuando se las estudia en profundidad, las religiones son mucho más coherentes de lo que nos quiere hacer creer el moderno y secular ordenamiento socio-cultural.

La svastika y su significado original

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Muchas personas se sorprenden al ver una imagen del Señor Ganesha y descubrir que está, con frecuencia, acompañada de la cruz esvástica. En realidad, la esvástica no aparece únicamente junto a Ganesh sino que en la iconografía hindú es un emblema muy frecuente, tanto en templos, coches nuevos o en el suelo a la entrada de tiendas. Esto se debe a que para el hinduismo, la svastika es un símbolo de buena suerte y auspiciosidad y, por tanto, está directamente ligado a Ganesha, la deidad que elimina los obstáculos.

La palabra ‘esvástica’ deriva directamente del sánscrito svastika que se compone del adverbio su (‘bueno’) y del verbo asti (‘es’). Por tanto, el significado de la palabra es “bienestar”, “auspiciosidad” o “buen augurio”. En español se la puede llamar también ‘cruz gamada’ ya que sus brazos doblados en ángulo de 90° recuerdan a la letra griega gamma (Γ).

Si bien el origen del símbolo no es certero, muchas fuentes indican que es védico. En cualquier caso, no hay dudas de que se trata de un símbolo que ya existía en la antigua India, al menos hace cinco mil años, como testimonian sellos de roca hallados en el Valle del Indo y conservados en el British Museum.

Se trata de un símbolo casi universal, presente en muchas civilizaciones antiguas y también en la sociedad moderna, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial. Además de en el hinduismo, la svastika es muy usual en religiones derivadas de éste, como el budismo y el jainismo.

Asimismo, variantes de este símbolo milenario aparecen en numerosas culturas: en la tradición letona se corresponde con la “cruz de fuego” (Ugunskrusts); en la cultura vasca existe el Lauburu, una variante curvilínea de la svastika; los indios Navajos en Norteamérica tienen un símbolo similar; la etnia Kuna de Panamá la lleva en su bandera, aunque remite al pulpo que, según esta tradición, creó el mundo con sus tentáculos. Asimismo, varios grupos de aviación como la Fuerza Aérea Finlandesa usaron la svastika como insignia ya en el siglo XX, al igual que los Boy Scouts en las hebillas de sus cinturones.

En todos los casos, el simbolismo de la svastika y sus variantes es siempre relativo a la buena fortuna. La mayoría de los expertos dicen que es un emblema solar.

Ugunskrusts o “cruz de fuego” de la tradición letona.

Lauburu vasco es la variante curvilínea de la svastika.

Bandera de la etnia Kuna de Panamá y Colombia. En este caso, el símbolo que aparece sobre la bandera representa el pulpo que, según esta tradición, creó el mundo con sus tentáculos señalando los cuatro puntos cardinales.

Insignia de la Fuerza Aérea finlandesa hasta 1945.

En cuanto al hinduismo, en su revelador libro Loving Ganesa, Sivaya Subramuniyaswami explica que, para los hindúes, “la svastika representa la buena fortuna que da el Señor Ganesha. También representa el sol y el ciclo de la vida. Se considera que tiene el poder de evitar la mala suerte y las fuerzas negativas”.

También nos dice que “simbólicamente representa a Dios y la creación” y en cuanto a sus aspas en ángulo recto: “representan la rueda del mundo, girando eternamente alrededor de un punto fijo, que es Dios”.

Siguiendo con las aspas dobladas, Subramuniyaswami explica que éstas “muestran cómo la vida está llena de cambio y oblicuidad […] El sendero hacia nuestros objetivos con frecuencia no es recto sino que toma giros inesperados. También denotan la forma indirecta en que se alcanza la Divinidad (a través de la intuición y no el intelecto)”. Y prosigue: “Uno de sus significados más sutiles es que la realidad trascendente no se alcanza directamente a través de la lógica racional, pero sí indirecta y misteriosamente a través de la mente cósmica intuitiva”.

