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De ladrón a santo pasando por 8.400.000 āsanas

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En La lotería de Babilonia, un famoso cuento de Jorge Luis Borges, el autor presenta una sociedad en que el azar (y otros tejemanejes misteriosos) determinan el destino de cada individuo, haciendo que cada tres meses una misma persona cambie su rol y pueda pasar de “esclavo a procónsul o de condenado a muerte a miembro del concilio de magos”. De esta forma, una persona pasaría por casi todos los escalafones sociales, oficios y estados psicológicos disponibles, viviendo cientos de vidas en una sola.

En la Gheranda Saṁhitā, un manual de haṭha yoga de alrededor del 1700 d.C., se dice que hay tantos āsanas (posturas) “como especies de seres vivientes”. Y se especifica que Śiva enseñó ni más ni menos que 8.400.000 āsanas, dando a entender que cada manifestación de este universo es, en cierta forma, una postura, una posición que adopta lo divino para expresarse.

Trazando una relación con la teoría de la reencarnación, se suele explicar que un alma, antes de nacer como ser humano, debe pasar por millones de “encarnaciones” que incluyen el reino animal (con insectos incluidos), el vegetal y hasta el mineral. Al parecer, tal como recoge el Maha-sihanada Sutta, el Buddha dijo al respecto: “Es imposible encontrar un reino en la rueda [de reencarnaciones] por el que yo no haya pasado en este largo viaje”.

Cuando uno nace como humano, y más teniendo en cuenta que hay otros miles de millones de humanos, el hecho no le parece nada especial y mucho menos lo ve como una gran fortuna. Lo ve, más bien, como un derecho natural, incluso fruto del azar, pero no como el resultado de cientos, miles o millones de vidas previas de aprendizaje y quizás sufrimiento. De la misma forma, si uno es una persona relativamente “buena”, que cumple de forma aceptable con los códigos morales de la sociedad, no se le ocurre pensar que en otra vida (incluso en otro momento de esta vida) uno no cumplía esos estándares.

Así como los ancianos se molestan por la algarabía de los jóvenes, los abstemios revolean los ojos ante los bebedores y los ciclistas desprecian a los motoristas, todos observamos y juzgamos el mundo desde nuestro estado actual, como si fuera inmodificable y el único correcto. Por el contrario, la filosofía espiritual de la India explica que para ser un santo primero hay que haber sido, entre otras cosas, un asesino, un ladrón y también el vecino que pone la lavadora a las once de la noche.

Si bien el alma o la chispa interna de cada ser es siempre divina, el nivel de conciencia puede ser muy bajo y debe ser pulido y mejorado con el paso de la(s) vida(s). Es en este sentido que Sri Dharma Mittra habla de “almas viejas” para referirse a las personas que, después de muchas encarnaciones, empiezan a tener interés por temas espirituales y por el bienestar del mundo en general.

Sri Dharma Mittra

Incluso suponiendo que uno mismo fuera un “alma vieja”, uno en realidad solo puede imaginar lo que ha hecho en vidas previas (y dicen que es mejor ni saberlo) y, especialmente, no sabe qué le falta por pasar para evolucionar, por tanto es un tanto osado colocarse en una posición de “superioridad” por la situación actual. De hecho, es muy posible que a uno le queden varios estadios para llegar a la meta.

Volviendo a los 8.400.000 āsanas “enseñados” por Śiva, y retomando el concepto de la infinitud de roles que adopta un alma, si aceptamos la idea de que cada āsana tiene un estado de conciencia, uno puede comprender que, en el ámbito del haṭha yoga, una postura física bien hecha, durante el tiempo suficiente, puede comunicarnos y darnos la experiencia de, por ejemplo, “el arado” o “la cobra” a nivel universal.

Esto viene a cuento porque el gran maestro Sri Dharma Mittra creó, en 1984, un famoso póster con 908 posturas de yoga como ofrenda a su guru. Esta “obra de arte” fue montada a partir de 1350 fotografías que Dharmaji se tomó a sí  mismo haciendo variaciones de posturas, de las cuales más de 300 fueron creadas directamente por él, aunque él siempre dice que las variaciones simplemente llegaron por “intuición divina”.

En el linaje de Dharma Mittra se dice que si uno pudiera hacer algunas de estas posturas (muchas de ellas tan complejas que Dharmaji tuvo que ayunar 30 días para lograrlas) de forma plena, entonces se ahorraría vidas (o al menos periodos de vidas) porque ya estaría pasando por esas experiencias y estados ahora mismo.

Es decir, si uno pudiera entrar plenamente en la conciencia de coraje, determinación y fuerza de una postura de guerrero (vīrabhadrāsana), quizás se ahorraría una encarnación como soldado.

Asimismo, y de forma menos lineal, si uno puede experimentar de forma real la conciencia del árbol (vṛkṣāsana) o del lagarto (pṛṣṭhāsana), no necesariamente se ahorraría esas encarnaciones (por las que quizás ya pasó) pero quizás si lograría conectar con el reino vegetal o el de los reptiles de forma no-mediada, como si fueran verdaderamente parte de uno mismo o, al menos, manifestaciones igual de importantes de ese gran todo del que uno se considera parte (al menos en la teoría).

Desde esta perspectiva, en que uno entiende, experimenta o al menos cree que cada ser (móvil o inmóvil) de este universo es una expresión divina – una postura de Śiva – nada ni nadie puede ser subvalorado. Si además uno acepta que hay un proceso general de evolución de conciencia, no puede considerar su estado actual como superior a otros, pues en esencia todos somos iguales y uno mismo ha estado entre los anónimos granos de arena del desierto, durante eones.