De aquí surge el debate de la dirección de los brazos de la svastika y desde ya digo que el símbolo védico existe tanto con aspas hacia la derecha como hacia la izquierda, aunque es más común con los brazos hacia la derecha. La svastika hacia la derecha es designada como un emblema solar, mientras que algunos dicen que la svastika hacia la izquierda está relacionada con el camino tántrico de la mano izquierda que utiliza indulgencia sensual y ritos mágicos como parte de sus prácticas.

Ya sea con brazos hacia la derecha o hacia la izquierda, en el hinduismo la svastika siempre se presenta recta, tanto de pie o recostada. En otras culturas sí que puede aparecer rotada.

La mancha nazi

Por si hace falta aclararlo, Adolf Hitler hizo una apropiación caprichosa de este símbolo, malentendiendo su significado original para sus propios intereses. Como explica Álvaro Enterría en La India por dentro, “los nazis tomaron la svastika pensando que era un símbolo de la raza ‘aria’ (algo que por otra parte no existe)”. Efectivamente, la palabra sánscrita ārya significa “honorable”, aunque el orientalista alemán Max Müller introdujo el concepto de ‘ario’ entre los académicos europeos con un sentido de raza en lugar de su sentido original de “virtuoso y noble espiritual”.

Hay una especie de leyenda urbana que dice que lo que Hitler hizo con la svastika original fue simplemente cambiar la dirección de sus aspas. Es falso. Lo que hizo, en todo caso, fue girarla 45°, colorearla de negro y colocarla en un círculo blanco sobre un fondo rojo (negro, blanco y rojo eran los colores del antiguo imperio alemán hasta la Primera Guerra Mundial).

La bandera nazi.

Es decir, como un agregado más de la larga y milenaria lista de usos que se hizo de ella durante la historia de la humanidad, Adolf Hitler eligió la svastika como símbolo de su partido nacional-socialista, para luego convertirla en parte de la bandera oficial del Tercer Reich. Eventualmente, la svastika se convirtió en un emblema sinónimo de fascismo, antisemitismo y muerte para la mayoría de las personas.

De esta forma, merced a los acontecimientos sucedidos en los últimos 80 años de la historia mundial, un símbolo de pura auspiciosidad universal con varios milenios de antigüedad se convirtió en un símbolo odiado y defenestrado. Para la mayoría de las personas occidentales, marcadas por el recuerdo o el relato de la Segunda Guerra Mundial y sus barbaridades, la svastika no genera sensaciones positivas. Esta percepción colectiva se ve acrecentada por la reafirmación diaria que se hace del simbolismo negativo creado por el nazismo.

Si bien esto es entendible, para los hindúes y los conocedores de la tradición védica, en cambio, la svastika sigue teniendo su sentido original y verdadero: auspiciosidad, bienestar y vida.

Svastika védica.

PS: Créase o no, existe una obra de teatro inglesa llamada Ganesh vs The Third Reich que comienza con Ganesha viajando a Alemania a recuperar la svastika.

Imagen promocional de la obra Ganesh vs. The Third Reich.

Mis podcast en Inspirulina.com

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Hace una semana publiqué un post con mi podcast en Inspirulina Radio hablando de la Kumbha Mela y mi proyecto de crowdfunding. El proyecto de financiación ya finalizó de forma exitosa y estoy en la fase final de preparación de mi viaje. Escribiré un post con más detalles sobre el tema en cuanto acaben las gestiones administrativas con la plataforma Lánzanos.

Por otro lado, en estos momentos estoy de viaje en Argentina y me cuesta encontrar el tiempo para escribir un post largo. Por ello he pensado que era el momento justo para compartir algunos de los podcast que he grabado para Inspirulina Radio. Se trata de grabaciones en audio que incluyen mis charlas con Eli Bravo sobre diferentes temas espirituales o de la India. Cada podcast tiene unos 8′ de duración y son muy amenos porque Eli es un comunicador con mucha experiencia.

De todas mis colaboraciones hay 3 que hoy quiero compartir:

La primera habla sobre la importancia de amar a todos los seres, enemigos incluidos, para la propia felicidad. Un tema para nada menor, sobre todo en el budismo, si quieres avanzar en el camino espiritual. Puedes escucharlo aquí.