Como dice la Bhagavad Gītā (V.18):

 “Los sabios miran con iguales ojos al brāhmaṇa dotado de saber y virtudes, a la vaca, al elefante, al perro o al hombre que se alimenta de perros”

Sabiendo que todas las manifestaciones son divinas y que Dios está de igual forma en todas ellas, las diferencias que puedan existir entre los seres solo son el resultado de factores relativos, contingentes. Por eso el sabio no es capaz de menospreciar a nadie.

Y toda esta reflexión de hoy viene porque cuanto más “espiritual” se considera uno, más con derecho se cree a juzgar lo que es correcto e incorrecto, lo que está bien y lo que está mal, como si por hacer yoga o ser vegetariano uno hubiera alcanzado el pináculo evolutivo.

Y en realidad, nos dicen los maestros, la única cúspide y la gran prueba de santidad es ver al Uno en todos y, además, aceptarlo, mirarlo y tratarlo con verdadero amor, más allá de cualquier apariencia externa.

Hoy vi un vídeo de cómo reciben a palazos a los refugiados sirios, familias con niños incluidas, en las fronteras de Europa, bajo la lluvia y el frío, y se me caían las lágrimas. Si como seres humanos no podemos identificarnos con el hambre y el frío y el miedo del prójimo solo porque ahora no tenemos (o tenemos otro tipo de) hambre frío o miedo, entonces tenemos que hacer un esfuerzo mayor por cultivar la compasión, ponerse en el lugar del otro.

Entender que uno ya estuvo y quizás estará en ese mismo lugar, millones de veces, es una forma de empezar a ablandar el corazón.

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Entrevista improvisada con Sri Dharma Mittra

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En el año 2011, con Hansika viajamos a New York City para conocer personalmente y tomar clases con Sri Dharma Mittra. La impresión fue tan positiva para nosotros que, desde ese momento, consideramos a Dharma como nuestro modelo a seguir de Hatha-Raja Yoga. De hecho, Hansika regresó a NYC en 2012 para realizar el curso de formación de profesores de Dharma Yoga “Vida de un Yogui”, algo que yo también hice en 2014.

Volviendo a 2011, ya estando en New York se nos ocurrió que podíamos grabar una entrevista con Dharma como material para una página web de yoga que teníamos en mente. Conseguir una entrevista con Dharma no es tan fácil porque está bastante solicitado, pero tuvimos suerte y obtuvimos una cita para hablar con él. Como corresponde al visitar a un maestro espiritual no llegamos con las manos vacías: le llevamos una planta.

Este cumplimiento del protocolo espiritual fue motivo de queja por parte de Dharma, que ya recibe muchos presentes de sus alumnos y es algo que le incomoda. En el caso de la planta, lo peor es que su sala-templo ya tenía muchas y ni siquiera había lugar donde ponerla. O sea que se podría decir que empezamos la cita con mal pie.

Dharmaji 2

Por otro lado, como todo el plan de la entrevista había sido improvisado a último momento no habíamos llevado a New York una cámara filmadora ni un trípode sino que apenas teníamos una cámara de fotos compacta que grababa a duras penas, a la vez que Hansika sostenía la pequeña cámara con su mejor pulso mientras yo hacía las preguntas.

Por tanto, la calidad audiovisual de la filmación dejaba mucho que desear, un gesto poco profesional de nuestra parte ante la presencia de un maestro como Dharma. De hecho, y sin perder su buen humor, al acabar la entrevista Dharma nos dijo: “La próxima vez traigan una cámara mejor”. O sea que se podría decir que también terminamos la cita con mal pie.

Dharma & Naren 2011

Junto a Dharma y Shiva al acabar la entrevista

A pesar de nuestros defectos logísticos, Dharma nunca nos hizo sentir incómodos y nos dedicó 30’ de su valioso tiempo para responder amorosamente a preguntas que responde en cada entrevista que le hacen. Ante dos personas sin ninguna credencial, con una cámara vieja y preguntas balbuceantes y trilladas Dharma fue, como siempre, ejemplo vivo de compasión y de amor, al punto de darnos un abrazo espontáneo al final del encuentro. Al mismo tiempo, Dharma puso en práctica uno de sus axiomas favoritos: “Compartir conocimiento espiritual es la forma más grande de caridad”.

La página web que teníamos en mente nunca se concretó y la grabación de la entrevista con Dharma Mittra reposó en nuestro disco duro por tres años hasta que, finalmente, la decidimos editar y publicar en la forma de pequeños clips, como forma de cumplir nuestra parte del trato original y como sencillas muestras de la enseñanza de Dharma, con la intención de que sirvan para inspirar a otras personas.

El nombre de la serie de clips es “Sri Dharma Mittra explica…” y todos los vídeos son en inglés con subtítulos en español. En este post comparto tres clips, que son los primeros que fueron editados. A saber:

Sri Dharma Mittra explica Yama, Niyama, Asana y Pranayama: En menos de 3′ Dharma hace un resumen de los cuatro primeros pasos del Raja Yoga o Yoga clásico. Entre otras cosas dice que “la mayoría de las posturas sofisticadas no son importantes” y, hablando de pranayama, explica su famosa metáfora de llevar la conciencia desde “radio AM a Alta definición” y más:

Sri Dharma Mittra explica diferentes técnicas de meditación: En menos de 2’ Dharma enumera distintas formas de concentrar la mente, adecuadas al ánimo o la personalidad de cada persona. Después de esto no puedes decir que no existe una meditación para ti:

Sri Dharma Mittra explica acerca de Mantra: Dharma habla del poder y la importancia de repetir mantras, en referencia a los principiantes y también en general:

Entendiendo que la profunda enseñanza de Dharma Mittra no puede resumirse ni expresarse en breves clips, sí esperamos que una pizca de su sabiduría llegue a todos a través de estos vídeos, que nacieron de la pura generosidad del maestro y a quien estamos muy agradecidos.