En segundo término, se trata de una síntesis de porqué la India vale la pena como destino espiritual. Puedes escucharla aquí.

Por último, me meto en una cuestión moderna y tecnológica como Twitter, en relación a la excesiva importancia que se le da a la escritura en frente a la milenaria oralidad. Puedes escucharla aquí.

Puede que, en algunos casos, los podcast no se carguen, por lo que hace falta refrescar la página una, dos o tres veces hasta que lo haga.

Sin duda se me da mejor el escribir que el hablar. De todos modos, confío en que estos podcast les gusten y no se decepcionen demasiado al escuchar mi voz.

Mandalas y Yantras, diagramas geométricos espirituales

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En una sobremesa dominguera con las profesores de yoga Ariyogananda, Lara, Pat (más Oli) y Hansika surgió el tema de los mandalas debido a un libro que pasaba de mano en mano titulado La biblia de los mandalas. La idea de este post no es recomendar ni defenestrar dicho libro, ya que no lo he leído, sino tratar de explicar (y entender) un concepto de la filosofía de la India que se ha hecho muy popular (es decir, el de ‘mandala’), aunque, al parecer, variando en parte su sentido original.

Yo ya conocía el concepto, pero al leer la contratapa del libro me sorprendí, ya que decía que “el mandala es un símbolo de plenitud que se encuentra en culturas de todo el mundo… En este libro se presentan las múltiples y diferentes formas que pueden adoptar, abordando tanto los antiguos mandalas hindúes como las formas complicadas de las pinturas de arena de los indios americanos o de los nudos celtas”.

Hasta ayer, para mí, mandala era un término netamente relacionado con el hinduismo y el budismo y no se me había ocurrido que existieran ‘mandalas celtas’ o que, el rosetón de vitral de una iglesia católica se considerara, también, un mandala.

Etimología redonda

En la sobremesa ya citada yo, adalid de la rigurosidad, critiqué esta libertad de uso de la palabra ‘mandala’, pues su origen está, sin dudas, en la lengua sánscrita y en las prácticas espirituales de la India. De hecho, hace un par de meses respondí al comentario de una lectora sobre la etimología de la palabra en cuestión.

Lo que dije entonces, y ahora amplio, es que, según el reputado diccionario de Sanskrit-English de Monier-Williams, la raíz verbal maṇḍ significa ‘adornar, decorar’; y la primera acepción de la palabra maṇḍala es ‘circular o redondo’. Asimismo, puede referirse a ‘un disco; cualquier cosa redonda; un círculo; circunferencia’, y más.

Teniendo en cuenta la etimología, es difícil oponerse a que el término ‘mandala’ sea ahora masivamente utilizado para referirse a ‘diseños circulares’ en general. De la misma forma que el término sánscrito avatar ha trascendido su sentido original para designar “objetos digitales que representan al usuario” o seres azules muy taquilleros, me parece normal que la palabra mandala pueda ahora tener un sentido más amplio y alejado de su origen, ya que como dice el libro que dio vida al debate, los mandalas reflejan símbolos universales como “la simetría de las formas naturales, el ciclo del tiempo y el círculo de la comunidad”.

De todas formas, esta tendencia general no quita que la palabra tenga un sentido primigenio y espiritual ligado a la India y su filosofía. Incluso la RAE, con quien desacuerdo con frecuencia, consigna el término como parte de la tradición hinduista y como una representación de las “fuerzas que regulan el universo y que sirve como apoyo de la meditación”.

A este respecto, si bien la RAE acepta dos acentuaciones de la misma palabra, me gustaría decir que la forma correcta, desde el punto de vista sánscrito, es con acentuación esdrújula; es decir, ‘mándala’ y no ‘mandala‘, aunque yo la escriba sin acento porque prefiero no españolizar demasiado la terminología sánscrita.