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El género de algunas populares palabras de Yoga

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Para los hispanohablantes el sánscrito presenta una gran ventaja: es una lengua llena de vocales. Y no sólo eso: la vocal ‘a’ es la más frecuente y cuando se pronuncia abierta es como la española. Por tanto, a la hora de leer y, sobre todo, pronunciar, los que hablamos español lo tenemos más fácil que personas de otras lenguas, especialmente las germánicas y sajonas (siguiendo este hilo, el catalán o el italiano todavía están mejor porque además de ser vocálicas, tienen mayor número de vocales).

Esta ventaja idiomática tiene su pequeña contrapartida. Justamente por tener el sánscrito tantas ‘aes’, en español tendemos, intuitivamente, a otorgar el género femenino a palabras (sobre todo las que acaban en ‘a’) que, en origen, son de género masculino o neutro. No se trata ésta de una regla absoluta, pues también hay casos inversos, pero lo cierto es que a la hora de pronunciar palabras sánscritas en español hay un gran “caos de género” que tiene sus bases en los finales con ‘a’, pero también en que algunas traducciones pioneras al español han marcado una tendencia lingüística en desacuerdo con el género original.

Estas traducciones se hicieron, muchas veces, directamente desde el inglés, donde el artículo determinado – the – no tiene género (ni número) y, por lo tanto, la decisión del género de la palabra en español quedaba a criterio del traductor que, si no conocía el sánscrito (como parece haber sido frecuente), podía ser contraria a la lógica original (aunque amoldada al uso gramatical del español, eso sí).

En los sustantivos de lengua sánscrita – que son el tipo de palabras que ahora más nos interesa – hay tres géneros (masculino, neutro y femenino) aunque las desinencias masculinas y neutras son bastante similares, por lo que muchas veces se solapan. Del mismo modo, cuando en español hay “indistinción de géneros” o neutralidad se elige la desinencia masculina por sobre la femenina (“los padres”, “los reyes”).

Por tanto, si una palabra sánscrita es neutra (por ejemplo āsana), al pasarla al español se debería traducir al masculino (“el āsana/los āsanas“), siguiendo no sólo la regla española sino la sánscrita, en donde también hay similitud formal con el masculino gramatical, por más que por una cuestión de uso y final en ‘a’ uno tienda a decir “la āsana/las āsanas” (que, además, se pronuncia “ásana”). Más allá de la tendencia actual de feminizar el lenguaje, la cual no voy a debatir aquí, lo gramaticalmente correcto y aceptado sigue siendo lo que acabo de explicar.

Por supuesto, alguien puede argumentar que cuando una palabra extranjera entra en la propia lengua se la adapta al uso popular por cuestiones prácticas, ya que el lenguaje (cualquiera sea) siempre se caracteriza por simplificar y economizar. Esto no quita que haya una forma original y correcta de pronunciar dichas palabras, que yo considero muy pertinente si se lo hace con referencia a la tradición yóguica.

Obviamente, es mucho más importante que el yogui sepa (o mejor, haya experimentado) acerca del término del que está hablando, a que simplemente conozca intelectualmente el género de dicha palabra, pero también es verdad que por más bueno que sea un carpintero o un médico, por ejemplo, uno esperaría que no diga “el puerta” o “la hígado”.

Para aclarar esta cuestión, que está muy extendida y me interesa mucho, me he puesto el traje de diseñador gráfico (que me queda un poco ajustado) y he creado un simple cuadro, muy visual, con el género sánscrito de algunas populares palabras de Yoga, entendiendo este término en un sentido más bien amplio.

Por supuesto, he dejado fuera muchas palabras, pero creo haber puesto las más problemáticas (al menos en mi experiencia, y si no es así acepto sugerencias). Es probable que el lector conozca el género correcto de la mayoría de las palabras, pero siempre hay alguna sorpresa, y también es cierto que la fuerza del hábito o el contexto puede llevarnos a decirlas “mal”, incluso sabiendo su género original. En la imagen, como hago en este blog, he elegido utilizar la transliteración internacional sánscrita (con alguna pequeña aclaración fonética o semántica entre paréntesis cuando me pareció imprescindible).

La imagen que comparto se amplía grandemente al clicarla y, en pos de la divulgación y sabiendo que esto es internet, doy mi total consentimiento para usarla con fines loables.

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Justamente el acabar este cuadro, leí que la sanscritista española Laia Villegas está preparando un Diccionario de los términos sánscritos más utilizados en la práctica del yoga y que, para que sea completo y útil, pide ayuda a practicantes de Yoga para corroborar los nombres sánscritos y españoles de muchas posturas yóguicas. Si quieres participar, clica aquí.

Vida de un Yogui con Sri Dharma Mittra

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Estoy recién aterrizado en Barcelona después de una estadía de tres semanas en New York City, en donde estuve por motivos yóguicos. Quizás suene contradictorio que esta gran megalópolis, símbolo del capitalismo y del individualismo salvaje, pueda ser un lugar bueno para practicar yoga. Para algunos yoguis tradicionalistas lo peor que podía haberle sucedido a la sagrada ciencia del yoga fue pasar por Estados Unidos, donde se reconvirtió a una disciplina de moda, sin respeto a la tradición y alejada de la esencia espiritual hindú. Para consternación de esos yoguis, otras personas consideran que “la capital mundial del yoga” no está en Rishikesh ni en Mysore, sino en New York.

Yo no pretendo entrar en dicha discusión ahora ni darle una respuesta definitiva, pero sí quiero contar que en pleno Manhattan hay un yogui muy genuino, muy tradicional y, a la vez, adaptado a los tiempos modernos que puede guiar a cualquier aspirante en el camino del auto-conocimiento y la búsqueda espiritual. Su nombre es Sri Dharma Mittra y para poner una etiqueta que dé tranquilidad a la mente racional se le podría encuadrar dentro del Hatha-Rāja Yoga.

En 2011, cuando tuve la fortuna de conocerle personalmente, ya hablé un poco sobre él y su vida. Dharma Mittra nació en 1939 en Brasil y después de una juventud de búsqueda anhelante por Dios viajó, por consejo de su hermano menor, a New York en 1964 para conocer personalmente a un maestro de la India que, finalmente, se convertiría en su Guru: Swami Kailashananda Saraswati (también conocido como Yogi Gupta).

Este maestro fue, después de los famosos Swami Vivekananda y Paramahansa Yogananda, uno de los pioneros en traer la filosofía del yoga a Occidente, en este caso en los años ’50. De hecho, Yogi Gupta publicó en 1958 un muy buen libro llamado Yoga and long life que es un predecesor en temática y estilo, con fotos incluidas, de los famosos Luz sobre el Yoga de B.K.S. Iyengar, de 1966, y Asana Pranayama Mudra Bandha de Swami Satyananda Saraswati, de 1969.

Sri Dharma Mittra a los pies de su guru, Swami Kailashananda Saraswati.

Después de servir a su maestro y vivir en su ashram de Manhattan por diez años, Dharmaji recibió sus bendiciones para dejar la vida de retiro en 1975 y fue así como comenzó su carrera de instructor de yoga en la esfera pública. Desde entonces, su estilo, su forma de enseñar, su compromiso con la búsqueda de Dios y su ejemplo de vida han hecho de Dharma Mittra una leyenda del yoga, que a sus actuales 75 años brilla con luz propia, es decir, con la luz de la auto-realización.

Su amor por el yoga y su interés en ayudar a otros seres hace que, a su edad (y en gran estado de forma), Dharma enseñe en el Dharma Yoga Center cinco días a la semana a todo tipo de estudiantes, repitiendo una y otra vez los consejos y métodos que él mismo ha encontrado útiles y probados en el sendero hacia Dios. Pudiendo retirarse o vivir como un yoga-star de los que pululan en las redes sociales, Dharma elije el perfil bajo, la enseñanza tradicional y el propio ejemplo antes que el popular discurso místico.

Este deseo por difundir las enseñanzas del yoga llevó al Dharma Yoga Center a crear el programa de formación de profesores titulado “Vida de un Yogui” (Life of a Yogi, en inglés), pues el objetivo no es aprender solamente posturas, ajustes o nombres técnicos, sino encaminar o profundizar al estudiante en un modo de vida que implique la filosofía del yoga y lo lleve hacia el conocimiento del Ser.

Para esto, Dharmaji hace hincapié en los yamas y niyamas, las reglas éticas y las observancias para una vida correcta en sociedad y con uno mismo. El yama principal es ahimsā, “no-violencia”, lo cual implica, para empezar, una dieta vegetariana/vegana, pues “nuestra compasión debe extenderse más allá de nuestras mascotas”. La importancia que Dharma da a estas reglas se resume en una frase: “Sin yamas no hay yoga“.

Sri Dharma Mittra

Para Dharma, las posturas (āsana) son una herramienta para mantener el cuerpo sano y fuerte, para así poder avanzar en el sendero espiritual interior y, como explica la tradición, poder mantener el cuerpo en una posición sentada de meditación durante largos períodos. De hecho, las técnicas de concentración y visualización son muy importantes en las enseñanzas de Dharma, pues sólo una concentración prolongada se convierte en meditación.

En cuanto al aspecto físico, Dharma da mucha importancia a la relajación como proceso renovador y revitalizador. Una de sus frases clásicas es: “La relajación es el mejor antídoto para las impurezas“. Por eso, sus clases suelen ser exigentes físicamente pero no excesivamente dinámicas, dejando siempre breves momentos de relajación y haciendo hincapié en la relajación final, que no es sólo un trámite ni un momento para dormir, sino la oportunidad de recargar la energía.

Dharma es famoso por haber creado un poster con 908 posturas de yoga, algunas extremadamente difíciles, al punto de que él tuvo que ayunar por 30 días para hacer algunas de ellas. A pesar de ello, él explica que las posturas básicas son sólo ocho y que el resto son variaciones y, sobre todo en el caso de los estudiantes avanzados, desafíos para que la mente no se aburra y se disperse. De hecho, Dharma es un experto en el paro de cabeza, haciendo decenas de variaciones, incluyendo algunas sin manos, que seguramente es su postura más famosa.

Cualquier sitio es bueno para una postura invertida.

A nivel más filosófico, Dharmaji nunca olvida mencionar que la práctica de āsana debe ser ofrecida sin expectativas a Dios (o al Ser Supremo) de forma que no se trate de una actividad guiada por el ego sino que se hace “porque tiene que ser hecha”. Esta idea se relaciona con el camino del Karma Yoga, del servicio desinteresado, en que uno actúa sin esperar los frutos de sus actos. Obviamente, esta forma de vida no se limita a la esterilla sino a cada momento del día.

Otro pilar filosófico de Dharma es svādhyāya, el estudio de las Escrituras, los textos sagrados, como forma de darse cuenta y de entender, al menos intelectualmente, que uno no es el ego individual, sino que es una porción del Ser Universal. Dharma dice que “creer no es suficiente” y que uno debe experimentar y conocer esa verdad y, para eso, la lectura de textos como los Yoga Sūtras, la Bhagavad Gītā y la Hatha Yoga Pradīpikā es esencial.