El juego de las diferencias

Hablando de terminología sánscrita, un detalle que me perturbó del libro La biblia de los mandalas es la sección titulada “Yantras: los mandalas hinduistas”. Como ya he explicado, para mí un mandala no puede ser otra cosa que hinduista (o budista, pero la raíz lingüística y filosófica sigue siendo la misma), a la vez que en esa definición se mezclan dos términos. Por lo que sé y he leído, mandala y yantra se usan muchas veces como sinónimos, aunque al parecer no lo son.

En todo caso, ambos son definidos como diagramas geométricos simbólicos que representan a una deidad en particular o, como dice A. Daniélou en su Dioses y mitos de la India, “energías básicas del mundo natural”.

Según explica Álvaro Enterría en su libro La India por dentro, los mandalas son “más elaborados (que los yantras), son representaciones en forma circular de fuerzas cósmicas y son muy utilizados por el budismo tibetano”. En efecto, el mandala es más ‘figurativo’ que el yantra, sobre todo en el budismo, donde las representaciones incluyen imágenes del Buda o de deidades budistas.

El yantra, en cambio, se limita a elementos lineales y geométricos como cuadrados, círculos, triángulos, elipses, espirales o cruces, pero nunca aparecen elementos figurativos como imágenes antropomórficas (aunque sí pueden aparecer algunas sílabas sánscritas consideradas sagradas).

Al parecer, entonces, en el hinduismo coexisten los conceptos de mandala y yantra, pero en el budismo se habla principalmente de mandala.

La base espiritual

La filosofía espiritual de la India explica que el ser humano, con su mente limitada y racional, no puede comprender de manera completa la realidad trascendente, infinita e inmanifestada que llamamos Divinidad. La mente humana no puede concebir nada sin un ‘nombre’ y una ‘forma’. De esta forma, se explica que la utilización de símbolos para vincular lo Divino con lo humano es de gran utilidad para el buscador espiritual. La representación simbólica de la Divinidad tiene diferentes grados de abstracción, siendo una estatua (imagen antropomórfica) la menos sutil.

Los mantras, por ejemplo, son representaciones sonoras de lo Divino y son más abstractos que las formas materiales. Siguiendo esta línea, los mandalas y los yantras como diagramas geométricos son también considerados sutiles en su grado de representación. Así como existe un tipo de Yoga basado en la repetición de mantras sagrados, también existe el Yantra Yoga, un camino espiritual basado en la meditación y visualización en diagramas místicos que representan las formas principales del Universo.

Se explica que cada deidad tiene su yantra, su representación visual geométrica. Probablemente el yantra más conocido es el llamado Sriyantra (o Srichakra) que, según Daniélou, “representa a la diosa universal”, y está formado por triángulos entrecruzados con la punta hacia arriba y hacia abajo, representando la energía masculina y femenina respectivamente, y en cuyo centro está el punto, origen de toda la existencia.

Ahora que he escrito mi opinión y aclarado (dentro de mis posibilidades) detalles sobre mandalas y yantras, cada uno es libre de usar dichas palabras como quiera; libre de diseñar diagramas, de pintar mandalas, de meditar en yantras

Sólo espero que, con el nombre que sea, estas prácticas sirvan para nuestro crecimiento espiritual.

El pensamiento positivo y la amorosa bondad

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Estos días estuvimos hablando con Hansika sobre el poder del pensamiento; es decir, en cuán importante es pensar en positivo para el bien del entorno. Swami Premananda siempre me escribía en sus cartas personales: “Piensa cosas buenas y sucederán cosas buenas”.

La ciencia del yoga explica que todo pensamiento es una vibración y, por tanto, afecta al entorno. Es por ello que, por ejemplo, cuando se habla de practicar no-violencia (ahimsa) siempre se dice que se trata de no dañar no sólo a nivel físico, sino también de palabra y de pensamiento. De hecho, se dice que incluso el pensamiento es más poderoso que la acción, ya que su nivel de alcance es más sutil y, por ende, más profundo.

Para muchos, esta enseñanza de que hay que ‘pensar en positivo’ puede sonar a obviedad. Sin embargo, la mayoría de nosotros subestimamos el poder del pensamiento y si, por un día, escudriñáramos nuestra mente con celo, veríamos con cuanta frecuencia estamos generando vibraciones negativas con el pensamiento. En general, me arriesgo a decir, más vibraciones negativas que positivas.