En cuanto a sus clases, Dharma fomenta la “mente colectiva”, es decir el movimiento grupal coordinado para poner la atención colectiva en una misma sintonía. Es increíble lo poderosa que puede ser una clase cuando la energía de todos los estudiantes están dirigidas al mismo punto, actuando en conjunto y armonía, y no con cada persona en su mundo.

De hecho, a diferencia de otros estilos, Dharma alienta mirar al estudiante del costado para copiar sus trucos y aprender a mejorar la propia postura. Esta “comparación” es siempre impulsada desde la compasión y no desde la envidia. De hecho, Dharma recomienda que al ver a otra persona que hace una postura que no nos sale, “nos imaginemos que somos esa persona” y disfrutemos a través de ella.

Como Dharma es tan fiel a su guru y logró su rápida evolución espiritual obedeciéndole al pie de letra, él insta a los estudiantes a que obedezcan y respeten al maestro; no a él, sino a la figura del maestro, sea quien sea, como forma de fomentar la humildad y la disciplina en el estudiante. Él explica que, incluso si un profesor está enseñando en clase una postura que nos parece errada, por respeto uno debería obedecer y mantenerla. Como siempre, primero va ahimsā, la compasión, y después nuestro interés personal.

Clase Junio 2014 del LOAY 200h, con Dharmaji en el medio.

Este resumen es escueto y es para dar una idea general de lo mucho que disfruté y aproveché con el curso de formación de 200h de Vida de un Yogui. En realidad, el curso sigue porque para estar certificado en Dharma Yoga hay que tomar ciertas clases específicas, hacer una auto-práctica regular, escribir un par de textos, hacer servicio al maestro y también dar varias clases. De hecho, si estás en Barcelona y te interesa tomar clases de Dharma Yoga conmigo puedes mirar los horarios aquí.

Asimismo, si te interesa disfrutar de una práctica completa de Dharma Yoga, Hansika Yoga dará una sesión especial de 2 horas el sábado 12 de julio (11h). Detalles del evento aquí.

En las próximas semanas espero publicar más información sobre Sri Dharma Mittra y su estilo de yoga que, como digo, es muy tradicional y genuino pero adaptado a nuestros tiempos.

Mientras tanto, con mucha gratitud (a la vida, a Dios, a mi esposa Hansika, a mi hija, a mis suegros y a mis amigos Ale, Jenny y Gaetan) por la oportunidad que tuve de pasar esos días en compañía de Dharmaji, me despido con su frase de cabecera: “Sé receptivo a la gracia de Dios”.

Las mudrās más allá de las manos

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Ya sea en clase o leyendo algún libro, seguramente la mayoría de yoguis han oído la palabra mudrā. Incluso fuera del mundo del yoga es un término conocido: en la danza clásica india las mudrās son fundamentales para el despliegue gestual y emocional de los bailarines; en la iconografía canónica del hinduismo las deidades siempre realizan algún gesto tradicional, especialmente con las manos; en el budismo, estos gestos manuales, reducidos a seis o siete principales, remiten a eventos de la vida del Buda; o como es la nueva tendencia, el uso de mudrās se ha convertido en una práctica terapéutica en sí misma, sin relación directa con la ciencia del Haṭha Yoga o con las doctrinas tántricas, de donde provienen en origen.

Entonces, ¿qué es una mudrā? Se suele traducir como “gesto sagrado o simbólico” y refiere a una “combinación de movimientos físicos sutiles que alteran el ánimo, la actitud y la percepción, los cuales profundizan la atención y la concentración”.

La traducción literal de la palabra sánscrita mudrā es “sello” y, en este contexto, refiere a la idea de que estos gestos “precintan” el cuerpo, controlando la energía vital y creando circuitos específicos con ella. Este fluir energético tiene la intención de “unir la fuerza vital individual con la fuerza universal”.

Desde el punto de vista etimológico, se explica que el término mudrā, que es femenino, deriva de la raíz verbal sánscrita mud que significa “estar feliz o deleitarse”, ya que la práctica de las mudrā trae felicidad.

Cualquiera sea la definición que nos guste más, es muy probable que nuestro conocimiento de las mudrās esté especialmente concentrado en los gestos con las manos (hasta mudrā), que son los más habituales y difundidos, como por ejemplo el ubicuo jñāna mudrā (guiana mudra) o “gesto del conocimiento”, realizado incluso por aquellos que quieren imitar o ridiculizar a un yogui.

jñāna mudrā

Para algunos, la novedad quizás sea que las mudrās pueden ser hechas no únicamente con las manos, sino también con la cara, las piernas o con todo el cuerpo. Sobre estas divisiones corporales, Swami Satyananda Saraswati, el fundador de la Bihar Yoga School, en su clásico libro Asana Pranayama Mudra Bandha describe cinco categorías de mudrās: de mano, de cabeza, posturales, de cierre y perineales.

Curiosamente, en los antiguos manuales clásicos de Haṭha Yoga las mudrās de las manos no son nombradas y, en cambio, sí aparecen las otras categorías, a las que se dedica mucha importancia ya que en la tradición las técnicas de mudrās son tan importantes como los āsana (pronúnciese ásana = posturas) o el prāṇāyāma (control de la energía vital). Sin embargo, mi sensación es que en las clases regulares de yoga la aparición del concepto mudrā para referirse los “sellos” sin las manos no es tan extendida y, por consiguiente, la práctica de este aspecto tradicional es poco frecuente.

Eso quizás se deba a que, como dice el citado Swami Satyananda, “las mudrās son introducidas después de que se ha alcanzado algo de capacidad en āsana, prāṇāyāma y bandha, y los bloqueos gruesos han sido eliminados”. Efectivamente, puede que el practicante medio y occidental no esté preparado para estas técnicas, que en muchos casos trabajan con energías muy sutiles y con el despertar de la mística energía Kuṇḍalinī.

Investigando los textos clásicos del Haṭha Yoga, es interesante descubrir que en la actualidad y en la mayoría de estudios de yoga sí que se practican algunas mudrās aunque, en muchos casos, con otros nombres. Esto se debe, en parte, a que la delgada línea entre āsana y mudrā no está siempre clara, como así tampoco entre prāṇāyāma y mudrā, y sobre todo, entre bandha y mudrā.

Los bandhas se suelen describir como “cierres energéticos” y estos sí que son muy nombrados en las clases de yoga. Su objetivo, explica Swami Satyananda, es “encerrar la energía vital en áreas específicas y redirigir su flujo para el despertar espiritual”.

Si bien Swami Satyananda les dedica un apartado especial, tradicionalmente los bandhas son clasificados dentro de las mudrās y son básicamente tres: jālandhara (jálandhara) en la región del cuello y garganta; uḍḍīyāna en la región abdominal y mūla bandha en la zona del perineo. De la combinación de estos tres “cierres” nace mahābandha, “el gran bandha“.

La Haṭha Yoga Pradīpikā (pronúnciese Pradípika), el manual clásico del yoga por excelencia, que data del siglo XIV, nombra diez mudrās de los cuales cuatro son los apenas mencionados bandhas. Un quinto mudrā nombrado y que se realiza con frecuencia en nuestros días es viparīta karaṇī que no es otra cosa que una variante de sarvāṅgāsana, la popular “postura sobre los hombros”, un claro ejemplo de mudrā con todo el cuerpo.

viparīta karaṇī o sarvāṅgāsana

Asimismo, la Śiva Saṁhitā (Shiva samhitá), del siglo XVII-XVIII, describe once mudrās, con apenas un agregado a los de la Pradīpikā. Por su parte, la Gheranda Saṁhitā (Gueranda samhitá), del siglo XVII, enumera 25 mudrās, dando una idea de la amplitud de esta ciencia, que incluye cinco “sellos” que tranquilamente entran en la categoría de visualizaciones o meditaciones.

Dentro de este variado grupo de mudrās, además, hay uno (śāmbavī mudrā) que podría encajar en lo que muchas veces se llama dṛṣṭi (drishti), es decir el punto donde situar la mirada durante un āsana; otro (pāśinī mudrā) que remite a la postura de yoganidrāsana o según otras fuentes a karṇāpīḍāsana; y un par más (śanmukhi mudrā y mahāvedha mudrā, por ejemplo) que, según el estilo de yoga que uno siga, se practican con regularidad.

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En conclusión, según la tradición del Haṭha Yoga una mudrā generalmente conlleva todo el cuerpo en una combinación de postura, respiración controlada, cierres energéticos y técnicas de visualización o de concentración de la atención.

Las mudrās de las manos son también útiles e importantes, y supongo que por ser más asequibles para un practicante medio son las más usadas. Cuando el alumno es más avanzado y tiene un maestro cualificado es probable que profundice en otros mudrās más completos.

De todos modos, como hemos visto, en las clases normales también se practican al menos cuatro mudrās y hasta ocho o nueve según el caso, aunque con otros nombres, con ligeras variaciones o simplemente sin dar detalles específicos pero ateniéndose a las enseñanzas clásicas.

Es cuestión de seguir practicando y, con suerte, dominaremos esos, que ya sería suficiente para despertar la energía espiritual dormida en nuestro interior.
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Si te ha interesado este post, es muy probable que te interese el taller Deidades que inspiran asana que daré el Sábado 17 de Mayo en Barcelona. Para más detalles clicar aquí.

¿Es ‘la’ o ‘el’ Bhagavad Gītā?

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La cuestión del género de las palabras es un tema que me atrae mucho, incluso desde antes de empezar a estudiar sánscrito. De hecho, ya una vez conté aquí cuánto me sorprendió que en italiano ‘la flor’ se diga ‘il fiore’, pues me parecía que un objeto tan relacionado a la feminidad, la dulzura o la fragilidad no podía ser masculino. Asimismo, para citar otro ejemplo, también expliqué que en la India los ríos son considerados femeninos y son, además, Diosas.

Si, como explica la teoría lingüística moderna, la relación entre un objeto y la palabra que la define es ‘arbitraria’, es decir, no natural, entonces la conclusión es simple: En todas las lenguas las ‘cosas’ pueden cambiar de género, sin que ello sea correcto o incorrecto, sino un resultado variable del desarrollo de cada idioma y su contexto.

Dando por válida la relatividad de los géneros en el lenguaje, pero también buscando ciertas reglas lingüísticas de las cuales aferrarme, me centro ahora en una duda específica que me ha acompañado durante algún tiempo: ¿Se dice ‘la’ Bhagavad Gītā o ‘el’ Bhagavad Gītā?


Raíces y canciones

Para intentar explicarlo voy a apelar al, como dice mi profesora de sánscrito la Doctora María Elena Sierra, ‘rigor filológico’. Para que el análisis sea completo hay que decir que la palabra Bhagavad (en origen Bhagavat) es masculina y refiere a ‘Dios’ o ‘el Señor’, aunque no es este el concepto que más nos interesa hoy (lingüísticamente hablando al menos). La palabra importante del día es gītā, que viene del verbo gai o y significa ‘cantar’. Desde el punto de vista morfológico, gītā es un participio (también conocido por sus siglas p.p.p., de ‘participio perfecto pasivo’) que se traduce como ‘cantado/a’.