Antídoto

Una gran técnica espiritual para contrarrestar esta extendida tendencia del ser humano es una meditación budista llamada de ‘la Amorosa Bondad’ (la traducción un poco forzada del inglés ‘Loving Kindness meditation’), que consiste en enviar activa y conscientemente pensamientos positivos a todos los seres del Universo, empezando por uno mismo.

Justamente hace unos días recibí desde la India un discurso de Swami Premananda sobre este tema, donde él explica en detalle esta meditación. En el primer párrafo Swami dice:

“La amorosa bondad es una de las cualidades más elevadas que podemos alcanzar en nuestras vidas. El lograr este estado elevado en el interior sería un servicio increíble que impulsaría nuestro trabajo en el mundo más de lo que las acciones podrían jamás hacer”.

Me gusta mucho este mensaje porque dice explícitamente que el estado interior de ‘amorosa bondad’, de armonía y compasión con el mundo y sus seres es más poderoso que la acción. Muchas veces se critica a los sabios espirituales contemplativos por no involucrarse en el devenir del mundo, por abandonar a la sociedad a su suerte y dedicarse a salvarse únicamente ellos mismos.

Si bien hay muchos y diferentes caminos espirituales, los verdaderos yoguis espirituales, por más solos y quietos que estén (o parezca que estén), en realidad se encuentran solamente ayudando al mundo. Basados en la idea del poder del pensamiento y su vibración, lo que estas personas santas realizan es un tarea que, según afirman las Escrituras de la India, sostiene el mundo.

Como es de esperar, para la mayoría de la humanidad este rol fundamental de las personas espirituales pasa desapercibido y, por el contrario, creemos que lo que sostiene el mundo es la materia y su ‘progreso’.

La técnica

Ya sea que uno crea o no en el papel que cumplen los sabios en el mundo; es probable que haya varias personas que sí estén de acuerdo en la eficacia de crear vibraciones positivas para mejorar el entorno. Si es el caso, a continuación cito el discurso de Swami en que explica la técnica de la ‘amorosa bondad’, la cual puede ser realizada por cualquier persona:

Hay muchos modos de ayudar a otros seres humanos, seres animales y seres plantas. Ante todo, puedes ayudarles mediante plegarias y meditaciones.

Durante tu sadhana (práctica espiritual) diaria piensa en tu forma o cualidad Divina favorita; piensa en tu Maestro espiritual con amor puro; piensa amorosamente en tus relaciones y en tus allegados íntimos; piensa bondadosamente en aquéllos que viven en tu comunidad y envíales vibraciones amorosas; piensa en los ciudadanos de tu país deseándoles el bien y enviando pensamientos de amor y sabiduría; piensa en todas las personas del mundo y deséales el bien y amor puro.

Finalmente envía todos tus buenos pensamientos al Universo y ora para que todos alcancen la liberación y la máxima felicidad“.

El mínimo esfuerzo

Finalmente, quiero citar el último párrafo de este discurso espiritual de Swami, en que hace referencia a un pensamiento típico que nos viene al hablar de este tema:

Si podemos desarrollar esta cualidad en la mente [la de enviar buenos pensamientos], esto es ciertamente un gran servicio. Puede ser que pensemos que no estamos en posición de ayudar a otras personas, pero todavía hay otra práctica que deberíamos adoptar. Deberíamos dejar de dañar a los demás en cualquier modo. Eso no es tan fácil. Con esto quiero decir no sólo en acción física, sino también en acción mental. Es lo mínimo que podemos hacer. Entonces la encantadora flor del entendimiento y la compasión puede crecer y florecer en el corazón“.

Puede que no tengamos fuerzas para amar al Universo entero y desearle el bien pero, como dice Swami, lo mínimo que se necesita es no dañar a los demás ni siquiera en pensamiento. Al menos, si realmente queremos un mundo mejor, como tanto nos gusta repetir.

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