Asimismo, con la evolución del lenguaje es normal que un participio se nominalice, es decir se convierta en un sustantivo o nombre. Por tanto, gītā también quiere decir ‘canción’, ya que es ‘aquello que es cantado’. El debate de los géneros toma aquí un giro feminista, ya que la palabra gītā es, en la tradición sánscrita, un sustantivo femenino sin discusión. Si la etimología es tan clara, ¿por qué entonces, uno se pregunta, se lee y oye con mucha frecuencia ‘el’ Bhagavad Gītā?

Al parecer, una de las razones fundamentales para este doble género del milenario diálogo entre Krishna y Arjuna es que las primeras (y más frecuentes) traducciones al español de la Bhagavad Gītā (me permito el femenino) provienen del inglés. Al poseer la lengua inglesa únicamente género neutro en sus sustantivos y adjetivos, quedaba (y queda) a criterio del traductor elegir la palabra más adecuada en lengua española. Casualmente, el término mayoritariamente aceptado en español para gītā es ‘canto’, que es masculino.

Sobre por qué no se eligió la palabra literal, ‘canción’, que también se utilizaba en muchos subtítulos de la obra en inglés (The Lord’s song), no tengo respuesta certera, aunque intuyo que es por un matiz poético, ya que El canto del Señor suena mejor (¿o es que ahora ya estamos acostumbrados?) que La canción del Señor, un título con tintes más bailables que líricos.

Investigando un poco, veo que gītā también se traduce preferentemente como ‘canto’ en otras lenguas europeas: en italiano es ‘canto’ (Canto del Divino), en francés es ‘chant’ (Chant du Seigneur) y en alemán es ‘Gesang’ (der Gesang Gottes). A pesar de esta tendencia a masculinizar la traducción de gītā, a la hora de referirse a la obra en sánscrito estas tres lenguas citadas sí recurren al femenino llamándola La (en italiano y francés) o Die (en alemán).

La irónica excepción de mi escueta búsqueda está en el portugués, que traduce gītā de forma femenina como ‘canção’ (Canção de Deus) pero que al referirse a la obra en sánscrito lo hace en masculino, O Bagavadguita.

Traduttore, traditore

Las primeras traducciones de los textos sánscritos al español fueron hechas, en su mayoría, pasando por otra lengua europea, por lo que aquellos traductores no sabían sánscrito y no podían comprobar el género de ciertas palabras. En este sentido, corresponde hacer hincapié en que el sánscrito es una lengua muy vocálica, con especial profusión de las ‘aes’, por lo que no debe sorprender que gran cantidad de sus palabras masculinas puedan acabar en la letra ‘a’. De hecho, las palabras femeninas sánscritas también pueden acabar en ‘a’, aunque por lo general se trata de una ‘a’ larga, que se transcribe con una marca diacrítica arriba, ‘ā‘.

Esto lo explico, porque en español (otra lengua bastante vocálica) estamos acostumbrados a que las palabras masculinas acaben más bien en ‘o’ ó en ‘e’, pero no en ‘a’, que es un ámbito más femenino. Este hecho, que puede parecer obvio, pero es un hábito arraigado del hablante, es fundamental a la hora de otorgar género a palabras que, por su ‘extrañeza’ para nosotros, carecen del mismo.

En más de una ocasión he visto u oído acerca de la ‘diosa’ Shiva o la ‘diosa’ Ganesha, cuando se trata de dos deidades netamente masculinas. Creo que este error común se debe, en gran parte, a que ambos nombres finalizan en ‘a’, la cual es una terminación femenina en español. De hecho, en español hay muy pocos nombres de chicos acabados en ‘a’.

De la misma forma, la palabra āsana, que en el ámbito de hatha yoga se traduce como ‘postura’, puede ser oída como la āsana o el āsana. La tendencia natural de un hispanohablante es utilizar el género femenino, pues la palabra acaba en ‘a’. Asimismo, es muy común referirse a āsana en género masculino.
El término āsana es de género neutro y, por tanto, ambas opciones pueden considerarse correctas desde el punto de vista filológico. De todos modos, teniendo en cuenta que en español el género neutro tiende a ser siempre masculino, se puede argüir que gramaticalmente hablando, la traducción justa sería el āsana.

Y ya que estamos en el tema del yoga, ésta es justamente una palabra que yo siempre escuché de género masculino, ‘el yoga’, y que hace poco descubrí también se utiliza en femenino, ‘la yoga’, por ejemplo en Venezuela. En este caso la etimología de la palabra sánscrita es masculina, aunque, una vez más, la terminación en ‘a’ puede generar confusión.

Posición final

Una vez acabado mi análisis, queda a criterio personal referirse a la Bhagavad Gītā con el género que mejor convenga a cada uno. En mi caso, yo siempre le dije el Bhagavad Gītā (de hecho, en antiguos posts de este mismo blog hay pruebas…), pero ahora que conozco detalles lingüísticos prefiero la terminología femenina. Como estudiante de sánscrito y de la filosofía espiritual de la India me gusta ser puntilloso en pequeños detalles, con la esperanza de también ser impecable en grandes eventos.

De todos modos, también creo que es importante la flexibilidad y que si una persona conoce y pone en práctica las enseñanzas que el Señor Krishna le da a Arjuna en la Gītā, entonces no importa si al referirse al libro lo hace con el género ‘equivocado’.

El conocimiento libresco y la erudición sólo son válidos si nos ayudan a avanzar en el camino espiritual. Con gusto cambiaría yo mi poco saber filosófico por estar en constante samādhi.

Como el trueque no es tan simple, sigo practicando, mientras busco raíces sánscritas en el diccionario.

Enlighten UP!, un documental sobre yoga

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Hace unas pocas semanas hablé de Sadhana, de regreso a la fuente, un docudrama de los años ’80 sobre la búsqueda espiritual de un muchacho canadiense en la India. Esta semana he pensado en reseñar brevemente otro documental ‘espiritual’, mucho más moderno. Se trata de Enlighten Up!, y tiene el subtítulo de “Un viaje escéptico al mundo del yoga”.

Después de practicar yoga por siete años la directora del documental, la norteamericana Kate Churchill, decidió hacer un proyecto para “probar que el yoga puede transformar a cualquiera física y espiritualmente”. Para ello, ella y su equipo seleccionaron a un principiante en el mundo del yoga, un periodista neoyorkino de 29 años, con una actitud abierta pero escéptica a la vez, y lo sumergen en el mundo del yoga por seis meses.

Efectivamente, no tendría gracia elegir a alguien que crea ciegamente en las bondades del yoga, sino que es mejor buscar a cualquier hijo de vecino, un novato, alguien con el que todos podamos identificarnos y que sea capaz de mostrarnos un camino por el que, probablemente, todos pasaríamos si estuviéramos en su lugar.

A su vez, como siempre dicen los maestros espirituales, para aprender y avanzar en cualquier ámbito es mejor tener la actitud de un principiante que la de un experto. Cuando crees que lo sabes todo y que tienes dominada la situación es cuando quedas estancado. De esta forma, que sea un principiante el que nos lleva en este viaje yóguico tiene sus ventajas.

Apariciones

La producción que tiene este documental lanzado en 2008 es muy loable ya que las filmaciones tienen lugar en diferentes partes de Estados Unidos (Hawai incluida) y luego en la India. Además de la calidad cinematográfica y guionística, se ve que hay un gran trabajo detrás para lograr ciertas tomas y, sobre todo, ciertas entrevistas. Si uno no está metido en el ‘mundo del yoga’ puede que no lo note demasiado, pero si uno mínimamente conoce del tema verá que en el documental aparecen muchas de las principales figuras del yoga tal como lo conocemos hoy en día.

Entre ellas está mi querido Dharma Mittra, el gran maestro de Ashtanga yoga Sri Pattabhi Jois que abandonó su cuerpo en 2009, el famoso maestro B.K.S. Iyengar creador del yoga homónimo, Sharon Gannon y David Life, creadores de Jivamukti Yoga, cuyo inspirador libro acabo de terminar de leer, por cierto.

Hay que aprovechar el documental porque no es común poder ver a tantos maestros juntos, y de forma tan íntima, dando sus enseñanzas espirituales de forma simple y humilde. Asimismo, si bien el punto de partida es la práctica de yoga desde un punto de vista físico, cuando el protagonista del documental viaja a la India empieza a investigar en profundidad sobre la posible ‘transformación’ que ofrecen las prácticas espirituales que van más allá del ejercicio físico.

En este segmento, el maestro más notable que aparece es, seguramente, Gurusharananda, un entrañable Swami del norte de la India que responde al escepticismo religioso y espiritual del periodista protagonista, y que es un gusto de ver y oír.

Si bien la directora del documental tiene un sesgo claro y definido sobre el tema, sigue las reglas periodísticas de mostrar diferentes versiones de un mismo hecho, confrontando visiones y ofreciendo al espectador la opción de decidir por sí mismo. Aunque también creo que la directora usa un truco a favor de su tesis al incluir la presentación de algunos personajes semi-absurdos que ven al yoga sólo como un tonificador para los senos o que consideran a los yoguis como el ‘hombre de la bolsa’ o el ‘coco’, de manera que uno se alinea naturalmente con las visiones más espirituales, incluso aunque no quiera.

Iluminación

El mismo título del documental juega con la idea de ‘iluminación’ que es, para la mayoría de maestros de yoga, el objetivo final de la práctica física (asana), la cual no es más que un medio que nos ayuda con diversas cuestiones, que pueden ser, entre otras: preparar al cuerpo para sentarse quieto en meditación durante varias horas; mantener el cuerpo saludable para así poder dedicarse sin obstáculos a capas más sutiles de uno mismo; una forma de identificar y superar las propias tendencias y hábitos que se hacen evidentes con la práctica de asanas; una forma de poner la mente en el momento presente (dharana) durante el tiempo que dura la práctica; una manera de sentir el contacto con la Tierra y de ofrecerle reverencia.

El protagonista, conejillo de indias en este proceso, descree bastante de la posible iluminación y, él mismo lo dice, “seis meses no son suficientes para cambiar la visión de mundo de alguien”. No necesariamente. De todos modos, las experiencias que vive el protagonista son fuertes e, inevitablemente, provocan algún tipo de modificación en su percepción, incluso cuando esta no sea exactamente la que esperaba la directora o el mismo periodista. Para saber el resultado hay que ver el documental.

Personalmente, me gusta mucho la película y su enfoque que, además de mucho humor, tiene un toque de irreverencia hacia el tema, incluso a pesar de que la directora tiene una posición muy clara a favor del yoga como método de transformación positiva para la vida. Si bien se ve una tensión intencional entre la directora y el protagonista porque ella busca empujarle hacia donde ella quiere, a la vez la presentación del tema me parece muy honesta en cuanto a las posibles contradicciones e interpretaciones que conllevan asuntos tan profundos como religión, espiritualidad y transformación personal.

La versión completa del documental está ahora en YouTube, aunque nunca se sabe cuánto durara online. Además, dicha versión tiene subtítulos en español que, si bien no son impecables, ayudan mucho a quienes no entienden inglés. Aquí abajo dejo la peli, dura 1h20′ y ¡recomiendo verla!

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